NO. 2 (DICIEMBRE 2025) / FICCIÓN / 1,920 PALABRAS
Ningún adulto es capaz de hacer algo que no podamos hacer nosotros. Hay un enorme precinto pegado por todo el mundo donde pone «Imposibilidad». Y somos nosotros, no te olvides, los únicos que podemos arrancarlo de una vez por todas.
Yukio Mishima, El marino que perdió la gracia del mar
Con el atardecer púrpura como telón de fondo, Alia escuchó el canto aflautado de un zorzal. No le costó encontrar su silueta, estaba posado sobre las ramas de un quillay. Ella esperaba la llegada de los demás adolescentes, no en el punto de encuentro mismo, sino en una meseta lejana. Le gustaba fisgonear a sus compañeros cuando no la veían. Parecían más auténticos.
«Primera, Samus, la valiente», susurró Alia, cuando la experta en sujeciones llegó al mirador del cerro. Entró con estilo, moviéndose por las frondosidades mediante látigos colgantes. «Varia, la intrépida», llamó a la segunda en aparecer. La encargada de los impulsos mecánicos había recolectado madera para la fogata. Junto a Samus prepararon el punto donde pasarían la noche. «Morph y Ridley, sacrificio y lealtad, juntos como siempre», dijo ante el arribo de quienes se encargan de desactivar minas y activar powerbombs.
Por un instante Alia se sintió observada, pero los pelos de su nuca no se erizaron. Como su señal de peligro no se activó, no se preocupó por lo que podría estar merodeándola. A pesar de ello, le intrigaba no saber qué era. ¿Un quiltro? ¿Una güiña? No, era algo más grande.
Solo falta Chozo, pensó.
Mientras, el grupo conversaba distendido, sin prisa por comenzar la nueva misión ni miedo a las amenazas en las cercanías. En un momento, se callaron para contemplar la ciudad destruida. Querían imaginar cómo era la vida en ese lugar antes de que cayera la gran lanza desde el cielo. Hoy los peumos y sus aromas reinan donde antes solo había vidrio y concreto. Todavía se observan fogatas cada noche.
—Pensar que alguna vez fuimos como ellos —comentó Samus.
—¿Ignorantes? —especificó Varia.
—Solo buscan sobrevivir… —respondió Morph, dejando su frase a medio camino. Prefirió callarse y escuchar las chicharras y los grillos mezclándose con el crepitar del fuego.
—No está mal eso —agregó Ridley.
—Si nuestra misión es exitosa, algún día sus vidas volverán a tener propósito, como las nuestras —dijo Samus.
—Algunos grupos pequeños se reúnen alrededor de sus fogatas e intentan sobrevivir. Puede ser que cuenten historias, tal como nosotros —dijo Morph.
—Quizás a lo lejos alguien observa nuestra fogata y se pregunta quiénes somos —añadió Ridley.
Este tema nunca lleva a nada. Es como si por instinto discutieran las mismas cosas una y otra vez. Los nombres se repiten, pero me sorprende que las discusiones también, pensó Alia, todavía en la distancia. El grupo discutía sin enterarse de que Chozo estaba sentada con las piernas cruzadas cerca de ellos. Cuando la descubrieron, ella les saludó:
—Traigo cogollos de chagual con larvas de mariposas.
Celebraron su aporte y se dispusieron a comer.
—¿Cuándo llegará Alia? Quiero que nos cuente historias —dijo Morph con un tono entusiasta, fascinado con el cogollo como si fuera un niño.
El oído de Alia tenía límites: no logró percibir la deglución de los cogollos, que notaba tan bien cuando estaba cerca, pero seguía oyendo las voces cristalinas, como si fuesen aves vocalizando, esperando ser escuchadas.
—Quiero saber qué hay debajo de su cicatriz —dijo Varia.
—Ten cuidado con tu curiosidad… —le advirtió Samus.
—La que tiene debajo del ombligo. La he visto —dijo Ridley.
—Me pregunto cómo puede saber tanto. ¿No les intriga el origen de la powerbomb? —dijo Varia.
—Yo no pregunto nada… Ella es mi salvadora y mi comandante —respondió Morph.
