NO. 2 (DICIEMBRE 2025) / FICCIÓN / 13,543 PALABRAS
Que lo sepa el que deba saberlo y el que ya lo sabía que lo recuerde, esta historia nunca fue pero debió de haber sido. Y de lo aquí acontecido déjenme que les cuente, que en el año uno triple seis, año de Nuestro Señor, el demonio impunemente paseaba por el Mercado de la Plaza Mayor.
Se trataba nada más y nada menos que de Don Juan de Ortega Cano Montañez y Patiño, el antes fiscal y ahora flamante Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de la Nueva España. El hombre vestido de rojo sobresalía a la cabeza de toda su comitiva, acompañado a ambos lados por dos individuos de negras túnicas y que cubrían sus rostros con capirotes que los hacían ver lúgubres e intimidantes; unos pasos más atrás iba el alguacil y, tras de él, los comisarios con sus guardias enfundados en sus armaduras de Coselete y sus celadas sobre la cabeza.
Comerciantes y vendedores del mercado hacían como que no ponían atención a aquella figura y su vistosa comitiva, ya fueran los marchantes desde los puestos de indios, en el mercado de abastecimientos ubicado al oriente de la Plaza Mayor, los ofertantes de comercios del mercado de manufacturas artesanales —nuevas y usadas— ubicado justo al centro de la Plaza Mayor y llamado “Baratillo” de manera popular, así como quienes se encontraban atendiendo dentro de los múltiples cajones de madera del mercado de productos ultramarinos, colocado al poniente de la Plaza Mayor.
Una vez que el Inquisidor General hubo pasado y el último guardia de su comitiva entró a la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos de la Ciudad de México, los murmullos, chismes y cotilleos no se hicieron esperar:
Que si estaba ahí en una investigación oficial del Santo Oficio, que si había entrado al sagrado recinto en construcción, para cargarse con algunos litros de agua bendita por estar a punto de salir a alguna encomienda en contra de los enemigos de la iglesia católica; o que si tan solo realizaba una visita al Arzobispo Fray Marcos Ramírez de Prado y Ovando.
Era bien sabido que el Mercado de la Plaza Mayor aglomeraba no solo a compradores y consumidores de diversos estratos sociales, sino a multitudes que disfrutaban de pasearse y reunirse a discutir acerca de cualquier suceso del momento. Y justo aprovechando el mar de gentes y la mezcla natural de castas que se daba ahí, ese era el lugar perfecto para que se reuniera, cada siete semanas, el grupo autonombrado como Los Hebdomadarios.
El peculiar grupo estaba integrado por miembros de las diferentes castas novohispanas y provenían de los varios reinos, provincias y capitanías del extenso y vasto territorio, a saber:
Ken Lu Ness, un samurái japonés que hacía las veces de guardaespaldas de algunos comerciantes que llevaban sus mercancías de la Nao de China, desde las Islas Filipinas al puerto de Acapulco y después hasta la Ciudad de México, para desde ahí surtir los reinos de toda la Nueva España e incluso a la propia península ibérica.
Marte Moreno, un negro cimarrón proveniente de San Lorenzo de los Negros, cerca de la Villarrica de la Vera Cruz y que se ganaba la vida como arriero, llevando animales de un lado a otro.
Pedro “Miércoles” Oñate, “el charro de la barranca”, un ranchero mestizo proveniente del Occidente de la Nueva España, más precisamente de Guadalajara, en el Reino de Nueva Galicia.
Desde la Capitanía General de Yucatán, Gonzalo Toribio Couoh Estrada y De Regil Lavalle, alias “Tarántula Jueves” o “Capitán Tarántula”, un filibustero tentenelaire experimentado en la piratería del puerto de Can Pech y el Caribe.
Mariano Viernes, un misterioso indio tlaxcalteca que solía llevar el rostro cubierto con una máscara dorada y que afirmaba ser nada más y nada menos que el cuarto rey mago, además del verdadero príncipe heredero de Tizatlán.
