NO. 3 (ABRIL 2026) / FICCIÓN / 6,752 PALABRAS
1
Quedan cuatro larvas con vida.
Las restantes, incapaces de perfeccionar el proceso de adaptación, yacen rígidas e inmóviles en la inmensa profundidad del valle enclaustrado entre montañas, con sus abdómenes segmentados y su doble hilera de patitas erectas apuntando al cielo.
Envueltas en la bruma procedente de una ciénaga, las supervivientes dejan atrás los cascarones eclosionados y se abren paso a través de la selva que ocupa el lecho del valle.
Después sortean un riachuelo rumoroso; dispersas, trepan la falda de una montaña con forma de trapecio asimétrico y se reúnen en lo alto.
La luz en la cumbre es cegadora y cálida. Centellea con un llamativo color melado sobre el cielo azul, formando halos dorados en la hierba que crece en las orillas de los caudales que discurren por las laderas.
Al compás de sus instrucciones genéticas, las larvas se arrastran en la estela de un arroyo seco, desenrollan las probóscides y las sumergen en la tierra.
Un pulso eléctrico recorre el filamento que conforma sus sistemas nerviosos.
En medio del material desmenuzable, las larvas detectan chispeantes trazas de carbono, nitrógeno, hierro, calcio y sílice.
Luego, las compañeras se acurrucan sobre el cieno y juntan sus receptores nerviosos, permitiendo que sus cerebros queden parcialmente conectados.
Ejecutando los bioalgoritmos inferenciales que la Progenitora ha implantado mediante inscripciones genéticas, las larvas concluyen que en ese valle no existen amenazas significativas; que posee el tamaño adecuado para sostener a la colmena en sus fases iniciales; que el valle, con su paisaje abrupto, es fácilmente defendible; y que el terreno contiene los nutrientes necesarios para una alimentación apropiada.
Tal y como está programado en sus instrucciones genéticas, las cuatro larvas despliegan los apéndices supraneurales de sus cabezas ahusadas y los anudan para que sus sistemas nerviosos se enlacen de forma definitiva.
Un chispazo, y las larvas tiemblan de ansiedad. Retraen sus patitas y restriegan sus caparazones unas contra otras, causando un frufrú que se entremezcla con el siseo de la brisa que sopla por encima de ellas.
El inicio de la metamorfosis desata una intensa proliferación celular. Tumores de diverso tamaño y forma brotan por todo el abdomen, desfigurando su silueta oblonga.
La temperatura de sus cuerpos asciende de forma súbita. El calor insoportable funde sus exoesqueletos quitinosos, y el líquido resultante se derrama y entremezcla hasta convertirse en una sustancia indistinta, unida a nivel celular. En el núcleo, los cerebros se licuan en un estanque de neuronas. Los músculos y el resto de órganos internos se dilatan y estiran, creando una viscosidad vítrea que envuelve la piscina neuronal. Los receptores nerviosos crecen y se multiplican, formando largos apéndices tentaculares que se agitan espasmódicamente contra el cielo. El calor sigue y sigue incrementándose, expandiendo los tejidos que sirven de sustrato para la creación de nuevos órganos.
Horas después, la temperatura vuelve a disminuir. Las estructuras se solidifican y ensamblan para formar una nueva entidad: un colosal bulbo inmóvil, repleto de órganos multifuncionales, y rodeado de una armadura de tejido quitinoso, que se enrosca a su alrededor como una enredadera pulsante.
La mente que alberga ese cuerpo no tarda en despertar. Al principio, son solo mudos destellos de sensaciones: dolor, hambre, frío, calor, placer… Pero luego se encienden los rescoldos del intelecto y de la consciencia, mientras los circuitos lógico-biológicos culminan su entrelazamiento.
La mente dibuja estrategias y planifica actuaciones, abstrae, realiza analogías y comparaciones, calcula, razona, elabora proposiciones y juega con silogismos.
No surge en ella, sin embargo, ninguna pregunta existencial.
Sabe quién es. Sabe de dónde viene. Sabe cuál es su propósito.
Cualquier otra duda que le asalta es contingente.
Unos días más tarde, el Convergente recién nacido se agazapa en lo alto de la montaña, aferrándose con sus diminutos apéndices a las rocas escarpadas, examinando los árboles y los pantanos del valle que se extienden muy por debajo de su posición.
Ese valle se ha convertido en su hogar.
En su fortaleza.
En su futuro.
Y pronto, piensa, se transformará en biomasa altamente vascularizada.
Capa a capa, célula a célula, molécula a molécula, todo ese planeta se convertirá en biomasa para mayor gloria de la Progenitora.
Pronto.
2
El alimento que el Convergente encuentra al perforar el suelo con sus apéndices tubulares desencadena la actividad de sus órganos reproductivos.
Miles de blastemas brotan de las goteantes paredes de la matriz y se arremolinan lánguidamente a orillas del depósito de morfoplasma, formando una medialuna.
El Convergente se estremece al sentir el bailoteo que recorre sus entrañas. La exuberante fertilidad hace que exhale una ráfaga de óxidos al cielo a través de un estoma abierto.
Utilizando un racimo de vasos capilares, el Convergente empapa los blastemas con el fluido morfoplasmático. Como una cascada, el líquido penetra las membranas semipermeables hasta inundar el núcleo. Las válvulas celulares se ajustan suavemente para regular el flujo químico en las cantidades apropiadas.
Las hormonas congruentes, las enzimas epigenéticas y los factores tróficos que integran el caldo morfoplasmático activan rutas específicas de diferenciación celular en el genoma de los blastemas.
