Sacrificio

—¿Te duele mucho, mamá? —La voz llega como una burbuja desde el margen del río. Es Ikal, quien se limita a remojar los pies en la ribera. El niño mira a su madre con terror; por la ansiedad que le provoca no saber en qué ocupar las manos, las mantiene juntas. Juega con sus dedos en movimientos erráticos y nerviosos. Acaba de descubrir un enemigo en su cuerpo de ocho años. Se siente vulnerable y teme porque sabe que su edad y tamaño juegan en su contra. Además, apenas ha dormido y sus entrañas están vacías.

—Estoy bien, mi niño. Sólo fue una cortada —le responde Xanat con una sonrisa. Miente. La verdad es que se trata de un dolor intenso: palpitante, similar al odio que siente por sus enemigos y profundo, como el corte. Un dolor que sugiere que dentro de su muslo la obsidiana sigue danzando, o que dentro de su pierna techos de palma arden irremediables.

—¿Quieres que traiga algo, mamá? ¿Puedo ayudarte? —La voz de Atzi es un ave de ascuas. La niña desea asistirla. Por eso se ha levantado la falda, para entrar al río con ella. A pesar del cansancio, del terror y el hambre, procura mantenerse entera y dura.

Xanat, al liberar su pierna de la presión del torniquete, que realizó cortando un tramo de su falda, descubre que su carne está dividida. Una fracción de su muslo se ha partido en dos cordilleras, como los valles que se hacen montañas con los terremotos. O la fortuna cuando se resquebraja con el paso de los cometas. O las familias con una muerte —su corazón con una muerte—. Su sangre, sin embargo, como dictaba el hechizo, se mantuvo en firme. No se precipitó en catarata.

Su piel rajada la hace pensar en la grieta que es ahora su vida. Logra contener los empujes de su pecho. No llora. Enmudece el ruego de sus entrañas de vaciarse en llanto detrás del otro amor que la exige entera y con el gesto calmo: no quiere que sus hijos se preocupen más de la cuenta. Que los aborde una confusión aún mayor. Un miedo todavía más grande. No. Deben seguir adelante. Ya después serán el llanto, el luto y las ofrendas.

Tras la breve inspección resuelve que un remedio simple bastará. Xanat se agacha y toma un poco de lodo de entre sus pies. Lo hace escarbando debajo de las piedras del río. Luego, haciendo presión, lo unta en su pierna, en la herida, a la par que musita sortilegios. Acalla el gemido —no quiere que sus hijos se preocupen más de la cuenta— que le causa el ardor de sentir la tierra húmeda y mágica entrando en la carne viva. Luego pasa su palma, sin tocarse, sobre la piel rota y la mueve en círculos concéntricos una y otra vez. No para de recitar en voz baja y en lengua secreta. Manda a su carne que se cierre. Que gobierne su cartografía y, obediente, vuelva a su sitio. La conmina a que atienda a la urgencia de la situación y responda en consecuencia. Finalmente, cuando siente los prodigios —pellizcos y cosquillas y una aguja de hueso y pelo de conejo— obrar en ella, arranca otro tramo de su falda y se venda nuevamente.

—Estoy bien, niños. Sólo fue una cortada. Nada de qué preocuparse.

—¿Estás segura de que no necesitas nada, mamá? Por aquí habrá algo que pueda servir. Una hierba. Una flor. No sé.

—No te preocupes, Atzi. No hay nece…

Se interrumpe abruptamente. La enmudece la violencia de un aroma salado. Similar al impacto de una segunda flecha; esta vez siente el tiro en la nariz. Una flecha de sangre, algodón y sudor. Ningún animal huele así. El aroma es distinto a cualquier otro que emane la selva de forma natural. Es el mismo, sin embargo, que percibió poco antes de que atacaran su aldea. Convencerse de que los están persiguiendo hace que los vellos de sus brazos se ericen y que el dolor que sentía en la pierna, el cansancio, el hambre, se diluyan en el río. No quiere tener dudas. No quiere equivocarse. Xanat cierra los ojos. Es precisa toda su concentración.

