NO. 2 (DICIEMBRE 2025) / FICCIÓN / 7,073 PALABRAS
—Mi nombre es Limo y soy paciente de MnPH SARS 56.
—Hola, Limo —respondieron todos en coro.
—¿Cómo lo conociste y qué te enamoró de él?
—Lo conocí por Tinder —dije—. Me dio por pagar la opción de coquetear con personas en otros países y lo conocí.
Era absurdo. Sabían lo que yo estaba por decir, pero no se cansaban de escuchar la misma historia; me miraban con tanta atención e interés que daba un poco de miedo.
—Elio tuvo un efecto muy extraño en mí. Y yo creo que tiene que ver con algo de mis años en el colegio. A mí me hacían mucho bullying, y Elio parecía frágil, como si todavía estuviera pasando por eso, y sentí el instinto de protegerlo. Ahora que ha pasado algo de tiempo, siento que en realidad me estaba protegiendo a mí mismo, proyectándome en él.
—Así fue como terminaste parentándolo —dijo una mujer de unos cincuenta años que parecía la líder del grupo.
—Sí —continué—. Y sé que es raro, pero siempre termino asumiendo ese rol de protector, de padre, o de profesor. Pero el man tenía treinta y tres años cuando lo conocí. Igual que yo. Tenía esa actitud de… soy un bebé y necesito que me quieran. O sea, al principio no tanto. Al principio sí se comportaba como un hombre adulto.
—Me pasó parecido. —Esta vez intervino un hombre de unos cuarenta años—. Pero en mi caso, tal vez lo que me dio ternura fue que nunca había tenido pareja antes, y él tenía cuarenta años, igual que yo. Eso me ha hecho pensar que he escogido parejas que percibo como inferiores a mí, para que de alguna forma yo resalte. O para que en ese contexto yo parezca superior, o tenga más poder. ¡Ugh, es detestable ahora que lo expreso en palabras!
—O sea, sí había tenido algunas experiencias sexuales. Como ese tipo de Sri Lanka que era como un prostituto que se comió en el 2019 —dijo Rosa Rezos, la única que conocía del grupo.
Toda la sala pareció responder y susurrar: “Ah sí. Claro, ese tipo. Obvio”.
—Pero, es decir, la experiencia de que alguien esté enamorado de él nunca la tuvo. En todos sus treinta años, cincuenta, veinte años, dependiendo del receptor, nadie se enamoró de él. —Eso lo dije yo.
—Es que hasta el papá lo abandonó. Yo sé que eso no importa, pero daba como tristeza y ternura. Me daba ganas de darle todo el amor que nunca había recibido. Toda la atención que de alguna forma nosotros mismos no recibimos cuando éramos pequeños. Y al dar toda esa atención y amor, sentía que yo tenía valor —volvió a decir la mujer de cincuenta.
—¿Nos enamoramos de él por pesar? —añadió un chico de unos quince años que hasta ahora no había dicho nada.
Nos quedamos callados un rato, inspeccionándonos a nosotros mismos. ¿Sintiendo culpa?
—Increíble —la líder intervino, o la secretaria, o como se le llame—. No deja de asombrarme el nivel de profundidad que da el MnPH. Bueno, ahora cuéntanos, ¿cómo te sentiste cuando te enteraste de que no existía?
¿Cómo podía ser una mentira nuestro viaje por Serbia después de meses de videollamadas muy intensas? Videollamadas de 24 horas que incluían verlo dormir mientras yo trabajaba. ¿Cómo es mentira que me recibió en el aeropuerto Nikola Tesla en Belgrado porque llegó primero que yo? Hasta recuerdo que nos abrazamos en el Uber hacia el Airbnb, que ahí nos dimos nuestro primer beso. Hasta recuerdo que me había preparado pasta con salsa pesto de supermercado, y que él me pareció mucho más hermoso en la vida real que en videollamada. Qué carita más linda, su cabello ensortijado porque se había hecho la permanente coreana. Nos besamos por un largo rato, estábamos liberando toneladas de tensión sexual que habíamos construido y acumulado a base de sexting, nudes, te amos, wo ai nis, conversaciones intensas por horas sobre lo que realmente éramos. Como yo me quería bañar, me quiso ver desnudo. ¿Cómo pudo ser mentira que compré un anillo de tungsteno? Que cuando me vio erecto se arrodilló y no dudó en chupármela ahí mismo. Cuánto desespero.
Durante las primeras semanas del brote, el presentador de noticias intentaba mantener la compostura y dijo: “En medio de la creciente incertidumbre, el sector público ha ofrecido explicaciones que, según algunos expertos, resultan insuficientes frente a la complejidad de la situación. Se especula que el virus ha producido la capacidad de alterar sinapsis del tejido nervioso, en un patrón específico, lo que biólogos alrededor del planeta descartan como posible. Además, se ha destapado que el gobierno nacional ha reducido artificialmente el número de casos. ¿Cuál es la verdadera cifra de infectados?
»Las autoridades insisten en que la población debe mantener la calma, aunque muchos ciudadanos reconocen no tener claro cómo reaccionar frente a lo que están viviendo. Y surge una pregunta inquietante: ¿ha soñado usted recientemente con personas a las que no conoce ni reconoce? Las investigaciones continúan…
Comenzamos a llamarlo MnPH SARS 56, la versión corta de Mnemovirus de Parasoma Humano, pero para mí era Elio Wang en su camisita de dormir XL; Eli si estábamos de cariñosos; Señor Wang cuando aparentábamos heterosexualidad obligatoria en países islámicos; baby bunny, desnudo en mis brazos; amor mío, corazoncito mío, erecto en la mañana, entrepiernado conmigo, durmiendo patiabierto, roncando en mi corazón; hogar mío, niño mío, conejito de peluche.
