Esse est percipi aut percipere

George Berkeley

—Tendremos que amputarte la mano. Cuanto antes mejor —te dice el médico con tal frialdad que sus filosas palabras ya parecen cortar el aire de la habitación.

—¡Pero aún está ahí! ¡Puedo sentirla! —replicas, elevando tu brazo derecho y llevando tu muñón sin mano ante su cara—. No se ve, pero mi mano está ahí, la abro y la empuño; soy capaz de sujetar cosas. —Y para demostrarlo acercas tu muñón a la cara del médico y las carnosas mejillas del hombre se hunden y se jalan hacia el frente estrujando sus labios en vertical, haciéndolo parecer como si quisiera dar un beso grotesco.

Al instante el médico empuja el rostro hacia atrás para zafarse de aquella garra invisible. Toma un respiro y te dice:

—No amputaremos tu mano porque ya no esté, sino porque ya no se ve. Lo importante es evitar que avance la enfermedad por tu brazo hasta tus órganos vitales.

—¿Y moriré?

—No. Pero luego será el antebrazo, después el brazo completo, al llegar al torso la invisibilidad será inevitable y veloz. Si queremos evitar que se propague por todo tu cuerpo, deberemos cortar ya.

Tratas de entender lo que te dice: tu mano funciona, pero ¿debes renunciar a ella sólo porque no se ve?

—Es una medida un poco… extrema —afirmas mientras saltas de la alta camilla de revisión.

—Es la única que hay. Y no es negociable, porque es la ley. Nadie acepta de buenas a primeras perder una extremidad, pero verás que muy pronto te acostumbrarás. Aunque la enfermedad es nueva, y no sabemos qué la ocasiona, la técnica de amputación ya es todo un arte.

Tomas de una silla tu abrigo con la mano invisible. La prenda parece flotar imantada por tu muñón.

—¡Necesito una segunda opinión!

Sales a toda prisa del consultorio, dejando tras de ti la puerta abierta y sin escuchar los gritos amenazantes del médico. Bajas los escalones de dos en dos. Quisieras que la palabra amputar dejara de taladrar tu cerebro.

—¡Nadie va a cortar ninguna parte de mi cuerpo! —te dices en voz alta—. ¿Por qué hacer algo así? El médico me ha diagnosticado y no me estoy muriendo, sólo me estoy haciendo invisible. No soy la primera persona, ni la única, en contraer esta extraña condición.

Ya en la calle, ocultas el muñón izquierdo bajo el abrigo. Al llegar a donde has estacionado tu Smart Fortwo negro y descapotado, te pones el par de guantes de piel sintética que usas para conducir y miras de nuevo la forma de tu mano derecha: asunto resuelto.

Desde el bolsillo de tu abrigo tu celular vibra. Es un mensaje de tu nueva cita de la app para conocer personas. No puedes negar que la soledad ya te ha llegado al cuello. Siempre culpas a tu introvertida personalidad y a tu ocupación: revisas y corriges textos que te envían, por mail, y te depositan el pago de cada trabajo a una cuenta bancaria. Cuando tienes videoconferencias prefieres no encender tu cámara. Ordenas a domicilio tus víveres al supermercado, en línea, y los dejan a tu puerta. Nadie te ve. Acaso de vez en cuando alguien te escucha, pero nadie te ve. Tu vida social activa hace tiempo desapareció. Lo cierto es que tienes el hábito de alejar a los que te quieren y luego te convences de que te han abandonado: tu poca familia, tus contadas amistades y, ciertamente, tus amores.

En el mensaje, tu cita dice que llegará quince minutos tarde al encuentro. Te olvidaste por completo del compromiso, pero respondes: “Ntp. Aquí te espero”, fingiendo haber llegado ya al lugar. Aceleras rumbo al café acordado, el cual, para tu suerte, no queda muy lejos de donde estás.

Pocos minutos después de que has tomado una mesa, llega tu cita. Y lo primero que notas es que, en lugar de uno de sus brazos, muestra con orgullo una moderna prótesis. Luego de las habituales presentaciones te cuenta su historia:

—Me estaba volviendo invisible —revela en un tono ya ensayado de tanto contarlo. Tú, sin decir palabra, miras tu propia mano enguantada—, y créeme que supliqué tratando de evitar que me amputaran mi brazo.

Se te nota por una mueca fugaz que aquella palabra retumba en tu mente. Y replicas:

—No me parece tan grave ser invisible, no como para que te metan en prisión.