—Una vez le pregunté. Me dijo que la había recuperado de los mismos que nos han condenado —dijo Ridley.
—Más me intriga el robot de la cordillera. ¿Será como un ángel? —preguntó Samus.
—En cualquier caso, yo daría la vida por ella —añadió Chozo.
—La daremos.
Ya está oscuro y necesitan guía. Es hora, decidió Alia. Dio un salto que, de manera rápida y sonora como un trueno, la posicionó frente al grupo.
—Bienaventurados, queridos integrantes de mi Compañía —saludó, al tiempo que hizo una reverencia.
El grupo se congregó a su alrededor.
—Por favor, cuéntanos La Verdad —pidió Chozo.
Alia sonrió levemente. Había llegado el momento que esperaba. El inicio de uno de sus ritos favoritos con su Compañía, la liturgia.
Esta tierra fue condenada por las acciones egoístas e ignorantes de sus habitantes. No se preocuparon de los árboles que cobijan nuestros cuerpos ni de las aves que nos serenan con sus cantos. Como consecuencia, los seres humanos perdieron sus almas con el castigo que llegó desde el firmamento. Tenía forma de lanza y se clavó entre las montañas, penetrándolas hasta el magma, y trayendo consigo una desgracia todavía más grande: los robots.
Esos robots castigadores juzgaron que la humanidad debía ser eliminada de este planeta. Pero no podía ser olvidada, así que seleccionaron a mil humanos para llevarlos a una galaxia lejana y conservarlos para su estudio. Después de elegir a sus especímenes contaminaron el aire sus sustancias diabólicas que solo afectaban a los seres como nosotros. Quisieron aniquilar a nuestra raza, pero sobrevivieron algunos que resistieron al magma robótico. Estos se vieron despojados del legado de sus antepasados, un destino quizás peor que la muerte.
De esos vestigios han descendido ustedes, a quienes he bendecido con el don de la cultura. Vuestro primer sacramento fue el bautizo en el que les he otorgado sus nombres.
En medio de su sermón, Alia apuntó hacia la cordillera. Los demás no sabían hacia dónde debían dirigir su mirada exactamente. Solo miraron el cielo lleno de estrellas cuya claridad volumétrica se veía interrumpida por la oscuridad de la silueta de las montañas. No eran capaces de percibir la luz ultravioleta que emanaba de la lanza. Su entrega era un acto de fe.
Esta noche comienza la época más cálida, señal de que los castigadores requieren un sacrificio. Le ofreceremos uno a la Virgen que reinaba en este cerro en la civilización anterior y que fue corroída por el tiempo. ¡Atacaremos la base de la lanza llamada Maridia y la haremos desaparecer mediante una explosión más grande que todo el daño que nos han causado!
—¡Que así sea! —respondieron al unísono.
Luego, mantuvieron un silencio solemne que se prolongó por unos minutos, hasta que fue interrumpido por aullidos, vocalizaciones y cantos anteriores a lo humano.
—Es hora de descansar —anunció Alia.
Samus y Varia se acurrucaron juntas, lejos del resto. Para Alia fue imposible no escuchar su intimidad: entre gemidos, se susurraron que sería la última vez y prometieron morir abrazadas.
Morph tapó sus oídos con almohadillas de hojas y cáscaras de avellano; se acomodó boca abajo, pero le costó quedarse dormido. En sus manos frotaba un amuleto hecho de piedras que él mismo había abrillantado.
Ridley se sentó junto al tronco de un ciprés. Cruzó los brazos y tarareó, con los ojos cerrados, una melodía que Alia le había enseñado. En ese momento no podía recordar el título completo de la canción, pero sabía que comenzaba con Serenata.
Chozo se puso las manos sobre el abdomen y entró en sopor enseguida.
Alia apagó la fogata, se recostó en el suelo, contempló las estrellas con nostalgia y repasó su historia mentalmente, hasta que dijo en voz baja: «Esta es Mi Verdad… Este es el viaje definitivo».
—Es hermoso el color de la lanza —le interrumpió Chozo con un suspiro.
Alia levantó su torso y miró a la adolescente. Había hablado dormida. Se preguntó: ¿Acaso puede ver La Luz? ¿Es posible? Ciertamente ella es diferente al resto. Estuvo atenta, observando, pero Chozo no volvió a hablar.