En el interior de la matriz cavernosa, millones de células se agitan, se aglutinan y empiezan a desenvolver órganos especializados: exoesqueletos, extremidades, tubos digestivos, factorías de proteínas y hormonas, cerebros y sistemas nerviosos.
Dado que el Convergente dispone de un control absoluto sobre las sustancias que componen el morfoplasma, puede diseñar la estructura de los sirvientes según las necesidades de la Colmena.
Solo dos cosas preocupan al Convergente en este momento: reproducción y alimento. Así que para esa primera remesa, activa las secuencias genéticas necesarias para engendrar obreros y guerreros.
Pocos días después, los huevos se desgarran entre frenéticas sacudidas, y un enjambre de sirvientes emerge cubierto de gelatina, proyectando sus largas sombras sobre la montaña a la luz rojiza del atardecer.
3
Las ramificaciones supraneurales del Convergente le permiten percibir el torbellino de sensaciones captado por los sentidos de sus sirvientes.
Cada segundo, siente el tacto áspero de los helechos que rozan los torsos segmentados y las extremidades largas y afiladas de sus sirvientes al deslizarse por la selva. Percibe el calor pegajoso en sus caparazones, la presión reconfortante de los hierbajos secos que crujen bajo sus seis patas. Escucha el armónico zumbido de los insectos que flotan sobre el crepúsculo, el aleteo de los pájaros, el susurro de las hojas, el suspiro de las ramas que se balancean y el retumbar de los truenos entre los riscos. Huele el aroma meloso de las flores que transporta el viento, la humedad fecunda, el perfume de las feromonas, el ozono de la tormenta que se avecina. Contempla afloramientos rocosos llenos de ángulos, charcas que reflejan el arrebol zigzagueante del anochecer, y la infinita gama de hierbas silvestres que se doblan en el horizonte como el oleaje de un mar verde.
El Convergente se estremece solo de pensar que pronto, muy pronto, asimilará toda esa materia.
Una tarde, mientras los obreros esculpen biomasa altamente vascularizada para construir criaderos de blastemas y depósitos de morfoplasma en las laderas de la montaña, la hueste de guerreros incursiona en un valle aledaño para recopilar alimento e información genética.
En la linde de un bosque retorcido, la hueste se topa con una manada de cuadrúpedos. Su tamaño es mayor que el de cualquier animal que hubiesen visto con anterioridad.
Muy interesado por el encuentro, el Convergente ordena a sus sirvientes que acechen ocultos bajo las ramas de hojas blancas que cuelgan de un viejo árbol.
Quiere observar a los cuadrúpedos con precaución.
Analizarlos.
Decidir el curso de acción más adecuado.
Ciertamente, no le parecen peligrosos. Ni fieros. Pacen junto al río, con los hocicos hundidos en la hierba, azotando espasmódicamente el aire con el rabo y expeliendo metano a la atmósfera. No son más que revoltijos de carne blanda y huesos duros, recubiertos por gruesos mantos vellosos. Su robusta estructura corporal contrasta con su actitud dócil e indolente.
Así que sus dudas se disipan con rapidez. Sabe que el nivel de amenaza de esos cuadrúpedos es nulo y que las probabilidades de victoria son lo suficientemente elevadas como para arriesgar un ataque.
Empleando las ramificaciones supraneurales, el Convergente estimula la amígdala de sus guerreros emitiendo una frecuencia electromagnética de onda larga.
La epinefrina que corre por la hemolinfa de los guerreros se dispara. El corazón tubular bombea con más fuerza. Los reflejos se agudizan. El tiempo de reacción se acorta. Las fibras musculares se tensan hasta el límite. Las respuestas instintivas se vuelven más violentas. Cada neurona de sus cuerpos se prepara para el combate.
El bestial alarido de una docena de sirvientes embravecidos sacude las copas de los árboles. El sol, que ya acaricia el horizonte, palidece de súbito, como si el grito le hubiese arrebatado las ganas de brillar.
Los guerreros se alinean en semicírculo, blanden las punzantes hojas de quitina de sus extremidades superiores y se precipitan con la velocidad de un relámpago.
La tierra tiembla bajo el batir de sus imponentes patas puntiagudas.
Los cuadrúpedos apenas tienen oportunidad de reaccionar. Se limitan a retorcerse y a mugir mientras los sirvientes acuchillan y se abren paso a través del tejido muscular y las capas de grasa.
Las aguas del río se tiñen de un rojo brillante y carnal.
El Convergente se halla gratamente sorprendido por la eficacia de sus guerreros, así que recompensa sus esfuerzos con una nueva ráfaga de ondas electromagnéticas que excita los centros de placer de sus cerebros.
Alzándose eufóricos sobre los cuerpos destrozados que alfombran el suelo, los sirvientes expanden sus gargantas y vierten cataratas de fluidos digestivos sobre las presas caídas. Las enzimas disuelven la carne y el hueso. Un vapor húmedo y abrasador surge de la masa efervescente.
Acto seguido, los guerreros consumen la papilla resultante.
Con los vientres de piel gomosa henchidos después del festín, los guerreros regurgitan el alimento en los conductos digestivos de la Colmena.
Una tempestad química descompone la materia orgánica en aminoácidos, azúcares y lípidos. Los aminoácidos sintetizan nuevas proteínas para enriquecer el morfoplasma. Los lípidos y carbohidratos se oxidan y generan más biomasa para la expansión de la Colmena.
El Convergente inicia entonces la operación más interesante para él: la asimilación genética.