—¡Mira, mamá! ¡Hay un venado! ¡Podríamos cazarlo y…!

—Espera, Ikal —lo interrumpe Xanat—. Guarda silencio.

—Pero tengo hambre. No hemos comido en casi dos días. Me duele…

—Ikal, hijo —lo acalla otra vez—. Espera.

Está segura de que son los mismos hombres. Y también tiene certeza de que avanzan. El aroma se acerca. Lo hace rápido. Demasiado rápido. Su avance sobrepasa por mucho la velocidad con que pueden cruzar la selva dos niños. Xanat abre los ojos. Sabe que su rostro no logra ocultar del todo el miedo que la embarga; lo ve reflejado en la expresión de sus hijos cuando los mira.

—¿Qué pasa, mamá? —pregunta Atzi, quien a pesar de todos sus esfuerzos no logra esconder que el pánico le anda por la espalda como un saltamontes.

Xanat ya no responde. Sale del río rápidamente y con las manos urge a los niños para que la imiten. Ikal vuelve a decirle que tiene hambre y Atzi discute con él. Xanat los ignora. Avanza al frente de los dos con la esperanza de que sus pasos veloces los obliguen a redoblar el esfuerzo de su marcha con tal de alcanzarla. Le duele forzarlos de esa manera, pero no tiene otro remedio: deben apurarse.

Con los minutos el aroma se intensifica. Corroborar continuamente que sus perseguidores son demasiado veloces —el olor cada vez más cerca, más cerca— llena las piernas de Xanat de piquetes ansiosos, casi desesperados. Además —lo confirma el hedor, que es cada vez más violento y tinto—, sus enemigos avanzan en la dirección correcta. Xanat no tuvo el cuidado de ocultar su rastro. Torpe, creyó que el hechizo de niebla sería suficiente para confundirlos. Suficiente para que no pudieran alcanzarlos. Haberse equivocado de ese modo la enfurece. Debió tener más cuidado, se repite.

Antes de seguir, dedica un momento a mirar el cielo. Con un movimiento suave de su mano indica a los niños que se detengan. Entonces calcula con total acierto las horas escasas que restan para que el cielo se tizne de hollín. Niega con la cabeza. Resopla. No deseaba internarse en la espesura. Hubiera preferido hacer el camino hasta la aldea vecina, donde viven sus suegros, sin separarse demasiado del lindero del río, pero va a ser necesario que se oculten y se hagan de acuerdos con las sombras de los árboles y con los insectos que todo lo gobiernan. Tendrá que aliarse con la selva, que pocas veces pacta con los hombres.

—Habríamos podido cazar a ese venado y hubiéramos comido. Luego descansábamos un poco y seguíamos, mamá —Ikal insiste.

—Tú ni siquiera sabes cazar, Ikal. Deja de molestar a mamá.

—¡Pero mamá sí sabe cazar! Y yo sé despellejar a un venado y cocinarlo.

—¡No es cierto!

—¡Sí es cierto! Papá me enseñó hace poco, cuando me hizo mi cuchillo —responde Ikal y le muestra a su hermana, moviéndolo de un lado a otro, un pequeño cuchillo de pedernal.

—Es cierto, Atzi. Papá le enseñó —interviene Xanat. Hasta entonces cae en la cuenta de que Ikal carga un arma con él y que sabe despellejar animales. Eso la reconforta un poco. Tal vez ambas cosas sean necesarias más adelante.

Poco a poco el río y su luz quedan detrás. Las sombras van espesándose y también las ramas, las raíces, las copas abundantes se multiplican. El canto de las aves incrementa y se torna en una cúpula que vibra. Sus voces primordiales lo llenan todo y se van sumando una a otra, como eslabonándose en discusiones y en vigas y en domos. Así se construye la arquitectura de su coro y los niños y la madre saben que han entrado a espacio sagrado. En breve no es posible escuchar otra cosa que sus trinos. Xanat sabe que cuestionan sus intenciones y que tratan de llegar a un consenso. También sabe que la selva reaccionará según decidan sus vigías.

