Tantas bocas que alimentar

Consuelo se rasca hasta sacar el color rojo de su piel. Le pica el brazo, es esa comezón que anuncia el salpullido nervioso. Siente dolor y se reprocha por ser tan descuidada con su propio cuerpo.

—No vuelvas a tocarte —sentencia con esa voz aguda que usa para darse órdenes.

La sensación no disminuye, pero ella se ha puesto a prueba. «¡Claro que puedes estar un día sin rascarte!», piensa mientras elige una blusa de manga larga que le cubre las muñecas. La tela es una barrera que engaña a la punta de sus dedos.

Por la noche, ya metida en la cama, llega la recaída; Consuelo hunde las uñas en un movimiento obsesivo, rasca tan fuerte que el salpullido muta a surco de sangre. Como si el dolor la invocara, en su cabeza suena la voz de su madre: «¡Deja de rascarte, niña sucia!». La enfurece. «¡No me estoy rascando!». Se levanta, va al baño y busca una gasa en la caja llena de medicamentos caducos. Cubre la piel lastimada y la sella con cinta médica. Vuelve a la cama y decide olvidarse del asunto con dos pastillas para dormir.

El remedio funciona, por dos días logra ignorar la comezón; despierta al tercero sin piquetes en el brazo. Del salpullido sólo queda una línea roja que, está segura, pronto desaparecerá. Piensa que la molestia ha sido superada, decide vestirse con manga corta y olvidarse de esa parte de su cuerpo.

Usará otras zonas corporales: los dedos para crear mensajes en el teléfono, los oídos saturados con el nuevo éxito de una banda de rock gótico, los pies inflamados por la necia decisión de usar botas en abril, los dientes obsesionados con un chicle y la arruga constante que se le forma en el entrecejo; más tarde, será el grueso de sus labios para robarle el aliento a su novio y la apertura de su sexo para consumar quince días de separación. Todo su organismo recibirá tareas específicas. Pequeñas como beber una cerveza y enormes como temblar bajo el caudal de dos orgasmos. Su cuerpo estará ocupado, mas no así esa zona del brazo derecho a la que ha de ignorar hasta quedarse dormida en la cama de Sebastián.

—Ya traes garritas, anoche me diste un buen rasguño —dice él mientras desayunan, mostrándole una marca roja sobre el hombro.

—Ah, ¡no seas chillón! —ríe ella—, un rasguñito de nada, un poquito de dolor del que no hace daño.

Y se acerca para besarlo con una ternura que él no puede resistir. La mira, encantado, como un roedor adormecido.

***

El día empieza caluroso. De no ser por su trabajo en la tienda departamental, los dos se quedarían acostados, armando grandes planes o enganchados a alguna serie. Terminan el desayuno, Sebastián se deja caer en el sillón y enciende el televisor mientras ella se da un baño rápido. Consuelo pasa la espuma sobre la piel de sus brazos, la línea roja ahora es una protuberancia de unos siete centímetros que recorre en diagonal todo el ancho de su muñeca. Se preocupa. Se seca tratando de no tocar la piel de esa zona.

—Esta mierda seguro es cáncer —dice con esa voz susurrante que usa para angustiarse.

Recuerda que trae ropa de manga larga en la mochila y siente alivio. Se cubre los brazos mientras piensa en su primo el médico. «Todo estará bien, lo tienes controlado». Se mira al espejo sólo para recordar lo bien que le queda el azul oscuro de esa blusa. Forma un chongo con su cabello húmedo, una línea negra sobre las pestañas, brillo humectante en los labios y está lista. Es tarde.

El microbús que la lleva al centro va lento. Piensa en la cantaleta del supervisor. Está harta. «Merezco más que esa chamba». Los edificios pasan tediosos, casi tanto como el trabajo que la espera en el departamento de perfumería. Va concentrada, googleando diferentes tipos de enfermedades de la piel, cuando siente una mirada fija en ella. Una adolescente clava los ojos en su brazo derecho. Consuelo intuye que ha visto la herida y, sin darle importancia, estira la tela para cubrir la zona irritada.

Siente un piquete en los dedos. Se mira la mano, en su dedo índice hay una gota de sangre. Voltea para ver su muñeca, hay dos puntos blancos que parecen salir de la herida. No puede dejar de mirar, un cosquilleo le recorre desde la mano hasta el hombro. Está hipnotizada por la protuberancia, puede jurar que la ve moverse, que la piel se estira sin que ella lo ordene, como si algo vivo intentara salir. El cosquilleo se transforma en dolor y, ante su mirada aterrada, la herida en su brazo se abre dejando mostrar una afilada hilera de dientes. El dolor se vuelve insoportable. Con la respiración agitada y el pánico cimbrándole el cuerpo, Consuelo ve cómo la herida se convierte en unos labios delgados y cómo, mientras el camión rueda por una calle llena de baches, una lengua pequeña le lame la piel del brazo.