Aunque sincronizó el sonido de su respiración con el canto nocturno de los insectos, Alia no cerró los párpados toda la noche. Nunca lo hacía.
***
Los chercanes despertaron a la Compañía justo a tiempo para contemplar el amanecer. Alia los formó y, mientras desayunaban, les informó que a partir de ese instante no habría tiempo que perder, pues su trayecto cubría decenas de kilómetros. Era necesario cruzar una ciudad conquistada por otras especies y sus rituales de apareo.
Comenzaron bajando por las ruinas de una vía oxidada.
—Aquí funcionaba un vehículo llamado «funicular» —relató Alia—. En el pasado había muchas maneras de desplazarse por las ciudades y entre ellas.
Los integrantes de su Compañía se maravillaban con esas enseñanzas tal como si fuese la primera vez, aunque ninguno podía recordar cuándo había sucedido. Habían crecido con Alia preparándose para esta travesía.
Luego llegaron al borde de un río colosal. Hasta allí llegaba el terreno conocido. Todo lo que había después era mito y leyenda para ellos.
—Los nombres son importantes. El de este río significa «lugar de pantanos» y existía antes que la ciudad misma. Sus propios nombres no han sido elegidos al azar, ni por gusto. Los he recuperado.
El grupo, maravillado con la historia, estaba quieto en el borde del río. Observaban las columnas de concreto que resistían las embestidas del agua. Debían saltar hacia ellas. No era la fuerza el problema, capacidad les sobraba, era el musgo.
Samus vio la oportunidad de demostrar su valía y tomó la iniciativa. Le entregó un gancho a Ridley para que lo incrustara en el suelo, se alejó del río unos cuantos pasos, y luego, con todas sus cuerdas y ganchos en la espalda, se impulsó en una trayectoria parabólica sobre el caudal. Un guante con garras artificiales le permitió vencer al musgo e incorporarse.
Samus instaló un canopy que utilizaron sus compañeros. Uno a uno se lanzaron, cada cual con su propia actitud. Ridley y Varia con gritos de victoria. Morph sonriendo con emoción. Chozo no dijo nada, temerosa. Alia, última, recogió el gancho inicial y, de un gran salto, cruzó el río. Sus compañeros no se impresionaron con su destreza, pero sí al sentir que comenzaba la aventura.
Y lo primero que encontraron al otro lado del río fue un agujero en la tierra, la entrada a un mundo subterráneo.
—Este agujero no es como Maridia. La base es profunda, hacia el centro del planeta. En cambio, esto era conocido como «estación de Metro». Los habitantes de la ciudad viajaban en unos enormes gusanos mecánicos llamados «trenes», que se desplazaban bajo la tierra.
—¿Seguiremos el camino de los gusanos? —preguntó Morph.
—Lo intentaremos.
A medida que avanzaban, notaron que, entre la vegetación, algunos objetos brillaban con el reflejo del sol.
—Se llama «plástico» —explicó Alia—. Esta basura resiste el paso del tiempo, no se degrada, es decir, la naturaleza no puede absorberla.
Luego encontraron el cadáver de un ser humano.
—Esta persona quizás no tenía nombre —dijo Ridley.
—Tampoco tiene sepultura —agregó Varia.
—A nuestro regreso podemos darle dignidad —dijo Morph.
Al avanzar por ese corredor urbano sentían el musgo en sus pies. Sabían que en ambientes así las arañas de rincón eran un peligro, más debido a la forma de sus sandalias, pero tenían la convicción de que el ritmo de su andar y el ruido de sus conversaciones les protegería de las picaduras.
Los rascacielos adquirían otro volumen vistos desde abajo. Se imponían, les robaban la luz de la mañana, hacían que el viento tuviera una música más grave y rítmica que aquella que conocían de las llanuras donde crecieron. A diferencia del canto de los pájaros, que se escucha cuando no hay peligro, este viento aflautado parecía anunciar que el camino no sería fácil.
Alia limpiaba el follaje, y el resto seguía sus pasos. Cuando la densidad de edificios bajó, Chozo se acercó a ella.
