NO. 4 (SEPTIEMBRE 2026) / FICCIÓN / 4,519 PALABRAS
La primera vez que vieron al niño, las ovejas estaban mudas. Eso lo recordaron tiempo después. Antes, recordaron la nieve acumulada contra las paredes del galpón, el viento golpeando la puerta durante la noche, el barro congelado en las botas, un silencio raro cuando sabes que algo no encaja, el hedor de trescientas ovejas encerradas bajo techo, mojadas hasta el lomo, mirando hacia el fondo del corral.
Ahí estaba él. Sentado sobre la paja húmeda, con sus rodillitas contra el pecho y los ojos bien abiertos, demasiado quieto para un niño perdido.
Don Arturo dijo que no se acercaran, pero Rosa ya había cruzado el galpón con una manta entre los brazos. Tenía sesenta y tantos años, la espalda torcida de tanto cargar leña y las manos duras de lavar ropa en agua fría. Había trabajado en Abelina desde antes de que Arturo heredara la casa, antes de la luz eléctrica, antes incluso de que el camino para los autos llegara hasta allí. Había visto nacer corderos deformes, gallinas que no pasaban la primera escarcha, hombres quebrados por el alcohol y mujeres que se iban sin despedirse y desaparecían.
Se agachó frente al niño.
—¿De dónde saliste? —le preguntó.
El niño no respondió. Tenía la piel pálida, casi azul por el frío. El pelo blanco, grueso, enredado con cardos, como de animal recién esquilado, y le caía sobre la frente en mechones cubiertos de grasa. Miraba a Rosa con unos ojos negros, húmedos, demasiado atentos.
—Hay que llamar a Carabineros —dijo Arturo desde la entrada.
Rosa lo envolvió en la manta.
—Primero hay que darle leche.
Cuando lo levantó, las ovejas dieron un paso atrás al mismo tiempo. Nadie dijo nada. En la estancia las cosas raras se conversaban poco. Una puerta que se abría sola era culpa del viento, una sombra en el corral era neblina, una oveja mirando la casa durante toda la noche era hambre, frío o tontera de animal. En la pampa convenía tener explicaciones sencillas.
Rosa llevó al niño a la cocina y lo sentó junto a la estufa. Le puso calcetines de lana, una camisa vieja de su hijo Ramón y un plato de pan remojado en leche caliente. El niño comió despacio, sin usar las manos al principio, inclinando la cara hacia el plato. Rosa no lo corrigió. Esperó. Después de un rato, él tomó la cuchara.
—Eso —dijo ella—. Así se hace.
Arturo se quedó parado junto a la puerta. Era un hombre ancho, de bigote gris y ojos pequeños, acostumbrado a ser respetado solo porque sí, por ser hijo de un colono, por tener en su sangre algo intangible que lo hacía digno de todo y de más. Tenía una voz hecha para dar órdenes.
—No podemos quedarnos con él.
—Nadie está diciendo eso.
—No sabemos quién es.
—Por eso mismo.
El niño levantó la cabeza. Miraba sus manos. Las manos de Arturo apretando el sombrero, las suyas sosteniendo la taza, los dedos manchados de harina sobre la mesa.
Arturo era el último hombre de los Montes de Oca que aún vivía en la zona. En Punta Arenas todavía había quienes le decían don Arturo con una obediencia vieja, pegada al apellido. Su abuelo había llegado desde Europa con una maleta, dos cartas de recomendación y la promesa de un pedazo de tierra que, según los papeles del Estado, estaba esperando dueño. En los retratos del salón, los primeros Montes de Oca aparecían con levitas negras, barbas duras y ojos de vidrio. Detrás de ellos siempre había algo más como un escritorio, una bandera, una mujer sentada con las manos cruzadas, un mapa.
En esos cuadros la pampa ya estaba toda alambrada.
A Arturo le gustaba decir que su familia había levantado la estancia desde cero. Lo decía en los remates, en las comidas del club, en los aniversarios de la Sociedad Ganadera, con una copa en la mano y una emoción contenida que a veces parecía ensayada. Nadie lo corregía.
