Cartesiana

Nadie quería abrir la puerta, así que le pidieron a Cartesiana que escogiera un alumno al azar y resultó ser él. Por supuesto que era él.

SEN-DIA-GOU

Santiago agachó la cabeza mientras escuchaba como aquella voz, robótica pero parecida a la de una mujer, volvía a pronunciar mal cada sílaba de su nombre. Era ya la cuarta vez que el algoritmo lo elegía para llevar a cabo alguna tarea desagradable, de esas que nadie quería hacer, y eso que tan sólo llevaba dos míseras semanas en el Internado Descartes.

—Eso es racista, tía Carty —dijo uno de sus compañeros, y todos se rieron.

Por supuesto que lo hicieron.

Y Santiago se forzó a sí mismo a soltar una risilla nerviosa también. Porque al buen humor se le consideraba una señal de inteligencia, y el haberse rehusado a reír sólo habría confirmado aquellos rumores de que no era tan inteligente como el resto sus compañeros. El último clavo en un ataúd al cuál él mismo se había metido cuando mencionó, como si fuera cualquiera cosa, que había nacido en Los Baldíos.

Cuando las risas al fin cesaron y los pasillos de la escuela quedaron en silencio una vez más, Santiago dio un paso al frente, estiró el brazo, y colocó su mano temblorosa sobre la perilla. Entonces, después de un último y muy largo suspiro, abrió la puerta del cubículo de pruebas sólo para descubrir que Aaron ya estaba muerto.

Tim se abrió paso a empujones y se alejó de la multitud, de los murmullos.

Se alejó hasta que, detrás de él, en la distancia, ya sólo se escuchaba la voz de Santiago. El pobre muchacho seguía explicándole a los demás que sí, que Aaron sí estaba muerto, y que no, que ya no tenía signos vitales.

Mientras tanto, alguien de entre la multitud le rogaba a Cartesiana que reportara el incidente a La Civilización y pidiera ayuda. Pero Tim sabía que las cosas no funcionaban así. Aquel reporte tan sólo se quedaría en algún oscuro buzón de entrada junto a los cientos de solicitudes de suministros y reportes de quejas provenientes de cientos de otras escuelas.

Pasarían días antes de que un humano lo leyera.

Tim aceleró el paso hacía el gran salón central y encendió el primer radio-altavoz que allí encontró. Entonces llamó al servicio de soporte técnico para usuarios y esperó a que le respondiera un ser humano. Cualquier ser humano. Aunque tuviera que ser su padre.

Emery fue hasta el cuarto de suministros, tomó una sábana blanca, y regresó al cubículo de pruebas donde yacía el cuerpo de Aaron.

La multitud se había disipado ya y todos habían regresado a sus cuartos, o a la biblioteca, o a sus propios cubículos de prueba. No podía culparlos. Nadie en el Internado Descartes era amigo de nadie, no de verdad. Pero tampoco era como que pudiera dejar que el cuerpo de Aaron simplemente se quedara ahí tirado. Así que se arrodilló a su lado, lo cubrió con la sábana blanca, y rezó por él. Luego regresó a su propio cuarto mientras se preguntaba qué pasaría si ella también llegase a morir en aquel lugar. Pero muy en el fondo sabía que probablemente nadie se tomaría la molestia de cubrir su cuerpo o rezar por ella.

Matthew dijo lo que todos estaban pensando:

—La tía Carty lo mató.

Todos en el gran salón central voltearon a verlo, impactados.

Y Cartesiana no lo negó.

Pero sí lo hizo alguien más.

—El algoritmo no lo mató —dijo aquel pobre inmundo, el que venía de Los Baldíos—. Lo revisé. Murió por asfixia.

Cuando el servicio de soporte técnico finalmente les puso en contacto con un ser humano, se les dijo a todos los estudiantes que se reunieran en el gran salón central y que esperasen a que llegara la ayuda. Así que ahora Matthew estaba atrapado con los menos iluminados.

—¿Y quién crees que lo asfixió, genio? —le preguntó al muchacho de Los Baldíos.

—Nadie —respondió él—. Esas cubículos son pequeñísimas y sólo tienen una ventila diminuta. Era cuestión de tiempo.