Y si no existió, ¿cómo es que pasé tres años con él dizque de nómadas digitales? ¿Qué hice esos tres años? ¿En qué año estamos?
Miré mi pasaporte desconcertado. Recordaba haber viajado a tantos lugares, pero no había nada. Las páginas estaban vacías, excepto por un viaje que hice a Perú hace rato.
A mí me lo pegó alguien en un sauna gay. Estoy seguro. Un señor estaba estornudando, me dio rabia que no anduviera con tapabocas, porque en esa época apenas estaba comenzando; las partículas de su estornudo volaron en el aire y me cayeron en el labio. El malparido después se me acercó, y quise decirle que no, no quiero nada, señor; me persiguió, me arrinconó en una parte oscura, me tocó por donde quiso, esto se llama acoso, pero me paralicé, olvidé cómo pronunciar la ene y la o, “no”, y en poco tiempo ya había introducido su lengua en mi cavidad bucal. En las noticias ni siquiera habían salido los primeros casos. Me dio con fiebre, estuve en cama, me daba vergüenza porque vivía con mi mejor amiga y sabía que me delataba, que era humano, que me dolía todo. La gripe pasa en unos días. Ni siquiera es tan grave. Duele la garganta, los ojos se ponen rojos y lloran bastante. Hay mucha congestión en esa parte de atrás de la garganta que uno no puede ver pero se siente inflamada. Es una mierda. Da vergüenza que lo vean a uno así. Fue un milagro que no la contagiara. Al menos no fue un caso de estrés, un estallido telepático al que llegan los pacientes más graves, una minoría en todo caso. Mientras estamos encerrados pasando una gripe y recordando a quien nos amó, afuera hay gente que comienza a tener dolores de cabeza tan intensos que se agarran las sienes y empiezan a gritar, convulsionan, se tiran al piso, echan espuma por la boca, se quedan estancados en posiciones sin sentido vibrando a alta velocidad. Llegan al punto “Nova”. Son como estrellas moribundas que de repente explotan, lanzando en ondas de choque salidas de sus cráneos efluvios particulados de nostalgia, contagiando a todos en un radio de cincuenta metros a la redonda de parasoma, es un ataque de recuerdos involuntarios y terriblemente dolorosos. Transeúntes incautos, originalmente interesados en la persona que se sacude en el piso, son empujados por una fuerza invisible y recuerdan violentamente haber amado a un chino, haberle besado los labios tiernamente en un aeropuerto, haber tomado su mano pícaramente en un lugar prohibido, o un desayuno romántico con él en Albania. El caso Nova entra en estado alfa, todas sus ondas cerebrales se alinean, blanquea los ojos, y a las personas en un radio de unos cinco metros se les estallan las cabezas. Es un peligro, pero casi nunca pasa. Nostalgia de destrucción masiva en potencia. Alarmistas quieren meternos a la cárcel. ¿Es un virus? ¿O es algo más?
¿Recuerda repentinamente personas que no existen? ¡Tenga cuidado! Llame al 3157771935 o envíe un mensaje de texto con la palabra TUSA. ¿Aparecen frente a usted cuando se despierta antes de borrarse como fantasmas? Tal vez sí los conoces. Yo sí lo conocía. Su rostro, al principio vaporoso, como la masa gris de una greda virgen, adoptó lentamente rasgos que ahora me parecen inevitablemente la cara de Elio. Esa hermosa naricita con un par de cicatrices de acné adolescente. Este patrón de barba abundante de sus genes italianos, estos ojos flacos de chino de Yilin, y este corte militar de cabello negro estilo Wéi Rénmín Fúwù, 为人民服务, “Servir al pueblo”, slogan del partido comunista chino, 1944. Elio se desvanece cuando me despierto, pero alcanza a verme, a juzgarme un poco con un gesto minúsculo de los labios y las cejas que conozco demasiado bien. Saliendo del duermevela tengo la corazonada de que esa persona sí existió. Y me preocupa. Carajo. Me agarro el corazón, me estrujo el pechito y pienso. ¿Quién está jugando con mis recuerdos? ¿O eso sí pasó? ¿Elio existió? Elio, la palabra tiene un sabor extraño, mi lengua hace un viaje desde mi paladar hacia la parte frontal entre la L y la O. ¿De dónde vino ese nombre? ¿Tenía una voz espectacular? ¿Me cantaba clásicos del pop cantonés por audios de WhatsApp? ¿Impresionaba a todos en el karaoke? ¿Dónde está? ¿Le terminé? ¿Le terminé en Chile porque no me aguantaba su mal genio? ¿Le dije que lo nuestro no iba a funcionar? ¿Rompía cosas cuando se ponía bravo y me amenazó con que se iba a lanzar del octavo piso en un Airbnb que tuvimos en Mongolia si le terminaba? ¿Se daba golpes en la cara con tanta fuerza que tocaba agarrarle la mano? Qué específico. ¿Yo he ido a Mongolia?
El presentador de noticias: Vamos al lugar de la noticia con Enrique Barrera.
Enrique Barrera: Sí, Jaime, estamos acá en el área de microbiología de la Universidad Nacional, donde se corrobora el estudio mejor preparado hasta la fecha, el cual apunta a que el eje del contagio fueron los tres presuntos “Saunas de público masculino” más concurridos de la ciudad, que se encuentran en este momento clausurados y siendo investigados a profundidad. Todas las personas experimentando los síntomas han adquirido el virus a través de contacto salival, no necesariamente de los alimentos mal cocinados, ni siquiera de los estornudos, como se pensó al inicio, pero sí del “contacto bucal que implique intercambio de saliva”. Aunque los casos Nova, de explosiones telepáticas, parecen indicar otra cosa. La comunidad científica se encuentra dividida.
