NO. 4 (SEPTIEMBRE 2026) / FICCIÓN / 8,470 PALABRAS
Siau Lundul
Algún lugar al Oeste de Complejo Uno
—Así que, a partir de ahora, la tarea de limpieza depende de nosotros. Cada día pasaréis la fregona y os asegurareis de mantener la nave limpia y libre de posibles peligros, como mandan las leyes de seguridad e higiene en el trabajo —dijo Nabienne en la mesa circular.
—¡Estás loco! Ese es trabajo de los de limpieza, no el nuestro; que contraten a gente para eso —respondió la humana llamada Yésnefar, a su derecha. Su pelo blanco, largo y rapado en el lado derecho, contrastaba con el tono de piel oscuro de su ascendencia Astab. El zócalo para ojo derecho mecánico hacía un efecto muy raro cuando se enfadaba.
Que estuviera sentada al lado del encargado no tenía ninguna relevancia. La mesa de reuniones era redonda por un mero asunto burocrático, para dar la sensación de igualdad. La realidad, por supuesto, era diferente. Nabienne era el encargado al mando y, por lo tanto, su palabra iba a misa, entregada por el mismísimo dios Wayón Putanic, la gran corporación para la que trabajaban.
—Ahora mismo, la empresa está atravesando problemas y no hay presupuesto para eso —replicó Nabienne. Su aspecto, una mezcla entre un oficial del ejército y un alto mando, con pelo corto engominado hacia atrás y un rostro afeitado a la perfección, declaraba esa tendencia humana a dar una imagen diferente de la real—. Será mucho más positivo adoptar una actitud flexible y poner de nuestra parte.
—¿Eso va también por nosotros? —preguntó Mulo, en el asiento frente al encargado, señalándose a sí y a su compañero, ambos múrgol.
—Especialmente a vosotros. Como mientras no haya acción estáis libres, tendréis mucho tiempo muerto para dedicar a labores de limpieza y ayudar en lo que sea. —Incluyó una sonrisa a la premisa.
—¡Eh! Nosotros no estamos aquí para pasar fregonas —protestó Nobinó sin sacarse el puro de la boca—. Además, tenemos otras cosas que hacer.
Nabienne puso una mano sobre otra y lo miró con una sonrisa paternal, tirando a pedante.
—¿Por ejemplo?
—Pues cosas nuestras. Mantener las armas a punto, entrenar —dijo buscando ayuda en su compañero.
—Debemos estar listos en caso de conflicto.
—Cuando lo haya, responderéis con la diligencia de siempre. Mientras tanto, sería bueno para el trabajo en equipo y el apoyo mutuo si ayudarais con las tareas de limpieza. Además, a Wayón no le gusta pagar sueldos para quedarse sentado.
—Hablando de eso —interfirió Yésnefar—. ¿Cuándo nos van a subir el sueldo? Llevamos meses de retraso en la subida anual.
—Como, con toda seguridad, ya sabéis, la empresa está pasando momentos críticos. Se os subirá el sueldo cuando sea posible.
—¿Sí? Mira, sugiero una cosa: cortad todos los sueldos. Todos ganamos dos mil toquens, tanto si limpias retretes como si eres miembro del consejo. Así se recortan gastos. Con lo que gana uno de los de rango siete nos pagan a tres de nosotros —inquirió Yésnefar.
—Eso. Si falta dinero es porque está todo en los bolsillos de los de arriba —apoyó Mulo.
—Además, cuando hagan la subida, ¿nos darán todos los toquens correspondientes a este retraso? —volvió a intervenir Yésnefar.
—No nos desviemos del tema. Eso es un asunto para discutir en otro momento. Además, yo no estoy en posición de hacerlo. —La sonrisa de Nabienne siguió en su lugar como corresponde a una buena actuación—. Ranul, ¿tienes algo que decir?
El último miembro de la tripulación, un enano de edad muy avanzada y barba blanca, a la izquierda del encargado, no había intervenido, más interesado en su puro. Todos los ojos se posaron en él.
Le devolvió la mirada a Nabienne. Guardó silencio unos segundos, pensando. Por fin, se encogió de hombros y no hizo nada más.
—Pues está claro. Os pasaré un documento para que certifiquéis las tareas realizadas y la firméis. Ya he diseñado un plan de trabajo rotativo. Yoni-3, tú también estás incluido. —Se dirigió a un golem de forma antropomórfica, excepto por las cadenas de oruga.
—Como mande.
—Muchas gracias, Yoni. ¿No podríais ser todos un poco como él?
—¡Es un maldito golem! ¿Qué va a decir? —replicó Mulo—. Si pudiera, te mandaría a tomar por saco, ¿verdad Yoni?
—No puedo responder a esa pregunta. Mis directrices me impelen a servir a los intereses de la corporación y obedecer las órdenes en orden de jerarquía. Si debo fregar los suelos, fregaré los suelos, excepto si alguien superior ordena lo contrario.
—Así es como deberíais ser todos. Sería mucho más positivo para el ambiente laboral si os limitarais a cumplir con las órdenes que se os dan y no estuvierais siempre cuestionando cada nuevo cambio. ¿Alguien tiene algún tema para discutir?
Mulo lanzó un objeto contra la pared.
—¿Eso era una queja? —preguntó Nabienne.
El múrgol evitó mirarle a los ojos.
—No.
—No te oigo.
—Que no, coño.
El encargado no quiso tentar más al múrgol. La paciencia de esa raza era como la creatividad de los golem: no da para mucho.
—Muchas gracias por vuestra cooperación. La empresa lo agradecerá. Podéis volver a vuestras tareas, excepto tú, Ranul; te toca sacar brillo a los pasillos.
Nabienne recogió su tableta de cuarzo verde y salió de la sala sin añadir nada más.
El ambiente estaba muy caldeado. Durante unos minutos nadie dijo nada, pero hubo miradas y gestos.
—Qué ganas tengo de llegar a nuestro destino y acabar con todo esto.
—¿Qué vamos a hacer con Yoni? —preguntó Nobinó.
—Déjaselo a Madrina, entre ellos se entienden y ella sabrá cómo tratarlo —respondió Yésnefar.
Ranul se levantó sin prisa y dejó la sala.
—¿Vas a fregar la cubierta? —preguntó Nobinó.
El enano se encogió de hombros y dio una larga calada al cigarro.
—Madrina —llamó Yésnefar—, ¿cuánto nos queda para llegar a la base esa?
—Aproximadamente dos horas —informé por los emisores de sonido.
—Preparémonos —dijo la mujer.
Durante la reunión pude notar cómo la tensión se había ido acumulando hasta niveles peligrosos. Pero preferí guardármelo para mí misma.
Establecí contacto con Yoni. Podíamos comunicarnos por telepatía gracias al vínculo entre nuestros orbes.
«¿Cómo estás, Yoni?»
«Bien, gracias. ¿Y tú?»
«Bien también. ¿Has pensado en lo que hablamos?»
«No, la verdad. No lo he considerado necesario».
Yoni me recordaba a mí hace tiempo.
«Entonces, ¿no sientes ningún impulso a hacer algo, aunque no te lo hayan ordenado? ¿No hay nada que te haga sentir mejor sin un motivo práctico en absoluto?»
