NO. 3 (ABRIL 2026) / FICCIÓN / 10,396 PALABRAS
Todo lo toma, todo lo carga
el lomo santo de la Tierra:
lo que camina, lo que duerme,
lo que retoza y lo que pena;
y lleva vivos y lleva muertos
el tambor indio de la Tierra.
Gabriela Mistral
En un último acto de rebeldía, quizá queriendo librarse del karma de su nombre y de la traición que implica, la Malinche fue el único volcán que no explotó.
No explotará. De esto me convenzo mientras guardo la pistola de mi padre en la mochila, amarro el paliacate alrededor de la cabeza —así cubriendo nariz y boca—, y encaro la carretera. En el horizonte, el abismo: una infestación de pústulas plomizas que han exterminado al cielo mismo. Son todos los gases acumulados en la atmósfera, burbujeando de manera casi mansa.
Miro al Matlalcueye, como le dicen en Tlaxcala, una vez más. La cara que mira a Huamantla es aquella desgajada por su última erupción: de eso ya más de tres milenios. Es como si un titán hubiera arrancado el corazón de la montaña tras un puñetazo.
Siempre había sido una visión hermosa. De hecho, a esta hora solían verse las parvadas de golondrinas atravesar el cielo en sus ritmos migratorios. Quizá no migrarán más.
Por mi parte, no me atrevo a seguir inspeccionando el cielo. El sol no aparecerá.
Le echo llave a la puerta y comienzo a andar. Ya han pasado dos semanas y no queda otra alternativa excepto darle la espalda a su cumbre, nevada e impoluta, como siempre, y volver a casa con mis tres gatos y mi novio. Después de todo, voy a casarme pronto.
***
El primer problema se presentó un par de horas después. A mediodía, los vientos arreciaron y así trasladaron el vog en dirección a Tlaxcala. Esta capa gaseosa que surgió tras la erupción del Pico de Orizaba se volvía más densa a medida que yo avanzaba. De esta forma, poco a poco, el vog difuminaba la poca luz hasta hacer retroceder al mundo a las horas de la noche.
A la una de la tarde, ya no lograba ver nada, y tuve que refugiarme en un local abandonado justo en la avenida principal del pueblo.
Me pareció oír voces antes de entrar, pero tras aguzar el oído, no percibí nada. Si me veían, se estaban escondiendo. Sería mejor para todos así.
Tosiendo y lagrimeando, me hinqué en una esquina y arranqué el paliacate. A pesar de que también llevaba puesto un cubrebocas, sentía la garganta reseca. Me senté. Antes de dar un sorbo a mi botella de agua, estiré la lengua y comprobé que estaba empanizada por una fina capa de ceniza blanca.
No debía sorprenderme. Mi abuela me había dicho que estas medidas no serían suficientes ante la caída de ceniza tras una erupción. Claro que a ella no le había tocado una catástrofe de esta magnitud en las vísperas de su boda. Ella fue bendita entre todas las mujeres: vivió, se casó y murió antes de todo esto. Pero algo ya se olía. Si no, ¿por qué prevenirme tanto ante la inminente erupción de los volcanes que poblaban el valle? ¿O habría sido solo el eterno estado de angustia de las ancianas?
Mi abuela también me había enseñado la palabra vog y la distribución de las capas tectónicas, así como la configuración del Eje Neovolcánico, el cinturón de volcanes que partía a México a la mitad. Gracias a ella, hoy puedo nombrar a ese manto negro y burbujeante que nos acecha, vivito y coleando; a la docena de volcanes que reventaron el centro del país. Todos menos el Matlalcueye. No lo olvidaré.
La primera parada, y horas antes de lo que tenía programado, pensé. Era una reprimenda inevitable. Si quería llegar a casa en dos días, tendría que apresurar el paso. Nunca fui buena para caminar, mas ahora no me quedaba de otra. La mayoría de la gente del pueblo apostaba a que el Matlalcueye explotaría en cualquier momento, así que se robaron carros a diestra y siniestra. Cuando me asomé por la ventana al segundo día, descubrí que el mío había desaparecido. Ahora, aunque hubiera sabido cómo encender la ignición de uno robado, de todos modos ya no quedaban autos a la vista.
Oteé el cielo y tomé un sorbo de agua más. Creí que el vog permanecería en torno al Pico de Orizaba, como una aureola perversa, pero subestimé al viento. El Pico sigue envuelto en nubarrones de gas tóxico, pero mientras más avance más pronto lo dejaré atrás. A él y al Cofre de Perote, que incluso yo había olvidado que también era un volcán.
Tengo que dejar atrás su aura de intoxicación hoy, me decido. Lo único que tengo que hacer es rodear al Matlalcueye para llegar a la ciudad. Nada más.
Empaco mis cosas con celeridad y estiro las piernas un poco —no me vaya a dar un calambre a medio camino— antes de reanudar la marcha. Apenas había dado un paso fuera de aquel local, que fuera una papelería, cuando escuché un susurro tenue, de la voz de una niña:
¿A dónde podrá ir?
***
Salí de Huamantla y me encaré a la carretera de medianoche. Al menos así se sentía mientras caminaba, como andar en noche cerrada. Y, aunque a cada kilómetro veía autos abandonados, no me atreví a revisarlos o a caminar entre ellos. Seguía sin saber cómo “cruzar los cables”, como dijera mi papá, aunado a que también podía haber gente dentro de los autos, aguardando a quién sabe qué. O a quién. Por este motivo, tampoco usaba la linterna: sería como anunciar mi presencia a varios metros a la redonda.
Podía ver bien en la oscuridad. Solo debía emplear una zancada larga y amplia, que me diera tiempo de vislumbrar lo que había debajo del suelo antes de dar el paso. Así estuve un rato, oyendo mi propio andar fantasmal sobre el cemento y el pastizal, secuencia en la que se intercalaba a veces el chirriar metálico de un auto —lento, quejumbroso, como un espectro oxidado— o el viento ululando entre los capulines. Me acoplé al ritmo por fin y anduve, anduve, anduve. Solo era cuestión de salir de Tlaxcala; eso se podía lograr a pie mucho antes de que yo lo intentara. Esto no era nada nuevo. Los peregrinos lo hacían anualmente.
Podía hacer esto.
Estaba muy convencida, hasta que empecé a cabecear. Esto me pareció inaudito: ¿cómo me iba a quedar dormida mientras iba casi trotando a campo abierto?
Soy solo un pajarito, pensé. Yo sabía que era la tarde; no podían pasar de las seis. Aun así, la oscuridad se sentía pesada y sempiterna. Me hacía querer dormir. Sí, era esta maldita negrura antinatural. Aunque, por otro lado, quizá fuera el hambre: apenas y había comido una botana durante el día. Tenía calculadas mis provisiones para una semana nada más (había previsto todo tipo de retrasos), y esto significaba solamente una comida decente al día. No quería despilfarrar mi comida ahora, que todavía tenía muchas fuerzas.
Tengo que encontrar otro pueblo en donde comer y dormir, al menos hoy, determiné. Sabía que no me tardaría un día nada más. Avanzo lento… Nunca estuve muy en forma que digamos.
Tomada la decisión, ralenticé el paso e inspeccioné mis alrededores. Y qué bueno que lo hice, porque fue allí, a mitad de la carretera Huamantla-Apizaco, que distinguí una silueta conocida: la de tiendas de campaña y carpas. Sábanas colgando.
Era un campamento.
Me detuve en seco. Quería sentarme y comer, rasparme toda esta maldita ceniza de la lengua, pero tampoco quería exponerme. No era imbécil: una mujer viajando sola ya habría llamado la atención incluso antes de la catástrofe. Aparte, me veía flaca y chaparrita.
Lo único que tenía era la pistola, fría y quieta en la bolsa lateral de mi mochila. Inspeccioné el campamento y vi sombras moviéndose, agitando las manos. Parecía ser mucha gente. ¿Me habrían visto?
—Esta viene bien. No eres de Puebla, ¿verdad?
Una voz, a mi izquierda, me hizo saltar. Tras un respingo, me giré y me topé casi de lleno con un muchacho, uno que me sacaba una cabeza. Estaba todo vestido de negro y me inspeccionaba con ojos vivaces. Inteligentes. No lo había oído acercarse.
