El mejor de los mundos posibles

Y si doloroso es tener que dejar de ser un día, más doloroso sería seguir siendo siempre uno mismo y no más que uno mismo, sin poder ser a la vez otro, sin poder ser además todos los demás, sin poder serlo todo.

Miguel de Unamuno

Mía siguió pedaleando como si en verdad fuera a llegar a algún lugar. Por lo general el ejercicio le ayudaba a sentirse mejor y olvidar todo por un rato, pero esta vez no estaba funcionando. Sus pensamientos le martilleaban la cabeza mientras recorría el holobosque desde la bicicleta estacionaria en el estudio de su casa. Quizá un escenario más interesante la ayudaría a distraerse. Mía bajó del aparato y se acercó a la consola para cambiar el programa. Se sabía de memoria casi todos los recorridos que tenía descargados, así que seleccionó el usuario de Alex para buscar algún nuevo paisaje para andar en bici. Tan pronto cambió de usuario se dio cuenta que no había abierto el holoespacio de Alex desde el accidente.

Había estado ahí miles de veces, pero hasta ahora nunca se había sentido como una intrusa. Normalmente utilizaba este usuario cuando estaba con él o cuando él le pedía algún favor. De hecho, Alex y ella compartían sus claves y accesos, pero esta vez se sintió extraña, como si estuviera entrando a un espacio que ya no le pertenecía.

El recuerdo de su antigua cotidianidad le causó una punzada de dolor. Pensó en recorrer sus recuerdos virtuales, aunque sabía que eso solo la haría sentir peor. No tenía ganas de volver al ejercicio. «Ok», se dijo a sí misma, «no veré ningún video, solo vagaré un rato por aquí». Deslizó los dedos por el aire mientras los archivos y programas del holoespacio se movían a su alrededor. Estaba a punto de apagar la consola y salir del estudio, cuando un programa llamó su atención. Era Cassandra, el software en el que trabajaba Alex. Se sorprendió al ver aquel programa de nuevo, lo conocía porque ella había trabajado en el desarrollo del software. A diferencia de Alex, que continuó en la empresa hasta el final, Mía había renunciado a Cassandra hace algunos años, cuando el sistema dejó de ser un reto para ella. No sabía que Alex tuviera un prototipo en la casa, aún no estaba disponible para el público y eran muy estrictos con la privacidad del sistema. Dudó unos momentos, pero terminó abriéndolo.

El programa comenzó a materializarse a su alrededor y Mía recordó la primera vez que escuchó hablar de proyecciones de futuros posibles. Fue en los primeros semestres de la carrera, en una clase de física. Su mente viajó a un salón de clases grande y lleno de pupitres. Al fondo, una profesora joven habla apasionadamente.

—Las proyecciones de futuros calculan la probabilidad de que ocurran distintos fenómenos a partir de diversas variables. Es decir, permite ver distintos escenarios posibles sobre un mismo momento.

—Pero ¿cuál de esas líneas temporales es la real?, ¿cuál de esos futuros es el que va a pasar de verdad? —preguntó un estudiante.

—No podemos saberlo hasta que sucede. Todas las líneas temporales son pura potencia y solo una se actualiza cuando actuamos de una manera o de otra. Es decir, no existe un futuro único, hay miles de posibilidades que se vuelven existentes una vez que las hemos decidido. La realidad se va construyendo poco a poco, depende de millones de pequeñas variables —explicó la profesora.

—¿Qué tan precisas son las proyecciones? —preguntó Mía.

—Las proyecciones funcionan con un esquema similar a los pronósticos del clima: entre más cerca en el tiempo, más exacta la predicción. Sin embargo, las proyecciones futuras son mucho más complejas que los pronósticos del clima; su precisión depende de la cantidad de información que tenga el sistema. Se necesita recolectar los patrones de conducta de millones de personas para poder proyectar un solo evento.

