I

Éxodo: emergimos del desagüe, nuestras branquias se drenaron, las algas tornaron cabelleras, extremidades escamosas mutaron en un par de columnas para sostener cuerpos, como templos que no hallan dónde cimentar. Huérfanas del agua.

II

Fuimos peces de sangre asomadas en la superficie, para mirar donde fuego y agua eclipsan. Nadábamos hacia la nata roja carmín violeta, pero la veloz caída diagonal de la negrura a nuestra espalda nos borraba la ruta.

Ahora llevamos el eclipse: agridulce jugo: hilos de vida y muerte entre las piernas; somos marea alta roja carmín violeta, cada veintiocho días: aullido, ululación, balido, canto.

III

En tierra firme la gravedad hace lo suyo: nos pesan la carne, los huesos, la cavidad llena de aire. Atrás quedó el vuelo húmedo, su ondulada ligereza viperina.

Paridas por el mar a tierra adentro desconocemos si por azar o destino encallamos.

El peso nos despertó del sueño abisal, entonces nos descubrimos desnudas, perlas arrojadas de su ostra.

IV

De pronto fuimos, somos, islas rodeadas de lava. Islas imantadas en archipiélagos. No necesitamos lengua común, son evidentes las aletas rotas debajo de las uñas mal pintadas, el coraje en las estrías, el hueso de arrecife, el tenaz vaivén de ola: nado aprendido a contracorriente. Sabremos reconocernos, nos dijimos, siempre que la espuma aderece nuestros muslos y la sal no sólo brote de los ojos.

V

Heredamos de la luna la marea, el ciclo, el arrojo;
de la ola, el montar crestas sin temor a la caída;
de la tierra, el temblor, el balbuceo en semilla y pájaro,
el crecer flor o maleza en cualquier resquicio;
de la arena, el desmoronarse y reconstruirse
más allá de las orillas.

VI

Si somos perlas extraídas de su ostra, ¿por qué nuestro oriente se empaña?

VII

Mar en el nombre madre: entraña: mar amniótico. Mar: marea que vierte ríos tierra adentro, madre leche, sangre, lágrima: océanos dulces y salados para sostener a una progenie por los siglos de los siglos. Caldos y marismas, mordacidad y ternura, proteger es boya, también tormenta, pero la saliva acre de la vida escupe esquirlas más filosas y su golpe hercúleo atina, duele.

VIII

¿Cómo volver al vientre del mar si se han borrado nuestras huellas? Sólo conservamos su rastro en los ojos y la piel, cuando somos remolino.

IX

Dicen que la desdentada mandíbula del mar nos escupió a la arena. Dicen que varadas en las costas, tumefactas, cerúleas, vimos enfriar la tempestad en marea, el mar en ola, la ola en gota, fuimos salpicadura. Dicen. Nuestra impronta de hidrógeno y oxígeno conserva rastros de anémona y medusa, memorias de cetáceo y sirena. Aunque por miles de años se rezó la oración del polvo, su afirmación de origen y destino, el cuerpo suda, llora, se deshiela, se desangra. Y en su último estertor, antes de sumergirse para siempre en su noche submarina, el cuerpo se desflema: un mar lo inunda, lo desborda y recupera su dominio en los pulmones.

Frida Montesinos (México). Bailarina y maestra de danzas de raíz afro. Su interés por diferentes manifestaciones artísticas la ha conducido a explorar la poesía. Para ella, el lenguaje de la danza y de la poesía se complementan. Ha colaborado con las revistas digitales Danzante, Prácticas de vuelo, Pérgola de Humo y Casapaís. Ha cursado talleres con las poetas Mónica Nepote, Gabriela Rosas y Patricia Arredondo. Actualmente estudia la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana, y es alumna del taller “Archipiélago”, a cargo del poeta David Anuar.

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