Es el cantar de los grillos plateados

1

Pinocho se volvió y vio un grueso grillo que subía despacio por la pared.
—¿Quién eres tú?
—Soy el Grillo parlante. Vivo en esta habitación desde hace más de cien años.
—Pues desde hoy esta habitación es mía —dijo el monigote—, y si quieres hacerme un verdadero favor, vete de aquí en seguida sin volver la vista atrás.

Carlo Collodi, Las aventuras de Pinocho

Cien libras de kobe poco hecho; no pedí nada más para mi última cena. Kobe sin acompañamientos ni añadidos, por supuesto. ¿Y qué se atrevieron a darme? Un tarro de yogur bajo en grasa y dos galletas de arroz, mi amable lector.

—¡Palurdos! ¡Tragavirotes! ¡Esgorciados! —maldije aunque no hubieran oídos humanos para escucharme al otro lado de la ventanilla replegada.

Te imaginarás que ante semejante comida final, cualquier hombre sensible como yo se despediría con rencor de esta vida; pero de todos modos me tragué aquella morgufa. Era preferible a morir con el estómago vacío, como los bramalumos. Pasados treinta minutos, fui extraído de la celda de forma mecánica y empotrado sobre un patíbulo corredizo. Los grilletes de metal crujían y las tenazas hidráulicas chirriaban, resistiendo a duras penas mis trescientos kilos de musculatura hipertrofiada mediante implantes biónicos. Diez androides me custodiaban mientras atravesaba el pasillo del que nadie volvía, embutido en un uniforme anaranjado chillón. Yo me puse a canturrear Leck mich im Arsch.

Allá arriba no existía ni una sola ventana que permitiera echar un vistazo al espacio exterior. Entre las placas de titanio, las lámparas incandescentes nunca se apagaban. Los largos pasillos y las galerías blancas, desinfectadas con demasiado celo, ya habían adquirido un olor a quirófano. En el centro de ese vacío aséptico se encontraba suspendida la plataforma de ejecución, iluminada con luces de todos los colores, igual que la pista de un circo barato: visible para todos aquellos que ocupaban las celdas herméticas circundantes, a la espera de su propio turno, luego del mío.

La Perrera, primera cárcel puesta en órbita por la humanidad, era un matadero rotativo de calabozos con gravedad artificial. Adentro se hallaba reunida una colección de los peores megacriminales del siglo XXV: multihomicidas en masa, terroristas polirreligiosos, pervertidos metasexuales, cibermatones a sueldo, neocapos del neotráfico y dictadores mutantes derrocados hacía poco; cada uno sentenciado a la misma muerte, una muerte a casi cuarenta mil kilómetros de altitud, muy lejos del suelo que jamás debimos pisar, muy lejos de los vivos para que nos olviden lo más pronto posible.

El patíbulo se acopló a la plataforma, pesadamente. Desde pequeños altavoces en los muros, una voz sintética dictó mi nombre completo.

—¡Ey, badulaque! ¡Solo dime el Grandote como todo el mundo! —protesté.

Sin prestar atención, la voz procedió a mencionar mis crímenes perpetrados contra la humanidad o, por lo menos, aquellos que se comprobaron frente a los jueces internacionales. Me puse de buen humor al escuchar aquellas travesuras tan atroces, tan divertidas.

La masacre en el biodomo de Alta Baza: cuatrocientos dieciocho investigadores asfixiados debido al cianuro de hidrógeno que introduje en los purificadores de aire. Despreciaba a esos blisquios.

El ataque a la ciudadela flotante Thule III: doscientos cuarenta y siete pioneros ahogados en el golfo de México; nadé empujando una mina submarina contra su quilla. Un sabotaje pagado.

La carnicería en la selva de Nueva Colombia: sesenta y cinco exploradores asesinados durante dos meses de cacería humana. Mero ejercicio para mantenerme en forma.

Se terminó el recuento y la diversión. Sonaba una letanía religiosa pregrabada. Creo que me dormí por unos minutos. Acabó despabilándome el alboroto de una compuerta que se retraía en un muro para permitir la dramática irrupción de un cañón plasmático, apuntado a la vastedad de mi pecho. No me dejé amedrentar por el aspecto del arma, obviamente diseñada para infundir miedo con su parafernalia de bobinas magnéticas y su blindaje de berilio; pero mis entrañas sí temblaron, debido al yogur.

