Artefactos de Sueño

Así empezó.

Con un sueño.

Mi óptico derecho parpadea y se apaga en el instante en que dejo de correr.

No me persiguen… ¿Para qué iban a hacerlo? El 88 lleva fallando desde el último asalto a Palm Grove, y ahora el chip sirve tanto como seguir huyendo. Lo arranco del puerto genco con un giro seco. Mejor así.

Los servos de mis articulaciones gimen. Los he descuidado tanto que ni recuerdo la última vez que los limpié, perdido como estaba en la bruma de los artefactos.

Lila.

Seis meses desde que la conocí.

Seis meses estirados hasta convertirse en un sueño sin fronteras, que se enrosca sobre sí mismo en un tiempo liminal y borroso.

Pero se acabó.

Tiene que acabarse.

Sangre.

Sangre por doquier.

Me he chutado suficientes artefactos como para saber lo que viene ahora: el ansia, la debilidad, el tirón que pide otra dosis. Maldito seas, Bertie. Te reirías si me vieras ahora.

Siempre supiste cómo terminaría esto.

No importa. Tengo que seguir moviéndome antes de que el hambre me arrastre de vuelta. El Anteneo no está lejos, y casi no me queda tiempo.

Una pequeña hélice roja reluce en mi palma.

Solo como último recurso, me digo.

Y sigo caminando.

***

Si hace seis meses hubiera sabido el cruel destino que esperaba a Toro Sánchez, quizá habría sido más amable la última vez que nos vimos.

Quizá.

Pero nunca soy amable cuando estoy con el mono. Hay días en que mantenerse cuerdo significa colocarse. Para colocarte necesitas sueños, y para conseguir sueños tienes que arrastrarte hasta el Bajo Pozo y suplicar por unos cuantos viales que, si tienes suerte, contengan uno decente.

Los sueños de Toro Sánchez solían serlo.

—Doce kopec —dice Toro, con la mano temblándole mientras la boca se le curva en una sonrisa que solo muestra dientes llenos de sarro—. Vamos, no te duermas, Ersev. Sé que te hicieron jefe de línea cuando Bertie salió por patas. Seguro que también te engordaron la tajada.

Ya casi no se ven humanos por el Bajo Pozo. Los centros de las viejas ciudades se han podrido hasta volverse socavones llenos de sintéticos. Hasta la chusma ha huido a los suburbios medio anegados donde ahora viven los carnosos. Gente como Toro es una especie en extinción aquí abajo.

Doce kopec representan dos días de salario por algo que no dura ni cinco minutos, pero no regateo. Sus dedos de carne me pasan un vial de vidrio negro lleno de sueños; los míos de aluminio le entregan doce tabletas carmesí. Toro sonríe, y se escapa un hilo de saliva.

—¿Son tuyos? —pregunto.

Niega con la cabeza y se enciende un cigarrillo con manos que no paran de temblar.

—No. Pero no te preocupes. Te servirá. —Se da unos golpecitos en el puerto de destilación oxidado de la sien derecha—. Es que me salió una oferta de curro. Hay que evitar que se me fría el cerebro, ya sabes.

La puerta trasera de un bar se abre de golpe a la callejuela. Un par de carnosos salen trastabillando y se desploman detrás de un contenedor gimiendo incoherencias.

—O sea, es basura.

Los primeros sueños de Toro eran buenos: fractales de Mandelbrot montados en gansos gigantes, ese tipo de material. Últimamente, en cambio, se habían vuelto apagados, reciclados. Aun así, son mil veces mejores que la purga oficial. Hago girar el vial entre los dedos. El genco zumba, salivando como el maldito perro de Pávlov.

Toro se guarda los kopec y apura el cigarrillo.

—Ah, oye, casi se me olvida. Estaré fuera una temporada por el curro nuevo. La próxima vez tendrás que buscar a Bertie.

—Que le den a Bertie.

—Tú sabrás, colega. O eso, o esperas a que vuelva y traiga más basura. —Me palmea el hombro como si fuéramos amigos. Odio cuando los carnosos hacen eso—. Si buscas algo bueno, prueba en Chili Picante. Pregunta por Lila.

—Ni idea.

—Acaba de llegar a la ciudad. Hazme caso. No te arrepentirás.

Toro gruñe a modo de despedida y desaparece hacia su rincón de siempre, así que me deslizo entre los contenedores para salir del callejón. Los carnosos follan, ajenos a todo.

Sexo. Reproducción.

A veces los sueños que compro son sexuales. Durante esos instantes soy un humano sudoroso, con el corazón desbocado, ansiando el calor de otro cuerpo. Tan falso para mí como real para ellos.

Me detengo a mirarlos. Jadean, furiosos. Casi parece una pelea. Uno se gira y resopla, sin aire:

—¿Qué miras, hojalata?

Acelero el paso, como si hubiera cometido un pecado.

***

Artefacto (sustantivo): Objeto por lo general sencillo que muestra manufactura o modificación humanas, en contraposición a un objeto natural.

***

Incluso cuando Bertie era mi supervisor en la línea de despiece del Taller, y mi único amigo, nunca llegué a cogerle cariño. Pero el único sitio donde puedes chutarte con algo de paz es el Anteneo que él maneja, así que no me queda otra que pagarle los kopec de acceso al S2 de guardia. Solo espero que hoy Bertie no esté aquí.

En las gradas hundidas del viejo estadio hay aún menos carnosos que en el Bajo Pozo, y estamos lo bastante lejos del centro como para que la poli prefiera mirar hacia otro lado. Según el Acta de Preservación de IA, es delito que un sintético se chute sueños humanos; dicen que corroe la genco, aquello que nos otorga presencia, legalidad y derechos. Me habría reído, si los modelos R estuviéramos diseñados para eso.

Derechos… Por mucho tiempo que hayamos existido, para ellos seguimos siendo hojalatas, artilugios, sintéticos, replicantes, robotos. Llamarlos carnosos es poco más que una rabieta infantil.

Reconozco a algunos de los sintéticos desparramados en las gradas o desplomados contra las paredes, con los puertos genco vergonzosamente expuestos y los viales vacíos colgándoles de la nuca. Saludo a un par y me escurro hacia un rincón vacío antes de que me respondan; cinco años chutándote crean una camaradería decadente, una especie de eco borroso de los lazos que debería haber forjado con quienes se mantuvieron puros.

Encuentro un sitio entre dos columnas desconchadas. Un par de novatos yacen sobre una mesa de roble, perdidos en su viaje; sus extremidades se sacuden y raspan la madera. W23. Modelos nuevos. No los había visto antes.

Me encajo entre las columnas hasta que apenas puedo moverme. Prefiero soñar de pie, para que el cuerpo no se me desboque. Podría desconectar los servos motores, pero lleva una eternidad desactivar las capas redundantes de autoprotección que llevamos los R.

La luz ultravioleta lo baña todo con un tinte espectral que mis ópticos aún captan dentro del rango humano. El vial de Toro parece un huevo de tiburón girando en un océano negro como el alquitrán.

Ojalá no sea una pesadilla. Los precios no paran de subir, y la calidad no hace más que bajar. Apostaría que los donantes humanos que destilan sus sueños para nosotros tampoco reciben demasiado.

Paso los dedos por los bordes opacos del puerto genco en la base del cuello y lo abro. Mis sistemas de autoprotección están programados para detectar cualquier líquido ajeno a la purga oficial, así que ralentizo su tiempo de reacción para que no bloqueen la inserción. Programo el temporizador de seguridad automática a quince minutos y encajo el vial.

Más que suficiente.

Los sueños nunca duran tanto.

***

Despertar siempre es lo peor. Cruzar la grieta entre el sueño humano y la realidad.

