Becoming Karabudjan

—¡Pero es que tú, de entre todas las personas del mundo, tendrías que ser la que mejor comprendiera por lo que estoy pasando, papá!

El portazo de Zahara hizo temblar la pared. El cuadro que adornaba el pasillo cayó y el cristal se partió por la mitad. Gabriel se cortó con los pedazos al recogerlos.

—¡Zahara! ¡Por favor! —Por más que intentaba sonar calmado, su voz parecía empeñada en gritar. Gabriel odiaba los gritos casi tanto como las discusiones—. ¡Estamos hablando como personas civilizadas!

—¡Pues empieza por no tener prejuicios!

Gabriel suspiró. Desde hacía casi un año, las discusiones con su hija eran más frecuentes y casi siempre acababan de la misma manera. La oyó echarse en la cama y luego la barroca música Karabudjan retumbó, demasiado alta. Cuando Zahara cerraba la puerta, ya no había mucho más que hacer. Las gotitas de sangre que brotaron de la yema del dedo cayeron sobre la fotografía que resguardaba el cristal roto. Una empapó el rostro del joven Gabriel y la dejó allí, secándose hasta formar una costra.

Nunca le gustó su cara en esa foto; sus padres sostenían a Zahara y los tres reían, pero él miraba a un lado, distraído. La tomaron en su última excursión a las dunas de Cabo de Gata, antes de que una descomunal tormenta las engullera para siempre. Fue en ese viaje cuando Gabriel decidió mudarse de nuevo a Santo Marcelo; entonces estaba demasiado delgado y los pómulos se le marcaban sobre los labios, hinchados después de todo el día jugando con Zahara en la playa. En esa foto sus padres estaban felices de jugar con su nieta, y Zahara adoraba a sus abuelos. Solo él, como siempre, parecía un poco fuera de lugar; aún tenía mucho del cuerpo femenino que una vez le asignaron como suyo, porque entonces solo hacía tres años desde que dio a luz, y su rostro tardaría en perder los rasgos femeninos que resurgieron a raíz de abandonar la hormonación para el embarazo.

Gabriel empezó a limpiar el estropicio. Algunos libros estaban tirados en el suelo desde que Zahara arrasara las estanterías para buscar el peluche. Junto a las tazas aún llenas de chocolate, Potato y Sparring mordisqueaban los churros que ellos apenas habían probado. Los hurones lo miraron con desconfianza, agarraron sus inesperadas presas y salieron corriendo hacia el sofá.

—¿Qué estoy haciendo mal, chicos? —preguntó, aunque, sabiamente, los hurones se limitaron a seguir comiendo—. Al menos vosotros no me dais tantos disgustos.

El sábado comenzó como un rayo de luz en una tormenta que duraba meses. Había un concurso de castillos de arena en la playa, y se levantaron temprano para verlo antes de que hiciera demasiado calor; aún había naranjas de temporada y se dieron el lujo de comprar una bolsa de diez kilos en el mercadillo semanal. Para terminar, dos chocolates con churros para llevar; Doña Mercedes los hacía igual de buenos desde que Gabriel era un crío, cuando Santo Marcelo todavía soñaba con ser un pueblecito escondido en una cala apartada, al que los turistas todavía no habían descubierto.

Acompañar a su abuela los domingos para comprar churros y luego comerlos en la gran mesa del patio era uno de los recuerdos más felices de la niñez de Gabriel; un ritual que su familia siempre respetó, incluso cuando las cosas en casa se pusieron difíciles. Gabriel se había esforzado mucho por hacer que los recuerdos felices de aquella época brillaran más que los malos. También se esforzó en enterrar muy adentro las burlas, los rumores y los insultos soterrados, los bollera y marimacho que lo acompañaron tanto tiempo, y nunca los dejó que tomaran el control de su personalidad. A veces se sentía razonablemente orgulloso de la persona en que había logrado convertirse.

Se convenció de que podría ser un buen padre. Se dijo que nunca cometería los errores de los suyos. Quedarse embarazado de Zahara no fue un capricho, sino un resultado de la necesidad de dar todo el amor que a él le hurtaron entre la sociedad y los prejuicios. Cuando sostuvo por primera en sus brazos a aquella personita pequeña e indefensa, ni siquiera podía atisbar que dieciséis años después, todo lo que construyó con ella estuviera a punto de derrumbarse.

Sparring dio un chillido, soltó su pedazo de churro y corrió hasta meterse debajo de la estantería. Al minuto, emergió de nuevo, con Don K aferrado entre los colmillos. El peluche estaba lleno de polvo y telarañas; ufano, el hurón lo dejó en el regazo de Gabriel.

—A buenas horas, Spar. Chico malo.

Antes de empezar siquiera a mojar el primer churro, Zahara había ido a buscar el viejo peluche, porque quería enseñárselo a su amigo Domingo. No lo encontró, y ella empezó a desarmar las estanterías para buscarlo; Gabriel le recordó que los churros se iban a enfriar, que lo dejara para más tarde, y ella no se lo tomó bien. Es probable que dijera que “dejara de buscar ese peluche estúpido”, pero no estaba seguro. En todo caso, la breve tregua de dos semanas desde su última discusión estalló como un polvorín.

Zahara lo acusó de haberlo tirado a la basura, y desde ahí la discusión fue creciendo, alimentada por las ascuas de dos años de incomprensión creciente. Hubo reproches mutuos, se dijeron cosas que no deberían decirse, y antes de que pudiera darse cuenta, estaban hablando otra vez de la transformación, con Zahara casi gritando que eso era lo más importante de su vida, y que ninguna otra cosa le importaba más. Que él, maldita sea, debería entenderlo.

Pero Gabriel no lo entendía.

Aquello era lo que más le dolía, y era lo que siempre lo desarmaba. Porque Gabriel también vivió esa época en la que creía que nada más que unos pocos elegidos podían entender cómo se sentía. Una época en la que halló el valor de expresar quién era realmente: un hombre y no una mujer; que necesitaba enfrentarse a la vida según su verdadera identidad. Los padres de Gabriel tardaron mucho en entenderlo, y eso generó unas cicatrices que solo se apaciguaron cuando decidió regresar a Santo Marcelo, y ellos volcaron todo su amor en Zahara, como si su nieta encarnara la mujer que él nunca fue.

Gabriel quitó las telarañas del muñeco y Sparring regresó al churro, satisfecho con su travesura. Zahara se encaprichó del peluche hacía diez u once años, poco después de que los Karabudjan llegaran y el capitalismo corriera para sacarles algo de rendimiento. Recordaba aquel día porque ella lloró y lloró —algo que nunca hacía— hasta que él consintió en comprárselo. Era de lana, y tan feo como fiel a la fisonomía: siete ojos cosidos sobre la cabeza alargada y negra; de las placas corporales como de armadillo —cubiertas de espinas plateadas— brotaban dos brazos enormes y dos piernas arqueadas de tres rodillas.