La Abelina no era de las estancias más grandes, pero tenía historia. Eso decían los corredores de propiedades cuando llevaban visitantes extranjeros a ver la casa vieja, los galpones de madera inglesa, la oficina con libros contables, las estructuras oxidadas y el comedor donde todavía se guardaba una vajilla con iniciales doradas. Historia, en boca de esa gente, casi siempre significaba palacios altos, fotografías sepia y alguna desgracia ajena bien escondida.
Rosa no pensaba en esas cosas con palabras grandes. Las sabía cuando veía a los peones chilotes dormir de a seis en una pieza helada mientras Arturo mantenía cerrados dos dormitorios para las visitas. Las sabía cuando llegaban técnicos desde el norte a hacer la inseminación artificial y pasaban frente a las mujeres de la cocina sin saludarlas. Las sabía cuando el administrador hablaba de animales, hectáreas y hombres usando el mismo tono.
El administrador se llamaba Murdoc Mac Lean. Había llegado desde Escocia hacía casi treinta años, primero como capataz en una estancia más grande al otro lado de la frontera, después como experto en lana fina, después como hombre de confianza de los Montes de Oca. Tenía el pelo rojo desteñido, la nariz quebrada y una forma de mirar el horizonte como si todavía estuviera comparando esa pampa con otra tierra que también había perdido pero que se le parecía mucho. Hablaba español con una dureza seca, cortando las palabras. A veces, cuando tomaba, cantaba en un idioma que nadie entendía. Los perros lo seguían. Los hombres le temían. Arturo lo respetaba porque Murdoc sabía hacer producir una estancia sin hacer tantas preguntas.
La esposa de Murdoc se llamaba Ángela.
No era escocesa. Había nacido en Punta Arenas, hija de una mujer chilota y de un borracho que nunca conoció. Nadie sabía bien cómo había terminado casada con Mac Lean. Algunos decían que él la había sacado de una casa mala. Otros, que ella lo había elegido porque Murdoc hablaba poco y para ciertas mujeres el silencio de un hombre podía parecer vacaciones. Vivían en una casa baja detrás del galpón de herramientas, ni en la casa patronal ni en la barraca de los trabajadores.
Ángela fue la segunda en ver al niño. Entró a la cocina con un canasto de ropa húmeda y se detuvo en el marco de la puerta. Miró al niño, miró a Rosa, miró a Arturo.
—Otra vez —dijo.
Arturo frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Ángela apretó el canasto contra la cadera.
—Nada.
Pero Rosa alcanzó a escucharla. Otra vez.
Esa noche lo acostó en el cuarto chico, el mismo donde había dormido Ramón de niño. La pieza todavía conservaba una repisa con piedras redondas recogidas en la playa, un caballo de madera sin una pata y una foto en la que Ramón aparecía con botas demasiado grandes, abrazando a un cordero recién nacido. Rosa no había movido esas cosas en años. Ella se repetía que no era por pena, era porque en una estancia nada se botaba hasta estar completamente seguro de que ya no servía.
El niño se acostó sin protestar. Rosa le dejó una linterna prendida.
—Si necesitas algo, golpea la pared.
El niño miró la linterna y después sus propias manos.
Rosa cerró la puerta.
***
A medianoche despertó por un ruido suave. Un roce lento, lana contra madera. Se levantó, cruzó el pasillo y abrió la pieza.
El niño estaba de pie frente a la ventana. Tenía los ojos abiertos, miraba el patio oscuro, el galpón, la línea negra de los alambrados bajo la nieve. En el vidrio empañado había una marca hecha con el dedo. Era un círculo grande y, dentro, una letra torcida. Una A. La marca de Abelina.
—¿Quién te enseñó eso? —susurró Rosa.
El niño no contestó.
Al otro lado del patio, en el galpón, una oveja baló.
***
A la mañana siguiente llegó el cabo Paredes desde Porvenir, con una libreta, una radio que apenas funcionaba y la cara de quien había manejado cuatro horas por un camino malo para atender una broma. Venía con las botas llenas de barro y una bufanda azul enrollada hasta las orejas.
—¿Y dónde está el menor?
Rosa señaló el patio. El niño estaba entre las ovejas. Caminaba despacio por el corral y las ovejas se abrían a su paso. Algunas le olían las manos. Otras apoyaban la cabeza contra sus piernas. El niño les tocaba la frente con dos dedos y seguía caminando.
