Arreglar la avería

1

Arreglarte.

Esa fue la palabra que la doctora usó conmigo. Vamos a arreglarte, dijo ella al inicio de la consulta, cuando mi diagnóstico fue claro y ya sabían cuál era la avería; y por tanto, cómo podían arreglarme.

Mi mamá se alegró y me abrazó de manera lateral, desde la silla de ella a la mía. Yo sentí su contacto lleno de pinchos, con un dolor de la piel y del ser. Además la tela de mi jiyab se me había desorganizado, y eso violaba la simetría de la que tanto disfrutaba. La incomodidad me obligó a sacudirme para que dejara de tocarme. Ella se entristeció, como siempre cuando yo no quiero ser abrazada.

No te preocupes, pronto te arreglarán, me dice mi mamá. Su voz me regresa al consultorio, a este momento donde la doctora está explicando que lo que yo sufro es un desbalance químico cerebral, que en realidad, es algo que le puede suceder a cualquiera y que la solución es muy simple: intervenir mi cerebro con una máquina especializada, que la doctora usará para abrir mis conexiones cerebrales y llenarlas con cosas que necesito para arreglar mi avería.

Mi mamá asiente mientras la doctora le revela detalles de mi cerebro defectuoso. Yo me pregunto cuántos habrán pasado por esto mismo, hasta dónde habrán llegado con sus vidas antes de que los arreglaran. Observo a mi mamá, ella mira a la doctora con un gesto mostrando dientes, la curvatura de los labios hacia arriba, he aprendido que eso es una sonrisa.

La doctora termina su explicación, hace la misma mueca de curvatura de labios y dientes, la dirige a mí, descifro que la doctora me sonríe; me pasa una cartilla. Aquí tienes más información, dice.

En la portada aparece una mujer, luce un vestido azul sin mangas, está sentada mirando un río o el mar, no lo sé. Hay letras de color naranja “Todo lo que debes saber sobre tu condición”, ese color me repele.

Mi mamá coge la cartilla de mis manos, la ojea, ella solo quiere lo mejor para mí. La doctora le dice lo afortunadas que somos de vivir en uno de los planetas que disponen de la operación, le sonríe mientras le entrega la factura con el costo detallado del tratamiento.

2

Quiero correr, huir de aquí. Pocas veces siento la necesidad de mover mi cuerpo, me gusta más estar quieta y en silencio. Mamá me lo había advertido, que no podría salir, que era mejor pasar la operación sin ataduras.

Por favor hija, tienes que ser valiente. Me rogó.

Antes de entrar me dieron un par de pastillas blancas, redondas, con una raya en el medio. Tuve dificultad para tragarlas, nunca he sido buena para comer cosas enteras, ni me gustan las que son de color naranja. Viendo a mamá a los ojos me las tomé e hice mi mayor esfuerzo para pasármelas, pero se me devolvieron. Lo intenté otra vez, la doctora consultó su reloj. Al tercer intento pude tragarlas, aunque me dejaron un regusto amargo en la garganta.

Al ver la mesa pienso que voy a tener que hacer maromas para subirme. Hay una ventana en la mitad de la pared frontal, allí una operaria se mueve frente a una consola, no puedo ver su rostro detrás del nikab, ella presiona botones y hace que la plataforma se desplace hasta quedar a mi altura.

Los nervios son normales, pero no hay nada que temer. Me tranquiliza.

Hace una seña con las manos indicándome que ya me puedo subir. Obedezco, el frío del metal me muerde las pantorrillas. La bata que tengo apenas llega debajo de la rodilla, me acuesto pero no soporto la sensación. Me siento de nuevo.

He acompañado muchos procedimientos, la doctora sabe arreglar muy bien el cerebro de todos. Tranquilízate y acuéstate en la camilla por favor. Me dice la operaria nikabi.

Me recuesto, siento las pantorrillas como si se me fueran a romper, la parte de atrás de los pies me duele, pongo los brazos sobre la camilla. Intento soportar el frío, pero no aguanto, cruzo las manos sobre mi estómago. Siento que me voy a romper.

Tranquila, dice la voz de la doctora desde algún lugar de la sala, lo que percibes no es real, es solo tu cerebro desbalanceado, eso que sientes no va a suceder.

Es mentira. Quiero decírselo, pero no lo hago, he aprendido a callarme cuando conozco algo que los demás ignoran. El frío puede congelar la piel y romperla. Lo pienso mientras me remuevo intentando no rozar el metal.

Ya falta poco para arreglarte, dice la doctora desde su ubicación desconocida.

Pongo la palma de las manos contra el metal. Todo es por mi cerebro que tiene mucho de algo, poco de lo otro y demasiado de varias cosas; eso hace que lo que es normal para la gente sea molesto para mí: el contacto físico, los ruidos fuertes, la charla insustancial, la luz incandescente, los temas que no me interesan…

Puedo seguir enumerando cosas que me fastidian; en cambio, las que me gustan son poquísimas. Eso es porque soy una persona con un cerebro desequilibrado.