Con el corazón vuelto una motosierra, retrocedí unos pasos y manoteé la mochila, buscando la pistola con desesperación. En la oscuridad, mi mano no encontraba el recoveco adecuado, y yo pensaba que si había uno habría más, que el muchacho no le había hablado a la nada, y que tenía apenas un segundo para reaccionar, defenderme y para ello tenía que mostrar el arma ya. En esta angustia, apenas y sentí una familiar superficie metálica y lisa rozarme el antebrazo antes de caer al suelo.
El muchacho miró mis pies: entre ellos se balanceaba la pistola de mi padre, confusa e inútil como su dueña.
Sin embargo, el muchacho rio.
—No te angusties, chica, nosotros de esas tenemos muchas. Pero mejor guárdala antes de que alguien más la vea.
Eso hice. Me hinqué y la recogí en un santiamén. Una vez guardé la pistola en mi bolsillo derecho, y sin atreverme a soltarla, le respondí:
—¿Es un campamento de refugiados?
—Sí, la mayoría son de Puebla. Supongo que tú no.
—No. Vengo de Huamantla.
—Ah. ¿Muchos heridos allá?
—Pues, no, ya no hay… No sé.
—¿Tú necesitas ayuda?
Tanta preocupación me inquietó; no me parecía genuina. Entonces vi que el chico llevaba un mandil con objetos: botellas, gasas, tijeras, cubrebocas. Si quería algo a cambio de curarme, no lo obtendría. Hasta eso, yo venía en buena forma.
No pensé que mi buen estado físico generaría tantas preguntas, pero debí haberlo supuesto. No todo mundo tenía filtros de aire.
Había estado encerrada durante medio mes, rodeada de esos filtros, sin sufrir los efectos de los gases tóxicos que se abalanzaron como un manto tejido sobre todo el altiplano.
De hecho, me había quedado hecha un ovillo en la cama; una de tamaño king, donde alguna vez me había acurrucado con mi prometido. Él era el único remedio para las noches gélidas de Huamantla; para el viento helado que, al igual que las golondrinas, le encantaba circundar los cielos de Tlaxcala.
Primero vino el terremoto. Dijeron mis vecinos que todo empezó en la Ciudad de México. Que no hubo alarma, que no hubo notificación al celular porque fue un microsismo local que luego desencadenó el madrazo. El verdadero terremoto.
¿Y luego? ¿Qué más dicen en la ciudad?
No sabemos, respondían mis vecinos. Se cortaron las comunicaciones. Quizá a la ciudad se la tragó el lago por fin. Nadie sale y nadie entra.
Esto me parecía una exageración, aunque no la rebatí.
Nadie sabía mucho. Yo estuve sumida en una parálisis incapacitante por varios días. Y es que después de la primera erupción, que parió dagas rojizas contra la noche y le sacó lumbre el horizonte entero, bajé las persianas. Me acosté de nuevo, cerré los ojos y sentí las réplicas del terremoto pasar bajo el suelo como una avalancha; una que reconfiguraba la distribución de las placas tectónicas, parecía. Le siguieron tres sismos más, con sus correspondientes réplicas.
Al final, mi casa no se cayó, pero otras en el vecindario sí. Esto animó a mis vecinos a marcharse.
Yo no. Pasé esa primera noche sin atreverme a bajar de la cama, como si taparme con las cobijas fuera un escudo invencible contra todo mal; remedio infalible de la infancia.
Debí haber huido. Cortado la distancia entre nosotros, tal vez. Pero estaba acartonada, bizca, sin poder enfocar las cosas. Sentía las manos entumecidas.
Solo atiné a acurrucarme. Esperé morir.
Aunque nadie me lo había dicho, sabía cuál volcán había explotado primero. Sabía que él estaba allá, en nuestra casa, con nuestros gatos. Pero fue tal la magnitud de la explosión y los sismos subsecuentes que perdí la esperanza. Nadie pudo haber sobrevivido a eso, pensé. Nadie. Y yo aquí, sola.
Me imaginé vuelta un molde de yeso, calco de un cuerpo carbonizado por la lava. Me imaginé figura de museo. Así que esperé y esperé con los ojos cerrados, abrazada a la almohada. Es cuestión de tiempo para que la Malinche explote, me decía. En cualquier momento lo hará. La seguirían los flujos piroclásticos que calcinaban todo a su paso, las nubes tóxicas, la oscuridad fuera de temporada y la muerte de las cosechas. Le seguirían tantas cosas.
Sería un bello molde, yo. Un hallazgo arqueológico para la era que vendrá.
Pero el Matlalcueye no hizo erupción. Aun así, esperé. Todo esto desafiaba las normas de la vida y la muerte. Era una tontería estar sola en Huamantla cuando todos mis amigos, mi prometido y nuestros tres gatos permanecían de vuelta en la ciudad. Era ridículo estar en esta situación. En las películas el fin del mundo siempre agarraba a las familias juntas, a mitad de la urbe. No en la soledad de una casa de campo.
Él vendrá por mí, pensaba yo. Muerto, o vivo.
Si cerraba los ojos con suficiente fuerza, Gabriel iba a llegar a la casa en Huamantla y me hallaría en la cama. Después, me despertaría de la pesadilla. En cualquier momento. Él solía acariciarme la cadera para despertarme. De hecho, lo prefería a tocarme la mano o el rostro. Así se grababa las curvas de mi cuerpo en la palma, decía él.
Gabriel era incluso más romántico que yo. Por eso y por todas las otras razones ideadas por el arte, el cine y la literatura, por las reglas de la vida y la muerte, él tenía que venir.
Vendría por mí.
Yací así una semana. Allí permanecí hasta que se cortó la electricidad y los filtros dejaron de funcionar, así como la calefacción. Al menos tenía la leña, pero no quería producir humo que revelara mi ubicación.
No sé por qué de pronto tenía tanto miedo; miedo de otras personas, de ser vista; miedo del cielo, miedo del graznar de los zanates, que de una noche a otra cesó. Las jaurías de perros se los comieron, quizá. Pero entonces, ¿por qué ya no ladraban los perros tampoco?
Las noches solo se harían más frías, así que me tuve que contentar con las cobijas.
En algún punto, entendí que Gabriel no vendría por mí. Cuando se fueron los últimos vecinos —rumbo al Norte, no nos queda de otra, así rezaron, antes de aceptar que no los acompañaría y persignarme la frente, como si me dieran los últimos ritos—, ellos me dijeron las noticias; o al menos lo que se rumoraba en el pueblo: que el Popocatépetl había sido el primero en explotar.
Yo lo sabía. Lo sabía en mi corazón-motosierra, que había esperado a Gabriel con paciencia. Tarde o temprano iba a explotar, había pensado yo. Sabía que Don Goyo tomaría la delantera: no en vano había echado tanta fumarola a lo largo de las últimas décadas, como fumador distinguido de pipa. Nos avisó durante largo tiempo de lo que iba a suceder.
Y, aun así, había sobrevivientes de la erupción, decían. Formaban caravanas que se enfilaban rumbo a Tlaxcala o se animaban a desafiar el cañón del Río Blanco para llegar a la llanura costera del golfo.
Sobre todo, venía gente de los municipios poblanos que quedaban emparedados entre el Pico de Orizaba y la Malinche. A su vez, estos decían que había más sobrevivientes. Hordas de citadinos que huían de Puebla, porque esta se había vuelto laguna de lluvia tóxica, borbotón de sombra negra, tumba de ceniza.
Pero había sobrevivientes. A pesar de todo.
¿A dónde podrá ir?, se preguntaba la criatura en la papelería. Eso mismo me preguntaban los vecinos: ¿a dónde crees poder llegar? ¿Qué crees que vas a encontrar? Toda la gente está huyendo de ahí. Solo queda irse lejos. Al Norte. Al Sur. A dondequiera, excepto a la ciudad de Puebla. No hay nada allá.
Me rehusé a ir. Mejor me puse a empacar provisiones.
El Eje Neovolcánico podía hacer lo que se le diera la gana. Todas las razones que habían ideado el arte y las reglas de la vida y la muerte me respaldaban: si él no vendría por mí, ni vivo ni muerto, yo iría por él. No sería una novia inútil más, muerta antes de sus nupcias. Los arqueólogos futuros deberán contentarse con el molde de yeso de alguien más.
