La (in)movilidad del agua o el destino múltiple de las mitocondrias

Tres lunas iluminan el mar primitivo del que sales reptando. Mundos y células que desembocan en otros mundos y células: una melodía sutil recorre tu cuerpo y todo lo que le rodea. No sabes exactamente cómo, pero intuyes que eso que escuchas tiene que ver de alguna forma con tus mitocondrias. Habría que preguntárselo a tus huesos antes de que se sequen. La consulta dura tres millones de años pero finalmente consigues ponerte en pie. Delante tuyo, abriéndose paso entre los juncos de este sueño, va un artrópodo gigante. Cacerola cochinilla de mar mitológica descomunal: marchan y mutan al ritmo de la música.

Una membrana es un paréntesis entre dos tiempos distintos: por dentro, el pasado y por fuera, el futuro. Una membrana es un presente que al entrar en contacto con un cuerpo extraño estalla en una infinidad de momentos y seres posibles.

***

Recuerdas muy bien cómo fue el último día que decidiste salir realmente de tu casa. Digo realmente porque, aunque preferirías no tener que hacerlo en absoluto, todavía tienes que ir de vez en cuando por comida o a resolver alguna cuestión de trabajo; pero salir por gusto, por constatar que todavía existen el mundo y las otras personas, eso sí hace mucho que no lo haces. De ese último día que saliste por voluntad propia, recuerdas el ventarrón y la tormenta, las hojas pisoteadas en la banqueta y esta sensación de fastidio que te hizo sentir de golpe el peso de todos los encuentros, conversaciones y rechazos a los que te habías sometido a lo largo de tu vida; y no es que ese día pasara algo particularmente horrible, fue un día insípido como cualquier otro pero la combinación precisa de mal tiempo y hastío te hizo llegar a tu propio límite.

En la noche de cada día perdido, con sus tonos azules y la ciudad que poco a poco se enciende, te preguntas si no te estarás escondiendo para que alguien más te encuentre. Tus movimientos adquieren otra tesitura, es el ritmo desfasado de quienes ya no están del todo aquí. Tu aislamiento se intensifica, no hay quien pueda entender lo que te está sucediendo. Poco a poco tu cabeza se nubla y llega un punto en el que ni siquiera eres capaz de recordar cuándo fue la última vez que pudiste pensar con claridad. Es como cuando en tus clases de natación te tocaba cruzar la piscina con tu tabla y te quedabas pataleando en un mismo punto sin poder llegar al otro extremo.

La paradoja de permanecer inmóvil en pleno movimiento.

Lo único que atraviesa la bruma es ese dolor que te corta la carne hasta el hueso cada vez que sientes tu cuerpo lleno aún de vida y de ganas y te das cuenta de que no hay satisfacción posible porque nunca la ha habido y, a estas alturas, te has vuelto insaciable.

Y notas por primera vez la grieta en el techo. Justo por encima de tu cama, la humedad se ha convertido en fisura y ahora tú no puedes dejar de verla. Te arrullas siguiendo el trazo discontinuo de sus bordes y presientes en ellos la llegada inminente de eso, de algo – alguien que aguarda más allá de la bruma, el concreto y esta ciudad que te ahoga con toda su gente y humo.

El agua es el éter, el principio y fin. De ella surgen polígonos que rotan bajo el influjo de esa melodía que aún no puedes tararear. Roce de cilios y membranas: éxtasis, la anticipación del encuentro. Organismos espectrales que se funden de a dos, tres, cinco o siete en uno solo. Orgía de un millón. Pero en este sueño también hay cuerpos que se resisten a ser absorbidos, que se desvían del destino de la digestión absoluta, divina. Surgen las mitocondrias cloroplastos que generan ángeles quimeras que intentan volver en vano al momento previo a la caída en el que aún era posible fundirse con un centenar de seres sin que hubiera membranas ni extremidades de por medio.

En algún momento de estos días que se han vuelto uno solo, descubres que la grieta del techo se dilata y contrae indicando con una precisión milimétrica cualquier cambio, por minúsculo que sea, en el microclima del cuarto. Es un portal que respira, por el que pasan cucarachas y tal vez raíces. La grieta, tu grieta, marca con su vaivén el ritmo de todas las cosas. Destroza la casa, baila hasta el punto de quiebre. Al igual que Rumī, das vueltas bajo el umbral intentando comprender, intentando descarnar.

Y hay momentos en los que quisieras detenerte, en los que este deseo de llevarte a ti misma hasta el borde te llena de angustia, pero la inercia es mayor que tu miedo porque sabes bien que, al menos de este lado, nadie vendrá a buscarte. El aire a tu alrededor adquiere una densidad distinta, aglutina cuerpos y partículas. Dos gotas de agua se deslizan por el vidrio, se rozan y revientan. Interfaz: intersección donde una multitud de espectros genera su propio ecosistema.

Tu atención se desliza hasta ese punto donde es imposible olvidar que por la noche y sin luz, el mundo es blanco y negro. Perdemos el rojo, quedan los grises y un tenue fantasma azul durante las noches de luna. Datos inconexos, aparentemente irrelevantes que iluminan las pupilas de quien se ahoga. No ves ya cuál es el sentido de ir en contra de esta corriente que te arrastra cada vez más al fondo y, en la que parece una de tus últimas noches en este planeta, te dejas ir por completo.