Xanat se detiene en el medio de un claro y levanta su mano derecha. Posa su mano izquierda en el corazón y cierra los ojos. Hace un silbido. Las guacamayas, los tucanes, los colibríes le responden. Xanat los escucha y luego silba de nuevo. Jamás despega la mano del corazón ni baja la mano derecha. No abre los ojos. De nuevo le responden. Los niños se asombran de que los cantos de las aves se sincronicen. Hay un diálogo. Su madre conversa con ellos. Finalmente, Xanat abre los ojos cuando un quetzal se le acerca. Con un movimiento de cabeza y un silbido breve, dulce, Xanat cierra el trato. Antes de que el quetzal se marche, va hasta los niños. Los inspecciona y luego se retira.

—¿Qué te dijo el pajarito, mamá? —pregunta Ikal, sonriente. Le encantan las aves. Los animales.

—Que todo va a estar bien, pero que debemos seguir avanzando.

—¿Dijo algo de papá?

La pregunta hace que en Xanat las fuerzas mengüen. Un volcán arde en sus ojos. Soporta el llanto, de nuevo. Tarda un poco en contestar porque le cuesta dominar su tono.

—Sí. Papá nos está esperando con los abuelos. Ya está allá. Por eso debemos darnos prisa.

—¡Te dije que sobreviviría! —le dice Ikal a Atzi. Acompaña sus palabras de un brinquito que hace que el maxtlatl se le desacomode. Atzi ríe. Para ella también es un alivio saber que su padre los espera y que todo ha salido bien.

Xanat adelanta a sus hijos. Mentirles así la vence, pero es necesario. Se limpia en breve las lágrimas. Primero deben llegar a la aldea. Después serán las disculpas. Si tiene suerte, si logra convencerlos, será el perdón.

Las horas decrecen y los rayos de sol que se filtran por entre las hojas adquieren los tonos del cobre y se suman oblicuidad. Los monos observan a los peregrinos desde los árboles, mudos y estáticos. Las serpientes, al ver a Xanat y a sus hijos acercarse, se alejan y les dan paso libre entre siseos. Los leopardos y panteras, desde sus escondites de hojas, ven a la mujer, a los niños, y siguen su camino sin molestarlos. El canto de las aves anuncia que hay tregua con Xanat y sus hijos y que la hora del descanso está próxima.

Xanat se mantiene concentrada en el aroma. En la distancia que los separa de los que lo emanan. El aroma de los que mataron a Xulú y quemaron su casa. Aunque preferiría no hacerlo, piensa en su marido. Era un hombre fuerte y valiente, pero era imposible que hiciera nada más. No había forma de que sobreviviera.

Atacaron la aldea sin aviso alguno. Nadie estaba preparado. Ningún astro anunció lo que vendría. Los dardos golpearon en las casas, en los torsos. Y luego los mazos. Las lanzas hicieron lo suyo, acompañadas siempre del otro filo, el de los aullidos. Xulú tomó su lanza y su bastón ceremonial y le dijo a Xanat que saliera y que se llevara a los niños. Xanat quiso protestar, podía transformarse, luchar y ayudarlo, pero Xulú fue definitivo. La tomó del brazo y la arrojó lejos. «Pon a salvo a los niños. Ponte a salvo. Vayan donde mis padres».

Una flecha cortó a Xanat en la pierna cuando se dirigía a la casa. Por poco le atinaba de lleno. Se hubiera alojado entre la carne y el hueso y le habría hecho imposible el escape. Pero, al menos en eso, la suerte le fue grata; la flecha pasó a un lado y fue un corte limpio. Sin perder tiempo, Xanat cortó un pedazo de su falda y se hizo un torniquete. Un hechizo menor cuidaría que la sangre se paralizara en su sitio y no se derramara. Sólo restaría soportar el dolor, mínimo a comparación del de despedirse de Xulú y su tierra.