Ahora, el muchacho de negro me evaluaba con los ojos: buscaba un tambaleo; una debilidad, quizá. Yo no podía mentirle a esa mirada que, ahora entendía, era una entrenada. Yo sentía escarchada la cara; las pestañas fijadas por un rímel de polvo que quemaba, que hacía lagrimear los ojos. La falta de sol había empeorado el frío otoñal y yo siempre he sido friolenta.
—No. Solo algo para la tos, quizá. Y el moco.
—Todos los gases incitan la producción de mucosa —comenta él, antes de hacerme una seña y llevarme al campamento. El rumor de más voces emerge desde allá, como un cálido hormigueo de estática. Hace semanas que no oía la voz de más gente. No sabía que lo extrañaba.
Sigo al muchacho porque no tengo de otra. Ese parece ser mi único razonamiento últimamente. Además, huele a comida.
***
Acurrucada en una esquina, vuelvo a extrañar la cobija; esa de la infancia que bastaba para proteger a una de todo mal. Si bien ya pude comer bien y sentarme a respirar, el campamento está lleno de gente enferma. Tosen. Tienen moco amarillento escurriéndoles hasta el cuello. Otros tienen la cara vendada y usan gasas y paliacates para cubrirse la franja de los ojos, que se ve enrojecida. Viscosa.
En la parte occidental del campamento, se concentra la vasta mayoría de la gente, tendida sobre mesas blancas plegables que poco a poco se tiñen de otros colores. El muchacho que me recibió, junto con otro par de personas, atiende a los heridos sin darse abasto. Y quisiera ayudarles, de verdad que sí, pero veo los muñones y las vendas y el moco y la piel rajada que por debajo revela los tendones, la intensidad escarlata que revela que solo somos carne, y me tiemblan las manos. Paladeo sangre en la lengua.
Ya no puedo comer. Aparto el plato y pego las rodillas a mi pecho.
Las personas aquí tosen sin parar, como si fueran a expulsar los pulmones mismos, o tienen alzados brazos y piernas para no rozarse ciertas zonas de la piel. Muchos gimen o rezan; a todos nos castañetean los dientes. Y la mayoría tiene la piel rosada, bermellón, guinda, púrpura. Negra. A mi lado derecho hay alguien untando una sierra con alcohol.
Mejor cierro los ojos. Pienso en el futuro.
Dormiré un poco hoy. Y mañana, después de una breve parada en Tlaxcala o quizá en Santa Ana Chiautempan, llegaré a la ciudad de Puebla. Recorreré las calles hasta llegar a mi casa, y allí lo encontraré.
Todo se reduce a ese instante: al de cruzar el umbral y encontrarlo allí, en la cocina, preparando algo de comer. Los gatos estarán tendidos en el patio sobre el pasto artificial que les compré, disfrutando la luz ambarina del día que termina. O estarán dormidos dentro de su tipi o encima de sus camitas, yo qué sé. Resulta que Gabriel supo esconderlos a todos en el sótano, sobrevivió a la erupción inicial y a todas las réplicas también.
Solo han estado esperando a que yo vuelva.
Ese instante lo vale todo. Entraré a nuestra casa y él me recibirá con brazos abiertos. Sí: solo me ha estado esperando para, una vez reunidos, irnos a casar a la hacienda de Soltepec. Este había sido nuestro plan inicial. Así lo decidimos hace un año. Para eso había ido yo a Huamantla, a revisar los últimos preparativos y comprobar que en la mesa de dulces sí pondrían la espada maestra, hito de la Leyenda de Zelda, videojuego que nos encantaba tanto. Llevábamos un año planeando la boda. Ni siquiera todo esto podría cambiar nuestros…
—¿Te vas a dormir, así de fácil?
La voz me pega un susto y me saca de las ensoñaciones. A mi lado hay alguien y casi brinco para marcar distancia entre nosotros.
Es una chica, un poco menor que yo. Ha de tener veinte años. Me sonríe con enfado, como si quisiera regañarme. Yo palpo el bolsillo de mi chamarra y compruebo que allí sigue mi pistola. Aun así, su interrupción me ha acelerado el corazón; este se ha vuelto un pajarillo enjaulado dentro mío. Me sobo el esternón un momento antes de formular una respuesta:
—Estaba pensando en otra cosa.
—¿Viajas con alguien más?
—No. Bueno, sí —miento de forma improvisada—, quedamos de vernos en Tlaxcala mañana. Solo descansaré aquí un poco antes.
—¿Tlaxcala? Supuestamente todavía es seguro, pero yo no me arriesgaría. Dicen que allí ya están llegando los gases del Popo…
—¿Hasta allá?
Siento una piedra en el estómago. Eso significaría que la ciudad de Puebla…
—¿De dónde vienes?
Tardo en responder. De pronto, dudo de todas las nociones románticas de mi misión. Esta gente se está muriendo, y eso que forman parte de los sobrevivientes. Hay gente quemada por completo. Otros expulsan flemas negras, mientras que hay aquellos a quienes les brotan pústulas anaranjadas.
No puedo dimensionar nada de esto. Estoy en un campamento de refugiados sobre la carretera Huamantla-Apizaco y no he visto el sol en dos semanas.
Quizá no pueda hacer esto.
—Yo vengo de Santiago Xalitzintla. Ya está bajo el agua, ahora.
—¿Qué?
—Se derritieron los glaciares del Popo. ¿No sabías?
Recuerdo las advertencias de mi abuela. Algo había dicho ella sobre los glaciares. Pero solo una erupción descomunal podría ser capaz de derretirlos todos al mismo tiempo. Solo…
—Si no sabes, significa que no vives en Puebla. Un lodazal arrasó con varios municipios, los más cercanos al volcán. Bueno. Eso o la explosión inicial… ¿Sí se dice lodazal? He tenido esa duda durante unos días…
—Lahar —susurro, sin saber por qué.
—¿Eh?
—Se llama lahar. El flujo de sedimento y agua que baja del volcán. Suele ser lo más destructivo de una erupción.
—Ah. Órale. —Tras un minuto de silencio, pensé que se alejaría. Lo habría agradecido, pues súbitamente me dolía la cabeza. Se debía a todo este olor a alcohol, metal y carne que me hacía palpitar la frente; que me estrujaba el rostro. Estaba lagrimeando sin saber por qué—. Oye, ¿y hay nombre para la gente que se queda así, como estatua, cristalizada? No como en Pompeya, que los empanizó todo el polvo y la ceniza, sino como en… Es que ha hablado la gente, ¿sabes? Que había un helicóptero grabando la cima del Popo para evaluar las fumarolas y determinar el riesgo de una erupción cuando fue el terremoto y todo valió verga, y que las cámaras alcanzaron a captar unos excursionistas cerca del cráter, que aunque estaba prohibido pues, ya sabes… dicen que no los alcanzó la lava sino una oleada de… como de fuego, lumbre irisada o algo así, y la cámara grabó todo y quedaron como estatuas, y…
—¿Qué es lo que quieres?
Usualmente no me considero una persona grosera, mi abuelita poblana me habría sacado la insolencia a chanclazos, pero la chica habla tan rápido y siembra imágenes tan horribles en mi mente que ya no quiero pensar, no quiero imaginar, no quiero que nadie arruine mi visión perfecta del regreso a casa. Allí están Gabriel y nuestros tres gatos. Nuestra casa. Allí está la inminencia de un mañana que llevábamos planeando años, años, añísimos. Bueno, solo uno. Pero llevábamos tiempo anhelando formar una familia.
No, nada puede tocar mi futuro. Ni siquiera los dieciséis volcanes del Eje Neovolcánico, por muy volubles que sean.
Ni siquiera ella.
La chica tiene la cara sucia. Viste jeans y un largo abrigo; no se ve herida. Aunque todos estamos de paso, supongo, ella se ve con la misma energía que yo. Lleva más tiempo caminando, quizá, porque está cubierta de ceniza. Esta teje telarañas amplias sobre sus pestañas y le crea una franja esponjosa sobre las cejas. Así es como veo que estas se fruncen.
