Una pareja duerme escuchando el sonido del mar y sueña con paraísos verdes al final de la carretera. Un gato negro se vuelve espacio en el que no sobrevive la luz. Un planeta asiste a la transformación del universo y todas sus reglas, como quien observa el cambio natural de los árboles en el otoño. Las diecisiete obras (diez cuentos y siete poemas) incluidas en el número uno de la revista Sofón nos llevan a preguntarnos por el espacio en el que ocurren las historias de ciencia ficción y por los protagonistas de estas. No hay rastro del héroe blanco y masculino que salvará el mundo, sino de otros personajes, con corporalidades que no son las hegemónicas.
En textos como “El lenguaje de los hongos” de Daniel Badosa Moriyama, asistimos a la comunicación no verbal, que sólo se logra con el contacto de los cuerpos humanos con los no humanos, estos dos comparten la vivencia del dolor y del silencio obligado por quienes tienen cuerpos normativos.
Iliana Vargas, por su parte, nos presenta en “Destierro” el trayecto de una madre y una hija en busca de una zona segura y biodiversa. En su relato los sueños se confunden con la añoranza por comunicarse con los amigos, cuyo rastro ha desaparecido, y el temor por perder el cuerpo y la vida. En contraposición, Daniel Centeno juega con la idea de la muerte como motor de la vida y de los proyectos que creamos. En su relato “Yo en tu lugar me suicidaría a los veinte”, la corporalidad forma parte central en tanto estructura que sostiene la existencia de los protagonistas, y nos hace pensar en nuestros límites y nuestros deseos de perpetuidad.
“El cuerpo es la historia; la voz la cuenta”, señala Ursula K. Le Guin al hablar sobre su proceso de escritura y la relación que existe entre las palabras que se encarnan y crean una buena historia, con la capacidad de imaginar y visualizar a los personajes de estas. En Sofón encontramos cuerpos imaginarios que son atravesados por problemáticas muy cercanas a nosotros, a nuestros padres incluso. En el cuento “Becoming Karabudjan”, un hombre se enfrenta a la idea de que su hija modificará su cuerpo para convertirse en un alienígena y el autor, Raúl Gonzálvez del Águila, maneja el tema con una sensibilidad digna del tema y a su vez nos pregunta a los lectores: ¿Cómo nombramos lo que no comprendemos? ¿Cómo lo aceptamos sin desconfianza?
No mencionaré en esta pequeña reseña todos los cuentos y poemas del número, que además de diverso, es vasto en cuanto a temáticas e hilos conductores. Quisiera sólo mencionar otro cuento más, antes de cerrar. “El primer viaje transamericano”, de Andrea Chapela, nos habla del silencio que habita en el cuerpo cuando se puede admirar la belleza y el colapso en un mismo espacio, mientras se anhela otro tiempo, u otro presente.
“El intraducible arrullo del mar” es una frase presente en el cuento de Krsna Sánchez, “La carretera transoceánica”, pero me parece que resume muy bien la experiencia de lectura de este primer número de Sofón: aquello que no puede ser contado, que debe ser vivido, y en este caso leído para acceder a los mundos creados por las autoras y los autores de este número. En sus páginas el lector no se decepcionará.
