Los pliegues

Yuzuko finaliza la última doblez de papel y suspira. Coloca su creación en la palma de su mano y la observa: una rana verde con unos ojos saltones y simpáticos. Desde que lo conoce es lo que más le ha llamado la atención de Kohtaro: una mirada enorme y atenta en esa cara tan delgada. Yuzuko le vio salir de casa con un traje azul marino y un par de maletas, una más grande que la otra, varias veces antes de preguntarle por su trabajo.

—Soy auxiliar de vuelo, señora —le respondió Kohtaro tras dirigirle una reverencia. Su voz parecía surgirle de la tripa, como si naciera más abajo del esófago.

Ese mismo día Yuzuko cogió su taco de papeles kami y comenzó a pensar en el animal que le iba a regalar. Dobló, dobló y dobló una y otra vez pequeñas piezas verdes, negras, grises y blancas. Anotó en su pequeño cuaderno lo que iba creando y por dónde continuar. No se apuraba, dejaba que los pensamientos surgieran de uno en uno y así atraparlos entre los pliegues.

Hoy, tres días después, Yuzuko tiene en su mano la rana destinada a Kohtaro. Gracias a las anotaciones que había ido haciendo no le lleva mucho replicar la figura y cuando Takeshi llega del trabajo ya tiene las dos listas, así como la cena.

—Mira, Takeshi, he preparado esta figura para el vecino nuevo. —Takeshi come concentrado su arroz con ternera pero le dedica un vistazo a la rana que su mujer sostiene en su mano—. El que te dije que era auxiliar de vuelo.

—Yuzuko, ¿una rana?

Ella la deja sobre la mesa y bebe de su vaso de agua. Piensa bien qué decirle a Takeshi, cómo explicar que ese joven delgado es una rana.

—Viaja mucho. Una rana le traerá fortuna. —Piensa si es buena idea rematar, pero no se contiene—. Además, tiene una mirada bien curiosa.

Takeshi pone los ojos en blanco. Termina su bol y se levanta para ver el béisbol desde el sofá. Bebe en silencio una cerveza. Ella recoge mientras piensa qué lugar va a ocupar la réplica de Kohtaro en el zoo. No sabe si colocarlo al lado del búho que le hizo a su madre, para que esta le proteja. O junto al conejo de su hermano, que vive en Corea; así Kohtaro le da suerte en sus viajes. Piensa también en situarlo al lado de un macaco que le regaló a su profesor favorito de la facultad, el de Filosofía del Derecho, para que le infunda sabiduría.

El zoo está en una vitrina que Takeshi le regaló poco después de su boda. Allí está la garza que le hizo en la luna de miel. Él se llevó la original a la oficina; afirma tenerla encima del escritorio. Yuzuko abre el cristal y posa a Kohtaro junto a su hermano. Son de edades parecidas, seguro que congenian.

—El señor Rossi ha halagado otra vez mi trabajo. Dice estar muy contento conmigo —le comenta Takeshi, que no aparta la mirada del televisor.

Al día siguiente, Yuzuko oye el traqueteo de las maletas de su vecino. Se coloca detrás de la puerta y cuando lo escucha llegar, la abre.

—Kohtaro-kun, disculpe que le moleste. Tengo un regalo para usted.

Con las dos manos le tiende la rana cuyos ojos saltones se encuentran con los del joven. Éste sonríe y le dedica una reverencia más pronunciada que ninguna otra anterior.

—Gracias, Yuzuko-san. Es preciosa.

La recoge con cuidado y, tras otra reverencia, cierra su puerta. Ya en casa, Yuzuko se acerca a su zoo de papel y revisa todos los animales. Se fija en la rana y piensa que parece llevarse bien con el conejo. Los deja así. Pero ve algo raro en la garza de Takeshi: por un momento cree haberla visto perder el color. Como si el azul oscuro que eligió para él se desvaneciera en un gris insulso.

Esa noche, Takeshi le habla de su jefe: el señor Rossi. Dice que confía en él y cada vez le da más responsabilidad. Cree poder ascender dentro de poco.

—Podré comprar un apartamento más grande en el que vivir. Cerca del trabajo.

Yuzuko se alegra. Piensa que Takeshi trabaja mucho, es un buen hombre. Ella está contenta en esta casa, pero sabe que él tarda mucho en llegar a la oficina. Hay noches que pierde el último tren y se queda a dormir en la estación.

