NO. 4 (SEPTIEMBRE 2026) / FICCIÓN / 6,999 PALABRAS
Si no los escuchas,
te perderás la magia;
si los escuchas,
puede que te pierdas en ella.
Fray Etduan el Corremundos,
proverbio sobre el arte de contar cuentos
El cuentista se sube con evidente esfuerzo a una de las siete rocas de la Plaza de las historias. Se sienta y observa algún punto más allá de los que estamos aquí para escucharlo.
Levanta su mano derecha y noto que su antebrazo es arrugado y feo, como si estuviese cubierto con varios retazos de piel mal cocidos por un niño. Sin dudas, una vieja quemadura. Tiene un poco más de canas, pero aparte de ese detalle y de la cicatriz de fuego, mis ojos adultos no ven otra diferencia entre este hombre y aquel que nos visitó hace tantos años. Sí, sí, sí, así mismo es.
Noto que cierra los ojos. Creí que no contaría ninguna historia esta tarde. Supe que estuvo bebiendo toda la noche, y esta mañana cuando lo vi caminar hasta la plaza, tambaleándose y riendo fuerte, pensé que caería desmayado antes de llegar a su destino.
Pero ahí está, sobre la roca mayor, la reservada para los cuentistas que nacieron en nuestra tierra, con su brazo en alto y los ojos cerrados, mirando hacia dentro. Da un largo suspiro, su pecho sube y baja. De súbito nos mira. Sus ojos parecen los de otro, otro hombre, otro mundo.
Siento escalofríos. Recuerdo el cuento de la última visita, el de la sierpe de siete cabezas que duerme bajo una gran roca en el centro de un río de aguas marrones.
Estoy seguro que nadie ha olvidado aquella experiencia, y menos Dcurco, el herrero, que se desmayó a mitad de la historia luego de gritar por una mano mutilada que en realidad seguía sana y fuerte y, sobre todo, unida a su cuerpo.
También yo sentí que había perdido la mano por un mordisco de una de las cabezas de la sierpe. No me desmayé, pero luego tuve que lavar mis pantalones. Nadie escapa de la magia, el encanto y el horror de las palabras de este narrador, y nadie quiere perderse sus cuentos.
Ninguno de los cuentistas que vinieron luego logró lo que él. Sí, sí, sí, así mismo es.
Nos sigue mirando. Respira hondo y comienza a narrar:
***
Cuentan que cuentan lo que ahora mismo les contaré:
Hace mucho tiempo, más del que podamos imaginar, un gran Dios sin nombre y todopoderoso encomendó a siete de sus hijos la tarea de llenar de vida a siete rocas que él mismo había expulsado de su cuerpo.
Siete mundos y siete dioses que se pusieron a trabajar de inmediato. Dejaron caer su magia sobre aquellas rocas vacías y crearon agua, fuego, tierra y viento, amor y odio. Crearon plantas, insectos, aves, peces y bestias; crearon a las personas y sobre estas dejaron un poco de su divina inteligencia para que nombraran a los seres y las cosas.
Nuestro mundo es uno de esos siete, y los otros seis se encuentran tan lejanos e inalcanzables de nuestro hogar, que nada podríamos saber ni contar de ellos, si el dios fisgón no hubiese hecho su parte en esta historia.
El octavo hijo del gran Dios, al que no se le encomendó crear vida, decidió visitar cada una de las creaciones de sus hermanos mayores tan pronto las culminaron. Curiosear, divertirse, contemplar. Esos eran los deseos del dios sin mundo, el fisgón.
Recorrió cada mundo, brincando de uno a otro, abriendo portales mágicos y creando, sin saber, una ruta fija de viaje. No se olviden de este detalle.
Descubrió a las criaturillas pensantes de sus hermanos, y tan fascinado quedó, que muy pronto comenzó a retozar con ellas, como ningún dios lo hizo antes. Algunos cuentistas dicen que se consolaba por no haber creado, dejando su estirpe en los siete mundos.
Y esos vástagos suyos, incapaces de negar su naturaleza singular, pronto despertaron un don único e imposible para los de linaje menos especial. Ellos también pueden viajar entre los mundos. Brincan de uno a otro, tal como su padre, y fisgonean aquello que les es ajeno.
Los Viajeros mágicos investigan, aprenden; algunos se convierten en sabios, otros se pervierten y crean caos ahí a donde llegan. Aprovechan su don para dedicarse a labores que nadie más podría hacer o para innovar en los oficios más comunes.
Así, tenemos a los comerciantes que llevan mercancías exóticas de un mundo a otro. Hay Viajeros que se dedican a enseñar, a todo aquel que quiera aprender, los misterios y realidades del universo. Dicen, por ejemplo, que en nuestro mundo se inventaron los cuentos, y que gracias a algún Viajero cuentista se cuentan historias en casi todos los otros; así mismo, puede que algún Viajero del mundo de las llamas enseñó a encender la primera hoguera de nuestro mundo.
Un pequeño grupo de estos seres maravillosos se dedica a la música, la pintura, la escultura, y los más inteligentes optan por cultivar la narración de cuentos. Quizás alguna vez haya pasado por aquí uno de los cuentistas. Yo conocí uno hace años en la taberna de un pueblo lejano, y fue él quien me contó todo esto…
Así es, mis queridos oyentes…
***
De repente, el cuentista se detiene y su cara se acerca a su pecho. Creo que finalmente se durmió. Lo que ha contado me deja algo confundido, pues, aunque me parece increíble todo el asunto de los Viajeros, de los mundos y del dios fisgón, todo ha terminado en nada. No hubo ninguna aventura. Al parecer, la borrachera sí le nubló la mente. Algunos se levantan, yo hago lo mismo.
