El fulgor de los caninos

A las 4:13 a. m. Sirio es una fiera en la difusa materia del lente, brilla rodeado de motas etéreas, organismos brevísimos en un cristal; penetra el ojo de quien observa, la pupila no es más que un lago adonde se zambullen los caninos —los nuevos y los milenarios, los que saben de croquetas y los que viajan por las estrellas—. Las ráfagas a las 4:15 encajan sus cuchillas en el astrónomo amateur, el cielo levanta sus nubes como un somero oleaje a los pies del Citlaltépetl. Y en el horizonte todo es agua negra. Todo bóveda celeste. Todo una pulsión cuyo verbo aún no despierta. Aquí sólo existe el observador de las estrellas y el temblor de sus piernas y el fragor de los bufidos con los que encara la gelidez de un viento que le vuelca el alma y la acarrea por el bosque, azotándola contra los pinos vivos y la vegetación fantasma: aquellos oyameles donde ahora se sientan a desayunar familias cómplices de una tala desmedida. Ascensión recta de 5h 36m 12s, y el camino le habla de un pulso que no debería estar ahí. Declinación –1° 12’ y el pulso mueve su estela. ¿Me ves? El frío sabe del silencio y el observador del plasma que los perros al ladrar en tu oído; sus colmillos susurran Laika, su viaje suspenso, su sueño terminado. Olfateamos en la vastedad, su huella me ha hablado de ustedes, de cerebros y pulgares. Otro recoveco del Espacio donde se cumplen las sentencias. Fueron destinados a pensar. A envidiar. A nutrir el orgullo doblegando el instinto. Y a olvidar el ladrido y el aroma de las promesas que las nebulosas guardan. A las 4:16 el viento le atraviesa el cuerpo como un fantasma. Lejos el brillo. Lejos el otro: No puedo rescatarte porque miles de años nos han vencido. Cuando hayamos llegado alguien más morará tus tierras. Pero descuida: habremos de reclamarlas para nosotros. Puedo aliviar tu sordera diciéndote lo que olfateamos desde acá: Sola y qué pasa. Ayuda y qué pasa. Qué es esto y qué pasa. Me quemo. Me quemo. A las 4:17 el resto es un alarido del viento, ecos de un corazón suave. El calor dejando el pecho. La sangre hierve a 100 grados centígrados. ¿A quién condenan estas manos? Así llora el observador. Piensa en la voz de las estrellas en los aullidos que en el Espacio se han perdido —carne ígnea en el cosmos, breve—. Estrellas en la carne, en la palma de su mano. 4:18: refulgen las jaurías en los cielos de Orizaba: una violenta celeridad sobre las nubes bajas; cuadrúpedos en llamas incendian las estrellas, el observador arde. Ellos vienen. Y él llora. Ellos vienen. Y las estrellas se apagan. Ellos vienen. 4:19

Pavel R. Ocampo (México). Egresado de la escuela de escritores Ricardo Garibay. En el 2013 obtuvo el Premio Nacional de Cuento José Agustín, y en el 2011 el Premio Estatal del mismo nombre. Ha obtenido diferentes menciones honoríficas y ha sido beneficiario del Programa al Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Guerrero (PECDAG). Cuentos suyos aparecen en diferentes antologías: Ajuste de cuentos (2012), Mi amigo el tecuán 3D (2015), Así vas a morir – la máquina que predice tu muerte (2022), Historias de familia (2018). Es editor y cofundador de la revista literaria Letras insomnes.

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