Eso casi calmaba al sector social más conservador, quienes estimaban que extrañar a alguien era definitivamente algo de maricas pecadores. Besos. Besos de la divina muerte. Lentos y húmedos, propagando tusa de hombres a mujeres y de mujeres a hombres. Lenguas exploradoras de cavidades bucales, tocadoras de dientes, textura perfecta, papilas gustativas con restos de comida de ayer, hombres desesperados por sentir amor se abrazan en la oscuridad.
Noticia de última hora: Virus totalmente nuevo ataca el sistema nervioso central.
Noticia de última hora: No hay cura conocida, Jaime, más que retrovirales para amainar los síntomas. ¿Y qué me dice de los casos Nova? ¿Qué tan peligrosos son y existe alguna forma de prevenirlos, o al menos predecir cuándo va a suceder una explosión telepática?
Muerte inevitable en dos a tres años. Efectos secundarios: problemas de salud mental, poco importa comparado con morir, si acaso importa que la gente esté entusada, y quiera tomar chapil y viche cada viernes e ir borracho a la cama, deseando sentir caricias, hacer ruiditos, arruncharse con una almohada XL y extrañar hacer chistes con y a personas que nunca habían existido ni existirían. Cómo te extraño, Elio. El contexto de estos chistes es extremadamente personal y tonto. Pensaría uno que las canciones que nos inventamos eran basura que nadie entendería. Panty pants, panty pants. Panty pants, panty pants. Esa era nuestra canción de los pantalones. Y el jingle navideño Baby bunnies, ho ho ho! Woo woof! Baby bunnies, ho ho ho! Meow meow! Esa era la canción de Elio. Pooping to the babies, pooping to the boobs. Esa era la canción de rock sobre cagar. Sí, cagar tenía una canción sobre cagarse en unos bebés y sobre unas tetas, re equis.
Decir “¿Usted también conoce a Elio?” se volvió una frase terrorífica.
Pero alguien se atreve a ir más lejos, y en medio de un bus atestado de gente resfriada y cansada suelta la bomba: “Baby bunnies ho ho ho!”
Y escuchar que la mitad del bus responde: “woof woof!”
Y explotan de risa.
La mayoría estamos solos. Y ahora nos sentimos más solos. Solos en la vida. ¿Solos en la muerte?
En una fila del Mercatus, la cadena de supermercados con productos asiáticos baratos: hombre acuerpado de que iba al gimnasio compra un litro de salsa soya. Él sabe quién es Elio. La señora de allá, buscando verduras para cocinar un sofrito chino, ella sabe quién es Elio. La joven que ni siquiera ha experimentado su vida sexual por allá, tiene el brote rojizo que da en el cuello de cuando llegan los recuerdos: casi todos de golpe, casi todos de la noche a la mañana. Mírala, ahora le gusta comprar arroz blanco, y baozi, y esos encurtidos en el tercer pasillo del supermercado. Nos miramos a los ojos, luego a los vegetales, todo lo necesario para preparar una receta que nos enseñó Elio con berenjenas, brócoli y habichuelas. Nos sonreímos. ¿Conoces a Elio? ¿Celebraste año nuevo chino con jiaozi de cerdo que hicimos juntos pero que al final no le gustaron?
—Sí. —Sonrisa estúpida de la señora de unos setenta años en la fila del supermercado—. Conocí a Elio profundamente. Tenía mi edad.
Ese recuerdo era mío, lo atesoré por años. También era mío. No, yo recordé lo mismo. Pues yo lo recordé primero.
Sonrío, cómplice, y se me ocurre decir lo más íntimo.
—Me parece tan extraño que usted y yo recordemos cómo era cuando estaba desnudo.
—Es el ser humano más…
—Pedorro que haya conocido.
Ambos sonreímos.
—Se echaba como cien pedos al día.
—Al menos no olían mal… Casi nunca.
La señora y yo ya somos amigos. Hermanos. Nos sonreímos, y con vehemencia aceptamos que somos pacientes terminales; nos queda poco tiempo de vida. Paramos esta pantomima de ser normales, a la mierda la máscara de gente contenida con sus sonrisitas falsas, y nos abrazamos porque sabemos lo que nos espera. No hay cura conocida, querida señora que conocí en una tienda. Puedo sentir la textura escamosa de su piel, los hematomas, la gangrena del periodo terminal bajo la ropa. Lloramos abrazados, ella empapa mi camiseta con sus lágrimas.
—No sé si te interese, pero hay un grupo de ayuda para personas con MnPH. El nombre oficial es Elio Anónimos, pero sigue la tradición de uno que se abrió en Australia llamado Ex-Elio Survivors. Nos reunimos todos los martes y jueves a las seis de la noche. Mira, escanea mi código QR y te envío la info por WhatsApp.
Y así es como terminé acá, subiendo la escalera al final del tercer piso en el hospital de Kennedy. En un círculo de sillas esperaba la mujer del supermercado, era Doña Rosa Rezos.