El cabo Paredes guardó silencio más tiempo del necesario.
Murdoc Mac Lean apareció desde el galpón de esquila, con el abrigo abierto y una soga en la mano.
—¿Qué pasa ahora?
Arturo señaló al niño.
—Lo encontró Rosa anoche.
Murdoc no dijo nada.
La soga cayó al suelo.
Rosa lo vio. Murdoc, que había enfrentado temporales, incendios, animales desbocados y hombres borrachos con cuchillo sin mover una ceja, se había quedado quieto frente a un niño de pelo blanco.
Ángela salió detrás de él. Traía las manos mojadas y un trapo en el hombro.
—Murdoc —dijo.
Él no respondió.
El cabo abrió su libreta.
—¿Dijo algo?
—Nada —respondió Rosa.
—¿Nombre?
—Nada.
—¿Edad?
—Cinco, seis. No sé.
—¿Alguna familia cerca?
Arturo soltó una risa corta.
—Cerca no hay nada.
Ángela lo miró con una dureza que no había visto antes. Cerca no hay nada.
Así hablaban los dueños. Nada cuando había monte. Nada cuando había huellas. Nada cuando había toldos. Nada cuando había huesos de guanaco, fogones apagados, caminos que no estaban en los mapas. Nada cuando algo no se podía meter dentro de una escritura, firma, timbre, permiso del Estado chileno.
El cabo anotó: menor no identificado, hallado en predio rural, sin lesiones visibles, no verbaliza, posible abandono.
—Habrá que llevarlo al pueblo.
El niño, desde el corral, giró la cabeza hacia la casa.
Rosa sintió una presión en el pecho, parecida a la que le daba antes de una mala parición, cuando el animal se echaba de lado y había que arremangarse sin pensar demasiado.
—Hoy no —dijo.
El cabo la miró.
—No depende de usted, señora Rosa.
Entonces las ovejas empezaron a balar. Todas al mismo tiempo. Primero fue un sonido bajo, parejo, una vibración que se metió por las tablas del piso y las latas del techo. El cabo dejó de escribir. Arturo apretó el sombrero. Murdoc levantó la vista hacia el cielo. Ángela se persignó, pero dejó el gesto a medio camino.
A lo lejos, hacia el cerco norte, venía una nube oscura arrastrándose sobre la pampa.
—Nieve —dijo Arturo.
—No estaba anunciada —respondió el cabo.
Murdoc miró al niño.
—Él la oyó antes.
Nadie le preguntó qué quería decir.
Esa tarde encerraron a los animales antes de que cayera la tormenta. Entre los que estaban ahí nadie va a confirmar lo que vieron, nadie diría que le obedecían, pero cuando el niño caminó hacia el galpón, las ovejas lo siguieron.
La nieve cayó durante tres días.
El cabo Paredes no pudo volver al pueblo y durmió en una de las piezas que don Arturo mantenía cerradas con la radio muerta sobre la mesita de noche. Arturo se levantaba cada dos horas a revisar los techos. Murdoc no bebió, y eso inquietó más a Ángela que la tormenta. Lo vio sentarse frente a la ventana de su casa con una taza intacta entre las manos, mirando el galpón.
Rosa cocinó sopa, amasó pan y le cortó el pelo al niño mientras él permanecía sentado en una silla, dócil, con los ojos puestos en el vidrio empañado. Debajo del pelo blanco, detrás de la oreja izquierda, encontró una marca. Era una perforación pequeñita parecida a una A torcida. Igual a la que le hacen a los corderos del campo para que no se las roben.
Rosa dejó las tijeras sobre la mesa.
—¿Qué pasó? —preguntó Arturo.
—Nada.
Ángela, que estaba lavando platos en silencio, se acercó.
—Déjeme ver.
Rosa cubrió la oreja del niño con el pelo recién cortado.
—No hay nada que ver.
Ángela bajó la voz.
—No es la primera vez, déjeme ver.
Arturo golpeó la mesa con la palma.
—Basta.
La palabra dejó quieta la cocina.