—¡Acaba con esto de una vez o vamos a lamentarlo!

Me arrepentí de tales palabras al apreciar a ma chère amie de pie en lo alto del observatorio. La única espectadora de mi desintegración absoluta, hermosa e indiferente detrás de una cúpula de grafito vitrocerámico, mi fría Galatea, mi puntual Tisífone, mi uniformada Maritornes: Herlena Ellisonia, la detective que me arrestó con mucha amabilidad en una taberna de ciudad Santa Fortuna, cuando ella ni siquiera tenía edad para beber.

Quise guiñarle un ojo a Herlena, pero se me adelantó el cañón chisporroteando plasma. Su resplandor cubrió la plataforma entera. La sombra del patíbulo y la sombra del arma, estiradas por una milésima de segundo, cobraron el aspecto de criaturas diabólicas. Con una furia justiciera, un haz de gas ionizado borró de la existencia mis dos metros y medio de altura, sin hallar ni medio centímetro temeroso del infierno, o la inexistencia, o la reencarnación.

Hubo un océano de nada y una eternidad falsa. Después padecí cierta sensación corporal bastante definida: un retortijón. Me liberé del patíbulo aprovechando que los grilletes y las tenazas estaban flojos ahora. Corrí a un rincón soltando la blúrgoñe a chorros. Ya con el vientre aligerado, pude percatarme de que se habían desactivado los androides guardianes y la plataforma de ejecución se hallaba en una penumbra silenciosa. Tuve que palmear mis hombros forzudos para comprobar que no se trataba de una pesadilla después de la muerte. Efectivamente, el Grandote, camarada del amable lector, continuaba vivo y sano como un monaguillo obediente a Dios.

—¿Esto es una broma, señorita Herlena? —gruñí.

Nadie respondió a mis palabras, ni boca humana ni eco robótico. Ninguna presencia se avistaba entre las sombras del observatorio. Manoteando en las tinieblas descubrí el cañón plasmático, erguido en la quietud como el fósil de monstruo prehistórico. Detrás de él, la compuerta entreabierta no se opuso a mi paso. Recorrí los pasillos y contemplé las celdas sin ocupantes. Descarté con rapidez la idea de que hubiera ocurrido un motín al no toparme con signos de combate, sino de abandono. La Perrera se había convertido de repente en una estación espacial fantasma.

Me apresuré a buscar una nave para largarme de ese ergástulo antes de agotar los remanentes de oxígeno. En un hangar del pabellón clínico, descubrí una cápsula de salvamento monoplaza. Logré acomodarme de milagro en el interior de su cabina, diseñada para anatomías mucho menos hercúleas que la mía. Pude poner en funcionamiento la diminuta computadora de a bordo. La pantalla holográfica me mostró una fecha en cuanto se encendió: 17 de junio de 2550, setenta años después del día marcado para mi ejecución. Comprendí en un segundo que el cañón plasmático tenía mal calibradas las bobinas al momento de dispararme; en lugar de acabar conmigo, me había enviado más de medio siglo en el futuro.

Verás, mi amable lector, te lo explico de una forma breve: cuando un plasma se dispara con una fluctuación en los campos de confinamiento magnético, el flujo de partículas ionizadas puede alcanzar velocidades relativistas cercanas a las de la luz. En la física de Einstein, la concentración masiva de energía en un solo punto, combinada con velocidades hiperrelativistas, deforma el espaciotiempo local, creando lo que en astrofísica se conoce como un microagujero de gusano de Lorentz o un efecto de dilatación temporal por arrastre de marco. El cañonazo no me desintegró; su energía acumulada abrió una grieta cuántica momentánea que desplazó mis átomos intactos setenta años hacia adelante en la línea temporal de la propia cárcel. Solamente tuve que ser lo suficientemente macho para sobrevivir.

Desde luego, no significó mayor sorpresa para mí; el destino encontró antes otros métodos más enrevesados para salvarme. Te lo juro. Sin embargo, según los últimos archivos de la computadora, la cárcel orbital había sido abandonada a los veinte años de mi presunta muerte. ¿Qué sucedió? No hubo megacriminales que alojar aquí. Los registros delictivos bajaron a cero en la Tierra, una revelación que sí me causó un asombro auténtico y muy grande. El desconcierto fue mi compañero mientras ponía en marcha la nave hacia el planeta, deseoso de averiguar qué ocurrió allá para extinguir todas y cada una de las conductas prohibidas por la ley y, sin importar el motivo, revertir de inmediato los índices nulos.