—¿A dónde van? —Su voz recorre la plaza y la periferia. Todos nos sentamos. Yo más rápido que los demás…
»No he terminado. Ni siquiera he contado la historia. Todo esto fue un adelanto, una breve introducción para que sus mentes limitadas se abran a la maravilla de los siete mundos, imposibles para ustedes, pero no para los Viajeros y para aquellos que contamos historias.
Entonces alza los ojos al cielo, se soba el brazo achicharrado, y yo siento que los velos de mi nuca se erizan. La historia está por comenzar. Sí, sí, sí, así mismo es.
***
Los Viajeros no controlan todo cuando se mueven entre los mundos. Recuerden lo que dije: el dios fisgón trazó una ruta fija, y cualquiera de sus hijos brinca de su propio mundo al que le sigue, de acuerdo al orden que él mismo instauró en su primer recorrido. El viaje los desgasta, agota la magia, y deben esperar, a veces días, a veces meses e incluso años, para poder hacer uso de su don.
Al recargar la magia, pueden brincar al siguiente. Nunca se repite un mundo, nunca antes de que el recorrido haya abarcado a los siete. Puede que pasen años antes de que un Viajero vuelva a la tierra en la que nació.
El que me encontré en la taberna, además de hablarme de los que son como él, me contó una experiencia que tuvo años atrás, y esa es la historia que finalmente les narraré…
El cuentista Viajero llegó al cuarto mundo según su cuenta. Llevaba cuatro años haciendo su recorrido maravilloso, y estaba cargado con joyas preciosas y anécdotas para contar por décadas. Había recorrido terrenos llanos y montañosos; se había adentrado en selvas y había deambulado por urbes; se integró a pueblos amistosos y sirvió de mediador entre comunidades enemigas. Por poco, solo por poco no fue elegido rey de un pueblo subterráneo de gente que comía sueños. Había ganado experiencia, temple y astucia, pero no estaba preparado para este nuevo destino y sus inmensas extensiones de arena, solo arena.
Apareció en medio de aquel desierto y sintió miedo al no ver árboles en el panorama. Vagó bajo una estrella abrasadora, agotó su pequeña reserva de agua y las galletas que le regalaron al despedirlo en el mundo anterior. Sus calzados comenzaron a achicharrarse, su piel se quemó bajo las telas ligeras que la cubrían.
No encontró ningún pueblo, ninguna persona o animal. Él fue el encontrado, medio muerto, casi oculto en la arena y ajeno a lo que pasaba a su alrededor.
Le tomó semanas recuperarse, pero lo hizo. Volvió a ser el cuentista vivaz y dicharachero de siempre. Lo calzaron con zapatos de suela gruesa y lo vistieron con mantos que lo protegían de los terribles rayos de la estrella, y salió a conocer aquel pedazo de mundo, la primera muestra de su nueva aventura.
La comunidad estaba a orillas de un río bravo que parecía la herida abierta en la piel de aquel mundo árido. Los hombres usaban telas gruesas y alargadas enrolladas en la cabeza; telas similares eran usadas por las mujeres, pero estas dejaban que cayeran a lo largo de sus espaldas, como mágicas cabelleras hechas de mosaicos multicolores. Los niños corrían y lo señalaban riendo. Vio pescados guindados en palos fuera de las tiendas, y rebaños de animales pequeños y gordos que supuso, con acierto, formaban parte de la gastronomía local.
Había otros animales, más grandes y majestuosos, que tenían lomos pronunciados y vagaban por aquí y por allá luciendo sillas de montar y arneses. La vegetación era escasa, pero comparado con lo primero que vio del mundo, aquel era todo un paraíso.
No le costó nada integrarse. Su magia, aunque agotada para viajar, le permitía aprender idiomas con facilidad, así que las primeras palabras y frases las aprendió mientras sanaba, y cuando salió de la tienda, ya podía comunicarse con oraciones simples.
Pronto descubrió que los habitantes de aquellas tierras parecían tener fuego en las entrañas. La piel que los cubría era más caliente que ninguna otra piel que hubiese tocado. Se maravilló al ver que las llamas brotaban de sus manos y, mirando aquellos fuegos multicolores, recordó a los dragones del segundo mundo que visitó. Intuyó que, igual que a aquellos, esas personas flamígeras, con aquel fuego vital podían acariciarse y también matarse.
***
Me siento mareado. Alguien está tosiendo. Cuando logro enfocar la vista noto que es el cuentista. No puedo asegurar que fue con mis ojos, pero alcancé a ver una extensión inmensa de arenales bajo un sol terrible, vi a varios hombres que reían fuerte y creaban fuego con sus manos. Bestias jorobadas los acompañaban. El ataque de tos me trajo de vuelta y tras ver con mis ojos recordé que estaba en la plaza. Sí, sí, sí, así mismo fue…
El cuentista sigue.