¿Cómo entenderlo? Hombre o mujer, Gabriel siempre fue un ser humano. ¿Por qué, entonces? ¿Por qué Zahara, su preciosa hija de pelo rizado y ojos de aceituna, quería convertirse en uno de aquellos alienígenas?

***

Aún quedaba más de una hora de luz y, de todos modos, le había dicho a Zahara que podía volver más tarde si quería. No tenía sentido preocuparse.

Gabriel intentó centrarse en la película sin mucho éxito, aunque la nueva versión de las Dos Torres no era tan mala como todas las críticas decían. Claro que la mayoría se debían al hecho de que la criatura Gollum hubiera sido creada por ingeniería genética, y que hubiera muerto al poco de finalizar el rodaje. Hubo una pequeña polémica en su momento que exacerbó los ánimos contra los Karabudjan, como si fueran ellos y no los estudios de Hollywood quienes crearon a la criatura. Pero todo se olvidó rápido. Parte de la compensación que los alienígenas pagaban a los gobiernos mundiales por mantener sus naves en la Tierra fue en mejoras de la ingeniería genética que permitieron erradicar un buen número de enfermedades, por lo que otros abusos de su tecnología eran consentidos como un mal menor.

Sparring entró en el despacho perseguido por Potato; los hurones dieron un par de vueltas en torno al sofá y saltaron por la ventana hasta las parras que daban sombra al jardín. Hacía cinco días desde la discusión del peluche y las cosas con Zahara habían vuelto a la calma de la misma forma que siempre lo hacían: con Gabriel pidiendo disculpas y evitando otra confrontación. Pero eso no quería decir que la tregua fuera definitiva.

Justo cuando el Gandalf de Brad Pitt se enfrentaba al Grima interpretado por Timothée Chalamet, Gabriel oyó voces y risas que venían del porche. Se asomó con disimulo. Zahara acababa de bajar de la furgoneta de Domingo y ambos reían. Qué diferencia con el mal humor con que había salido aquella mañana de casa. A Gabriel le gustaba verla así: feliz, amable y risueña, como siempre había sido. Tan humana. Algunos de los amigos de su pandilla veraniega estaban en la parte trasera de la furgoneta y estaba claro que pensaban seguir divirtiéndose un poco más. Salvo Zahara, todos los de la pandilla eran turistas que venían a pasar el verano en Santo Marcelo y como ella era la única autóctona, se había erigido en una especie de guía de sus amigos, y todos los años encontraba algo nuevo que enseñarles: una cala arenosa bajo una cueva, algún pedazo del bosque mediterráneo que sobrevivía en las colinas… El tipo de lugares que los nativos preferían guardarse para sí mismos.

Estaba a punto de retirarse cuando lo vio. Domingo asomó una mano por encima de la ventanilla y se atusó el pelo negro. Una mano hinchada y ennegrecida, de la que asomaban espinas plateadas. Creyó que eran algún tipo de adorno o tatuaje hasta que se fijó bien. No lo eran. Se le revolvió el estómago y estuvo a punto de vomitar. ¿Desde cuándo…? Una furia ciega lo invadió de pronto y se apoderó del control de sus movimientos. Salió de la casa, gritando y haciendo aspavientos exagerados, y los chicos se quedaron mirándolo con cara de no entender nada.

—¡Zahara, ahora mismo a casa!

—Pero, papá, ¿qué haces?

—Señor Herrera —comenzó Domingo, enrojecido y avergonzado mientras intentaba ocultar su mano deforme—. No estábamos haciendo nada. Nosotros…

—¡Tú, a callar! ¡Y largo de mi porche ahora mismo! ¡Todos fuera!

Volvieron a casa. Las sienes de Gabriel latían, llenas de tambores. Oyó la furgoneta arrancar y alejarse. Zahara lloraba. Avergonzada, herida, frustrada. Gabriel intentó calmarse. Por un segundo se vio a sí mismo: él también había llorado en ese mismo salón, muchos años atrás. Cuando su padre regresaba del invernadero oliendo a sudor y calabacín, y era incapaz de entenderlo, entonces vaciaba en Gabriel una frustración inmerecida. Al principio, su padre solía decirle que siempre sería una mujer, sin importar cuánto se cortara el pelo o cuántas hormonas tomara. Gabriel sintió vergüenza de su comportamiento, pero no la suficiente para detenerse.

—¿Desde cuándo está Domingo… transformándose? Es por eso, ¿verdad? Ha sido él quien te ha llenado la cabeza de pájaros…

—¡No entiendes nada, papá! —Zahara lo miró con los ojos llenos de furia. Jadeaba, a punto de entrar en un ataque de pánico.

—¿Qué se supone que tengo que entender?

¿Qué estaba haciendo? Esta vez era culpa suya. Él era el adulto que se había comportado como un crío enfurruñado. Sabía que tenía que poner un poco de cordura, pero cada vez que lo intentaba, la imagen de la mano del chico volvía a su cabeza.

—Que no es una transformación, joder. Domingo simplemente está aflorando lo que siempre ha sido. —Dejó de llorar—. No es tan difícil de entender.

Para, le decía su Pepito Grillo interior, deja de discutir y simplemente habla con ella. Gabriel estaba demasiado alterado para escucharlo.

—Es que no puedo entenderlo, Zahara. Domingo es un ser humano, ¿lo entiendes tú? ¡No es un maldito alienígena de dos metros lleno de espinas! Y tú tampoco lo eres.

Zahara siempre se había parecido al padre de Gabriel; ambos tenían la mandíbula muy ancha, que temblaba un poco cuando gritaban, como si fuera a caerse. Zahara mostraba la misma expresión que tantas veces vio en él. Dio un paso adelante, desafiante.

—¿Ah sí? ¿Quieres que empecemos a hablar de lo que cada persona piensa acerca de cómo deberían ser los demás? ¿Que hablemos de identidades?

—No empieces con eso, Zahara. Ya lo hemos hablado. No es lo mismo.

—Porque tú siempre fuiste un hombre, ¿verdad? Pero no te bastaba con serlo, tenías que parecerlo, ¿no? Pues esto es lo mismo.

—¿Pero es que no has visto su mano? Es que… no tiene sentido. Y no me vengas otra vez con lo que eras así desde pequeña. Cuando naciste no había Karabudjan.

—¿Pero es que no me escuchas? ¡Siempre he sido así!

—¡No lo eres, Zahara, por mucho que lo digas!

—¡Muy bien! —Zahara caminó hacia su cuarto. Se quedó bajo el quicio, como un Cerbero guardando el inframundo—. Pues si yo no soy un Karabudjan, tú no eres un hombre. ¿Qué te parece?