Salomón Salazar Cantú y García Carvajal Treviño, un mercader criptojudío del Reino de Nuevo León, conocido como Rabí Shlomo Ben Maimón Zaquén entre los círculos cabalísticos y logias secretas entre los que suele moverse y como Salomón Sábado entre los hebdomadarios, en los cuales podríamos decir que hace las funciones de líder.
Y por último, Fray Domingo de la Contemplación y el Rosario, un monje Jerónimo criollo originario de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato, llamado como Fray Domingo de la Santa Fe entre el grupo de los siete.
—Pue’ entonce’ ya que estamo’ todo’ aquí, que digan ¿a quién le corre’ponde ejponer su caso? —dijo Marte Moreno, rompiendo el silencio con su manera tan peculiar de hablar.
—Pos, si mi memoria no me falla, según yo le tocaba el turno a Salomón, porque la última vez vimos un asunto de Viernes —expuso Don Pedro Jorge Oñate Robledo De la Barranca, acomodándose el sombrero, al tiempo que el indio Mariano afirmaba en silencio, secundando lo dicho por el conocido como Miércoles.
Todas las miradas fueron a posarse sobre el hombre de oscuros cabellos crespos, bigote y abundante barba. Le gustaba vestir por lo común de colores oscuros, lo menos llamativo posible, e ir así a juego con su sombrero negro o roche.
—En primer lugar, muy buenos días tengan todos ustedes y, en segundo, como todos ya lo saben, mi único interés siempre es poder hacer que el fiscal, ahora Gran Inquisidor, sufra todos los reveses posibles, haga bilis, corajes y se le vaya escapando la vida lenta pero dolorosamente —comentó Salomón Sábado.
No era un secreto para ninguno de los presentes que el mercader oriundo del Reino de Nuevo León guardaba especial rencor por Juan de Ortega Cano Montañez y Patiño, debido al auto de fe que había sufrido su familia en el pasado y en donde el entonces fiscal había sido implacable.
—Pues entonces quizá pueda interesaros el caso que os traigo yo, si me permitís tomar vuestro lugar en esta nuestra penúltima reunión del año —exclamó Fray Domingo.
—Por mí no tengo problema alguno. Expón tu caso, Fray Domingo de la Santa Fe —dijo con su ronca voz el mercader criptojudío.
—Pues veréis, resulta que hay una joven doncella que ha sido acusada de leer a Copérnico, Galileo, Descartes, Bacon y otros autores y sus obras prohibidas. Se dice que también guarda secretos de la alquimia, pues se le encontró entre sus pertenencias un libro llamado La chymie charitable et facile en faveur des dames, de una tal Marie Meurdrac. Pero lo más importante de todo esto es que ha sido encerrada en donde, según tiene entendido este vuestro amigo, también se encuentran ciertos lingotes de oro que se mandaron hacer hace 146 años, con el tesoro del entonces rey mexica Montezuma —explicó el fraile a sus compañeros.
—Con la sola mención de los lingotes yo ya estoy dentro —dijo de manera socarrona el Capitán Tarántula, mientras sonreía mirando al resto del grupo.
—Saben que cuentan con mi katana si deciden que intervengamos en el asunto de Domingo. Y saben también que lo hago porque di mi palabra desde que nos conocimos en aquel primer encuentro. Yo lo hago por honor, no por oro —afirmó el japonés, no sin dejar de lanzar una pequeña mirada cargada de desdén para el filibustero de Can Pech.
—Yo me uní a este grupo con la condición de liberar de la aflicción a los oprimidos en la república de indios, de las vejaciones que caen sobre las otras castas y para eliminar las injusticias sobre los perseguidos, así que estoy de acuerdo en ir a rescatar a la doncella.
En cuanto al oro, no era de Motecuzoma si no de su padre, Axayacatl, y debería entregarse de regreso a las manos de quienes son sus herederos —habló Mariano Xicoténcatl Coyote Teokuitlatik Xayacatl, que era el nombre completo y verdadero del indio.
—Lo que vos hagas con la parte que te corresponde, vos lo sabrás, Viernes —afirmó tajante y en tono serio el capitán Tarántula—. Aunque de cualquier forma, algo me corresponderá por mi parte india, loba y salta pa’ atrás —terminó diciendo el filibustero haciendo alusión a la mezcla de la que se conformaba su casta de tentenelaire y soltando una carcajada con la intención de suavizar las cosas.