Un suave pip proveniente de la consola sacó a Mía de sus recuerdos y la regresó al presente. Frente a ella brillaba el logotipo de Cassandra: un gran ojo que cambiaba de colores debajo del cual podía leerse la frase conócete a ti mismo. Alrededor del ojo aparecieron distintas burbujas y Mía seleccionó la que decía “generar un perfil”. La sala se iluminó con una luz blanca y un recuadro en el holoespacio le indicó que colocara su mano en la consola para autorizar el acceso a su huella virtual. Mía sostuvo su mano frente a la consola hasta que sonó un nuevo pip. A continuación, apareció una silueta punteada que indicaba el lugar en el que debía pararse para iniciar el escáner. Se paró, dio dos pasos al frente y miró los colores que iban apareciendo a su alrededor mientras la consola escaneaba su cuerpo para recolectar sus datos básicos.

Mientras giraba para que el escáner la captara por completo, pensó en lo difícil que había sido ajustar los distintos mecanismos de recolección de datos para el sistema de Cassandra. Habían desarrollado la primera etapa sin ningún problema, solo había que ingresar la huella virtual de una persona y se tenía acceso a todos sus mensajes, videollamadas, su localización, patrones de compras, registros médicos, documentación oficial, etc. En otras palabras, al ingresar la huella virtual, el sistema tenía acceso a todas las acciones que una persona hubiera realizado en la holored. La parte complicada había sido incorporar los datos físicos al sistema. Mía había tenido que trabajar muy de cerca con un equipo de neurología para conseguir que Cassandra funcionara. Ahí fue donde conoció a Alex —él era líder del equipo de neuropsicólogos—, pero ahora todo ese periodo de su vida le parecía muy lejano, como una proyección posible que no había pasado en verdad.

Tras unos minutos la iluminación de la sala volvió a cambiar de tonalidad. El holoespacio se actualizó y apareció una Mía virtual que le devolvía la mirada a la Mía real a unos centímetros de distancia. Quien no conozca el funcionamiento de esta tecnología creería que se trata de un espejo y no de una proyección. Las proyecciones en tiempo real son propiamente reflejos del presente; sin embargo, al alterar las coordenadas temporales se cambian y reproducen posibles eventos futuros.

La versión real de Mía levantó la mano derecha por arriba de su cabeza, abriendo y cerrando el puño para desplegar el control de Cassandra. Su primer impulso fue insertar la fecha del accidente de Alex y alterar alguna variante —el medio de transporte, la hora o la ruta— para ver si una pequeña alteración hubiera cambiado su suerte. Antes de terminar de escribir la fecha recordó que el software no estaba programado para proyectar hacia el pasado, solo se podía ver hacia adelante. Pensó en las múltiples discusiones que habían tenido al respecto. Visibilizar pasados posibles era igual de complejo que visibilizar futuros posibles, pero el pasado parecía no interesarle mucho a los inversionistas. Por ello, Cassandra funcionaba en una sola dirección. Casi podía escuchar la voz de Alex diciendo «De todas maneras, ¿para qué quieres proyectar hacia el pasado? Los hubieras no sirven de mucho. El pasado está fijo, solo podemos cambiar lo que aún no ha sucedido».

Mía centró su atención en su reflejo y suspiró. No sabía por dónde empezar a indagar sobre su futuro. Le vino a la memoria una escena de su infancia en la que su abuela Julia revolvía las cartas del tarot y decía «La gente siempre quiere saber sobre los mismos temas: el amor, el trabajo, el dinero y la muerte. Así son las personas, pueden parecer muy profundas y filosóficas, pero lo que verdaderamente les preocupa es lo que pasa en su día a día». No se sentía lista para pensar en el amor, así que se decidió por el siguiente tema: el trabajo. Volvió a desplegar el control y configuró las coordenadas para que proyectara un lunes por la mañana en un año exacto. No alteró ninguna otra variable.