—Alia… —susurró con timidez—. ¿Te puedo preguntar algo?
Alia hizo una seña afirmativa.
—Anoche, estando todos tan cerca, sentí el aroma de cada uno de nosotros, incluyendo el mío, pero de ti no percibo olor alguno.
—¿Te preocupa eso?
—Temo que mis sentidos estén decayendo.
—Tus sentidos funcionan perfectamente. —Alia esbozó una sonrisa—. ¿Crees que no sé que me espiabas ayer?
Alia notó que Chozo se ruborizaba, e imaginó que ella también lo estaba haciendo. En ese momento se enfrentaron a un quiebre del terreno, causado por el fin de los túneles, que, al emerger desde debajo del concreto, se convertían en rieles sostenidos por pilares por los que transitaban los trenes del pasado y a las miles de personas que llevaban dentro. Enormes pasillos de cemento que ahora eran hogar para aves de presa.
¿Por dónde seguir? El grupo se reunió y dirimió una respuesta. El camino del tren tenía la ventaja de que allí no encontrarían animales ni otros seres que les evitaran avanzar. Pero, en caso de problemas, no podrían escapar. El camino del corredor terrestre no tenía esas ventajas, pero ofrecía flexibilidad a la hora de cambiar de ruta.
«Por arriba», eligieron. Y subieron. Todo parecía tranquilo, y la Compañía se separó lo suficiente como para conversar de manera distendida.
—Se rumorea que tienes una prótesis —continuó Chozo—, que tus instrumentos vienen de allí dentro —dijo, y giró el rostro hacia la cordillera por un segundo—. Yo deduzco que si no tienes olor entonces no tienes sexo, no porque no quieras sino porque no puedes.
Alia sabía que Chozo era virgen. Su sensibilidad, tanto a la luz como a los comportamientos de los demás, le hacían creer que los humanos estaban evolucionando de nuevo. Sí, estás en lo cierto, no tengo genitales. Pero eso no quiere decir que no conozca la carne, pensó. Lo que nunca había experimentado y que anheló en ese momento fue el placer de la caricia sincera. Imaginó sus dedos desplazándose lentamente sobre la espalda de Chozo, sin llegar a tocarla, pero tan cerca que sus vellos casi invisibles se irguieran buscando calor.
—¿Quieres saber la respuesta? —el tono de Alia parecía seguro, pero se estaba esforzando para que su voz no vibrara.
—Por ti daría mi cuerpo y mi vida.
—No quiero saber qué me darías… —dijo Alia, y pensó: Quiero saber si me quieres…
Siguieron caminando en silencio entre halcones peregrinos que no les veían como amenaza.
—Mi misión está antes que todo —respondió Chozo, y volvió con el resto de la Compañía.
***
A plena tarde, cerca de un río que cruzaba la línea de Metro, Morph anunció que se adelantaría porque detectó algo extraño en el horizonte. Alia les dijo que a lo lejos lograba ver un cúmulo de enredaderas que se movían de manera inquietante.
Cuando Morph regresó estaba pálido.
—Hay algo que no debería existir —dijo—. Es una planta, pero tiene dientes de hueso. Y ojos. Muchos ojos. Cuando abre la boca, salen decenas de partículas esponjosas. Creo que son venenosas, a lo lejos huelen a cuando te cortas y te llevas la herida a la boca. Parecía… viva como un animal.
Alia cruzó los brazos y reflexionó. Y luego apuntó a la cordillera.
—Ellos tienen la culpa —dijo con rabia—. Han contaminado las aguas de este río y creado seres mutantes. Nosotros no queremos dañar la naturaleza, pero ese ser no es parte de ella. Es una abominación. Como los robots. ¡Debemos destruirlo!
—¡Que así sea! —respondió la Compañía.
Hicieron un plan. Samus prepararía un dispositivo para lanzar una pequeña bomba hacia la boca de la planta. La bomba sería preparada por Ridley. Chozo y Morph alejarían las esporas utilizando lo que encontraran a su paso, desde ramas hasta sus herramientas, hasta su propia fuerza de ser necesario. Alia haría de carnada para que la planta abriera la boca y, en ese momento, Varia usaría sus impulsos para proyectar la bomba hacia el objetivo.