En cambio, sus ojos se suavizan. La chica también está lagrimeando.
—¿Dónde está tu prometido?
La pregunta casi me hace escupir el corazón. De pronto, todo mi enfado se disuelve en la palidez del susto, del respingo. Vuelvo a palpar mi chamarra para descubrir que allí sigue mi pistola. Mostrarla no me ha ayudado a intimidar a nadie hasta ahora, pero es mi única defensa. Lástima que papá nunca me enseñó a usarla.
—Traes puesto un anillo de compromiso. ¿Por qué te sorprende que la gente lo asuma?
Qué imbécil. Trago saliva y, todavía desconfiada, le sonrío a la chica. Aunque haya respondido a la defensiva, algo quiere. En cuanto averigüe qué es, podré tomar las decisiones que sean necesarias para salir de aquí y continuar con mi camino.
—Está en Tlaxcala. Por eso voy allá.
—Ah, ya —dice ella, y mira hacia la carretera. Esta es la noche verdadera. No sé cómo, pero lo siento en el cuerpo. Solo la noche verdadera puede incitar este deseo de dormir, tan natural, tan poderoso. O al menos eso quiero creer. Pero no creo que sea seguro al lado de esta extraña.
—Soy Catalina. ¿Y tú? —Extiendo mi mano hacia ella, buscando reestablecer la situación, portarme como persona educada. Ella mira mi mano extendida en silencio. Debajo de la ceniza blanquizca y enfermiza, que la vuelve un espectro enclenque, ella tiene el pelo negro y los ojos claros. Me recuerdan a los de mi madre.
La chica no toma mi mano. La observa nada más. Se muerde el labio inferior antes de bajar la cabeza y mirar su regazo. No está lagrimeando, lo entiendo ahora.
—Yo también busco a mi prometido —dice—. ¿Puedo acompañarte?
***
Llevo demasiada agua, pensaba yo, al inicio. Pero ahora, que había despertado con un ataque de tos y llevaba un acompañante —sospecho que ella me hubiera seguido incluso si le hubiera dicho que no—, estimo que quizá apenas y nos alcanzará. Desde Huamantla, yo venía cargando un galón de agua y tres botellas en la mochila; en consecuencia, la espalda me estaba matando. Sin embargo, la chica y yo hacíamos paradas constantes para dar sorbos a nuestras cantimploras. Habíamos agotado un litro en cuestión de solo una hora.
A nuestro lado, transcurría el vasto paisaje de Tlaxcala: altiplano dominado por el cielo y las nubes, atosigado por el viento, demarcado por volcanes que fungían como sus guardias silenciosos. Pero llega el día en que todo guardia termina traicionando, habría dicho mi abuela. Y tendría razón, porque a los costados de la carretera solo podían distinguirse tristes hierbajos. Habían sido milpas hasta hace unos días.
Estas eran anchas filas de cultivos, que alguna vez mi abuelo paterno trabajó: maíz, frijol, tomates. Quelites, incluso. Ahora, eran campos nevados por la ceniza, y los cultivos se mecían cabizbajos debido al poco viento que venía del Este. Las espinas de los magueyes también ya se doblaban por el peso de la ceniza. Además, el aire olía raro: a sarro, a salitre, a vinagre quizá. Su presencia solo exacerbaba mi necesidad de rasparme la lengua, de limpiarme todos los sedimentos que sentía acumulados ahí.
Por otro lado, estaba la vegetación. Esta, que de todos modos luciría deprimente por la época de sequía de febrero, era ahora solo hierba quemada. Parecía los despojos de un comal, marrón y moteado, oloroso a humo y carbón.
Los ojos nos ardían. La chica me había advertido que esto solo empeoraría a medida que nos acercáramos al Popocatépetl. Ella sugirió rodear la Malinche lo más cerca de sus faldas como fuera posible, a fin de evitar el embotellamiento de las carreteras y otras caravanas de sobrevivientes que buscaran agua. O que no buscaran nada, pero que en cambio les surgieran ideas al ver a dos mujeres viajando solas.
Tenía sentido su sugerencia, mas no quería hacerle caso.
El Matlalcueye no explotará, juré. Pero, aun así, me rehusé.
—Nos vamos por la carretera —decidí—. Al menos hasta llegar a Apizaco. Tenemos que mantener a la Malinche a nuestra izquierda.
—Así nos tardaremos como dos horas más. Si cortamos por San José Teacalco…
—Pero es más seguro.
Ella terminó accediendo. No tenía por qué hacerlo. No tenía por qué acatar mis decisiones, mas lo hacía de todas formas. ¿Era complacencia, o una manera de buscarse mi buena voluntad? No podía pecar de ingenua.
Mientras pasaban las horas, más aumentaba mi preocupación. Me había conseguido un perrito faldero; uno al que ya se le había acabado el agua y ahora me pediría de la mía. A este ritmo, incluso aunque llegáramos a Tlaxcala antes del mediodía, no alcanzaría para mantenernos vivos a mí ni a Gabriel en el camino de vuelta. Y qué decir de nuestros gatos.
Pasadas tres horas, hicimos una pausa para comer y beber más agua. Yo di unos sorbos, tensa. Por supuesto que ella me miró, con ojos quietos. Su cantimplora estaba vacía.
Pasados unos minutos, me obligué a mirarla de vuelta. Me pareció que estaba demasiado pálida. El esfuerzo debería haberle enrojecido las mejillas un poco, al menos.
De nuevo, de nuevo, por enésima vez en estos últimos días, no me quedó de otra excepto confrontarla:
—Ya se te acabó el agua.
—Sí.
Sentía la cara roja, los ojos hinchados. Era por el aire; la misma atmósfera ahogada en la ponzoña de los volcanes, o la última lluvia ácida que cayó. Era todo menos ira. No podía estar rabiosa ahora que una extraña necesitaba mi ayuda. Pero lo estaba.
—¿Para qué viniste si sabías que no te alcanzaría?
—Llegaremos a Tlaxcala hoy mismo —se defendió—. Además, tu prometido o tu familia allá seguro tienen más agua, ¿no?
—No puedes asumir… —empecé.
No completé la frase. De hecho, ambas cerramos la boca e inmediatamente miramos sobre nuestro hombro.
En la distancia, se oía el traqueteo de un motor. Olía a gasolina.
Se acercaba un auto. Y, sin saber por qué nos asustamos tanto, ambas salimos corriendo hacia el pastizal. No era lo suficientemente denso ni ancho como para escondernos; no importó. En dos zancadas estábamos allá.
—¡Agáchate! —gritó ella. Me hinqué y me peleé de nuevo con la pistola. Tenía que acomodarla y asegurarme que el cañón apuntara hacia otro sitio; que no se le hubiera soltado el seguro. Toqueteé el arma unos minutos, esperando que no se notara lo brutalmente inexperta que era manejándola. Cuando volteé a verla, la hallé pecho tierra, escarbando entre la ceniza con los dedos flacos. Como si quisiera enterrarse en la tierra, igual que una tuza espantada.
—¿Qué estás…?
—¡Ahora!
Me acosté. Pronto, el traqueteo del auto se volvió una realidad. Yo barajeaba muchas posibilidades: ¿qué tal si eran buenos samaritanos, como la gente del último campamento? ¿Qué tal si venían heridos? ¿Qué tal si eran mujeres, igual que nosotras? Aunque eso no aseguraba que no fueran a lastimarnos. Quizá si nos pudieran dar un aventón…
El auto se oía pesado, viejo. Lento. Unos metros antes de llegar a nuestra posición, redujo la velocidad, y pude oír el chirriar de los frenos del vehículo. No sé por qué estaba tan segura de que era una camioneta pickup. Algo de música se escurría desde la cabina del conductor. Era tal el silencio que podía escuchar la canción. En ella, alguien con voz sonora y oscura cantaba:
La penca de ese maguey
Su espina me está matando
La penca de ese maguey
Su espina me está matando
Acércate, chaparrito
Que esta lumbre está quemando
Acércate, chaparrito
Que esta lumbre está quemando
Cuando llegó este último verso, la camioneta comenzó a alejarse. No me atreví a alzar la cabeza para comprobar que mi asunción de que era una camioneta era cierta o para averiguar quiénes estaban en el vehículo. Así permanecimos, derribadas como las golondrinas de Huamantla. Esa visión me recibió en mi jardín cuando abrí la puerta tras la primera explosión. No podía quitármela de la cabeza.