Mariano Viernes prefirió guardar silencio para no crear una discusión innecesaria; además sabía que no iba a poder llegar a nada con el tipo de Can Pech, acostumbrado a moverse entre piratas, corsarios y hombres de poca calaña.
—Este lugar que menciona, Fray Domingo, ¿en dónde se encuentra? ¿Está vigilado? ¿Es alguna prisión? ¿Qué otros datos nos puede facilitar acerca del lugar, que puedan ser de utilidad para poder ayudar a esta doncella? —cuestionó el charro de la barranca.
—Aguarde un poco, Don Pedro —habló el fraile para enseguida dirigirse al resto del grupo—, si todos estáis de acuerdo en que tomemos este asunto como el sexto encargo oficial de los hebdomadarios, puedo responder todas vuestras preguntas, tanto las que me acaba de realizar Miércoles como las que me puedan hacer el resto de vosotros —indicó Fray Domingo.
—Si mi katana no fue suficiente, reafirmo que estoy con ustedes ofreciendo también mi wakizashi —habló Ken Lu Ness mostrando ambas espadas de manera respetuosa, pero un poco incómodo al sentirse un tanto ignorado por los demás.
—¡Con lo’ siete siempre, pachi! —expresó Marte Moreno en su peculiar estilo, esgrimiendo su machete y dando una palmada en la espalda del japonés.
—Pos yo ya pregunté, así que estoy dentro —comentó Pedro Oñate, acomodándose el arcabuz que cargaba al hombro.
—Yo dije sí desde que se mencionaron los lingotes, así que cuenten con mi sable, mi garfio, mi dragón y por supuesto con La Chachalaca, mi galeón aerostático —dijo Jueves Tarántula sin borrar la sonrisa en su rostro.
—Iremos a rescatar a la doncella y eso es lo más importante. Ansina que no voy a discutir por oro portando yo una máscara dorada, así que los hebdomadarios pueden contar con todo el poder y la presencia del Rey Mago de Indias para su sexta encomienda oficial —expresó Mariano Viernes con cierta emoción, al tiempo que se colocaba una careta cubriendo de esta forma su rostro y que parecía estar hecha de oro macizo.
—Nada me alegra tanto como que, a pesar de nuestras claras diferencias, sepamos llegar a un acuerdo respetando lo más importante que tenemos y que nos ha unido, y eso es la palabra. Y como las palabras son actos, sugiero nos pongamos al tanto de todo este asunto de la doncella, los libros prohibidos y el tesoro de Montezuma, en el mesón Paniagua —expresó Salomón Sábado.
Ninguno dijo más. Uno a uno se fueron dispersando, perdiéndose entre la multitud de los asistentes al Mercado de la Plaza Mayor, sin que llamaran la más absoluta de las atenciones y sin temor alguno a que su conversación hubiera sido escuchada por oídos enemigos, pues entre los gritos de vendimia de los ofertantes, vendedores y marchantes, se habían ocultado a la perfección.
***
El mesón Paniagua era uno de los muchos lugares que abundaban para comer, beber y pasar la noche. Se ubicaba a medias de la misma cuadra empedrada de la que era conocida popularmente como la calle de Mesones. El edificio de piedra y ladrillo era lo bastante grande como para tener una caballeriza para mulas, un comedor comunal con una gran mesa de madera llena de candelabros y ubicada en el patio central de la casona, cerca de la extraordinaria fuente de los pajarillos cantantes y la enorme cocina donde se preparaban todos los manjares para los comensales.
Los siete hombres entraron justo en el momento en que la mayoría de las personas se reunía alrededor de la fuente a observar y escuchar silbar a las aves de metal que la adornaban. Este curioso y grácil elemento era por mucho la atracción del lugar. Utilizando los principios de la hidráulica y aprovechando la abundancia de los mantos acuíferos de la Ciudad de México-Tenochtitlán, era muy sencillo hacer que la fuente activara ciertos mecanismos para que, al llenarse unos recipientes (acomodados y escondidos con un trabajo combinado de perfecta albañilería y pegado de azulejo), dos piezas de latón en forma de pájaros, cuyo pico estaba ahuecado, emitieran un silbidito, logrando la ilusión de estar cantando.