Manipulando con precisión las células nerviosas adheridas a las paredes de los tubos digestivos, el Convergente corta las intrincadas cadenas de ADN de los cuadrúpedos, las amplifica con polimerasa, descifra los secretos del código genético y anota cada micrómetro de información en la Biblioteca de la Colmena.
Bajo la luz tenue de la mañana, el Convergente, junto a su legión de guerreros todavía ensangrentados por la batalla, comienza la ardua tarea de clasificar y analizar la información genética que esconden los seres vivos de su entorno.
Ha dado el primer paso hacia la Convergencia.
Y el primer paso para reunirse con la Progenitora.
4
Muchos años después del nacimiento del Convergente, la luz deslumbrante que una vez bañó la cumbre de la montaña no es ahora más que una luminosidad débil, que se filtra a través de las densas nubes de deshecho despedidas por la Colmena.
Un sinfín de obreros, de ojos amarillos y relucientes, recubiertos de quitina negra y brillante, se extiende por el horizonte, describiendo la perfecta danza geométrica que el Convergente ha proyectado para ellos.
Organizados por millones, extienden un tapiz de biomasa altamente vascularizada, que desensambla la corteza terrestre átomo a átomo y la reconstituye en una red reticular de depósitos de morfoplasma, criaderos de blastemas y otras estructuras de la Colmena.
El Convergente reposa en lo alto de su montaña, inmóvil, eternamente joven, eternamente dúctil.
Dominador.
Su cuerpo ha quintuplicado su tamaño y casi desborda los límites del trapecio. Es un volumen rojo y palpitante que se perfila contra el cielo oscuro.
La Biblioteca de la Colmena rebosa de información. Línea a línea, hebra a hebra, el Convergente ha atesorado innumerables secuencias genéticas, que sus guerreros han regurgitado después de incontables correrías en los territorios vecinos.
Inalterado en apariencia, el Convergente trabaja de forma incansable.
Obsesivo, perseverante, metódico, tenaz, el Convergente formula hipótesis, examina trayectorias evolutivas y explora infinitos laberintos de permutaciones químicas. Recombina las secuencias genéticas más sugestivas y reinventa el genoma de sus sirvientes una y otra vez para mejorar su adaptabilidad al entorno.
Cada éxito se materializa en una nueva morfología útil para la Colmena.
Gracias a la apropiación del diseño genético de las aves y de los insectos, el Convergente engendra guerreros dotados de alas rojas y veteadas que surcan los cielos con vuelos acrobáticos. Los peces le abren el camino de las profundidades marinas, aportando branquias, colas y aletas para una locomoción eficaz en el agua.
De la biocerámica de las conchas, el Convergente aprende a inducir mutaciones que endurecen los caparazones y las cuchillas de sus guerreros, mezclando la quitina externa con compuestos minerales de sílice, carbonatos y fosfatos de calcio. De las bacterias aprende a desdoblar moléculas y a obtener hidrógeno puro a partir del agua.
En las cámaras reproductivas, el Convergente concatena nuevas clases de proteínas. Enriquece el morfoplasma mediante la adición de polisacáridos, lípidos y nucleótidos que favorecen la división celular y avivan la mutación. Modela los núcleos de los blastemas para conferirles una mayor maleabilidad ante los constantes cambios que requiere la Colmena.
A pesar de la insistente sensación de urgencia que le empuja a trabajar, el Convergente también goza de merecidos momentos de solaz. En ocasiones, se limita a contemplar la ardorosa actividad de su enjambre. En otras, el Convergente disfruta de las sensaciones que le otorga la nueva topografía de la Colmena, o se concentra en el cosquilleo tan vivificante que le provoca la asimilación de un nuevo arrecife, de un lago o de una floresta.
Pero sobre todo, el Convergente sueña.
Fantasea.
Mientras la red de biomasa se expande y replica por todo el planeta, sus pensamientos se pierden en fabulosas ensoñaciones.
Sueña con la Progenitora. Sueña con su cuerpo hermoso y perfecto: el cuerpo de un gusano enroscado del diámetro de una estrella, de un tono naranja chillón, a cuyo alrededor gravitan con pereza gigantescos objetos de biomasa. La imagina estirándose, volteando, impulsándose delicadamente por el espacio mediante chorros de gas frío, asimilando a su paso cúmulos de estrellas y nebulosas, asimilando con un suspiro incluso los neutrinos que flotan en el cosmos. La imagina ondeando sus alas de esporas para diseminar su semilla por toda la galaxia.
Sueña con regresar. Anhela retornar a su estado primigenio e inocente de microbio y reintegrarse en la matriz de la Progenitora. Fluir en las eternas corrientes que discurren por sus entrañas, descansar en los remansos y navegar en la sabiduría de su Biblioteca.
Pronto, se dice.
Cuando cumpla su misión en este planeta. Cuando toda la materia haya sido asimilada y haya consumado la Convergencia, iniciará la regresión. El eterno retorno de todos los Convergentes a la matriz de la Progenitora.
Pronto.
5
Una inusual emisión electromagnética procedente del espacio exterior sobresalta al Convergente y le arranca de sus prolíficas investigaciones.
¿Un mensaje de la Progenitora?
No. Es algo mucho más rudimentario.
Los primeros en divisar la fuente de la señal forman parte de un destacamento de sirvientes voladores, que patrullan el perímetro de la Colmena suspendidos en las corrientes térmicas.
Se trata de un punto de luz mate, casi indistinguible entre las negras nubes. En poco tiempo, ese punto penetra la atmósfera y se transforma en un objeto largo y acuminado, que se mueve propulsado por un chorro de gas caliente.