***
Cuando aprendió lo suficiente del idioma, se atrevió a inventar una historia sobre dos jóvenes a los que les prohibieron amarse y que por más que lucharon y retaron a los opositores de su relación, esta no pudo escapar de las garras de la imposibilidad. La historia llegaba al apogeo cuando los amantes, incapaces de soportar su destino, se abrazaron y liberaron el fuego de sus entrañas. Las llamas azules de la muchacha y las rojas del muchacho se mezclaron y formaron una lumbre increíble, un holocausto dedicado al amor.
Tras contarla por primera vez se asustó al ver que sus oyentes se retorcían por el fuego imaginario que solo había quemado sus almas, y lloraban y gritaban los nombres de los amantes calcinados. Luego, tras salir del trance, y justo cuando un viento del desierto formaba un remolino pequeño cerca del río, cien miradas temerosas lo abrasaron, y entonces temió por su vida. Ya había tenido que salir corriendo en el pasado, por lo menos un par de veces, para no ser ejecutado bajo la acusación de hechicero malvado.
«Debo huir», pensó al tiempo que se rascaba la cabeza, como hacía siempre que estaba preocupado. Y ya daba media vuelta cuando los aplausos lo detuvieron, y entonces notó con gozo que la maravilla había reemplazado al temor en aquellos ojos, y rio y también aplaudió. Comenzaron a llamarlo mago de las palabras.
Disfrutó la tranquilidad de aquella vida simple a orillas de aquel río por algún tiempo, pero no mucho, pues su naturaleza lo apremiaba a continuar. Y cuando el mercader líder de una caravana le pidió que lo acompañara, él no desaprovechó la oportunidad.
Siguiendo la ruta de la caravana, fue descubriendo un poco más de aquel pedazo de mundo. Aprendió de su política, cultura, sus mitos, sus poemas y su bella caligrafía. Comió su comida rica en especias y bailó con sus ritmos salvajes de tambores y flautas.
Se enteró que aquel desierto minado de pequeñas aldeas formaba parte de un poderoso imperio regido por un hombre al que llamaban IsahntiScura, que puede traducirse como el Sagrado Poseso.
Fue el mito que más lo sedujo. Según la gente de fuego, ellos fueron creados por un dios flamígero, y este, interesado en pasar tiempo con sus criaturas, había decidido bajar al mundo y poseer con su espíritu las carnes de un hombre justo. Este hombre sería el recipiente del dios hasta su muerte. Luego el dios elegiría otro recipiente, y así hasta el final de los días.
Él, que conocía algo sobre los dioses, más por cuentista que por Viajero, se preguntó qué ganaba apropiándose de la vida de una de sus creaturas.
Tan pronto supo que este Poseso habitaba en la capital del imperio, se propuso llegar hasta allá y contar cuentos en el mismísimo palacio sagrado. Se obsesionó con ese propósito, y ahí donde llegaba preguntaba por el Poseso. Notó que cuando tocaba el tema la gente bajaba la mirada y soltaba elogios para su líder:
«Es maravilloso nuestro gran señor, es hermoso nuestro gran señor».
Si algún borracho comenzaba a hablarle de matanzas con acero y fuego, y de persecuciones, esas anécdotas pronto eran acalladas por algún vecino más prudente.
Con todo, cuento a cuento, jornada tras jornada, llegó un buen día a la capital del imperio, la enigmática y amurallada Urbeminigne. Ubicada frente al mar infinito en el que desembocaba el río bravo. Su corazón se aceleró cuando desde la distancia, como un lunar en el gigante de arena, apareció la ciudad, con su imponente fachada amurallada. Vio que en el interior profundo se elevaban como las manos de un titán cinco torres o pilares altas y delgadas, y soñó subir a sus cimas y observar todo el panorama desde las alturas.
Dominaba el idioma imperial y un par de lenguas menores, así que entró en la gran ciudad, seguro de sí, con dos docenas de cuentos traducidos y otros tantos inventados, dispuesto a contarlos en las plazas más concurridas.
La ciudad era inmensa. Sus murallas poseían torres de vigilancia, y en ellas los centinelas trataban de abarcar todo el panorama tanto dentro como fuera de la urbe. Nadie llegaba ni se iba sin ser visto. Un mercado de rostro multicolor daba la bienvenida a la primera zona de la ciudad. Los gritos de los vendedores viajaban con el viento y la gente caminaba con prisa, por senderos sinuosos que se abrían entre los quioscos, esquivando a los otros mientras transportaban cestas, cajas y sacos. Se dejó cautivar por la bulla, los olores y los colores que llenaban todo en derredor.
Saliendo del mercado había zonas urbanas en las que el orden y la limpieza saltaban a simple vista y, sin importar el tamaño y los materiales de las casas, todas estaban adornadas con un jardín de flores anaranjadas. Caminaba deseoso por conocer y por descubrir espacios en los que pudiese narrar. En las plazas encontró fuentes con estatuas de aspecto monstruoso. El agua de las fuentes saltaba con ánimo incansable.
Desde esas plazas de la zona iniciática, aunque lejanos, era fácil ver los largos pilares, los dedos, como él comenzó a llamarlos. Se alzaban como queriendo alcanzar las nubes y él anhelaba verlos de cerca, pero estaban en zonas más internas y ricas de la ciudad.
En la primera zona comenzó su labor cuentística, pero no pasó mucho tiempo ahí. Le fue mejor de lo que esperaba. Su fama lo precedía, y cuando contó los primeros cuentos en la tarima rústica de una feria de comida, un vendedor ambulante lo reconoció y lo alabó entre sus colegas. Fue así que el boca a boca hizo el trabajo y mucha gente en poco tiempo estuvo al tanto de que había llegado a la ciudad un hombre que encantaba con las palabras, que contaba historias que parecían provenir de otro mundo y conocía relatos íntimos sobre otros dioses, dioses no tan grandes como el dios ígneo, decía la gente, pero que también eran maravillosos.