—Hoy le entregué la rana al joven Kohtaro —le dice ilusionada—. Parecía contento.

—Ah, se me olvidaba. Hoy se acercó a mi mesa y vio la garza —le responde él—. Le dije que la habías hecho tú, que te gustaba hacerlas y a cada persona le encontrabas el animal adecuado. Quiere uno, uno para él.

Yuzuko no conoce al señor Rossi más allá de lo que le cuenta Takeshi. Solo lo ha visto en foto: parece desbordar la imagen con su cuerpo amplio embutido en un traje con un color que nunca se podría su marido. Tiene además unos ojos claros que brillan en una cara que protagoniza una barba moteada de nieve.

—No lo conozco. No sabría qué animal darle.

—Con todo lo que te he comentado ya te llega. —Ella lo mira asustada—. No te preocupes, hay entrevistas suyas en la página de Youtube de la empresa. Tendrás suficiente con eso, ya verás.

Yuzuko pasa un par de días investigando al señor Rossi. Escribe en una libreta lo que ve: el ligero hoyuelo de su barbilla, la sonrisa tranquila, el brillo de los ojos cuando sonríe. Le llama la atención el dibujo que le trazan las canas en la barba, que parece ser distinto en cada foto y en cada video. Tiene que refrescar el inglés que no practicaba desde sus tiempos de estudiante para entender algo de lo que dice. Habilita los subtítulos para que sea más fácil, pero lo que más le llama la atención es la melodía que escucha en su voz. Una como la de las canciones que sonaban en las películas europeas que iba a ver con Takeshi, allá cuando eran novios.

Cuando su marido está en casa, Yuzuko le interroga: ¿cómo le gusta el café? Solo. ¿Está casado? No sabe, nunca lo ha dicho. ¿Qué le gusta comer? Sushi. Pero también come mucho queso. ¿Hace deporte? Ciclismo, también le gusta el fútbol. No entiende el béisbol. ¿Tiene un color favorito? Eso no se le pregunta a un jefe. También ve documentales de naturaleza en Europa, de animales italianos. Descubre cómo caza el cernícalo y en su vuelo cree ver algo del movimiento de Rossi. Escucha el canto de los gorriones italianos, con unas modulaciones que le recuerdan a las de su acento en inglés. Ve erizos comer insectos y en ese pelo hirsuto, agresivo, ve la barba cambiante.

Yuzuko toma notas en su libreta, cada vez más repleta de una información con la que intenta suplir el hecho de que nunca lo ha visto en carne y hueso. Takeshi no la entiende. El señor Rossi le pregunta. Insiste. Quiere saber qué animal es.

—Estás tardando mucho —le recuerda.

Una tarde programa la arrocera para no pensar y se sienta en la mesa de la cocina. Dispone delante de ella los papeles y revisa las notas de su cuaderno. Tiene también el portátil abierto con una foto que ya está cansada de ver: Rossi y su sonrisa, su barba mutante, sus ojos claros. Un oso invade su mente: un oso grande y pardo, como los que salen en las películas que vio sin descanso estos días. Imagina al oso como un protector del espacio que lo contiene, una figura imperturbable y tranquila en lo alto de una cima. Coge un papel marrón y comienza a doblar. Anota con precisión los pliegues que realiza y continúa. Agarra otro papel más claro, y otro negro. También uno blanco. Dobla. Repasa. Anota. Observa. Poco a poco Yuzuko va creando un oso rotundo, imponente. Un buen jefe, piensa ella.

Termina minutos antes de que llegue Takeshi, así que le da tiempo a poner la mesa y rematar la cena. Le enseña el oso. Él asiente. Le gusta. Es majestuoso. Desprende poder. Cuando él ve la tele, Yuzuko vuelve a sacar sus papeles y sigue las instrucciones para recrear una réplica más pequeña del señor Rossi. La termina y la coloca en su zoo. Quiere que proteja a su marido, así que lo coloca al lado de la garza.

Al día siguiente Takeshi entra como un torrente en casa. Tira a la cara de Yuzuko el oso y le dice que a su jefe no le ha gustado.

—¿Cómo va a ser un oso, Yuzuko? ¿En qué estabas pensando? Los osos son grandes, gordos, pesados. Dan miedo. El señor Rossi no da miedo.

Se queda callada y mira el oso. Le parece que es perfecto. Y a ella no le da miedo, le da paz.