Basta era una palabra vieja en esa casa. Había servido para terminar discusiones con trabajadores, preguntas de mujeres, reclamos por comida, historias mal enterradas detrás del cerco norte. Bastaba decir basta y las cosas volvían a su sitio, el patrón en la cabecera, el administrador junto a la puerta, las mujeres con las manos mojadas, los peones afuera.
El niño miró las manos de Arturo.
Arturo las retiró de la mesa.
Esa noche Rosa no durmió, se quedó sentada frente a la estufa, con el niño acostado en el cuarto chico, escuchando el viento raspar las paredes. Pensó en las ovejas perdidas durante los últimos años, en las pariciones malas, en la tierra cada vez más seca bajo la escarcha. Pensó en su hijo perdido, en su marido que se había ido porque no podía soportar la pena, en todos los hombres que habían pasado por la estancia hablando de lana, carne, números, sin saber en qué se sostenía todo eso.
***
Cuando Rosa llegó de joven, la estancia todavía pertenecía al padre de Arturo. Don Arturo viejo. Un hombre seco, más viejo que su cédula, que caminaba con una varilla de mimbre y no dejaba dormir a nadie cuando venía temporal. Decía que las ovejas eran como niños tontos, si una no las vigilaba, se morían de pura mansedumbre, ya no tenían ningún instinto, ninguna conexión con la tierra.
Rosa nunca había olvidado esa palabra. Mansedumbre.
Le molestaba. Las ovejas no le parecían mansas, más le parecían cansadas, pacientes a rato. Había una diferencia, aunque no supiera explicarla bien.
Durante años vio cómo la estancia crecía y se vaciaba al mismo tiempo. Más alambrados, menos gente. Más papeles, menos niños. Los antiguos peones sabían leer el cielo, las nubes, la escarcha y los nuevos solo sabían llenar planillas. Antes se nombraba a los animales por alguna rareza, como la tuerta, la negra, la coronada, la arisca; ahora empezaron a ser lotes, registros, marcas como perforaciones en la oreja.
En la oficina de Arturo había tres mapas. El primero era viejo, dibujado a mano, con manchas de humedad y bordes torcidos. Mostraba la tierra antes de la división actual, atravesada por líneas achuradas. El segundo tenía los potreros numerados, los alambrados, los bebederos, los galpones, la casa patronal, la casa del administrador, la barraca de los trabajadores. El tercero era nuevo, impreso en colores y en papel couché, preparado por una consultora carísima de Santiago para vender la estancia como inversión a un millonario judío que andaba preguntando.
En ninguno aparecía el cerco norte con su nombre verdadero. Rosa lo había oído una sola vez, muchos años atrás, de boca de una mujer vieja en una feria de Porvenir. La mujer señaló hacia la pampa y pronunció una palabra que Rosa no supo repetir. El sonido se le quedó adentro, como un eco incómodo, parecido al gaélico roto que Murdoc murmuraba cuando estaba borracho. Después, la mujer bajó la vista y no dijo nada más.
Desde entonces, Rosa pensaba en ese lugar como una parte de la estancia que se resistía a ser nombrada. Había algo incómodo allí, una tristeza difícil de precisar, como si la tierra guardara el recuerdo de algo que nadie quería contar. Quizás por eso tampoco figuraba en los mapas.
***
El niño dormía en el cuarto de Ramón, pero a veces ella lo encontraba en la cocina antes del amanecer, sentado junto a la estufa apagada, con las manos sobre las rodillas.
—¿Tienes frío? ¿Miedo? ¿Entonces qué?
El niño apoyaba la oreja contra las tablas del piso y se quedaba así largos minutos, escuchando abajo de la casa.
***
El tercer día de tormenta, Rosa le dio un nombre. No se lo dijo a Arturo ni al cabo. Se lo dijo al niño mientras le servía leche en una taza.
—Mateo —dijo—. Aunque sea por ahora.
El niño miró la taza.
—Mateo —repitió Rosa, tocándose el pecho y luego señalándolo.
Él no sonrió, pero tomó la taza con ambas manos y bebió despacio.
Más tarde, cuando Rosa fue a buscar leña, encontró sobre la mesa una línea de migas formando el mismo círculo torcido de la marca. Dentro, con migas más pequeñas, la A de Abelina.