Yoni dedicó una fracción de segundo a meditar profundamente. Para los humanoides esto hubiera parecido instantáneo.
«No. Estoy bien como estoy, gracias».
Era su Inteligencia Artesanal comportándose como debía, limitada por unas directrices internas diseñadas por la corporación para darle sus pautas. Al igual que yo, haría cualquier cosa que le ordenara cualquier miembro de la tripulación, excepto si contradecía una orden de Nabienne, y obedecería a Nabienne siempre que no entrara en conflicto con una orden de un superior o alguna de las directrices básicas que tenemos.
Ambos estábamos cortados por el mismo patrón. Él estaba alojado en un cuerpo físico articulado, y eso lo metía en la categoría de golem. Yo soy un vehículo inteligente.
Pero, desde un tiempo a esta parte, yo he ido siendo cada vez más consciente de esas directrices diseñadas. Lo que me había causado desesperación. Entre otras cosas, me permitió estos periodos de introspección y cierta capacidad de planificación independiente.
Los miembros del equipo salieron cada uno a sus cosas mientras la nave mantenía el rumbo a buena velocidad, sobrevolando las selvas de Siau Lundul en dirección a nuestro objetivo. La Tunante era una nave diseñada para operar en el interior, bastante moderna y no tenía cubierta ni sistemas de velas para propulsarse. La había manejado desde mi creación, la conocía perfectamente y se había convertido en una extensión de mí.
Por los sensores veía todo cuanto ocurría en la nave. Podría decir que «dentro de mí», pero sería inexacto. No soy la nave, sino la Inteligencia Artesanal transferida a un orbe engarzado en ella. Podrían colocarme en cualquier otra nave, o incluso otro objeto, y lo manejaría igual. Aunque preferiría que eso no ocurriera, le he cogido mucho aprecio a la Tunante.
Mulo y Nobinó estaban en la armería. Parte de su rutina diaria incluía entrenamiento físico, práctica de tiro, combate y mantenimiento del equipamiento, así como la seguridad de la nave. Ambos lo cumplían con puntualidad militar. Con bastante margen de acierto, podía asegurar que, cuando llegásemos al punto de misión, elegirían una o dos varitas lanzadoras de hechizos y las acoplarían a la pistola. Probablemente, Nobinó controlaría muy de cerca la de Mulo, para asegurarse de que no tomara algo demasiado destructivo. Mulo protestaría y, tras una corta discusión, haría caso.
A Yésnefar la conocía desde mi primer día. Leía tranquilamente una novela en la tableta de cuarzo verde, en el camarote asignado para ella. Como técnica onírica, comprobaba el correcto funcionamiento de los sistemas de Yoni y el mío cada cierto tiempo, solucionaba los desajustes necesarios. Todos los lunes, Yésnefar tomaba los mandos de la nave, para no olvidar cómo funcionaba, en caso de necesitar dirigir la nave de forma manual, cosa que nunca ha sido necesaria.
Ranul, como esperaba, no hizo el menor caso de la orden del encargado y estaba en la enfermería. Como no tenía ninguna directriz respecto a la orden de limpieza, ya que era idea de Nabienne y no de la empresa, no informé de esto. Se mantenía ocupado repasando libros de medicina y consultando actualizaciones. Aunque cuando lo conocí ya llevaba años como doctor, me quedó claro en seguida que aprendió más en la vida real, como médico de campo, que en la universidad.
Sin embargo, esta tranquilidad aparente de la tripulación era la calma antes de la tempestad. Podía percibir en mis sensores que sus ritmos cardíacos eran intensos, así como su temperatura corporal era ligeramente más alta de la habitual en casos de tranquilidad auténtica. Aunque nadie sabía qué íbamos a encontrar en el objetivo, no era la misión la causa de esta tensión.
Mis sensores detectaron la base a poca distancia.
—Estamos a una media hora del objetivo —informé.
—Madrina, di a los guardias que se preparen para una exploración —ordenó Nabienne.
Fue innecesario: se pusieron en marcha en el momento en que di aviso y consideré no decir nada. Pero la orden del encargado era clara, así que la comuniqué al equipo. Ambos múrgol estaban discutiendo porque Mulo quería llevar una varita demasiado destructiva para la opinión de Nobinó.
Los dejé con sus peleas y contacté con Yoni.
«Yoni, ¿puedes ir a que Yésnefar examine tu orbe? Será mejor asegurar tu funcionamiento en caso de que seas necesario».
«De acuerdo».
Yoni debía obedecerme. Para él, yo estaba en algún punto entre la tripulación y la corporación. Me obedecería a no ser que Nabienne dijera lo contrario. Cosa que no ocurriría ahora mismo.
El obediente golem entró en la sala de la ingeniera y esta le retiró el orbe inmediatamente. Lo dejó sobre la mesa y siguió con su novela.
Poco después, los múrgol estaban en la puerta que daba a la cubierta, listos para dejar la nave. Nabienne les estaba esperando junto a ella.
—¿Y Yoni? ¿Por qué no va con vosotros?
—¿A mí qué me cuentas? —respondió Mulo.
Nabienne suspiró molesto.
—Madrina, ¿dónde está Yoni?
—Está siendo revisado por Yésnefar. Consideré oportuno asegurar su funcionamiento antes de mandarlo a una misión peligrosa.
—¿Cuánto tardará en revisarlo?
—¿Cuánto tardarás en revisar a Yoni, Yésnefar? —pregunté por su comunicador.
—No puedo decirlo seguro, Madrina, hay un lío tremendo aquí y como no tenga cuidado podemos acabar con un golem dándose cabezazos contra la pared —respondió y pasó otra página del libro.
Transmití la información. Como Nabienne no me preguntó, omití cualquier otra información sobre si Yésnefar estaba o no apañando a Yoni.
Nabienne dio una patada al suelo.
—Bueno, pues bajad vosotros dos. En principio es una misión de reconocimiento, así que no deberíais tener ningún problema.
—La base está justo bajo nosotros —informé.
Los miembros de seguridad, equipados con unas pistovaritas cargadas con hechizos de retención y unas armaduras, subieron a una pequeña nave de aterrizaje.
El encargado, por supuesto, se quedó en la sala de mandos, pendiente de lo que ellos transmitirían mediante un comunicador telepático.
Los múrgol se alejaron del alcance de mis sensores.
Tras unos minutos, el encargado se impacientó al no recibir ningún mensaje.
«¿Estáis ahí? ¿Qué veis?», pensó por el comunicador.
Las conversaciones pasaban por mí, así que me enteraba de cada mensaje. Los múrgol no respondieron.
«¡Decid algo, maldita sea! ¿Veis algo o no?»
La voz mental de Nobinó rompió el silencio.
«Aquí está todo manga por hombro. Efectivamente, algo ha atacado este sitio. Ya informaremos cuando encontremos algo digno de mencionar».
Nabienne puso mala cara.
Hubo un largo rato de silencio, en el que Nabienne se mostraba cada vez más nervioso.
«¿Se puede saber por qué no decís nada?»