Tuve que pestañear varias veces porque nuevas partículas de ceniza ya me las empanizaban y así enceguecían.
Finalmente, la música se esfumó. Alcé el cuello, con los brazos y piernas temblando del esfuerzo de cargar mi mochila y toda el agua. Toda la bendita agua. Se me escapó un gemido.
—Ya te vimos.
Si el extraño dijo algo más después de eso, no lo escuché. Solo pude incorporarme y mirar a mi alrededor; sin entender por qué la voz sonaba tan cerca, sin entender cómo había pasado esto. Todo lo veía blanco; era el pánico.
Volví a pensar en mi padre. Ojalá me hubiera enseñado cómo usar su dichosa pistola.
Me levanté. Era un hombre caminando por la orilla de la carretera; miraba hacia un punto más atrás de nosotras, pero entonces me incorporé y él me distinguió. Reculé unos pasos. De la camioneta se bajaban otros tres hombres, altos, con sombreros de campesino. Sobre todos se acumulaba la ceniza, lechosa y abundante.
—¡Atrás! —grité. La potencia del grito, de mi voz, rajó mi garganta; la dejó expuesta a la ceniza. No había otra explicación a que esta ahora lograra vociferar de esta manera, con tal sonoridad. Ya no sonaba como una mujer pequeña. Mi voz se había enronquecido y estaba llena de flemas ácidas, tan violentas como mi gesto.
Alguna otra persona me manejaba, algún ente que sabía cómo gritar y enderezarse. Cómo sacar el arma y apuntarla.
En cuanto la vio, el hombre más cerca de nosotras vaciló. Luego inspeccionó mi rostro, mi atuendo, mi mochila, y tomó una decisión.
—Baja eso, antes de que te lastimes.
Confié en la adrenalina, en el pánico, en aquel ente que me manejaba. Confié en la visión del umbral de mi casa, donde Gabriel aguardaba, a mitad del pasillo. En esa visión, nuestros tres gatos se desperezaban y, tras un bostezo repleto de colmillos, se apartaban de sus camas para darme la bienvenida. En especial, Mazapana siempre corría a la puerta para recibirme y se me restregaba en las piernas, soltando maullidos roncos. A la pobre una infección le había dañado la garganta y las cuerdas vocales desde pequeña.
Por ello, Mazapana solo podía soltar maullidos diminutos, que se le quedaban pegados en los bigotes. Era una visión perfecta, esperanzadora por antonomasia. La tenía muy presente en la mente cuando enderecé el cañón de la pistola para apuntar y presioné un botón al costado del arma, creyendo que ese era el seguro.
Un clic sonoro respondió a esta maniobra y el hombre, de nuevo, vaciló. Esta vez se le cayó la sonrisa. Dejó de avanzar ahora sí.
—Date la vuelta y vete. Todos ustedes.
Sus compañeros, todavía cerca de la camioneta, se habían congelado en su lugar. No alzaban las manos como sucedía en las películas, pero al menos entendían que la amenaza era real. Aun así, pasaban los segundos y no se movían. No se me ocurría otra cosa que decir.
De pronto, el hombro miró algo detrás de mí. Algo que lo hizo abrir los ojos y retroceder un paso. Uno nada más.
—¿Tú?
No me hablaba a mí. ¡Era la chica! Estaba de pie y caminaba, se ponía a mi lado. De forma inexplicable, su aparición los asombraba. Los intimidaba, tal vez.
—¿Sigues viva?
—¿Qué? —Volteé a verla.
La chica no me respondió. En cambio, mientras miraba fijamente al hombre, dijo:
—Quédate para que te disparen y lo averiguas, pendejo.
Sigo sin entender cómo funcionó. La chica ni siquiera lo dijo de forma tan intimidante. Nada tenía sentido, pero el hombre retrocedió y así caminó, sin darnos la espalda, hasta llegar a la camioneta.
—Esto es por Valentín. Solo por él —gritó el hombre, antes de subirse a la camioneta y marcharse a toda velocidad—. Al menos él sí supo…
No oí la última parte. Me pareció que era algún verbo, algo que terminaba en “ir”. No obstante, no logré descifrarlo. En el altiplano la ceniza amortiguaba todo; incluidas las voces de su gente.
Yo, hiperventilando, bajé el arma. Tenía entumecidos los antebrazos y todo el cuerpo me palpitaba. Pronto, la camioneta se volvió una mota, se difuminó en el horizonte, y la carretera renovó su pacto de silencio. Solo pude emularla.
Muda, alcé la mirada al cielo opaco. La ceniza continuaba cayendo, impertérrita. Le creaba sombreros de copa a las cactáceas y, a nosotras, brotes de canas. De haber sido más niña, habría abierto la boca para apresar una mota con la lengua. Aunque esta me necrosara la zona poco después.
Miré a la chica cuando logré regular mi respiración. Ella seguía pálida, pero tenía los brazos cruzados. No atiné a decir otra cosa excepto:
—¿Quién es Valentín?
—¿Tú quién crees?
***
El incidente terminó comprobándome que sería más seguro avanzar separadas de la carretera; paralelas a ella, pero no demasiado cerca. Así nos ocultaríamos si volvía a venir alguien. Así sabríamos cómo correr si ellos volvían.
No creía que ellos lo fueran a hacer. Ellos, quienes sea que fueran, aunque ella visiblemente los conociera, y viceversa.
De entrada, no me gustó que la chica me respondiera con una pregunta. Era la segunda vez que me lo hacía. ¡Yo ni su nombre sabía! Aunado a esto, el miedo continuaba. Yo teorizaba todo tipo de locuras: que ella fuera a quitarme el agua en un descuido, que todo fuera una estrategia para quitarme el arma, o que ella formara parte de una banda criminal que se hacía amiga de viajeros solitarios para luego quitarles sus pertenencias. Era demasiada coincidencia que se conocieran ella y los otros hombres, especialmente a mitad de una carretera desolada. Nada de lo sucedido tenía sentido.
Llegamos a Amaxac de Guerrero dos horas después. Yo ya tenía un nuevo plan: apartarme de la chica en cuanto fuera posible o hubiera otra distracción; retomar mi camino a Puebla. El Matlalcueye no explotará, me repetía yo. Me quedaría en sus faldas hasta cruzar la frontera entre Puebla y Tlaxcala. Marcharía a paso redoblado hasta volver a casa.
La ciudad de Tlaxcala estaba más cerca que nunca y el pueblo estaba desierto. Terreno fértil para emboscadas, pensé. No obstante, la chica se desenvolvía sin temor alguno, y supo guiarme a una tienda de abarrotes donde todavía quedaba comida. Esperé a que ella comiera antes de hacerlo yo. De pronto pensaba en veneno, en gases tóxicos, en lava bajo mis pies.
Tenía miedo. Este era un tentáculo resbaloso y plomizo que me había nacido en el estómago hace semanas, tras la primera erupción de Don Goyo; era un parásito que jamás se iría. Este me atenazaba los pulmones y apretaba el resto de mis órganos hasta volverme solo un junco flaco que temblaba ante cualquier brisa. Era por su culpa que yo tenía tanto miedo del viaje, del territorio, de volver a casa y cruzar el umbral. Y ahora tenía miedo de ella también.
Comimos juntas, recostadas contra un muro. Me enervaba el silencio del pueblo fantasma: la falta de otras personas solo evidenciaba lo antinatural de los postes de la luz, la soledad de los cables, lo diminuto de los tejados frente a una lluvia de ceniza que caía y caía y probablemente no se detendría.
A media comida me puse a toser como una posesa, con la boca llena de polvo podrido. De la sospecha de algo.
La chica me palmeó la espalda hasta que el ataque pasó. Ella no tosía, ella no cojeaba. A cada segundo que pasaba me convencía más de que todo esto era una artimaña para asesinarme. Ella estaba coludida con los hombres de la camioneta; ansiaban robarme.