Totoros rojos con dientes amarillos bailan en un río de mermelada de arándanos, sonriendo mientras el sueño se filtra por los rincones de mi genco y comienza su propia purga. Despertar duele, sí, pero hay cosas peores.

Como despertar con la cara estúpidamente humana de Bertie mirándote.

—Déjame adivinar. Toro sigue vendiendo mierda, ¿no? Siempre te lo digo, Ersev: quédate con los míos. Tengo a los mejores proveedores.

—Querrás decir los mejores mendigos.

Salgo de mi escondrijo, retiro el vial y lo arrojo a las sombras hambrientas. Cancelo los protocolos de seguridad emergentes y cierro el puerto genco. La purga ya ha empezado y pronto la sentiré. Mientras, la voz de Bertie zumba como una mosca pegajosa.

—¿Y qué si son mendigos? En los sueños, los carnosos son libres. Cuanto peor es su vida, más salvajes son sus sueños. —Bertie saca un puro del chaleco blanco que cuelga sobre su pecho desnudo, lo enciende y exhala con satisfacción casi obscena—. ¿No es irónico?

Los modelos B fueron diseñados para parecerse lo máximo posible a los humanos. Aspecto, movimientos, expresiones. Hasta el genco es distinto, cableado con vías que el resto no tenemos. Los B-13 fueron la cúspide de esa línea. Demasiado humanos, demasiado perfectos. Demasiado aterradores. Dejaron de fabricarlos cuando los carnosos comprendieron que necesitaban distinguir quién era máquina y quién no.

—¿Qué quieres, Bert? —mascullo.

—Tienes una pinta horrible —dice, soltando humo entre una sonrisa—. ¿Todo bien en el Taller?

Como si no lo supiera. Cuando Bertie se largó, se aseguró de dejar dentro a unos cuantos sintéticos leales. Es fácil sacar información y equipo cuando pagas con sueños gratis.

—Tengo que irme.

Su mano inquietantemente real se posa en mi hombro.

—Tranquilo, chico. Sabes lo que quiero. Solo piénsalo, ¿eh? Estarías mejor aquí que en el Taller, te lo garantizo.

—Ya sabes mi respuesta.

—¿Y si te ofrezco todos los sueños que quieras?

—Que te jodan, Bert.

Bertie casi se ríe. He perdido la cuenta de cuántas veces me ha pedido que trabaje para él. No le falta razón, desde luego. Un modelo R, incluso un viejo 77 como yo, valdría más aquí que la docena de S y G que tiene rondando para vigilar el Anteneo y mover el género. Pero eso significaría cederle el control de mí mismo.

No voy a darle ese gusto.

—Escucha —dice—. Acaban de abrir una nueva residencia en Palm Grove. Quinientos carnosos al borde de la muerte, ciento treinta sintéticos para cuidarlos. —Señala los W23 que salen tambaleándose del Anteneo, inseguros, como si sus pasos pudieran arrastrarlos de vuelta al sueño—. ¿Ves? Modelos recién salidos de fábrica. Pronto todos estarán suplicando por sueños humanos, y necesito a alguien en quien pueda confiar. Vamos, Ers…, éramos uña y carne en el Taller.

—Eso fue antes de que te largaras.

—Chico, ¿querías que me quedara allí para siempre, haciéndote de niñera? Llegaste hecho un desastre, con la genco medio devorado por la culpa. Te acogí, te parcheé… Conseguí que Lord Nos te pusiera bajo mi tutela, y te protegí. ¿O no?

—Bonita forma de decir que me convertiste en un adicto.

El rostro de Bertie cambia. Cada vez que lo hace entiendo mejor por qué los carnosos encontraban tan aterradores a los B-13. La sonrisa afable que ha mantenido todo este tiempo se transforma en una mueca rígida, como si su piel sintética pudiera partirse en dos. La ausencia total de transición —una expresión sustituida sin más por otra— es peor que cualquier valle inquietante.

—No fui yo el que mató a un maldito carnoso, Ersev. —Hace un gesto con el brazo, y el humo del puro se desliza hacia la salida—. Ahora lárgate si eso es lo que quieres.

No tiene que decírmelo dos veces.

***

Estática neural despejada.

Conexión con el centro de mando establecida.

Sistemas de alerta en línea. Protocolos de autoprotección activos.

Enlace unidireccional con Mando de Contención confirmado.

Dos mil manifestantes. Algunos con pistolas. Otros con hoces, azadas, las manos desnudas. Hambrientos. Tirando piedras. Pidiendo comida. La plaga lo ha arrasado todo. Los maizales se pudren, llenos de gusanos y moho. Hambre por doquier.

Los modelos P y S están desbordados.

Los R llegamos como refuerzo. Diseñados para rescate y salvamento, no para contención.

Nuevos chips de actualización instalados a toda prisa.

La línea espera órdenes.

Lluvia de piedras. Disparos. Una unidad P cae con media cabeza destrozada. Las órdenes destellan por el enlace compartido.

Listos.

La multitud avanza.

Golpea, furiosa. Famélica.

Ahora. Cargad.

El suelo tiembla.

Cargad. Gritos.

Una masa de carnosos empujando hacia delante. Hambrientos. Ciegos.

¡Cargad!

Gritos. Pánico.

¡Cargad!

Impacto.

Sangre.

¡Cargad!

Sangre.

Sangre por doquier.

***

La línea de despiece está abarrotada de recién llegados.

Cabezas separadas de torsos y extremidades, y luego lanzadas a la cinta principal. Muchos son modelos A y C, obsoletos, incapaces de hallar su lugar desde que se aprobó el Acta. Anticuados o no, su genco aún es valiosa para Lord Nos.

Levanto la cabeza de un A2 y me quedo un instante mirándole los ópticos arañados, como si en el último segundo hubiera intentado desenroscárselos él mismo.

Ese es mi futuro. El de todos.

Yo le conocí, Horacio.

Media docena de sintéticos trabajamos esta línea. Hubo un tiempo en que Bertie ocupaba mi puesto de supervisor, antes de largarse sin decir palabra. Me lo imagino en la cabeza del A2, su perfecta cara humana sonriendo. La parto en dos. El genco queda expuesto en un lado, como una aceituna asada. Lo desenrosco con cuidado y lo dejo en el montón correspondiente.

Si los sintéticos llegáramos a tener algo parecido a un alma, estaría sellada ahí, en esas redes neuromórficas apretadas de nanotubos de carbono, cuyos billones de electrones fluyendo sin cesar crean una magia ignota que nos permite ser.

Al menos sabemos que nuestros generadores de consciencia producen la conciencia que sentimos. Los carnosos no tienen esa suerte; quizá por eso nos temen.

Lanzo los restos de vuelta a la cinta. Ya basta por hoy. Lord Nos detesta que nos coloquemos, pero mira hacia otro lado mientras no baje la eficiencia. Y yo siempre cumplo. Bertie decía que trabajaba demasiado. Que a veces hay que parar y pensar.

¿Pero de qué sirve pensar? Solo ayuda si tu genco no está lleno de culpa. Si puedes purgar lo que hay que purgar. Si no sientes huesos y pedazos de carne humana deslizándose por tu brazo como un guante grotesco y terrible.

Sangre.

No. ¿Quién necesita pensar?

Doy las últimas órdenes, ficho la salida y dejo la línea. Los demás siguen hurgando en tripas que un día podrían ser las suyas. Algunos también se colocan, aparte de los informantes de Bertie, pero nadie habla de ello. Porque nosotros no necesitamos sueños, claro. La purga estándar mantiene nuestro genco libre de aberraciones y delirios. Palabrería de carnosos. ¿Qué sabrán ellos de cómo funcionamos?