La estructura de las reuniones copia muchos elementos de Alcohólicos Anónimos. Admitimos que nuestra “tusa” nos controla, volver a pensar en Elio y en cómo nos arrunchábamos es una recaída, nos felicitamos con chips de cuánto llevamos desde que “terminamos con Elio”, y pasamos a concentrarnos en nuestras vidas, porque el MnPH SARS 56 no nos controla, la tusa por Elio no determina todo acerca de nuestras vidas (o eso nos decimos): tenemos que redescubrir quiénes somos, porque las personas no somos unidimensionales, también somos padres, hermanos, profesores, profesionales, y hay más cosas de las qué hablar (o eso queremos creer). Superamos el problema juntos, hacemos comunidad en los últimos meses de nuestras vidas mientras esperamos que Pfizer o Novartis saquen al mercado una vacuna o un tratamiento. Nos abrazamos en grupo: seguimos vivos. Y lo fascinante es que encontramos más detalles y más ángulos de la relación con Elio, y descubrimos quiénes somos en nuestro reflejo con él. Las conversaciones son profundas, tocamos nuestros propios traumas, nuestros miedos, las razones por las que nos comportamos como nos comportamos, y las razones por las que ya no pudimos tolerar al idiota de Elio con sus estupideces, pero esperamos un año entero para terminarle definitivamente, porque somos unos cobardes.
Esperar la muerte y sobrevivir al trauma tomaría tiempo, ¿qué más podíamos hacer? Bueno, además de divertirnos escuchando a viejos cristianos homofóbicos que de repente recordaban la relación más estable y bella de sus vidas con un hombre. Un hombre chino. Y todas esas memorias sexuales, más bien repetitivas, pero también el amor, el cariño, la confianza, la estabilidad, las peleas. La dimensión profunda de amar a alguien les volaba los sesos, y se golpeaban el pecho pidiéndole perdón a un dios tonto. Incluso vi a un par llorando, hombres casados, con tres hijos, machos, machotes, “esos maricas que ni se me acerquen, hijueputas”, derrotados por la intensidad de la tusa, con los ojos rojos de confesar sus sentimientos gritaban en las sesiones de terapia de choque unos meses después: “¡¿Pero saben qué?! Yo a Elio también lo amé, y se la chupé y todo y ya, hijueputas, el amor es algo mucho más profundo y bello que eso”. Abrazos. Círculos de hombres tomados de la mano, matrimonio gay aceptado en otros 45 países. “Aún somos hombres. Aún somos hombres”.
Sorpresa. Dos eventos históricos hicieron más manejable la ansiedad:
1. Las variantes.
Presentador de Noticias: Hoy en la sección, Casos de Casos, vea cómo algunos pacientes de Mnemovirus de Parasoma Humano han comenzado a tener variaciones en los recuerdos, lo que concuerda con las nuevas oleadas de virus. El corresponsal Enrique Barrera está en el centro de salud de Villa Nidia, al occidente de la ciudad, entrevistando a un grupo de contagiados que, al parecer, tienen las variantes, detectadas por primera vez en Japón y Moldavia, la MnPH – Omega y Delta. Adelante, Enrique.
Enrique Barrera: Así es, Jaime. Vamos a entrevistar a este grupo de infectados a ver qué diferencias han sentido en sus recuerdos virales. ¿Cómo es su nombre y qué diferencias hay en su variación?
Angélica Gallardo: Soy Angélica Gallardo. Bueno, ¿qué les cuento? El cabello de nuestro ex no tenía la permanente coreana en Belgrado, como han dicho todos, sino que se había teñido de azul. Eso de los rulitos yo nunca lo vi. Y al principio pensé que ese era el único cambio, pero resultó que la mayoría de gente infectada con el virus de Elio no le dio el anillo de compromiso en las cataratas de Kravica, como lo recuerdo yo, sino en el parque nacional Sutjeska, en Bosnia.
Félix Constantino: Todos los contagiados que dizque se separaron definitivamente en el aeropuerto de Ulán Bator en Mongolia con un beso en la mejilla todo tímido… Pero yo sí recuerdo ese besote que nos dimos con lengua y todo, hermano, y es que yo no soy gay, yo le he dicho a toda mi familia que yo no soy gay, ¿pero Elio? En frente de todo el aeropuerto, que nos miren esos hijueputas, que yo a ese chino de la China lo amaba. Como un verraco, ¿oyó? No me da pena.
Presentador: En otras noticias, hubo otro caso Nova en Kuala Lumpur. Setenta y seis personas murieron en la onda expansiva. Las autoridades…
Entré en contacto con las variantes Alpha y Épsilon 12. En mi memoria original, esperamos seis o siete meses antes de que Elio finalmente renunciara a su trabajo en Shanghái para podernos casar en Colombia, pero para la variante Alpha, su trabajo había sido en Beijing y en Épsilon la espera fue de solo tres meses. Cambios significativos. Entonces Elio viajó a Colombia, donde nos quedamos en un apartamento en la Candelaria, en Bogotá. ¿O fue en Medellín? Y eventualmente nos casamos, con mucha dificultad, ya sea en la notaría 33, en la 16 o en la 57. En ninguno de los casos hubo fiesta, porque Elio era tan introvertido que conocer gente nueva le daba pesadillas. En todos, los problemas burocráticos le impidieron conseguir la visa de residencia como cónyuge, y tuvimos que irnos del país. Aunque hay consenso en que fue en Ecuador el primer lugar que visitamos juntos, para algunos pasamos seis meses en Puerto López, para otros fue en Manta, y aun otros indicaron que fue en Cuenca. La primera camada de enfermos terminales, provenientes de Ghana y Arabia Saudita, determinó que fue en el autobús que tomamos desde Guayaquil que nos robaron los laptops, los pasaportes y las tarjetas de crédito, y que volvimos a Guayaquil enfurecidos, frustrados, y fue uno de los peores días de mi vida (nuestra vida, la vida de miles de personas alrededor del mundo). La segunda generación, la cepa “blue lagoon” del siguiente mes, encontrada por primera vez en Los Ángeles, implicaba que habíamos hecho un escándalo en la carretera hacia Jipijapa, y que Elio había llorado de rabia. La cepa “Génesis” contenía toda una escena de sexo triste en la habitación de hotel de Guayaquil después del robo, con lágrimas y todo, en la que Elio y yo follábamos a modo de reparación por lo que nos acababa de pasar: sexo desesperado, penetración dolorosa, sangre. El virus estaba mutando rápidamente, produciendo cambios en el contenido mnemónico, y para cuando los primeros pacientes estaban muriendo, y en las reuniones ya hacíamos minutos de silencio por los que nos dejaban, los recuerdos eran casi irreconocibles en ciertas secciones. Los nombres de sus amigos se modificaban, las ciudades que visitamos cambiaban caóticamente, con peleas, celos y almuerzos completamente distintos, todo al tiempo que la cantidad de enfermos aumentaba dramáticamente, convirtiéndose en una pandemia de duelo internacional por un hombre que, al parecer, nunca había existido.