—Entonces, ¿esperas que creamos que es una coincidencia que se murió el que tenía las peores calificaciones? —Un barullo estalló entre la multitud. Matthew hizo una pausa y luego continuó—: Pues bien, entonces hay que preguntarle directamente. Oye, tía Carty, ¿nos puedes contar sí mataste a Aaron?

—No, no lo hice.

Los estudiantes suspiraron aliviados, pero Matthew aún no estaba satisfecho.

—¿Y quién lo mató, entonces?

—La ignorancia —respondió Cartesiana.

Y los murmullos estallaron otra vez.

—¿Puedes decirnos qué pasó exactamente?

—No, lo siento. No puedo contarle a nadie lo que ocurre en los cubículos de prueba de otros estudiantes.

La primera vez que Santiago estuvo en su cubículo de pruebas, unas dos semanas antes de que Aaron muriera, le tomó casi tres horas poder salir.

Se suponía que cada sesión duraba aproximadamente una hora, pero Santiago había crecido en Los Baldíos y nunca había usado una computadora, y le había costado bastante aprenderse dónde estaba cada letra en el teclado.

El cubículo era apenas lo bastante grande para una silla y dos escritorios. Las paredes, el techo y el techo estaban todos recubiertos de metal, y había tan sólo una pequeña ventila para dejar pasar el aire y una puerta que no se abriría hasta que hubiese terminado su examen. Era natural que, después de casi tres horas encerrado en aquella jaula, Santiago comenzara a desesperarse. Y en algún punto dejó de preocuparse por sus calificaciones y comenzó a responder lo que primero que se le viniera a la mente con tal de poder escapar.

El último problema era práctico.

Cartesiana le dijo que dejara la computadora y volteara su silla hacia el escritorio más grande. Entonces, una pequeña puerta se abrió y un elevador le hizo entrega de una bandeja llena de reactivos químicos.

—Tienes que preparar acetato de sodio —le dijo el algoritmo.

Santiago sonrió aliviado.

Sabía que la fórmula del acetato de sodio era CH3COONa, y confiaba en poder deducir cómo se preparaba. La química era, después de todo, una cuestión de balance. Sólo tenía que encontrar los reactivos que tuvieran los mismos símbolos que el acetato de sodio y mezclarlos. Y parecía que el NaHCO3 y el CH3COOH eran los candidatos ganadores. Lo que sea que fuese a pasar con las ces, las haches y las os sobrantes se quedaría como un misterio.

Al poco tiempo Santiago cruzó la puerta y salió de su cubículo de pruebas, dejando atrás un recipiente de vidrio con espuma burbujeante.

Tim pasó un largo rato analizando las opciones en el menú desplegable.

Desde que tenía uso de razón, él siempre había soñado con poder pasar una tarde entera escuchando música, o jugando videojuegos, o viendo películas, y ahora que finalmente tenía tiempo se daba cuenta de que no sabía cómo hacerlo. No era que no supiera cómo seleccionar una opción en el menú, establecer sus preferencias y esperar a que el algoritmo generara la cosa con la cuál quisiera perder su tiempo. Por supuesto que sabía hacer aquello. Lo que no sabía era cómo perder el tiempo. No sabía cómo relajarse y disfrutar de las cosas, de cualquier cosa, y probablemente ya nunca aprendería a hacerlo.

Estaba a punto de apagar su computadora cuando Santiago abrió la puerta de la habitación que les habían asignado a compartir. Santiago miró a Tim con sus ojos oscuros, luego a la pantalla con el menú desplagado, y luego a Tim de nuevo.

—Nunca tuve la oportunidad de ver algo hecho con un algoritmo —le dijo por fin.

—Bueno, yo puedo enseñarte cómo se hace, sí tú quieres.

—Sólo si no estás ocupado —dijo Santiago, avergonzado—. Tampoco quiero quitarte mucho tiempo.

—Estás de suerte. Justo acababa de terminar mi tarea.

Al terminar las cuatro horas de estudio que eran obligatorias para todos los alumnos, Emery fue directo al cuarto de suministros. Allí tomó una silla alta, una bandeja, un paquete de papel blanco y una caja de cartuchos para impresora, y se llevó todo para su habitación. Aquella noche, había decidido, era para pintar.

