NO. 4 (SEPTIEMBRE 2026) / FICCIÓN / 1,888 PALABRAS
El mensaje en pantalla: “Cinco minutos”. Enciendo las luces LED del comedor.
Ubico el trípode a cuarenta y cinco grados, a la altura de los ojos de mi padre.
Mi viejo espera la comida durmiendo en la silla; los brazos caídos, la cabeza hacia atrás. Su boca abierta es una trampa de oso esperando su presa. Mi madre, junto a él, callada como siempre. Sobre el refri, el manual geriátrico de correcta postura. Recito los pasos sin hojearlo.
«Tome su cabeza con ambas manos».
Recoloco el cojín. Verifico el respaldo en cadera.
Mi padre convertía todo en un momento valioso. Me mostraba el registro de nuestra unión familiar. Calculó la mejor monetización: varios canales de público segmentado. Nada de un solo canal con un público amplio.
«Rodilla y pierna a noventa grados».
Formo las piernas en “L”. Despego las corvas del borde, la silla no corta el paso, la sangre fluye libre.
A mis diez años jugaba con lo que encontrara en el piso. Doné los juegos a trazar mi libertad financiera. Al final el proyecto fracasó.
«Pie y tobillo a noventa grados».
Le planto los pies al suelo. Los tobillos sostienen la carga, el cuerpo se ancla en lugar de caer.
Esa etapa me heredó el hábito de memorizar, sacrificar, sonreír. Herramientas para mover mis manos en su vejez. Ver envejecer a los padres es una bendición. Lo es hasta que pagas tu primera caja de Sertralina. En un asilo carente de personal, pagas para que se queden sentados sobre su propia orina toda la tarde. Yo no voy a hablarte sobre el otro tipo de abuso.
Por favor, no apartes la vista.
Para mí es una oportunidad de invertir roles. Es mi turno de pagar. Limpio sin despertarlo, la baba que cae hasta su barbilla.
«Brazo apoyado».
Alzo su brazo con ambas manos. Curvo las palmas en forma de cuna, así no dejo moretones. Es como levantar un hueso sobre papel mojado. Con cuidado lo bajo al descansabrazo, adapté una esponja que no le revienta los vasos sanguíneos; repito con el otro brazo. Así, el cuello y los hombros no tendrán dolor. Otra presencia golpea mi nariz. Me sigue a todos lados. Es el dos nonenal.
Antes de la vejez de mis padres, llamé mito a ese olor. La excusa de hijos malagradecidos para no ver a los suyos. Pero el olor a anciano existe, no es falta de higiene. Es el cuerpo dejando de funcionar: tu piel está cubierta de una mancha invisible de grasa. La vejez no produce antioxidantes suficientes para protegerla del aire. El exceso de grasa se descompone, forma el compuesto, dos nonenal. Ese desecho se almacena en tus poros. Se mezcla con el resto de grasa en tu piel. Un pegamento biológico que se adhiere a la ropa. El ciclo se repite, cada vez con menos antioxidantes. Forma una capa, cada vez más gruesa. Un olor más fuerte.
Al inicio, arrugaba la nariz al olerlo.
Ya me acostumbré.
«Cuidados extra».
Glicerina.
No hay más indicaciones. El olor y las venas abultadas que se mueven de un lado a otro bajo la piel translúcida no tienen cura. Solo cortesía cosmética. Es como pintar una casa que se quema por dentro; así el vecino admira el pantone mamey mientras se queja del humo.
***
El día que tuve la misma asfixia de respirar humo fue el día que pasamos el millón de suscriptores. Un par de niños de mi salón casi me matan a golpes accidentalmente. El primer puño se sumió en la boca del estómago. El aire se fue. Fue como respirar con un popote tapado. Un jalón. El cráneo crujió. Destellos blancos. Náuseas. Me cubrí la cabeza, sacrifiqué el resto. Antes ver negro, el pantalón se humedeció con un chorro tibio que salió de mi ropa interior. El resto de ese día, tuve mucha sed.
Cerré mi habitación. No saldría en días, pero… Papá entró. La disciplina de papá fortaleció mi actitud, me aconsejó un mantra que uso diario.
“Llorar no altera tu deber”, me abrazó.
El siguiente video blog, bajé puntual a grabar con papá. Inventé a la gente que me había caído de las escaleras. Las circunstancias no me detuvieron antes en mi infancia.