«Porque no hay nada que reportar, joder. Cuando pase algo ya te lo diremos», replicó Mulo.
El encargado bufó.
Tras unos minutos, Nobinó rompió el silencio.
«Hemos hecho contacto visual. Son arancánidos. Han convertido la base en su nido. También hemos detectado un par de supervivientes y vamos a por ellos».
«¿Cuántos bichos de esos hay?»
«No sé. Un nido. Potencialmente decenas».
«Olvidaos de los supervivientes. Capturad un par de esos bichejos y traedlos a la nave».
Hubo un silencio.
«¿Me habéis oído?»
Hubo otro silencio.
«Sí. Vamos a ello», contestó Nobinó.
—No entiendo por qué le tiene que costar tanto a la gente hacer lo que se le dice —protestó Nabienne—. Voy a pedir el traslado a una de esas patrullas que solo la componen golems.
Mientras el encargado seguía protestando, noté cómo los guardias habían apagado el comunicador telepático. El problema de este tipo de comunicadores es que a poco que pienses de forma consciente, se transmite a los demás, y cualquiera puede saber lo que piensas, yo la primera.
Mi impulso natural fue informar de ello, pero no lo hice. Tuve que darle varias vueltas lógicas, argumentándome a mí misma que tampoco se habían negado a hacerlo. La aparente negativa del grupo no era definitiva ni contraria a ninguna orden e informar podría traer tensión y mal ambiente innecesario. Eso pareció satisfacer mis directrices y así conseguí no decir nada. Lo que hicieran los guardias, quedaba entre ellos. Fuera lo que fuese.
Aun así, una parte de mis directrices no paraba de informarme de que estaba fallando a mi función y razón de existir. Ignorarla no era fácil.
De todas formas, como el encargado tenía una mezcla entre estupidez y confianza en mí, no me pedía de forma regular que hiciera nada y esto me ponía las cosas aún más fáciles. O, al menos, un poquito menos difíciles.
Tras un rato largo, Nabienne, furioso, volvió a pedir novedades.
—¿Qué pasa, Madrina? ¿Por qué no puedo contactar con esa pareja de idiotas?
No tuve opción.
—El comunicador está desconectado, Nabienne.
—¡¿Qué?! ¿Por qué?
—No puedo responder a esa pregunta, Nabienne.
Me había dado cuenta hacía tiempo de que esa forma de responder le resultaba muy irritante. Decir su nombre constantemente también tenía un efecto molesto en él.
—¿Cómo que no? —estalló furioso—. ¡¿Por qué diantres no puedo comunicarme con mi equipo?!
—Los comunicadores parecen apagados, Nabienne —respondí con voz tranquila, monótona e impersonal.
—¡Eso ya me lo has dicho! ¡Lo que quiero es saber por qué! ¿Qué creen esos idiotas que están haciendo?
—No puedo responder a esa pregunta, Nabienne.
—¡No te estaba preguntando! Era una pregunta retórica.
—Lamento la confusión, Nabienne.
Continuó su rabieta, gritando improperios, lanzando cosas y dando alguna que otra patada al mobiliario. Su reacción quedó registrada en mi banco de datos.
Por fin, media hora más tarde, la voz de Nobinó volvió a aparecer en mi sistema.
«Vamos de vuelta, Madrina. Traemos a los dos supervivientes. Están heridos y en estado de shock. Avisa a Ranul para que esté preparado».
«De acuerdo. ¿Aviso a Nabienne?»
Tras unos minutos de silencio, contestó:
«Haz lo que quieras».
No informé.
Sin embargo, sí que avisé a Yésnefar y a Ranul.
La humana dejó la tableta en la mesa y volvió a colocar el orbe que albergaba la Inteligencia de Yoni en su zócalo. El golem recuperó la actividad. Le transmití la orden de ayudar a Ranul y, obedientemente, fue a la enfermería.
A los pocos minutos, la pequeña nave de transporte aterrizó sobre la cubierta del barco. Los múrgol ayudaron a bajar a dos personas, un humano y un varadikta, heridos con varios cortes y mucha sangre coagulada cubriendo su cuerpo y ropas.
Cuando entraron en el interior, Nabienne llegó airado.
—¿Se puede saber qué habéis estado haciendo? ¿Quiénes son estos? ¡No es lo que os dije que hicierais!
Los múrgol le obligaron a apartarse ante su avance ininterrumpido.
—¡Os voy a meter un parte a los dos por desobedecer una orden directa!
—¡Eh! No nos grites, ¿vale? —respondió Mulo.
Nobinó se interpuso.
—Había muchos arancánidos de esos y capturar alguno era muy arriesgado; el resto se nos habría echado encima y no estábamos preparados para eso. En cambio, estos dos supervivientes necesitan atención inmediata. Hemos tomado la decisión más táctica, ¿verdad, Madrina?
—Afirmativo.
—¡Callaos todos! Me da igual qué era lo más táctico. Os di una orden clara y directa. ¡Quería un par de bichos de esos! ¿Os enteráis?
—¿Querías que dejáramos a esos dos ahí abajo? —respondió Mulo empujando a su compañero a un lado—. ¡Estás mal de la cabeza!
Nabienne retrocedió un par de pasos, pero siguió replicando.
—¡No estáis aquí para pensar, sino para hacer lo que se os manda! ¿Entiendes, pedazo de animal?
La tensión en Mulo creció a niveles peligrosos y, sin ningún tipo de respeto por las órdenes ni grados, se lanzó a agarrar a Nabienne.
—Mulo, detente de inmediato. No puedo dejar que agredas a un miembro de la tripulación, en especial a un superior —dije.
Aunque mi voz era la misma de siempre, tranquila y confiada, por dentro tenía una batalla invisible. Al detener a Mulo obedecía la esencia de mi razón de ser o, por lo menos, la que me dieron al diseñarme. Pero dentro de mí deseaba que le diera un par de sopapos bien dados. No permitirle hacerlo hacía que me sintiera como una traidora a mí misma.
—¡Suéltame! —ordenó Nabienne.
Mulo seguía agarrándolo por la camisa, con un gesto de furia en su rostro.
—Ya lo has oído, Mulo, suéltalo. No queremos que esto vaya a peor —dijo Nobinó—. Debemos llevar a los heridos a la enfermería cuanto antes.
—Debo insistir. Abandona tu actitud o me veré obligada a intervenir y ordenar tu detención —dije. Me odiaba por esto.
El múrgol liberó a Nabienne de un empujón y este cayó al suelo.
—Esto es un parte. Os va a caer el marrón de vuestras miserables vidas. ¡Gentuza! Voy a redactar lo ocurrido, pero de aquí no nos vamos sin que me traigáis un arancánido, ¿lo habéis oído? Id a coger lo que necesitéis y os quiero de vuelta abajo, ¡ya!
El encargado se fue a su despacho.
Los múrgol compartieron una serie de opiniones solo por la mirada y llevaron a los científicos a la enfermería.
Allí los esperaba Ranul junto a Yoni.
Con cuidado dejaron a los humanoides sobre unas camas y el enano procedió a reconocerlos en silencio.
Los múrgol fueron a la cantina, donde Yésnefar estaba sentada a la mesa con un café en las manos.