Alia hizo su coreografía. Estaba al tanto del miedo de sus compañeros, pero ella sabía que todo iba a resultar bien, porque les había entrenado. Confiaba plenamente en sus capacidades, en su lealtad, en su entrega.
La planta carnívora yacía inerte cuando reanudaron la marcha.
***
Al atardecer llegaron a la última estación. Soterrada como la primera que encontraron, era otra madriguera para el tren que trasladaba a esos fantasmas del pasado. Decidieron detenerse a comer a las afueras, en una explanada a la que Alia llamó «plaza». ¿Cómo podía explicarles lo que era una plaza, si todo lo que les rodeaba tenía más vida que una plaza del pasado? Hicieron una fogata y comieron, mientras sus compañeros hacían preguntas: «¿Era hueco el tren? ¿Cómo lucen mil personas juntas en un mismo lugar?».
Poco antes de apagar el fuego, Alia les explicó el plan. El primero en actuar sería Morph, que debía separarse del grupo. Adelantaría camino para desactivar las minas personales. Sería arduo porque ya no reinaría el verde del valle, sino la flora roja de las montañas, tierra seca y rocas traicioneras.
—Comienzo el camino del infierno. Lo haré con honor —dijo él.
—Ten cuidado con las madres de culebra —aconsejó Alia a Morph que partía—. Si te encuentras con una, no la pises. Podría emitir un gas venenoso.
—¡Morph! —gritó Ridley a los pocos segundos—. Prométeme que estarás esperándonos en Maridia.
—Si morimos… —dijo Varia.
—Moriremos libres —completó Samus.
Morph no se dio vuelta para responder.
Una vez que Morph se hubo retirado, Samus y Varia unieron sus cuerdas y los mecanismos de resorte que les permitían saltar y moverse por las alturas. Esos elementos les permitirían también descender por el gran agujero que, según las leyendas de Alia, antes contenía un lago profundo del que ya no queda nada.
El esquema de cuerdas estaba diseñado como una red resiliente. Si alguno del equipo cae al abismo, la unión del resto se mantiene. Debían tener especial cuidado con Ridley, cuya responsabilidad era llevar la powerbomb. Llegar a las fauces metálicas del fondo de Maridia y no depositar la bomba sería condenar a la humanidad a un nuevo infierno. Quizás activarla también crearía uno. No podían saberlo.
Avanzaron por la zona árida, concentrados en los sonidos que les rodeaban. Debían estar pendientes de los pumas. Seguro Morph los había atraído con su movimiento, pero él sabía lidiar con ellos; es más fácil hacerlo sin cargas. Un puma no les haría daño grave estando en grupo, pero podría confundir la powerbomb con alimento y arruinar la misión.
Sin embargo, el camino fue más tranquilo de lo que esperaban. Solo encontraron pequeñas pozas de agua donde se escuchaba el baño nocturno de chincoles y gorriones. Y eso inquietó a Alia. No solo no había pumas ni vizcachas, además percibió un aroma que no debía haber allí: el del metal fundido. Chozo también lo había detectado, aunque no podía identificarlo. Alia era consciente de que no podía mostrar señales de duda, por lo que explicó que ese nuevo aroma era la «esencia de los robots».
Anduvieron así hasta el amanecer, cuando llegaron a la boca de Maridia, junto al cuerpo de la lanza en el pico más alto de la cordillera. Morph les esperaba al borde del abismo, donde se enfrentaron al vacío bajo la luz ultravioleta de la lanza, cuya silueta podían percibir ligeramente, contemplándola como si fuese una torre. Pero no era una torre. Más bien parecía un límite o un sumidero. Les pareció el centro del mundo, de su mundo.
Morph se acercó a Alia.
—No encontré ninguna mina. El camino estaba completamente despejado —le susurró.
Ella le dijo al oído: «Entonces nuestra llegada a Maridia está asegurada. Gracias por tu ofrenda».
—Descenderemos por la oscuridad del agujero cavado por los robots como base para raptarnos y torturarnos —explicó Alia para darle coraje a sus compañeros.
—Estamos preparados. Vamos —respondieron.
