NO. 1 (AGOSTO 2025) / FICCIÓN / 1,677 PALABRAS
El domo del zoológico irradiaba una luz espectral, un destello verde esmeralda, como si una nebulosa hubiera sido confinada en una pecera. Eira respiraba aire sintético mientras su prisión fractal la sumía en una constante sensación de mareo. En su mente resonaba una voz que le helaba el corazón:
—Espécimen E-9.
Sus captores se acercaron, seres cuyos torsos metálicos giraban en espirales perfectas como secuencias de Fibonacci, con cabezas cúbicas que crujían al rotar sobre sus ejes. Aquellas criaturas la intimidaban con su curiosidad felina. Eira intentaba comunicarse con ellos, pero no lograba obtener más que su silenciosa contemplación. Estaban allí simplemente para estudiarla.
Finalmente, la voz en su mente cambió:
—Análisis 4475: nueva contracción facial detectada, ligera elevación de las comisuras labiales. Estudio solicitado —dijo El Que Cataloga los Gestos, con un sonido agudo que ensordeció a Eira.
—Espécimen E-9, la última humana, está lista para la exhibición. Los visitantes podrán admirar la convergencia del caos. Ustedes, dotados de inteligencia y destrucción, se extinguieron en su imperialismo intergaláctico.
La voz retumbó en su mente antes de desaparecer.
En su jaula apareció una manzana. Por fin, comida real. Desde su cautiverio, la habían alimentado mediante sondas que emergían del piso y se clavaban con vehemencia en sus venas, una sensación que la perturbaba profundamente. Tomó la manzana primero con furia, pero luego dudó. Su mente, enredada como un nudo, colapsaba bajo la presión. Respiró hondo y finalmente dio un mordisco. La textura no era sólida como parecía, sino acuosa y pegajosa. El sabor era putrefacto, pero el hambre la obligó a tragarla.
Eira se recostó en el piso, sintiéndose avergonzada y sucia. Su único crimen había sido sobrevivir, convertida ahora en reliquia de una civilización que no era más que un eco estelar en la vasta oscuridad del cosmos.
***
Cada uno de sus movimientos era escudriñado por aquellos seres, sin concederle un momento de intimidad.
—¡Aplausos, por favor, para esta desdichada que no es más que un mono de circo! —gritó hacia sus captores, mientras en su mente ardía el deseo de incendiar su jaula.
Una noche, cuando las tres lunas brillaban con luz hipnótica, un zumbido grave como el roce de un arco de violonchelo recorrió sus pies descalzos. El sonido la envolvió como un canto de libertad. Se arrodilló, tratando de despejar su mente —quizás el tiempo le estaba robando parte de su cordura—, pero el sonido persistía. Acercó su oído al piso y descubrió pequeñas fisuras. Al colocar su palma sobre ellas, sintió el impulso de golpear fuerte para romper su cautiverio.
Con puño cerrado, dio varios golpes sincronizados hasta abrir un pequeño hoyo. Filamentos de micelio bioluminiscente serpenteaban bajo sus pies. Retrocedió unos pasos, pero aquella forma danzante se dirigía hacia ella, pulsando un código Morse. El pitido era una secuencia armoniosa que la calmó. Venció su temor y se arrodilló completamente.
—¿También te enjaularon por ser demasiado poeta? —susurró mientras rozaba la red con un dedo tembloroso.
El micelio respondió con un torbellino de imágenes violentas: bosques devorando tanques, cadáveres de estrellas recicladas en semillas de luz. La avalancha de imágenes la convulsionó, contorsionando su cuerpo mientras espuma emergía de su boca.
Desde la jaula contigua, un sonido similar a una flauta de madera se comunicó con ella, transformándose en diálogo en su mente. Tirada en el piso, aquella voz le susurró con clemencia:
—Los K’tharil buscan diseccionarte. Buscan el algoritmo, temen tu tragedia. Quieren la fórmula, la ecuación. Quieren comprenderte.
Eira no supo cómo responder. Había lanzado su voz al vacío sin obtener respuesta. Frustrada, rompió en lágrimas y gritos, cuyos ecos se perdieron en su prisión. En un instante de claridad, comprendió que aquella melodía era su única compañía. Decidió responder con un canto:
—Dime, compañero. Dime qué son. Dime qué eres.
—Soy un Vorrak. El último, como tú. Gira. Toca el fractal. Tócalo tres veces. Te seré revelado.
Eira posó sus manos sobre el cristal, sintiendo que no había nada físico que le impidiera atravesarlo, pero una fuerza invisible la contenía. Retiró las manos y volvió a colocarlas con toda su voluntad, hasta que una luz tornasolada irradió todo el espacio. Del otro lado apareció una criatura con piel de corteza y ojos que lloraban un ácido viscoso. Ambos se contemplaron en mutismo, absortos en una comprensión silenciosa: dos entes distintos unidos por la misma decadencia. Por primera vez en aquel zoológico, el acto de rebelión brotó desde sus entrañas.
Los K’tharil continuaban estudiándola, extasiados por sus descubrimientos, pero su fascinación se vio interrumpida cuando La Que Mide el Miedo hizo su aparición.
—Patrón de fuga: 99.70% de certeza —anunció mientras ajustaba la gravedad para que Eira flotara dispersa como un globo de helio.
Un horror se apoderó de Eira al verse en esa posición. ¿Cómo podría actuar así? No tenía herramientas, solo su ingenio y la posibilidad de convencerlos de que sus deseos de escape eran meras fantasías humanas imposibles de concretar, una esperanza que pronto se desvanecería.
—No teman. Los humanos tenemos el pecho lleno de sentimientos y la cabeza enmarañada de sueños inmateriales, irreales.