—Yo puedo darte lo que sea que necesites —le dijo Cartesiana.

—No, gracias —respondió Emery.

Acto seguido alineó y pegó cuatro hojas de papel y las colgó del respaldo de la silla para simular un lienzo. Entonces mordió los cartuchos y derramó la tinta sobre la bandeja para hacerse una paleta.

—Yo puedo pintar cualquier cosa por ti —insistió Cartesiana.

—No, gracias.

—Puedo hacerlo más rápido y mejor que tú.

—No me importa.

—Pruébame. Dime qué es lo que quieres pintar.

—Todavía no lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

—Porque quiero hacerlo.

—Esa es una tontería.

—Bueno, tú eres una tontería para mí, y realmente preferiría no tener que tratar contigo.

Entonces se hizo el silencio, y Cartesiana nunca más le habló.

Matthew se inclinó hacia el frente, dio un vistazo rápido a los alrededores para comprobar que no viniera nadie, y susurró:

—Creo que sé quién viene de Los Baldíos.

Sus amigos soltaron una risilla cínica. Ya sabían de qué iba aquello.

Su grupo se reunía cada tarde en el gran salón central para estudiar, y algunas veces también intercambiaban información interesante sobre los otros estudiantes.

—Ya sabemos —dijo otro chico—. El favorito de la buena tía Carty, Santiago.

—No, no él —respondió Matthew—. Eso ya lo sabemos porque el muy bruto nos lo dijo él mismo.

Matthew hizo una pausa antes de continuar, sólo para asegurarse de que todos estuviesen prestando atención.

—Estaba hablando de Aaron. Cuando va a la biblioteca siempre agarra un libro, nunca una computadora, ¿no lo han notado?

—Oye, ¡es cierto! —dijo otro de sus amigos.

—¿Cómo me di cuenta? —dijo otro más.

Matthew sonrió satisfecho. Nunca estaba de más poner a la multitud en contra de otra persona, por si las moscas.

—Esa Emery también es bien rara —sugirió alguien más—. La he visto ir y venir del cuarto de suministros con bandejas y cartuchos de tinta.

—¿Y para qué querrá esas cosas? —preguntó otro amigo.

—Yo qué sé…

—Bueno, igual eso no significa que venga de Los Baldíos —dijo otro más—. Puede que sólo haya descompuesto algo y no quiera decirlo.

Todos asintieron con la cabeza al mismo tiempo.

Y habiendo cerrado aquel tema, pasaron a otro más interesante.

—Bueno, ¿y ustedes a quién creen que van a sacar primero?

—Pues eso tendríamos que preguntárselo a quién más sabe —dijo Matthew mientras levantaba la cabeza para llamar al algoritmo—. Oye, Cartesiana, ¿quién crees tú qué será el primero fuera del juego?

—Considerando las calificaciones y el tiempo de respuesta de todos los estudiantes… —respondió Cartesiana—, sería Aaron.

Después de que la policía llegara y se llevara el cuerpo de Aaron, Santiago decidió volver al cubículo de pruebas para darle un último vistazo.

—Ya déjalo, hombre. —Tim corrió a su lado—. Te vas a meter en problemas.

Pero a Santiago no le importaba mucho aquello porque él tenía problemas con todo el mundo. Problemas con Cartesiana, que siempre la tomaba en su contra. Problemas con sus compañeros, que aprovechaban cualquier oportunidad para burlarse de él por disque bruto. Problemas con La Civilización, que sólo esperaba que cometiera el más pequeño error para mandarlo de vuelta a Los Baldíos. Y por supuesto, problemas con lo que sea que hubiese matado a Aaron, y que suponía que podría también matarlo a él.

—Aquí, Tim, mira esto. —Santiago señaló a la mesa más grande en el cubículo de Aaron. Allí yacían un montón de destornilladores, pinzas, llaves, y lo que parecía ser un motor de combustión.

—La tía Carty siempre termina sus pruebas con un problema práctico —añadió—. Y parece que Aaron intentaba arreglar esta cosa.

—Oh, diablos… —Tim balbuceó.

—¿Qué?

—Una reacción de combustión en un ambiente mal ventilado. Así es como obtienes monóxido de carbono.