Se levanta mareada, el dolor le provoca náuseas. Camina al fondo del camión y presiona el timbre. El frenado repentino la tira sobre las piernas de un pasajero. No pide disculpas. Se pone de pie y sale al concreto de una calle perdida en el oriente de la Ciudad de México. Camina, se aleja de la avenida. El mareo se intensifica, intenta esquivar a la gente que curiosea en los puestos de mercancía pirata, lo logra hasta que choca con una mujer que lleva a un niño en brazos, quiere pedir disculpas, pero las náuseas se lo impiden. Siente cosquillas en la mano, esa lengua extraña curiosea como probando el aire. Va a vomitar. Los labios de su brazo se fruncen provocándole una oleada de asco. Encuentra una calle solitaria y se deja caer en el primer escalón. El desayuno que preparó Sebastián queda sobre el pavimento. Recargada en el dintel de una puerta, presa del pánico, Consuelo se desmaya. Pasan diez minutos o una hora.

Abre los ojos. Sentada en la banqueta, es ignorada por la ciudad. Intuye que está a la mitad de un sueño absurdo. En su brazo hay una boca de labios delgados y dientes blancos. «Estoy dormida… Es una pesadilla». La abertura se expande justo frente a sus ojos. El dolor ha desaparecido, siente la piel del brazo que se estira y se contrae con el movimiento de los labios. La lengua sale redonda y le humedece la piel. Cosquillas, la epidermis se eriza bajo el aliento cálido de esa otra cavidad.

Vomita de nuevo.

***

Está en su casa, no puede recordar cómo llegó. El agua fría del lavabo la hace volver en sí. Trata de lavarse el brazo como si aquella boca fuera una pintura macabra que pudiera eliminar con jabón neutro y tres talladas. El orificio tiene fauces, gruñe y le muerde la mano. Se defiende. Lo entiende, ella también lo haría. Mira su brazo como algo ajeno, esa membrana mucosa y esa cavidad están en su cuerpo, pero… Siente hambre. Un apetito visceral. El ansia de dos bocas. Su estómago jamás había estado tan vacío.

Se levanta, camina al refrigerador y saca una bolsa con jamón. La pone en la mesa y acerca el brazo, la boca se abre, la lengua jala una rebanada y la engulle, sin gracia, sin formas sociales, masticando como lo haría un animal hambriento. Devora mientras ella la mira absorta, debatiéndose entre el asco y la negación. «Busca ayuda». Jala su mochila, saca el teléfono, va a marcar el número de Sebastián, pero la voz de su madre le corta los pensamientos: «Otro que te va a dejar por rara». Tiene razón, Sebastián no puede enterarse. Un mensaje al supervisor: «córreme y quédate con tu trabajo de mierda», y está sola. Siente que el brazo le pesa veinte kilos, se deja caer en la cama y duerme hasta que el día se vuelve noche.

***

Despierta para descubrir un nuevo escozor en el otro brazo, sobre el codo izquierdo. Se mira en el espejo mientras trata de no ahogarse con el horror que le sube por la garganta. Muy pronto su piel se abrirá en otra cavidad. «Esto es peor que el cáncer». Piensa en matarse. El cuchillo carnicero podría resolverlo todo. Presiona la punta afilada contra el borde de los labios, quiere eliminar esa anormalidad como a una verruga, pero el dolor es insoportable. No puede hacerlo. Se acobarda y cae de rodillas con los brazos colgando sobre los azulejos de su diminuta cocina. Cada lágrima la aleja de la resolución. En su cabeza escasean los pensamientos, en su estómago reina el vacío. «Tengo hambre». Hay una voz delgada que pudiera jurar viene del fondo de su cabeza, pero también de su brazo derecho. Consuelo, catatónica, se deja caer en el piso mientras la boca de su muñeca encuentra restos de jamón y, ajena a su terror, la alimenta.

Han pasado horas y Sebastián la ha estado buscando.

Consuelo evade sus llamadas. ¿Qué puede decir? «Creo que estoy enferma… Tengo bocas». No. Responde en un breve mensaje: «tengo migraña, necesito descansar, te veré el fin de semana».