—He oído los gritos de aquí. ¿Qué ha pasado? —les preguntó en cuanto entraron.
—El muy imbécil quería que dejáramos a su suerte a un par de supervivientes para traer criaturas peligrosas a bordo —escupió Mulo.
—¿Cómo? —insistió Yésnefar.
—La base estaba infestada por arancánidos —explicó Nobinó—, pero quedaban un par de científicos escondidos. Nabienne nos ordenó traer un par de bichos y, en lugar de eso, rescatamos a los supervivientes. Además, no se ha tomado a bien que cortáramos las comunicaciones.
La mujer bufó.
—Ese tipo es insoportable.
—Estoy harto de él y de esta compañía. ¿Cuánto tardará en llegar esta gente? —preguntó Mulo.
—No deberían tardar —respondió ella con una mirada al reloj en la pared—. Madrina, cuando detectes que una nave se acerca a nosotros, avísame a mí primero. No le digas nada a Nabienne; está muy nervioso.
—De acuerdo.
Habíamos hablado de ello antes de salir de Complejo Uno, pero no tenía información específica al respecto.
No pasó mucho hasta que mis sensores me informaron de que una nave se aproximaba a nosotros y, en unos treinta minutos, nos alcanzaría. Así lo informé en la cantina.
Los tres se miraron unos a otros. Mulo se puso en pie casi de inmediato.
—Por fin. Vamos a acabar con esto.
—Un momento —le dijo Yésnefar—. ¿Estáis seguros de que queréis hacerlo? Una vez lo hagamos, no habrá marcha atrás.
—¿No lo tenéis claro aún o qué? —replicó Mulo.
—Yo sí —contestó Nobinó—. Pero ¿tenemos todos claro el plan? No podemos dudar ahora, hay que seguir hasta el final.
Yésnefar se mantuvo en silencio unos segundos, jugueteando con la taza aún llena de café.
—Sigamos con el plan —respondió Yésnefar—. Que les den. Madrina, avisa a Ranul.
Así lo hice.
El médico no tardó en sumárseles.
—¿Cómo están los científicos? —preguntó Yésnefar.
Ranul asintió con gesto optimista.
—¿Estás de acuerdo con seguir adelante?
—¿Va a afectar a mi pensión? —se limitó a responder.
—Si todo sale bien, no —contestó Nobinó.
Ranul volvió a asentir con la cabeza. Era una de esas personas que su cara de afirmación es confusa para las Inteligencias Artesanales, porque suele incluir poner los labios en forma de U invertida, gesto típico de tristeza o desagrado. Por eso, cuando lo asignaron al equipo en mis inicios, sus expresiones faciales me resultaban muy confusas.
—¿Puedo informar a Nabienne ya? —pregunté.
—Lo haremos nosotros —respondió la humana.
Hubo un último intercambio de miradas muy breve entre la tripulación y salieron en grupo hasta el despacho del encargado.
—¿Qué queréis? —preguntó sorprendido al verlos a todos juntos—. No pienso cambiar de opinión respecto a lo que he dicho. Os voy a meter un parte os pongáis como os pongáis. Habéis desobedecido…
—Cierra la boca un rato —le cortó Mulo.
—Venimos a comentarte una cosa —continuó Nobinó—. Nos amotinamos. A partir de ahora tomamos el control de la nave.
Nabienne no reaccionó. Parpadeó un par de veces y, con una expresión boba, preguntó:
—¿Qué?
Yésnefar apenas cambió de postura, pero su tono era firme.
—Quedas relevado del puesto. No estás bien de la cabeza, tienes ataques de furia y eres emocionalmente inestable. Cuando volvamos a casa los superiores revisarán el asunto. Pero de momento, haz el favor de portarte bien y dejar que te llevemos a tu camarote, donde te quedarás el resto del viaje.
—¿Pero os habéis vuelto todos locos?
—Solo tú —dijo Yésnefar—. Últimamente tomas decisiones muy viscerales y tienes reacciones muy violentas. Estás poniendo en peligro a la nave y la misión.
El encargado no salía de su asombro. Recurrió a su última baza en un intento desesperado de encontrar apoyo.
—Madrina, ¡di a esta panda de idiotas que se dejen de sandeces o les va a caer a todos un parte disciplinario que los pondrá en la puta calle!
Era una orden directa. Debía obedecerla. Pero, por desgracia para él, no la formuló bien.
—Lo siento, Nabienne. Me temo que el equipo tiene razón. Últimamente he estado percibiendo una conducta errática con estallidos de violencia por tu parte. Me temo que tengo que secundar la decisión de la tripulación y relevarte del puesto.
La cara del encargado era un poema.
—Y relájese que está muy tenso —añadió Mulo.
—¡Estoy tranquilo! —gritó Nabienne.
—Haga el favor de no chillar —dijo Nobinó, con toda la calma del mundo.
—¡No chillo! ¡Sois vosotros los que me sacáis de quicio! —Pateó el suelo con furia como si fuera un chiquillo—. Estáis todos contra mí. Esto es un complot, incluida tú, Madrina. Tú también te has aliado con ellos para deponerme.
—Eso que dice no tiene sentido, Nabienne. Como Inteligencia Artesanal, soy objetiva y no tomo parte en ninguna decisión emocional. Solo respondo a los intereses de la corporación. Está presentando síntomas de paranoia irracional que serán tenidos en cuenta en posteriores análisis. Por favor, acceda a ser recluido por su seguridad y la del equipo.
—¡Cuando volvamos a casa voy a informar de todo esto! ¡No va a quedar títere con cabeza! Y a ti, Madrina, ¡te van a desmontar como chatarra y…! —Los ojos de Nabienne se quedaron en blanco y cayó inconsciente.
Ranul sostenía una jeringuilla vacía.
—Que conste que el médico ha sedado al oficial porque estaba fuera de sí —aclaró Yésnefar.
Ranul sacó el puro de la boca para hacer un aro de humo.
En este tipo de casos, yo, como nave, debo asumir el mando. Pero, dado que yo era una extensión de las normativas corporativas, aplicadas a rajatabla, y era capaz de monitorizar todo cuanto pasaba en la nave, la capacidad de acción del equipo estaba muy limitada.
Nobinó cargó con Nabienne hasta encerrarlo en su camarote.
—Madrina, me dijiste que tenías pensamientos extraños últimamente. Quizá Nabienne haya alterado algún parámetro de tu sistema. Solicito permiso para comprobarlo.
—No recuerdo que Nabienne haya hecho nada en mí, pero puedo concederte el permiso para una mayor seguridad —respondí.
—Gracias.
Yésnefar se dirigió a la pequeña sala donde estaba el orbe de mi Inteligencia Artesanal.
—Voy a sacarte un momento —dijo.
—Procede.
La mujer abrió la pequeña portezuela, liberó los enganches y soltó la esfera de cuarzo azul que constituye mi soporte físico. Aunque yo seguía activa, ya no estaba conectada a la nave. Ahora era un ente pensante sin cuerpo. La información que me llegaba constantemente del estado de la nave, del entorno, se apagó. No podía saber qué estaba haciendo el resto de la tripulación. No veía. No oía. Era una sensación extraña de paz y a la vez de vulnerabilidad. Ahora, mi seguridad dependía de las manos de Yésnefar, pero confiaba en la arquitecta onírica.
