NO. 2 (DICIEMBRE 2025) / POESÍA / 465 PALABRAS
A las 4:13 a. m. Sirio
es una fiera en la difusa materia del lente,
brilla rodeado de motas
etéreas, organismos brevísimos
en un cristal; penetra el ojo de
quien observa, la pupila
no es más que un lago adonde se zambullen
los caninos —los nuevos y los milenarios,
los que saben de croquetas y los que viajan
por las estrellas—.
Las ráfagas a las 4:15
encajan sus cuchillas en el astrónomo
amateur, el cielo
levanta sus nubes
como un somero oleaje a los pies
del Citlaltépetl.
Y en el horizonte todo es agua negra.
Todo bóveda celeste.
Todo una pulsión
cuyo verbo aún no despierta.
Aquí sólo existe el observador de las estrellas
y el temblor de sus piernas
y el fragor de los bufidos
con los que encara la gelidez
de un viento que le vuelca el alma
y la acarrea por el bosque,
azotándola contra los pinos vivos y la vegetación fantasma:
aquellos oyameles
donde ahora se sientan a desayunar familias cómplices
de una tala desmedida. Ascensión
recta de 5h 36m 12s,
y el camino le habla de un pulso que no debería estar ahí.
Declinación –1° 12’
y el pulso mueve su estela.
¿Me ves?
El frío sabe del silencio
y el observador del plasma que los perros
al ladrar en tu oído; sus colmillos susurran
Laika, su viaje suspenso, su sueño
terminado.
Olfateamos
en la vastedad, su huella
me ha hablado de ustedes, de cerebros y
pulgares. Otro recoveco del Espacio donde se cumplen las sentencias.
Fueron destinados a pensar. A envidiar.
A nutrir el orgullo doblegando el instinto.
Y a
olvidar el ladrido y el aroma de las promesas que las nebulosas guardan.
A las 4:16 el viento le atraviesa
el cuerpo como un fantasma. Lejos
el brillo. Lejos
el otro: No puedo rescatarte
porque miles de años nos han vencido. Cuando hayamos llegado
alguien más morará tus tierras.
Pero
descuida:
habremos de reclamarlas
para nosotros. Puedo aliviar tu sordera
diciéndote lo que olfateamos desde acá:
Sola y qué pasa.
Ayuda y qué pasa.
Qué es esto y qué pasa.
Me quemo.
Me quemo.
A las 4:17 el resto
es un alarido
del viento, ecos
de un corazón suave. El calor
dejando el pecho. La sangre
hierve a 100 grados centígrados.
¿A quién condenan estas manos? Así
llora el observador. Piensa
en la voz de las estrellas
en los aullidos que
en el Espacio se han perdido
—carne ígnea
en el cosmos, breve—.
Estrellas en la carne,
en la palma de su mano.
4:18:
refulgen las jaurías
en los cielos de Orizaba: una violenta celeridad
sobre las nubes bajas; cuadrúpedos en
llamas incendian las estrellas,
el observador arde.
Ellos vienen.
Y él llora.
Ellos vienen.
Y las estrellas se apagan.
Ellos vienen.
4:19
Pavel R. Ocampo (México). Egresado de la escuela de escritores Ricardo Garibay. En el 2013 obtuvo el Premio Nacional de Cuento José Agustín, y en el 2011 el Premio Estatal del mismo nombre. Ha obtenido diferentes menciones honoríficas y ha sido beneficiario del Programa al Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Guerrero (PECDAG). Cuentos suyos aparecen en diferentes antologías: Ajuste de cuentos (2012), Mi amigo el tecuán 3D (2015), Así vas a morir – la máquina que predice tu muerte (2022), Historias de familia (2018). Es editor y cofundador de la revista literaria Letras insomnes.