***

Para el miércoles la segunda cavidad se ha abierto y no es tan linda como la primera, los labios están partidos y los dientes filosos recuerdan a los de un depredador, se mueve entre pequeños gruñidos. Consuelo siente ardor en sus tres lenguas. Llega la fiebre, como si la enfermedad fuera evidencia de que ese cuerpo sigue siendo el suyo. Su organismo arde mientras el ansia de alimento la llama desde cada poro. Piensa en bajarse la temperatura y se mete a la regadera fría. Las escucha beber. «Comida». El nuevo orificio está lejos de ser sutil: «¡COMIDA!». Consuelo quiere arrancarse los oídos para evadir sus murmullos, las voces son cada vez más claras. «Queremos comer». Quiere creer que van a desaparecer, tan rápido como han llegado, y trata de dormir. Cada vez que despierta, las bocas exigen alimento. Un vacío al centro del abdomen y debajo de las costillas, la sensación de que jamás será suficiente. La voz de su madre llega desde la penumbra: «Ni para comer sirves».

Duerme con el cuerpo agotado y, presa de la metamorfosis, se embarca en sueños que la llevan de regreso al hambre del pasado. Esa que siempre ha sentido. Sutil a veces, como cuando en la iglesia deseaba ser una de las niñas del coro, ataviada de blanco y sublime, pero nunca hubo dinero para la cuota ni para los vestidos. Ardiente, como cuando se enamoró del vecino casado y le mandaba descaradas cartas adolescentes, deseando que fuera la esposa quien las encontrara. Frustrante, la mayor parte del tiempo o hasta aniquilante, como cuando su única hermana caminó de blanco hasta el altar de la mano de un hombre que bien podría haber sido suyo. Odiosa como esas veces que miraba al espejo para encontrar esa imagen que jamás cumpliría sus estándares, ni los de su madre. Ese vacío que apremia y el conocimiento de que el puro deseo jamás será suficiente. Un hambre más grande que la que crea la necesidad, de anchura tan negra que en lo profundo de su boca cabe la sanidad completa.

***

Al despertar, Consuelo descubre una nueva comezón sobre el bíceps derecho. El proceso se ha acelerado y en un par de horas tiene nuevos labios y dientes, una tercera cavidad que se mueve con balbuceos, es tan pequeña que recuerda a la de un bebé. La observa mientras piensa que el dolor de la piel abriéndose no es tan intenso como la primera vez. La idea de matarse regresa a su cabeza, como un destello, pero gana la necesidad de alimento. Camina a la cocina para buscar la comida que queda en el refrigerador: carne roja en bolsas de plástico. Mueve los brazos sobre pedazos de costillas y bistec para asar, sus protuberancias se alimentan solas. A la mitad de la ingesta siente calor, su cuerpo suda más de lo normal, las ventanas cerradas la esconden del mundo y retienen el oleaje de sus efluvios corporales. Hace una pausa para buscar agua, la sirve en un plato. Sus brazos regresan a la tarea de alimentar a las recién llegadas, mientras ella se inclina sobre el recipiente y bebe con su lengua original, lo hace a lamidas, como un felino. Sentada en el comedor de su departamento de dos piezas, con los brazos estirados sobre la carne y moviéndose con el impulso de sus bocas, el sabor a agua fresca bajando por su garganta, se percata de que algo cambia. Una tranquilidad desconocida se posa en su cabeza, Consuelo se siente concentrada. Escucha el rítmico masticar y entiende que esta es su vida ahora. Los estímulos llegan a su cerebro, cada línea de dientes come de diferente manera. No se había dado la oportunidad de escucharlas. La boca de la muñeca derecha lame el jugo de la carne, los colmillos del brazo izquierdo arrancan los pedazos crudos y la pequeña mastica lento, como extrayendo el sabor. El carnívoro banquete es una ola de placer para su cerebro. Puede sentir cómo estas nuevas partes de su cuerpo han creado conexiones con el estómago. Comprende entonces, y asume, la enorme responsabilidad de alimentarlas. Ella las ha llamado, esas cavidades llegan para unirse a su eterna búsqueda por el placer de la saciedad.

Duerme, recargada en la mesa del comedor, entre recibos y restos de carne. La luz artificial de la calle apenas se cuela entre las cortinas negras. Nadie la verá con los brazos sucios y el cabello empapado, metido en el plato con agua. Nadie escuchará el ronquido discreto de alguna de sus bocas.

La despierta su creciente apetito. Aún sorprendida se encuentra con el nacimiento de dos pequeñas cavidades en su brazo izquierdo, una voluptuosa al centro de su abdomen y dos discretas que se mueven sobre sus senos. «Necesitamos comer». Ella tiene hambre. El vacío de todas sus bocas duele en el estómago. Lo ha devorado todo. Sus cavidades lamen, las recién nacidas no han probado alimento. Se baña con cuidado, apretando todos los labios para evitar la entrada de químicos. Se viste, cubriendo con delicadeza a cada una de las hambrientas. Siente la urgencia en la piel y en los intestinos. No puede esperar más.

***

Llega a casa de Sebastián, él abre la puerta y la abraza. Le da gusto verla de pie.