—Dice que no has entendido cómo es, así que vendrá a cenar mañana. —Takeshi abre la nevera y coge una cerveza. La abre con rabia—. Ya puede salir bien. Tengo que conseguir ese ascenso.

Yuzuko asiente y sirve la cena que toman en silencio. Ella piensa que la culpa es no haber conocido al señor Rossi. Necesita ver a una persona antes de crearle un animal. Así funciona.

Al terminar, se acerca a su zoo. El oso está cambiado. Lo ve feo, mal hecho. Es informe. Vuelve a mirar otra vez el oso que le ha traído Takeshi y ve que está bien hecho. Vuelve la mirada a su zoo y se aterra al ver que la garza ha perdido su gracia. También el color. Ahora es una figura negra, más afilada, más pequeña. Menos grácil. Un cuervo si alguna vez Yuzuko quisiera hacer uno.

Yuzuko pasa el día siguiente preparando la cena. Escoge el mejor sushi y el mejor sake. Compra unas flores para decorar la mesa. También se acerca a un konbini y coge unas cuñas de queso. Se deja aconsejar por la joven dependienta y se lleva además un vino italiano que le dice tiene burbujas. Limpia la casa en profundidad. Plancha todas las camisas de Takeshi y las vuelve a colgar. Alisa la tela del sofá y barre con fruición el recibidor del edificio y el rellano que comparten con Kohtaro. Este llega cuando Yuzuko está fregando. Se disculpa muchas veces, se inclina, sonríe, junta las manos. Ella le dice que no se preocupe, que pase. Volverá a fregar otra vez.

Cuando llega Takeshi con el señor Rossi, Yuzuko está de pie para recibirles. Se ha vestido con su mejor kimono y se ha recogido el pelo como más le gusta a su marido. Se inclina para saludarles y por fin puede ver al señor Rossi. Cree que no cabrá por la puerta: es alto y con unos hombros anchos. Las telas tersas de su traje verde oliva contrastan con el uniforme gris y anodino de su marido. La sonrisa se le extiende como si no tuviera suficiente espacio en el rostro. Los ojos le centellean y Yuzuko escucha cómo se ríe al dar un paso en el piso sin haberse descalzado.

—Disculpa, Yuzuko —le dice en un torpe japonés—. No me acostumbro a esto de descalzarme.

Takeshi le está tendiendo con las dos manos unas zapatillas que se pone. Mantiene el equilibrio apoyando una de sus enormes manos en el marco de la puerta y por un momento Yuzuko piensa que no ha comprado suficiente comida para ese hombre tan grande.

—Bienvenido a nuestro hogar, Rossi-san —le dice Yuzuko aún con la cabeza agachada.

—Por favor, Yuzuko, llámame Riccardo —responde él y golpea el hombro de Takeshi—. Takeshi sabe que no me gustan esas cosas.

Su japonés es torpe, pero ruidoso. Lo habla en alto, sin pedir perdón, y los errores que comete quedan ocultos bajo ese torrente de voz. Avanza por la casa y olisquea el aire. Se detiene a ver su foto de bodas y se carcajea.

—Aquí eras un niño.

Takeshi asiente con la cabeza y ríe tímido. Con una mano indica al señor Rossi por dónde avanzar y lo lleva hasta el salón, donde Yuzuko ya había preparado un aperitivo. Les sigue con pasos cortos, silenciosos y cuando están colocados les pregunta qué les gustaría beber. Menciona el vino que ha comprado, así como la cerveza.

—Vamos a abrir ese vino, ¿no te parece, Takeshi?

Escucha cómo entre ellos hablan inglés sentados en el sofá, pero cuando se dirige a ella el señor Rossi cambia al nipón, con un esfuerzo notable pero sin perder la sonrisa. A los pocos minutos le está hablando de Takeshi, de lo buen empleado que es.

—Es una joya. Todo el mundo le aprecia.

Yuzuko sonríe en silencio desde su silla. Está segura de ello.

—Y de ti habla mucho. —El señor Rossi la apunta con el dedo—. Yuzuko esto, Yuzuko lo otro… Y todo bueno.

Takeshi se ruboriza y le pide que pare. Señala, además, que si está cómodo en la oficina es gracias a que su liderazgo ha generado un buen ambiente.

—Los japoneses sois muy rígidos —le responde y se gira hacia Yuzuko—. Por ejemplo, ¿qué es eso de compararme con un oso? Ni que fuera yo un jefe fiero y violento.

El señor Rossi y su marido se ríen, pero ella calla. No lo había reflejado como un oso porque fuera violento.