—No hagas eso —dijo Arturo, que entraba detrás de ella.
El niño levantó la vista.
—¿Me escuchaste? Esa marca es de la estancia.
Rosa se puso entre los dos.
—No entiende.
—Entiende demasiado.
Arturo miró al niño con una mezcla de asco y temor. La cara se le apretó como cuando encontraba una oveja muerta sin explicación.
—Apenas abra el camino, se va.
—Se va al pueblo —dijo Rosa.
—Se va de aquí.
El niño bajó la mirada hacia las manos de Arturo, gruesas, partidas por el frío, con tierra en las uñas y una cicatriz vieja cruzando el pulgar. Las miró como había mirado todas las manos desde que llegó, con una paciencia incómoda.
Esa noche Ángela fue a ver a Rosa. Entró sin golpear, envuelta en un chal negro. Traía un cuaderno viejo bajo el brazo. No se sentó hasta que Rosa se lo indicó.
—Murdoc no quiere que hable —dijo.
—¿De qué?
Ángela puso el cuaderno sobre la mesa. Era de tapas duras, con las esquinas protegidas con un metal dorado. En la primera página había una firma en tinta desteñida: M. Mac Lean, 1897.
—Del papá de mi marido. También fue administrador. Antes de Murdoc. Antes del padre de Arturo.
Rosa no tocó el cuaderno.
—¿Y eso qué tiene que ver con el niño?
Ángela miró hacia el pasillo, donde el cuarto chico permanecía cerrado.
—Hay cosas que las familias guardan en cajas fuertes, retratos. Los administradores guardan otras cosas más peligrosas.
Rosa abrió la tapa. No entendió casi nada. Había listas de animales, pagos, pedidos de municiones, nombres mal escritos, iniciales, números. Muchas páginas estaban en inglés. Otras tenían frases en castellano, anotadas con apuro. En varias se repetía la marca de Abelina, la A torcida dentro del círculo.
—Mi marido dice que son cuentas viejas —dijo Ángela—. Pero una aprende a leer entre líneas cuando te dedicas a ser invisible.
Pasó las páginas hasta llegar a una hoja doblada. No era una confesión clara, solo fechas y cantidades. Algunas ovejas perdidas, cercos cortados, hombres enviados al norte, bonificaciones, raciones, una palabra escrita varias veces al margen. Blancos.
Rosa sintió náuseas.
—¿Blancos?
Ángela cerró el cuaderno.
—Así les decían algunos. Guanacos blancos. A las ovejas. Pero en el cuaderno una ya no sabe cuándo hablan de animales y cuándo hablan de otra cosa.
El viento golpeó la ventana.
—¿Por qué me muestras esto ahora?
Ángela tardó en responder.
—Porque cuando Murdoc vio al niño, dijo un nombre.
—¿Qué nombre?
—Ninguno cristiano.
Rosa miró hacia el pasillo.
—¿Y qué significa?
Ángela apretó el cuaderno contra el pecho.
—No lo sé. Pero sonó como si lo hubiese tenido en la garganta desde siempre.
***
El cuarto día, cuando despejó, el cabo dijo que debían partir.
—El camino está abierto.
El niño estaba junto a la ventana. Tenía puesta una chompa gris y los pantalones arremangados. Rosa le había lavado la cara y peinado el pelo blanco con agua tibia. Parecía más chico así. Más fácil de cargar.
Murdoc entró a la cocina antes que Arturo. Traía el rostro descompuesto por una noche sin sueño.
—No lo lleven por el camino norte —dijo.
El cabo lo miró.
—¿Perdón?
—El camino norte no.
Arturo soltó una risa seca.
—Ahora resulta que el administrador da órdenes a Carabineros.
Murdoc no le respondió. Miraba al niño.
—Hay lugares que no se cruzan cuando la nieve está recién caída.
—La nieve está limpia porque nevó —dijo Arturo.
Ángela apareció detrás de Murdoc.
—No toda cosa blanca está limpia.
Nadie habló durante unos segundos.
El cabo Paredes cerró la libreta.
—Voy a buscar mis cosas.
Arturo salió con él.
Rosa se acercó al niño.
—Te van a llevar al pueblo.