Tras un par de meses, pasando de zona en zona de la ciudad, cada una más rica que la anterior, consiguió llegar a la séptima y última, en la que habitaban los nobles y en donde estaban por fin los altos pilares que lo sorprendieron cuando miró por primera vez a Urbeminigne desde la distancia. Sonrió al enterarse de que tenían escaleras internas y que los astrónomos imperiales podían subir a observar las estrellas desde las cimas. Deseó subirlas, pero los pilares no eran su destino. Los cuentos lo condujeron directamente al gran Templo y palacio, una casona en la que cabrían todas las casitas de una ciudad pequeña, el hogar de todos los Sagrados Posesos.
***
La plaza y las casitas de mi pueblo no están. Estoy frente a una casona inmensa, más alta y larga que cualquiera que haya visto antes. Gente vestida con ropas extrañas camina a mi alrededor. El sol quema mucho. A mi lado está él, el Viajero. Siento sed, el Viajero observa a la casona. Está tan cerca que podría tocarlo, sí, sí, sí, así es. De pronto, ya no está. Tras un parpadeo, mi aldea, la plaza, mis vecinos y el cuentista sentado en la roca y bebiendo agua de su cantimplora, todos vuelven a hacerme compañía.
Quiero que siga contando, pero él retrasa el cuento por beber agua. «Sigue contando, sigue», lo pienso, y él, como leyendo mi mente, deja la cantimplora, se seca la boca y la barba con la mano achicharrada mientras me mira a los ojos. No puedo entender su mirada. Estira las piernas, las vuelve a cruzar y continúa la historia…
***
Vio por primera vez al Poseso en un salón amplísimo lleno de estatuas parecidas a las de las fuentes regadas por toda la ciudad. Las paredes y el techo estaban repletos de murales, de pinturas gigantescas en las que podían verse batallas, escenas eróticas y fuego, mucho fuego. Bajo la cúpula que coronaba el techo del salón estaba sentado el líder semidivino de aquel imperio de los desiertos. Figuras menudas, tal vez mujeres, se congregaban a los lados y detrás de su trono dorado.
El Viajero casi no podía contener el grito emocionado que luchaba por salir de su boca. Fue llevado hasta ahí por un burgués de la quinta zona que lo presentó como el gran narrador venido desde el sur, en donde no hay arenales sino bosques que no tienen fin. Tras la presentación, él miró a la audiencia y sonrió discretamente al notar las bocas abiertas por el asombro; pero dejó de sonreír cuando notó que el Poseso lo observaba con mirada grave. Aquel personaje poco o nada tenía que ver con la figura del Dios Apö, que él tantas veces había imaginado luchando contra sus hermanos. Era alto, sí, pero su delgadez parecía hacerlo incapaz de sostener una espada o de tensar un arco. Era medio calvo y tenía la mitad del rostro quemado. Logró sobreponerse a la impresión que le causó cuando su promotor lo incitó a narrar con un discreto codazo en las costillas.
Comenzó con su acto.
Cautivó a la mayoría de los asistentes con los dos primeros cuentos; pero tuvo que esperar hasta el tercero, el de los amantes que se quemaron mutuamente, para ver complacido al Poseso. Este, al llegar el clímax de la historia, comenzó a gritar el nombre de la amante quemada, al tiempo que las lágrimas brotaron de sus ojos. El efecto duró poco, hay que decirlo, y el emperador reaccionó como despertando de un mal sueño para luego soltar una carcajada estridente mientras lo señalaba. El cuentista volvió a sentirse nervioso, pero los posteriores halagos de su oyente principal y sus aplausos enardecidos terminaron por tranquilizarlo del todo.
Así de fácil se ganó el favor del líder máximo del imperio, que lo invitó a pasar una temporada en el palacio, asegurándole que todos los lujos estarían a su disposición, y a cambio él solo tendría que contar un cuento a la semana para él y sus esposas. Al escuchar eso último se fijó mejor en el numeroso grupo de mujeres que rodeaban al Poseso, todas vestidas de gris, y con el rostro completamente envuelto. Todas llevaban espadas. Más tarde supo que servían como sus amantes y sus protectoras inmediatas.
El cuentista ya tenía magia suficiente para salir de aquel mundo cuando quisiese, pero decidió que la oferta era demasiado buena como para rechazarla, así que aceptó feliz aquella invitación.
Estuvo meses viviendo como príncipe. Grandes banquetes, fiestas, paseos por los alrededores de la ciudad y los increíbles oasis, pequeños bosquecitos que interrumpían el poderío del desierto. Subió hasta la cumbre de los dedos todas las veces que quiso y contó cuentos al viento y a las estrellas. Le dieron acceso libre a la biblioteca del Poseso, y en sus estantes infinitos y polvorientos encontró libros que le permitieron ahondar en la historia y la cultura del imperio. En el inmenso recinto también había soledad y silencio, y él aprovechaba esas virtudes para ensayar las inflexiones y gestos con los que enriquecía sus narraciones.