—Espécimen E-9, según los datos hay un 85% de probabilidad de que tus palabras sean engaños —replicó la entidad, mostrando un holograma de datos y gráficas que flotaban alrededor de Eira como demostración de que sus números podían desentrañar el significado del ser humano.
—¿Qué probabilidad hay de que este cuerpo pueda salir de aquí? —preguntó Eira con mirada furtiva.
—2% de que puedas sortear tu confinamiento.
—Un número bajo. Además… —Señaló hacia el micelio que trepaba por las paredes como una cascada luminosa dentro del fractal—, mi compañero de celda parece no incomodarles, aunque le temen.
—No se han podido recolectar datos debido a su fragilidad inherente como especie.
—Déjenme ayudarles a estudiarlo, y dejen de buscar patrones de fuga en mis acciones. ¿Pueden cuantificar la veracidad de lo que digo?
—70% de veracidad, Espécimen E-9.
—Denme luz verde, su aprobación, y les prometo aire nuevo. Uno que sepa a lluvia recién inventada, no una imitación.
Eira lanzó una burbuja de saliva que flotaba ingrávida. El micelio la transformó en una esfera de oxígeno con aroma a infancia.
Los K’tharil parpadearon sus cabezas en código binario:
—Aceptamos —dijeron, mientras restablecían la gravedad a la normalidad.
Eira había descubierto que, como con otras formas de vida intergalácticas, la comunicación no se limitaba al lenguaje humano. Necesitaba ritmo y armonía. El micelio respondía con mayor intensidad cuando le recitaba versos, especialmente uno que parecía trascender hacia un entendimiento total:
Brillan las estrellas, eco
de la sinfonía infinita.
Son el mapa para almas
errantes que, unidas
a extraños peregrinos,
buscan los soles carmesíes.
En su fulgor, las promesas
hechas añicos renacen
como chispas de esperanza.
Con la ayuda del Vorrak, habían conseguido un tenedor de antimateria robado a uno de los visitantes interestelares del zoológico: un Zygrath, una forma colosal esférica con rasgos felinos y reptilianos, capaz de alterar su tamaño a voluntad, que se alimentaba de fotones.
Eira excavó hacia las profundidades de la red. El micelio le mostró un concierto de imágenes, una canción emitida en pulsos Morse donde cada nota representaba un gusano muriendo para alimentar una flor iridiscente, cada pausa el latido de una estrella agonizante.
Mientras se sumergía más profundamente, una luz cálida la cobijó y esporas azuladas se adhirieron a su cuerpo desnudo. Un sonido extraño pero reconfortante emergía de las vísceras más recónditas del subsuelo.
—Su música es una ecuación infinita de belleza —murmuró mientras observaba cómo las esporas resbalaban por su mano como si se reunieran para cantar en coro—. Nuestra música era un grito de furia, un eco que ya se apagó.
Los K’tharil emitieron una alarma al descubrir la fuga de Eira. Mientras escaneaban el lugar para localizarla, el micelio ascendía por todas las paredes cristalinas, tejiendo una red uniforme de rombos centelleantes que formaban un arcoíris alrededor de su jaula, derritiéndola como si fuera caramelo líquido. Los K’tharil retrocedieron ante esa marea de micelio envuelto en cristal fractal que lentamente se deslizaba hacia ellos.
Eira, en el centro y varios metros bajo tierra, encontró una raíz gruesa y ancestral que parecía haberla estado esperando. De ella emergía el micelio, y a través de una pequeña grieta, un resplandor verde le reveló una semilla con forma de hueso de durazno que irradiaba una melodía suave y conmovedora. Con la naturalidad de cualquier ser humano, colocó la semilla bajo tierra. En lugar de brotar un árbol, comenzó a formarse sobre la tierra húmeda un cristal que se retorcía hasta convertirse en un fragmento de espejo. Lo sostuvo con ambas manos mientras la raíz brillaba con más intensidad. Al girarlo para reflejarse, vio miles de humanos caminando sobre nebulosas, sus cuerpos compuestos de luz inestable.
—No soy la última —se susurró con lágrimas en los ojos.
Uno de los K’tharil detuvo sus movimientos espirales. De su cabeza brotaba un extraño líquido que derretía su forma. Otro recogió una muestra de ese residuo y la colocó en una máquina peculiar que comenzó a grabar para documentar los hechos.
***
Eira emergió envuelta en miles de filamentos vibrantes y fluorescentes que le tejían un vestido resonante como una música de vida, muerte y renacimiento. En los archivos de los K’tharil quedó registrado: “Espécimen E-9: asimilado por entropía poética”. En la mente de Eira resonaba una frase transmitida por el micelio: “La libertad no es huir; es convertir las cadenas en puentes”, mientras los filamentos se extendían hacia todas las jaulas del zoológico. Eira quedó envuelta en un capullo irradiante de luces violetas y anaranjadas, escuchando una estrofa melodiosa antes de fundirse con ellos:
No nace tu libertad en el crisol sangriento de una guerra,
sino en el susurro ancestral del canto que danza entre estrellas.
Y no siembra yugo alguno sus sombras en tu mente etérea,
pues el hálito cósmico disuelve cadenas en su canto infinito.
Mientras tanto, bajo el zoológico, la semilla germinaba en código binario. Sus raíces se entrelazaban con el micelio, entonando una sinfonía que ningún algoritmo podría jamás capturar.
Abraham Campos (México). Ha participado en las antologías Voces Minerales y Antología de cuento Hidalguense (Vozabizal); Mentes corroídas y Tiempos rotos (Palabra Herida); Latinoamérica y otros cuentos de terror (Historias Worter); Terror 2024 y Negra Navidad (Lebrí); y en Triskaidekafobia: Trece años de mala suerte (Lengua de Diablo). Además, ha publicado en diversas revistas digitales.