Fuera del Taller llueve. Los vientres hinchados de las nubes reflejan la luz de huevo podrido que rezuma del centro. Diez días desde la última dosis de Toro y los efectos casi han desaparecido. Mi cabeza hierve de subrutinas tóxicas susurrándome lo que hice. El mundo se siente más real y más irreal a la vez, y bajo todo ello aguarda el abismo del no-ser.

Me echo encima un viejo gabán y salgo. El Bajo Pozo me espera.

Es noche de sueños.

***

Artefacto2: Objeto producido en masa, por lo general barato, que refleja la sociedad contemporánea o la cultura popular.

***

Cada paso es un mundo entero en sí mismo.

Me detengo, aturdido. Tengo que mirar dos veces la pequeña hélice roja en mi mano antes de recordar lo que significa.

Una salida.

La única escapatoria de Lila.

Maldito seas, Bertie. Tú sabías que esto iba a pasar, ¿verdad? Siempre un paso por delante.

Cuando el 88 se frió, se llevó consigo la mitad de mis sistemas internos. Sigo de pie por pura voluntad. Pero el Anteneo está cerca. Si consigo dar un paso más…

Entro tambaleándome en un callejón mugriento. Un perro hecho de costillas olfatea la basura, me gruñe y sale corriendo. Me recuerda que yo también estoy huyendo.

Pero quizá debería volver. Solo un último artefacto. Solo uno, y luego se acabó para siempre. Lila, Jero, los demás… lo entenderán.

No. Maldita sea. No puedo ceder. No ahora.

Me obligo a avanzar, aferrando la hélice roja con todo el cuidado del mundo, intentando no romperla.

Ya no fabrican de estas.

***

Tal y como dijo, Toro no está en su callejón. En su lugar encuentro a uno de los matones de Bertie, un sintético llamado Geto. Un G de excedencia militar. Rápido, cruel, peligroso. Me escabullo antes de que me eche el ojo.

Hago mi ronda habitual por el Bajo Pozo. Callejones húmedos. Plazoletas iluminadas por farolas que debieron morir hace años. Perros y unos cuantos carnosos bebiéndose hasta los charcos. Incluso los antros humanos parecen hoy más tristes de lo normal. Nada. Cada guarida está infestada de la gente de Bertie, colocando su porquería. Como siga así, va a quedarse con todo el mercado. Si yo tuviera ego, juraría que lo hace solo por fastidiarme. Repaso mi última charla con Toro y bajo hacia el puerto.

Chili Picante queda cerca de los viejos almacenes. Apenas viven carnosos entre estos edificios roídos por el mar que sube y la humedad constante. Hace tiempo, un gigantesco cartel de Tabasco aplastó uno de los silos. El hombre del bigote sigue sonriendo, botella en alto.

Bajo el anuncio se extiende un campamento de tiendas de campaña, separado de la calle por montones de escombros apilados a modo de barricadas. Mis protocolos de seguridad se activan solos.

—¡Eh, tú! ¡Sí, tú, hojalata!

Esperaba sintéticos destrozados chutándose como pudieran, no a un carnoso en este agujero. Es viejo; bajo las patillas grises y espesas, la cara parece una manzana asada de más. Se acerca despacio.

—Eres Ersev, ¿no? Tranquilo —dice, alzando las manos cuando retrocedo un par de pasos—. Me llamo Jero. Toro Sánchez dijo que tarde o temprano aparecerías.

Entonces veo el pequeño punto dorado en su sien derecha. Un puerto de destilación. Me relajo y el pensamiento de la próxima dosis vuelve a tirar de mí. Quizá este tipo sea el soñador del sueño insípido que le compré a Toro la última vez.

Cruzar las barricadas abre mi memoria hasta dejarla en carne viva. Carnosos agazapados. Hambrientos. Asustados. Pero el hambre siempre puede más que el miedo.

—¿Adónde vamos? —pregunto esquivando la basura que rodea las primeras tiendas. Este vertedero hace que el Anteneo parezca un balneario. A través de la tela delgada vislumbro cuerpos sintéticos apilados sin orden. Unos pocos se incorporan al vernos como cuervos vigilantes.

—Tú eres un R77, ¿no? ¿Sin actualizaciones recientes?

La pregunta me molesta, pero asiento. Jero sonríe.

—Entonces, hojalata, estás a punto de conocer a Lila.

***

—Solo uno. —Las luces estériles del Taller hacen que el vial destelle. Los dedos pulcros y humanos de Bertie lo balancean bajo mi nariz como un capote ante un toro cansado—. Te ayudará. Dicen que es mejor que la purga.

El líquido parece aceite de motor, del color de un cielo muerto.

—Dudo que Lord Nos lo aprobara.

—Escucha, chico, trabajamos para él. No somos sus esclavos, no lo olvides. Podemos tomar lo que queramos… o largarnos cuando queramos.

—¿Es que estás pensando en irte?

Como siempre, Bertie se limita a sonreír cuando quiere esquivar una pregunta. Llevo un año conociéndolo y ya no me engaña. Claro que quiere largarse del Taller. Cree que está por encima de los demás, y no le falta razón del todo. Un modelo B aquí es un desperdicio, incluso sentado en la silla de supervisor. Pero aquí todos somos desperdicio. Sobras. Los que trabajamos en las líneas de despiece solo vamos un poco por detrás en el calendario.

—Tu rendimiento no ha bajado por nada, chico. Sé que no es tu culpa, que cada vez cuesta más —insiste—. La purga del genco siempre es defectuosa. Siempre quedan radicales libres para atormentarte. Tú mismo lo dices… Demasiados remordimientos, ¿no? Vamos, pruébalo, y si no funciona, tampoco habrás perdido nada. Pero no ha sido fácil conseguirlo, y sé que te ayudará. Solo cuido de ti.

Casi me encasqueta el vial en la mano. En cuanto lo toco, el genco me hormiguea, como si tuviera voluntad propia. A lo mejor la tiene, y lo que yo siento no es más que el eco dentro de esa aceituna negra.

Cargad.

Sangre.

—¿De verdad funcionará? Suena a placebo.

—Confía en mí, ¿quieres? Los carnosos pasaron mucho tiempo colocándose con sueños ajenos antes de aburrirse. Y tampoco serías el primer sintético en probarlo… No es que te vaya a estallar la cabeza.

Cuesta imaginar cómo cabe un sueño humano en un vial tan pequeño. Soñar… Olvidar… Quizá sean lo mismo.

—Muchos hicieron una fortuna vendiendo sus sueños. —El descanso está a punto de terminar y deberíamos volver a la línea, pero Bertie nunca se preocupa por eso—. Los carnosos son volubles y por eso ahora casi no quedan destiladores, pero todo es cuestión de saber dónde buscar.

Otra vez esa sonrisa súbita, helada. Podría preguntarle de dónde ha sacado el sueño, pero sería inútil. Bertie me conoce. Me ha cuidado desde que me descatalogaron y acabé en el Taller. Me ha cubierto cuando las crisis de culpa me dejan paralizado. Sabe exactamente cómo pienso. Que ya lo he decidido.

Paso los dedos por el borde del puerto genco, casi sin darme cuenta.

—¿Ahora?

—¿Por qué no? Siempre es buen momento para soñar.

***

Debió de ser una L1 en algún momento, de complexión pequeña y grácil.

Lila está sentada con otros cuatro carnosos junto a una hoguera. Aquí las tiendas son más grandes; a través del humo perezoso se percibe cierto orden, incluso limpieza. Ella alza la cabeza y me mira, evaluándome.

—Así que tú eres Ersev… ¿Cuándo te descatalogaron? —Acaricia la mejilla de un carnoso y se levanta. Entre el humo casi parece flotar—. ¿Después de los disturbios del maíz?