Fue ahí donde conoció a Ignis, cuando comenzaba su cuarto mes en el palacio. Estaba ensayando la vieja historia de la sierpe de siete cabezas, y tras narrar cómo el héroe moría envenenado en los brazos de la amada luego de cortar la última cabeza de la sierpe maldita, saltó al escuchar aplausos. Luego el silencio volvió a reinar, pero por poco tiempo, pues un sollozo empapó toda la estancia. El cuentista buscó y buscó hasta que encontró a la mujer en un rincón lejano y casi oculto. Parecía un espectro. Un rayo de luz muy fino se colaba, no sabía por dónde, y al golpear en la larga cabellera, esta revelaba su intenso color violeta.
Se acercó con sigilo, pero la mujer notó su cercanía y se levantó con agilidad felina. El cuentista retrocedió un poco, y al ver las lágrimas mojando aquel rostro sintió que el corazón se encendía, y él también quiso llorar. Levantó las manos con la intención de mostrar que estaba desarmado, y luego dirigió una lentamente hasta uno de sus bolsillos. La muchacha se movió con celeridad y adoptó una postura como de pelea. Él sintió miedo, pero se atrevió a sacar el pañuelo iridiscente que había conseguido en el segundo mundo y, acercándose, se lo ofreció para que secara su rostro. Entonces, la muchacha lo miró extrañada, pero aceptó el gesto y siguió llorando. Él se quedó a su lado, en silencio, largo rato.
—¿Cómo te llamas? —preguntó cuando la vio más calmada. Y luego, tras obtener solo silencio de ella—: ¿Por qué lloras?
Ella lo observó y por un momento él creyó que hablaría pues sus labios se separaron, pero no fue así. Tras otro instante silencioso, él se levantó y comenzó a contar la historia de la arpista que se enamoró del espíritu guardián de un árbol de frutos rojos.
—El prometido de la mujer —contó el Viajero—, que era el hijo del gobernador de aquella ciudad, al enterarse de quién era el que se robaba la atención de su futura esposa, mandó a talar el árbol. El espíritu guardián envió a un oso y a un lobo a detener a sus verdugos, pero estos eran muchos, y lograron detener con espadas y flechas a las bestias. Así, el árbol cayó. Luego cortaron su tronco en pedazos y los vendieron a un carpintero.
»La arpista buscó a su amado entre las ramas que quedaron desperdigadas en el sitio en el que antes había estado su amado. Lo lloró sin consuelo al no sentirlo y se propuso no ser feliz nunca más. Pero entonces algo llamó su atención, un rayo de sol golpeó la concha de uno de los frutos rojos que había quedado oculto casi por completo entre las ramas. Ella lo tomó y sintió deseos de ser amada. Mordió con desespero la concha roja y el jugo de la pulpa blanca corrió por sus labios y cayó en su pecho. Sintió temblores y ganas de llorar y reír. Al terminar, quedó solo una semilla oscura. Pensó lanzarla, pero entonces sintió que esta palpitaba. La acercó a su pecho y escuchó que una voz susurraba un te quiero a su alma.
»Tuvo un presentimiento, y decidió sembrar la semilla para cuidarla hasta verla convertida en un gran árbol. Tomó un par de las ramas que habían dejado olvidada los esbirros de su prometido y con ella mandó a construir una pequeña arpa y un punzón.
»Una noche, tras haber complacido a su ya esposo, comenzó a tocar su nueva arpa, y la melodía era tan hermosa que logró con ella dormir al hombre. Entonces, tomó el punzón de madera y se lo clavó en el pecho varias veces mientras susurraba asesino, asesino.
»Pasaron los años, se convirtió en una mujer de cabellera de plata, y su árbol creció elegante y fuerte en aquel rincón del bosque y por fin la voz del amado volvió a resonar al compás de su arpa.
El Viajero culminó el relato y se complació al ver que la muchacha sonreía.
—Se lo tenía bien merecido —dijo ella. Su voz era gruesa, fuerte—. Es una gran historia de amor y venganza. Ambas palabras me gustan.
—Sí, a mí también me gustan —respondió el Viajero, y luego, dijo sonriendo—: me alegra que te haya gustado la historia.
Ella hizo una pequeña reverencia y dio media vuelta. Él se quedó inmóvil, algo consternado. De repente, ella se detuvo y sin mirarlo volvió a hablar.
—Mi nombre es Ignis. —Y se marchó.
Esa misma noche recibió la primera de muchas visitas de Ignis en su habitación.
Las siguientes se dieron sin falta dos o tres veces por semana. Las primeras veces, él le contaba alguna historia, le enseñaba palabras en su idioma, y le dedicaba versos de amor; ella mantenía sus ojos muy abiertos mientras lo escuchaba. Hablaba poco, pero sonreía mucho. Finalmente se unían sobre el lecho. Él trataba de hacerlo con calma, con caricias suaves y lentas, deseando conocer cada rincón de su broncínea piel; pero ella nunca se quitaba toda la ropa y siempre aceleraba todo, como urgida o asustada, y siempre en silencio.
Con el paso de los días y las ocasiones, Ignis comenzó a contar algunos cuentos aprendidos en su infancia, y más tarde se atrevió a mostrarle sus llamas. El cuentista sabía que también las mujeres de aquel mundo creaban fuego, pero no había visto a ninguna hacerlo en la capital. Hacía malabares con llamas color violeta que salían de sus manos y las manipulaba para que adquirieran formas animalescas.