Los gritos de batalla, las llamas que engendraban los techos de palma, la imbuyeron de velocidad y certeza. Xanat tomó a los niños —Ikal lloraba en berridos y Atzi estaba paralizada—, los cargó en sus hombros y corriendo con cuanta potencia le permitían sus piernas, los sacó de la aldea en breve.

Para darles tiempo, Xulú obró uno de sus prodigios —era granicero, como su padre y el padre de su padre—, y cubrió a su esposa e hijos con una niebla densa. Gracias al engaño, nadie atestiguó cuando huyeron. Pero Xanat sí vio cuando Xulú era rodeado por hombres cuya tribu no reconoció. No tuvo el valor de presenciar lo siguiente, pero supo que su marido había muerto cuando el collar, que le hubiera regalado el día que se hicieron uno, con el cielo y las estrellas como testigos de su intención de construir un linaje, se le zafó del cuello y por entre sus piernas escurrieron las conchas, los adornos de jade y las cuentas de hematita.

Cuando consideró que se hallaban a una distancia prudente, Xanat bajó a sus hijos de sus hombros. Jadeando, les decía a los niños que siguieran adelante. Ella los escoltaba a pocos pasos. Intentaba recuperar la fuerza. Por si era necesario, se mantenía a medio trance, lista para hacer la metamorfosis y así hacer frente a sus perseguidores. Los niños corrían desbocados. Apenas recuperaban un poco el aliento, la cuestionaban sobre Xulú. Y Xanat les decía que papá estaría bien. Que era un hombre fuerte. Un gran guerrero. Papá estaría bien, pero era necesario que avanzaran. Que no hablaran y siguieran corriendo.

Y así lo hicieron durante un día entero —cruzaron las horas del día y las de la noche a zancadas—, sin detenerse más que para capturar chapulines que comían al compás del trote. No fue sino hasta que Xanat dejó de percibir el aroma de aquellos hombres y entendió que sus hijos se habían esforzado por encima de sus capacidades que decidió hacer un alto. Era preciso que descansaran un poco. Reposarían en los márgenes de un río.

Ahora era enorme el arrepentimiento por haberse dado un receso.

—¿Crees que papá tenga lista la cena, mamá? —pregunta Ikal, sacándola de sus pensamientos.

—Seguramente, hijo. Y si no, prepararemos algo. —Xanat sabe que no cenarán de nuevo los cuatro juntos. Sabe también que su voz se ha tornado amarga—. Algo delicioso —cambia el tono.

—Tengo mucha hambre —Ikal lo dice casi a punto de llorar. Xanat acaricia su cabeza rapada.

—Yo sé que sí, hijo. Pero debes ser fuerte. Como tu padre. En pocas horas estaremos con los abuelos y ahí vamos a comer y a descansar.

—No sé si aguante —replica Ikal. Lo dice en serio. Xanat lo sabe.

—Pues debes aguantar —interviene Atzi—. Debemos aguantar.

Atzi se pega a Xanat y la abraza por la cadera. Ella también quiere llorar, pero no va a admitirlo ni a demostrarlo. Es valiente, pero también es una niña. Xanat besa la cabeza de su hija y acaricia su cabello. A pesar del olor del pelo de su hija, Xanat determina que el aroma de sus enemigos sigue acercándose. La madre comienza a temer que sea imposible llegar a la aldea antes de que los hombres los alcancen y les den cacería. Está consciente de que sus hijos no soportarán por más tiempo ese avance. Por mucha fuerza que les demande, sus cuerpos de ocho y once años, respectivamente, tienen un límite.

Incapaces de seguir andando a paso rápido, disminuyen el ritmo. Lo hacen tan rápido como es posible, pero son lentos. Muy lentos a comparación de los que los asedian. Además, los niños cada vez requieren de más pausas y más tiempo para recuperarse. Trémulos, se detienen con frecuencia. Buscan insectos o frutos que puedan comer constantemente. Los nervios también se han adueñado de ellos —saben que están en riesgo, aunque su madre no habla al respecto, y la selva, que parece infinita, no promete una salida pronta—. El temor vuelve más severo el cansancio.