Doña Rosa Rezos me invitó, después de la reunión, a un stand up comedy que acababan de lanzar en un teatro local. Me llevó en su carro (era rica, al parecer), puso uno de los álbumes de Miriam Yeung (la cantante favorita de Elio que escuchaba una y otra vez de forma desesperante), y me preguntó si había notado todo el hype que estaba comenzando a tomarse el mundo.
—Mira, Limo. El nombre de ese restaurante.
Miré por la ventana mientras pasábamos por el Parkway. El restaurante se llamaba: “A donde Elio me llevó una vez”.
—Wow. ¿Y qué comida sirven?
—Comida china auténtica. Baozi, té de boba, esas cosas.
—Es muy loco cómo están comenzando a comercializarlo.
—No has visto nada.
Cuando llegamos al teatro, noté que la obra se llamaba: “Cuando Elio te dijo: no eres tú, soy yo, ¿también hizo ese gesto con la mano?”
—Mierda. Es una referencia muy específica. Eso lo dijo en Baku en nuestro aniversario.
—Son unos genios del marketing.
—O sea, el stand up comedy, ya vi que va a salir la serie de Netflix, luego las figuritas de acción estilo Labubu, el musical de Broadway, la versión chistosa de Bollywood, luego la versión pop que la mismísima Miriam Yeung hizo de Panty Pants honrando a un amante no conocido, cantada junto a nada menos que Taylor Swift. Soy fan pero tampoooooco.
En el lobby del teatro compartían el espacio una decena de vendedores: acababan de salir los pañuelitos marca “Elio te extraña”, estaban vendiendo saquitos de capucha con el estampado de #superandoaElio #mequedoconlobueno #TUSACHINAATTACK #TEAM-ELIO #YO(corazón roto)Elio. Al lado se apilaban las velitas con olor a olmo, el olor favorito de nuestro ex, y mugs con los famosos retratos hablados hechos en los primeros meses de la pandemia de un fantasma en la consciencia colectiva del que no existía foto alguna. Mientras mirábamos la mercancía, hecha para una población efímera, Rosa Rezos me presentó a un amigo suyo, el doctor Rami, que dijo ser un Especialista en síndrome mnemónico eliaco.
—Está intentando compilar todas las historias biográficas como tesis postdoctoral.
—En realidad es un Excel en el que comparo cómo cada variante produce diferentes historias de lo que recordamos siguiendo un coeficiente logarítmico de progresión viral, que muestra y ayuda a predecir cómo va a cambiar la historia de Elio en los siguientes cincuenta años.
Le di la mano, sonreí, me sentí estúpido.
—Mucha suerte con eso, Doctor Rami. Le diría que le ayudaría con mi caso pero es la primera variación. La más común.
Después del tercer llamado fuimos a la sala general del teatro. La obra fue chistosa pero solo para los que teníamos el virus. Algo como humor sobre cáncer para pacientes de cáncer. El actor era Carlitos Otún, que había salido en Sábados Felices, y había vuelto al teatro, pero se estaba haciendo aún más famoso con un disco de reggaetón llamado: Perrear en chino. Estaba en medio del clímax de la obra, mofándose de las rabietas que Elio tuvo en Egipto, luego en Jordania y luego en Uzbekistán. “Ay, si no me llevas al crucero, me voy a China. Ay, no soy capaz de comprar nada en el supermercado porque no hablo ruso. Se me caen las manitas si uso Google Translate, ¡pedazo de perra inútil!”
Risas: ¡JUAJUAJUAJUA!
Pero al siguiente chiste alguien gritó. Gritó tan duro que nadie se rio. El mismísimo Carlitos Otún salió de personaje e improvisó:
“¿Todo bien por allá con la señora?”
Y la respuesta fue el segundo evento histórico que nos ayudó a sobrellevar esta ansiedad y esta certeza de una muerte prematura.
2. Elio existe. Está en las noticias. Elio es una persona real. Googleen Elio. ¡Detengan este show de pacotilla y pongan el noticiero!
En la imagen, unas chinas de la China persiguen con sus celulares a un hombre de mediana edad en una calle nevada, gritando en mandarín: Shì nǐ ma, Wang Elio? Nǐ péi wǒ zǒuguòle sān nián?