Ambos se convirtieron en artistas y público durante sus encuentros. Ella aprendió a ser tan buena conversadora como oyente. Él le contó sobre sus viajes, los otros mundos, su propio mundo, y mientras lo escuchaba los ojos de ella transmitían duda, maravilla, y, sobre todo, deseos de que todo fuera cierto. Ella le habló de su vida en el desierto, en los viajes con la caravana de su padre, de las batallas en las que el fuego arrasaba con reses, tiendas y gente.
Pronto, al cuentista solo se le veía en las veladas en las que debía narrar para el Poseso. Las fiestas y banquetes ya no eran de su interés. Como buen narrador e imaginista, inventaba cualquier excusa para retirarse temprano o no asistir a las reuniones nocturnas, porque su misteriosa amante no tenía horario fijo para aparecer; y para él, esperarla y que no llegara era mil veces más aceptable que ella llegara y él no estuviese.
Así, pasaron algo más de seis meses. El cuentista se sentía feliz. Por su vida errante y por su oficio, no había vivido con tanta comodidad y nunca antes había amado de la forma en la que ahora amaba a Ignis, ni siquiera lo había deseado. Ella lo sorprendía con poemas que buscaba en la biblioteca para recitarlos frente a él; él creaba cuentos, y la protagonista siempre era una muchacha de mirada triste que creaba llamas que hacían juego con su cabellera violeta.
Alguna vez Ignis le afirmó que nadie la había tratado con tanta dulzura desde que se la habían llevado de su tierra, y lo dijo con los ojos llorosos. Pero cuando él le preguntó el nombre de quien la había secuestrado, a ella se le evaporaron las lágrimas y contestó:
—No deberías preguntar eso, no es tu asunto.
El tema no volvió a tocarse, no hasta la última noche del Viajero en aquel palacio.
Ignis entró corriendo a la habitación luciendo una larga túnica gris, parecida a la que usaban las damas que acompañaban al Poseso. El Viajero se encontraba ensayando un cuento porque al día siguiente se presentaría ante su anfitrión, sus damas grises y algunos gobernadores provinciales del imperio.
—Debemos irnos —dijo ella, mientras tejía una trenza en su cabellera—. Debemos irnos, mi amor.
Él corrió a su encuentro y miró en sus ojos. Ya no había tristeza, pero no lograba precisar qué era lo que veía: ¿miedo, euforia, rabia, dicha, todo a la vez?
—¿Qué ha pasado? —preguntó el Viajero soltando una risita.
—Lo maté. Lo he degollado, pero él volverá a despertar, quizás en algún barrio cercano al palacio, y el nuevo sabrá que fui yo, él nunca olvida. No le temo, pero no podré con él y los guardias, y menos con todas las esposas.
Sus palabras brotaron rápido. El Viajero ya no reía, y por fin entendió su mirada. Era urgencia y determinación lo que veía.
—Vamos, mi amor —ella insistió—. Soy libre, pero no por mucho. Salgamos, y viajemos lejos, llévame contigo a otro mundo.
Él comenzó a temblar.
—¿A quién mataste, Ignis? —dijo en voz queda—. Yo… quizás podamos arreglarlo, hablar con el Poseso. Él es amable conmigo…
—Ya no hay Poseso, ¿no entiendes? Lo maté, lo maté en mi guardia mientras compartía su cama. Debemos irnos. Vamos, huyamos, Viajemos.
—¿Lo mataste? Pero, ¿por qué? —El cuentista miró con atención la túnica gris que llevaba su bella amante.
—Él fue mi raptor. Y mi papá no se merecía lo que le hizo. Vámonos, por favor. Otro Poseso despertará, y aunque no será tan poderoso, contará con la lealtad de todos cuando se presente en el palacio. No hay mucho tiempo.
El ruido de una gran explosión sacudió los cristales de los ventanales.
—¡Ya ha despertado, de seguro ha despertado! —dijo Ignis tomándole las manos—. ¡Vamos, por favor, Viajemos!
—Yo… yo no sé si pueda Viajar con alguien más —le respondió. Y luego, al mirar el temblor de los labios de su amada—; pero podemos intentarlo. Solo que quizás deba esperar a ver si me encuentro con alguno de los míos para preguntarle. De vez en cuando coincidimos, más de lo que nos gustaría. Estando en una provincia del oriente me encontré con uno. Ha Viajado más que yo, y quizás me pueda orientar para que no me equivoque al intentar hacerlo contigo.
Ella se soltó, dio algunas vueltas por la habitación. Finalmente fijó los ojos en los de él. Comenzó a quitarse la túnica sin dejar de mirarlo. Él temblaba. Por fin la miraría, pero no en las circunstancias que hubiese querido. Quedó anonadado ante las formas que hasta ese momento solo intuía, anonadado y horrorizado, pues por aquí y por allá, en la piel, que debía ser lisa, había trozos rugosos, chamuscados. Ella desplazó su joven cuerpo hasta el closet y sacó una de las túnicas que le habían regalado a él. Su espalda era una gran arruga que contrastaba con la piel hermosa de las nalgas.
—¡Vámonos! —insistió—. El mundo es muy grande, y algún rincón le faltará conquistar al imperio. Debe haber por lo menos uno, y ese rincón será el nuestro. Huyamos. Y quizás encontremos a alguno de los tuyos, y te enseñe a viajar cargando con alguien más.