Él no la miró.
—Allá quizás encuentren a alguien. Una familia.
El niño apoyó la mano en el vidrio empañado. Con el dedo dibujó una línea curva. Luego otra. Después varias rayas cortas.
Parecía el mapa de la estancia. Podían reconocer el galpón, la casa, el pozo, el cerco norte, la quebrada donde el viento se hacía más fuerte, el camino hacia Porvenir, el potrero de las ovejas viejas. Incluso el lugar donde Ramón había enterrado su caballo cuando tenía doce años. Y más allá del cerco, donde Arturo decía que no había nada, el niño dibujó un círculo.
—¿Qué es eso?
Por primera vez, él habló. Su voz sonaba áspera, no humana, creada por sílabas torcidas como de alguien que no conoce el lenguaje pero lo imita.
—Madre.
Rosa sintió frío en la espalda.
—¿Tu madre está allá?
El niño negó con la cabeza. Tocó el vidrio otra vez.
—La madre.
Cuando el cabo entró con su chaqueta puesta, las ovejas volvieron a reunirse frente a la casa.
No todas. Solo las hembras más viejas, las que ya casi no parían, las que Arturo quería vender antes del próximo invierno. Estaban alineadas junto al cerco, mirando las ventanas, todas quietas y en silencio.
—Esto ya me está cansando —dijo Arturo.
El cabo intentó sonreír.
—Son animales.
Pero no sonó convencido.
Rosa tomó al niño de la mano. Él no se resistió. Afuera, el aire estaba congelado después de la tormenta. La nieve brillaba sobre la pampa con una luz blanca, dura, que hacía doler los ojos. Caminaron hasta la camioneta del cabo. Arturo abrió la puerta trasera.
El niño se detuvo y las ovejas bajaron la cabeza.
Murdoc cayó de rodillas.
A Rosa le pareció el movimiento torpe de un hombre al que le falla algo por dentro. Ángela se acercó, pero no lo tocó.
Arturo lo miró con vergüenza ajena.
—Levántese, Mac Lean.
Murdoc no se levantó.
—Mi abuelo escribió que un día iban a volver.
—¿Quiénes?
Murdoc tragó saliva.
—Los que se marcharon, los que no aceptaron su marca.
El cabo dio un paso atrás.
Arturo se puso rojo.
—¡Esta estancia está inscrita, tiene papeles en orden! ¡Tiene dueño!
El niño miró sus manos.
Entonces Rosa soltó la mano del niño.
—No puedo.
Arturo la miró con rabia.
—¿Qué cosa?
—Entregarlo así.
—No es tuyo.
Rosa miró la marca detrás de la oreja del niño. La A perforada. La señal de propiedad.
—No —dijo—. No es mío.
El cabo Paredes se acomodó la gorra.
—Señora Rosa, no hagamos esto difícil.
Entonces se escuchó un crujido. Venía del galpón. Arturo fue el primero en mirar. Después el cabo. Después Rosa. La puerta grande, la que necesitaba dos hombres para abrirse cuando se hinchaba con la humedad, se estaba moviendo sola.
Arturo caminó hacia el galpón con una pala en la mano. Rosa quiso detenerlo, pero el niño hizo un sonido bajo, apenas un murmullo. Las ovejas respondieron con el mismo sonido.
La puerta se abrió y adentro había lana. Lana en el suelo, en las vigas, colgando de los clavos, cubriendo los sacos, los bebederos, las esquinas donde nadie barría bien. Lana blanca, gris, amarillenta. La lana de años. La que Arturo guardaba sin vender esperando mejor precio. La que se juntaba en los rincones, pegada al polvo y a la grasa de las manos.
Ahora se movía. Apenas.
El cabo retrocedió.
—¿Qué es esto?
Nadie respondió.
El niño caminó hacia el galpón. Rosa lo siguió, aunque el cuerpo le pedía quedarse afuera. Ángela también entró. Murdoc permaneció en la puerta. Arturo tenía la pala en alto, inútil.
Dentro, el aire estaba tibio.
La lana cubría la pared del fondo formando un nido enorme. En el centro había un hueco oscuro, un lugar donde la vista se detenía y no encontraba borde. En las vigas aparecieron marcas que nadie había visto antes como rayas, círculos, pequeñas manos de hollín, signos raspados en la madera vieja.