Ikal cae varias horas después. Intenta incorporarse, pero sus músculos finalmente han cedido. Tumbado entre altas hierbas es incapaz de contenerse más y llora. Atzi está cerca de un desplome similar, pero a ella la abordan la rabia y la impotencia. Xanat también siente que su cuerpo quiere rendirse. Además, el hambre es terrible y la sed comienza a hacerse presente con raspones en la garganta y la lengua. Los hombres, sin embargo, siguen acercándose. Xanat los olfatea. Se colma de desesperación.

—Necesito comer, mamá. Ya no aguanto —Ikal lo dice sin dejar de llorar. Atzi, por una vez, no interviene.

Xanat sigue olfateando. Crispa los puños y mira al cielo. Negra y amenazante es la noche sobre ellos. Sanguinario y terrible lo que los precede. Sabe el destino que sufrirán sus hijos si los alcanzan. Con los puños crispados —las garras cortándole las palmas— y el ceño fruncido, Xanat toma una decisión.

—Haremos algo —dice Xanat, deteniéndose. Inspecciona su alrededor—. Van a descansar en ése árbol. —Y señala una ceiba próxima. Cuando lo dice, siente un dolor sordo en el plexo—. Necesito que confíen en mí. Voy a distraer a nuestros enemigos, pero volveré. —Los niños se arrojan sobre ella y niegan con la cabeza. La abrazan. Lloran—. Escúchenme bien. Necesito que me hagan caso y entiendan. Esos hombres que atacaron la aldea están cerca. Voy a ganarnos tiempo —aligera la voz al ver los rostros llenos de pánico de sus hijos—. ¿Recuerdan al pajarito con el que hablé antes? —Los niños asienten—. Es mi amigo. Si es necesario, le pediré que les traiga un venado. Ustedes saben cómo despellejarlo y cómo cocinarlo. Después, si yo no puedo acompañarlos… —se interrumpe. Piensa en cómo hilar la oración—, porque me adelanté o tomé otro camino, le pediré que les indique hacia dónde deben ir. Los guiará hasta los abuelos. Para mañana en la tarde habrán llegado.

—Y contigo y con papá. ¿Verdad, mamá? —Ikal la increpa. Se aferra con la fuerza que le resta a su cadera en un abrazo que, más que nada, implora.

—Y conmigo y con papá —lo dice mientras lo acaricia—. Pero deben obedecerme y hacer lo que les estoy pidiendo. Es la única forma.

—¿Prometes que estarás ahí mañana tú también? —le pregunta Atzi.

—Te prometo que estaré contigo todos los días, hija. También contigo, hijo —les dice Xanat, llenándolos de besos. Luego se marcha, dejando detrás de ella el corazón. La sangre, sin embargo, sigue en su sitio, y es una tormenta.

***

Se guía por el olfato. Vuelve sobre el camino y mientras anda se desnuda. Se quita primero la túnica y luego la falda. Libre de cualquier atavío, se dobla y pone las palmas de sus manos en tierra. Libera el peso de su cuerpo de sus talones y lo recarga sobre los dedos de sus pies. Endereza la espalda. Yergue el cuello. Avanza con un brazo, luego una pierna.

Su dermis se abre, como la tierra al milagro del maíz, y uno a uno surgen pelos. Los hay ambarinos, blancos y negros. Pintando su cuerpo, en rosetas, se distribuyen los tatuajes milenarios de su estirpe. Sus pupilas se achican y estrechan. Sus iris se expanden y se tiñen con los matices del cosmos. Las sombras se aclaran ante sus nuevos ojos. Su nariz, empequeñecida y húmeda, refuerza su olfato. Son siete los que los seguían —ahora lo sabe con certeza, puede distinguir la peste de cada cual—. Siete los que van a morir.

