NO. 3 (ABRIL 2026) / FICCIÓN / 1,855 PALABRAS
Aunque el cuenco esté roto (y el cuenco está roto) por la arcilla, la fabricación, la cocción y el patrón, aunque el patrón esté incompleto (y el patrón está incompleto), deja que la mente absorba su energía. Deja que el corazón complete el patrón.
Ursula K. Le Guin, El eterno retorno a casa
El futuro se descubre al igual que una pieza arqueológica extraída de la tierra. Se descubre a pocos metros de profundidad, entre capas de sedimento y las raíces de un árbol derribado por la crecida de un río. Se descubre por accidente, por alguien que pasaba por allí, un grupo de pescadores que no tuvo otra opción que desviarse del camino habitual hacia el río. Es una pieza elusiva, hecha de cerámica, una vasija que extraes cuidadosamente, barriendo la tierra con cepillos y pinceles y desenredando la maraña de raíces que la cubren. Es un trabajo lento, que requiere paciencia y la fuerza de seis hombres para cargarla y llevarla a través de canales y arroyos, por barcos y canoas, desde la selva cerrada hasta la ciudad más cercana. Es una vasija liviana, de no más de un par de kilos, pero que se siente como si pesara cien, como si la gravedad la afectara de manera distinta y los mantos de tiempo le cayeran encima. Es ancha y no muy alta y lo primero que llama tu atención es que no pertenece a ninguna tradición cerámica de la región: no tiene cortes a lo largo del borde, ni policromías, tintes marrones, negros u ocres, motivos tallados sobre la arcilla ni tapa en la apertura. Es una pieza suave, con una banda decorativa color mostaza que empieza en la base y asciende hasta la boquilla siguiendo una espiral. Es una vasija hecha con una especie de arcilla porosa y brillante, cubierta de vetas naturales, con una opalescencia lechosa, que no habías visto antes y sobre la que nunca habías leído nada al respecto. Una arcilla orgánica, como determinas en el laboratorio, un tipo de material biológico que debería degradarse por la humedad y el calor de la selva, pero que está prácticamente intacto: una mezcla de lignina vegetal endurecida, partículas minerales ultrafinas y una malla micelial que distribuye la humedad de manera homogénea y que, al carbonizarse, crea una capa fibrosa que refuerza la estructura de la pieza. Microcota, bautizas el material desconocido, esa arcilla viva hecha de micelios. El futuro es un material vivo, un flujo de tiempos que se parten y se encuentran, que se enredan y se superponen sin un patrón aparente. Es el calor de un fuego que no se siente, que cuece la arcilla y la endurece, que fija las formas y que cava una pequeña abertura en el espacio, como si entendiera la importancia de dejar una huella, un vestigio enterrado en la tierra para que pueda ser encontrado en otro tiempo, varios siglos en el pasado.
¿Qué clase de sociedad hará ese tipo de vasijas? Te preguntas con el deseo de seguir excavando en la tierra, de descender entre las capas del tiempo, cada vez más lejos en el futuro. Sueñas con encontrar nuevas piezas y nuevos materiales, quizás aleaciones entre metales y otros elementos orgánicos, materiales semibiológicos, resistentes a la corrosión, imitando los patrones de las hojas, los colores de las alas de un guacamayo, la hidrodinámica de un pirarucú. Materiales derivados de las algas, del cáñamo, de la fibra de plátano o, tal vez, de las bacterias. Interacciones biocompatibles, simbiosis de células descompuestas en subproductos no tóxicos, hibridaciones medicinales, implantes corporales o tejidos para la construcción. La tierra los conserva y los devuelve como traídos por un mar cuyo horizonte es invisible, y del que solo podemos escuchar el murmullo de sus olas. Que despierta tu imaginación siempre hambrienta, siempre generosa. Geoglifos, restos de ciudades y carreteras, piezas de alfarería o herramientas de agricultura, estructuras piramidales, vehículos de transporte, terra petra, un cepillo para el pelo, cestos, canastos o ceñidores de fibras para cargar a un bebé.