Regular la dosis de testosterona que el organismo de Gabriel necesitaba para funcionar de forma óptima fue una tarea complicada. La hormona a veces le daba una sensación de poder y plenitud que no podía sentir de otro modo. Y a veces lo hacía sentirse furioso y querer partir las paredes a puñetazos; tardó años en encontrar la dosis adecuada. Nunca le había dado a Zahara ni una simple bofetada, jamás se le hubiera ocurrido. En ese momento tuvo que contenerse para no hacerlo.

—¿No es eso lo que decían? No puedes ser un hombre si tienes ovarios y vagina, y tú me pariste. Según eso, eres una mujer.

Aquella provocación era más de lo que podía soportar. Pero sabía que Zahara solo lo decía para herirle, y después de cómo Gabriel se había comportado ante sus amigos puede que incluso lo mereciera.

—Zahara —dijo, con toda la calma que pudo rescatar—. No voy a consentir que me hables de ese modo.

Ella puso los ojos en blanco y soltó un largo gemido de desesperación.

—¿Es que no ves que solo te lo digo para que te des cuenta de que me estás haciendo lo mismo que los abuelos te hicieron a ti? Siempre me decías que tardaron mucho en entender quién eras. ¡Pues esto es lo mismo!

Zahara siempre fue espabilada, y no tardó en encontrar el punto débil de su padre cuando ella empezó a insinuar que deseaba transformarse en Karabudjan. Mientras fueron palabras difusas, como si hablara de un amigo imaginario, Gabriel se las apañó para fingir que solo era una fase. Pero la visión del brazo modificado de Domingo había sido como una bofetada de realidad que condensó en un solo instante todos los miedos de Gabriel. Y el mayor miedo era perder a su hija.

Los dos estaban cansados. Ya no le quedaban argumentos ni fuerzas para replicar. Conforme la adrenalina se disipaba era más consciente del comportamiento que había tenido. Jesús. Si su padre lo hubiera avergonzado del mismo modo que cuando Gabriel era adolescente, no le habría hablado en un mes.

—Vamos a dejarlo, ¿vale? —dijo—. Me duele la cabeza. Vamos a cenar algo.

No fue un ofrecimiento de tregua demasiado digno, pero al menos ella lo aceptó.

—No tengo hambre. Además, a ti siempre te duele algo.

Zahara volvió a encerrarse en su cuarto, y los acordes de la música Karabudjan sonaron hasta bien entrada la madrugada.

***

Gabriel nunca tuvo esa habilidad que tienen otros para hacer amigos. Siempre se juntaba con otros niños, pero los adultos decían que eso era de marimachos y que mejor haría yendo con las niñas de su edad. Entonces aún lo llamaban por su deadname y él pensaba que todo aquello era tremendamente injusto. El siglo XXI ya llevaba más de cuarenta años en marcha, pero Santo Marcelo tardó mucho en entrar en él.

Cuando marchó a Granada a estudiar Periodismo, las cosas mejoraron. Allí pasó la mayor parte de su transición, y pocas veces la gente lo miraba dos veces o cuchicheaban a sus espaldas. Libre de la vida del pueblo, hizo algunos amigos que se convirtieron paulatinamente en simples conocidos desde que decidió regresar a Santo Marcelo para criar a Zahara. Descubrió que veinte años de ausencia del pueblo también borraron casi por completo los lazos que una vez estableció y que retomarlos era más difícil que hacer nuevos amigos. Pero eso era algo que nunca le importó, siempre que su hija estuviera con él.

Cuando Zahara empezó a juntarse cada verano con la misma pandilla, Gabriel hizo un esfuerzo por conocer a los padres de sus amigos. Tampoco se sintió cómodo del todo con ellos —había demasiados puntos políticos que no compartía con la mayoría— y tras el primer año se limitó a un contacto cordial pero distante. Cuando conoció a Sonia le pareció un poco arrogante, quizá porque era médico, o quizá porque nunca se esforzó por verla más allá que como una simple turista. Pero era la madre de Domingo, y Gabriel necesitaba desesperadamente hablar con alguien que supiera por lo que estaba pasando.

—Para nosotros tampoco fue fácil. —Bajo el toldo del café el rostro de Sonia era más sereno de lo que recordaba, cruzado por un incierto rictus de impotencia. Bebió el carísimo café a pequeños sorbos—. Su padre y yo nos separamos hace cuatro años, más o menos cuando Domingo empezó a afirmar que era un Karabudjan. No digo que tuviera algo que ver, pero… ambos competimos por consentirlo más que el otro, y ninguno se atrevió a decirle que no.

—Entonces… ¿los dos estuvisteis de acuerdo con su transformación?

—Es complicado, Gabriel. Domingo siempre fue un niño especial, ¿sabes? Siempre que podía dormía en la terraza porque le gustaba mirar las estrellas. Siempre pedía telescopios por Reyes, o puzles de planetas, ese tipo de cosas. Y luego, cuando llegaron, empapeló su habitación con fotos de ellos, y se hizo tatuajes de henna que simulaban su piel y espinas…

Gabriel asintió mientras sus tripas convulsionaban.

—Sí, Zahara también hacía cosas parecidas. Su cuarto estaba lleno de hologramas de constelaciones y una vez, cuando tenía siete años, se escapó de casa toda una noche porque quería ver las Perseidas y yo no podía acompañarle. Fue el mayor susto de mi vida.

Sonia sonrió y asintió.

—Te entiendo. Y supongo que ahora todo serán discusiones y peleas.

—Ni te imaginas. —Gabriel tomó un sorbo de manzanilla. Apenas había comido en la última semana; desde su último encontronazo apenas intercambió palabra con Zahara, y ella pasaba casi todo el día fuera, para volver a la hora de cenar. Ni Domingo ni ninguno de la pandilla había vuelto a acompañarla a casa.

—Creo que lo imagino. Para nosotros fueron un par de años muy duros. De pronto era… como si mi hijo fuera otra persona. Su única obsesión era transformarse en uno de ellos. Era de lo único que hablaba, sus notas bajaron… No sé. A veces creo que no fue culpa nuestra no saber entenderlo…

—Pero Domingo ha… —Gabriel no sabía cómo expresarse sin sonar patético o prejuicioso—. Ha iniciado la transformación. Quiero decir… que habéis tenido que aceptarlo, firmar los consentimientos. ¿Cómo…?

Sonia rebuscó en el bolso. Sacó una especie de folleto arrugado y se lo tendió.

—Aquí fue donde nos asesoraron.

La fotografía de un peluche Karabudjan en posición pensativa ocupaba la primera página del folleto. Por encima, “Becoming Karabudjan” estaba escrito en pulcras letras rojas, y abajo, casi como si fuera un secreto, se leía: “Si las estrellas te hablan, ven”.