Se interrumpió el show; todos, incluido Carlitos, se pegaron a la pantalla del celular, sin poder creer los reportajes. Prendieron las luces, unos lloraron, otros se abrazaron. La cara de Elio era comparada en la BBC con el centenar de retratos hablados hechos durante la primera ola. Los datos que proporcionó el gobierno chino y sus canales de noticias incluían información más o menos similar a lo que sabíamos de él. Sí, su música favorita era el Canton Pop; sí, tenía problemas estomacales; sí, era de Yilin, Y las historias de cómo creció, en dónde creció, qué estudió, todo correspondía con lo que recordábamos que nos había contado, con pequeñas variaciones. Incluso se confirmó que había ganado un concurso de canto en el colegio, de lo que nos habló varias veces. Tenía una pésima relación con su madre, eso también era cierto. Era él. No hay duda alguna. Los medios de comunicación y las redes sociales estallaron en un furor extraño. Viejos y viejas y chicos, señoras de ancianato, negros gangsta de Newark, New Jersey, campesinos en San Cayetano, Cundinamarca, abuelos y tíos del Cairo y de Jakarta, enfermos terminales en los hospitales de Adis Ababa, mecánicos de carros, policías y líderes de estado, unos trece millones de personas, y representado a otro medio millón que ya habían muerto, nos agarramos el corazón torpemente, contuvimos el aliento, se nos escapó una lagrimita. Ahí están esos tres años que perdimos de nómadas digitales, en una relación tóxica que queríamos que fuera real, viviendo en Airbnbs baratos en países baratos, tres años de estampar pasaportes, tomar aviones, tener problemas en los Airbnbs porque las duchas no funcionaban, monumentos espectaculares, caminatas con Elio por las montañas de Armenia y Turquía, encontronazos, gritos, intentos fallidos de cortar la relación cada tanto. Todos quieren llamarlo, textearle, intentarlo de nuevo.
Y Elio Wang, el verdadero, quien había intentado desaparecer cuando la gente comenzó a hablar de él, se volvió una celebridad de la noche a la mañana. Vivía en casa de su madre en Changchun, provincia de Yilin, noreste de China. Frente a su apartamento se acumulaban fans que crecían cada día, acampando y con carteleras buscando su atención. Su madre estaba enojadísima. Elio no sabía qué hacer. Él tampoco recordaba haber tenido una relación con alguien con tantos detalles específicos como los que la gente mencionaba, pero las demás descripciones efectivamente encajaban con él, con su vida y con el tipo de persona que era. Pronto las noticias encubrieron el paradero del pobre Elio, que corría de paparazzis, no podía salir de la casa en paz, y tuvo que cambiar su celular por una línea encriptada que le ofreció el gobierno chino por la cantidad de llamadas que recibió de gente que quería volver con él, que querían aclararle por qué le habían terminado, que querían volver a abrazarlo, besarlo, acostarse con él. El nivel de desespero fue tal que hizo un video llorando para publicarlo en Bilibili, el homólogo chino de YouTube. Pedía que lo dejaran en paz, “por favor, déjenme vivir mi vida tranquilamente. Yo no sé quiénes son ustedes, y la verdad es que no me importa. Yo no tengo una responsabilidad con ustedes, así que, por favor, déjenme en paz”. Casi fue efectivo, muchos se compadecieron y dejaron de seguirlo. Pobrecito. No faltaba el borracho que a la una de la mañana quería volverle a escribir, y pedirle que volvieran. Pero hubo un giro que nadie pudo pronosticar. Un giro que lo cambiaría todo.
Una mañana de febrero, seis meses después de iniciada la pandemia, Elio Wang se sobresaltó al leer un correo de su cantante favorita, tanto que derramó parte del café que le ayudaba a despertarse. La superestrella del cantón pop Miriam Yeung, cantante y productora de 35 álbumes como solista, millones de discos vendidos entre China, Taiwán, Hong Kong, Singapur y Malasia, recordada por éxitos como 可惜我是水瓶座 y 少女的祈禱, y además actriz de reparto en 42 películas con estudios en Hong Kong, quería conocer a Elio.
“Querido Elio. Yo también soy una paciente terminal de MnPH, variante Blue Lagoon. Sé todo sobre ti, recuerdo haber tenido una vida junto a ti, y sé que eres mi fan. Sé que me has ido a ver en concierto unas seis veces. (Es bastante loco recordarme a mí misma en tercera persona). Pero más interesante aún para ti, y para mí: sé que tienes una voz hermosa y que impresionabas a tus amigos de Shanghai en el karaoke. Quiero proponerte un negocio que podría interesarte. Primero, conocernos personalmente, y segundo colaborar. ¿Qué te parece? Podríamos sacar un álbum juntos. Sé que tener gente siguiéndote por todo lado es molesto, dímelo a mí. Pero hay algo positivo de todo esto, podrías capitalizarlo, aprovecharlo, en poco tiempo serás rico y podrás irte a vivir a una isla privada. Mi esposo, que también está contagiado, y recordamos esto como un trío contigo, quiere ser el productor, que como sabes ha llevado mis relaciones públicas desde hace una década”.
Con lentes oscuros y un tapabocas para pasar desapercibido, Elio viajó al estudio de Miriam en Shanghái. Lo hicieron sentir parte de la familia. Incluso, dicen los reportes más amarillistas, la pareja realmente logró tener algún tipo de intimidad en su mansión de Pudong. ¿Tríos sentimentales en la ducha? Quién sabe. ¿Motivo de celos internacionales y masivos? Un poco. En apenas seis meses se lanzaba el single: I found my love in Bogotá. Con un video musical filmado por Zhang Yimou en las calles de La Candelaria, en un apartamento específico donde yo recordaba haber pasado dos meses, mostrándole la ciudad a Elio. Qué nostalgia tan perra. Enseguida se lanzó el álbum entero “You Were My World”, con clásicos instantáneos como: Sunset in Batumi, 亲爱的,原谅我的脾气。我知道我可以改变。(en español: Perdona mi comportamiento, baby, yo sé que puedo cambiar, en su versión en español, feat. Shakira), y el éxito rotundo: Fuck Airports. Pues sí que se le daba bien cantar. Estrellato.
Poco después sacó un perfume llamado: Recuerdo. Una línea de camisetas y figuras de acción oficiales.