Sin embargo, la pieza más importante seguirá siendo la vasija, la que descubrieron los pescadores, pues es la llave a un mundo desconocido hasta entonces, un mundo que estaba allí, coexistiendo con el nuestro, viviendo una vida paralela pero invisible, que solo los árboles, con sus raíces tabulares y los hongos micorrícicos, las lombrices de tierra y otros microorganismos conocían. La vasija nos muestra el futuro, una sociedad que aún no ha poblado la Tierra, esperando su momento para florecer. No sabes con exactitud con qué fin se usará, solo cuándo será fabricada. Una datación calculada por termoluminiscencia sugiere que la vasija será cocida dentro de unos dos mil cien o dos mil doscientos años, aproximadamente. De ser así, concluyes, estaríamos más cerca de la muerte de Cleopatra que de este alfarero o alfarera del futuro.
La vasija estuvo enterrada durante siglos, determinas en análisis ulteriores, descompuesta, cubierta de fisuras y hecha pedazos. El paso del tiempo la ha vuelto a unir: los fragmentos se buscaron como imanes, las grietas se cerraron hasta desaparecer, las células renacieron y se repararon, las bacterias se diluyeron, se afantasmaron, los átomos volvieron a encontrarse. Los pigmentos del tinte amarillo recuperaron su brillo y su intensidad, del interior de la vasija se liberaron olores que recuerdan a flores y a plantas, a raíces, bromelias, algas o lirios de agua, pero que no existen todavía. Olores dulces, cerosos, fluviales, que sugieren que la vasija se usará para macerar, hervir o almacenar con fines medicinales, culinarios, ceremoniales, y que quizás se encontrará en alguna botica, despensa o espacio sagrado. El tiempo seguirá revelando detalles, capas de esmalte y colores hasta ahora invisibles, patrones y diseños, texturas nuevas o piezas accesorias en proceso de gestación.
El futuro es un proceso vivo, poroso, que renueva todas las cosas, las libera de su estancamiento y revela su lugar de origen. Es la ribera del río, donde la tierra es ferrosa y húmeda, una pasta de rocas volcánicas erosionadas, fruto de una erupción que no ha ocurrido todavía. Es un paisaje inacabado, invisible, una ciudad en ruinas, oculta en la selva espesa, donde a duras penas entran los rayos del sol. Es una necrópolis que se extiende entre excavaciones inundadas, cimientos que crecen como el tronco de los árboles, anillo tras anillo, extendiendo sus raíces bajo tierra, los túneles y los canales de irrigación, los caminos y las carreteras, los miradores donde los habitantes del futuro se detendrán para mirar hacia atrás, hacia este presente que lo mira de vuelta, con un anhelo que aún no puedes descifrar. Las miradas se encuentran por un instante, la tuya y la suya, y se vuelven a perder. Y sin embargo están ahí. Sientes sus miradas que, inevitablemente, seguirán su camino, quizás al siguiente mirador, o a un puerto donde estarán demasiado lejos para vislumbrar. Son un brillo tenue que se apaga a medida que cae la tarde y, finalmente, la noche.
Los pescadores retomarán su camino habitual hacia el río cuando se haga de día y el nivel del agua descienda. Se abrirán paso entre los árboles, bajo el manto de graznidos, cantos y croares que suelen escuchar en la selva, su llamado réptil y mamífero. Pero escucharán algo más, un llamado débil y lejano, más parecido a una voz humana que a la de un animal. Los pescadores se mirarán entre ellos, aguzando el oído, sintiendo la presencia de los árboles a su alrededor, los gigantes antiguos: esos silenciosos portales del tiempo. Un canto, una voz que se mecerá con las hojas, se enmarañará entre las ramas y vibrará entre las telarañas. Sin embargo, la voz será tan débil que se confundirá con las voces de la selva. Los pescadores cerrarán los ojos, aguzarán el oído y seguirán la voz que se mueve como una espiral, dibujando círculos dentro de círculos hacia un centro infinito, atravesando todos los estratos del tiempo: desde el nacimiento y la infancia hasta el ocaso mismo del universo. Sentirán el ritmo de la tierra bajo los pies, las conexiones invisibles que se crean a cada segundo, invisibles para sus ojos, estos ojos que ignoran más de lo que ven, el movimiento de los átomos y las moléculas, sus lazos sagrados, su deseo de atraerse y de enredarse, de crear este tejido espiraloide: el eterno presente donde los tiempos se coagulan y reposan. El futuro será un eco oculto en el croar de los cardenales, en el chasquido de los murciélagos, en el rugido de las ranas, en el aleteo del viento o en las alabanzas del río.