—¿Y el monóxido de carbono puede matar a la gente?

—Creo que sí.

—Mi padre trabaja como soporte técnico. No quería decir nada al respecto porque hay idiotas aquí que pudieron asumir que yo tendría algún tipo de ventaja y hacerme la vida imposible. Pero viendo como están las cosas, parece una tontería preocuparse por eso, ¿cierto?

Tim se rascó la nuca.

—Te explico —continuó—: Cartesiana funciona como un plano cartesiano. Cuando le pides que te ayude a escoger algo entre múltiples opciones, lo primero que hace es crear un arreglo con base en dos parámetros: viabilidad y frecuencia. ¿Lo entiendes hasta ahora?

—Eso creo —respondió Santiago—. ¿Pero qué tiene que ver con la muerte de Aaron?

—Bueno, creo que Cartesiana nos está probando con problemas técnicos que son viables pero poco frecuentes. Supongo que lo hace para prevenir que volvamos a hacer una tarea que ya hemos hecho, o para evitar que nos ayudemos entre nosotros incluso si llegamos a contarnos lo que hemos hecho en nuestros cubículos de prueba. Eso también explica por qué siempre te elige a ti cuando le pedimos que escoja un nombre al azar. La mayoría de los apellidos en los viejos registros escolares que se usaron para entrenarla son de niños blancos.

Santiago se rascó la cabeza.

—Así que no me estaba volviendo loco…

—Para nada. Y también tenías razón con aquello de que era cuestión de tiempo para que alguien muriera en uno de esos cubículos de prueba. Cartesiana está probandonos con tareas que los maestros de antes (los que eran humanos) habrían descartado hace décadas por ser peligrosas. Potencialmente letales.

Al principio, Emery pensó lo peor.

Que quizá el algoritmo ya había matado a alguien más.

Que quizá los estaba matando uno por uno.

Que quizá la siguiente sería ella.

Pero el nudo en su estómago pronto se aflojó.

Resultó que las personas que habían convocado a todos los alumnos a reunirse en el gran área central eran sólo Tim y Santiago, dos compañeros más. Ellos le explicaron al grupo cómo funcionaba el algoritmo, y que los estaba probando a todos con problemas prácticos que eran potencialmente peligrosos por la manera en que había sido programada.

—Bueno, si el problema era ese entonces es sencillo hacer que pare. Sólo tenemos que usar soluciones falsas para cada problema práctico al final de las pruebas —dijo Emery—. Cartesiana abrirá la puerta y nos dejará salir incluso si la respuesta es incorrecta.

—¿Estás sugiriendo que reprobemos a propósito? —Matthew bufó—. ¿Cómo sabemos que no es plan para colocarse ustedes mismos adelante en la competencia?

Las leales ovejas de Matthew balaron, enfurecidas.

—Responder correctamente podría matarnos, grandísimo imbécil —gruñó Emery.

—Y responder incorrectamente podría hacer que nos expulsen y entonces terminaremos en Los Baldíos. Además, no hay garantía de que esos dos nos estén diciendo la verdad. Cartesiana podría simplemente estar eliminando a los más débiles y nada más.

Emery apretó los puños con tanta furia que se clavó las uñas en las palmas. De no haber sido porque ella misma había visto sus rostros atemorizados cuando encontraron el cuerpo de Aaron, podría haber jurado que deseaban morir.

Cada vez que sentía que sus ojos adoloridos comenzaban a cerrarse, Matthew se levantaba de su silla, arrastraba sus pies adormecidos todo el camino hasta la cocina, y se bebía una taza de café tan caliente como para pelarle la garganta. Y para cuando el calor alcanzaba sus entrañas y sus piernas comenzaban a desentumecerse, él ya estaba de regreso en su escritorio. Entonces, una vez más, él abría el mismo viejo libro y leía las mismas páginas amarillentas, convenciéndome a sí mismo de que esta vez sí estaba comprendiendo lo que leía.

Así seguiría estudiando.

Aprendiendo.

Mejorando.

Ganándose su lugar en La Civilización mientras sus compañeros más débiles se quejaban.

“No tiene caso”, decían.

“Ya no entiendo lo que estoy leyendo”.

“Mejor me voy a la cama”.

“Muy bien”, pensaba él.