Oigo un pitido, la camilla se levanta, quiero llorar, quiero gritar. Decirles que estoy bien, que es mamá la que se molesta cuando tiene que explicar por qué yo no doy abrazos en la fiesta de Eid, por qué no agradezco besando la mano de las mujeres mayores. Que es ella la que se incomoda con que yo esté quieta por horas. Yo estoy bien.

La luz empieza a aumentar.

Cierra los ojos, me indica la voz de la doctora.

Me arrepiento de pensar que mi mamá es la que se incomoda. Ella quiere lo mejor para mí. Obedezco. Cierro los ojos y los aprieto. No quiero ver ni sentir nada. Quiero que mamá sea feliz. Noto una presión en la base del cráneo. Escucho la sierra.

No te dolerá, me calma la doctora con su voz átona mientras algo se abre paso a través de mí.

Tranquila. Dice con su voz desde ninguna parte.

Siento lágrimas que recorren mis parietales. No me atrevo a abrir los ojos, la luz es tan fuerte que me duele aun cuando los tengo apretados. Muevo los dedos contra el metal frío. Estoy abierta. Extraño mi jiyab, siempre he sentido que es como mi escudo personal.

La sierra se detiene.

Ya casi estamos listas, la doctora suena lejana.

Me pregunto si este es uno de esos momentos en que no escucho bien, en que las palabras se vuelven ruidos que no se juntan de manera lógica. Uno de mis muchos desperfectos.

Ya estamos en el proceso, dice la doctora desde lejos.

Me hurga. Hurgar, un verbo que me gusta. La doctora hurga mis concavidades. Concavidades, otra palabra que me gusta. Leo palabras, a veces no leo una página ni una frase, solo leo palabras sueltas para cazarlas, y si logro cazar alguna se me queda adentro y forma parte de mí. Como testar, que mucha gente confunde con probar, pero en realidad significa hacer testamento. Avería, también cacé esa palabra. Ahora revolotea dentro de mi para ser recordada.

Ya estamos terminando, me informa la voz médica.

Lloro, sorbo algunos mocos, muevo un poco las piernas, no sé ni para qué lo hago. La doctora hurga en las concavidades de mi cerebro. Estaré bien. Me van a arreglar. La avería se compondrá.

3

Mientras esperamos a cruzar la calle, alcanzo a ver de reojo los hologramas de los minaretes. Quiero alzar la cabeza y contemplarlos, quedarme ahí detallándolos, las geometrías sagradas que los decoran se mueven en cintas de Moebius, recordando que El Uno es Infinito, que Al-lah no tiene principio ni final. Pero estoy en un rincón, viendo a través de mis ojos como a través de una ventana empañada, soy una mota de existencia dentro de mi propio ser, quiero que mi cuerpo me obedezca y no lo hace.

Debe ser por la operación, todo es distinto desde entonces. Mi cuerpo cierra los ojos, el parpadeo es una cortina negra que se demora un segundo en abrir. Mamá me tiene cogida de la mano, siempre me cuida al cruzar las calles, pero no logro sentir su piel, solo veo una parte de nuestras manos enlazadas y sé que hablan; es decir, mamá me habla y mi cuerpo responde. Yo escucho como si estuviera debajo del agua.

Tiempo de adaptación, así lo llamó la doctora.

Vas a tener un tiempo para habituarte, dijo ella mirándome desde arriba de la camilla, pero una vez lo entiendas todo será para mejor.

Y sonrió. Por primera vez desde que la conocía vi que su sonrisa era diferente a la de mamá. Para mí todas las sonrisas eran iguales, todas las expresiones difíciles de entender, todos los abrazos incómodos, todos los besos asquerosos. La doctora tenía un gesto de dientes y la comisura de los labios hacia arriba, era una sonrisa, pero no como la de mi mamá.

La sonrisa de mamá siempre está acompañada por una calidez en los ojos, tiene la tibieza de sus manos y un leve temblor en la mejilla, a la espera de mi respuesta. La doctora sonreía de manera mecánica, entendí que era un gesto profesional. Mi avería había sido reparada.

Me alegré, a pesar de que me sentía extraña, metida dentro de mi propio cuerpo como una operaria dentro de un Mazinger. La doctora dijo que estaría bien, que el lapso de adaptación variaba de persona a persona; por eso mamá me trajo al yumuah, ella calculó que ya era un tiempo prudente.

Estoy entrando a la mezquita, intento poner el pie derecho como dicta el ejemplo del Profeta Mujámmad, pero veo mis piernas, mi cuerpo solo sigue caminando, no le importa cuál pie va primero. Pienso la súplica para entrar a la mezquita: “Señor, abre las puertas de Tu misericordia para mí”. Mi cuerpo no lo dice, mi pensamiento no se traduce en órdenes de movimiento. Como si fuera una autómata, ella que debería ser yo, sigue a la musala de mujeres.

Al entrar todas me hablan, me preguntan por qué no había asistido. Mi cuerpo saluda, ella no murmura el salam, lo dice en voz alta y con perfecta vocalización: salam aleikum wa rajmatullah wa barakatuju. No es el susurro que me gustaba decir, el que yo sentía como mío porque era un deseo de paz que nacía del corazón. Para ella es solo una palabra más, como hola o quiubo, a mi cuerpo no le interesa sentir el salam.