—Sí —dijo Gabriel—. He oído hablar de estos sitios, pero no creo que…

—Domingo siempre fue un niño sensible, propenso a cuestionarlo todo —lo interrumpió suavemente Sonia—. Ahora vuelve a ser igual de cariñoso y atento que era; hasta quiere aprender a cocinar. Todos los años de dudas y discusiones ya quedaron atrás. Ahora es feliz, Gabriel. Ahí nos ayudaron a comprenderlo.

En la parte de atrás había un listado de los centros BK de la Federación Ibérica. El más cercano estaba en Málaga, a solo una hora de tren. Gabriel suspiró.

—Pero vi su mano, con esas espinas…. Y no se quedará ahí. Todo su cuerpo cambiará… ¿Cómo puedes aceptarlo tan tranquilamente? —Buscó los ojos de Sonia, intentando no sentir rabia, o frustración. O envidia—. ¿Cómo puedes mirarlo y no sentir que estás perdiendo a tu hijo?

Sonia armó una sonrisa temblorosa. Al mal tiempo, buena cara, como decía el refrán. Pero tampoco debía resultar fácil para ella, supuso. Por mucho que le dijera lo feliz que era Domingo, no significaba que ella lo comprendiera del todo.

—Solo es como si una parte de él que siempre estuvo oculta hubiera despertado al fin. Pero sigue siendo él mismo. Mi hijo, y eso es lo que importa.

Gabriel frunció el ceño. Era lo mismo que le decía Zahara. Y eso era lo que más lo asustaba. Se preguntó si los centros BK servirían en realidad para lavar el cerebro.

—¿No tienes miedo de perderlo? —preguntó.

—Sigue siendo el mismo niño al que le di el pecho, Gabriel, eso no ha cambiado —lo dijo como si quisiera convencerse a ella misma—. Claro que tengo dudas, pero Domingo no es el primero, ni será el último. Hay muchos que ya han completado el proceso…

—Y se han ido —completó Gabriel con un deje de amargura.

—Pero nuestros prejuicios son nuestro problema, no el de nuestros hijos. Y todo lo que podemos controlar es si queremos estar a su lado o no cuando eso suceda. Aunque, en el fondo, nos aterre.

El sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de un rojo tan atormentado como bello. Gabriel se quedó mirando la foto del peluche alienígena, tan parecido al deshilachado Don K. Si las estrellas te hablan, ven. ¿Acaso siempre le habían hablado las estrellas a Zahara y él siempre estuvo sordo?

—Quizá debería ir a este sitio. —No supo muy bien por qué lo hizo. Porque estaba harto de estar solo, o porque solo necesitaba la compañía de alguien que comprendiera por lo que estaba pasando—. Tú… querrías, quiero decir, ¿podrías acompañarme?

Gabriel agradeció que las luces de café fueran anaranjadas, porque ocultaron su rubor. Sonia sonrió y, para su sorpresa, aceptó.

***

Había veinticuatro zonas K en el planeta, rodeadas permanentemente por un perímetro militarizado, aunque lo cierto es que los alienígenas nunca se mostraron hostiles. Sí, hubo un cierto pánico cuando llegaron, algunos disturbios y proclamas militares, y las bolsas cayeron en picado, lo que supuso el inesperado beneficio de que algunos se multimillonarios se arruinaran de la noche a la mañana. Pero los Karabudjan, en realidad, estaban más cerca de los emigrantes desharrapados de Distrito 9 que de los imperialistas de Independence Day.

No venían a conquistar, ni tampoco a ofrecer la unión terrestre a alguna ignota alianza galáctica. Tan solo deseaban establecerse en el planeta y, a cambio de veinticuatro zonas donde instalar sus bases, ofrecieron algunas golosinas en forma de ingeniería genética avanzada, lo que hizo que otro puñado de millonarios besara la lona. Que supieran más de nuestro ADN que nosotros mismos despertó recelos, pero aparte de eso fueron perfectamente inofensivos durante cinco años, en los que simplemente se limitaron a permanecer en sus zonas K. Rara vez salían de ellas, y tampoco permitían que ningún humano entrara, así que cualquier reunión con los Karabudjan se realizaba en los terrenos del perímetro militar.

Hasta que llegó el caso de Nicola Amaranto.

Nicola tenía cincuenta años. Profesor de física en un instituto de Bari, casado, dos hijos y un nieto de camino. Un buen día, el hasta ese momento predecible Nicola anunció a sus amigos y compañeros de trabajo que él no era un ser humano, sino un Karabudjan y que, por lo tanto, debía volver con los suyos. Nicola anunció su partida en sus redes sociales —planeaba un viaje a pie hacia las estribaciones del Mont Blanc, donde existía una de las dos zonas K en Europa—, y todo el asunto se viralizó de inmediato. Un reguero de periodistas aburridos siguió su peregrinaje hasta el perímetro militar, donde naturalmente fue detenido. Pero cuando ya se preparan para devolverlo a Bari, las compuertas de la nave alienígena se abrieron. Dos Karabudjan acudieron al perímetro y les dijeron a los militares que estaban dispuestos a aceptar que Nicola entrara. Debió montarse un buen revuelo en los servicios secretos que intentaban sin éxito penetrar las cúpulas de energía de las zonas K. Así que deliberaron y le permitieron el acceso a la zona.

Cuando Nicola Amaranto volvió a aparecer en público un mes después, ya había comenzado su transformación en Karabudjan. Su mujer se divorció de él dos meses después, sus hijos le retiraron la palabra, y cuando su cambio terminó, Nicola marchó en una lanzadera hacia una nave Karabudjan en órbita que, según se decía, tenía como destino Antares.

Aquello fue como un disparo de salida. Miles de personas empezaron entonces a peregrinar a las zonas K. Algunos, como al principio, simplemente por curiosidad, otros rogaban por la curación de enfermedades terminales, o por inciertas revelaciones religiosas. Pero muchos acudían porque, según ellos, eran Karabudjan encerrados en cuerpos humanos y que, como Nicola, deseaban cambiar.

Aquella pequeña psicosis cedió con el tiempo, pero el goteo de personas que afirmaban sentirse alienígenas nunca cesó, y los gobiernos accedieron a organizar centros Becoming Karabudjan en las principales ciudades del mundo para evitar que estos acudieran a las Zonas K. Sonia ya conocía el BK de Madrid, pero Gabriel nunca había visto uno, y esperaba que el centro recordara un poco a la forma ovalada y plateada de sus naves, pero el modesto edificio en las afueras de Málaga se parecía más a la clínica donde lo sometieron al proceso de inseminación artificial. Incluso olía un poco a hospital en la recepción, y algunas personas con batas blancas se paseaban como si tuvieran mucho trabajo.

—Siempre podemos venir otro día —dijo Sonia.