—Rossi-san…

—Riccardo —le interrumpe al momento.

—Riccardo —retoma ella—, no era mi intención ofenderle. Un oso para mí es un animal poderoso, tranquilo. Inmutable. Además, pensé que le gustaría más que lo comparara con un animal de su país que con uno de aquí.

—Tonterías. Seguro que puedes pensar mil animales antes que un oso. Aunque sea un animal del archipiélago —dice el señor Rossi con una pequeña carcajada.

Yuzuko se excusa y va a rematar la cena. Coloca con cuidado el sushi y las cuñas de queso. Da un golpe de calor al karaage que había cocinado por la tarde y prepara las salsas. Cuando lo tiene todo listo, se acerca a Takeshi y se lo comenta en un susurro.

—Es hora de cenar lo que nos ha preparado Yuzuko, señor.

Se sientan a la mesa y Takeshi se asegura de que todos tengan sake. El señor Rossi agarra con seguridad los palillos y ataca sin miramientos el sushi, el pollo y celebra las cuñas de queso.

—Me conoces mejor de lo que quieres admitir, Yuzuko.

Al terminar de cenar, el señor Rossi insiste en que quiere saber de origami. Quiere ver cómo lo hace Yuzuko. Quizá que le enseñe.

—Señor Rossi —le dice Takeshi—, es propio de mujeres. No le puede interesar.

Los ojos claros, y ahora afilados por el sake, del señor Rossi se clavan en Takeshi. No dice nada. Con solo un gesto le deja claro a ella que la escucha y Yuzuko se levanta y recoge algunos bloques de papel kami para enseñárselos.

—Este es el papel que empleo. Es barato y mantiene bien los pliegues —dice mientras le pasa algunos—. Puede ver que el color está solo en un lado. Hay que tenerlo en cuenta a la hora de componer las figuras.

El señor Rossi manosea las hojas con cuidado aun con sus dedos gigantes. Comprueba el tacto. Se las acerca a la cara para escudriñar los colores.

—En el colegio usábamos un papel que llamamos crêpe y con él hacíamos manualidades, muchas veces flores que luego llevábamos a casa. Yo se las regalaba a mi madre y ella las guardaba en un pequeño vaso de cerámica de su habitación, al lado del joyero.

Mientras le está contando esto, Yuzuko dobla con rapidez una pieza roja de papel. La pliega una y otra vez sin apenas mirar; no aparta sus ojos del señor Rossi. Cuando este calla, le tiende su creación y este sonríe, sorprendido.

—Como esta flor… ¿Cómo le llamáis en japonés?

—Clavel —responde Yuzuko.

Takeshi permanece sentado y en silencio. Ha cogido un bloque azul y Yuzuko ve que está haciendo lo único que sabe hacer: un barco. Cuando lo acaba lo enseña, orgulloso.

—La experta parece ser tu mujer, Takeshi. No te ofendas. —Le guiña un ojo y vuelve a centrar su atención en Yuzuko—. ¿Y cómo empezaste a hacer animales? ¿Cómo sabes qué animal es cada persona?

Yuzuko se encoge de hombros. No sabe muy bien qué responder, pero el jefe de su marido sigue con la mirada en ella y parece no querer soltarla hasta que le diga algo.

—Me gusta observar a la gente. —Se ríe y continúa—. No espiarlos, mirar cómo se comportan, qué hacen si creen que nadie les ve, cómo saludan, cómo sonríen, a dónde se quedan mirando cuando no hacen nada.

—¿Y has hecho muchos? —pregunta el señor Rossi.

Guiados por Yuzuko, los tres se acercan a la vitrina donde esta guarda su zoo. Les señala cada animal y les comenta quién es, por qué está ahí, cuándo lo hizo y que estas son las réplicas de los auténticos. El perro que es su padre, el gato de su mejor amiga de la universidad, el ratoncito de la señora que vende los mejores bentos del barrio, el águila de su maestro de go. No menciona el cuervo en el que se ha convertido Takeshi ni tampoco el oso que ya ha escondido en un cajón.

—¿Y crees que ya me conoces como para hacerme uno nuevo a mí? —Yuzuko ve por el reflejo de la vitrina cómo le habla el señor Rossi—. Uno de verdad, que me pueda llevar al despacho y dejar aquí, con el resto de tus creaciones.

