La balada del pastor

Los Señores de las Estrellas llegarán al quinto día.

Para algunos es mucho tiempo, una espera ansiosa. Sin embargo, no tanto teniendo en cuenta todo lo que hay que hacer. Al menos, si queremos hacerlo con cuidado. Si queremos estar preparados.

El trabajo de un pastor es duro, pues los rebaños de jhags son díscolos y salvajes. Deben ser guiados con mano firme a través de veredas ocultas, hasta los valles de suelo pedregoso y raíces secas. Es una turba de carne que avanza sin conocer su destino.

Cae la noche, hace frío. Hacemos una fogata y la oscuridad nos concede un amplio respiro; muchos miran a su alrededor, como si esperaran que algo apareciese de repente. La expectación es la naturaleza de nuestra estirpe. Los pequeños ruidos no deben ignorarse, como el canto bronquial de un ave nocturna o la respiración de un depredador invisible.

A la luz del fuego veo pasar el tiempo. A cada rato exhalo, como si acabara de salir del agua. Estoy acongojado. En mi rostro se marcan el pesar y la rabia.

—Canta la balada del pastor —pide alguien.

Hace mucho que no lo hago, pero igual lo complazco. Busco mi instrumento, tanteo unas cuantas notas y recuerdo las palabras de mi padre: un pastor es un músico incompleto. Las palabras tienen que encontrar la mente si pretenden llegar al corazón, por pequeña o áspera que sea la voz del intérprete.

La balada del pastor habla sobre nuestro pasado, sobre los ancestros que presenciaron la llegada de los Señores de las Estrellas. Sus notas, sencillas y casi primitivas, narran la historia de un pueblo que recorre medio mundo con sus rebaños para celebrar el Sacrificio. Dicen, además, que es una canción incompleta, pues nadie se ha atrevido nunca a escribir su verdadero final.

No reparo en la llegada del alba, solo en que el sol reemprende su marcha y de nuevo puedo ver los límites del claro. Volvemos a movernos como si estuviésemos hechos de ramas, como si tuviésemos acumulado todo el frío y la humedad de la noche. Cavilo al contemplar las manadas de jhags. Los animales han seguido nuestro ritmo, paso por paso, a lo largo de este viaje desalentador. Mes tras mes de sufrimiento. A medida que nos aproximamos a nuestro destino el ruido se hace ensordecedor: las voces de los guías y el incesante estrépito de los cascos del ganado. La nube de polvo envuelve el camino como un manto impenetrable.

Tras dos días de marcha, superamos las colinas del sur. El borde de la planicie está marcado por un muro de escasa altura de ladrillos de barro y unos árboles dispersos bajo los que se escabullen las alimañas. Las osamentas de un millar de jhags blanquean el suelo. El valle del Sacrificio, el lugar donde recibiremos a los que descienden del cielo.

Queda poco tiempo. Ha llegado el momento, tan temido como esperado. Los aprendices tiemblan. El agua bulle en las ollas de hierro, los cuchillos chispean sobre la piedra de amolar. Por mucho que los sabios lo intenten, no hay ninguna explicación posible para las oscuras corrientes del pensamiento que surgen después de haber derramado sangre. Me basta con observar mi propia reacción, mis manos teñidas de escarlata sobre los flancos de un jhag inmolado.

No obstante, algunas bestias se resisten. Es un esfuerzo inútil, pero digno de admirar. La matanza convierte los alrededores en un barrizal salpicado de insectos y vísceras. Finalmente, la última pieza yace troceada sobre las mantas rituales, embebidas de sangre. Justo a tiempo, pues en ese instante veo la luz en el cielo. Al principio no es más que un parpadeo, una mota, una estrella lejana; pero cada vez reluce más, como una luciérnaga. Al final todo es luz trémula, una brasa verde azulada.