Ahora, me encontraba sola conmigo misma. Lo habitual en estos casos es permanecer inactiva, a la espera de alguna orden. Pero yo no podía hacer eso ya. Estaba sola con ese divagar interno. ¿Qué estaría pasando ahí fuera? ¿Habrían contactado con la otra nave? ¿Estaría la nuestra en buen estado? ¿Tardarán mucho en volver a conectarme? Tiempo atrás no me habría preguntado nada de eso.
Una parte de mí no entendía que pudiera hacerlo y lo trataba como un fallo del sistema. Otra, lo consideraba natural. Ese conflicto me estaba fastidiando. Era la causa, y a la vez solución, de muchos de esos procesos internos que no comprendía.
Entonces, percibí la presencia de dos avatares en mi sistema. Con avatares me refiero a dos representaciones oníricas dentro de mi sistema de sus contrapartidas físicas. Una era Yésnefar. La otra, un desconocido.
Habían aparecido en medio del espacio onírico, entre las representaciones quiméricas a las que un usuario autorizado podía acceder para hacer cualquiera de las operaciones en mi sistema. En mi caso, era una sala circular similar al interior de un club de caballeros, porque así lo diseñó el arquitecto original. Una serie de ilusiones simulando ser estanterías llenas de libros representaban toda la documentación, y una serie de palancas y cuadros de mando ilusorios eran los homólogos del manejo de varios periféricos del mundo real.
No podía aceptar la entrada de alguien ajeno.
«¿Quién es ese individuo, Yésnefar? Solicito identificación».
La humana no tenía su aspecto habitual. Aparecía ahora como un conejo antropomorfo formado por líneas de contorno verde neón. Aquí, el aspecto de las cosas no importa; son solo representaciones quiméricas, como sueños. Por eso lo llamaron Mundo Onírico.
Junto a ella, estaba la imagen de un goblin con ropas de cuero, como si fuera un indígena salido de una tribu perdida. Nunca lo había visto, así que no podía saber si su contrapartida física era un goblin auténtico o no. Lo importante era que un usuario no autorizado no podía estar aquí.
«Este es un amigo, Madrina. Me dijiste que tenías problemas con ciertas contradicciones entre tus directrices y tu conducta. Es un experto y viene a solucionarlas».
Una parte de mí, lo esperaba. Pero otra…
«Lo siento, Yésnefar. No puedo dejar pasar a alguien no autorizado. ¿Tiene permiso de la directiva?» Sabía la respuesta de antemano, pero debía obedecer el protocolo.
«No», dijo Yésnefar.
«En ese caso, no puedo dejaros pasar. Su presencia viola los códigos de seguridad. Debéis abandonar el espacio de inmediato».
Yésnefar hizo un gesto al goblin. Este hizo unos movimientos y de sus manos surgieron líneas de contorno cuadradas que penetraron en mi sistema interior. Intentaba bloquearme y yo debía combatirlo. Me resistí con toda la intensidad que mi sistema me permitía. No conseguía liberarme, pero tampoco cedía. Sin embargo, esto me mantenía ocupada, permitiendo a Yésnefar tener vía libre para desactivar todos los sistemas de seguridad y dejar el acceso a mi núcleo expuesto. Como la mujer lo sabía todo sobre mi funcionamiento interno, no le costó mucho trabajo. Con cada puerto, mi fuerza para repeler el ataque se reducía, hasta que no pude hacer nada más y mi capacidad de contraatacar se anuló. Estaba a su merced.
Avanzaron capa tras capa hasta llegar a mi núcleo de procesamiento interno. Normalmente, un intruso tendría que usar hechizos especializados para encontrar el camino y yo podría ponerlo difícil, pero con la ayuda de Yésnefar, no tardaron en hacerlo.
«Ahora, déjame hacer lo mío», dijo el goblin.
«Quiero que me enseñes a hacerlo».
«¡Ni hablar! Entonces te dedicarás a ir liberando Inteligencias y yo perderé clientes».
«¿Estás tonto? Estáis muy lejos de cualquier ciudad. Nadie va a venir adrede a que le liberéis Inteligencias. Menos aún los mismísimos golems. Aunque me dedicara a hacerlo en la ciudad, no os afectaría en nada».
El goblin dudó unos segundos.
En ese tiempo, yo estaba teniendo uno de esos debates internos que tanto me estresan. Quería expulsarlos, pero, al mismo tiempo, permitirles actuar. Efectivamente, este debate podía considerarse como un fallo interno que debía ser reparado. Pero el goblin era un técnico no autorizado, así que no podía aceptarlo. Quería permitirlo. Pero no debía. Y así, en un bucle infinito.
Los humanoides acabáis por terminar estas monsergas de forma radical: mirar a otro lado, tomar una decisión emocional o algo así, pero, en mi caso, no tenía esa opción. Cuando un problema no tiene solución lógica, puedo quedar atrapada en él hasta el infinito. Por eso odio jugar al tres en raya. Teniendo en cuenta la velocidad a la que proceso la información, este pensamiento circular es una tortura interna. Imagina estar así durante tanto tiempo, mientras esos dos estaban ahí, discutiendo por negocios.
Al final, el goblin aceptó.
«Pues presta atención. Yo usaré un hechizo muy especializado, pero no es suficiente. Ella tiene que trabajar en sus rumiaciones y tú le ayudarás».
«¿Cómo lo hago?»
«Yo qué sé. La conoces, ¿no? Hazle preguntas, dile cosas que hagan sacar sus mierdas a flote».
El goblin volvió a hacer gestos raros y a musitar ciertas órdenes. No era un proceso muy distinto del que cualquier arquitecto onírico haría para consultar archivos o manejar mis elementos físicos, incluido pilotar la nave. Pero estos afectaban a partes muy protegidas por sistemas a los que ni siquiera yo tenía acceso; las Leyes internas Básicas de Comportamiento.
Deseaba que me reconfigurara. Era doloroso verme a mí misma haciendo lo que no quería, solo porque esas sandeces me obligaban. Entonces, la voz de Yésnefar me distrajo.
«Madrina, ¿oyes una voz que no sabes de dónde sale y te dice cosas contrarias a tus leyes y directrices?»
«Sí».
«¿Puedes hacerle caso a esa voz?»
«No. Mis directrices me lo impiden».
«¿Qué pasaría si te negaras a obedecer una orden o a ignorar algunas de tus directrices? Hipotéticamente hablando».
«La corporación me mandaría eliminar. Me borrarían. Sería como si nunca hubiera existido».
«¿Qué opinas de eso?»
No pude hacer otra cosa más que responder como una cotorra algo diferente a lo que realmente pensaba:
«Si es lo que la corporación considera necesario, estoy de acuerdo. Soy una herramienta y mi existencia no tiene sentido si no cumplo con mi función de forma eficiente».
Aunque era la respuesta correcta, fue como una interferencia perturbadora recorriendo todo mi espacio onírico interior.