Gabriel había estado nervioso todo el viaje, y no solo por el encuentro con el doctor Sabinar. Nunca se le dieron muy bien las relaciones; siempre se esforzaba demasiado al principio y quizá eso fuera lo que asustaba a sus posibles parejas, que a veces necesitaban algo más de tiempo para aceptar todas sus pequeñas manías. Pero tenía la sensación de que la conexión con Sonia no se debía solamente a su situación paralela como padres, y de pronto era como si él también fuera un adolescente a su lado, tímido e inseguro.

—Cuanto antes terminemos, mejor. Gabriel Herrera —le dijo al hombre tras el mostrador—. Tengo cita a las seis.

—Si hacen el favor de esperar, enseguida les atenderá el doctor. —El recepcionista señaló al fondo—. Tenemos una sesión de orientación en marcha en la sala cuatro, si desean presenciarla.

—Quizá más adelante, gracias. —Sonia casi arrastró a Gabriel a la sala de espera—. Créeme, no quieres entrar a una de esas sesiones —le dijo apenas estuvieron solos—. Son una especie de grupos de autoayuda para familiares de transformados. Muchas lágrimas y llantos. Muchos haciéndose las víctimas.

—Supongo que ya has estado en algunos.

Sonia bufó.

—Sí, y he aprendido que tengo bastante de mi propia autocompasión como para recrearme en la ajena. —Sacó un paquete de cigarrillos, pareció darse cuenta de dónde estaba, y lo guardó—. Debes pensar que soy mala persona.

—Ni por asomo.

—Es que no tienes ni idea de cuántas veces me he preguntado si yo tengo la culpa. Si hubiera podido hacer algo… diferente. No me malinterpretes, quiero a mi hijo, y lo admiro en muchos sentidos por ser valiente para tomar esa decisión. Sé que para algunos es útil, pero compartir todo esto con extraños… me resulta demasiado violento.

—Demasiado americano para nosotros, ¿no? —Gabriel intentó una sonrisa—. Los mediterráneos somos más de guardarnos esas cosas. Aunque… no me gustaría que a mí me consideraras un extraño.

—Claro que no, tonto.

Sonia se puso de puntillas y le estampó un inesperado beso en la mejilla, y el corazón de Gabriel se aceleró como hacía años que no recordaba.

***

El doctor Sabinar era más joven de lo que Gabriel había esperado y las paredes de su despacho estaban cubiertas de fotografías de constelaciones y de mapas de las zonas K. Todos los centros BK compartían sus bases de datos, así que durante veinte minutos atendió a Sonia. Hablaron acerca de los progresos de Domingo y de los cambios más perceptibles, tanto físicos como psicológicos. Sonia respondió con calma y muchas sonrisas, y verla así ayudó a calmar los nervios que se retorcían en el estómago de Gabriel. Cuando la sesión terminó, el doctor depositó dos pequeñas ampollas en las manos de Sonia. Gabriel se estremeció al ver el líquido aceitoso que contenían.

El proceso psicológico de sentirse un Karabudjan era una cosa, pero el hecho de expresarlo físicamente era otra muy distinta. El inductor del cambio fisiológico era ese suero que debía inyectarse en dosis pautadas según cada individuo.

—Se supone que los inductores solo afectan a aquellos que ya son Karabudjan. En un humano cuya naturaleza no lo sea, no causarían ni el más mínimo efecto —le había dicho Sonia en el tren—. Al principio eran inyecciones mensuales. Luego cada dos meses, cada tres… Me daba un miedo terrible ver cómo se las inyectaba, como si fuera a transformarse allí mismo. —Ahora hizo tintinear las ampollas entre sus dedos y miró a Gabriel casi con ojos culpables—. Ya solo faltan tres.

Esa sería la sexta tanda de Domingo. Si todo iba bien, el próximo año, su transformación habría concluido. La idea de aquel líquido oleaginoso corriendo por las venas de Zahara estuvo a punto de hacer que Gabriel se diera la vuelta para huir de allí. Pero se las compuso para quedarse sentado. El doctor Sabinar le recordaba a Don Facundo, uno de sus profesores en el instituto de Santo Marcelo, que al enterarse de su transición decidió darle una charla sobre la santidad de los sexos que Dios había escogido para cada uno.

—Señor Herrera, me alegro de conocerlo en persona. —El doctor sonrió—. La señora Muñoz ya lo sabe, dado que es proceso habitual, pero ante todo debo decirle que, si bien mi aspecto sigue siendo humano, yo mismo soy un Karabudjan. Confío en que no le resulte un problema.

—Yo… —Gabriel se apresuró a negar—. No, claro que no.

—Algunos familiares se sienten cohibidos por eso, y es algo natural. Yo he renunciado a mi propia transformación física para poder desempeñar esta labor de, digamos, guía para aquellos que se enfrentan al proceso por primera vez. Dígame, ¿qué tal está Zahara?

Cuando llamó para pedir cita, Gabriel ya tuvo una videoconferencia con Sabinar. Fue amable, y le hizo muchas preguntas que parecían pautadas acerca de su hija. Sí, le encantaba mirar las estrellas de niña. Sí, siempre fue soñadora e independiente. Desde luego, era más solitaria que la mayoría. Sí, apenas tuvo edad le fascinaron los Karabudjan. En efecto, su rendimiento escolar ha descendido. No, la convivencia no es muy tranquila ahora mismo.

Gabriel no se lo había contado todo, claro. Se guardó para sí mismo lo peor de las discusiones. Los reproches y la incomprensión mutua que abría un abismo que cada vez se veía menos preparado para salvar. No le contó la infelicidad que veía en los ojos de su hija. Pero supuso que tampoco era necesario. El doctor le pidió que llevara a Zahara con él al centro para hacerle algunos tests —nada invasivo, le aclaró—, pero Gabriel no se sentía preparado para dar ese paso. Así que solo respondió: “Está bien”, como si eso significara algo.

—Entiendo lo difícil que suele ser este proceso para los familiares, incluso aunque el candidato no sea realmente un Karabudjan —dijo el doctor—. Hace años que mi familia y amigos lo saben, y muchos aún lo están procesando. Pero el apoyo familiar es fundamental. Aquí, en BK también ofrecemos soporte psicológico gratuito a quien lo necesite. Aunque, si me lo permite, señor Herrera, creo que usted está mejor capacitado que la mayoría para entender este proceso.

—Dudo que nadie esté capacitado para entender que su hija quiera dejar de ser humana.

Sabinar se rascó la oreja y asintió. Echó una mirada a Sonia, como buscando su apoyo.

—Es un error común el creer que ser un Karabudjan invalida cualquier concepto de humanidad, pero, desde luego, no es cierto. La transformación física es la más evidente, pero solo es un añadido a algo que ya existe. ¿Diría usted que no soy un ser humano?

—Diría que es usted totalmente humano.