2

Pinocho se levantó enfurecido, agarró del banco un martillo de madera y lo arrojó contra el Grillo Parlante. Quizá no tenía intención de golpearlo, pero desgraciadamente lo alcanzó justo en la cabeza, al punto que al pobre insecto casi no le quedó aliento para decir cri-cri-cri, y después se quedó allí, tieso y aplastado contra la pared.

Carlo Collodi, Las aventuras de Pinocho

Hice aterrizar la cápsula en las colinas que rodeaban Santa Fortuna, con más brusquedad de la deseada. Dejé atrás un cráter humeante y crucé los campos en medio de la oscuridad, cual fiera regresando a sus antiguos dominios. Seguí unas vías electrosolares hacia el interior de la metrópolis. Merodeé en las callejuelas, observé desde los rincones. No quedaba nada del otrora sumidero criminal en el que ocurrían quince matanzas cada media hora. Me encontré con un vomitivo espectáculo de armonía y tranquilidad, un hormiguero apacible y hermoso. Los distritos ocupados antes por barrios salvajes, nidos de drogadictos y prostíbulos clandestinos, alojaban ahora viviendas comunitarias de cristal orgánico, rodeadas por huertos flotantes y avenidas de luz dorada. Busqué sin éxito los puestos de vigilancia, las aeronaves antidisturbios o el destello rojiazul de las patrullas. Nada, ni un solo cerdo azul a la vista. La policía había dejado de existir. Los ciudadanos paseaban en plena noche con indolencia. Sonreían sin mirar atrás, felices, ingenuos, despojados de temores. Asumí que la misma escena se reproducía alrededor del mundo. Era un paraíso de estultos esperando a que yo regresara para recordarles el significado del miedo.

—¿Por dónde empiezo a derribar semejante monumento a la aburrición? —rozné deseoso y me temblaron las manos—. ¿Cuál debe ser mi primer crimen en este siglo de santurrones?

Tenía que ser un acto teatral y grandilocuente, un sacrilegio que despertara de golpe las peores vivencias de la humanidad. La elección de mi primera víctima requería una finura de sommelier. No podía conformarme con un degollamiento vulgar en un callejón… ¿O sí? En tanto dudaba, tuve una revelación. El rostro de Herlena Ellisonia cruzó por mi mente. Setenta años… Demasiado tiempo. ¿Todavía viviría en alguna parte de Santa Fortuna? La imaginé convertida en una anciana canosa y encorvada, con el culo gordo metido en una mecedora. Sin duda, ella estaría encantada de verme otra vez.

Fue entonces cuando escuché una vocecita cantarina hablando junto a mi oreja:

—¡Ay de los hombres que solo conocen el lenguaje de la sangre y desprecian la quietud del espíritu! Al final del camino, a todos ellos les aguarda el mismo remordimiento, la misma miseria.

Miré de reojo a un insecto parlante que estaba posado sobre mi hombro. ¿Acababa de leer mis pensamientos? Lo tomé entre dos dedos, siendo muy cuidadoso para no destruirlo. Se trataba de un grillo robótico, con un pulido exoesqueleto segmentado en placas tan delgadas como papel, debajo de las cuales se alcanzaba a observar sus complejas entrañas cibernéticas. Tenía dos pares de alas, hechas de grafeno, y unas lentillas redondas y relucientes a manera de ojos. Aprecié los decodificadores cerebrales miniaturizados que remataban sus antenas. ¿Sería posible que…?

El grillo quiso hablarme de nuevo, pero no resistió al recibir una pizca de mi fuerza. La coraza produjo el mismo sonido que una burbuja de jabón al reventar, y las lentillas saltaron fuera de la pequeña cabeza. Las tripas electrónicas salieron del abdomen, mezcladas con un fluido viscoso similar a la linfa. Al arrancarle las antenas, unas chispas me hicieron cosquillas en las yemas de los dedos. Las patitas articuladas se sacudieron de forma convulsa, rascando el aire inútilmente, hasta que el último circuito impreso terminó de fundirse bajo mis uñas.