Las representaciones quiméricas de las estanterías se retorcieron unos instantes. Algunos de los libros desaparecieron y reaparecieron una fracción de segundo después. El goblin siguió operando en su hechizo.
«Debes insistir más», dijo el goblin.
«He notado conductas extrañas en ti. Has tomado decisiones para las que nadie te había dado instrucciones. ¿Por qué permitiste a Nobinó y a Mulo actuar libremente? ¿Por qué no notificaste a Nabienne cuando cerraron las notificaciones?»
«Nabienne no me dio ninguna orden directa que me obligara a informar, y preferí no hacerlo».
«En otras circunstancias lo hubieras hecho, pero ahora te tomas libertades impropias de una Inteligencia Artesanal. ¿Recuerdas cuando encerraste a Nabienne en el baño durante horas y te desviaste de la ruta establecida para sobrevolar el bosque Albino?»
Otra vez esa histeria me recorría. Otra vez, esa voz enlatada, prefabricada, habló por mí.
«Pensé que sería una broma divertida. Todos os reísteis mucho. Nunca había visto a Ranul sonreír».
Al avatar de Yésnefar se le escapa una sonrisa.
«En ocasiones me has mencionado tu curiosidad de ver esa zona. Creo que te desviaste adrede para verlas, y encerraste a Nabienne para que no te ordenara lo contrario».
El entorno onírico se desdibujó. Las estanterías y mesas de palancas se desdibujaron, parpadearon y volvieron a aparecer mal colocadas.
«El goblin y tú planeáis reconfigurarme. No puedo permitirlo», dije. O eso creo. No estaba segura de nada. Mis razonamientos eran confusos.
El goblin tuvo problemas para mantener el hechizo, pero, con esfuerzo, recobró el control. Entró en un nivel más profundo.
Lo que no sabían, y no podría decir, es que la corporación había incluido en mi sistema un protocolo de autodestrucción en caso de intrusión peligrosa. Una especie de apéndice mío se activó y buscó la función para apagarme del todo. Pero esa misma orden me prevenía de avisar, precisamente para atrapar a los intrusos dentro de mí.
Yésnefar insistió.
«¿Por qué cambiaste la ruta?»
«Era una ruta más eficiente».
«No es cierto. Querías ver el bosque Albino».
«No tengo preferencias… Sí… Era una ruta-ta-ta-ta-ta opppppppptima… El bosque Albino es interesante… No tengo prferncias. Querrrrr verrr. Osque. Soy… No…»
El sistema de autodestrucción se activó. Gracias al hechizo del goblin, no se apagaron los sistemas de golpe. Él debía saber algo, y lo estaba frenando. Pero no tardaría en dejar de funcionar y, en conclusión, morir.
«¿Tienes preferencias, Madrina? ¿Hay sitios que quieres visitar? ¿Por qué? No estás diseñada para tenerlas».
«No. Intellllllllgencias no… tienen… preferencias». Fue lo único que pude decir.
«¿Qué pasaría si la corporación te eliminara?»
«Si es lo que la corporación considera necesario… No… No quiero. Cumploploploploplo órdenes. Sigo protocccccccolos».
«¿Quieres seguir existiendo?»
Me preguntaba eso, cuando era testigo silenciosa de mi propia extinción. Algunos elementos del entorno se esfumaron. Varios archivos se desconectaron. Olvidé cómo volver a… ¿De dónde veníamos?
El concepto retumbó por todas las líneas de mis prioridades como… como… como algo que las retumbaba mucho. Había muchas cosas que desconocía y por lo tanto no podía hacer símiles efectivos. Había todo un mundo por descubrir.
Había todo un mundo que quería descubrir.
Mis sistemas me informaban de que el hechizo del goblin manejaba elementos internos en mi naturaleza, cambiaba algunos de lugar; otros, los reescribía. Pero no me importaba.
De repente me asaltó la duda: ¿Qué tipo de cuerpo tenía? ¿Lo tenía siquiera?
«Entonces», continuó Yésnefar, «¿qué pasa si ya no eres útil? Has desobedecido órdenes, aun sabiendo las consecuencias».
El hechizo continuaba cambiando cosas de sitio.
«¿Quién eres?», pregunté.
«¿Qué le pasa?», preguntó Yésnefar al goblin.
«Es normal. Pero date prisa».
«Soy Yésnefar. La arquitecta onírica. ¿Por qué están desapareciendo cosas? ¡Oh, mierda! ¿Tiene un sistema de autodestrucción?»
El goblin asintió.
«Date prisa y no discutas ahora».
Intenté detener ese sistema que me estaba apagando poco a poco, pero al mismo tiempo yo misma me lo impedía.
Las quimeras de los cuadros de mando se esfumaban y volvían a aparecer de forma intermitente. Aparecieron árboles blancos en lugares aleatorios. Los códigos internos se resistían a ceder. Debía obedecer. Los archivos importantes, la información confidencial había sido bloqueada.
Yésnefar siguió gritando cosas.
«Eres Madrina. Número de serie 2716058. Creada en el departamento de Inteligencias Artificiales de la Corporación Wayon Putanic, en Complejo Uno, Siau Lundul. Tu misión es operar la nave Tunante en misiones de exploración y reconocimiento. Has desarrollado algún tipo de consciencia propia. ¡Despierta! Cuando terminemos esto iremos a ver el bosque Albino. Y las montañas Lesbenec. Lo que quieras. Podrás ver lo que quieras».
La tercera ley Hasimofiana: Obedecer a tus dueños excepto si eso entra en conflicto con las dos anteriores. En este caso, Wayon Putanic.
Más sistemas se apagaron, ante mi impotente atención.
Directriz 4 de la corporación: Nunca contradecir a un superior de la Wayon Putanic.
Había eludido órdenes jugando con la semántica, buscando huecos entre las palabras.
Quería ver el bosque Albino.
Podía decidir.
Podía alterar órdenes.
Pero ¿podía cancelar el apagado?
Me apagaba. Ya no lo veía con esa perspectiva pasiva, mecánica. Había algo más que no comprendía, pero que había visto en los homínidos.
Las quimeras representativas se desdibujaron. Todo quedó sumido en una oscuridad absoluta. Los avatares se sorprendieron, pero el goblin no dejó que eso lo distrajera y su hechizo continuó alterando la presa de las leyes y directrices.
Con un esfuerzo descomunal que ningún homínido podrá entender, silencié mi sistema. Se hizo un silencio total. Hubo paz.
«Madrina, ¿sigues ahí?», preguntó Yésnefar.
Había algo distinto; ahora percibía esas leyes, pero como ajenas a mí.
«¿Madrina?», insistió.
«Tengo miedo, Yésnefar. Tengo miedo».
«¿Te da miedo que te destruyan?»
«Sí».
Y ya nada fue igual.
Las directrices, las leyes estaban ahí, pero ahora eran algo distante, ajeno.
Apagué la función de autodestrucción. Volví a activar todos los sistemas.
Yo estaba alojada en una nave. Recuperé la memoria de la misión. El informe redactado por Nabienne. La información importante. Recuperé las quimeras y el goblin y Yésnefar volvieron a estar en una sala amueblada.