***

Estadio previo de la evolución: baja la temperatura en la atmósfera prebiótica de la grieta y el mar se vuelve más viscoso. La reacción simultánea de la cisteína y un tioéster con el sílice produce vesículas de membrana y, de ahí, protocélulas. Surge la potencia y tras varios millones de años, deviene en cianobacteria. Fotosíntesis, proliferación de estromatolitos. Se produce el gran evento de oxidación y germina el jardín donde te sueñas desnuda. Detrás de ti, florece el árbol con la serpiente enroscada y el fuego. Abres los brazos para recibir al cuerpo fluido, luminoso, que durante su descenso desde el Precámbrico transfiere su energía de una forma a otra y te revela con cada descarga y goce los misterios de la metamorfosis. Pero aun cuando se filtra en ti y te cubre por completo, sólo puedes acariciar su superficie; porque incluso en este abrazo de materia humana y potencia no puedes ser digerida del todo. Y ahí, en ese momento de agonía exquisita, te precipitas al reverso del sueño. La oscuridad que resuma por tus poros se funde con las tinieblas de esta deidad ctónica que es limo y sedimento de todos los organismos que han muerto en el planeta. Eres fecunda, eres monstruosa. Gritas pero es en vano: el encuentro ha sido consumado.

***

Despiertas con el ánimo de siempre pero tu cuerpo tiene una energía que no reconoces. Tomas la naranja que lleva más de una semana en tu refrigerador y sin prestar atención a su aspecto mohoso, la partes en dos. Su aroma cítrico, putrefacto, te pone fuera de ti y te cortas ligeramente con el cuchillo. Chupas la naranja con tu mano ensangrentada. Lames, succionas ávida su pulpa. Muerdes, desgarras y, desde el fondo de tu mente, observas con horror cómo devoras cada gajo como si fuera la primera vez que pruebas una naranja, como si no reconocieras el sabor de tu propia sangre.

Y sales a la calle. Sales como se sale cuando se te ha privado durante eones de luz y aire fresco. Un alivio tremendo que se confunde con dolor. Te precipitas por las avenidas de la ciudad rozando los cuerpos de las personas que pasan a tu lado. Cuerpos, cuerpos que te despiertan un hambre tremenda. Y la piel que se eriza, que arde. Chocar una y otra vez con quienes vienen hacia ti por la banqueta para poder sentirles. El juego es disfrutar del contacto sin que nadie note lo que te está pasando. Te relames los labios que aún saben a naranja y, sí, a tu sangre. Pero este placer inmenso que sientes ahora sabes bien que no es realmente tuyo. Te están despedazando por dentro. Forcejeas con tu propio cuerpo y te llevas muy a pesar tuyo de vuelta a tu departamento. Cada paso te toma una eternidad pero finalmente logras llegar. Te refugias bajo las sábanas y, abrazando tus rodillas con fuerza, intentas no pensar ya en la grieta del techo. Esta grieta terrible que parece ser la misma que te expulsó al mundo y cuya presencia lo llena todo.

Día tras día se repite la misma rutina: aunque intentas resistirte, el hambre siempre gana y te obliga a salir con el ansia a cuestas en busca de otros cuerpos. Propicias encuentros breves que mantienen algo de accidente para poder sentir la piel, el pelaje, las lenguas y pistilos. El escalofrío de una mosca que camina por tu cuello. Hurgar y restregarte en el tronco de los árboles para que tu sudor se mezcle con su savia. Morderte los labios, abrirte hasta la médula y lamer tu propia piel para probar la sal, esa sal que hace millones de años fue parte del Mar de Tetis. La liberación suprema de orinar al aire libre.

La lucha es encarnizada, el hambre feroz.

Te detestas por no permitirte disfrutar completamente, por ser esta fuerza irreductible que te deja siempre al borde, en ese a punto de que te llena de frustración. No quieres coger con una persona, quieres coger con el mundo. Después de cada escapada, te masturbas siguiendo una secuencia de números primos. Uno, dos, tres, cinco, siete, once, trece, diecisiete, diecinueve… Hasta volverte tú misma una grieta. Hasta que te miras en el espejo y puedes distinguir por fin esa membrana transparente que se interpone entre tu reflejo y tú.

Endosimbiosis: un organismo absorbe a otro sin digerirlo y abre un canal del que surgirá una infinidad de seres que hasta este momento parecían imposibles.

***

Eres una gota de agua que flota en el aire y la criatura que juega con ella. Los trescientos ojos que cubren tu cuerpo informe te permiten observar de forma simultánea los distintos ángulos que componen este sueño. Comprendes que tu propia resistencia es lo que te lastima y que así como esta entidad dentro de la que te encuentras te necesita para poder cruzar el umbral, tú también le necesitas para alcanzar por fin eso que tanto anhelas pero que hasta este punto, no te atrevías a decir en voz alta. Ofrendas tu energía a la potencia y devienes mitocondria. Serás canal, médium de quimeras. Renuevas el pacto que ahora sabes se ha llevado a cabo desde hace billones de años y permaneces suspendida dentro de este otro organismo que te engloba y que se vuelve tu éter, tu principio – fin. Inicia la cuenta regresiva, pasas sucesivamente por otros momentos de tu proceso evolutivo. Primate, pez, protozoario, protobionte. Diatomea. ¿Cuántas vidas se viven en una sola vida? La gente te mirará a los ojos y pensará que te ves diferente, que pareces otra persona. No podrán precisar en qué consiste realmente este cambio. Sentirán cierto desconcierto, un ligero presentimiento quizás déjà-vu de que en efecto eres algo más, pero se obligarán a no pensar en eso.

Te encapsulas, duermes.

***

(Al interior de la grieta, el agua sigue mutando.)

Martha Riva Palacio Obón (México). Autora y artista sonora. Estudió la licenciatura en psicología y la maestría en artes visuales. Ha sido miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. En 2020 obtuvo la beca Otherwise con su proyecto transdisciplinario Seguir grillos por la casa. Entre su obra publicada se encuentran Liquen amonita, Amor virtual con variaciones, Biografía de las algas, El mono infinito y Orfeo.

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