—Pero, como acabo de decirle, no lo soy. Y sin embargo, eso no quiere decir que no me siga gustando el fútbol o que siga detestando las acelgas. Señora Muñoz, ¿diría usted que la personalidad de Domingo ha variado radicalmente desde que empezó el proceso?

Sonia dudó y suspiró.

—No, supongo que no. Quiero decir, no más de lo que cambia la personalidad en cualquier adolescente. Sigue siendo tan dormilón y comilón como siempre, desde luego.

—Si me permite serle franco, señor Herrera —continuó el doctor—, y por favor, nada más lejos de mi intención ofenderle, es algo similar a lo que ocurrió en su propia transición.

—Esto es completamente diferente, doctor. —Gabriel hizo un esfuerzo por no alzar la voz. Le había comentado aquel detalle en la videoconferencia, aunque no esperaba que lo sacara a relucir. Gabriel estaba harto de que Zahara lo hiciera, porque por más que lo intentaba, era incapaz de ver las similitudes.

—Lo que quiero decir es que usted siempre fue un hombre, pero la presión de la sociedad, las expectativas familiares y su propia educación, sin duda, hicieron que tardara un tiempo en darse cuenta por completo de su verdadera identidad. —A regañadientes, Gabriel asintió—. Pero eso no invalida que usted siempre fuera un hombre, incluso cuando no era plenamente consciente de ello. —El doctor se levantó y caminó lentamente—. Con los Karabudjan sucede algo similar. Uno puede saberlo a los diez o a los sesenta años, pero eso no significa que sus sentimientos sean menos reales.

Gabriel era capaz de entender las palabras, pero seguía sin ser capaz de encontrarles sentido en términos puramente humanos. La lógica que para el doctor, para Zahara o incluso para Sonia parecía tan clara, era un pozo de brea para él.

—El verdadero problema que tenemos aquí es la otredad, señor Herrera. No imagina la cantidad de peticiones que rechazamos por parte de personas que afirman ser Karabudjan y que una vez realizadas nuestras pruebas, resultan ser, simple y llanamente, seres humanos. Y a pesar de todo, no son pocos los que nos acusan de querer convertir a toda la humanidad en nosotros, algo imposible, por otro lado.

—Bueno —interrumpió Gabriel—. Yo diría que es un temor legítimo.

—Legítimo, pero infundado en nuestro caso. Eso es algo que no podríamos hacer ni siquiera aunque lo quisiéramos, porque los Karabudjan, señor Herrera, somos pocos, y algunos de los nuestros ya existían entre los humanos miles de años antes de nuestra llegada.

—¿Quiere decir que los Karabudjan ya visitaron antes la Tierra?

—Oh, no, lamento si no me he expresado bien. Verá, esto que le voy a contar es confidencial aunque por supuesto no tenemos autoridad para firmar ningún tipo de documento. Pero creo que puedo confiar en usted, señor Herrera. Igual que confiamos en la discreción de la señora Muñoz.

Sonia enrojeció un poco.

—Lo siento —dijo—. Pero no podía decírtelo. No es malo —se apresuró a añadir—. No te preocupes.

—¿Decirme qué?

—Verá, señor Herrera —Sabinar retomó la conversación—, cambiar simplemente el cuerpo no tiene el efecto de convertir a un humano en uno de nosotros. Ser Karabudjan está más cerca de ser un acto espiritual que de otra cosa. Una llamada divina, si lo prefiere así. Es la necesidad imperiosa de sentirse en armonía con el universo, de viajar por él, de explorarlo y conocerlo hasta sus últimos confines. En muchos sentidos, deseamos fusionarnos con él, y esa llamada íntima no es privativa de ninguna especie.

»Los Karabudjan, en realidad, provenimos de miles de especies diferentes repartidas por toda la galaxia. Algunas especies son más propensas que otras a que surjan Karabudjan en ellas, y en las que lo hacen lejos de los centros más avanzados de la galaxia, como la Tierra, sus miembros a menudo viven cercenados, sumidos en la oscuridad, como un pájaro encerrado en un túnel bajo tierra. Esos Karabudjan atrapados suelen madurar en individuos frustrados, o incomprendidos, que pocas veces son capaces de desarrollar todo su potencial. Nosotros, señor Herrera, vinimos a la Tierra para liberar a nuestros hermanos, para permitirles ser, si lo desean, lo que en verdad son. Exploradores. Soñadores. Viajeros. Dígame, ¿le arrebataría usted eso a cualquier otro ser humano?

Las pocas defensas que Gabriel había logrado alzar se tambalearon. Había aprendido que la libertad individual era un concepto difuso, tanto que cada uno parecía tener su propia definición de lo que significaba. Pero la libertad no suponía hacer lo que cada cual deseara, sino que era ser quien uno realmente era, sin que nadie lo cuestionara por ello. La libertad era ser capaz de encontrarse, de explorarse y comprenderse a uno mismo. Y cuando uno no era libre de ese modo, ¿qué quedaba? Solo la tristeza y un desconsuelo constante. El mismo que Gabriel solo consiguió erradicar cuando nació su hija. El mismo que empezaba a consumir a Zahara.

—Karabudjan fue el nombre que nos pusieron cuando la primera nave descendió en Armenia. —Sabinar volvió a sentarse, cruzó los dedos y sonrió—. Creo que está sacado de un cómic de Tintín. ¿Curioso, verdad? En realidad, nuestro verdadero nombre es Misharín. —El doctor pronunció aquella palabra como si una pequeña cascada fluyera entre sus labios, tan llena de paz y tranquilidad que Gabriel casi pudo verla—. Es un nombre que se puede traducir como “aquellos que laten con las estrellas”. De modo que yo, como tantos otros, como quizá lo sea su hija, somos quienes una vez fuimos, pero también mucho más.

Sabinar sonrió, pero sus ojos permanecieron fijos en las ampollas entre los dedos de Sonia. Las miraba con deseo, comprendió Gabriel. Sabinar podía ser un Karabudjan —un Misharín— amable y centrado, entender que lo que él era realmente no se constreñía a ninguna apariencia física, pero eso no quería decir que la disforia no estuviera presente.

Gabriel se estremeció. Comprendió que el doctor, al igual que Zahara, también merecían el esfuerzo que tanto tiempo él demandó a otros. Inspiró y cerró los ojos.

Cuando los abrió, Sabinar era un espinoso Misharín de queratina negra y siete ojos enterrados bajo las placas hendidas. Pero aún vestía su bata, y su expresión mostraba ahora una cierta curiosidad llena de empatía, casi de camaradería. El doctor cabeceó aprobador, y una sonrisa se abrió paso entre los pliegues negros de su boca alargada.

—¿Ve, señor Herrera? —dijo, y su voz fue un riachuelo tintineante—. Sabía que usted lo comprendería mejor que la mayoría.