Tras deshacerme del bicho entrometido, creí que podría atender mis planes sin más interrupciones. Antes que cualquier otra cosa, necesitaba cambiar de vestuario. Un coloso como yo llamaba demasiado la atención como para andar por ahí con un uniforme anacrónico. Abandoné las sombras, crucé una avenida y me metí en la primera casa de cristal orgánico que encontré. Ni siquiera tenía la puerta cerrada; la ausencia de cerraduras delataba la estúpida confianza reinante. Las luces del vestíbulo se encendieron solas. No había dado más de tres pasos cuando un zumbido metálico interrumpió el silencio, seguido de una vocecita bien afinada:

—¡No entres en casas ajenas sin permiso! Los malportados se arrepienten tarde o temprano.

—¡Pércrotos! ¡Otra garrapata igual! —refunfuñé.

Solté un puñetazo contra el cielo raso del recibidor. Un grillo cayó al suelo transformado en un confeti reluciente. ¿Acaso algo así de minúsculo había…?

Los moradores no estaban ahí en esos momentos, por suerte para ellos. Solo un gato blanco, gordo e incauto vino a ver qué sucedía. Se frotó contra mis tobillos, ronroneando. Con un puntapié lo convertí en un balón peludo que salió volando a través de una ventana. Sus maullidos de dolor se perdieron en la lejanía.

—¡Bruto desalmado e insensible…!

Adivinaste, mi amable lector: tales palabras provenían de un nuevo grillo entrometido.

—¡… no lastimes a los animales! —siguió diciendo desde las tablas del suelo—. Quien se divierte con el sufrimiento de los inocentes, cosecha un amargo llanto.

—¡Cosecha un amargo llanto! —lo remedé burlonamente.

Pisé ese pedazo de chatarra, dejando una mancha de purpurina. No, imposible, de ninguna manera estos bichos podrían haber…

Fui a la cocina aún maldiciendo entre dientes. El refrigerador estaba lleno de tofu y otras blúrgoñes veganas; lo vacié por completo. Subí a los dormitorios del piso superior, destrocé los armarios y las cómodas sin encontrar nada que me sirviera en ese guardarropa para alfeñiques. Frustrado, arranqué las colchas de una cama matrimonial y me confeccioné un envoltorio tosco. Sabía a la perfección que lucía ridículo, embutido en una especie de túnica que apenas me cubría hasta las rodillas.

—Ninguna tela del mundo puede cubrir la fealdad de un criminal.

Levanté la cama con una mano y la arrojé contra el grillo que se asomaba por una rejilla de ventilación. Las paredes temblaron, una nubecita de polvo se desprendió del techo. Condenados insectos, tal vez sí… tal vez sí…

Al abandonar la casa, ya sospechaba que resultaría imposible librarme de estos grillos. ¿Me equivoqué? No, no me equivoqué. Aparecieron por todas partes sin darme paz ni tregua. Los arbustos susurraban sermones, las farolas dictaban amonestaciones, las esquinas clamaban reprimendas. Para cuando amaneció, yo aceleraba con rabia un buggy arenero, recién robado, perseguido por un enjambre que venía dando saltos y me aleccionaba a coro respecto a mis faltas: «Los malvados quieren escapar de su propio corazón», «La violencia te consumirá con violencia», «Tus culpas corren más rápido mientras huyes de ellas», «Y saca de tus fantasías eróticas a la madre del amable lector».

Estrellé el buggy contra el vestíbulo de un bonito centro comercial. Sacudí los trozos de metal que cayeron sobre mí, salté fuera del vehículo y me abrí paso en medio de la gente asustada. Un par de empleados se acercaron corriendo para preguntarme si estaba bien. Pensaron que había sido un accidente. Los tomé del cuello y los lancé por encima de mi cabeza. Visité una tienda de jardinería, cogí un barril de cloroceno y otro de fitoestricnina-9 y comencé a vertirlos sobre los muebles de madera reciclada y el pasto biónico enrollado, mientras el lugar se iba abarrotando con una oleada de grillos.

—¡El mundo está infestado! —vociferé—. ¡Pero no hay nada que temer! ¡Porque ha llegado el exterminador de plagas!