—Piénsalo. Como sociedad no podríamos vivir tranquilos sabiendo que por ahí rondan personas invisibles. Seríamos vulnerables a ellos todo el tiempo, en la calle podrían robarnos o acosarnos, y meterse en nuestras casas, vivir de frogging, sin enterarnos, o sin saber cómo expulsarlos.

—Pero ¿meterlos en prisiones? ¡Es demasiado! El otro día escuché la historia de alguien preso, que murió de un infarto en las regaderas y, de no ser por la pestilencia de la putrefacción, nadie hubiera notado su cadáver. ¡Imagínate lo miserable de su vida!

—Por eso acepté la amputación preventiva. ¿Tú crees que yo me alegré de haber perdido el brazo entero? Sin embargo, ahora que conozco las ventajas de tener un Brazo Inteligente estoy feliz. Mira: incluye teléfono celular en el antebrazo, la palma de mi mano se calienta y puedo desarrugar mi ropa con ella, incluso cocinar. ¡Puedo freír un huevo en la palma de mi mano! Además, mi codo funciona como cartera y monedero para guardar el efectivo. Y el bíceps es también una conveniente hielera: ¡tengo una bebida fría todo el tiempo!

Aunque conversan toda la tarde, no puedes evitar pensar en el daño que aquel brazo bluetooth, mitad plancha y mitad refrigerador, podría ocasionar si se llegara a descomponer. También has escuchado historias terroríficas de Brazos Inteligentes que se vuelven contra sus portadores, quemándoles el rostro y bloqueando el teléfono para que no puedan pedir ayuda. Le mientes al decirle que se verán de nuevo.

A bordo del Fortwo, cuando ya se oculta el sol, recitas un poco convincente monólogo:

—No porque se ponga el sol, significa que ya no volverá a salir. Así de simple: mi cuerpo ahora anochece, pero ya amanecerá. Y quizá, un día cercano, la enfermedad que surgió sin explicación se vaya así también, como llegó. O se descubra la forma de revertirla y hacer mi brazo visible otra vez, pero que, una vez cortado, nunca lograrían que me volviera a crecer.

Notas la torreta encendida de una patrulla afuera de tu domicilio. Seguramente el médico que te diagnosticó te ha reportado, porque, como lo repite todo el mundo, ser invisible es algo ilegal.

Pasas de largo. Te parece una locura abandonar todo cuanto tienes: tu departamento amueblado, tus muchos libros y tu ropa, pero es preciso huir de aquella ciudad que trata a las personas enfermas como a criminales. Por eso, sin dudar, tomas una salida a la autopista.

Pones tu música vieja de Chet Baker que siempre te ha tranquilizado. Al llegar a las afueras te preguntas sobre cuál rumbo seguir. Tendrás que encontrar rápidamente un lugar donde esconderte mientras analizas tu situación. Paras en el tercer hotel de paso que ofrece la carretera. Nunca te han gustado esa clase de hoteles; te parecen miserables y lo son, pero también son baratos y puedes pagar una habitación con el efectivo que cargas contigo.

—Mañana será lo que tenga que ser —dices, mientras tu mano invisible pone el seguro a la puerta de la habitación.

Al despertar no te das cuenta, pues te cubre la sábana, pero, al quitarla, como en un privado y magnífico acto de magia, desaparecen tu brazo entero y también tu pierna derecha. La vista te engaña a tal punto que, al intentar levantarte, te caes como si verdaderamente esa pierna y ese brazo ya no estuvieran.

Tienes que cerrar los ojos y sentir de nuevo tu cuerpo entero. Te levantas del suelo y afirmas:

—No ver es la cura a la enfermedad de volverse invisible.

Te vistes. En un pasillo del hotel encuentras una máquina expendedora de golosinas. Insertas muchas monedas para obtener pastelitos, bolsas de papas fritas y refrescos. Quisieras comer un desayuno en forma, con jugo natural y fruta picada, pero por ahora los nervios no te permiten entrar a ningún restaurante. Guardas todo en la pequeña cajuela que tiene el auto compacto y continúas conduciendo. ¿Hacia dónde te diriges? Entre más lejos, mejor.

De súbito, en una curva, chocas contra algo. Las bolsas de aire se inflan. Pierdes el control y el diminuto automóvil gira como un trompo fuera de la carretera, para varios metros más allá, queda inmerso entre muchos arbustos.

Tardas eternos minutos en recuperar el sentido.

Finalmente te incorporas. Estás a metros fuera del auto. De alguna manera saliste expulsado, pese al cinturón de seguridad, pero, además de ardorosos raspones, nada grave te ha sucedido, aunque tu Fortwo ha quedado muy dañado.