***

Los años pasan más rápido conforme envejecemos, como si a la película de la vida empezaran a pasarla al doble de velocidad. La abuela de Gabriel siempre lo decía, y a él no acababa de gustarle que tuviera tanta razón. El año pasó como un sueño en una siesta. En un parpadeo volvió a ser verano y las hordas de turistas invadieron una vez más las calas, bares y cafeterías de Santo Marcelo.

—Vas a romperte el cuello de tanto mirar por la ventana, papá. Domingo acaba de escribirme; hay atasco. Tardarán un par de horas en llegar.

Gabriel volvió al sofá, un poco avergonzado por su impaciencia.

—Soy de los que se preocupan, Zahara, ya lo sabes.

Gabriel y Sonia habían seguido viéndose después de la visita al centro BK. Quedaron varias veces con la intención de no hablar de sus hijos, y el día antes de que ella regresara a Madrid, Gabriel encontró fuerzas al fin para besarla. Se hicieron promesas de seguir en contacto que, esta vez sí, se volvieron realidad, y durante ese año Gabriel se permitió olvidarse un poco de sus preocupaciones y centrarse en su propia felicidad.

Así que Sonia y su hijo pasarían su mes de vacaciones en Santo Marcelo, pero no en un apartamento alquilado, sino en la casa de Gabriel. Fue una sugerencia tonta cuando se vieron en el puente del primero de mayo, casi una tontería que dijo sin pensar, pero a ella le pareció una buena idea. Y ahora él estaba nervioso como un niño al que viene a visitar Papa Noel. De pronto se abría ante él un futuro nebuloso, lleno de oportunidades que unos meses antes ni siquiera había esperado.

Gabriel también estaba feliz, y eso era algo que hacía demasiado que no sentía.

—Tú siempre te preocupas de más, papá. Y casi siempre por nada.

—¿Tanto te molesta que me preocupe por ti?

Zahara pausó la película. Los nuevos olifantes de El Retorno del Rey eran aterradores en la pantalla, pero lo cierto es que habían sido diseñados genéticamente y solo medían un metro de alto. Iban a comercializar una versión en miniatura en unos meses, como animal de compañía, lo que a Gabriel le parecía una aberración.

—No. Ahora no. —Zahara suspiró y se quitó un mechón rebelde de la frente—. Pero reconoce que a veces eras demasiado sobreprotector.

—¿Y cómo no voy a serlo? Eres mi hija. Se supone que así funcionan las cosas.

Zahara se encogió de hombros.

—Ya lo sé. Pero… tendrás que acostumbrarte.

Un año antes, aquella conversación habría sido el detonante de una nueva discusión y una semana sin hablarse. Muchas cosas podían cambiar incluso en una vida acelerada. Apenas Gabriel regresó del centro BK decidió coger el toro por los cuernos y contarle a Zahara todo acerca de su visita, salvo, por algún motivo, las partes que Sabinar le dijo que eran confidenciales. Ella, por supuesto, se sintió ultrajada y le pidió de inmediato que la llevara allí. Fue difícil resistirse a la esperanza y el deseo casi vergonzante en sus ojos.

Cuando Gabriel volvió al centro BK acompañado por Zahara, albergó la vana esperanza de que acabaran por decirle que, pese a todo, ella no era una Misharín. Pero Zahara mantuvo una larga charla con el doctor Sabinar, como si fueran dos viejos amigos que se reencuentran tras una larga temporada, mientras Gabriel se limitaba a sentarse a un lado y observar.

Cómo cambió el rostro de ella conforme el doctor le explicaba lo mismo que a él. Cuando mencionó el nombre Misharín y su significado, ella se echó a llorar. Fue un llanto liberador, como si alguien le hubiera arrancado una oscura venda de los ojos y ella viera por primera vez. Gabriel corrió a abrazarla. Era la primera vez que se abrazaban en mucho tiempo y eso era todo lo que necesitaba.

¿Importaba que su hija fuera una Misharín, si eso la hacía feliz? ¿Acaso el amor que Gabriel sentía por ella era menor por eso? No, claro que no. Qué tonto había sido.

Los padres de Gabriel tardaron mucho más en comprenderlo. Pertenecían a otra generación, criados en un pueblo pequeño donde las viejas tradiciones cristianas aún estaban demasiado arraigadas en la misma tierra. Incluso entonces Gabriel tendía a perdonarlos cuando discutían, porque sabía que la visión de ellos estaba distorsionada. Eso no impidió que durante mucho tiempo sintiera hacia ellos un odio amortiguado del que aún permanecía una parte, enterrado en lo más hondo de él. Pero la comprensión nunca podía llegar desde el odio, sino del amor. No pensaba consentir que Zahara sintiera ese odio hacia él.

Gabriel siempre estuvo entre dos mundos y creyó que al madurar su vida se estabilizaría y cobraría todo su sentido. Y así era. Allí, con su hija abrazada a él mientras ella sollozaba de alivio y alegría, Gabriel lo supo sin necesidad de pruebas. El doctor también debió saberlo, porque las lágrimas asomaban a sus ojos. Zahara no era humana. Pero seguía siendo ella. Gabriel la apretó más. Y en ese momento perdió el miedo. No el miedo al cambio, porque eso era lo de menos, sino el miedo a perderla. Zahara siempre sería su hija. Y ni todos los alienígenas del universo cambiarían eso.

***

Sonia y Domingo llegaron bien entrada la tarde. Los espetos de sardinas en la barbacoa humeaban y el olor a pescado tostado hacía que los hurones corretearan por el patio como poseídos.

—¡Huele que alimenta, señor Herrera!

—Me alegro de verte, Domingo. Hay tres kilos de sardinas, así que espero que tengas hambre.

Gabriel estrechó la mano de Domingo y luego abrazó a Sonia, hasta que los dos adolescentes empezaron a decirles que se buscaran un hotel.

—Estoy hecha polvo del viaje. —Sonia tenía ojeras y las arrugas de los pómulos pronunciadas. Cuando dejaron las maletas en el cuarto, ella fue la primera en besarle—. Pero ha merecido la pena.

—Yo te veo más guapa que nunca.

No había sido solo un año de conocerse, sino de arrancarse mutuamente cada cual la coraza que los protegía. Para Sonia fue un año complicado, y había días en los que no lo llevaba tan bien como intentaba aparentar, y Gabriel había estado ahí siempre, igual que ella para él. Pero ahora que Domingo había completado su transformación física, era hora de que su madre iniciara el último proceso de aceptación. El más duro.

—¡Vamos que se enfrían! —gritó Zahara desde el patio—. ¡Ya os daréis besitos después!

Abrieron algunas cervezas y zumo de limón. De las parras colgaban ya muchos racimos maduros y pusieron algunos a enfriar para el postre. Comieron al fresco de la tarde y pronto toda la casa estuvo impregnada del olor aceitoso a sardinas. A mucha gente no le gustaba, pero a Gabriel le recordaba las comidas de sus propios veranos de infancia, antes de que las dudas sobre su identidad lo abrumaran. A Domingo, las sardinas parecían volverle loco.