Arranqué a puño limpio el cableado de un robot antiincendios. Sus chispas provocaron un flamazo y las cosas empapadas de químicos ardieron como antorchas. Las llamas azules y púrpuras se alzaron hasta relamer el techo. Un mar de fuego recorrió pronto toda la tienda, acompañado por una densa humareda. En medio de ese infierno, cientos de grillos empezaron a estallar igual que palomitas de maíz.

Salí del centro comercial con el rostro chamuscado, sin pestañas ni cejas, sonriendo victorioso. El incendio se extendía a mis espaldas, provocaba explosiones a lo largo del edificio y su estacionamiento. Oí las sirenas de los drones bomberos, aproximándose. Me preparé para derribarlos. Desprendí la rueda de un automóvil en llamas, escudriñé el cielo entre las columnas de humo y en ese instante… no vas a creerme, oh mi amable lector, no vas a creerme que vi la llegada de un sujeto saltando doce metros por encima del fuego con unas piernas extensibles.

Tenía la complexión de un espantapájaros formado de palos y se desplazaba mediante acrobacias, exagerando sus pantomimas en medio del aire, cayendo sobre las puntas de unos mocasines. Las hombreras de su casaca eran angulosas y desproporcionadas, los faldones blancos aleteaban entre las ascuas. Usaba un corbatín, un sombrero alto de terciopelo y una máscara plateada, con semblante de insectoide, que reflejaba la lumbre.

—¡No me trispizques! ¡Regresa al carnaval, saltimbanqui! ¿O quieres jugar conmigo, señor Grillo? —grité al lanzarle la rueda, reducida a una circunferencia de goma hervida.

Él se retorció para esquivarla como si su columna vertebral estuviera moldeada con arcilla. Levantó los brazos, unos tallarines, empuñando una pistola bastante curiosa. Casi creí que era un juguete debido a su cañón en forma de embudo, abierto en torno a un diapasón de cromo. La sostuvo entre sus finas manos enguantadas, apuntándome. No produjo un fogonazo ni lanzó un proyectil cuando accionó el gatillo, pero emitió un trueno que hizo pedazos todos los vidrios en las cercanías. El aire frente a mí se distorsionó por la alta presión, describiendo una espiral traslúcida. Un pulso de ondas sónicas me golpeó de lleno en la boca del estómago con la solidez de una bola demoledora. Salí volando veinte metros y me estampé a mitad de un anuncio espectacular que promocionaba un crucero caribeño. Irme de vacaciones no me hubiera sentado mal.

De ahí en adelante, los alrededores perdieron lógica y nitidez. Mi cabeza se convirtió en una campana repiqueteando, me vibraban los dientes desde la raíz y sendos hilos de sangre escurrían por mis oídos. No supe si pasaron segundos o minutos antes de incorporarme confundido y tambaleante, con la visión borrosa, medio sordo, sufriendo náuseas. Tampoco supe si me lancé a la carga contra el señor Grillo o al revés, si él vino en mi persecución. De cualquier forma que haya sido, yo interpretaba el papel de un ebrio, lanzando puñetazos y patadas que atinaban solo al vacío, incapaz de acertarle a un contrincante que podía brincar longitudes imposibles y hacer piruetas de trapecista sobre las azoteas.

Me quedaron algunos retazos de memoria, una galería de imágenes inconexas por distintos escenarios de Santa Fortuna. Yo, derribando una hilera de estatuas doradas en un museo con la intención de sepultar al señor Grillo; su silueta ensombrerada que se descolgaba en un jardín de azaleas; el griterío mudo de las personas huyendo de un teatro, un puente, un parque de diversiones y dondequiera que prolongamos la lucha. La pistola sónica me recetó una y otra vez sus dosis a máximo volumen. Conseguí escabullirme con el culo pelado entre los trompetazos de ondas expansivas. Terminé cayendo de rodillas en una angosta plaza distrital, pavimentada con adoquines. Una placa de bronce, sujeta a un pedestal, rezaba: Armonía y Fraternidad.