Con pasmosa indiferencia, el objeto sobrevuela el paisaje de biomasa, emitiendo haces de radiación electromagnética en un espectro muy amplio de frecuencias: desde radio hasta gamma. El Convergente supone que el objeto está ejecutando algún procedimiento para recabar información.
Esto le causa una curiosidad exagerada.
No está familiarizado con ninguna otra especie capaz de emitir radiación electromagnética en un rango tan ancho de frecuencias. Ni hacerlo, además, con tanta facilidad y tanto control.
Salvo él mismo y, por supuesto, la Progenitora.
Horas más tarde, el objeto desacelera, maniobra y se posa sobre un peñasco con la misma suavidad con la que cae una pluma. Una ranura, similar a un esfínter, se abre en el vientre del objeto y se dilata. A continuación, una rampa se extiende hasta tocar el suelo y unos seres diminutos, sostenidos sobre dos patas, emergen ordenadamente del objeto, se deslizan hasta las rocas y se desperdigan correteando de un lado a otro, sin rumbo fijo.
Para sorpresa del Convergente, cada uno de esos seres emite ondas de radio, que son recibidas y procesadas por todos los demás. Es un sistema parecido al que él mismo emplea para coordinar a los sirvientes de su enjambre.
Una oleada de excitación hace crepitar los músculos ciliares del Convergente.
Está tan ansioso por conocer más de esos seres, que apenas puede contener un espasmo de emoción. Su estructura bípeda y su capacidad para emitir radiación electromagnética le resultan demasiado atractivas.
Así que ordena pasar a la acción.
Los sirvientes voladores, emboscados detrás de unas peñas, salen disparados y se elevan más de cien metros por encima de las rocas puntiagudas, trazando amplios círculos en el aire.
Una gran agitación se apodera de los bípedos cuando las descomunales alas de los sirvientes ocultan el cielo.
El Convergente estudia sus reacciones con detenimiento.
Son respuestas caóticas, lo que le lleva a colegir que no hay una autoridad central dirigiendo sus acciones.
Algunos se encogen petrificados, otros corren a refugiarse en el objeto del que han descendido, y unos pocos, con gestos desafiantes, alzan instrumentos que emiten salvas de inofensivos proyectiles energéticos.
Un escalofrío recorre la cresta de la montaña mientras los sirvientes pliegan las alas al caer en picado para ganar velocidad. Abren las zarpas quitinosas y, con pocas dificultades, atrapan un puñado de bípedos. Mientras elevan el vuelo otra vez, los cautivos forcejean sin éxito entre sus garras.
Los sirvientes no logran capturarlos a todos. Los más rápidos o astutos retroceden hasta el objeto y cierran el conducto de entrada, dejando a su suerte a los demás.
No importa, piensa el Convergente mientras el objeto se aleja impulsado por el chorro de gas hasta desaparecer entre las nubes.
Por ahora se conforma con lo que tiene, así que ordena regresar a casa con el botín.
6
Uno de los bípedos se yergue tembloroso ante los múltiples óculos del Convergente, aprisionado por macizos tentáculos de biomasa.
Los análisis superficiales revelan que el bípedo está revestido por un envoltorio de polímero, que sirve para mantener la temperatura y la presión atmosférica en su interior.
Con el aguzado filo de una de sus muchas probóscides, el Convergente rasga por diversos puntos el polímero y el envoltorio se abre. Una mezcla de oxígeno y nitrógeno sale expelido a presión.
Un organismo escuálido y endeble (un saco de huesos y nervios), queda al descubierto. Emite estridentes ondas acústicas a través de un orificio que se abre y se cierra en la parte superior de su cuerpo. Por analogía con otras especies que figuran en la Biblioteca, el Convergente deduce que es el conducto por el cual ingieren el alimento, y que también sirve para emitir sonidos de comunicación.
El Convergente estudia durante unos instantes el envoltorio tendido en el suelo, y se asombra de su enorme complejidad. Su configuración, aunque en miniatura, le recuerda al de su propia Colmena: un enrevesado conjunto de estructuras, cada una diseñada con un propósito determinado y conectada a las demás mediante una maraña de conductos distribuida por todo la envoltura.
Mientras un sirviente retira el traje para disolverlo y asimilarlo, el cautivo se revuelve y brama, moviendo de forma agresiva y descoordinada las extremidades. Los tentáculos de biomasa se ciñen con más fuerza para doblegarlo, y le arrancan un nuevo grito.
Sin inmutarse, el Convergente prosigue su examen. Baña el cuerpo de su prisionero con haces de radiación electromagnética y toma muestras de las células somáticas.
En pocos segundos, el Convergente empieza a comprender a esta especie.
Se trata de un organismo endoesquelético, endotérmico, sostenido por dos extremidades que sirven para su desplazamiento. Otros dos miembros superiores, mucho más delgados y móviles que los inferiores, sirven para la manipulación de objetos. La parte central consiste en una cavidad que contiene la mayoría de órganos vitales para el funcionamiento del cuerpo: pulmones, corazón, estómago, y otras vísceras responsables de los procesos de metabolismo, de la eliminación de residuos y de la elaboración de enzimas, proteínas y hormonas.
Una piel oscura recubre todo el cuerpo, actuando como barrera frente al entorno y también como tejido sensorial. Un fluido acuoso, compuesto casi en su totalidad por agua, moja esa piel. El Convergente descubre vestigios de urea, sodio, cloro, potasio y amoníaco. Revisa sus archivos y deduce que se trata de sudoración, un mecanismo insólito de termorregulación que poseen algunos organismos.