—Muy extraño es el comportamiento del ser humano —comentó casi como para sí mismo Tabi No Ken, mientras observaba a las personas aglomerarse alrededor de aquella invención.
—¿Y cuál es el motivo de tales pensamientos, Señor Lu? —cuestionó Miércoles Oñate, al tiempo que buscaba un rincón en la pared para acomodar el arcabuz y un lugar para él mismo en donde sentarse.
Tabi No Ken, conocido como Ken Lu Ness entre los hebdomadarios, se tomó unos instantes antes de responder. Meditó un poco sus palabras, inhaló aire de manera profunda hasta llenar los pulmones, exhalando muy despacio antes de expresar:
—Me da la sensación de que, a ciertas personas, las maravillas creadas por el hombre imitando a la naturaleza les parecen de mayor interés que la naturaleza misma.
—Probablemente dichas personas admiren más la capacidad humana de realizar la imitación que la creación en sí misma —comentó el criptojudío, añadiéndose a la conversación.
—O incluso hay quienes que, por ser capaces de diseñar y construir tales imitaciones, llegan a sentirse asegún como si fuesen dioses —intervino Mariano Viernes.
—¡Jesucristo Redentor! ¡No blasfemes de esa manera, Viernes! —dijo Fray Domingo de la Santa Fe, santiguándose y pasando su mano derecha sobre su frente, pecho y hombros para persignarse.
—Pero no estoy mintiendo, Domingo —comentó el Indio Mariano de inmediato—. Ni yo, que soy capaz de manipular algunas de las fuerzas que tejen el tapete de la existencia, como la teyolía, los tonallioah y las ihíyomeh, me siento superior a los espíritus creadores, como sí lo hacen algunos de esos individuos que piensan que por lograr que un ser inerte de madera o metal se mueva, ya son hacedores y dadores de vida. ¡Pobres mentes tan ciegas y tan pequeñas!
—Yo lo que quiero es que el frailecito nos cuente más de todo este asunto los lingotes y la muchacha. Los pajarillos cantantes, sean de latón o de verdad, me son irrelevantes —señaló Gonzalo Toribio Couoh, el Capitán Tarántula.
—¡Tranquilo, pachi, no coma’ ansia’! —expresó Marte Moreno, dirigiéndose al filibustero de Can Pech—. De toda’ forma’ lo ma’ seguro ej que a ti te toque quedarte en tu aeronave, listo para cuando tengamo’ que salir huyendo.
Tanto el negro cimarrón como el tentenelaire rieron cómplices ante lo dicho, sabiendo que no sería la primera vez que podría ocurrir algo así.
—Pos Jueves tiene razón, entre más pronto sepamos y nos informemos de esta encomienda, pos mejor. Pero antes de que Fray Domingo nos explique, ¿qué les parece si encargamos algo para almorzar? —indicó Pedro Oñate, llevándose la mano al estómago al tiempo que lo frotaba en señal de hambre.
Entre risas y afirmaciones silenciosas, el resto de los hebdomadarios estuvieron de acuerdo con su compañero, ordenando a las empleadas y sirvientes del mesón que les llevaran pan dulce, tres tazas de atole, dos de chocolate, un tarro de cerveza y un vaso de mezcal; además de cuatro guisos de carne de puerco con frijoles, dos de pollo, uno acompañado de arroz y el otro con verduras y por último uno con carne de res, todo ello acompañado por tortillas de maíz que iban saliendo directamente del comal y llegando a la mesa en tortilleros tejidos de palma, envueltos en coloridas servilletas.
Mientras cada uno disfrutaba de sus alimentos, el fraile criollo explicó:
—De acuerdo a la información que he obtenido, la doncella se encuentra en el interior del Palacio de la Inquisición…
—¡Vaya, Domingo! Sí que te has esforzado por traernos un caso complicado —exclamó el Capitán Tarántula, al tiempo que dejaba escapar una risotada, al parecer la idea se le hacía bastante divertida.