El señor Grillo aterrizó frente a mí con una cabriola. Se quitó el sombrero, llevó a cabo una reverencia. Las antenas de su máscara centellearon bajo el sol. Asumió que había domado al gigantón invencible; se pavoneaba antes de terminar la lidia con un tiro de gracia. Un error que yo no iba a desaprovechar. Ya me conoces, mi amable lector. Clavé los dedos en las junturas del suelo y arranqué dos voluminosas porciones de adoquines. Él flexionó sus piernas con una elasticidad prodigiosa, pero la estrechura de la plaza no le favorecía para realizar el salto a tiempo. Mediante un movimiento semicircular, violento y aparatoso, junté ambas masas de roca, atrapándolo con un aplauso como a un mosquito sobrecrecido. Su sombrero maltrecho fue lo único que escapó de la polvareda.

3

Mientras caminaba, vio en el tronco de un árbol un animalito que titilaba con una luz pálida y opaca, como una veladora dentro de una lámpara de porcelana transparente.
—¿Quién eres? —preguntó Pinocho.
—Soy la sombra del Grillo parlante —respondió la vocecita, con un sonido tan tenue que parecía venir del otro mundo.

Carlo Collodi, Las aventuras de Pinocho

—¿Qué le ha pasado al Grandote? No luces bien —dijo Herlena Ellisonia cuando regresó de las compras matutinas y me encontró recostado en su sala a oscuras.

Las luces se encendieron. Era una casa acogedora, fácil de encontrar. Las paredes y ventanas estaban insonorizadas. No se oían los grillos de afuera.

Yo tenía puestos muchos vendajes que saqué de un botiquín en el baño y, con mi vestimenta vuelta jirones, recordaba a una momia o a una piñata.

—No te has sorprendido ni un poquito al verme —resollé, aún cansado por la acción de un rato antes—. ¿No me digas que estuviste esperándome todo este tiempo desde mi ejecución?

Ella permaneció de espaldas mientras ordenaba los víveres dentro de la cocina, a menos de tres pasos de mí.

—Es verdad. Aquel día, hace setenta años, noté el desajuste del aparato —dijo—, pero ya no pude hacer nada, excepto aguardar tu regreso en busca de una venganza contra mí.

—Perdón, detective, lo confieso. Tu muerte encabezaba mis planes en un principio…

—Pero te topaste con los grillos. —Vio de reojo cómo asentí y añadió—: Prepararé café para los dos.

Transcurridos unos cinco minutos, un par de tazas humeaban sobre la mesita central de la sala. Cogí la mía, le eché mucha azúcar y la vacié de un trago.

La vieja Herlena se reclinó sobre un taburete junto a la vitrina que exhibía sus condecoraciones oficiales; allí debía guardar una medalla del tamaño de un tazón, que le fue otorgada por mi arresto. Envolviéndose en un chal de cáñamo tejido a mano, no evidenciaba el menor rastro de nerviosismo. La firmeza y el ingenio se habían concentrado en un cuerpo más laxo. Era capaz de repetir la hazaña de capturarme sin despeinarse el chongo de cabello gris, no lo dudes. Tal vez tenía escondido un arsenal, de ser necesario. Dio unos sorbos cortos al café, como una bruja probando su brebaje. Sin despegar mucho los labios de la taza, empezó a contarme la historia de los grillos:

—Un ladrón devolviendo un reloj de lujo por aquí, un asesino soltando el cuchillo por acá, un violador subiéndose los pantalones por allá. Esos fueron los casos de arranque, dispersos alrededor del mundo. Una rareza. Si no me falla la memoria, sucedieron un poco antes del nuevo siglo, durante el otoño del 2499. En aquel entonces, la humanidad andaba igual de bien que siempre. Era un desastre incorregible, quiero decir. A nadie le pareció mal que unos cuantos criminales se hubieran arrepentido en el momento decisivo. Entregados a las autoridades por voluntad propia, cada uno daba el mismo testimonio que los demás: una vocecita le había inspirado remordimientos.

»Los incidentes siguieron sumándose sin provocar todavía el pánico social. Circularon rumores sobre un brote psicótico masivo, aunque la mayoría de las veces se argumentaba que era una mala broma y nada más. Aquí en Santa Fortuna, cuando una hija pretendió intoxicar a sus padres para quedarse con una gran herencia, escuchó unas voces desde el jardín que la convencieron de desistir y soltar el frasco. Yo misma examiné la escena de ese caso y descubrí una patita mecánica que había quedado atrapada en una coladera del jardín. Los análisis forenses no lograron identificar al insecto robótico al que pertenecía aquel miembro ni a su creador. La investigación permaneció sin resolverse, igual que las anteriores.