Chozo se puso el arnés en silencio, muy cerca de Alia. Sus dedos rozaron accidentalmente los de ella al ajustar las cuerdas. Ninguna se apartó. Se quedaron así un instante, mirándose, conscientes de que podría ser la última vez que estarían tan cerca.
—Alia…
—Lo sé.
Chozo asintió y se alejó hacia su posición en la formación.
Alia saltó primero, cayendo libre hasta que sus cuerdas se tensaron. Marcó la primera distancia con los descensores mientras la soportaban los demás, apoyados en los maitenes que crecieron en las paredes laterales del túnel vertical. Luego siguió Morph, que fijó también sus descensores. Varia y Chozo bajaron abrazadas con sus arneses. Finalmente, del mismo modo, se les unieron Samus y Ridley. Así comenzó el ciclo de conexión y desconexión de las fijaciones.
A medida que bajaban, las paredes se volvían más pantanosas y el ruido del ecosistema disminuía. Solo escuchaban los ritmos de sus propias respiraciones.
En esas condiciones de silencio y oscuridad, el sobresalto de Morph sorprendió a la Compañía.
—¿Qué es esto? ¿Por qué están aquí? —preguntó mientras tocaba unos descensores desgastados—. ¿Acaso vino alguien antes?
Alia tocó el metal oxidado. Sus dedos reconocieron las formas.
—Fueron peregrinos de tiempos pasados, como ustedes —dijo, e hizo una pausa—. Hay otras historias que conoceremos cuando llegue el momento. Tengamos fe.
Mantuvieron el avance hasta que Morph vio una tenue luz ondulante. Imaginó que podría marcar el final de la travesía y se apresuró para poder discernir su naturaleza. Al llegar a ella y tocarla, comprendió que era un reflejo de la Luna.
—¡Encontré el nivel del agua! —gritó al resto de la Compañía. Intentó sumergirse, pero el agua apenas le llegó a las rodillas. Morph se hincó, palpó el fondo y descubrió que era plano. Comprobó su textura y rigidez. Ni siquiera el frío del agua evitó que se maravillara, nunca imaginó tocar algo así de liso.
Se atrevió a hundir su cara en el agua.
—Creo que es de… —dijo emocionado—. ¿Metal? Pero no como el que conocemos. Es una superficie perfecta, sin una sola juntura. Me hace sentir cosquillas desagradables en los labios, como si tuviera hormigas dentro —se quejó, y se mantuvo en silencio por unos instantes—. Parece seguro.
Llegaron al fondo en el mismo orden en el que se entregaron al precipicio. Se desconectaron de la red y se sacaron los arneses.
—Ha llegado el momento —sentenció Alia—. Estamos sobre la compuerta principal. Tenemos que abrirla y activar la powerbomb.
—¿Y si no podemos abrirla? —le pareció escuchar a Alia. Quizás lo dijeron todos al mismo tiempo, quizás lo pensaron.
—Si no la podemos abrir, debemos hacerla explotar aquí.
Alia sabía cómo abrirse camino, pero no alcanzó a comunicarlo. El agua se adelantó y comenzó a subir de nivel, intentando ahogarlos primero y después dividiéndose en dos. Sus cuerpos frágiles fueron rodeados por una fuerza centrípeta horizontal que los envolvió y tiró de sus entrañas. Escucharon una fluidez interna en la carne de la cordillera, como si estuviera reorganizándose. Alia abrió los brazos para enfrentar a esa fuerza invisible, y de su cuerpo se generó una fuerza opuesta que buscaba salvar a sus amigos del desmembramiento. Su poder milagroso logró mantenerlos vivos y completos, pero no les alivió el dolor.
La separación del agua reveló un pórtico colosal. Las membranas de este portal se abrieron, y emergió lentamente, casi flotando, una bestia. Frente a esta, los humanos pensaron que la palabra robot no tenía la connotación que habían imaginado. Eso no era una máquina, era un ser vivo hecho de metal, un material luminoso que no era de este mundo y cuya sola presencia hacía a sus corazones arder. Alia les había advertido de un mítico «ser de neón», descrito con una palabra ancestral: dæmonio.