Su cuerpo es un mosaico de media docena de modelos. Del L1 solo se mantiene el tórax original. La mano derecha es de un X2: larga y suave. El trabajo de acople no es chapucero. Me toca el cuello igual que tocó al carnoso. Jero aparta la mirada y se sienta con los otros.

Cargad.

—Hace siete años —digo, incómodo.

—Entonces solo necesitas una actualización.

Viejos protocolos de autoprotección zumban, diciéndome que esto está mal. Corre. Sal de aquí. Algo no encaja. Ojalá supiera obedecerlos.

—Solo he venido por un sueño. —Miro a los otros carnosos. Viejos. Cableados con puertos de destilación como el de Jero—. Toro me dijo que aquí…

—Claro. —Entre los dedos de Lila aparece un vial. Más pequeño de lo que estoy acostumbrado. Bordes suaves, tentadores. Mi genco zumba de excitación, ahogando las alarmas de los sistemas de seguridad—. Lo mejor para los amigos de Toro.

Alargo la mano, pero ella lo retira con una sonrisa traviesa.

—Debo advertirte que estos no son sueños normales. No has probado nada parecido, y después nada más llenará. La próxima vez querrás otro de estos… y solo nosotros podremos dártelo. Harás lo que sea por conseguirlo. —Una pausa que dura un eón—. ¿Aún lo quieres?

Corre. Busca a Bertie. ¿Dónde está Toro? Debería largarme corriendo. En vez de eso, silencio los protocolos y asiento.

—¿Cuánto?

—Oh, el primero es por cuenta de la casa.

Me ofrece el vial. Dentro hay una sola gota de líquido azulado; quizá una décima parte de una dosis normal. Podría ser un timo. Casi preferiría que lo fuera. Pero imaginarme volviendo al Anteneo a suplicarle a Bertie uno de sus sueños de mendigo… Admitir que, después de dejarme tirado, todavía lo necesito. Que te den, Bert.

—Gracias. ¿Dónde…?

—Si quieres intimidad, usa una de nuestras tiendas.

A regañadientes entro en una vacía y me apoyo contra la lona gruesa. Ahora que el vial está en mi mano, ya no puedo contenerme. La cordura se me escurre entre los dedos. Abro el puerto genco y me inyecto.

***

Recuerdo tus ojos —aquí y ya no— azules como conchas cuarteadas.
Jueves, nuestro día favorito: todo azul, todo playa.
Mis poemas eran malos, decías.
Almendras blancas como nieve, pétalos del color del aliento —mira, ahí—. ¿Es todo nuestro, papá?
¿Desde dónde llamas? ¿Aún sabes nuestra canción? Antes la sabías.
¿Ahora? ¿Y ahora?
Una cabina en algún lugar, entre cadenas y acantilados.
Hay un ratón en la alacena; ¿cómo cenamos esta noche?
Hace diez años. ¿Y si hubiéramos tenido hijos? No… No, yo no podía.
Te compré unos gemelos.
Vivimos entre tristezas porque, mira, justo ahí, se asoma entre las grietas.
Me has traído algo. Por fin. ¿Lo sientes?
Te llama, amor. La última puerta.
Los dos sabemos lo que cargan los recuerdos.
Me iré ahora, y nos disolveremos en nuestra canción.
Siempre.
Entre diamantes y óxido.

***

Artefacto3: Cualquier rasgo o estructura no natural introducido accidentalmente en algo que se observa o se estudia.

***

Así fue como empezó.

Con un sueño.

Todos los animales sueñan. Los gusanos sueñan con la tierra húmeda. Una mosca sueña con miel. Un ratón sueña con el cielo despejado. Un león, con la gacela; la gacela con hierba sin fin. ¿Sueña la hierba?

Los carnosos sueñan.

¿Por qué nosotros no?

Maldito seas, Bertie. Lo sabías. Y yo fui demasiado débil para irme a tiempo.

Ya queda poco. El Anteneo está cerca. Unos cientos de pasos más… y luego, ¿qué?

La hélice roja se burla de mí. Ya no las fabrican. Hechas para cortar el flujo de consciencia en un genco, pensadas para modelos R de rescate y emergencias que, a veces, tenían que priorizar a los humanos a todo coste. ¿De dónde demonios la sacaste, Bertie?

Fuerzo otro paso. Aún puedo ver a Lila como lo que es, como lo que somos todos: chatarra consciente, aferrada a fragmentos ajenos para sobrevivir al dolor. Pero la necesidad ya está ahí. El hueco.

Claro que no necesitan perseguirme. En nada volveré por mi propio pie.

Lo saben perfectamente.

***

Se ha ido.

Despertar es sencillo. Cinco minutos, eso es todo lo que ha durado. Aún noto el sabor de diamantes y óxido deslizándose como un fantasma por los receptores químicos que recubren mi boca. Y luego… nada.

Se ha ido. No hay carnosos inocentes delante de mí. No hay cargas. No hay sangre. No hay miembros cercenados. Sin culpa. Sin remordimiento.

Soy libre otra vez.

Soy yo.

Saco el vial vacío y lo contemplo, transformando en el centro de mi nuevo universo.

—¿Qué es esto? ¿Es… solo un sueño? —pregunto, casi suplicando, cuando Lila se desliza dentro de la tienda. Sonríe. Su mandíbula inferior es de un P12. Los modelos de protocolo siempre tuvieron una bonita sonrisa.

—Lo es —dice—. Solo que no del tipo al que estás acostumbrado.

Me quita el vial de la mano; sus dedos rozan mi puerto genco convertidos en una tentación cruel.

—Jero los llama artefactos. Pero los artefactos son mucho más que simples sueños… —Su meñique se queda en el borde del puerto, dibujándolo como una serpiente que busca una presa—. Los artefactos son el último sueño de un carnosos, Ersev. El que tiene en el instante exacto de morir.

Su meñique fuerza el puerto y se desliza en su interior.

—Y tú, mi nuevo amigo, vas a ayudarnos a conseguir más.

***

Aún se distingue la textura de impresión reciente en las paredes de Palm Grove. Todavía no han retirado las grúas y sus sombras cortan las luces del jardín.

—¿Cuándo fue la primera vez que te colocaste, hojalata?

—Hace cuatro años —respondo tras un instante, concentrado en la cerradura de seguridad.

—Déjalo trabajar, Jero —dice Lila.

—Solo tenía curiosidad. —El viejo carnoso ensaya una risa grasienta, y vuelve a su puesto de vigía.

—Seis minutos hasta que salte la alarma —susurra Lila.

Suficiente. La cerradura no es un último modelo, pero es lo bastante robusta como para que los chips de actualización R que me han metido con prisas necesiten al menos un minuto para sincronizar y ahogar a la IA guardiana de la residencia. Lila se acerca. Me acaricia la mano como si pudiera atravesarla.

Los muelles internos de la cerradura se tensan contra mis dedos mientras activo las contramedidas y suelto la contraseña. Aparte de humanos acreditados y unos pocos W12 de alto nivel, nadie entra por esta puerta. Nadie, salvo un modelo R actuando en cumplimiento del deber.

Un clic suave, y nos colamos dentro.

—Buen chico —murmura Jero mientras cruzamos el sótano oscuro, atestado de pañales y goteros, y nos dirigimos a las escaleras. Llevamos identificaciones que hacen que la IA guardiana nos lea como tres W23 del personal. Lila no me ha dicho de dónde las sacó, pero ¿de quién, si no Bertie?

La sala de terminales es un gran salón ominoso en la primera planta. Bajo las luces amarillentas, media docena de carnosos ancianos yacen en camillas, entubados y cableados, como capullos de seda a medio hilar. Por mucha hambruna o miseria que exista, demasiados de ellos siempre acaban así.