Él tuvo miedo de su mirada, y finalmente agarró el zurrón con el que había llegado a ese mundo y salió junto a ella del palacio-templo, dejando atrás los lujos, la comodidad y los pilares que tanto le gustaban.
El cuentista no se sentía bien. Sabía que asustado le sería más difícil huir Viajando si las circunstancias lo apremiaban, pero salieron del palacio con cierta tranquilidad. Dentro, algunos curiosos preguntaban por la explosión, pero aún no habían reventado las alarmas. Todos seguían creyendo que el Poseso dormía en su habitación. En el exterior, algunos de los guardias corrían en dirección al incendio. Nadie se fijó en ellos.
Traspasaron la gran puerta de la zona más occidental de la muralla y se apresuraron a solicitar los servicios de un transportista que dormía entre dos grandes bestias jorobadas. Él les dijo que saldría hasta la mañana, pero cuando el cuentista le enseñó las dos piedras preciosas que pensaba entregarle como pago, comenzó a preparar la carreta.
Cabalgaron por un día completo, descansaron otro, siguieron otro más, y por fin llegaron a la primera gran ciudad del oriente.
La encontraron agitada. Al preguntar por aquí y por allá, supieron que habían llegado aves mensajeras con la noticia de que había un nuevo Sagrado Poseso. Que el anterior había muerto al encender sus propias llamas invencibles, deseando ser joven de nuevo, aunque aún le faltaban tres años para que se cumpliese su plazo. Las aves también anunciaban que pronto comenzarían las fiestas en honor al nuevo envase de la divinidad, y que representantes imperiales llegarían pronto a presidir esas celebraciones.
Esa misma tarde compraron dos bestias jorobadas y partieron. El Viajero dudaba. El futuro era incierto. Quería huir al siguiente mundo, pero no se atrevía a intentarlo con Ignis.
Se planteó el irse solo. Ella podría confundirse entre los suyos, juntarse a alguna caravana, cortar su melena y pintarla.
Él no. No parecía de aquel mundo. Su piel poco caliente y su incapacidad para crear fuego lo delataban. Por otro lado, era un buen cuentista, podría ganarse el favor en cualquier pueblo o ciudad. Y nadie tendría que asociarlo al asesinato del Poseso. Quizás sí era posible hacer una vida ahí. Aunque mientras más lejos de la capital, mejor.
Se desplazaron durante un mes. Agotando los insumos y las fuerzas. Ella se mostraba decidida. Él no tanto. El silencio fue lo que más compartieron. Un buen día, justo cuando las reservas de agua estaban al límite, vislumbraron a lo lejos un pequeño oasis. Parecía deshabitado, pero al adentrarse un poco más, se dieron cuenta de que algunas mujeres de piel broncínea y cabelleras blancas se bañaban en las aguas de un manantial. Sus cuerpos desnudos refulgían bajo los rayos del sol. Eran bellas y él quiso acercarse, pero Ignis se lo impidió. No se puede, le dijo, son Silvas, espíritus del oasis. Se les puede ver, pero no hay que acercarse.
Se ubicaron en un rincón distante, bajo la sombra de un gran árbol con ramas que se abrían como la falda de una mujer al danzar, y que se alzaba cerca de un hilillo de agua, del que pudieron tomar y saciarse. El Viajero no podía dejar de ver a las damas, Ignis no podía dejar de verlo a él. De pronto, las Silvas se juntaron, salieron del manantial y desaparecieron en medio de llamas verduzcas. A Ignis le preocupó aquel prodigio. Volvió la vista hacia el desierto y vio la gran pantalla de arena que se levantaba. El cuentista siguió su mirada y se espantó.
—Pronto llegarán —dijo Ignis—. Sé que son buenas, pues yo misma lo soy, pero no creí que nos encontrarían tan rápido.
—¿Quiénes llegarán?
—Las damas grises, las esposas y defensoras del Poseso, mis compañeras.
Él palideció. Si las historias eran ciertas, esas mujeres eran muy poderosas. Eso implicaba que Ignis también lo era, pero ella era una sola contra muchas.
—Es un buen momento para intentar el Viaje, mi amor —las palabras de ella lo sacaron de sus pensamientos. Se aferró la cabeza y, sin mirarla a los ojos, le dijo que sí, que había que intentarlo.
La pantalla de arena ya dejaba ver a las bestias y a las guerreras que viajaban sobre ellas. Las jinetes comenzaron a aullar.
Ignis miró al cuentista, pero él le aguantó la mirada solo un instante, un parpadeo y luego se enfocó en el suelo y comenzó a temblar. Ella se levantó y corrió a los lindes del oasis. Desde la sombra del árbol, el cuentista observó que de las manos de su amante salían lenguas de fuego violeta. Su apariencia nada tenía que ver con las llamas juguetonas de aquellas noches de pasión que ahora parecían muy lejanas.
Ignis lanzó dos, tres, cuatro bolas de fuego contra las perseguidoras que aún estaban distantes. Eran llamas hermosas, que cortaron el cielo a gran velocidad y se estrellaron alcanzando a varios objetivos. Pero eran muchas. La guerrera esperó un poco y volvió a lanzar otros proyectiles violetas; pero estas fueron interceptadas por bolas amarillas, rojas y azules, y el cielo se llenó de un estallido multicolor.