Un apéndice flácido cuelga entre las dos extremidades inferiores, junto a un par de sacos externos. El Convergente ha visto órganos similares en otros mamíferos: son las gónadas, recipientes donde se producen los gametos, células que solo cuentan con un juego de cromosomas y que necesitan combinarse con gametos de polaridad opuesta para producir un organismo diploide.
Un sistema reproductivo arbitrario e ineficaz, piensa con satisfacción el Convergente, comparándolo con su insuperable mecanismo de producción de blastemas y morfoplasma.
En la parte superior del cuerpo, el Convergente halla el cerebro de la criatura.
Lo primero que llama su atención son sus dimensiones. Se trata de un cerebro enorme en relación al tamaño y al peso del cuerpo del bípedo. Según los datos registrados en su Biblioteca, un organismo de unos sesenta kilogramos dispone, por lo general, de un cerebro con un volumen que no excede los 200 cm3.
Este bípedo, sin embargo, con ochenta y dos kilogramos de peso, posee 1400 cm3 de cerebro.
Es un cerebro grande, repleto de pliegues. Miles y miles. Algunos profundos, otros más superficiales. El Convergente calcula que si extendiese todo ese cerebro, ocuparía una superficie de unos 2500 cm2.
Formidable, sin duda.
También encuentra millones de redes neuronales, que producen un elevadísimo grado de conectividad entre las distintas cortezas cerebrales.
Tal densidad de redes neuronales solo puede significar una cosa, sospecha… Pero no quiere extraer conclusiones precipitadas.
Sin dilación, el Convergente corta la caja ósea que resguarda el cerebro. Las ondas acústicas que emite el sujeto se desvanecen mientras el fluido nutritivo que circula por su sistema vascular salpica por todas partes. El cuerpo queda inerte, solo sujeto por los tentáculos.
De un esfínter del Convergente brotan delicadamente zarcillos compuestos de microfilamentos. Con precisión quirúrgica, raja las membranas que abrigan el cerebro, y hunde los zarcillos en su interior para establecer una configuración de entrada-salida.
Los pensamientos del bípedo manan sin mesura a través de los zarcillos: recuerdos, esperanzas, odios, amores, arrepentimientos, anhelos, pasiones.
El Convergente tiembla al experimentar todas esas vivencias y sensaciones. Una pulsación electromagnética se expande por la Colmena, haciendo que millones de sirvientes se confundan y descuiden sus tareas.
Los sentimientos no son algo extraño para el Convergente. Pero sí le resulta curiosa esa forma peculiar de sentimientos: tan frágiles, tan volubles, tan caprichosos. Tan infundados.
Los zarcillos penetran todavía más en el conglomerado de neuronas, hurgando en las áreas profundas del cerebro, y el Convergente verifica las sospechas que las redes neuronales le han suscitado en un primer momento.
Estos seres son conscientes.
Conscientes como él.
No se limitan a seguir una programación implementada en su ADN. Su consciencia no es superficial e irreflexiva.
No son meros sintientes ni autómatas.
Por el contrario, estos seres disponen de un sentido coherente del yo, del ahora, del pasado y del futuro. De su temporalidad. Saben que existen. Saben que saben, y son capaces de pensar sobre sí mismos.
A cada segundo, el estupor del Convergente aumenta; le cuesta aceptar que exista otra especie con ese nivel de consciencia.
Entonces ordena a sus sirvientes que extraigan los encéfalos de los bípedos y los depositen en tanques de biomasa, inmersos en una sustancia similar al líquido cerebroespinal.
El Convergente quiere seguir estudiándolos.
Desea iniciar la comunicación.
7
—¿Qué eres? —pregunta el Convergente.
—Me llamo Mateo —responde la mente del bípedo—. Si cuando me preguntas qué soy te refieres a mi especie, te diré que soy un ser humano.
—¿Cuál es tu origen?
—Nuestra especie proviene de un planeta muy lejano llamado Tierra. Es parecido a este, su atmósfera es casi idéntica, pero está situado a miles de años luz, en el Brazo de Orión.
—Háblame más sobre tu especie.
—Como imagino que a nivel biológico ya sabes de nosotros más que nosotros mismos, te diré que somos una especie frágil, aunque orgullosa y adaptable. Hay registros arqueológicos de nuestra presencia desde hace más de doscientos mil años terrestres. En los albores de nuestra existencia, éramos seres primitivos, no muy distintos del resto de animales. Carroñeros, recolectores, cazadores. Con el tiempo, aprendimos a domesticar a la naturaleza, desentrañamos las leyes que rigen el universo, aprendimos a elaborar complicadas ficciones para cooperar en grandes grupos y, finalmente, conquistamos nuestro planeta natal y el espacio exterior. Pero que no te engañe la sencillez de mis palabras. No fue un camino fácil ni alegre. Nuestra historia está jalonada de errores, desgracias y sufrimientos.
—¿Cuál es vuestro propósito?
—Esa es una pregunta difícil. A diferencia de lo que ocurre en tu colmena, cada ser humano es un individuo consciente y, por tanto, tiene un propósito vital. Pero como ya te dije, los humanos creamos poderosas ficciones para constituir grupos muy amplios en pos de objetivos más elevados. Actualmente, esa ficción que une bajo su paraguas a toda la humanidad se llama Federación Solar. Su objetivo es preservar a la humanidad, protegerla de sí misma y proporcionarle unas condiciones de vida dignas y armoniosas con el universo.