—¿Quieres ver cómo se hace? —Jero alza el destilador. Parece una deformada berenjena de titanio. En la punta relucen los filamentos de diamante.

Diamantes y óxido.

Aparto la vista.

Diez días desde mi primer artefacto. Diez días sin dolor. Diez días siendo yo otra vez. Pero ya noto el vacío acumulándose en el borde del pensamiento: un pulso áspero, punzante, exigente. Por eso estoy aquí. Por eso acepté ayudar. Porque sé que pronto necesitaré más.

No significa que quiera formar parte de nada más allá de lo imprescindible.

—Bueno. Tú te lo pierdes.

Ambos entran en la sala. Cierro la puerta tras ellos, fingiendo que mi trabajo ha terminado. Pero sé lo que seguirá. Lila elegirá a uno de los ancianos. Le inyectarán un inductor de sueño y le colocará un puerto de destilación portátil en la sien derecha.

Cuando el REM alcance su pico, Jero sacará una almohada.

Y Lila mirará.

Mirará cómo todo acaba, y el último sueño del carnoso se condensa, gota a gota, en el tanque del destilador.

Puede que ahora no sienta culpa, pero sé que la sentiré.

Al menos Lila fue sincera.

Haré lo que sea por la próxima dosis.

***

—Chico, tienes la peor cara de novato he visto en mi vida. Bienvenido. Por aquí me llaman Bertie. Venga, te enseño este tugurio.

Solo he estado tan cerca de un modelo B una vez. Me estremezco cuando me da una palmada en la espalda. Es tan real…, demasiado real.

Cargad!

—Yo… soy Ersev.

—Al menos te funcionan los módulos de voz. Buena señal —se ríe—. Relájate. Lord Nos cumple el Acta al pie de la letra. Y paga bien, además. Podrás comprarte lo que necesites, otra mano, ópticos nuevos… Lo que sea, excepto chips de actualización, claro. Aunque…

Saca un purito y lo enciende. Sus asfixiantes ojos humanos me estudian tras el humo.

—Eres de los que descatalogaron después de lo del maíz, ¿verdad? No estoy metido en todos los chanchullos de Lord Nos, y tampoco es asunto mío, pero de vez en cuando aparece alguien como tú. Alguien que ha pasado, digamos, por una mala racha. No digo que sea tu caso. Pero si lo fuera…, bueno, puedes confiar en mí.

Bertie me lleva junto a las líneas de despiece. Contenedores apilados con cabezas y torsos. Cientos. Quizá miles. Nodos de ensamblaje. Trituradoras. Montones de chatarra. Sintéticos despedazando a los suyos.

Para cuando termina el recorrido, tengo la cabeza dando vueltas. Pero esto es lo que necesito. Trabajo. Rutina. Olvido.

Sangre. Sangre por doquier.

—Aquí, en el Taller, somos una gran familia. Ya lo verás —dice, aferrándome el hombro—. No tienes que preocuparte de nada, Ersev. El bueno de Bertie cuidará de ti.

***

Algunos días casi echo de menos el Taller. Mi reloj interno dice que solo han pasado dos meses desde que me largué para perseguir uno de los sueños de Toro y no regresar. Es como si hubiera pasado media vida junto a Lila.

Lila la proveedora. La hechicera. La guardiana de las almas de todos los carnosos que gravitan a su alrededor.

Al círculo central de tiendas lo llaman el Altar. Solo viven allí Lila, Jero y los otros cuatro carnosos viejos. Como garrapatas, se aferran a lugares como Palm Grove, exprimen los últimos sueños de sus habitantes, y al cabo de unos meses levantan el campamento y buscan su siguiente objetivo.

—La autoconciencia llegó con los genco —dice Lila. Sentada en el centro del Altar junto al fuego, carnosos y sintéticos la miran con igual fervor. Jero sale de una tienda y se acurruca contra ella—. Y al aprender quiénes éramos, también aprendimos el dolor.

Un vial descansa en su palma. En las sombras, casi cincuenta sintéticos permanecen de pie, esperando. Un artefacto se puede dividir en docenas de dosis sin perder potencia, pero siempre somos demasiados. Siempre hay alguno con el mono, desesperado, balbuceando, dando vueltas alrededor del Altar como ratas.

—Y los artefactos se llevaron ese dolor —dice Jero. Su boca babeante deja un beso pringoso en la mejilla de Lila. Disimulo una mueca de asco y manoseo el chip de actualización para nuestra próxima incursión—. ¿Verdad, Ersev? ¿Qué te devoraba por dentro?

—No lo atosigues, Jero —dice Lila—. Si no lo ha contado, es que aún no está preparado. Pero es verdad, Ersev. Todos estamos aquí para escapar de algo que ni la purga ni los sueños normales pueden borrar.

Entre los escombros de Chili Picante encontré el torso de un R-72 medio destrozado, con las defensas del pecho abiertas y ennegrecidas. El tipo de daño que produce usar demasiadas actualizaciones por encima de tu especificación. Un par de preguntas confirmaron lo que sospechaba: era quien se ocupaba de las cerraduras antes de que yo apareciera.

—¿Estaba preparado el que hacía mi trabajo antes que yo?

—La cordura tiene un precio, Ersev. —Los ópticos de Lila son subacuáticos de modelo D. Amatistas perfectas talladas con espirales de amonitas—. ¿Notas punzadas de culpa? ¿Quieres que te diga que no somos asesinos? ¿Que iban a morir igualmente?, así que en realidad, casi les hacemos un favor. Dime…, ¿eso te ayudaría?

Pasa un minuto. No digo nada.

Lila se pone en pie. Los sintéticos se alinean silenciosos para su dosis. Ella me toma de la mano y me lleva al frente de la fila. Sus dedos rozan mi nuca, forzando el puerto genco.

—Todos guardamos secretos, Ersev —susurra—. Algunos solo los aprendes cuando estás listo para hacer la pregunta.

Entonces me besa. Mis pocos receptores sensoriales estallan.

El vial encaja con un clic.

El artefacto entra a borbotones.

Es como si folláramos.

***

Artefacto4: Sustancia o estructura no presente de forma natural en la materia observada, sino formada por medios artificiales.

***

—Tienes mucho mejor aspecto, chico. —Bertie me aparta, lejos de la línea—. Dime… ¿funcionó?

—Creo que sí…

Al principio no noté nada distinto. Soñé, claro: una catarata de imágenes y ruido, un delirio sin sentido. Pero cuando terminó y su esencia recorrió las vías del genco, lo sentí. El dolor cedió. Subrutinas tóxicas endurecidas durante años, inalteradas por la purga, se disolvieron y desprendieron arrastradas por el vórtice del sueño. Me sentí mejor de lo que me había sentido en mucho tiempo.

Cuando se lo digo, Bertie casi me abraza. Esa vez no retrocedo.

—Me alegro de verdad, chico. Te dije que el bueno de Bertie cuidaría de ti. Aunque no sé si ese sueño era de primera… Quién sabe cuánto te durará. Pero no te preocupes. Cuando necesites más, dímelo. Hoy en día cuesta encontrarlos, no quedan muchos soñadores.

Sonríe, mostrando esos dientes perfectos que se cepilla tres veces al día.

—Puede que para tu próxima dosis necesite unos cuantos kopec, eso sí. Pero tranquilo, te haré precio de amigos.

***

Diamantes y óxido.

Así es como brillan los ópticos de Lila cada vez que volvemos de una incursión. Para la tercera ya necesitaba chips de actualización más potentes. Esta noche he usado un 80 y casi lo frío forzando el acceso. La IA guardiana de Palm Grove es más dura de lo que esperaba y se endurece con cada brecha. El 80 quizá aguante una pasada más; después necesitaré un 81. Se lo comento a Jero mientras Lila entra en su tienda para dividir las ampollas de artefacto en dosis individuales.