A los pocos pasos tropiezas con un bulto que se puede tocar, pero es invisible. ¡Es una persona! Su cuerpo ya está frío, muerto. ¡Atropellaste a una persona invisible! Una persona de la que no sabes nada, excepto que tuvo que caminar desnuda para esconderse de los demás. Como si no fuera ya suficientemente grave que ya no se pudiera mirar a sí misma, sino que también debió ocultar su presencia.

No puedes llamar al seguro; recuerdas que eres un fugitivo. Ahora, además de ir a prisión por tu enfermedad, también te juzgarán por haber atropellado a alguien invisible, dos situaciones que no han sido tu culpa.

O tal vez sí. En las redes dicen que la invisibilidad es una enfermedad somática que sólo ataca a personas muy solitarias.

O tal vez no. Quizá atropellar a alguien no fue un accidente. Quizá esa persona invisible se atravesó porque quería morir. Es horrible ese futuro.

Antes de abandonar tu automóvil sacas la comida y te da la curiosa impresión de que ya es menos. Zafas un espejo retrovisor y lo guardas en tu abrigo: quieres ver cuando tu rostro desaparezca, porque sabes que desaparecerá; que la invisibilidad avanzará cada vez más rápido por tu cuerpo y da lo mismo que pidas o no ayuda, ya es muy tarde para eso, ya no hay amputaciones posibles, pues la mitad de tu dorso es translúcido y nadie tiene la cura.

—No envejezco: me hago transparente —te dices en voz alta.

Ya ha oscurecido. Te internas por el bosque. Caminas muchas horas a través de la noche. Pero tú ya sabes a dónde vas. Cuando la debilidad es extrema vislumbras una cabaña en el bosque.

Es significativo que hayas elegido este lugar como refugio. Necesitas comida, comida de verdad, y no puedes confiar en casi nadie, pero sabes que puedes confiar en quien vive ahí, aunque creas que esa persona hace tiempo te lastimó, porque se fue de tu vida sin una explicación.

Antes de llegar te desnudas. El frío te cala hasta los huesos y compruebas que ya eres totalmente invisible. El retrovisor arrancado lo confirma: tu rostro se desdibujó.

Te acercas sigilosamente a la cabaña. Sabes bajo cuál piedra de la jardinera está la llave que abre la puerta principal. Conoces muy bien el lugar. Te parece deshabitado y sin embargo entras sigilosamente. Vas directo a la cocina donde hay comida enlatada y galletas. Abres una lata de atún y comes directamente con los dedos. Sientes renacer a cada bocado.

Sin dudarlo te agazapas frente a la chimenea, amontonas algunos troncos empolvados y los enciendes. El crepitar de los maderos ardiendo va pinchando el silencio.

—Yo nunca te abandoné —te digo.

Tu sorpresa y tu desconcierto al escucharme sólo son advertibles en tu tono de voz:

—¿Dónde estás? —preguntas, mirando sin encontrarme.

—Aquí. Soy como tú: invisible. También enfermé. No te lo dije. Y tuve miedo de que no comprendieras que me negué a la amputación. Pero no te abandoné. Te he acompañado siempre, en silencio. Y ahora, tú has venido acá, a buscarme, a donde creías que yo estaría.

Transcurren otros minutos infinitos; como los que tardaste en volver en ti después del choque, cuando te saqué del auto.

Por fin, siento en mí tu mano tentaleando. Me abrazas.

Afuera, el mundo comienza a desaparecer.

Fernando de León (México). Narrador, ensayista y tallerista nacido en Guadalajara. Autor de trece libros publicados. Dos novelas: Historia de lo fijo y lo volátil y Oser Serón; dos libros de ensayos: Alguien / Zozobra y Narrativas verdaderas; y nueve de cuentos, entre ellos: La estatua sensible (Premio Nacional de Cuento de los XX Juegos Florales de San Román, Campeche, 1995). Además: La obscuridad terrenal, Cárceles de invención, Apuntes para una novísima arquitectura (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, 2004), La sana teoría, Mudo espío, Rudy te manda saludos y Manual de comportamiento fantástico. La Universidad Autónoma de Nuevo León, en coedición con la Secretaría de Cultura de Jalisco, han publicado en 2025 la colección de cuentos If. Ha dedicado más de veinte años a impartir talleres sobre narrativa y escritura autobiográfica en distintas ciudades del país y en Estados Unidos. Actualmente radica en CDMX.

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