—Venís de un planeta distante. ¿Cómo lograsteis llegar hasta aquí?
—Hace cien años desarrollamos una tecnología que nos permite abrir una brecha en el tejido espacio-temporal. Son los agujeros de gusano. Su nombre técnico es Puentes de Einstein-Rosen, y sirven para conectar dos puntos separados en el espacio, sin importar la distancia a la que se encuentren.
—¿Por dónde os habéis expandido?
—Gracias al dominio de los Puentes, nos expandimos por centenares de mundos, repartidos por decenas de sistemas solares entre el Brazo de Sagitario y el Brazo de Perseo. Aquella fue una época gloriosa, de renacimiento y encuentro entre culturas. Se estudia en los colegios con orgullo. En aquel momento, la humanidad superó sus rencillas y se concentró en la prosperidad que se abría ante ella. Pero como todos los periodos memorables, fue seguido de una época oscura y vergonzosa. La tolerancia no es un rasgo común entre los humanos, y las diferencias en el color de la piel, en el lenguaje o la religión, son motivos suficientes para que, bajo circunstancias desfavorables, acabemos exterminándonos. En esos tiempos terribles, la humanidad cometió algunos de los actos más atroces de su historia. Se libraron guerras con armas horrorosas que jamás debieron existir. Armas genocidas, destructoras de mundos. Hubo hambrunas, privación y plagas. Nuestros sistemas solares quedaron devastados y la luz de la humanidad estuvo a punto de extinguirse del firmamento.
»Pero afortunadamente la humanidad entró en razón y alcanzó la paz. Mientras los planetas se hacían pedazos bajo el plasma y la gente moría atomizada, la humanidad se reconcilió consigo misma. Se enterraron esas armas que tanto daño habían provocado. Dejamos de lado el odio y conseguimos recordar algo muy sencillo pero, a la vez, muy complicado de entender para un humano: que todos somos iguales y merecemos dignidad.
El Convergente está asombrado de que una especie de esas características haya podido llegar tan lejos. Tantos cerebros conscientes, separados, solos, cada uno arrastrado por sus caprichos y sus manías, cada uno dirigiendo sus acciones en una dirección diferente, sin ninguna mente central que planifique sus existencias… ¡Increíble!
—¿Por qué vinisteis a este planeta? —pregunta el Convergente.
—Queríamos estudiarte.
—¿Por qué?
—Porque tu especie es muy peligrosa. Nuestro gobierno os ha calificado como la amenaza más grave a la que nos hemos enfrentado. Sois lo que los biólogos denominamos como una especie «ecófaga». En un lenguaje humano ya muerto, la palabra ecofagia proviene de unir oikos, que significa casa, y fagos, que significa devorar. Sois los que devoran casas, entendiendo casa como el medio ambiente que habitan los seres vivos. Pero más comúnmente se os conoce como «Destructores de mundos».
—No somos peligrosos ni destruimos —repone el Convergente, con un dejo de indignación—. Somos los guardianes de la Convergencia. Asimilamos y conservamos toda la materia del Universo. Ese es el objetivo de la Convergencia. Bajo nuestra custodia, la materia perdurará por siempre, trasmutada en información y preservada en la Biblioteca de la Colmena. Nosotros combatimos la entropía, la extinción y la disolución. No somos destructores: somos protectores.
—Supongo que es vuestra manera de verlo: una bonita forma de decir que acabáis con toda la materia y codificáis la información en vuestro ADN. Veo que vosotros, al igual que los humanos, también sois capaces de elaborar ficciones. Pero lo cierto es que tu especie se ha expandido de forma alarmante en el Brazo de Sagitario. Ha absorbido miles de sistemas y no parece que haya nada que pueda detenerla. Os hemos visto consumir planetas, cinturones de asteroides, gigantes gaseosos e, incluso, estrellas. Sí. He visto monstruosas esferas de biomasa capaces de colapsar una estrella y engullirla. Ahora los humanos no solo nos enfrentamos a la crisis que habéis provocado, también a nuestras propias miserias.
—¿A qué te refieres?
—Para afrontar vuestra amenaza, hemos desempolvado esas armas tan destructivas que una vez nos causaron tanto dolor. «Destructoras de mundos para enfrentarnos a los destructores de mundos», dijo una oradora en el Congreso Estelar al apoyar la reforma legislativa necesaria para legalizar el uso de esas armas. Después de un largo periodo de paz, la sombra de la guerra vuelve a cernirse sobre la especie humana. Si empleamos de nuevo esas armas terribles contra vosotros…, ¿quiénes serán los siguientes en sufrirlas? ¿Seremos capaces de enterrarlas una vez más en cuanto acabe la amenaza? Yo tengo mis dudas.
—Sigo sin entender por qué no aceptáis la Convergencia. No os resistáis. Dejaos asimilar y vivid eternamente en paz como parte de la Colmena.
—Es imposible. La asimilación implica acabar con la individualidad, y ese es el mayor ataque que se le pueda hacer a un ser humano. Sería como inducirlo al suicidio. Nuestro instinto nos obliga a rechazarlo. Preferimos ser nosotros mismos, con nuestras debilidades y nuestras carencias, viviendo vidas cortas e inciertas, antes que dejarnos asimilar por una especie alienígena.
Qué ignorantes, piensa el Convergente. ¿Cómo pueden estar tan cegados por la quimera de la individualidad? ¿Cómo pueden equiparar la Convergencia con la muerte? La Convergencia es evolución, es preservación, es la victoria contra la mortalidad. Es la siguiente fase de la materia.
Tontos.