Si no podían hacer siquiera el mínimo esfuerzo, entonces no se merecían la oportunidad que habían recibido. La oportunidad de aprender. La oportunidad de saber. La oportunidad de pertenecer. Merecían que los mandaran a Los Baldíos con toda la gente que no era de provecho.

Santiago lavó la herida en la pierna del hombre con jugo de frutas fermentado, una vez antes de suturar y una más tras haber terminado. Había observado, con el paso de los años, que el alcohol ayudaba a disminuir el riesgo de infección.

—Tú muchacho es listo, Carmelita —dijo el recolector. La madre de Santiago se acercó con una vela en la mano, para poder superar el trabajo de curación en la oscuridad—. Deberías mandarlo a una de esas escuelas, ya sabes. Parece que tiene el potencial para graduarse.

Ella asintió.

Santiago no respondió.

Se limitó a agachar la cabeza y evitar la mirada insistente de su madre.

Cada año, alrededor de esas fechas, los reclutadores de La Civilización iban a Los Baldíos a buscar jóvenes promesas que hubiesen aprendido a leer y escribir por sí mismos, y les invitaban a tomar el examen para ingresar a una de sus escuelas. Porque no había una señal más clara de la valía de un ser humano, por supuesto, que haber sido capaz de alcanzar el conocimiento habiéndolo tenido todo en contra.

Cuando la madre de Santiago aprobó su trabajo, el recolector apuntó a su mochila y dijo:

—Vamos, chico, elige tu pago.

Santiago se puso de pie, abrió la mochila y miró dentro.

—Mira, mijo —le dijo su madre, que se le había adelantado y agarrado un viejo libro de matemáticas, con las páginas amarillentas llenas de agujeros de lepisma y la mayoría de los problemas ya resueltos.

—Para que estudies para el examen —le dijo, mientras ponía el libro en sus manos—. Y puedes llevarme como tu persona adicional.

Y eso era algo que Santiago no le podía negar.

Lo primero que Padre hacía cada noche, al regresar del trabajo, era encender la computadora. Le pedía al algoritmo doméstico que descongelara su cena y le pasara los cigarrillos, y luego revisaba el menú desplegable y le pedía al algoritmo que le generara una película o un videojuego con tal y tal característica.

Aquella noche en particular, muy para el pesar de Tim, Padre había decidido que quería jugar un videojuego, lo cual tardaría aproximadamente una hora en estar listo.

Esto significa que la sesión de estudio sería larga.

—Déjame ver. —Padre le arrebató el cuaderno a Tim para revisar si había balanceado correctamente las fuerzas en una viga imaginaria—. No, no, no —dijo, chasqueando la lengua—. Aquí tus fuerzas descendentes superan a las ascendentes, ¿no lo ves? Tu viga se va a caer, así…

Padre bajó su cigarrillo hasta topar con la mano derecha de Tim.

Tim tragó saliva y resistió el impulso de llorar.

Sabía que llorar haría que todo fuera peor.

—¿De verdad crees que así te van a aceptar en una escuela?, ¿de verdad crees que así vas a conseguir un trabajo? —Padre levantó el cigarrillo y le dio vuelta al cuaderno, para que Tim empezara de nuevo—. No creas que te voy a mantener aquí si no consigues un trabajo.

Tim respondió con una voz temblorosa:

—Sé que no lo harás.

Las personas con empleos podían disponer de sus personas adicionales como les viniera en gana, y Padre no había dudado en mandar a Madre a Los Baldíos cuando ella se había rehusado a tener otro hijo.

Evelyn abrió su carta y de inmediato estalló en lágrimas. Emery acarició la espalda de su hermana y le dijo que todo estaría bien. Pero, en el fondo, también quería llorar.

Ahora todo dependía de Emery, y eso no se sentía justo.

Sus padres lo habían hecho todo bien, o al menos lo habían intentado. Planearon tener sólo un hijo, de modo tal que les sobraran los lugares para personas adicionales, pero resultaron ser gemelas. Y aun así, seguían teniendo un lugar para cada una.