—Entrar al palacio es una misión suicida, tan siquiera intentar pasar la primera guardia ya lo pone muy complicado, ya no digamos deambular sin rumbo buscando a una persona que ni conocemos —afirmó Pedro Oñate, dándole un trago al mezcal.
Un leve gesto de desagrado se dibujó en el rostro del charro de la barranca, sus compañeros no supieron si era por lo amargo de la bebida que acaba de tomar o por solo imaginar los peligros que representaba la misión.
—Os ruego me escuchéis primero, y si después de explicaros el asunto no están de acuerdo, podemos pasar a la encomienda que nos proponga el señor Espada Viajera —comentó Fray Domingo, haciendo referencia a uno de los apodos que tenía Ken Lu Ness.
—Cuente con mis servicios, Fray Domingo, no importa lo peligrosa que sea la misión. Las cinco encomiendas previas no eran menos arriesgadas de lo que esta es —comentó el japonés en el tono serio y formal que tenía acostumbrado usar.
El fraile criollo le respondió en silencio al samurái con un ligero inclinar de su cabeza, para enseguida continuar diciendo:
—Si bien la encomienda que vengo a contaros es de cuidado, las recompensas de realizarla pagan su riesgo; veréis, de acuerdo a un contacto que tengo dentro del convento dominico, y del cual me reservaré el nombre, el tesoro de Montezuma se encuentra resguardado dentro de tres cofres en el interior de una cámara secreta del palacio. Cientos de lingotes de oro y, por supuesto, la joven doncella acusada de manera injusta, esperan a que vayamos por ellos.
—Suena muy fácil planteado así, pero ansina que no es. ¿Cómo vamos a entrar? —señaló el indio Mariano.
—Una vez pasando a los primeros centinelas de la entrada, habría que colarse hasta alcanzar uno de los pasadizos —respondió Fray Domingo.
—Yo tengo dos preguntas, Domingo. La primera, en caso de que burlemos a los guardias de la puerta, ¿quién va a guiarnos a través de los túneles? Y la segunda, ¿por qué es tan importante esta doncella? —habló Salomón Sábado.
Fray Domingo de la Contemplación y el Rosario se tomó algunos segundos antes de responder. Primero extendió su mano derecha hasta alcanzar uno de los panes dulces que se encontraban en la loza esmaltada con un plumeado de brillantes colores amarillos, para después remojarlo en el interior del chocolate servido en una taza de cerámica, también al estilo de la mayólica hecha en Talavera de la Reina; solo que aquellas piezas habían sido hechas por manos de artesanos tlaxcaltecas de San Pablo del Monte. El fraile degustó entonces de aquel bocado y dio un largo trago a su espumosa bebida, para después decir:
—Para burlar a la guardia de la entrada, me ofrezco de voluntario. No creo que sea tan complicado realizar algún tipo de distracción que os ayude a colaros en el interior del edificio. En cuanto a quién será el guía, o cómo recorrer los pasillos sin que os extraviaríais, coincide que vuestro amigo y servidor aquí presente posee un mapa de los pasadizos y laberintos del Palacio de la Inquisición, el cual he obtenido de la mano del mismo contacto que os he mencionado antes. Lo único malo es que dicho mapa se encuentra al parecer codificado, así que está oculto ante el ojo común; al respecto de ese asunto, pensaba que usted podría encargarse de esos menesteres, Sábado.
»En cuanto a la pregunta de la importancia que tiene la doncella, hablamos de una vida, de una muy joven y que apenas se encuentra en plena flor de la juventud, ¿no habría de ser eso de suficiente valor cómo para rescatarle de un muy seguro y horrible final en las manos de la Inquisición?
—Para mí, lo es —afirmó Mariano Xicoténcatl Coyote Teokuitlatik Xayacatl, conocido por todos como Viernes.
—Pos sí —externó Don Pedro Oñate, convencido.
—Mi espada sigue al servicio de la encomienda —agregó Ken Lu Ness.
—No te preocupe’, pachi, que vamo’ a ir todo’ —habló Marte Moreno en su peculiar forma.