No saben que, al negarse a la Convergencia, rechazan su salvación como especie. Si esos pobres desgraciados conocieran la realidad de la vida, si pudieran contemplar con los ojos de la verdad el mundo que hay más allá de sus pieles, abrazarían la Convergencia y todas las ventajas que conlleva formar parte de un organismo superior.
Pero prefieren sus ficciones.
Prefieren sufrir y hacer sufrir.
No hay persuasión posible: solo la asimilación forzosa.
—Si os parezco tan peligroso —pregunta el Convergente—, ¿por qué habéis abandonado la seguridad de vuestra nave?
—Por un error en los sistemas. Los drones recolectores de biomasa fallaron. Nos vimos obligados a descender para adquirir las muestras.
—Pero podíais haber regresado y traer drones nuevos, sin exponernos al peligro. ¿Cómo no se os ocurrió algo así?
—En realidad, no podíamos hacer eso. No disponíamos de tiempo suficiente.
—¿Por qué?
—Porque una flota está en camino hacia este planeta. Van a eliminarte con armas destructoras de mundos. Como deferencia, los militares nos permitieron investigar antes de que llegasen los navíos. Por eso disponíamos de tan poco tiempo. Tuvimos que asumir los riesgos.
—¿Pretenden destruirme?
—Sí. Eres un Convergente joven aún y los militares quieren poner a prueba algunas estrategias sin sufrir daños.
La noticia es sobrecogedora y el Convergente no puede evitar un respingo. ¿De verdad osarían hacerle la guerra? ¿A él? ¿Después de la imponente labor de asimilación que ha llevado a cabo?
Están locos.
—No podrán destruirme —dice el Convergente—. Yo formo parte de algo más grande. Soy inmortal.
—No lo sé —dice el humano—. Desconozco los asuntos militares. Pero ahora quiero volver a mi cuerpo. Te he dicho todo lo que querías saber. No soy solo una mente. No soy solo información y pensamientos. Soy más. Soy un individuo: cuerpo y mente. Destruye mi consciencia o devuélveme mi cuerpo. No quiero estar aquí.
—Imposible. Tu cuerpo y tu mente han sido asimilados y ahora forman parte de la Colmena. El proceso es irreversible. Vivirás eternamente.
—Por favor. No deseo estar más tiempo aquí. No puedo moverme, no puedo percibir nada. Solo puedo pensar y recibir los pensamientos e impresiones de la Colmena. Líbrame de esta tortura, por favor.
—No. No lo haré.
8
Los humanos, esos creadores de ficciones, llegan en forma de lluvia. Una aplastante lluvia de luz y calor que incendia los cielos y resquebraja la tierra. La Colmena colapsa en escasos minutos.
Millones de depósitos de morfoplasma y de criaderos de blastemas se deshacen convertidos en lodo sanguinolento. Los capilares que atraviesan la biomasa se desgarran, y ríos de hemolinfa calcinada salpican la tierra.
El aullido de un trillón de sirvientes malheridos que se retuercen entre los escombros se eleva al cielo, justo antes de ser ahogado por el estruendo de las bombas.
Los supervivientes chapotean entre la destrucción, intentando escapar de la tormenta. Algunos logran cobijarse bajo caparazones protectores, con la esperanza de refugiarse de la muerte que cae del cielo.
Pero ninguna estructura es rival contra semejantes artefactos de aniquilación masiva.
Esas armas rebasan con creces todas las expectativas del Convergente. La defensa es inviable.
Hasta el planeta se resiente de los devastadores ataques procedentes de la órbita.
Las chimeneas volcánicas retumban bajo el suelo, la roca fundida se derrama por el continente de biomasa y las nubes de cenizas asfixian la atmósfera. La rotación del planeta comienza a enlentecerse. La órbita se vuelve más excéntrica. Se disipa el campo magnético que protege al planeta de los hálitos de radiación cósmica.
El Convergente solloza desde lo alto de su montaña. Todo el trabajo, toda la sabiduría, toda la experiencia, toda la información que ha atesorado con ahínco durante tanto tiempo, desaparece ante sus ojos por culpa de unos ignorantes que le temen sin razón.
Y lo que es todavía peor: el Convergente es incapaz de hacer nada para remediarlo. Impotente, solo puede mirar, escuchar, sentir en cada fibra que recorre su sistema nervioso la vil agresión que está acabando con la obra de su vida.
Un profundo remordimiento le desgarra por no poder defender la Colmena. Se siente inútil. Inepto. Se arrepiente de todo lo que no ha hecho. Si hubiese trabajado con más denuedo, se lamenta, si no hubiese pasado tanto tiempo sumido en ensoñaciones estupefacientes con la Progenitora, si hubiese desarrollado defensas capaces de derrotar a enemigos más avanzados que los primitivos animales que habitaban el planeta, habría podido defender la Colmena.
Pero jamás ha vislumbrado la posibilidad de que existiese algo así.
Y ahora es tarde.
Poco a poco, el Convergente pierde la conexión con las pocas áreas de la Colmena que todavía siguen con vida. Siente cómo empequeñece, cómo su autoridad mengua a cada segundo. Ahora es poco más que miedo, resentimiento, dolor y quitina calcinada y hedionda. Pensamientos dispersos e inconexos.
Sus órganos sensoriales se apagan. Se queda ciego, sordo, aislado. La escasa sensibilidad que conserva está inundada de perplejidad. La hemolinfa que fluye por la red vascular de biomasa se vuelve tóxica, al igual que la atmósfera, contaminada ahora de residuos letales con los que el Convergente no está preparado para interactuar.