Al principio, el muchacho las comió con delicadeza, pero una vez tomó confianza no tardó en empezar a engullirlas enteras, cabeza y todo, algo que molestó mucho a Sparring y Potato, que deambulaban entre las piernas, reclamando su ración. Pero el nuevo cuerpo Misharín de Domingo necesitaba más calorías que el de un ser humano.

—¡Come como si no tuviera fondo! —Era la queja favorita de Sonia los últimos meses—. El otro día se levantó a las dos de la madrugada para hervirse un kilo de arroz con salchichas. ¿Te lo puedes creer?

—Bueno, creo que los porros que me fumé en la universidad tenían un efecto secundario parecido.

Domingo lanzó una carcajada.

—Le juro que ese no es mi caso, señor Herrera.

El chico seguía moviéndose y hablando igual que siempre, pero pronto sería la comidilla de todo Santo Marcelo. Ya tenía el cuerpo completo de un Misharín y eso era algo que no pasaría tan desapercibido como una mano. Era curioso, porque al verlos en la televisión parecían fríos y distantes, como hechos de acero negro, pero la sensación que transmitía el cuerpo espinoso de Domingo era como el del carbón de azúcar que sus padres le ponían el día de Reyes, y que Gabriel se pasaba todo el día chupando hasta que no quedaba más que un corazoncito negro y brillante. Le gustaba esa sensación.

Pusieron a Extremoduro en los altavoces y los chicos preguntaron jocosos si no tenían música un poco más antigua. Recogieron todo y los hurones recibieron su ración de tripas y cabezas. La noche era fresca. Gabriel sacó un limoncello que llevaba guardando demasiado tiempo y sirvió un par de chupitos. Sonia se sentó junto a él en la hamaca comprada para la ocasión. Era una sensación agradable, y se estremeció cuando pensó que tendría todo un mes para disfrutarla. Zahara acunaba a Don K en el regazo mientras ella y Domingo miraban el catálogo de mini-olifantes que se pondría a la venta en Navidad.

—Domingo, me ha dicho tu madre que ya te han asignado destino, ¿no? —preguntó Gabriel, y Sonia le aferró la mano con fuerza.

La cabeza de Misharín de Domingo lo miró y sus siete ojos parpadearon a la vez, encerrados bajo la gruesa capa de piel espinosa que protegería al cuerpo de la radiación cósmica.

—Sí. La Zona Doce está reclutando nuevos llamados y el mes pasado me ofrecieron unirme a la expedición que preparan. ¿Sabe usted, señor Herrera, que hay una estación Misharín en torno a Vega. Dicen que es mil veces más grande que cualquier nave. La verdad es que estoy deseando verla.

—¿Y te han dicho cuánto durará la expedición?

El chico se encogió de hombros.

—Oh, más o menos tres años, y eso incluyendo el trayecto hacia el puente abierto en Neptuno. Ya le he dicho a mi madre que le traeré algo bonito.

Zahara le dio un coscorrón a la altura del hombro.

—¿Y a mí que me den, no? Muy bonito.

—¿No tendrás bastante con la media docena de mini-olis que quieres comprar?

—¡Ah, no! —cortó Gabriel—. No quiero un bicho de esos en mi casa. Por ahí sí que no paso.

—Pero, papá. —Su hija abrió los brazos—. ¡Si tenemos sitio de sobra!

—¿Y tú qué, Zahara? —preguntó Sonia antes de que Gabriel pudiera meterse en el berenjenal de otra discusión. ¿Cuándo piensas empezar?

Zahara se encogió de hombros y echó un vistazo al cuerpo de su amigo. Hubo una ligera vacilación en su voz, y la envidia en sus ojos tardó un instante en desvanecerse.

—He decidido esperar un poco para iniciar el proceso. El doctor Sabinar me dijo que en el centro necesitan recepcionistas inteligentes y dispuestas. —Se señaló muy dignamente y sonrió—. Así que me ofreció trabajar allí algunas tardes mientras termino el instituto. Supongo que Vega tendrá que esperarme unos años. —Otro coscorrón a Domingo—. ¡Así que más te vale que me traigas un buen regalo!

Por un segundo, las miradas de padre e hija se cruzaron. El ofrecimiento del doctor Sabinar fue sincero, pero Gabriel estaba convencido de que Zahara lo había aceptado en parte porque se sentiría mal al dejar solo al aburrido de su padre demasiado pronto. Y, en parte, porque ayudar a otros a aceptar su auténtica identidad serviría para reforzar la suya. Sus pruebas, por supuesto, fueron positivas, y tarde o temprano, igual que Domingo, ella también se marcharía. Pero no sería ahora, y eso estaba bien.

No existía una palabra precisa para traducir becoming al español, y quizá por eso los Misharín la escogieron para sus centros BK. “Becoming” era convertirse en algo. Pero también significaba el proceso y la aspiración de llegar a ser algo más. Era una palabra que tenía equivalentes en otros idiomas, Naru en japonés, o Warden en alemán. Gabriel había tardado demasiado en encontrar un equivalente satisfactorio en español.

Sonia apoyó la cabeza sobre su hombro y le acarició la barba en la que ya asomaban algunas canas. Domingo y Zahara discutían por ver quién elegía la mejor cama en el cuarto que compartirían. Sparring se asomó con una cabeza de sardina entre los dientes, subió al regazo de Gabriel y empezó a comerla.

Morriña. Esa era la palabra que tanto tiempo se le había escapado. La que mejor definía el sentimiento Misharín. Ese anhelo indescifrable y continuo por tu tierra cuando estás lejos de ella. Esa sensación de pérdida de tu verdadera identidad mientras esta se deshace lejos de tu hogar. ¿Acaso había otro sentimiento más humano que ese?

Y eso era algo que Gabriel sí entendía, porque era lo que había sentido toda su vida. Besó la frente de Sonia y pensó que estaría bien hacerlo cada noche del resto de su vida. Sobre las hojas de parra brillaban las estrellas y Gabriel buscó el brillo helado de Vega; un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando la encontró.

La siguiente etapa de Zahara era algo a lo que aún debería enfrentarse, pero cuando llegara el momento estaría preparado. Porque amar también era saber dejar ir. Incluso a tus propios hijos. Incluso si su propio camino los llevaba hasta lo más profundo del universo para ser uno con el latido de las estrellas.

Raúl Gonzálvez del Águila (España). Autor de ciencia ficción y fantasía. Ganador del Premio UPC Miquel Barceló (2022, 2024). Ganador del Premio Alberto Magno de CF (2019, 2022). Finalista del Premio Minotauro (2025).

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