—Lo que vos dices es que no importa quién sea la doncella, sino rescatarla. Yo respeto totalmente eso. Pero entonces tampoco importa de quién era el oro, sino quitárselo de las manos a la Inquisición —dijo de manera socarrona Tarántula Jueves.
Ante las reacciones y palabras de sus compañeros hebdomadarios, a Salomón Salazar Cantú y García Carvajal Treviño no le quedó mucho más que decir. Conocía lo suficiente al fraile Jerónimo como para intuir que no se trataba de una simple muchacha adolescente cualquiera que había caído víctima de la Inquisición, pero lo cierto es que su motor más importante era provocar en su odiado y jurado enemigo, Juan de Ortega Cano Montañez y Patiño, las molestias suficientes. ¿Y qué más molestias podía provocar sobre el Inquisidor que quitarle a una prisionera condenada y robarle el tesoro de Montezuma desde su propio palacio? La sola idea era más que suficiente como para aceptar la misión, sin importar en verdad los motivos ocultos que Domingo pudiera tener.
—Muéstrame ese mapa del que hablas, Domingo. Quiero verlo —dijo Salomón Sábado, extendiendo la mano y como un modo de respuesta.
El fraile extendió el papel para que Salomón lo tomase y el resto del grupo lo miró complacido en silencio. Conocían a su compañero y sus gestos algo parcos, atribuidos a su pasado y a la condición de mantener lo más en secreto posible sus creencias y prácticas religiosas para así evitar la persecución.
El mercader y cabalista, oriundo del Reino de Nuevo León, observó detenidamente el papel otorgado por mano del fraile, después lo olfateó un par de veces y, sosteniéndolo entre sus manos desde los extremos de la hoja, lo pasó bajo el calor de las llamas de uno de los varios candelabros que se encontraban a lo largo de la mesa del comedor. El contenido oculto fue apareciendo sobre el papel en un color café, conforme el fuego iba revelando poco a poco una intrincada red de pasillos y corredores subterráneos bajo el edificio del Palacio de la Inquisición.
—Muy bien, pues esto parece resolver cómo nos moveremos en el interior. Pero para entrar, Domingo necesitará crear una distracción —comentó Salomón Sábado, primero señalando el mapa y después mirando al monje Jerónimo, quien solo asintió en silencio.
—Yo puedo utilizar un poco de la magia que conozco, imbuyéndoselas a mis flechas, para que así nos podamos colar más fácil —comentó Mariano Viernes.
—De acuerdo —respondió el criptojudío—. Por lo que alcanzo a observar en el mapa, recorrer el lugar y sacar a la doncella nos puede llevar varias horas, así que el Capitán Tarántula deberá pasar por nosotros en el techo en su barco aerostático.
—La Chachalaca y yo pasaremos por ustedes, no se preocupen. Vos solo asegúrate de que traes el oro, Sábado, y yo no fallaré —intervino Gonzalo Toribio Couoh Estrada, “Jueves”, reventando en una carcajada sonora que se dejó escuchar por todo el mesón Paniagua.
—Fray Domingo se reunirá contigo una vez que nosotros hayamos entrado. De esta manera cubriremos el hecho de que, si nos llegaran a capturar, él te pondrá en aviso. Al interior iremos Lu Ness, Marte, Miércoles Oñate, Viernes y yo —indicó Salomón Sábado en un tono en el que no iba a aceptar réplica alguna.
—Pos entonces, que nuestra sexta encomienda sea ir a la propia boca del lobo. ¡Salud! —dijo Don Pedro Oñate, levantando su vaso de mezcal.
Cerveza, atoles y chocolates se unieron al brindis y aunque sabían que aquella misión podía ser la última, poco les importaba a la mayoría de ellos, ya fuese por estar muy lejos de su tierra natal, porque habían perdido a toda su familia, por el principio de lealtad o por un sentido de retribución y justicia para su pueblo; aquellos hombres tan distintos entre ellos mismos se encontraban hermanados más por sus fines y metas comunes que por sus diferencias, pero sobre todo porque compartían una cosa en común: a todos ellos les odiaba por igual el Gran Inquisidor.