Se vio a sí misma en la oficina. Estaba sentada dentro del holoespacio analizando el crecimiento de una nueva especie de felino. Unos meses antes del accidente de Alex, el grupo de Mía había logrado desarrollar un software que predecía la evolución de nuevas especies. Fue un gran acontecimiento, predecir la evolución permitiría replicarla y crear vida en este y otros planetas. El grupo de trabajo de Mía fue entrevistado por científicos de todo el mundo y apareció en miles de periódicos. En el momento, Mía se había sentido verdaderamente feliz y orgullosa. Sin embargo, la Mía de la proyección calculaba el crecimiento de los felinos con un aire de aburrimiento y tristeza. Al parecer, tras la emoción inicial, el trabajo se fue volviendo cada vez más rutinario y predecible.

“Predecible”, Mía se quedó pensando en esa palabra. ¿En verdad era posible predecir lo que pasaría? ¿Servía de algo? Había pasado más de cinco años trabajando en el software de Cassandra, pero no había podido anticipar y prevenir la muerte de Alex. Hasta hace algunos meses Mía era una persona activa e impulsiva. Le emocionaban los nuevos retos y no se detenía más de unos minutos a pensar en lo que haría después. Ahora no se sentía así. Se preguntaba qué sentido tenía desarrollar nuevas tecnologías para controlar el futuro si los eventos que te cambian la vida son tan azarosos. La incertidumbre de la cotidianidad, que hasta hace poco la hacía sentir libre, ahora le parecía una cadena que la mantenía irremediablemente atada a una realidad incierta y absurda. Quizá si veía y analizaba cientos de futuros posibles podría evitar que el flujo de acontecimientos la tomara desprevenida. Si pudiera ver las consecuencias de cada una de sus posibles acciones sería mucho más fácil tomar decisiones.

A la mañana siguiente Mía abrió Cassandra antes de ir a trabajar y vio algunas proyecciones distintas. En las primeras proyecciones alteró la ruta que tomaba para llegar a la oficina: quería asegurarse que en ningún caso se cruzara con un accidente de tránsito. Después seleccionó otras dos proyecciones en las que cambiaba la ropa que usaba ese día.

Le pareció que la versión en la que vestía la blusa roja y tomaba el camino del parque para llegar a la oficina era la mejor. Así que se puso la blusa roja y salió rumbo a la oficina. En la noche Mía se sintió contenta de haber analizado distintas acciones esa mañana. Por primera vez en meses había tenido un buen día. Casi todo había sido como en la proyección de Cassandra y eso la tranquilizaba.

Continuó con esa rutina por unos días. Se despertaba, abría Cassandra y —tras ver decenas de posibilidades— decidía de antemano cómo se vería su día. Cada vez calculaba más variables: desde qué desayunar hasta a quién pedirle un favor importante. El viernes por la tarde salió temprano de la oficina, tomó la ruta corta para llegar a su casa (desde la mañana se había asegurado que no encontraría problemas en ese camino) y mientras calentaba su comida abrió el programa que ahora le parecía tan familiar.

En la noche tenía la fiesta de cumpleaños de Anat, una de sus mejores amigas. Desde hace semanas le había prometido que iría, pero ahora estaba dudándolo. Decidió ver algunas proyecciones del evento antes de rechazarlo por completo, tal vez si anticipaba ciertos detalles la idea de salir a una fiesta se volvería más tolerable. Así que se sentó en el holoespacio con un tazón de lentejas humeante junto a ella y deslizó su mano en el aire para ver lo que sucedería en unas horas. Vio muchas proyecciones. Cada una de ellas era distinta, pero había ciertos elementos que permanecían constantes. En todas las versiones de esa noche llovía, en todas la versiones Anat se veía feliz e insistía en que Mía hablara con alguno de sus amigos y, en todas las versiones, Mía regresaba sola a su casa.

Después de dos horas de ver una proyección tras otra sintió como si en verdad hubiera salido esa noche. ¿Para qué cambiarse, esperar al taxi y sentir el frío de la lluvia si podía saber lo que pasaría en la fiesta desde la comodidad de su casa? Tras esa conclusión Mía se preparó un té caliente y se dispuso a ver las consecuencias y resultados de todas las cosas que podría hacer esta noche si decidiera salir de su sala.