Las reuniones de Elio Anónimos se volvieron muy extrañas.
—Oiga, recapacitemos. Ese man nos trataba mal. ¿Por qué quieren volverle a ver la jeta, si quedamos fue traumatizados? —dijo el hombre de cuarenta—. ¿No se acuerdan de cómo dejó de trabajar porque simplemente no le daba la gana, y esperaba que nosotros hiciéramos todo el dinero mientras él se ponía a ver reality shows? A mí no me vengan acá a romantizar un periodo de la vida que fue horroroso como si fuera pues la chimba.
Muchos se quedaron callados, regañados.
—Pero canta bien —aventuró Doña Rosa Rezos—. No está nada mal.
—Yo le pedí el álbum a mi papá —dijo el chico de quince años—. Viene con un póster de pliego.
—Rosa, vos es que no entiendes que acá lo que estamos haciendo es superar a ese imbécil, que en este grupo no podemos hacer una apología a esa relación tóxica.
Rosa miraba al piso, triste. Culpable.
—¿Qué pasó, Rosa? Tampoco es para tanto.
—Es que compré el tiquete para ir a verlo en su tour en Medellín —dijo Rosa.
Pero Doña Rosa Rezos entró a urgencias la semana del concierto. La entubaron, tuvo un paro respiratorio del que salió a medias. Me llamó la familia, me pidieron que fuera al hospital. La habían pasado a cuidados semi intensivos y podía recibir visitas. La señora se había convertido en mi mejor amiga en el grupo de apoyo, juntos sabíamos que, aunque Elio era un virus en la cabeza de la gente, también había elementos de esa enfermedad que eran auténticamente disfrutables. En la sala de espera me recibió su única familia: unos sobrinos. Estaban cabizbajos, parecían maniatados, esperaban algo de alguien.
—Llega tarde —me dijeron.
Me sentí tonto. Debí haber corrido, debí haber tomado un Uber.
—La cucha nos pidió que le diéramos esto. —Me dieron un tiquete VIP para la gira mundial: Travelling the world with you. Y el álbum original, “You Were my World”—. Su último deseo era que se lo firmara el tal Elio. Si le saca un autógrafo el día del concierto, sería genial. Pero pues, la cucha ya murió, entonces haga lo que quiera.
***
Nadie escuchó a esa voz de la razón. Diría en voz alta que a mí me parecía más bien de mal gusto la música de Elio y Miriam Yeung, nunca me gustó su estilo, era cursi, poco complejo musicalmente, tonto en las letras, incluso (las traduje con Google Translate). Pero ahí estaba yo, tarde para el concierto, corriendo acalorado por las calles de Medellín buscando un Uber autónomo que me llevara al estadio municipal Atanasio Girardot. Que me encontraba en el lugar adecuado en el tiempo adecuado lo indicó la multitud de enfermos terminales cargando sus portasueros, enredados en catéteres y máquinas de oxígeno, calvos, los que se habían sometido a radioterapia, paliduchos, frágiles como galletas. Tosí en mi tapabocas para hacerme notar, para reafirmar la identidad a la que pertenecía, significando: yo también le terminé a ese chino marica. ¿Cómo diablos consigo la firma de ese infeliz?
La banda que teloneó fue ChoquibTown. ¡Cuánta fragilidad en ese público enfermo! ¡Pero aplaudan! ¡Que se note esa energía! Solo suspiritos, voces afónicas intentando gritar, pero mal, intentando bailar, pero con cuidado de no romperse algo, ¡cuánta energía contenida! Yo estaba igual, no me estoy quejando. Cuando ChoquibTown cerró, la anticipación subió por los aires. Se apagaron las luces, hubo un show alternativo con un enorme muñeco inflable de Elio de caricatura y conejitos flotantes, porque todos identificábamos a Elio cariñosamente como un conejito. Hubo silencio, luego en las pantallas pusieron una cuenta regresiva. Adolescentes y viejitas de tierra caliente, se notaba que habían viajado de caseríos en algún recodo del río Magdalena para ver, en sus pantaloncitos de terlenka, a su ídolo mundial. Las luces se encendieron dramáticamente y apareció Miriam con la primera estrofa de Fuck Airports, y en la segunda estrofa entró Elio con fuegos artificiales. La gente estalló (tanto como pudo) (estallaron en tosidos), gritaron de emoción (casi se quedan sin aire) (alguno se desmayó). Sí, desde la zona VIP, con el tiquete de Rosa que había costado dos millones de pesos, podía detallar la cara y el cuerpo del chico que amé, con el que me casé, del que me divorcié. No me sabía las canciones, así que no canté nada, pero sí me quedé embobado viendo los detalles tridimensionales de una cara que nunca había visto en vivo, pero que recordaba con precisión milimétrica. La tuve en mis manos, le acaricié la nariz, le metí los dedos en las fosas nasales, le arranqué el pelo de una ceja que siempre crecía demasiado, recordé la lengua, cómo nos besábamos, nos inflábamos los cachetes con una boca metida en otra boca, nos lamíamos, reconocía su cara de bravo, de sufrimiento implícito durante las peleas, reconocí su cuerpo flaco. Había estado haciendo ejercicio y ahora tenía algo de musculatura, se echó agua en la camisa blanca, visibilizando sus pezones cafés; era parte del show, darnos un poquito de lo que habíamos perdido, así fuera de lejos. Luego dijo una sola línea en español: “Buenas noches, Medellín. Qué bonito volver a verlos, así me hayan terminado por videollamada”. (El público enloquece y se carcajea.) El resto lo dijo en inglés. Solo presentó a los miembros de la banda, y a su amada Miriam Yeung, e iba a tocar No vuelvo a trabajar, que iniciaba con una secuencia de sintetizadores ochenteros. En ese momento sucedió algo. La música se interrumpió, Miriam apuntó a algo en el público y Elio dio la vuelta aterrado, hizo una cara de que algo muy grave estaba pasando. Hubo silencio, silencio absoluto, y solo unos momentos después hubo gritos entre el público. “¡Va a ser Nova! ¡Hay un Nova!” Alguien tomó el control y dijo por los altavoces con acento paisa:
—Mantengan la calma, por favor, damas y caballeros. Tenemos un problema técnico en el estadio y les pedimos encarecidamente que evacúen de forma ordenada. Las salidas se encuentran en los extremos occidentales. Si se apuran podría haber heridos, así que por favor mantengan la calma.