»Lo gordo de verdad llegó al cabo de dos o tres semanas. En una rueda de prensa, el primer ministro del Parlamento Global presentó a los primeros grillos vistos en público. Tenía tres dentro de un frasco de mayonesa. Sus androides de seguridad los capturaron esa misma mañana bajo el colchón en que él se acostaba. La revelación vino también con una carta de renuncia, dirigida al comité de ética planetaria. Durante las tres noches previas, los bichos le impidieron conciliar el sueño con una verborrea interminable, hasta que acabó arrepintiéndose de una infidelidad a su esposa.

»La confesión hizo despegar una paranoia mundial. Si los grillos ya habían entrado al dormitorio del político más importante de la Tierra, significaba que podían infiltrarse en cualquier sitio o, de no haberlo hecho ya, nada iba a impedirles llegar a todas partes. Invadieron las ciudades, casa por casa, y enseguida se apoderaron de los campos; llegaron saltando a la cumbre de las montañas; sus antenitas se asomaron entre la maleza de las islas; los oyeron hasta en los lugares más remotos del mundo. Nunca surgieron pistas para saber cómo se multiplicaban ni para señalar su procedencia. Daban la impresión de ser omnipresentes, leyendo nuestros pensamientos, supervisando nuestras conductas, siempre listos con la advertencia más pertinente: “no insultes”, “no mientas”, “no robes”, “no mates”.

»Recibir una conciencia moral significaba el terror de unos y la salvación de otros. Una parte de la gente abogó por luchar en defensa del libre albedrío humano; sin embargo, la mayoría prefirió ceder su voluntad a los grillos, a cambio de que estos reprimieran la delincuencia por persuasión, o bien, por mera testarudez. Oponerse a ellos comenzó a considerarse una apología delictiva; mientras tanto, las policías desaparecieron, los detectives nos jubilamos anticipadamente y las cárceles se clausuraron, incluida la prisión en órbita. En la actualidad, la garantía de paz y de justicia es el cantar de los grillos plateados.

—¿Y no hay más gúrdunche? ¿Alguna cosa? —pregunté cuando Herlena guardó silencio—. ¿Tú aceptaste tranquila esta situación?

—Unos colegas y yo proseguimos nuestras indagaciones en secreto hasta finales de ese año —respondió, encogida de hombros—. Localizamos un nido robótico en los bajíos al sur de la ciudad, pero alguien se encargó de impedir que nos acercáramos demasiado.

—¿Y quién fue? ¿El señor Grillo? Ese bramalumo ya no le dará problemas a nadie. ¿Dónde está el nido exactamente?

—¿Lo llamas señor Grillo? Bueno, es el nombre más adecuado para él, según un niño. —Ella sonrió—. Pero no creas que ha sido derrotado. Nadie puede ganarle, ni siquiera tú.

Me puse de pie e insistí:

—Dime la ubicación del nido.

—Shhh. —Levantó un dedo frente a su boca—. Escucha.

Durante unos momentos no oí más que el pesado compás de mi corazón. ¿Quería engañarme? No, la vieja conservaba un oído excelente. De repente, distinguí una ligera reverberación venida de la cocina. El lavaplatos vibraba con una agitación creciente. Algo venía subiendo desde el fondo de las tuberías. Un chorro de agua botó el grifo, la porcelana crujió estremecida, una grieta dividió la tarja y sus dos mitades se desprendieron. El tubo del desagüe quedó expuesto en la pared. Por el agujero comenzó a emerger una protuberancia peluda, mojada y grotesca que reconocí, tras unos segundos de confusión, como un sombrero alto de terciopelo.

—Voici el vieil ennemy en propre personne —dije.

La fuga salpicaba el suelo y la barra de la cocina. Al sombrero le siguió la máscara, luego brotaron del tubo el corbatín y la casaca. Sin precipitarse, Herlena abandonó su asiento, giró el taburete, desgarró la base del cojín, metió una mano en el relleno y extrajo un recuerdo de tiempos mejores: un revólver de macrones.