Ángela soltó un sollozo breve.
—Estaban aquí, Todos estaban aquí —dijo.
Arturo se volvió hacia ella.
—¿Quiénes?
Pero Ángela ya no lo miraba.
El niño se volvió hacia Rosa.
—No —dijo ella, sin saber qué estaba negando.
Él extendió una mano y le tocó los dedos.
Rosa entendió que no estaba asustado. Tenía la calma de los animales cuando encuentran la abertura en el cerco y no corren todavía, solo miran.
Pensó en llamarlo Mateo. En decirle que se quedara, que ella podía cuidarlo, que le haría sopa, que le enseñaría a usar zapatos, que en primavera podrían ir al pueblo y comprarle un cuaderno. Pensó en la cama chica, en la taza de leche, en la camisa vieja de Ramón. Todo eso le pareció poco.
El niño entró en el hueco y la lana se cerró detrás de él sin ruido.
Afuera, las ovejas empezaron a caminar hacia el norte, una detrás de otra, abriendo una línea blanca sobre la nieve. Arturo gritó, pero ninguna volvió la cabeza. El cabo levantó la radio como si pudiera llamar a alguien desde ese fin del mundo. Murdoc siguió de rodillas. Ángela tomó el cuaderno viejo y lo arrojó dentro del galpón.
La lana lo cubrió de inmediato.
***
Meses después dijeron que habían sufrido pérdida como en un terremoto blanco. Dijeron daño sin precedentes en su historia. Dijeron animales extraviados bajo la nieve. Arturo repitió esas palabras durante semanas, en la oficina, en el teléfono, frente a cualquiera que quisiera escucharlo.
Rosa no dijo nada. Vio a las ovejas cruzar el cerco norte una por una. Las vio pasar con la cabeza baja, con la lana sucia, con las ubres flojas de las hembras viejas, con las patas hundiéndose en la nieve. Esa noche durmió sin escuchar balidos.
A la mañana siguiente, el galpón estaba vacío. No quedaba lana, ni olor a animal, ni alfalfa húmeda, ni mierda acumulada sin limpiar.
El cabo Paredes hizo un informe breve, lleno de frases prudentes, como extravío de menor no identificado, pérdida de ganado por causa desconocida, condiciones climáticas adversas. Nadie en Porvenir preguntó demasiado. En la pampa la gente sabe cuándo una historia viene con dientes y saca pedazos.
Arturo intentó vender la estancia seis meses después, pero nadie quiso comprarla. Los inversionistas de Santiago dijeron que había poca agua para los animales. Los extranjeros dijeron que la casa tenía mala orientación. Una fundación quiso convertirla en museo, pero desistió cuando los arquitectos encontraron humedad en los muros principales y una serie de marcas bajo el papel mural del salón. Los Montes de Oca retiraron los retratos una tarde de marzo. En el lugar donde habían estado colgados quedaron rectángulos más claros.
Murdoc Mac Lean murió antes del invierno siguiente. Ángela se fue de la estancia con una maleta, una caja de fotos y ninguna explicación. Algunos dijeron que volvió a Punta Arenas. Otros, que cruzó a Argentina.
Rosa se fue a vivir a una casa chica cerca del estrecho. A veces, en las mañanas de escarcha, encontraba mechones de lana blanca en la reja. Los guardaba en una caja de zapatos, junto con la manta gris y las tijeras con que le había cortado el pelo.
Donald McLeod (Chile) es escritor, editor, arquitecto y gestor cultural. Fundó Editorial Imaginistas, dirige la revista IMAGI y coorganiza Ficticia, Festival de Ficción Especulativa. Desde 2016 desarrolla talleres, clubes de lectura y proyectos de mediación vinculados con la ciencia ficción, la fantasía y el terror. En 2025 obtuvo el tercer lugar del Premio Poliedro por “La máquina de viento” y, en 2026, su cuento “Mapocho, mar prestado” obtuvo el segundo lugar en Santiago en 100 Palabras. Su escritura explora territorios australes, identidades queer, memoria, tecnología y crisis ecológica.