Reedificadas, transmutadas sus fuerzas, Xanat corre. La distancia que la separa de sus enemigos ahora es mínima. Los alcanza a ver a través de las palmas y entonces reduce sus pasos. Se vuelve insonora. Sigilosa, los rodea. Ellos avanzan tan rápido como pueden, adivinando los óbices a través de la penumbra. Vienen fuertemente armados. Sobre sus cabezas las plumas y en sus cuerpos los atavíos para la guerra. Xanat sube a un árbol que, calcula, forma parte de la trayectoria que seguirán los hombres. Ahí los espera.

Cuando están debajo de ella, Xanat salta y aterriza sobre el primero, a quien supone el líder por llevar sobre los hombros la piel de un leopardo. Las garras y los colmillos son mortíferos y precisos. Nada puede hacer el luchador ante la bestia que lo reduce. La sangre empapa el pelaje de Xanat y también a los hombres restantes, quienes a pesar del pánico interponen las armas. Uno arroja una lanza y Xanat la esquiva con facilidad gracias a su agilidad felina. En un solo movimiento brinca sobre el atacante y con un zarpazo le divide la cara en cuatro partes iguales. Luego se arroja sobre el siguiente y con una mordida le arranca la tráquea, que simula una flauta carmesí entre sus fauces.

Un mazo la hiere en la cadera. Es un golpe sordo. Xanat sabe que está fracturada, pero ignorando el daño se gira y destripa al que la atacó por obra y gracia de sus garras y su furia. Decidida a terminar con todo, se desplaza. En breve está sobre el más inmediato, al que le hinca los colmillos en el hombro. Éste alcanza a incrustar su lanza en el abdomen de Xanat antes de que las mandíbulas del jaguar lo destacen.

El sexto hombre sirve de poco. Se da la vuelta, tira las armas y hace un intento ridículo de escape. Xanat cae sobre su espalda y se ensaña en su columna. Es el séptimo el que clava su lanza en el costado de Xanat mientras ésta se incorporaba. Ella se defiende y después de una lucha breve acaba con él, arrancándole el rostro con una mordida furiosa. Cuando no queda nadie más en pie, Xanat vuelve a su forma de mujer y se desploma.

Aunque quisiera yacer inmóvil, y que ahí terminara su pacto con la selva, sabe que aún falta una última cosa: sus hijos no soportarán lo que resta del viaje sin un bocado. Logra enderezarse y usando los restos de su magia logra que sus heridas soporten la presión de su sangre, que ruega por salir de su cuerpo destruido para volver a la tierra y ahí comenzar un nuevo ciclo.

Xanat anda de vuelta a donde sus hijos. Para hacerlo —debe obligar a su espíritu a soportar un poco más—, pone sus manos en la tierra, soporta su peso trasero sobre los dedos de sus pies y, uno a uno, brotando como el milagro del cacao, su dermis deja salir pelos gruesos. Son cafés, de muchas tonalidades distintas, y ahora sus ojos son amplios y dulces: es la mirada del que acepta el milagro de la vida y el sacrificio a partes iguales.

***

Atzi despierta primero y la sorpresa de hallarse con un venado, muerto frente a ella, y un quetzal enhiesto sobre su lomo herido, la hace despertar a Ikal con un abrazo. Los niños, después de comer, son guiados por el ave hasta la aldea de sus abuelos.

El quetzal regresa a la selva poco antes de que el sol se oculte. Comunica a las demás aves que la nahuala cumplió el trato: se dio sangre en pago y no se derramó sangre de ninguno de los habitantes mayores de la selva. Los niños, además, están seguros.

Joel Alba (México). Licenciado en Ciencias de la Comunicación y especialista en Tecnologías Digitales de la comunicación. Ganador en el 2022 del Certamen Municipal “Raquel Banda Farfán” con el libro de cuentos Códex Sirina. Ganador en el 2023 del Certamen Estatal “Manuel José Othón”, con el libro de cuentos Palimpsesto. Autor invitado en el 2023 al XIV Festival Internacional “Letras en San Luis”, como uno de los tres representantes del estado. Ganador en el 2024 del Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción, organizado por el gobierno de Puebla, con este cuento, “Sacrificio”.

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