Más agua fluía a través de las pequeñas cuarteaduras que iban abriéndose en el muro. El señor Grillo se contorsionaba en ángulos antinaturales, empujando su torso por el estrecho agujero. Sin embargo, el arma de alta saturación osciló de aquí para allá, indecisa.

—Ay, por favor, ¿en serio estás dudando? —le reproché a Herlena.

Un brazo largo y escuálido se dislocó para encontrar una ruta al exterior y volvió a articularse sosteniendo su propia pistola.

—¡Vamos, Herlena, dispárale a él! ¡Yo soy el bueno de esta historia!

—¡Cállate! ¡Tú jamás serás el bueno de ninguna historia! —me sentenció.

Jaló el gatillo y el revólver escupió gránulos de tungsteno a hipervelocidad. La sala se iluminó con una densa estela incandescente. Una hombrera de la casaca desapareció, vaporizada a nivel molecular. No fue una demostración de puntería óptima, siendo sincero, pero me dio el tiempo que necesitaba. Separé del muro un bloque del grueso material insonorizante de poliuretano, usándolo como escudo para cubrirnos a Herlena y a mí. El señor Grillo, con el costado vaporoso, se arrastró fuera del agujero y contraatacó disparando un pulso sónico.

La espuma acústica de alta densidad cumplió el trabajo de atrapar las frecuencias en millones de sus microcavidades y disiparlas en forma de un calor intenso. Una parte del bloque terminó derretida por el impacto directo. Confinada dentro de la casa, la vibración residual de la onda expansiva fue despiadada y brutal. Sobreviví casi ileso gracias a mis modificaciones musculares superlativas. Por el contrario, el cuerpo frágil de una anciana no tuvo la menor oportunidad. Al soltar el escudo, vi a la detective Herlena Ellisonia asfixiándose con su propia sangre. La energía disipada le había roto los capilares de los pulmones.

—Qué pena —dije—. Empezábamos a entendernos, querida.

Me hizo una seña insultante y leí en sus labios unas palabras pronunciadas sin aliento. La ubicación del nido.

El señor Grillo extendió sus piernas, encaramado a los muebles rotos. Pretendía realizar una segunda descarga desde una posición ventajosa. Me abalancé en contra suya, aferré una mano, aferré un pie, lo levanté en vilo como si fuéramos un chiquillo enojado con su peluche, o un gorila castigando a un simio menor, o un bafundio que gúrdunchaba a un esgorciado. Jalé sus miembros en direcciones opuestas con toda la fuerza concedida por el uso inmoral de la ciencia. La máscara empezó a abrirse, la ropa se desgarró, el cuerpo cedió por la mitad. No afloraron las tripas como serpentinas ni los espectaculares borbotones de sangre. Desde el interior escapó una refulgente y frenética legión de miles de grillos. Los mocasines y los andrajos quedaron vacíos sobre un charco de agua. La casa en ruinas retumbó con un vocerío.

Permití que la fuga inundara el lugar hasta esta mañana, para sumergir a los bichos.

Te he escrito las páginas previas a lo largo de esas horas, mi amable lector. El agua ha hundido el piso, revelándome el resto del armamento oculto de Herlena. A donde me dirijo ya no puedes acompañarme. No te preocupes, voy bien pertrechado. Visitaré el nido en los bajíos sureños de Santa Fortuna; supongo que será el primero de una larga cruzada. Yo, el Grandote, encarno la única esperanza de este siglo. Los justos y los sensatos estarán conmigo, o su existencia será breve. ¿Una reflexión antes de despedirnos? Bien, si me lo pides, quisiera parafrasear a cierto filósofo decimonónico y decir que cualquier criatura viva anhela, antes que nada, dar libre curso a su propia fuerza, porque la vida misma es voluntad de poder… y nunca permitas que un grillo plateado quiera convencerte de lo contrario.

Krsna Sánchez (México) es un escritor de literatura especulativa que radica en Guadalajara. Con el cuento “Sor Irinea y la nahuálida Zarpa Brava” ganó el XXXIX Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2023). Ha publicado en revistas como Sofón, Colectivero y Letras Insomnes. Ha sido becario en creación literaria, completando 3 proyectos de cuentos, e impartió la conferencia Historia secreta de la ciencia ficción en México. Su libro más reciente es Espejismos a prueba de rayaduras, publicado por Casa Futura.

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