Ella, que debería ser yo, es un torbellino de gestos, tiene torcido el jiyab y no le importa. No se acomoda la ropa de manera simétrica, da el salam a las hermanas y las sorprende abrazándolas, diciéndoles que las ha extrañado.

Yo quiero que se detenga, que me obedezca, quiero que revise la simetría del jiyab y se lo acomode con pines para asegurarlo. Que entienda que así no, que con calma, que un abrazo es suficiente, que no tantos. Que no le bese la mano a la anciana que siempre llega temprano y huele a carbón y lejía. Desde la operación siempre quiere conversar, invitar gente a la casa, comer zanahorias y batata.

Tiempo de adaptación.

Mi cuerpo se sienta en la mitad de la musala. No en la esquina como me gusta. En la mitad, donde todas las hermanas pueden verme, donde estoy expuesta. Sé que estoy sentada sobre mis talones, totalmente recta, a pesar del dolor de espalda. Yo quiero un apoyo, acomodarme contra una pared para sentirme protegida, quiero una esquina, un poco de privacidad. Mi cuerpo no se mueve. Hago fuerza, me imagino que la hago, quiero dar órdenes, pero no me levanto, no me obedezco.

Mamá habla con la hermana anciana, yo debo prestar toda mi atención para entender; su voz es una onda que va y viene, le dice que sí, que claro que funcionó, que quedé de maravilla.

Mi cuerpo responde a una hermana que me está preguntando por una marca de shai. A mí no me gusta el shai, pero a mi cuerpo ahora le gusta lo que le guste a la mayoría. Suena el ikama, el llamado para que los creyentes guarden silencio y empezar el jutba, todas las conversaciones cesan.

Volteo a mirar a mamá. Mi cuerpo la mira. La veo a través de esa ventana que son mis ojos, ella está feliz. Lo mejor es que yo lo entiendo, puedo ver su felicidad. He sido arreglada. Yo no sonrío. Mi cuerpo sonríe, con las mejillas tensas, enseñando demasiados dientes.

4

Tiempo de adaptación.

Han pasado más de cuatro ciclos desde la operación. Me observo la punta de los pies, ella está acostada en el sofá de la sala viendo la temporada quince de Vísteme para mi Boda. Levántate, le digo a ella que debería ser yo. No me obedece. Vamos por rompecabezas. Sin respuesta. Ahora le hablo, a veces he logrado convencerla de hacer cosas que quiero.

Muy pocas veces.

Cacemos palabras en esa saga que te gustó. Intento convencer a esa otra entidad que ahora parece gobernar mi cuerpo. Ella agarra el control y sube el volumen. Hace eso cuando empiezo a molestar. El sonido es tan alto que rebota dentro de este espacio concéntrico en el que habito. Mejor me quedo callada.

Contemplo la mano de mi cuerpo mientras coje una palomita de caramelo y la mastica. Antes de que arreglaran mi avería no me gustaban, demasiado dulces, demasiado pegajosas, a veces con esa semilla en el centro, como una sorpresa molesta. Yo quiero dejar de comer, de estar viendo televisión, quiero hacer lo que disfrutaba. Me acurruco sobre mí misma, habito un espacio en mi cabeza.

Mamá llega con más salsa de caramelo, mi cuerpo recibe el frasco y le echa a las palomitas mientras comentan los vestidos, se detienen especialmente en los escotes. Yo quiero ir a terminar mis proyectos: mis plantas están muriendo, todos los libros están apilados en la mesita de noche, mi Corán acumula polvo. Quiero estar sola. Siento un poco del sabor del caramelo, me repugna, aun así procuro disfrutarlo. A veces me llegan destellos de vida, y ahora los atesoro, intento que sean míos el mayor tiempo posible.

Me veo los dedos pegachentos. Mi cuerpo los aprieta bien juntos y se divierte haciendo fuerza para separarlos. Mamá se ríe de mi gracia, creo que nunca la había visto tan contenta. No soporto la sensación pegajosa. No tengo boca y quiero gritar. Soy vacío existencial.

Nadie me dice cuánto tiempo es el tiempo de adaptación. No hemos regresado al consultorio para ver a la doctora, al parecer todo está bien.

Mi cuerpo, ella que debería ser yo, se limpia el caramelo con la punta del jiyab.

Por favor, suplico con voz queda.

Mi cuerpo vuelve a subir el volumen de la televisión.

Karonlains Alarcón Forero (Colombia). Delira con ser escritora de ficción especulativa. Para prepararse, inventa artilugios complicados e inútiles que han convertido su vida familiar en un laboratorio de entropía. Soñó con ganarse el premio James Tiptree Jr., pero como a ese galardón le cambiaron el nombre, ya no aspira a nada. Puede encontrarla nadando entre proyectos culturales, talleres de escritura que idea, lecturas impredecibles y el singular universo del islam en Latinoamérica. De vez en cuando puede avistarla por Bosa, localidad del sur de Bogotá, pero solo cuando su miedo a engentarse le concede una tregua y le permite salir a la luz del sol.

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