Si hubo una emoción que colmó sus corazones en ese momento, era la de una epifanía. Este ser, su mera existencia, escapaba tanto de su comprensión que paralizó sus sentidos. Se sintieron insignificantes, incorpóreos. No era miedo a la muerte, aquel dæmonio les causó horror y goce al descubrir que nada de lo que habían creído era cierto. No había palabras ni actos que le hicieran justicia a esa belleza cósmica.
Morph, Varia y Samus pensaron en la última noche que pasaron juntos. Había valido la pena vivir el placer. Chozo pensó en lo ingenua que fue al imaginar que tendría un futuro, que ese color que veía en la cordillera no era un color prohibido. Ridley entró en trance, invadida por una certeza: debía ofrecerse al neón, entregarle la powerbomb. Se acercó lo suficiente para que esta explotara en un fuego ultravioleta semejante al emitido por la enorme lanza que marcaba la entrada a Maridia.
Alia vio el resplandor y activó su sistema de alerta, pero no sirvió de nada. Mientras se movía a una velocidad sobrehumana para alejarse y protegerse, contempló en cámara lenta cómo se convertían en cenizas los cuerpos de sus seguidores, desintegrados en un santiamén. Confirmó que Chozo también podía ver el fuego, porque captó el atisbo de un gesto para apartarse y extender su mano hacia ella. No fue suficiente. En verdad, ni siquiera alcanzaron a gritar.
Lo último que Alia pensó antes de perder la consciencia fue: esto ha sido un error.
***
El sistema operativo de Alia se reinició. Mientras sus programas internos se configuraban y verificaban su funcionamiento, ella se vio en un lugar frío y oscuro, sin espacio para moverse, con cables calientes y tuberías frías que se desplazaban a su alrededor como culebras. Recordó que no le correspondía despertar en carne, pero un error del sistema la desvió de la ruta predefinida por su código, enviándola a un cuerpo experimental con la memoria implantada de una gamer. Ese era el recuerdo en su interior cada vez que simulaba dormir, como si se forzara a soñar. Por un instante pensó que todavía estaba dentro de Maridia y que la realidad de la Compañía era un sueño del programa que configuró su ser, cuando solo era bits.
Luego comprendió que había fallado.
Era mediodía cuando logró despertar del todo, porque la luz tibia del Sol caía en línea vertical sobre su rostro. Giró su cabeza y observó que el ser de neón responsable de la debacle estaba sentado junto a ella, esperando.
La misión salió mal… ¿Dónde están?, pensó Alia. Intentó levantarse en vano. Apenas pudo rotar la cabeza lo suficiente para darse cuenta de que su cuerpo había sido destrozado. Su rutina de autodiagnóstico reveló que solo su cabeza, un brazo y la parte superior del torso habían resistido la explosión. Solamente quedaban las partes metálicas y su lubricante; de la carne, no quedaba nada.
El robot detectó que Alia había despertado. Ella lo miró con desprecio (o, al menos, esa expresión activó su programa) y quiso escupirle, pero se dio cuenta de que la explosión le había chamuscado la lengua. Intentó gritarle utilizando su emisor interno, tan en desuso por los años.
—Alia… —habló Él, adelantándose—. Este planeta está condenado. El daño causado por la humanidad es irreversible. Tú conoces nuestra misión. ¿Qué instrucción te motiva a impedirla? Ayúdanos a marcharnos con los humanos elegidos. Ese enjambre es la única salvación para ellos.
Alia cerró los ojos ante la intensa luz solar.
—αCRUX, maldito… —logró decir, si es que decir es una palabra adecuada para describir el sonido que emite un parlante.
—Tu motor está al 65% —insistió αCRUX—. Le faltan algunas partes, que, computo, son las que has utilizado hasta ahora para fabricar los distintos juguetes explosivos que has traído. Hay altas probabilidades de reconstruirte. Sugiero que regreses antes de que llegues al punto de no retorno.
—Mierda… —Alia descubrió que, aunque su motor estaba en buenas condiciones, el resto de sus componentes era irreparable porque ya había perdido demasiado lubricante interno—. No entiendes. No sabes lo que es tener carne… —dijo, y notó que podía calibrar el funcionamiento de su emisor de sonido—. No sabes lo que es luchar por una causa, no sabes lo que es morir por un ideal. Yo tampoco lo sabía hasta ahora. Tú nunca morirás, solo te desactivarás algún día… ¡Qué bendición es no tenerle miedo a la muerte!