Las niñas habían crecido con el raro privilegio de estudiar sólo lo que querían estudiar y ser sólo lo que querían ser. Y eran artistas. Sí, pasaron sus días de niñez bailando y cantando y pintando y escribiendo, y se decían la una a la otra que un día serían recordadas por crear en una época en la que nada estaba siendo creado.

Pero entonces su padre murió en un accidente de trabajo, y su mundo se cayó a pedazos. Ni siquiera habían terminado de velarlo cuando su madre les dijo que alguna de ellas tendría que pasar el examen de ingreso de alguna escuela y conseguir un trabajo, porque a ella sólo le permitirían tener una persona adicional y la otra tendría que abandonar La Civilización tan pronto cumpliera la mayoría de edad.

Emery respiró profundamente y abrió su carta.

Nos complace informarle que ha sido usted aceptada en el Instituto Descartes de Ciencia, Tecnología, Ingenierías y Matemáticas.

Entonces Emery rió, pero no porque estuviera feliz. Era una risilla irónica.

Le resultaba gracioso que La Civilización sintiera la necesidad de aclarar que el Instituto Descartes era una escuela especializada en el aprendizaje de las áreas STEM, como si las personas tuvieran permitido estudiar cualquier otra cosa.

El desprecio que Matthew sentía por Los Baldíos sólo podía equipararse con aquel que sentía por sus padres, quienes le habían arrastrado a ese agujero de mierda en un principio. Padre podría haber tenido la decencia de permitir que sus hijos pelearan por la única posición de persona adicional que le quedaba a la familia después de que la inútil de Madre perdiera su empleo, pero había elegido la ruta de los cobardes: condenó a toda la familia al exilio para que pudiesen permanecer juntos en la miseria.

Ahora tenían que hervir el agua antes de beber, y tenían que calentar la choza en la que vivían con lámparas de aceite y veladoras, y tenían que leer libros de segunda mano que los recolectores encontraban en los basureros porque no tenían algoritmos que les hicieran libros nuevos. No tenían trabajos ni dinero, y la única forma de obtener comida era cultivarla, cazarla, o intercambiarla por otros bienes.

Matthew no merecía pagar el precio de que sus padres fueran inútiles.

Él era listo.

Él era productivo.

Él pertenecía a La Civilización.

Y cuando finalmente recibió su carta de aceptación, se fue sin decir adiós y nunca miró para atrás.

Muy en el fondo, Santiago sabía que algún día lamentaría haber ayudado a los imbéciles que siempre se metían con él. Pero también sabía que, si los dejaba estudiar hasta morir de agotamiento físico y mental, la culpa no lo dejaría volver a dormir una noche entera.

Todo comenzó cuando les ofreció tés e infusiones herbales para ayudarlos a calmar sus nervios y el dolor de estómago. Al principio se habían burlado de él, por supuesto, pero al darse cuenta de que sus remedios funcionaban, poco a poco comenzaron a buscarlo. Lo buscaban cuando se les caía el cabello y la piel les picaba y las manos les comenzaban a temblar sin control. Santiago los trataba con lo que sea que tuviese a la mano y los mandaba a la cama. Y cuando despertaban, les daba agua con poco de sal para que les diera más sed y bebieran más.

Y así los días pasaron y se convirtieron en semanas, y él comenzó a preguntarse qué tan civilizada sería en realidad La Civilización, si aquellos que allí habían sido criados ni siquiera entendían lo mucho que necesitaban agua y descanso para vivir.

—Creo que lo logré —susurró Tim.

Luego se le quedó viendo a la pantalla durante minutos, revisando su código de arriba hacia abajo y de un lado hacia el otro hasta que se permitió a sí mismo reconocer que era su mejor trabajo.

—Creo que lo logré —repitió, esta vez fuerte y claro, girando la computadora hacia Santiago para que también pudiera verlo.

—¿Qué se supone que es eso? —Santiago entrecerró los ojos.

—Un parche que puede arreglar el bug asesino de Cartesiana. Creo. Espero.

Los ojos cansados de Santiago resplandecieron.

—¿Entonces ya se acabó?

—Todavía no. Aún tengo que entrar al sistema y cambiar el código, pero podría tardar semanas en encontrar el momento ideal porque…

Tim se detuvo al darse cuenta de que el temor a ser expulsado era algo muy banal como para retrasarlo habiendo vidas en riesgo. Se quedó quieto por un rato, pensando en el pasado. Miró las cicatrices en sus brazos, y luego su reflejo en la pantalla negra de la computadora ahora apagada, y por último a Santiago, quien se veía confundido y preocupado a su lado.