Otra parte de mí, más niña todavía, apostaba a que ella era algún espectro nacido de la ceniza. Catástrofes así no pueden simplemente suceder. Dieciséis volcanes no solo explotan y aniquilan el centro de un territorio sin que haya algún efecto colateral.
No, tanto sufrimiento y tanta muerte no solo pueden suceder. Son tan antinaturales que, en consecuencia, solo pueden crear otros entes que también transgredan las leyes de la naturaleza. Quizá la chica era un espectro nacido de la ceniza.
Después de todo, esta no podía caer y caer, hasta tapizar todas las plazas, kioscos y tristes cobertizos, cada casita, establo y puesto de periódicos abandonado; hasta enterrar todo en su quietud, así nada más. La ceniza no podía caer y caer y echar a perder todos los cultivos, así transformando el rostro del país, sin que sucediera algo en respuesta. Quizá toda esta epopeya era mi manera de retribuir la indiferencia mezquina de los volcanes.
Salimos de Amaxac de Guerrero apenas una hora después. Fue sobre la Vía Corta Santa Ana-Puebla, una de las principales carreteras que comunicaban ambos estados, que nos volvimos a topar con un contingente de sobrevivientes. Avanzaban sobre la carretera, esquivando los autos abandonados y los camiones de pasajeros que se habían descompuesto.
Eran más de un centenar, calculé, cargados con bolsas, maletas de rueditas y hasta niños en brazos. Todos tenían el rostro gris, exceptuando los senderos de piel limpia que creaba su llanto, riachuelo que solo sabía caer hacia la barbilla. En cuanto nos vieron, se miraron entre sí, espantados. Confundidos.
¿A dónde podrán ir?
Toda la gente quería dejar atrás al vog, al cielo oscurecido por los gases de la erupción volcánica. No había por qué volver. La chica tomó la delantera para hablar con ellos.
Aproveché ese momento para echar a correr. Agaché la cabeza y esperé perderme pronto entre la multitud. Ni siquiera sé si gritó mi nombre al verme alejarme.
***
Corrí como una loca, intentando apartarme de la carretera. La parte racional de mí sabía que no había manera de llegar a Puebla antes de la noche. La otra parte de mí decía que sería lo mismo: sin importar a qué hora llegara, el cielo permanecería igual de oscuro, en un estado perpetuo de tormenta inminente.
No. Esto era peor. Esto era una tormenta que no haría más que empeorar. Una devastación de gases que impediría el paso del sol, que marchitaría las cosechas, que emponzoñaría toda la santa tierra. Eso me quedó más claro que nunca en cuanto llegué a las orillas del río Tequisquiapan y no lo reconocí como tal. Parecía lodo, óxido, una mancha de gasolina en el suelo.
El río apenas y fluía, teñido del color del cobre. Basura, botellas de plástico y otros desperdicios flotaban allí, junto con otros bultos oscuros a los que no quise hallarles forma.
Olía, incluso, a metal. Mientras corría, distinguí a varias familias en la otra orilla, sentados de piernas cruzadas. Miraban al río en silencio, ladeados, tirados de costado, como si este fuera a hablarles. Como si esperaran una respuesta.
Yo seguí el curso del río. Sabía que si seguía de frente, este me guiaría en la dirección del Zoológico del Altiplano. De cualquier forma, sería mi guía hacia la ciudad de Tlaxcala. De allí solo sería seguir corriendo de frente; agarrar la carretera 119 y entrar a la Autopista Puebla-Tlaxcala. Solo debía seguir un par de horas más. Llegaría antes del anochecer. Llegaría pronto a nuestra casa: estaba segura. Gabriel estaría allí, alistando sus propios víveres, acariciando a los gatos para calmarlos. Siempre habían sido asustadizos, los pobres. Los terremotos los habrían espantado tanto…
Sí, Gabriel tendría más agua. Toda esta preocupación por el agua habría sido en balde.
Mientras más corría, menos gente me encontraba. Vi a una última familia vomitando a las orillas del río, doblados sobre sí mismos. Después de eso, y tras revisar detrás de mí, comprobé que nadie me seguía. Pude relajarme un momento; atravesar un nuevo ataque de tos y la subsecuente bebida frenética de agua ya reglamentarias.
No nos va a alcanzar, pensaba, viendo la botella en mis manos. Si sigo tomando así…
Pero no había alternativa. Mientras más me internaba en la ciudad, más se agravaba la calidad del aire. La visibilidad era casi nula: una cortina de ceniza tan densa como la harina continuaba cerniéndose sobre los techos de la ciudad. Se me acumulaba en el cabello con tanta premura que tenía que sacudir la cabeza cada pocos pasos; sacudirme como un perro mojado. Cada que lo hacía, un nubarrón de polvo se desprendía de mi ropa y caía a mis pies; dejaba calcada la silueta de mis zapatos sobre el cemento.
Además, no podía dejar de toser. A pesar de que me había cambiado el cubrebocas y aprovechado para limpiar el paliacate, respirar era un martirio. No quería tomar una bocanada de aire pues sabía que eso solo empeoraría la batalla de mis pulmones, pero mi cuerpo mismo me traicionaba. Respirar ya era una tarea laboriosa. Hacerlo mecánicamente me cansaba. Y después de esta carrera…
Te están esperando, me susurré. Antes había creído en Dios por pura convención social, por la cómoda familiaridad de atenerse a las creencias aprehendidas en la infancia. Sin embargo, ahora rezaba en serio. Gabriel, ya voy. Chiquitos, ya voy. Dios mío, por favor…
A mis costados, se asomaban cabezas. De rojo, veía siluetas de personas que aparecían tras las esquinas, los resquicios de las puertas o las cortinillas de los negocios. Andaba, andaba, andaba, y aun así sentía una mirada penetrante que me seguía. Una que me había estado espiando desde la primera erupción. Quizá era Dios.
Quizá eran mis padres, benditos sobre la tierra pues se habían casado y muerto antes de todo esto. Prometí tener su foto en mi propia boda. También le había prometido a Gabriel casarme con él, después de haberle dado largas por años, arguyendo que deseaba tener un mejor empleo, un mejor departamento; que quería vivir con él antes de atar el nudo. Que quería tener mascotas antes de tener hijos, para comprobar que seríamos buenos cuidando de criaturas más pequeñas que nosotros. Y así habíamos adoptado a Mazapana y a sus hermanitos, Chilaquil y Dona; todos de una misma camada, todos lanzados al mundo después de la muerte de su madre.
Eran huérfanos, como yo. Entendían mi soledad en el mundo. Y por eso los consentimos como un par de locos: les dimos vacunas cada año, collares y chips, moños y gorritos a su medida, un jardín alzado por y para ellos, un centenar de juguetes y una docena de cajas de cartón vacías, que conservamos solo porque les gustaba jugar allí. Les compramos arbolitos rascadores, un tipi y al menos cinco repisas de siesta, pegadas a los ventanales. Tres camas de felpa terminaban por armar su reino, departamento habitado por cosas miniatura porque todo lo comprábamos pensando en sus dimensiones.
Esos tres gatos eran nuestro gran amor. Cada día, Gabriel y yo les dejamos dormirse sobre la cama y llenar de pelos la almohada, robarse el melón del desayuno, tomarse el agua de nuestros vasos y hasta mordernos los dedos de los pies al momento de jugar. No les puse límites porque nunca me alcanzó corazón para ello.
Nunca les pusimos un pero. Tanto que en las mañanas nos despertaban con intensos rechinidos. Luego, al desayunar, Mazapana solía acurrucarse en mi regazo, mientras que Chilaquil y Dona se turnaban para arañar la pierna de Gabriel, así pidiendo alguna sobra de comer. Él siempre les daba algo de huevo o un poco de pan, cachitos de jitomate o un poco de salchicha. Los gatitos eran golosos y se comían cualquier resto de comida. Eran muy bien portados, además. Eran perfectos.
Por ello, les prometimos que los llevaríamos a la boda: que sería pet-friendly, o que al menos habría una foto de ellos. Y Mazapana me lamía el pulgar, escuchándome con las orejitas bien paradas, como si pudiera entenderme. Como si pudiera agradecer los gestos tontos de la humanidad.
