I

Aprendí que los sueños
son caminos
para regalar abrazos a los muertos.

II

Hay que bailar con el inconsciente,
que en cada cajón hay una máscara,
tacones con poesía escrita
en plumas de atardecer.

III

Me dijiste: es mejor
dormir con pestañas
de pétalos rizados,
tocando tu tiempo
con agujas de
relojes invertidos.

Es mejor dar pasos para atrás
para así desnudar las huellas del futuro.

IV

Descifré que el apocalipsis
es la portada de un periódico,
y que los cuentos de ficción
deambulan en una biblia.

V

Las historias saltan
del cuello de una pasta dura,
calladas en la batalla
de un juego de ajedrez
en el que solo mi cabeza
mueve las piezas.

VI

En sueños se me reveló
que el futuro es un rompecabezas,
que nace de la tinta
para morir en una hoja de papel
cuando la última nube desfallece.

VII

Recorrí el mundo onírico
para conocer mis muertes
y la de mis ancestros.

La muerte diaria de ocho horas nocturnas
es el tiempo que marcan los difuntos,
que disfrutan de algodones en sus entrañas
y las pláticas con las brujas.

VIII

Instantes de cabezas mutiladas
que sonríen y pronuncian tu nombre,
y una estrella invertida
guía a las ciudades arcoírisque se construyen en el fondo del mar.

IX

Observé mi cuerpo cercenado
con el plumaje de un cuervo
zurciendo mis malsanas neuronas.

Me sostuve en los rizos de las pesadillas
que deambulan a las tres y treinta y cinco
de la madrugada,
con un diálogo que canta más allá
del tiempo de los fantasmas.

Penetré en el iris
de tu pupila alargada
en cortinas
que esconden
tu erotismo en auras,
que se desprende de las sábanas muertas.

X

Visitas de desconocidos
que hablan a través
y al revés
de sus huesos.

XI

Construí relatos
de la muerte del consciente,
con letras de montañas resquebrajadas,
líneas de llantos de fuego,
y el veneno de una serpiente
que sodomiza hojas vacías.

Así deambulé por las aterciopeladas
olas del sueño,
rutas dibujadas en la cera de una
vela vacía,
y el sonido de las huellas
de una canción de cuna
de lentejuela nocturna.

XII

La tierra es un gran cementerio
de los que mueren y duermen
y sueñan
con ojos de madera,
mientras las hechiceras se deleitan
con sus cuerpos sin piel.

XIII

Los muertos también sueñan
y en sus visiones
hay carreteras de mariposas
que flotan sin dolor.

Así muertos y vivos
vivos que sueñan con muertos
muertos que en ensueño regresan,
son instantes de películas,
que resurgen de sus cuerpos
de monasterios
arrullando conejos azules.

Ángela Escobar Clarimonda (México). Es actriz, escritora y directora audiovisual. Estudió teatro en CADAC y creación literaria en la SOGEM. Escribe terror, ciencia ficción y obras de corte científico. Ha participado en más de treinta puestas en escena. Publicó un libro de poesía, titulado: Debajo de mis venas silenciosas. Ha publicado cuento, poesía y dramaturgia en revistas electrónicas como en papel. Fue ganadora en la convocatoria: Historias del Té por la Compañía Nacional de Teatro. Fue seleccionada en el festival Dulcísimo Ovario con su cortometraje Fantasmagoría. Sus textos se han publicado en países como: México, Argentina, Perú, Grecia, Alemania y Estados Unidos.

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