Y en ese momento Yuzuko ve al tanuki formarse en el rostro de ese italiano que ha entrado hace poco más de una hora en su casa. Asiente y se sienta de nuevo en la mesa. Le pide a Takeshi que le alcance la libreta en la que guarda todos los diseños, y va apuntando cada movimiento que hace con el papel. Coge piezas negras, blancas y marrones, también unas grises. Los dos hombres la observan en silencio sin decir nada. Takeshi parece molesto, pero el señor Rossi está hipnotizado por los rápidos dedos de Yuzuko. La figura va tomando forma y se permite romper el silencio.

—No sé si está familiarizado con el tanuki, Riccardo. Creo que en inglés se le llama… ¿perro mapache? —Yuzuko se esfuerza en pronunciar esas palabras en un inglés correcto. El señor Rossi asiente—. Es un animal que solemos identificar con la bondad, pero también con la picardía, el buen humor. En las leyendas es un mensajero generoso de los dioses, un buen amigo de los hombres. Muchas veces canta con ellos.

Takeshi va a decir algo, pero tanto Yuzuko como su jefe lo miran y se siente intimidado.

—Es como un mapache, lo conozco —le confirma el señor Rossi.

Yuzuko sonríe y da unos últimos retoques a la figura que tiene en las manos antes de tendérsela. Él la recoge con las dos manos, delante del rostro de Takeshi, y la aprecia con cuidado. Se ríe con carcajadas que hacen retumbar el pequeño apartamento. Deja la figura en la mesa y la golpea.

—Tu mujer sí me ha pillado, Takeshi.

Palmea con su manaza el hombro encogido de Takeshi y le pide un poco de agua a Yuzuko. Dice que quizá es hora de marcharse, ahora que ya tiene lo que ha venido a buscar.

—¿En qué pensabas? ¿Un tanuki? No es el animal que merece un jefe. Que merece mi jefe —le arroja Takeshi con la puerta cerrada a su espalda.

Yuzuko recoge en silencio los restos de la velada mientras su marido sigue hablando sobre lo mal que ha quedado. Lo poco adecuado del animal que escogió ella, su mujer. Ni de ella se puede fiar. Así nunca conseguirá su ascenso con el que mudarse a un sitio mejor. Con el que ir de viaje en vacaciones. Con el que comprarse una televisión más grande. Le escucha maldecir en el baño, con el cepillo de dientes en la mano, y ya con el pijama en el cuarto, listo para dormir. Ella sigue en silencio recogiendo y limpiando el salón y la cocina.

Barre el suelo y lo friega. Pasa un trapo por las superficies y enciende una barra de incienso para aligerar el aire. Se sienta de nuevo en la mesa y con rapidez, sin vacilar, replica el tanuki que se ha llevado el señor Rossi. Ve su rostro barbudo, sus ojos claros y puntiagudos, lo rotundo de su presencia, la sonoridad de su risa. Necesita fijar esa imagen antes de que las palabras de Takeshi la borren. Decide colocarlo al lado de la rana y el conejo. Se harán buena compañía. Yuzuko sostiene un momento la figura del conejo y le da la impresión de que tiene un gesto triste, así que lo posa y agarra el móvil. Escribe un mensaje a su hermano. ¿Cuándo te puedo ir a ver?

Está a punto de irse a su cuarto de nuevo, desde donde ya no oye a Takeshi quejarse, cuando se fija de nuevo en ese pájaro que ennegreció estos últimos días. Lo coge y le da vueltas. Cada día más feo. Se convence que no queda otra solución y con una cerilla le prende fuego. Lo ve consumirse en la mesa y quedar reducido a ceniza como el incienso que arda a su lado.

Se mete en la cama, que ahora está vacía y piensa que mañana hará una mariposa. Solo una. No la guardará en el zoo, se la dará a Kohtaro para que la lleve en sus viajes. Le pedirá que la meta en alguna de sus dos maletas y así asegurarse de que volará mucho.

Nano Prados (España). Es licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Santiago de Compostela y máster en Gestión Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Ha vivido y trabajado en Santiago de Compostela, Barcelona, Tesalónica, Dubái y Madrid. Ha publicado relatos en Weird Review (Panamá) y El Asombrario (España), así como en la antología Visiones 2024 (Asociación Pórtico). Uno de sus cuentos fue traducido al italiano y publicado en Si riparano macchine del tempo e altri racconti dal Trofeo RiLL e dintorni (Riflessi di Luce Lunare). Se ha formado en escritura creativa con Clara Obligado.

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