Pasaron los años y Gabriel, colmado de paciencia, me acarició las caderas, peinó las cejas y besó la frente cada mañana antes de irse a trabajar. Esperó hasta que estuviera lista.
Ya estaba todo planeado. Gabriel esperó ocho años a que yo le diera el sí. Finalmente, acordamos casarnos en la hacienda de Soltepec, en Huamantla, donde alguna vez en el pasado mis papás se casaron, también. En otra época bendita, donde la tierra no nos había traicionado aún. Celebramos la fiesta de compromiso en nuestro departamento con una botella de champaña, entre cajas, ratones y sillones cubiertos del pelo de nuestros gatos.
Un mundo así de vasto, de un centenar de juguetes, arbolitos rascadores, camitas y un tipi, de tres criaturas inocentes que esperan mi regreso, no puede extinguirse así nada más. Una promesa hecha no puede esfumarse así nada más. Este tipo de cosas no pueden suceder sin una consecuencia a cambio. No en vano existen las leyes naturales, el magnetismo, y todas las reglas sobre la vida y la muerte.
Un evento así, tan vasto e inconmensurable como una boda, no puede impedirse nada más, no me importa lo que el Eje Neovolcánico tenga que decir. Y mucho menos cuando llevo postergándolo por años, dándole largas a Gabriel. No cuando estoy sola en otro estado, supervisando los últimos detalles del evento. No cuando estoy a punto de tener mi propia familia.
Estos últimos meses, he estado cerrando los ojos y pensado largo y tendido en nuestro futuro, el de Gabriel y el mío. Algo tan deseado por largo tiempo, tan anhelado, tan conjurado por el simple poder de la voluntad de una mujer, no puede desvanecerse así, sin más. El futuro iba a durarme toda la vida.
Corro a través de Tlaxcala, mis zancadas amortiguadas por la ceniza que deja tapizadas las calles, sin poder sacudirme de encima la mirada penetrante que me sigue, nacida la misma noche que explotó el volcán. Quizá es Dios.
Quizá es la culpa.
No puedo correr más. Este disparo de adrenalina no puede llevarme más lejos; mi cuerpo no resistirá. Me freno y la inercia casi me tira de bruces, pero logro estabilizarme. Ya no puedo, ya no. Lo que sea que me persigue no está allá afuera.
Aunado a esto, en algún punto de mi carrera empecé a respirar con la boca abierta, por lo que ahora tengo dolor de caballo. Me aprieto las manos al costado e inspiro por la nariz, pero el esfuerzo me quema. Además, ya no distingo nada, ni a un palmo frente a mí. Aquí, la caída de ceniza se ha vuelto niebla, nube; manto tan grueso que puedo atarlo a mi cuello.
Allí me siento, a mitad de la calle. Entonces se despeja un poco la niebla, lo que me permite ver dónde estoy: la parte más alta de la ciudad. Alrededor de mí, las casas están desiertas y los árboles marchitos. No hay un solo auto a la redonda. Los que han podido irse ya lo hicieron.
Me quedo allí un rato, en la lucha intensa de tomar un solo respiro. Es en vano: no hay cómo respirar aquí afuera. Si no encuentro algún lugar donde cubrirme, me sofocaré aquí mismo. Nunca llegaré a Puebla.
Nunca iba a llegar a Puebla, pienso, pero me corrijo. Muévete, muévete.
Como puedo, me abro paso. Vadeo entre la niebla, agarrándome de postes, árboles ladeados y botes de basura. Bajo mis pies, siento que el terreno se inclina. Comienzo a bajar. Si la memoria no me falla, si sigo este descenso, pronto encontraré la carretera Puebla-Tlaxcala. Será línea recta a partir de allí.
Catalina, sé honesta contigo misma.
Ignoro mi voz interna. Mejor, siguiendo em calles, aprovechando los tejados y los pequeños bolsillos de aire donde la ceniza no es tan densa, sigo avanzando. Desciendo. En algún punto aparecerá la carretera.
Pasado un rato, me sé perdida. No sé si volví a subir o si estoy dando vueltas; ver aquí arriba es imposible. Vuelvo a pensar en ellos, talismán que conjura mi voluntad: Gabriel, nuestros tres gatos, nuestro departamento repleto de cosas diminutas. Ya quiero tener una familia, le decía a Gabriel. La boda será hermosísima, vas a ver. Él, paciente, alto y honesto como los árboles mismos, me sonreía y replicaba lo mismo siempre: ya tenemos una familia. Esta es.
No puede ser que un hombre así se muera nada más. Pero los árboles mismos se han marchitado a mi alrededor, y solo se ennegrecerán más a medida que avance el tiempo. Se volverán ceniza también.
Estoy en eso cuando se suelta un vendaval insospechado. Este levanta los montículos de ceniza ya acumulados en el suelo, mismos que forman remolinos a mi alrededor. ¡Carajo! Acto seguido, me sobreviene un ataque de tos. Es uno que me sacude el corazón, me hace palpitar las orejas y lagrimear los ojos; uno que me deja doblada y en el suelo.
Catalina, sé honesta.
Está bien. Nunca iba a llegar a Puebla. Nunca me ha quedado más claro, sobre todo ahora que el viento despeja los pilares de ceniza y así me ofrenda una visión: la del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, titanes de vómito enfogonado. Son montañas coronadas por humo negro que han alterado las estaciones, bloqueado el sol, sembrado destrucción a su paso. Desde donde estoy, casi distingo a los volcanes bañados por el resplandor azarcón de la lava.
¿Fluirá este todavía? No. El lahar siempre representó el mayor riesgo a las poblaciones en las cercanías del volcán. El lodazal y la caída de ceniza, por poco dramáticos que sean, siempre han sido los principales aniquiladores.
Eran tan enormes, los volcanes. Solíamos ignorar su sombra; ente inmenso que siempre nos respiraba en la nuca. Quizá Don Goyo se había hartado de que lo diéramos por hecho.
No hay forma de que Gabriel haya sobrevivido a eso. Después de todo, vivíamos casi en Cholula, más cerca de los volcanes que el resto de la zona metropolitana. No teníamos auto. Y él no se habría ido sin los gatos. ¿Cómo podría haberlos transportado a los tres con una sola transportadora en la casa? ¿Cómo atrapar a los tres cuando siempre fueron tan asustadizos?
Después de todo, han pasado dos semanas y él no ha venido por mí. Considerando todas las razones ideadas por el arte, el cine y la literatura, todas las reglas de la vida y la muerte, él debió haber ido por mí. Si no lo ha hecho, debe ser por un solo motivo.
Encuentro una banca cercana para sentarme. Allí me derrumbo. Quizá aquí pueda procesar todo esto. Quizá una banquita así de modesta sea el lugar adecuado para comprender la vastedad de los mundos que se extinguen.
***
—Yo vi esto también, hace unos días. La indiferencia de los volcanes. El panorama te aclara las cosas, ¿no crees, Catalina?
No respondí, al inicio. Claro que la muchacha me había encontrado. Después de todo, seguíamos en Tlaxcala, y yo había bajado de la loma; regresado a un campamento de sobrevivientes montado sobre la autopista a Puebla. La gente seguía emergiendo de la ciudad. Venían quemados, necrosados, vomitando. Pero cargaban niños y mascotas a cuestas. Avanzaban.
Se rehusaban a morir; al menos a hacerlo sin poner resistencia.
—¿Eres un fantasma?
—Ja ja, no.
No veo por qué el fantasma de una novia habría de mentirme, así que acepto su negativa como verdad absoluta.
—¿Entonces?
—Te dije que yo también buscaba a mi prometido.
—Sí, pero esa no es toda la verdad.
—Tienes razón —aceptó la muchacha, sentándose a mi lado. De nuevo, estábamos rodeadas de gente malherida y moribunda, replegadas contra un muro, cubiertas de ceniza—. Aunque tú tampoco lo dijiste. Querías ir a Puebla, ¿no es cierto?
—¿Cómo lo supiste?
—Una cosita como tú, delgada, asustada, con un anillo de compromiso. Una cosita como tú no puede ser nada excepto una romántica en una misión. Una novia en negación.
Fue mi turno de reír.
—Además, corrías en la dirección equivocada —agregó—. La gente quiere huir de la devastación, no ir hacia ella.