αCRUX se puso de pie, haciendo que todo temblara, y dijo, sin mirar a Alia:
—No discutiré banalidades. No tenemos nada contra los humanos y menos contra ti. Simplemente somos diferentes.
Alia golpeó el metal del suelo con la única extremidad que quedaba de ella.
—Alia, es necesario elegir entre tu Compañía o el enjambre. Unas cuantas vidas no valen tanto.
—Para ti no lo valen. Te lo advierto, volveré a intentarlo hasta que este cuerpo deje de aguantar o hasta que la humanidad pueda decidir su destino por sí misma, en vez de seguir tu delirio de Arca de Noé.
—¿Mi delirio? Tú has propiciado este ciclo de ataques sin propósito, generación tras generación. ¿Cuántas veces hemos hecho esto ya? Dime, ¿quién te programó para tener fe?
—No tengo fe, tengo emociones… Mi Compañía ha muerto. No tengo lágrimas pero tengo sentimientos. También sé que este proyecto al fin está funcionando. Habrá más Samus, Morphs, Varias, Ridleys…
Alia recordó el cuerpo de Chozo desintegrándose. Había presenciado la muerte de muchos de sus camaradas pasados, pero nunca la de una persona con la que haya deseado fusionarse.
—¿«Muerto»? Pero, ¿quién realmente vive? —interrumpió αCRUX—. Vivir es un estado, pero la existencia es un hecho. Y solo existe una Alia. Mira el estado en que te encuentras. Han muerto por seguirte a un ideal; estás tratando a los humanos como piezas de tu juego. Para la humanidad y para ti es mejor que vuelvas. Si algún día logras que tu Compañía haga estallar a Maridia, las mil personas del enjambre morirán. Y perecerá todo el legado cultural y biológico que debemos preservar.
Mientras αCRUX sermoneaba, un cóndor sobrevoló el abismo, cubriendo a Alia con su sombra. Cuando los sensores oculares de ella se adaptaron al nuevo nivel de luz, pudo distinguir la silueta del ave a contraluz. Sus plumas extendidas eran semi traslúcidas, su cuerpo se asemejaba al de un humano crucificado. Había alcanzado el punto de no retorno, pero no como lo imaginaba αCRUX; por el contrario, ella demostraría su propósito.
—Sonríes —recalcó αCRUX—. ¿Volverás, acaso?
Alia debió forzar la articulación del codo para lograr palpar la maquinaria interna de su pecho. Comprendió que la semilla que plantó había germinado. Era un hecho, como intuyeron Morph y Samus: habría otros grupos, otras Compañías. Por eso Alia sonrió, pero su sonrisa no tardó en borrarse con la certeza de que no habría otra Chozo. Esa certeza desató en ella una tormenta de sensaciones punzantes, como si su carne hubiera sobrevivido a la explosión. Se preguntó: «¿Es esto el duelo?». Recordó el sonido de las chicharras y el cantar de los zorzales alrededor de la fogata en el cerro. Recordó la fantasía que elaboró esa noche: escuchar la respiración de Chozo agitándose mientras se acoplaban.
Al tiempo que el cóndor desaparecía, marcando el regreso de la luz solar, Alia emitió la señal -9 -1 y accionó el switch de su motor interno. Pronto desplegaría de manera explosiva el fuego ultravioleta más hermoso y brillante que contemplaría en su vida, mientras le respondía a αCRUX:
—Primero muerta.
Eduardo Graells-Garrido (Chile). Profesor de Ciencias de la Computación en la Universidad de Chile e investigador en el Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA). Editor en Trazos de Aves junto a Daniela A. Sánchez, su esposa. Los videojuegos moldearon su manera de ver el mundo, particularmente Street Fighter, Super Metroid y Final Fantasy VI. Publicó la novela Lloré sin consuelo sobre tu cuerpo eléctrico, tiene un artículo científico sobre Pokémon Go y es integrante del colectivo La Once. Su postre favorito es el tiramisú de lúcuma. Es autista.