De las nubes emerge la sombra, un navío majestuoso que desciende hacia el valle. Una docena de Señores de las Estrellas, refulgentes de luz, surcan el aire en formación a sus lados. Es un espectáculo impresionante; muchos caen de rodillas ante su visión, aterrados. A pesar de todo, también quedo boquiabierto. Poco después, el buque toca el suelo y las puertas frontales se abren.

Ha llegado el momento. Como cabeza del Ritual, elevo las manos hacia los recién llegados. Estamos formados en una media luna invertida, arrodillados ante los trozos de carne cruda. A los Señores de las Estrellas les gusta así. En silencio, contemplamos su descenso. Son figuras imponentes, de casi dos metros de altura, cabellos largos del color de la sangre seca, que parecen fundirse con la simple franja de tela que los envuelve. Su piel es de un negro casi puro, con líneas azules bajo los ojos.

Uno de sus sirvientes nos habla. Se valen de intérpretes, como si pronunciar nuestro lenguaje fuese indigno de ellos. Aceptan el sacrificio, están impacientes por consumir la carne ofrecida. Noto que se me seca la boca. De repente aquellos seres me parecen una pesadilla que debería haber permanecido como leyenda, como demonio del que susurrar en torno a una hoguera nocturna. Cuando respondo, no me salen las palabras y tengo que carraspear.

El Sacrificio ha comenzado.

Hago un gesto y tomamos los trozos de jhag. Procedemos a devorarlos, sin prisas, conscientes de que cada bocado ya forma parte de la ofrenda final. Así penetra en nosotros la fuerza de los animales salvajes, su capacidad para sobrevivir a las calamidades, el sabor único de sus tejidos ensangrentados. Después, nuestras frentes tocan el polvo, ahora sí, listos para entregar el verdadero Sacrificio: nuestros cuerpos.

Los Señores de las Estrellas se relamen. Se acercan, ansiosos por degustar el manjar de nuestras entrañas, aderezadas con la esencia de los jhags. El resto de mis compañeros observa, silenciosos y aterrados, cómo estamos a punto de correr la misma suerte que sus mejores piezas de ganado.

Aguardo el momento. Ya no hay vuelta atrás. Así ha sido durante más de cien ciclos, hemos cumplido a cabalidad el pacto que hicieron los ancestros con los Señores de las Estrellas después de la conquista: nuestra carne a cambio de la paz.

Una sombra me cubre. Pronto sentiré los dientes cerrándose alrededor de mi cuello. Ellos no son pastores, sino verdugos. Incapaces de notar que sus víctimas parecen algo inquietas. No me arrepiento de nada. En mi conciencia surge una claridad fresca y tranquila. Fueron mis pies los que me trajeron hasta aquí, mi propia mente la que tomó la decisión. Ha llegado la hora. Entonces, dejo caer el manto que envuelve mi cuerpo.

Los cuchillos ocultos brillan con la luz del día. Los otros me imitan.

Es una maldición que todos compartimos: la voluntad de vivir. Como los jhag, el más torpe de los animales parece capaz de intuir la inminencia de su propia muerte y, a veces, sus coces son letales. Una presa no está indefensa mientras sus colmillos aún tienen filo. Este será un nuevo tipo de Sacrificio. Los demonios de las estrellas no llenarán sus vientres hoy con la carne de mi pueblo.

Lanzo un grito y me dispongo a escribir, ahora sí, la última estrofa de la balada del pastor.

Raúl Piad (Cuba). Egresado del XVIII Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en 2016. Ha obtenido diversos premios, entre los que se encuentran el Premio David 2017 de Ciencia Ficción, Calendario 2021 de Ciencia Ficción y Edad de Oro 2023. Tiene publicados los libros La marca de Kahim, Lo mejor es soñar, A la sombra del Mundo Hogar y Embajador sin Retorno. Relatos suyos han sido publicados en diversas antologías cubanas y extranjeras, así como en la revista digital argentina Axxón, entre otras.

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