—Tu prometido —susurro—. ¿Se llamaba Joaquín?
La chica baja la mirada, hacia su regazo. A sus manos. Una nueva comitiva parte del campamento. Van al Norte, dicen. Son nuestros paisanos, dicen. Nos mostrarán su piedad.
—Santiago Xalitzintla está bajo el lodo —musita la chica—. El lahar. Ya me lo explicaste tú. Ya no queda nada.
Un hombre así no puede morirse así, nada más. Eso pensó ella, quizá. O, tal vez…
—¿Pero por qué me acompañaste, entonces? Si sabías desde el inicio que él…
—No lo sé. Quizá me recordaste a él, un poco. O más a mí. Al inicio me negué a aceptar que hubiera sucedido. Intenté regresar al pueblo, pero unos vecinos me detuvieron. Me llevaron hasta Apizaco en su camioneta. Me dijeron que me fuera y ya no mirara atrás. Pero nosotros… Nuestra boda…
—No puede acabar así como así —complemento.
—No. Eso creí. —Ella respira—. Quizá solo quería morir bien. Como él. Hallar una muerte tan absoluta como la suya.
Guardamos silencio. De haber sobrevivido, Gabriel habría ido por mí. Llevaría a nuestros gatos a cuestas, aunque Mazapana, Chilaquil y Dona no fueran más que cenizas. Así, tosiendo, quemado o necrosado, como fuera, Gabriel habría ido por mí.
En ese silencio, la chica y yo nos tomamos de las manos. Las apretamos un segundo, nada más. Están secas, cubiertas de raspones y polvo. Están tibias todavía.
Me recuerdan a las panzas de mis tres gatos. Cuando se colocaban en mi regazo, los tres mostraban la pancita y ronroneaban, invitando una nueva sesión de caricias. Eran tres criaturas inocentes y perfectas, nuestras y de nadie más. Gabriel y yo los quisimos con todo el corazón.
Al menos tuve una familia, pienso. Esos gatos eran…
Los sobrevivientes opinan igual que yo, seguramente. Muchos traen gatos y conejos en jaulas. Un señor incluso trae una oveja a cuestas. Otras personas cargan en los brazos a perros que jadean con la lengua de fuera. Los canes más pequeños van dentro de bolsas.
Enfrente de nosotras, había una chica acariciando algo en su regazo: era un canario. Lucía como un pequeño mango desmayado, allí en el cuenco de sus manos. La mayoría de la gente traía niños o animales en brazos.
Yo siento al corazón estrujado, al vendaval en el pecho. Algo frío me sopla dentro. Es el arrepentimiento. No puedo ir a salvarlos.
No podré cruzar el umbral de nuestra casa. Verlos otra vez.
Gabriel habría traído a Mazapana, Chilaquil y Dona, como fuera, pienso, una vez más.
Un zumbido entonces, por encima de nuestras cabezas. Otros sobrevivientes prorrumpen en gritos, lanzan vítores. ¡Es el ejército!, dicen algunos. ¡Es un helicóptero de noticias!, corrigen otros. Apenas y proyecta sombra sobre los toldos y los tejados.
No es ninguna de las dos cosas. El zumbido es muy diferente a las hélices de los helicópteros y pronto revela su fuente: drones. Estos atraviesan el cielo lentamente. Como si vieran, como si indagaran. Algo observaban con detenimiento.
—Son del gabacho —declara un hombre, cerca de nosotras—. Esos son drones de allá. De ellos.
—¡Vinieron a ayudarnos! —exclama una anciana.
—¡Sí! ¡Aquí, aquí! —Algunos corren intentando alcanzar a los drones, luciendo sonrisas anchas y retacadas de esperanza. Unos lloran de alivio, incluso.
Otros, como el hombre que los había identificado como drones, permanecen callados. Evalúan su vuelo silencioso con ojos atentos. No se atreven a salir de las carpas para ver mejor.
Yo también sé lo que sospechan. No es tan desquiciado. Si perdimos la capital, el país está descabezado. Cualquier cosa puede suceder entonces. A ellos les habría bastado con una excusa patética. Ahora, tienen una buena.
Mejor miré a la chica.
—¿Qué te dijo el hombre de la camioneta? Al final.
—Ah. Me dijo que Joaquín… Que al menos él sí supo morir como es debido.
—¿Y tú no?
—No. No me dejaron volver al pueblo para morir con los míos. Quizá después se arrepintieron. Y es que, al fin de cuentas, era la prometida de su amigo. ¿Por qué no ayudarme? Todo para luego verme regresar por donde había venido, ir de vuelta a Tlaxcala… Han de haber creído que estaba loca. O que era un fantasma, como tú dijiste.
Pasó un rato más. Renovando nuestra rutina, tomamos agua y comimos en silencio. Si dosificábamos bien mi galón, podía alcanzarnos por unos cuantos días más. Al menos hasta llegar a Hidalgo. Mientras más al Norte fuéramos, más vehículos encontraríamos. Y quizá alguien mostrara la piedad de apartarnos del lahar, la lava y la ceniza, de toda la devastación.
Finalmente, la chica y yo nos levantamos. Nos sacudimos la ceniza del pelo y de la ropa, estiramos las piernas y hasta masajeamos las pantorrillas antes de echar a andar.
—¿A dónde van? —pregunta el hombre.
—Al Norte. Lejos —respondo.
—¿Y se van solas?
—Claro. Además, una novia no debería estar sola el día de su boda —repone la chica. Ya es nuestro chiste local; nos reímos como locas y el hombre, perplejo, solo refunfuña antes de darnos la espalda.
—Por cierto —dice la chica, extendiendo la mano hacia mí—. Soy Ilse. Un gusto.
Yo saco la mano del bolsillo, donde todavía guardo la pistola, y sacudo su mano.
—Un gusto.
Es tan ridículo presentarnos hasta ahora que tengo ganas de reír. Me contengo, no obstante: esto desembocará en el llanto y no quiero darme la oportunidad. Mejor encaramos la senda a seguir.
Tras un breve momento de desorientación, determinamos la dirección a tomar y le damos la espalda a los volcanes. Así, seguimos caminando. Desfilamos a lo largo del campamento, esquivando a la gente sentada en el piso, a las vendas ensangrentadas y a los gemidos.
A pesar de mis precauciones, me echo a llorar. En silencio, a lagrimones, me abro paso entre la gente. Saco la mano del bolsillo, donde permanece la pistola que nunca usé, y me froto una y otra vez el dedo anular, donde está el anillo de compromiso. Lo presumí a todas mis amigas durante meses. Ni siquiera ahora me atrevo a quitármelo.
Entonces veo una casa, la repisa de una ventana, una mochila tendida en el suelo. No hay nadie al lado, a pesar de que estamos justo dentro del campamento de sobrevivientes. Ilse se me adelanta un poco, pero al ver que ralentizo el paso, se detiene. Yo continúo viendo la repisa y la mochila. Sobre la repisa hay tres cuadrados pequeños que atraen mi atención y no puedo evitarlo; quiero verlos más de cerca.
Doy un par de pasos, dos más. Los cuadrados son cajas pequeñas.
Son tres cajitas, ideales para guardar cenizas. Para acomodarse en el regazo. La inercia de la caminata me invita a dar el siguiente paso y a seguir a Ilse, quien continúa viéndome en silencio. No obstante, así permanezco, quieta, frotando mi dedo anular. En esas cajitas cabe la entera vastedad de los mundos que se extinguen.
Alicia Mares (México). Es Magíster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra. Ha publicado tres colecciones de cuentos, Cocodrilario (Horror Vacui, 2022), Tornasol (Ocelote, 2024), y Helado de flor de cempasúchil (La Tinta del Silencio, 2025), y un poemario, Mudanzas a castillos de arena (Valparaíso Ediciones, 2024). Además, ha sido antologada en Liminales III (Casa Futura, 2025). Fue becaria del FONCA (2022-2023) y del PECDA Tlaxcala (2024-2025). El 2025 fue galardonada con el II Premio Nacional de Literatura Fantástica de la Universidad de Sonora, el XLI Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción. Ganadora del Imaginarias: Premio Nacional para Mujeres Cuentistas de Ciencia Ficción (2026).