No lo harán ahora en su vejez.
“Llorar no altera tu deber”.
***
Abro el refrigerador saturado de recipientes plásticos. Hoy es miércoles, comerá un recipiente azul. Lo saco de una pila, cierro. Confieso que el olor dentro es más fuerte que el dos nonenal. Es mi comida rápida almacenada la que me golpea las narices.
Ese aroma rancio trae de vuelta la comida frita de mi primer mukbang. Me escondí para no grabar. Me sentaba frente a un cuaderno en blanco, pretendiendo hacer tarea. Pero…
“Tu confort es egoísmo”.
Lo hice por mi familia. Papas fritas, pizza, nachos, pollo frito, quesadillas, alitas. Mi estómago se estiró. En el video se escuchan mis gases. Seguí por mi familia. Los ojos se cerraron un par de veces, el leve dolor de estómago me ayudó a no dormir. Respondí dudas de las personas, hicimos chistes, papá grabó todo. Después comí un poco más, por la familia. Ese día tuve mi primer reflujo. Cada mukbang era una sorpresa: dulces, comida mexicana, bebidas. Con lo acumulado por mukbangs, compramos una lavadora nueva.
“Tu confort es egoísmo”.
***
Dejo dos cucharas soperas sobre la mesa, junto al recipiente de comida. Son las más grandes que encuentro. Antes de darle de comer, veo en mi padre la postura perfecta, tal como indica el protocolo geriátrico.
Él también corregía mis posturas al grabar. Me habló de lenguaje corporal, de cómo las apariencias rigen el mundo. Su ayuda siempre iba un paso más allá: un consejo, una palmada, una luz. Así decidí no defraudarlo, ni a él ni a mis suscriptores. Llevé mi compromiso más allá. Grabé la agonía de Capitán, mi perrito, hasta el final.
“Tienes un propósito mayor”.
Ese último video mostró sus mejores momentos. Moviendo la cola, corriendo juntos en el parque, durmiendo en mi cama. La última pelota que le compré, aún sin marcas de dientes. Su propósito era ser ese grano de arena que sacudiera al mundo de su violencia.
“Tienes un propósito mayor”.
***
Al contar los recuerdos de mi infancia, suelo maquillar muchos detalles; esta vez no fue la excepción. Te diré qué omití. Si te preguntas por qué, solo tuve una razón: nadie escucha a un hijo malagradecido.
No apartes la vista.
No había ningún otro niño. Solo un adulto: mi papá golpeándome. Tampoco fue accidente, fue impuntualidad. Jugué toda la tarde, quité la vista del reloj, no bajé a grabar. Pateó la puerta. Un ¡whoosh! me mordió las piernas. El calor. ¡Whoosh! La piel no se rompe de inmediato, primero se inflama. Después un chasquido. ¡Whoosh! La impuntualidad era un mapa en relieve sobre la piel. Luego, el plástico negro del cable toma un trozo de piel cada vez que retrocede.
¡Whoosh!, ¡whoosh!, ¡whoosh!
Un paramédico te dirá que un cable a alta velocidad genera un calor que suelda las capas de la piel antes de desgarrarlas. Pero papá solo era un diseñador desempleado. Él solo dijo: “llorar no altera tu deber”. En bucle. En el piso, sobre el brazo izquierdo, giré en sentido contrario a las manecillas del reloj. Pedaleé al vacío. Un juguete de pilas que camina en línea recta y cae.
“Llorar no altera tu deber”.
Nota lo vergonzoso que es aceptar que sí me oriné encima.
***
Alitas, nachos.
Mi cara exudaba un sudor rancio. Así tragué cada plato.
“Tu confort es egoísmo”.
Pizza, pollo frito.
Engullo un trozo más. Uno más sudoroso que el anterior. Después de llenarme, la pizza me parecía un mazacote espeso, fétido y pardusco. El aire del lugar, un vaho de aceite reciclado por mamá, mezclado con risas de papá. Masticaba. Un gas húmedo subió por mis tripas, vibraba con un chapoteo. La espuma amarga, hirviente, me inundó la boca fundiéndose con el pepperoni, la salsa de tomate. La grabación no se detuvo. Papá agitó el puño cerrado. Entonces tragué. Papá abrazaba su estómago en cuclillas. Editó su risa después. Junté más saliva, así dejé el sabor de vómito. Seguí comiendo.