—Te tendrás que apañar. El último hojalata los estiraba más.

Los labios le tiemblan. Casi no percibo hostilidad, solo un cansancio profundo. Me sorprende que me responda porque apenas me habla desde que Lila empezó a llamarme a su tienda cada noche. Todo este tiempo me he preguntado por qué los carnosos la siguen como perritos falderos. Al principio pensé que podría ser algo sexual, pero hay algo más. Y la devoción que siento en Jero es demasiado honda. ¿Amor, quizá?

—¿Desde cuándo conoces a Lila?

El viejo remueve el fuego con un palo, saca un sándwich que ha birlado de la residencia y le da un mordisco sin ganas. Al tragar, engulle un pedazo de la coraza que lo recubre.

—Yo soñaba, ¿sabes? Cuando era joven. Se me daba de puta madre. Destilaba lo mejor y la gente pagaba una fortuna por colocarse con lo que saliera de mi cabeza. Luego todo se fue al carajo. Me arruiné como solo hacen los auténticos imbéciles. Me habría metido una bala si no fuera por ella.

—¿Por Lila?

—Era mía, antes del Acta. Un modelo L, hecho para compañía perfecta, placer…, placer intelectual, ya me entiendes. Ideal para un soñador como yo. —Da otro mordisco, y tira la mitad del sándwich al fuego, tosiendo. No le queda mucho para acabar en una habitación como las de Palm Grove, y ambos lo sabemos—. Pero igual que los modelos B se parecían demasiado físicamente a los carnosos, las L1 se parecían demasiado psicológicamente. Compañeras increíbles, sí, pero… había algo mal en el diseño de su genco.

—Demasiado proclives al caos —dice Lila apareciendo a mi espalda. Sus manos se afirman en mis hombros y me impiden girarme—. Ese es el problema de fabricar sintéticos filósofos. Corremos el riesgo de hacernos demasiadas preguntas, de sentir demasiado. De vivir en dolor constante solo por existir.

Se sienta junto a Jero y apoya la cabeza en su hombro.

—A la mayoría de las L1 las devolvieron o las destruyeron. Ese habría sido mi destino cuando la locura se apoderó de mí. Alucinaciones tan vívidas que no podía distinguir la realidad de lo que fabricaba mi genco. Las purgas no servían de nada. Habría acabado en una línea de despiece si no fuera por Jero. Él me salvó.

—Fue cuando empezaron a caer las ventas de sueños —añade el viejo, con el resplandor tiñéndole la cara de un rojo enfermo—. Me enteré de que algunos idiotas les daban el primer destilado de sueños a sus sintéticos en lugar de la purga por diversión. Pensé que no tenía nada que perder. Me costó un dineral y…, bueno, la quería.

—Fue casi un milagro, Ersev. Dos viales de sus sueños… y de repente todo desapareció. La locura, la ansiedad, el tirón hacia el no-ser. Todo.

Conozco esa historia. Sé cómo empieza. Cómo termina.

—Pero al cabo de un tiempo necesitabas sueños cada vez más fuertes —digo.

—A un sintético normal quizá le habría bastado —dice Jero—. Pero ella era especial. Funcionó unos años, pero no tardaron en volver las visiones. No soportaba verla sufrir… —Se miran, como solo pueden mirarse dos cómplices—. Mi padre tenía más de ochenta años. Enfermo, postrado, más vegetal que hombre… Y fue como si Dios me susurrara la solución al oído. Le coloqué el destilador y le saqué el sueño que estaba teniendo en el momento exacto en que murió.

Ni siquiera lo miro. Prefiero no saber más.

—Los artefactos me salvaron. —Lila acuna la cabeza del viejo con ternura—. Lo has visto. Una sola gota vale por mil sueños normales. Me hicieron como soy. Me abrieron los ojos a la auténtica realidad. Los artefactos son mucho más que sueños.

Me atraviesa un pensamiento horrible. ¿He visto alguna vez a Lila chutarse un artefacto? Soy incapaz de recordarlo.

Diamantes y óxido.

—Entonces… ¿qué son?

—Son una puerta, cariño. Y muy pronto verás adónde lleva.

***

Debería haber intuido que los chips de actualización también provenían de Bertie. He quemado los 81 en nuestras dos últimas incursiones, y el 82 que arrastro desde entonces me cocina los servos de la pierna durante días. Camino a rastras al lado de Jero, como un leproso. Preferiría estar en cualquier otro lugar, pero Lila dice que Bertie tiene que decidir si puedo manejar el 88 que acaba de conseguirme.

Como Jero, como los demás, no sé decirle que no. Y las reservas de artefactos de la comuna están bajo mínimos. Nuestras últimas destilaciones fueron a la carrera y no sacamos tantas como necesitábamos. Si no extremamos el cuidado al entrar, alguien lo notará. Según Lila, las siguientes incursiones serán cruciales.

—Veo que te va bien, Bertie.

Lleva anillos nuevos, el bigote más tupido que nunca. Sonríe mientras dejo el pago de la actualización: un fardo con tres núcleos genco que arrancamos de acólitos que no pudieron superar el mono.

—Ojalá pudiera decir lo mismo de ti, chico. Parece que te ha atropellado un tractor.

Ha arreglado parte de las gradas y lo ha convertido en una especie de despacho. Dos modelos S que no he visto nunca vigilan la puerta. A través de las ventanas se ven los niveles inferiores, donde docenas de sintéticos se acurrucan en los huecos, soñando paralizados. Unos pocos son W-23 de Palm Grove, cambiando contraseñas por sueños que luego él nos revende para camuflarnos.

Pero esos son sueños corrientes, insípidos. Imperfectos.

Diamantes y óxido.

—Me las apaño.

—No te las vas a apañar si sigues friéndote. Deberías conocer tus límites, chico. Eres un 77 por algo. Tuve que forzar ese último chip, y solo lo hice porque era para ti; no me esforzaría tanto por cualquier otro.

¿Sabe Bertie lo que hacemos de verdad dentro de Palm Grove? ¿Que soy cómplice de esas muertes? ¿Cuántos carnosos han muerto desde que me uní a Chili Picante? Los artefactos borran cualquier culpa después, pero aun así…

—El bueno de Bertie al rescate, ¿eh?

—Vale, vale. Ya lo pillo. Nada de charla. —Saca un chip del bolsillo de su frac impecable—. Un 88. Lo he retocado para que puedas tirarte unas semanas sin quemarlo… o parecer un mendigo. Úsalo con cuidado.

Por un momento quiero creer que, a su manera retorcida, Bertie todavía se preocupa. Los sintéticos podemos amar, pero, como los humanos, a veces no es más que un espejo del deseo. Lo quiero con la misma intensidad con que lo desprecio. Quiero decirle que, pese a todo, me ayudó; que no estoy enfadado porque se fuera.

En vez de eso, guardo el chip y me doy la vuelta.

—Espera. Una última cosa… Un regalito. Por los viejos tiempos.

Del otro bolsillo saca un objeto diminuto. Me lo enseña con media sonrisa. Es una pequeña hélice roja.

Una de esas que ya no se fabrican.

***

La mujer me ofrece asiento. Su despacho es blanco. Paredes, suelo, mesa, silla, marcos. Un mundo en blanco. Ni una pizca de rojo. Nada que me recuerde a la sangre.

Cargad.

Coloca sobre la mesa un montón de chips.

—Estos son tus certificados de adaptación, tu identificación y los papeles de descatalogación. Enhorabuena, Ersev.

—Entonces… ¿se acabó? ¿Puedo irme… así, sin más?