Las damas grises lanzaron nuevos ataques, pero Ignis los destruyó en el aire, de la misma forma en que aquellas lo hicieron antes con su propio fuego. Luego atacó rápidamente y sus llamas dieron sobre otro grupo de las enemigas. Era muy buena. Los ataques cesaron de un lado y de otro. La batalla seguiría al acortar definitivamente la distancia. El Viajero, maravillado ante aquel espectáculo, corrió para encontrar a Ignis.
—Eres increíble, creo que las asustaste —le dijo. Quería halagarla más, pero su palidez lo asustó—. ¿Qué te pasa?
—Estoy un poco agotada. No te preocupes.
—Pero puede pelear, ¿cierto?
—Creo que sí, pero preferiría que escapásemos.
El Viajero respiró hondo.
—No sé si pueda, no sé si pueda —comenzó a repetir.
Ella solo lo miraba. Las atacantes se acercaban. Un viento les golpeó. Ignis dejó de prestarle atención y se concentró en las que ya llegaban. Hizo un movimiento con las manos, parecía un baile, y con el fuego que expulsó construyó una muralla ardiente y violeta. Las bestias enemigas roncaron y se detuvieron aterrorizadas.
Las damas grises comenzaron a gritar.
—¡Asesina, traidora, cobarde!
Ignis mantenía la postura de pelea. Esperaba. Las que estaban del otro lado de las llamas se reían, y le increpaban.
—¡Ríndete! Eres fuerte, pero somos más, ¡cobarde, traidora, asesina!
Ignis miró al cuentista, y el cuentista miró a Ignis.
—Traidora y asesina, sí. Cobarde, nunca. Tu amante por siempre, si así lo quisieras —dijo mirándolo—. Pero la verdad, te he arrastrado a esto sin tomar en cuenta tus sentimientos. Creí que estabas listo, pues alguna vez me dijiste que habías comenzado a sentir que por mí podrías hacer cualquier cosa. Yo también comencé a sentir lo mismo por ti. Pero, no, tú no estabas listo, y ahora puse tu vida en peligro.
El cuentista se sentía avergonzado. No entendía esas palabras o no quería entenderlas. Ella prosiguió:
—Debes marcharte. Yo las detendré. Es mi deber. Yo inicié esta locura la primera noche que fui a tu habitación. Tu única culpa es haberme contado aquella historia en la biblioteca y haberme dado tu pañuelo.
—No… no me iré sin ti, Ignis. Vámonos, juntos, lo intentaré. —Tomó sus manos con fuerza y cerró los ojos. Sintió que la magia brotaba, quiso creer que podía lograrlo. Ella lo soltó de súbito, y al momento sintió un gran dolor en su brazo derecho.
Gritó, el dolor era casi insoportable, pero se atrevió a abrir los ojos. Ella, su amada, había formado un escudo de fuego. Su melena lucía chamuscada. Las perseguidoras estaban atacando. Enviaban llamaradas sin cesar. Su propio brazo ardía, no había fuego, pero era como si estuviese encendido. Debían huir.
—Vete, mi amor. Vete. No te arriesgues. Quiero que vivas —gritaba la guerrera de llamas violetas—; no te preocupes. Lucharé con todas mis fuerzas. Creo que puedo ganar.
Su palidez era horrible; su valentía, hermosa. El Viajero, aún con el brazo ardiendo, sintió más valor del que había sentido hasta ese momento, y tomó el hombro de su amada. No la dejaría. No podía. Apretó fuerte, cerró los ojos y sintió que la magia corría por su cuerpo. Un leve temblor se apoderó de él. El calor era horrible. La quemadura lo volvería loco. Los jadeos de Ignis eran cada vez más perceptibles. Estaba quedándose sin fuerzas.
Tenía que lograrlo, tenía que viajar. Los temblores de su cuerpo se intensificaron. Ignis gritó echa una furia y sus músculos se tensaron. «Qué valiente, qué fuerte es», pensó él. La magia estaba lista. Viajarían, juntos, lo lograrían. El Viajero gritó: estamos listos, Ignis…
***
Me estrujo mirando de un lado a otro, ¿dónde está? ¿Dónde está ella? Me sostengo el brazo, arde mucho, el dolor es inaguantable. No la encuentro.
Ignis, Ignis». Escucho lamentos. Hay otras personas por aquí. «¿Dónde estás?», gritan algunos. «No, no», gritan otros. «Mi amor», susurra alguien a mi lado. Comienzo a entender. Miro a mi alrededor, y reconozco la plaza, las rocas, seis están vacías, una está ocupada por un hombre, es un cuentista. Es de aquí, de nuestra tierra, por eso está ahí, sobre la más grande, la principal. Noto que llora, y se soba su brazo. Yo dejo de sobarme el mío. En realidad, no me duele, y mi piel sigue siendo la que era cuando llegué esa mañana a la plaza.
No me duele nada; sin embargo, no puedo evitar llorar al verlo. Sin dudas, es el mejor cuentista, sí, sí, sí, así mismo es.
Tito Herbonnière (Venezuela) es el seudónimo de Victor Manuel Torres. Fantasista apasionado de la música, las décimas y la narración. Ha sido maestro de música, cantor, librero, vendedor y fraile franciscano. Tercer lugar en la vigésima edición del Premio de cuentos Julio Garmendia (Venezuela). Algunas de sus obras pueden leerse en los números 2 y 6 de Weird Review (Panamá); en el blog El Yunque de Hefesto (España); en el número 3 de Sofón (México); y el libro Madrigueras: una antología de imaginación (Editorial Entretierras, Venezuela).