Alguien que no podía ver desde mi posición estaba convulsionando violentamente, torciendo los ojos, dándose vueltas, meándose en los pantalones, echando espuma por la boca. Una oleada de puestas de sol, almuerzos en Jordania y verlo dormir nos recorrieron a todos. Ondas expansivas destellaron, cubriendo el área entera del estadio. Poco después vimos fuentes de sangre volando por los aires. El paciente Nova seguía caminando, agarrándose la cabeza, y a cualquiera que se le acercara le explotaba la cabeza. Lo que no nos esperábamos era la reacción en cadena. Un Nova activaba a otro Nova y así. Una persona aquí y otra allá comenzaron a moverse sin control en una secuencia, disparando oleadas de memoria que todos sentimos en nuestros corazones. Terrorismo mnemónico secuenciado, dispositivos tácticos de depresión y nostalgia. Tristeza de destrucción masiva. Los músicos salieron corriendo. La gente gritó, se empujaron, se tropezaron, caían unos sobre otros. Yo también corrí, busqué por los corredores del estadio una salida que no estuviera a reventar, mi instinto fue alejarme del público, y encontré un espacio vacío que llevaba tal vez a bodegas o a corredores inutilizados. Esquivé gente, esquivé mucha gente. Tras de mí sonaban los estallidos de cabezas, y sentí nuevas oleadas de recuerdos con Elio: días en una playa de Ecuador, un día estresante en Kurdistán, una carrera que pegamos por un aeropuerto para alcanzar algún vuelo, una intoxicación por alimentos en Uzbekistán con diarrea y fiebre.
No sé cómo, pero terminé metiéndome por un corredor, y justo en ese momento vi un ascensor en el que estaba Elio, el mismísimo Elio Wang. Corrí hacia él, evadí el grupo de seguridad que lo rodeaba y me metí al ascensor, pulsando rápido el botón de cerrar las puertas. Sus guardaespaldas no reaccionaron lo suficientemente rápido y cuando sacaban sus armas las puertas ya estaban cerradas. El ascensor subía hacia las gradas más altas, supongo que hacia alguna habitación o bodega destinada a los artistas, y a medio camino toqué el botón para detener el ascensor. Nos detuvimos en un punto intermedio, y nos quedamos en un silencio incómodo, excepto por mi respiración acelerada.
Le hablé en inglés:
—Perdón, no sé por qué hice eso —dije.
Elio me miró asustado, y levantó las manos rindiéndose.
—No te voy a hacer nada —volví a hablar—. No necesito besarte, ni necesito que volvamos, no te preocupes. No te voy a decir nada de eso. Debes estar harto.
Hubo más de ese silencio incómodo con mi respiración afanada. No había nada qué decir. Él sabía que yo sabía todo sobre él. Ya lo había escuchado todo.
—Hay gente muriendo ahí afuera. No sé si esto lo habían planeado, o algo así, pero si esto es un secuestro…
—Nada de eso. No es un secuestro. Solo quiero que me firmes el disco. Eso es todo.
—Voy a oprimir el primer piso y vamos a volver con mis productores y con Miriam, ¿vale?
—No. —No sé por qué me puse así. Luego le corté el camino para que no oprimiera los botones del ascensor. Seguro que afuera hacían todo lo posible por poner el ascensor en movimiento otra vez—. Solo dame tu autógrafo. Solo necesito que firmes el disco.
Se relajó. Me dio lo que yo quería, firmó el autógrafo con su letra chiquita que yo conocía tan bien.
—Para Rosa Rezos… No, no, no, ugh, maldita sea. Que sea para mí. Me llamo Limo. Ele i eme o.
—Vale —dijo mientras escribía con una mano temblorosa—. Para L-I-M-O.
Migajas de oro. Me sentí amado por primera vez. Me calmé, suspiré, se me escapó una lagrimita. Luego presioné el botón para bajar, y él sonrió.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Los Nova de hace un rato me infectaron.
Detallé sus ojos, ¿estaba llorando?
—¿Te dio Mnemovirus?
—Sí, estoy recordándome a mí mismo. Desde tus ojos. Ahora sé qué se siente. Yo también me habría terminado, honestamente —dijo con una sonrisa de derrota.
Luis Carlos Barragán (Colombia) es un escritor e ilustrador concentrado en ciencia ficción, y profesor de arte e historia islámica. Ha publicado tres novelas de ciencia ficción: Vagabunda Bogotá, ganadora del Premio de Novela de la Cámara de Comercio de Medellín y finalista del Premio Rómulo Gallegos; El Gusano; y Tierra Contrafuturo. Su colección de cuentos Parásitos Perfectos recibió la Beca Editorial Idartes. Ha ganado el Premio George Scanlon, el Premio de Historia Alternativa de Ucronías Perú, el Premio de Cuento Carbono Alterado y el premio Sheridan le Fanu en Madrid en 2024.