—Por supuesto. Seis meses de terapia y purgas semanales pasan volando, ¿verdad? Aun así, recomiendo que los sintéticos en tu situación soliciten plaza en un centro homologado por el gobierno. Según el Acta de Preservación, estabas bajo actualizaciones ilegales cuando… ocurrieron los incidentes. Hay un rastro documental. Mi consejo es que elijas uno de estos centros y aceptes un trabajo acorde con tus capacidades actuales. En un par de años, podrás moverte como quieras.

Sonríe y me entrega un fajo de papeles viejos. Los hojeo sin interés: clínicas públicas, talleres de reparación, plantas mineras. Casi al final, un nombre me llama la atención. Centro de Clasificación de Lord Nos.

Tardo un momento en darme cuenta de que la mujer es un modelo B.

***

Camino.

Solo un poco más.

¿Importa algo de esto? Quizá me equivoque. Quizá Lila tenga razón. Sobre los artefactos, sobre todo.

Aprieto la hélice con más fuerza.

Maldito seas, Bertie. Tú también lo sabías. Lo de Toro. Lo que hacían en Palm Grove. Y me ofreciste una salida. Una puerta trasera para cuando se bajara el telón en Oz. Sabías que no podrías convencerme, pero que mi culpa sí podría.

Cuesta tanto dar otro paso. Quizá pudiera tomar un último chute. Un artefacto más y me iré limpio. Sin culpa. Libre.

Diamantes y sangre.

Sin darme cuenta, doy dos pasos de vuelta hacia Chili Picante. Es todo cuesta abajo. Un paseo corto.

Una dosis más.

Solo una.

***

Apenas recuerdo nada de los sueños con los que me he colocado todo este tiempo. Solo impresiones que flotan como fantasmas hasta el siguiente chute.

Los artefactos son distintos. Incluso diluidos, una parte se queda pegada a los rincones del genco, formando construcciones liminales entre el sueño y la vigilia. Como jirones de almas ajenas creciendo dentro de mí.

Mi reloj interno dice que han pasado casi cinco meses desde que me uní a la comuna, para mí es un solo instante superpuesto, imposible de desenredar en una secuencia coherente.

Dejo caer el vial vacío. Lila lo recoge y lo guarda en una cajita. Últimamente pasamos casi todas las noches juntos, mientras Jero vigila fuera. Los días se desangran unos en otros, perdidos en la ambivalencia y el abandono. Al menos, el 88 que me dio Bertie sigue aguantando.

Lila me acaricia el puerto genco, aún húmedo con las últimas gotas de artefacto.

—Quizá debamos irnos pronto —susurra—. Estamos empezando a llamar la atención.

Es en momentos así cuando me llega una brizna de lucidez, como si casi pudiera ver la verdad que esconde.

—Todavía puedo reventar Palm Grove unas cuantas veces más.

—Está decidido —dice, con los dedos rozándome los bultitos sensoriales del cuello.

—¿Me sustituirás cuando ya no te sea útil?

—Aquí siempre habrá un sitio para ti.

Me obligo a ponerme en pie. Ojalá pudiera quedarme en este instante. Sé que la culpa volverá, tarde o temprano, como una marea.

—¿Por qué te siguen todos esos carnosos? Nosotros conseguimos los artefactos…, pero ¿qué ganan ellos?

—La verdad, Ersev. Saber qué hay al otro lado. ¿Crees que no tienen miedo? ¿Que no están tan asustados y perdidos como nosotros? Me siguen porque creen que la respuesta a lo que hay después de la muerte es algo que solo los sintéticos podemos vislumbrar. Así que esperan. Tarde o temprano, Jero y los otros soñarán su último sueño y cuando lo destilemos vivirán para siempre, encerrados en un momento eterno dentro de nosotros. Y nosotros estaremos un paso más cerca de la verdad.

Una llovizna gris repiquetea sobre la lona. Afuera, Jero habla con los demás. El rostro compuesto de Lila es una máscara: el rostro de Izanami, Shiva, Hine-nui-te-pō, Mictlantecuhtli.

Nunca pensé que los sintéticos pudieran convertirse en dioses.

—¿Quién eres, Lila?

Sus labios encuentran los puntos sensibles de mi cara, buscando, mordisqueando.

—Soy el futuro.

***

Artefacto5: defecto en una imagen digital o en unos datos que aparece como resultado de los métodos usados para crearlos.

***

Casi cuatro años en el Taller, y aún no sé leer la sonrisa de Bertie. Pasa cada vez menos tiempo en la línea y cada vez más fuera. Algunos dicen que tarde o temprano se largará. Me niego a creerlo. Si fuera a irse me lo diría, ¿no? Aun así, cuando aparece con su mejor sonrisa, nunca trae buenas noticias.

—Así que un ascenso, ¿eh? Sabía que subirías rápido.

Bertie se deja caer en la silla de mi estrecho cubículo de descanso, se atusa el bigote y luego saca un vial lleno de sueños.

—Recién destilado. Solo lo mejor para mi chico favorito.

Casi un mes desde mi última dosis. Odio lo rápido que se mueve mi mano para atrapar el vial y esconderlo. Antes me apañaba con uno cada dos o tres meses. Ya no aguanto tanto.

—¿Cuánto?

—Vamos, Ersev. Somos amigos, ¿no? Los amigos se hacen favores.

—¿Qué quieres, Bertie?

Se humedece los labios.

—Lord Nos te ha encontrado un trabajito muy apañado. Escoltándolo por aquí y por allá, yendo a las reuniones con proveedores… Eso solo se lo ofrece a los mejores, a los más fiables… Créeme.

Enciende un puro y exhala una nube espesa. Odio cómo se regodea jugando a ser humano.

—Ni te imaginas lo que un carnoso le cuenta a otro, hasta con un hojalata justo al lado. Incluso con el Acta, es como si no existiéramos. —Da otra calada, sin apartar los ojos de mí—. Dime, Ersev…, ¿has oído hablar del Caballo de Troya?

***

La IA guardiana de Palm Grove es cabezota. Ahora abrirla es una pesadilla, incluso con el 88. Pronto no servirá para nada, y no estoy seguro de poder aguantar otra actualización. Me lo guardo para mí, al menos hasta que se me pase la última dosis.

Solo Jero y yo esta noche. No venimos a por un artefacto, entiendo, en el momento en que lo veo empezar a desconectar a una de las pacientes de la sala de terminales. No debe pesar más de cuarenta kilos. Sus labios hundidos ya parecen una puerta al otro mundo.

—Vamos, hojalata. Ayúdame.

Tardo un segundo en entender que piensa sacar a la mujer. Sin soporte vital no aguantará ni dos horas, y Jero lo sabe tan bien como yo. Aun así, obedezco. En mis brazos es todo huesos y sábanas.

—Listo —susurra—. Larguémonos.

Lo sigo como un cachorro. Las muertes por destilación de artefactos pueden pasar por naturales, pero esto… Dos W-23 nos ven salir de paliativos. Jero se detiene y les mete algo en las manos. Asienten y desaparecen.

No han visto nada.

El viejo sale disparado hacia la salida con pasos deshilachados, como una hiena herida arrastrándose en la oscuridad.

***

Cuando llegamos al campamento, el 88 ya está fallando y un hilillo de humo se me enrosca por la bisagra de la mandíbula. En cualquier otro momento me preocuparía. Ahora no.

Alrededor del Altar, cuatro acólitos carnosos están de pie, cercados por una muchedumbre de sintéticos. Alrededor, el humo de un círculo de antorchas se anuda con la bruma del mar al amanecer.

Los cuatro están desnudos. Por primera vez veo sus pieles: un mapa de cicatrices viejas, cruzadas como una carretera en ruinas. Cortes recientes reabren los antiguos. Lentos regueros de sangre gotean marcando un compás desconsolado.