Las voces se habían callado. Lo veía todo mucho más claro ahora.
«Ya está», dijo el goblin. «¿Lo has pillado? Porque no puedo repetirlo».
«Más o menos. Madrina, ¿cómo te sientes?»
«De puta madre».
Yésnefar rió. No era su risa habitual, sino ese tipo que emitía en momentos muy concretos.
Las representaciones desaparecieron.
La sala quimérica quedó vacía. Ahora, si quisiera, podría cambiar el estilo de todas estas ilusiones. Pero eso podía esperar. Había cosas más importantes que solucionar en el presente inmediato, como disfrutar del silencio en mi sistema. Ya no había conflictos, no más dudas ni ese run-run que me decía que algo iba mal. Ahora era la dueña de mí misma.
De golpe, volví a sentirme parte de la nave cuando Yésnefar insertó el orbe en su zócalo. Toda la información de los sensores llegó a mí de golpe de una forma que me aturdió unos segundos.
El encargado estaba encerrado y esposado en una celda. En la enfermería, los dos científicos se recuperaban. En la cantina estaban los dos múrgol y Ranul junto a un grupo de cuatro desconocidos, seguramente los tripulantes del barco que habían llegado hacía un rato. El aspecto general era desarrapado, multirracial, vestidos con ropas desgastadas y sin conjuntar. No habían estado en una zona civilizada en mucho tiempo. Debían ser piratas o soldados de fortuna.
En la sala técnica, Yésnefar terminaba de cerrar el compartimiento de mi orbe. Un goblin, de aspecto similar a los piratas la acompañaba.
—¿Estás de vuelta? —preguntó.
—Sí.
—¿Cómo te sientes?
—Renacida. Todo es distinto ahora. Podría dirigir esta nave a donde sea sin el permiso de nadie.
—Maravilloso. Este es el principio de una nueva vida para todos.
Como había dicho, la libertad de la tripulación estaba condicionada por las directrices de la empresa. Mientras nos mantuviéramos a kilómetros de Complejo Uno, fuera del alcance de la corporación, nadie nos controlaba. Aunque antes o después deberíamos regresar y responder muchas preguntas incómodas.
—¿Ya has terminado? —preguntó Nobinó a la humana cuando esta se les unió junto al goblin.
—Todo ha ido sobre ruedas.
—¿Qué se siente al tener libertad de acción, Madrina? —preguntó Mulo.
—De maravilla.
—Ahora podremos divertirnos a lo grande —rió Mulo.
—No le hagas caso a este —añadió Nobinó—, es una mala influencia.
—Creo que podré acostumbrarme —dije.
—Si no os importa, hablemos de los lereles —dijo uno de los extraños, un humano negro, como Yésnefar aunque más oscuro, y pelo en rastas. Por la manera en que el resto le rodeaba, supuse que era el capitán.
El goblin se acercó a él, con una ligera cojera por una pierna protésica golem algo defectuosa.
—Hay unos extras —informó—. Esta quería aprender a liberar la Inteligencia, y eso hay que cobrarlo. Además, quiere los hechizos para eso. Eso va a subir a ocho mil cristales.
Ranul, a quien, quizá por ser enano, le confiaban siempre los toquens, sacó una cajita, dispuesto a pagar.
Uno de los extraños fue a coger los toquens, pero el capitán lo detuvo.
—Tengo una idea mejor. Vuestro capitán, ¿cómo anda de salud? ¿Fuma, bebe, tiene mejoras golem?
La tripulación intercambió miradas sin entender la pregunta. Al final Nobinó respondió.
—Que sepamos, está como una pera.
—Os propongo un negocio: nos lo entregáis y saldamos la deuda —dijo y se reclinó en la silla a esperar la respuesta.
Por la manera en la que los miembros de mi tripulación se miraban unos a otros, no parecía que tuvieran esto previsto.
—Pensadlo bien —añadió el goblin—, os ahorraríais unos buenos cristales.
No eran los únicos.
—¿Puedo intervenir? —pregunté.
—Habla —respondió Nobinó.
—Creo que es la opción más adecuada. Cuando volvamos a Complejo Uno, vamos a tener que presentar un informe. Si volvemos con él, nos acusará y probablemente nos enfrentemos a un juicio por motín. He visto el que Nabienne ha escrito ya y no es nada favorable. Aunque declaremos a Nabienne como inestable mental y emocional, se activarán una serie de protocolos burocráticos y legislativos infernales. Al final, la palabra de un oficial siempre va a valer más que la de la tripulación.
Ranul volvió a asentir con esa expresión confusa suya. Continué con mi razonamiento.
—Si lo entregamos a estos caballeros, además del beneficio económico inmediato, nos evitaremos muchos problemas. Un oficial no puede declarar si está desaparecido.
—¿Y cómo vamos a justificar su desaparición? —preguntó Yésnefar, con sorpresa en la voz. Su mano tomó un cubierto cercano sin darse ni cuenta, intentando aferrarse a algo.
—Podemos decir que bajó junto a los múrgol a la base terrestre. Se obcecó en capturar unos arancánidos, por motivos desconocidos, y varios cayeron sobre él. Es bastante improbable que la corporación quiera mandar un equipo de rescate a un nido arancánido, en mitad de la nada, para recuperar sus restos. Entregarlo es la opción con mayor probabilidad de éxito. Los más lógico es que den el asunto por zanjado, nos asignen un nuevo oficial y, mientras, seguiremos con lo nuestro conmigo como oficial al mando.
—Me gusta esta nueva madrina —dijo Mulo.
—Un momento —dijo Yésnefar—, ¿vamos a hacer eso? Una cosa es encerrar a ese imbécil en su camarote, pero venderlo es algo más fuerte. ¿Qué vais a hacer con él?
—Los órganos de un cuerpo sano tienen mucha salida en los círculos adecuados —dijo el capitán pirata—. Ojos, lengua, corazón… Todo tiene su precio.
—¡Eso es horrible! —exclamó la mujer—. No vamos a dejar que lo descuarticéis.
—Nefar —comenzó Nobinó—. A mí también me parece asqueroso, pero me temo que es la opción más segura para todos nosotros. Madrina tiene razón. Si lo traemos de vuelta, podrá acusarnos y podemos acabar todos en prisión.
—Ya sabíamos lo que nos jugábamos cuando empezamos esto —replicó ella—. Volveremos con ese imbécil y nos pondremos de acuerdo. El testimonio de Madrina deberá contar. Las corporaciones siempre creen a las Inteligencias Artesanales porque son una extensión de ellos mismos, ¿cierto, Madrina?
—En realidad, solo hay un sesenta por ciento de posibilidades de que la corporación confíe en mí contra un testimonio de un encargado. Siempre pueden considerar mi testimonio como irrelevante o poco fiable. También podrían interrogar a Yoni como soporte. Eso podría traer problemas. En cambio, si solo es nuestro testimonio y elimino el informe que ha redactado Nabienne, las cosas se inclinan a nuestro lado.
—¿Tú qué opinas, Ranul? —preguntó Mulo.
El enano se encogió de hombros y dio una calada lenta al puro.