—Estaba preocupado, chiquita, ¿cómo te sientes? —pregunta, cariñoso.

—Mejor que nunca —responde ella con una sonrisa—. No te preocupes por mí, sigue trabajando. Me haré algo de comer.

La deja en la cocina y vuelve a la computadora. No la ve de pie frente al refrigerador, ni ve cómo saca hasta el último paquete de carne congelada y los hunde en agua. Acomoda en la mesa varias lonjas de tocino, la carne molida que Sebastián usaría para prepararles hamburguesas y un paquete de salchichas de pavo. Después, con la delicadeza de una madre, se despoja de la blusa. Las fauces se abren, las lenguas se extienden y ella, con sumo cuidado, empieza a alimentarlas. Los pedazos de carne desaparecen en medio de su estremecimiento. Cierra los ojos para ser una con la ingesta. Sus bocas devoran, siente su agradecimiento, pero la hambruna sigue ahí. ¿Será que no encontrará descanso hasta que ceda por completo a esta nueva maternidad que la ha transformado? Ceder y encontrar la saciedad. Ahora que al fin tiene los medios para calmar el ansia.

De las bocas salen lenguas que palpan el ambiente y ubican el movimiento. Consuelo camina fuera de la cocina, el delirio y el amor ocupándole la mirada, y el torso desnudo. Su cerebro sólo es hambre cuando extiende los brazos hacia el cuerpo de su novio. Lo rodea con ternura y él responde besándole la mano, un segundo después grita. La boca de colmillos afilados se clava en su hombro, el olor de la sangre es un llamado para las otras que buscan el alimento. Ella aprieta el abrazo. Las bocas lamen piel y tela antes de soltar la mordida. Sebastián trata de levantarse, empujarla y librarse de sus brazos, pero Consuelo se pega a su piel con la tenacidad que exige la supervivencia.

La sangre escurre. El dolor aumenta. Está siendo cazado por pequeñas lenguas y filosos dientes. Las recién nacidas tienen que comer. En vano, intenta salvarse, la avidez es un relámpago que multiplica las fuerzas de Consuelo y él, abrumado por el dolor y por la sospecha de ser presa de algo que escapa a su entendimiento, dobla las rodillas. Ella está frente a él, como una diosa antigua, y en su piel, cual roca, hay bocas talladas, fauces que lo reclaman. La ve, aterrorizado, en brazos, abdomen y pechos tiene colmillos y labios. En las piernas largas protuberancias rojas que se agitan, como si algo vivo intentara escapar. Ella se hinca a su lado y con el peso de su cuerpo lo obliga a recostarse. Sebastián cede, encantado, como si descubriera un instinto primitivo donde el hombre nace para ser devorado.

Ella lo rodea con la órbita de su abrazo y lo besa con todos sus labios. Las bocas se aferran, muerden, succionan, destrozan la arteria carótida. La nariz de Consuelo se llena con el aroma a hierro y en su mente aparece un último deseo: que Sebastián pierda la conciencia y, vencida, se une al festín lamiendo con su lengua original las heridas abiertas por sus hijas.

El sabor de la sangre trae la claridad de una mente sin voces. Es la primera vez en treinta y cuatro años que se siente satisfecha. Sus boquitas se relamen los labios. Terminada la ingesta, Consuelo, con la ternura de una madre, lava la sangre que le escurre por los brazos y limpia con cuidado los contornos de cada uno de sus labios, usa la suavidad de sus dedos para conocer a esas nuevas bocas que se han abierto en sus piernas. Revuelve el clóset para encontrar prendas holgadas con que cubrirlas. El espejo le ofrece un nuevo rostro, uno que no está cansado ni ansioso.

—Si me pudieras ver, mamá —susurra en un desliz de nostalgia.

Se moja el cabello y lo deja suelto. Se ajusta el cuello de una camisa negra. Se siente plena, alimentada. Está lista. Pasa sobre el cuerpo inerte de Sebastián y abre la puerta para recibir el aire fresco de una tarde de viernes. Respira profundo y sonríe con cada una de sus bocas.

Ana Jácome (México). Escritora de cuentos raros. Ferviente lectora de lo inusual. Amante de monstruos y extrañezas. Ha sido publicada en las revistas Penumbria, Fanzine Delfos, Letras Insomnes, Cuentística y Especulativas. Incluida en antologías de Lengua de Diablo y fue mención honorífica en el I Premio Nacional de Cuento de Extraña Imaginación de la misma editorial. En 2024 publicó de forma independiente la antología titulada Historias que me contaron y en 2025 fue seleccionada para formar parte de Hasta mi boca un grito, antología de autoras, de Editorial Gato Blanco (México, 2026).

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