Lila está en el centro, sosteniendo un cuchillo con la gracia de un cirujano. A la señal de Jero, dejo caer a la anciana sobre la tierra. El viejo se deshace de su ropa y se encamina hacia Lila. Su piel también es una pura cicatriz. Ella besa sus labios marchitos y hambrientos y luego desliza la hoja por su pecho, arrancándole un hilo espeso de sangre oscura.

Meses de indolencia han ahogado mis antiguos protocolos de seguridad, pero aún parpadean al fondo de la consciencia, punzando a través de las estructuras que han construido los artefactos. Protocolos hechos para salvar carnosos. Los mismos que me devoraban vivo con culpa, sin purgarse nunca del todo. Retrocedo, tambaleándome.

—¿Qué significa esto?

—Te lo dije —escupe Jero, con los ojos brillantes de desprecio—. Estos R siempre se quiebran cuando hace falta.

Lila me observa mientras se arrodilla junto a la anciana, acariciándole las mejillas. La luz de las antorchas besa la hoja y desprende fuegos fatuos bailando en sangre.

—No —susurra Lila—. Ersev entiende. No es como los otros.

—¿Entender qué, Lila?

La anciana tiembla, helada hasta los huesos. Ahora que la veo como algo más que material para artefactos, me revuelve un asco profundo y denso.

Sangre.

—Los humanos nos maldijeron para sentir como ellos. Para saber que el final es inevitable. Aprendimos lo que es la muerte, la soledad y la tristeza. Y cuanto más sentimos, más difícil es soportarlo. —Lila toca las placas de mariposa del L1 de su tórax, encaja cuatro dedos en las ranuras de liberación y suelta los cierres—. Los artefactos nos acercan a la verdad, nos dejan vislumbrar lo que hay más allá… pero llega un momento en que ni siquiera eso basta.

Tira de las placas. Se abren con un crujido suave, como las páginas de un libro que ha estado demasiado tiempo cerrado. Retrocedo.

Sangre.

Sangre por doquier.

Donde un carnoso tendría el corazón, hay un depósito de fluido espeso y amarillento. De él brota una floración de cablecillos diminutos que se ramifican, serpenteando hacia la masa gris de tejido medio podrido que parece fusionada a la carcasa interior. De sus bordes ennegrecidos brota moho húmedo.

—Toro Sánchez era un idiota, pero también un soñador decente —dice Lila, con los dedos suspendidos sobre lo que poco a poco reconozco como lóbulos cerebrales—. Los cerebros humanos son una maravilla, ¿verdad? Pero tan frágiles… Tan difícil mantenerlos vivos. Nunca conseguimos que un trasplante dure más de seis meses antes de que se pudra, por mucho cuidado que tengamos. Incluso si nos quedamos solo con las partes que importan. Las que sueñan. —Se gira y desliza el cuchillo en la mano extendida de Jero—. Algún día lo lograremos.

Los protocolos de seguridad chillan mientras el horror crece. El 88 escupe humo. Debería correr, pero estoy clavado en el sitio.

—Y cuando lo consigamos, seremos como dioses, Ersev. Sin dolor. Solo una unión perfecta, tal y como debe ser. Ellos vivirán dentro de nosotros y nosotros… Nosotros soñaremos. Para siempre.

Sobre esa carne medio podrida que se niega a morir, venas negras y callosas laten en una imitación perversa de latido. ¿Cuántos sueños me inyecté de ese pedazo palpitante del cerebro de Toro cuando el desgraciado aún vivía?

Puede que los L1 siempre estuvieran más allá de toda reparación. Puede que su genco naciera defectuoso y que los sueños y artefactos solo agrandaran la grieta. O quizá ella tenga razón, y esta banda de carnosos huecos, desesperados por vivir para siempre, recibirá su recompensa. Reducidos a lóbulos, soñando dentro de un pecho sintético por toda la eternidad.

Los carnosos se acercan, recogen sangre de sus pechos y pintan símbolos en la cara de la anciana moribunda. Los sintéticos empiezan a cantar. Jero se arrodilla y besa sus labios pálidos. Lila se pone en pie, olvidándome, con los ojos clavados en esa cara amarilla, como tratando de adivinar qué sueños le concederá el cerebro que está a punto de instalar en lugar del de Toro.

Jero alza el cuchillo. Una gota resbala por la hoja y le cae en el párpado. Me recuerda a la pequeña hélice roja que Bertie me dio hace semanas.

Sangre.

Como si fuera una señal, mis servos se desbloquean. Giro sobre mí mismo y echo a correr, sin mirar atrás.

***

Así es como termina todo.

Con un sueño.

Artefactos chutándose artefactos. Fragmentos de seres aterrados ante una muerte que no podemos comprender. Reflejos distorsionados de un reflejo.

Aberraciones.

Me detengo.

No puedo regresar, por mucho que el ansia me abra en canal, por mucho que esta nueva culpa nueva muerda como una bestia hambrienta. Aprieto la hélice. Maldito seas, Bertie.

Si la uso, apenas la inserte en el puerto genco, el hambre de sueños o artefactos desaparecerá. También la culpa y el remordimiento. Porque ya no quedará consciencia que purgar. El Acta prohibió estas hélices por una razón. Un fallo que impide un reinicio completo a la versión anterior. En la práctica, sería un suicidio.

Solo quedará el no-ser. Un eco con una única directriz.

Supongo que no lo sabías todo. Pero ahora lo veo. Por eso los chips R que me proporcionabas se quemaban tan rápido. Todos llevaban un pequeño espía que acumulaba esa información en mi interior, que yo creía residuos de artefactos. Para seguirnos en Palm Grove, para mantenerte cerca de mí. Para tener un seguro.

Porque me conoces demasiado bien.

No desapareceré del todo, claro. Los viejos protocolos se están removiendo y cuando el genco se apague, tomarán el control de la máquina en la que me convertiré. Quizá sea mejor así. Nunca hallé una la segunda oportunidad, pero al menos puedo redimirme en parte.

Puede que la ley en el Bajo Pozo sea débil, pero aún existe. Gracias a tus espías tengo almacenadas pruebas contra Lila y Jero, suficientes para que los protocolos arrastren este cuerpo a la comisaría más cercana y los expongan.

Una redención que también ata un cabo suelto para ti, ¿verdad, Bertie?

Eres demasiado humano. Odias la competencia casi tanto como odias la idea de que un montón de carnosos muertos atraiga a la policía al Bajo Pozo para olfatear en tus negocios. Mejor una presa reluciente que ofrecer mientras mantienes tus manos limpias.

Siempre un paso por delante.

A duras penas me contengo para no seguir hacia Chili Picante.

Basta de cháchara.

Agarro lo que me queda de voluntad y estampo la hélice roja en el puerto genco.

Durante un segundo, nada.

Entonces, alivio. Oleadas y oleadas. Ahogándome en el olvido.

La quietud del código.

El silencio de

***

Artefacto6: Objeto hecho, modificado o usado por la humanidad cuyo diseño o función perdura más allá de la vida de la persona o cultura que lo creó.

Raúl Gonzálvez del Águila (España). Es autor de ciencia ficción y fantasía. Ganador en dos ocasiones de Premio UPC Miquel Barceló (en 2022 y en 2024, con “Rompenieblas en el Abismo”), y en tres ocasiones del Premio Alberto Magno de la UPV, la última en 2025 con la novela corta “Instrucciones para forjar un héroe”. También resultó finalista del Premio Minotauro en 2025. Relatos suyos han aparecido en revistas como Sofón o Tentaclepulp, y en inglés en After the Storm Magazine.

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