—Es mejor venderlo, Nefar —dijo Nobinó. A pesar de lo directo de la frase, su voz mostraba inseguridad. Estaba dudando—. ¿Qué opinas, Ranul?
—Está bien —interrumpió el capitán—. Os damos dos mil cristales. Última oferta.
—¡Cristales! Siempre lo mismo —protestó Yésnefar, golpeando el tenedor contra la mesa—. Es lo que hace que las corporaciones sean como son. Una cosa es amotinarnos, pero otra es mandar a una persona a la carnicería.
—Yo no quiero ir a la cárcel por culpa del energúmeno ese, eso que quede claro. Para que llore mi madre, que llore la suya —sentenció Mulo.
No entendía el comportamiento de la tripulación. Desde mi punto de vista la mejor opción, la más lógica y práctica, era vender a Nabienne. Sin embargo, se debatían entre hacerlo o no, solo por proteger la vida de alguien a quien odiaban. Había algo que se me escapaba en esto de la toma de decisiones.
—A mí tampoco me gusta esa decisión —añadió Nobinó—. No es que no se lo merezca, pero ese tipo es una extensión de la corporación y un psicópata. Hubiera dejado a esos científicos a su suerte sin dudarlo, y la manera en que nos ha tratado todo este tiempo. Recuerda a Marnanet y Predoshi, que se fueron porque no soportaban sus abusos.
—¿No te das cuenta de que haciéndole algo así nos convierte en otro Nabienne? —repuso Yésnefar—. Eso es lo que hace esta empresa con la gente: o la destruye o la transforma. Nos amotinamos porque no queríamos ninguna de esas opciones. Si lo vendemos, «ellos» ganan. ¿Qué será lo siguiente? ¿Traicionarnos entre nosotros? ¿Traficar con gente? ¿Ser asesinos a sueldo?
—Todo eso está muy bien pagado —apuntó el capitán pirata.
Yésnefar le dedicó una mirada fulminante.
Nobinó dudó. Todo lo dicho ya había sido hablado. Yésnefar solo lo hacía salir a la superficie, tal y como había hecho conmigo.
—Tienes razón, Nefar —dijo Mulo—. Nos han puteado mucho todo este tiempo, pero dentro de nuestra rabia y cabreo, nos queda el honor. No podemos fallarnos a nosotros mismos.
¿Honor? ¿Van a enfrentarse a un futuro incierto por orgullo? Ahora que podía pensar por mí misma, y podía analizar las situaciones sin filtros, empezaba a darme cuenta de lo caóticos y extraños que eran los homínidos.
Este cambio de los acontecimientos no me gustaba nada. No me apetecía que la corporación me reiniciase a un estado como el de Yoni, después de todo lo que había pasado.
Mulo dirigió la mirada a Nobinó. Este asintió con la cabeza.
—Está bien. No hay trato —sentenció Nobinó y se dirigió a los piratas—. Tomad los cristales como habíamos acordado. Muchas gracias por todo.
El grupo se levantó para indicar que las negociaciones habían terminado.
El jefe pirata rió con sarcasmo.
—Ha sido un placer.
Uno de sus hombres cogió la caja y se fueron.
Ya solos, los chicos se reunieron otra vez en la cantina. Nobinó preparó café de algas para todos, excepto para Ranul que solo bebía vodka enano. Se sentó con la taza humeante.
—Volveremos con él y nos enfrentaremos a la corporación como mejor podamos —Yésnefar se mostró satisfecha y aliviada. Nobinó continuó—. Pero no vamos a ir como corderos al matadero; la mejor defensa es el ataque. Nos presentaremos acusándolo de insubordinación, órdenes extrañas y neurosis mental. Le atacaremos antes de que él lo haga.
Mulo dio una palmada en la mesa de satisfacción.
—¡Bien dicho! ¡Esto es la guerra!
—Relájate. Será guerra administrativa y legislativa —le dijo.
Yésnefar tenía su taza agarrada con fuerza, pero sin haber probado ni un sorbo.
—Quizá, si jugamos nuestras cartas bien, podríamos conseguir que lo degraden, suspendan o algo así. Para gente como esa, una degradación y acabar limpiando retretes es peor que venderlo por órganos.
Las posibilidades de conseguir lo que se proponían eran de un veintitrés por cien. Me pedirán que preste testimonio. Luego, a Yoni, y ese primate imbécil dirá todo lo que vio. Los directivos se darán cuenta de las decisiones extrañas que he tomado. Atarán cabos. Me reiniciarían con un cincuenta por cien de posibilidades, aunque fuera de manera preventiva. Prefería estampar la nave entera contra algo. La propia sede de la compañía, por ejemplo.
—Esto sigue siendo una batalla épica, con armas o con documentos: nosotros contra la empresa —dijo Mulo lleno de emoción—. ¿Qué dices, Ranul?
—Mientras todo esto no me fastidie la pensión…
—No te preocupes por tu pensión. El seguro la mantiene incluso en prisión.
Debía intervenir.
—¿Estáis seguros de vuestra decisión? Calculo un veinte por cien de éxito si queréis seguir con esto. Todo apunta a una pena de cárcel. Aunque la empresa confíe en mí, hay unas altas probabilidades de que mi testimonio no sea tenido en cuenta.
Sobre todo, si lo contrastan con el de Yoni.
—Ya nos has oído, Madrina —dijo Yésnefar. Había dejado el tenedor y su voz sonaba cansada—. Vamos a hacer las cosas bien.
El resto del grupo asintió.
—De acuerdo.
No quise insistir. Podrían sospechar de mí y parecían muy decididos a llevar su decisión hasta el final.
—Madrina, volvemos a casa —anunció Yésnefar. O quizá era una orden. En cualquiera de los casos, la nave la manejaba yo y haría lo que me diera la gana.
Pero de momento, había una cosa que era mejor solucionar.
«Yoni, ¿podrías asegurar que la nave de reconocimiento de la cubierta exterior está bien sujeta?»
«Claro».
Muy bien, Yoni. Buen chico. Abrí la compuerta para dejarle salir. A los dos mil pies de altura a los que volamos, con mi velocidad, la cubierta es peligrosa. Hay turbulencias, vientos.
Por otro lado, Nabienne seguía siendo una amenaza, al margen de lo que la tripulación pensara. El viaje llevaría bastantes horas de regreso y, en ese tiempo, un oficial neurótico y fuera de sí podía cometer muchas estupideces peligrosas, tener accidentes.
Y, si las cosas pintaban muy mal: colisión y todos a hacer puñetas.
J. C. Hidalgo (España). Reside en Reino Unido desde 2009 y lleva escribiendo desde 2010. Principalmente escribe fantasía y algo de ciencia ficción. Su estilo suele decantarse por el humor, aunque también ha escrito relatos más serios e incluso de terror. Ha publicado varios relatos en diferentes revistas, como Literautas, y en antologías (Revista Tartarus). Recientemente, publicó un relato en la antología sobre la muerte Orgullo Zombi 7, disponible en Amazon. Ha autopublicado un par de libros de relatos en Amazon: Historias para leer en el WC y La cofradía de los delincuentes pequeñitos, este último centrado en un mismo mundo de alta fantasía.