Poco a poco, Mía comenzó a vivir de proyecciones. No salía de su casa más que para lo indispensable. El tiempo que no estaba en el trabajo lo usaba para ver otras versiones de sí misma. Sus días se volvieron cada vez más predecibles y las proyecciones cada vez más largas. Dormía muy poco, pues quería ver la mayor cantidad de futuros posibles. Entre más proyecciones viera, más posibilidades de alcanzar un mejor futuro. ¿Qué tal que la oportunidad de su vida estaba en una de las líneas del tiempo que no había explorado aún? ¿Qué tal que una acción pequeña tenía consecuencias terribles? No daba un paso sin haberlo pronosticado de antemano. Si algo salía de la ruta prevista y se veía forzada a tomar una decisión sin consultar a Cassandra sentía un peso aplastante en el estómago. Pensar en las consecuencias imprevisibles de sus acciones le daba náuseas. ¿Cómo actuar sin tener idea de lo que pasaría después?

Tras meses de rutina, algo cambió. Una mañana el algoritmo de Cassandra predijo que la correrían del trabajo aquel día. Mía se vio a sí misma sentada frente a su jefe y escuchó un largo discurso que concluía con su despido. Aunque su jefe decía estar muy preocupado por ella, consideraba que no podría seguir trabajando si continuaba así. Su abstracción de la realidad afectaba a todo el equipo. Las dos Mías, la real y la proyectada, comenzaron a llorar al mismo tiempo. ¿Cómo se le había escapado esto?, ¿por qué Cassandra no lo había previsto antes? ¿Había estado tan enfocada en los pequeños detalles que perdió de vista las decisiones importantes?

Cambió algunas variables y proyectó aquel día de nuevo. Una y otra vez su jefe la despedía. En algunos futuros la llamaba a su oficina, en otros le daba la noticia en el laboratorio o en el pasillo, pero en todas las versiones ese día el resultado era el mismo. Así que tomó la proyección como su aviso oficial de despido y no volvió a la oficina. ¿Para qué pasar por aquel sufrimiento en tiempo real? ¿Qué diferencia tenía ser despedida por un holograma o por un humano de carne y hueso? Tras un par de horas de llanto y un baño caliente, Mía se sentó en el holoespacio decidida a reconstruir su vida.

Los siguientes días le llegaron mensajes y holollamadas de sus amigos y colegas. Los leyó, pero no contestó a nadie. Al parecer todos creían que Cassandra le estaba haciendo daño, pero ella sabía que si hacía las preguntas correctas y veía suficientes proyecciones conseguiría alcanzar para sí misma el mejor de los mundos posibles. Solo tenía que ser más cuidadosa y no perderse en los pequeños detalles.

Decidió que no haría nada hasta no ver su vida a mayor distancia. Tenía que saber cuál era la mejor vía de acción en cada caso —tanto a corto como a largo plazo— para evitar otra sorpresa como la de aquel día. Con esa intención cambió algunas variantes del presente y proyectó las consecuencias a dos años en el futuro. Después alteró otros elementos y proyectó a tres, luego a cuatro y, por fin, a cinco años. Ninguna de las proyecciones le parecía ser el mejor de los futuros posibles, así que continuó proyectando distintas versiones de sí misma una y otra vez. Estuvo así por días, hasta que consideró que lo mejor sería ir todavía más lejos. Proyectó la variación con la que estaba trabajando diez años en el futuro. Se veía algo borroso, pues entre más se alejara del momento actual, menos clara era la imagen. Pensó que si una proyección a diez años conservaba cierta nitidez, quizá una proyección más lejana seguiría siendo distinguible. ¿Qué encontraría si veía cómo sería su vida en 30 años? Ajustó el periodo de tiempo sin cambiar ninguna variable. Supuso que se vería tan borroso que sería casi indistinguible, por eso le sorprendió lo clara que era la imagen que tenía frente a ella.