“Tu confort es egoísmo”.
Luego estuvo capitán.
Papá me despertó un domingo a las siete. Me sacó de la cama con cámara en mano. “Anda, juega con capitán, está en el patio”. Salí descalzo. El césped estaba frío como la brisa. Papá se acomodó en una silla plegable. Me tronó los dedos sin hacer ruido.
Capitán estaba recostado en las flores. La cola estirada y los ojos cerrados. Papá me hizo señas de mover el hocico, que apunte a la cámara.
“Capitán”, hablé bajo.
Mamá me veía por la ventana. Imperturbable. Corrí con papá a abrazarlo. Me detuvo a la distancia. Sin soltar la cámara, con la cara roja, me ordenó volver con el cadáver de capitán. “Capitán tenía un propósito mayor. Igual que tú”.
***
Mamá conserva su seriedad, pero su indiferencia es mayor. En el comedor pasa tan inadvertida que pierde peso cada vez que la tiro al suelo. Yo sugerí enterrarla. Papá insistió en conservarla en un salero.
“Estás en vivo”, dice el mensaje.
Caras sin nombre pagan por ver tragar a papá. El tintineo de las criptomonedas es el jefe ahora. Mira esto.
¡Clink!
Abro el recipiente azul. Un bloque de grasa fría. La cuchara se desliza en el sebo como si fuera flan. Mañana iré por una lavadora nueva. Papá gimotea. Sus labios oscilan de arriba abajo. Está feliz por servir a un propósito mayor.
¡Clink!, ¡clink!
Sirvo solo media cuchara. Una porción muy grande llenaría sus pulmones de manteca amarilla.
Hundo mis dedos en la carne fofa de su mandíbula, tiro hacia abajo, es como abrir un bote de pintura viejo. Embuto la manteca entre filamentos viscosos. El sebo cae en la lengua. Le cierro la boca. Mantengo la presión. El gorgoteo es la manteca en la garganta. No traga. Cubro sus ojos.
¡Clink!
Cierra los dientes. Siente el roce seco de los molares antes de que el aceite tibio se filtre a la base de las encías. Un exudado denso, con la viscosidad del huevo podrido, burbujea contra tu paladar. Chak, chak. Al intentar tragar, la úvula se siente erizada, cubierta de un vello húmedo que sabe a moneda de cobre y hiel oxidada. Tu garganta: una membrana que se estira como látex caliente, atrapando un bulto fibroso que late. Uno. Dos. Mientras se deshace en una papilla de suero agrio que inunda inevitablemente el fondo de tu lengua.
La garganta vibra. Una basca violenta llega a mi mano. Dejo salir la cascada amarillenta sobre la mesa. Salpica el salero de mamá. Un charco caliente. Burbujea. El olor a leche agria opaca al dos nonenal.
¡Clink!, ¡clink!
Sus labios se abren como fruta podrida. Escurren grasa tibia. Le palmeo la espalda, así se ve dejar el egoísmo atrás.
¡Clink!, ¡clink!, ¡clink!
Me acerco al refri. Extiendo la mano cerca del protocolo. Tomo el cable negro.
¡Clink!, ¡clink!, ¡clink!
Papá grita con la boca cerrada.
¡Clink!, ¡clink!, ¡clink!
Clava las uñas contra los descansabrazos.
¡Clink!, ¡clink!, ¡clink!
No me ve a mí. Ve a la cámara. Igual que Capitán.
¡Clink!, ¡clink!, ¡clink!
Me acerco con el apelmazado cable.
Y le digo.
Le digo.
Llorar no altera tu deber.
Christian Dávalos (México). Estudió el posgrado en Escritura Creativa en la Universidad de Salamanca (USAL) y es miembro nivel afiliado de la Horror Writers Association (HWA). Ha publicado cuentos en Estigma Ediciones y ensayos de crítica de horror en What Sleeps Beneath. Su desarrollo en la literatura de horror cuenta con la mentoría de Cynthia Pelayo, ganadora del prestigioso premio del género de horror, Bram Stoker, siendo la primera autora latina en recibir este reconocimiento. Síguelo en Instagram como @chrisdavaloshorror.