Por eso te pediré, cuando regreses a la selva con tus instrumentos de excavación, con tus rasquetas y palas y cribas y cepillos, que hagas silencio y no molestes al mundo que emerge a tu alrededor. Que camines con atención y consciencia, imitando a los pescadores, cuidando de no hacer ruido. Que descanses bajo los árboles, y sientas sus hojas agitadas por el viento, o sobre una roca cerca de un arroyo y veas la luz reflejada sobre su superficie. Que no molestes a los insectos ni a las serpientes que buscan un lugar para hacer su nido y poner sus huevos. Que sientas el tiempo en la piel, en el sudor y en el peso de la humedad, pues, aunque no los veas, aquellos que no han nacido aún sentirán las reverberaciones de cada uno de tus movimientos en la corteza de los árboles, en sus raíces somnolientas, en el agua que les cae del cielo. Y si, por casualidad, encuentras otro artefacto que no pertenece a este tiempo, un cuenco o un cántaro de microcota enterrado en la ribera del río, custodiado por moluscos y cardúmenes de peces, procura dejarlo en su lugar cuando termines de estudiarlo.
O si, en vez de eso, escuchas que alguien susurra tu nombre como si nombrara a una hoja, como si soplara una semilla, te pediré que mantengas la cabeza en alto y des un paso al frente, hacia lo desconocido, hacia el futuro que te abre las puertas. Atiende su llamado con ambas manos extendidas como si recibieras la luz de las estrellas, derramándose del cielo, incendiadas y en erupción constante, pues abrir las manos es la mejor forma de encarar el porvenir. Recoge todo cuanto puedas con las manos desnudas, sin herramientas ni recipientes, cada vez más extendidas, solo un poco más, hasta que estén lo suficientemente embarradas para que puedas amasar esta arcilla celeste, hecha de tiempo, y un nuevo objeto nazca de ella. Un objeto que podamos dejar a nuestro paso para que aquellos que estuvieron antes que nosotros lo puedan encontrar. Un mensaje enterrado a poca profundidad, a duras penas conservado. Una promesa de que ninguna sociedad es huérfana y de que toda vida depende de otra más que vino antes de ella. Un recordatorio de que somos placas tectónicas, que crecemos unos sobre otros mirando al cielo, pero sin olvidar que pertenecemos a la tierra. De que nacimos del silencio, de una profundidad pasmosa, que parece no tener fin.
Amasa esta tierra, este regalo, al menos como un obsequio para un pescador del pasado, que mira hacia arriba y hacia adelante como esperando una señal, un estruendo del cielo anunciando una tormenta, un mensaje de las estrellas, pero nunca hacia abajo, hacia sus pies, ni a la tierra que lo sostiene, donde se esconde la llave para descubrir a una sociedad aún por venir.
Andrés González Galante (Colombia). Escritor interesado en explorar las intersecciones entre la ficción especulativa, la religión y la tecnología para imaginar futuros alternativos en Colombia y Latinoamérica. Estudió literatura y se graduó del taller de escritura Clarion West en Seattle, Estados Unidos, en 2024. Es el ganador del Décimo Concurso de Cuento de Ciencia Ficción Mirabilia en 2023 y participó en la antología Estrellas sin noche. Ha sido publicado en revistas como Cósmica Calavera o Samovar de Strange Horizons y publicó un cómic de ciencia ficción llamado Puella In Somnium con Zarpo Cómics. Actualmente vive en Bogotá.