El abismo frente a él refulge mientras su cuerpo se marchita. Perfiles oscuros se apiñan contra la intensa luz: naves humanas que sobrevuelan el valle. Son aparatos mecánicos, dardos plateados que lanzan mortíferas lenguas de plasma contra los sirvientes voladores.
Los obreros supervivientes salen de sus escondrijos, gatean y se acurrucan junto al maltrecho cuerpo del Convergente. Con aplomo, se ensamblan a su alrededor, formando una cúpula protectora con sus cuerpos, mientras los proyectiles de plasma los acribillan sin piedad.
El Convergente sabe que no le queda mucho tiempo. Así que toma una decisión drástica: regresar a su estado primigenio; reducirse a unas pocas células que contengan la información suficiente como para reanudar su trabajo en circunstancias más favorables.
Sabe que es una salida poco decorosa, porque todavía no ha completado la Convergencia. Pero no le queda más remedio. La misión ha fracasado. Obviar la trágica realidad sería una negligencia imperdonable. Necesita aguantar, adaptarse a la nueva coyuntura, viajar a otro planeta y finalizar la misión que le ha encomendado la Progenitora.
Quizá así pueda redimirse, ganarse el perdón y retornar a su seno, junto al resto de Convergentes.
Mientras el escudo de obreros se derrite sobre él, el Convergente ralentiza las funciones orgánicas no esenciales de su cuerpo. Con sus últimas fuerzas, consigue remover sus entrañas para secretar un blastema y, utilizando un vector viral, introduce en su genoma las secuencias genéticas necesarias para inducirle la totipotencia propia de los Convergentes.
Después añade genes que inducirían un estado de letargo en cuanto el blastema se expusiese a las condiciones extremas del vacío. El letargo subsistiría hasta que aterrizase en una superficie habitable. Entonces, vuelta a empezar. Se desataría la multiplicación celular, el crecimiento y la formación de crisálidas para las larvas.
Renacería en un nuevo mundo. Cumpliría con su misión.
De pronto, la somnolencia se apodera del Convergente.
Alumbrar a su vástago ha agotado las pocas energías que le quedaban.
Ya no puede pensar racionalmente. Sus tejidos y órganos se rebelan. Todas sus retroalimentaciones se revuelven contra él, apremiándole para que se adapte, para que sobreviva.
Pero el Convergente ya no lucha por mantener el control.
Claudica.
Nada ocupa ya sus pensamientos. Su intelecto se atrofia. Su consciencia se reduce a cenizas. Los colores que visualiza en su mente se transforman en un resplandor intenso, uniforme y enceguecedor, como el de la luz que bañaba la montaña en aquellos primeros tiempos en los que no era más que un conjunto de larvas.
Frente a él, los restos humeantes de la Colmena en el valle, en el planeta. Un hemisferio cuarteado y vaporoso que refleja un ocre lívido, apocalíptico.
Ruinas y polvo.
9
Una erupción volcánica expulsa por los aires al microbio totipotente. Ahora flota libre, elevándose sobre rutilantes lenguas de fuego, acelerando entre isótopos radiactivos y partículas cargadas.
Muy por debajo, los invasores caminan por el valle, envueltos en trajes protectores, examinando los restos achicharrados de la biomasa. Algunos rematan con ruidosas armas a los pocos sirvientes descontrolados que han conseguido sobrevivir.
Pero nada de eso preocupa al microbio. Es solo información genética. Instrucciones. Programación.
Arrastrado por vientos encolerizados, el microbio llega a la estratosfera del planeta y se queda suspendido en la mezcolanza de gases aéreos.
Surge entonces un nuevo obstáculo. ¿Cómo superaría el microbio la velocidad de escape para huir del planeta? El viento no tiene la suficiente fuerza como para alcanzar los kilómetros por segundo necesarios para salir del pozo de gravedad. Por supuesto, el microbio tampoco dispone de mecanismos de propulsión propios. Se limita a dejarse llevar.
En ese instante, la solución surge ante él de improviso: un casco de color plata, ovalado, que rasga las nubes de cenizas mientras surca los cielos hacia las capas superiores de la atmósfera.
Es su oportunidad.
Al descuido, el microbio libera una corriente de polisacáridos adhesivos mientras la nave pasa a su lado, y logra pegarse al casco.
A medida que la nave deja atrás el planeta condenado, el microbio secreta una matriz extracelular compuesta de azúcares, proteínas y ADN que lo protegen contra el vacío, la radiación y la desecación. Su metabolismo disminuye al mínimo imprescindible. Su genoma se reorganiza para evitar daños.
La nave acelera, alejándose del planeta, con una trayectoria recta hacia la estrella más brillante.
Luego, los motores se apagan y el navío se deja llevar por la inercia.
El microbio, sumido en el letargo, aferrado al casco de aleación, navega por el vacío esperando el ansiado momento de renacer.
De llevar a cabo la Convergencia.
De regresar con la Progenitora.
Una brecha se abre en el espacio-tiempo y la nave y el microbio se hunden en su interior.
J. F. Sanmartín (España) es el pseudónimo de Brian Moscoso Rial. Es licenciado en Historia y Máster en Historia Medieval. En 2021 quedó finalista del premio Domingo Santos con el cuento “Bienvenida al Mundo”, el cual fue publicado en el número 305 de la veterana revista Axxón. Sus relatos han aparecido en revistas como Windumanoth, Pulporama, Tentacle Pulp, Droids and Druids, Teoría Ómicron y en la antología La hermandad de la Noche: cuentos de Conjuros y Sombras.