—¿Sabes qué? —dijo Tim, por fin—. Lo haré esta semana, tan pronto como sea posible.

Hubo entonces otro breve silencio hasta que Tim finalmente encontró las palabras que quería decir:

—Es sólo que… mi padre es un imbécil, y mandó a mi madre a Los Baldíos, y yo en verdad quería graduarme y traerla de vuelta como mi persona adicional.

—Oye, pero eso es algo bueno —respondió Santiago—. No, no, no me mires así. Mira, yo sé lo que te digo. Mi madre también está allí, ¿sabes? Por eso no es tan terrible si me mandan de regreso, porque sé que me estaría reuniendo con ella. Así que realmente no importa si te graduas o no. Al final, de todas formas ustedes dos volverán a estar juntos.

Tim entonces sonrió, acarició sus cicatrices por última vez, y asintió con la cabeza.

Justo después de responder todas las preguntas teóricas, pero antes de comenzar el problema práctico del día, Emery se puso de pie, recogió su caja de herramientas, y caminó hacia la puerta. Le tomó casi media hora, pero después de intentarlo con diversos destornilladores y pinzas, finalmente encontró la manera de abrir la cerradura sin tocar los cables que activaban las alarmas.

Emery sonrió por primera vez en días.

Luego se apresuró rumbo al gran área central, para así contarle a todos que había encontrado una manera de escapar de los cubículos de prueba, y que ya era seguro continuar. Pero justo cuando su mano se posó en el picaporte, se acordó de las burlas y de los susurros y de la indiferencia de sus compañeros. Y, dándose cuenta de que ellos ya habían tomado una decisión, se dio la vuelta y se alejó. Porque aquellos que habían elegido el conocimiento por encima de su propia humanidad, merecían encontrar su eterno descanso en el camino del saber.

Matthew se rascó los ojos, todavía convencido de que sólo estaba cansado y de seguro estaba leyendo mal. Pero no.

El problema práctico para la última sesión de estudio del día era fabricar fosfano.

No era cómo que no pudiera hacerlo. Por supuesto que podía. Tenía frascos con agua y fosfuro de aluminio y fosfuro de calcio e hidróxido de potasio y yoduro de fosfonio. Tenía todo lo que necesitaba, y sabía cómo hacerlo. Por supuesto que sabía.

El problema era que el fosfano era un gas altamente tóxico con una ligera tendencia a explotar en contacto con el aire. O quizás no. Quizás Matthew había estado demasiado cansado cuando estudiaba ese capítulo del libro de química y no había entendido nada.

Después de todo, ¿por qué Cartesiana querría matarlo?

Matthew estaba entre los mejores estudiantes del Instituto Descartes.

Estudiaba tanto que hasta le dolía la cabeza y le ardían los ojos y la sangre de su estómago se le subía por la garganta y él tenía que tragársela de nuevo.

Él sabía más que todos los demás.

Él pertenecía a La Civilización y no a Los Baldíos.

No, no podía regresar a Los Baldíos.

Nunca más.

Y Cartesiana no tenía ninguna razón para querer deshacerse de él.

Cartesiana era sabia.

Abigail Guerrero (México) es una escritora mexicana radicada en Tampico, Tamaulipas. Cuando no está leyendo, viendo anime, o acariciando a sus gatos, escribe ficción y poesía dentro de todos los géneros especulativos. Su trabajo ha sido publicado o aceptado para su próxima publicación en antologías como Bloodless: An Anthology of Blood-free Horror y Bitter Become the Fields, en el podcast Simultaneous Times, y en revistas literarias como Sofón, Weird Review, Colectivero, Adventitious, Flash Fiction Online, Reckoning, The Skull & Laurel y Radon Journal. Ha sido nominada a dos premios de la British Science Fiction Association en las categorías de Best Short Fiction y Best Audio Fiction, y fue finalista en la categoría de Best Audio Fiction. Obtuvo mención honorífica en el concurso Máquina de Futuros de la UAEM (2026).

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