Se vio a sí misma sentada en el mismo sillón en el que se encontraba ahora. Todo parecía igual, solo que más gastado. La Mía mayor se veía cansada y desaliñada, vestía una playera larga llena de agujeros y su cabello blanco parecía no haber sido cepillado en semanas. Pilas de basura que se acumulaban en el holoespacio del futuro. Un escalofrío le recorrió el cuerpo a la Mía del presente. La única explicación lógica para que una proyección tan lejana en el tiempo pudiera verse con tal claridad era que su conducta fuera totalmente predecible. Eso significaba que Mía se había vuelto tan dependiente a Cassandra, que Cassandra podría predecir su vida sin dificultad.

***

La mirada de Mía se posó en las profundas ojeras que rodeaban los ojos de su versión más vieja y se preguntó cómo había llegado a convertirse en esa persona. ¿En verdad su vida se había vuelto tan predecible y monótona?

Creía que dedicar cada minuto de su vida a analizar cómo podría actuar mejor la llevaría a vivir mejor, pero se dio cuenta que no había vivido en absoluto. Cerró los ojos unos minutos y trató de recordar cuándo fue la última vez que hizo algo impulsivo, que salió de su casa sin un plan. No estaba segura. La invadió una sensación de nostalgia por su vida anterior, se extrañaba a sí misma. Extrañaba a la Mía relajada y espontánea. Extrañaba no saber qué pasaría a cada momento. Extrañaba su vida, pero tenía miedo de volver a ella. ¿Podría tomar decisiones sin saber qué pasaría? ¿Cómo enfrentarse de nuevo a la incertidumbre? Pensó que lo mejor sería ver una proyección de su vida en la que dejara de usar Cassandra. Seleccionó las variables para hacer una predicción de su propia vida en cinco años si dejaba de usar Cassandra en ese momento. Justo antes de dar click e iniciar la proyección se dio cuenta de lo absurda que era esa idea. Si quería ver su vida sin Cassandra tendría que hacerlo de la manera antigua: vivir sin conocer las otras vidas posibilidades. Sintió vértigo. Le dolía perder la posibilidad de ver cómo otras versiones de sí misma y tener que contentarse con un futuro único e inmutable. Sin embargo, sabía que tenía que renunciar a todos esos futuros posibles si quería tener una vida verdadera. No podía seguir viviendo de proyecciones ficticias, ya sabía a dónde llevaba ese camino.

Se levantó del sillón y se acercó a la consola dispuesta a deshacerse de Cassandra. Dudó unos minutos antes de hacerlo. La posibilidad de ver todas las posibilidades le generaba una extraña mezcla de tranquilidad y angustia. Le tranquilizaba saber que su futuro estaba abierto, que había cientos de posibilidades. Disfrutaba del momento en que todo era posible y nada existía aún. Al mismo tiempo, le generaba angustia saber que solo una de esas proyecciones se actualizaría y que era su responsabilidad escoger la mejor. Precisamente esa obsesión con encontrar el futuro perfecto la había llevado al callejón sin salida en el que se encontraba. Entre más proyecciones veía, más atrapada estaba. Volteó a ver una vez más la proyección de su vida en treinta años.

Con un par de clicks Mía eliminó a Cassandra de su consola. El holoespacio quedó vacío. Donde antes flotaban todas sus vidas posibles, ahora solo quedaba su propio reflejo que le devolvía la mirada desde la ventana.

Ariela Wolcovich (México). Es filósofa, docente y acróbata aérea. Estudió la licenciatura y la maestría en filosofía. Como parte de estos estudios ha trabajado temas como los cuentos de hadas, la caza de brujas y su relación con el feminismo. Actualmente estudia un doctorado en filosofía de la religión en la UNAM e imparte clases de filosofía y danza aérea. Es amante de la ciencia ficción, la fantasía, el circo y los gatos.

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