***
Don Juan de Ortega Cano Montañez y Patiño manoteaba al aire, mientras se movía de un lugar a otro. Su molestia era más que notoria en el tono de su voz:
—¡Pero esto es inconcebible! ¿Qué clase de blasfemias insanas y demoníacas son estas?
El Soberano Gran Inquisidor de la Nueva España estaba haciendo referencia a una carta en la que se le informaba que, debido a ser el año 1666, existían fuertes rumores de que los pardos, incluyendo mulatos —es decir, los africanos esclavos y cimarrones, así como los hijos de negros y españoles— se sublevarían en alguna de sus congadas proclamando un nuevo rey negro, esto sustentado en supuestas profecías y en la aparición de Sabbatai Tzevi, un judío que proclamaba ser el supuesto Mesías, en la lejana Asia Menor.
La misiva advertía que había que estar alertas ante los posibles surgimientos de judíos, brujos, hechiceros, negros y otro tipo de escorias sociales, adoradores de Satán.
—No creo que debiera preocuparse, su excelencia. Después de todo son noticias y chismes provenientes de muy lejanas tierras. Dudo que algo así nos llegue a la Nueva España —comentó Fray Marcos Ramírez de Prado y Ovando, Arzobispo de la arquidiócesis de México.
—¡Ojalá así fuese, querido amigo! Pero por desgracia no lo es. Es 1666, un año infernal y el demonio sabe actuar entre lo más bajo que existe de la humanidad. ¡Si tan solo elimináramos el sistema de castas para quedar en los grupos, conforme manda Dios! —expresó el Inquisidor.
—¿Y cuáles son estos grupos de los que habla, su excelencia? —preguntó el Arzobispo, un hombre de edad suficiente como para escuchar más y hablar menos.
—Españoles, es decir, blancos, mestizos e indios. Entre más blanco se mejora la raza y entre más prieto, moreno o totonaco, más bajo y sucio se es. Las categorías de cambujo, zambo, mulato o jarocho deberían quedarse relegadas a los mestizos costeños y nada más —explicó el Inquisidor General.
—Entiendo perfectamente —dijo afirmando el viejo Arzobispo. No concordaba en lo absoluto con lo dicho por su interlocutor, pero sabía que lo mejor era seguirle la corriente.
Se murmuraba entre el clero que el carácter del Soberano Gran Inquisidor tendía a ser muy explosivo cuando alguien se le oponía o contradecía y que no existía hombre más rencoroso y vengativo que Ortega Cano. Fuese cierto o no, nadie quería contravenir al ex-fiscal y ahora flamante cabeza en la Nueva España de la organización más temida de la tierra: el Santo Oficio.
—¡Hernández, venga aquí! —dijo Ortega Cano, alzando la voz como si de un trueno se tratase.
Ante él se presentó un hombre no muy alto de prominentes orejas, párpados caídos y nariz de gancho, vestido en uniforme oficial. Se trataba nada más y nada menos que de Juan Miguel Hernández de la Cruz y Santiago, Alguacil de la Ciudad de México-Tenochtitlán, el cual había sido asignado a tal puesto gracias a las cartas de recomendación enviadas por puño y letra del entonces fiscal del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de la Nueva España.
—Dígame, Don Juan, ¿para qué soy bueno y cuál es su menester? —dijo el hombre que acababa de llegar.
A pesar de ser un mestizo, hijo de un soldado español y una india matlazinca, su tono de piel era lo suficientemente claro como para recibir ciertos beneficios en la sociedad, pero no los suficientes entre quienes conocían su origen nativo.
—Quiero que aumentes las guardias y que les digas a tus hombres que se mantengan alertas. No quiero reuniones de más de tres negros, mulatos o no, ni siquiera en los palenques. Si los indios están desquehacerados, ponedles a hacer alguna labor, no quiero ver a ninguno en la vagancia. Busquen judíos, herejes y todos los blasfemos, que me notifiquen de inmediato en cuanto encuentren uno —señaló con dureza el Inquisidor General.
—Sus órdenes serán cumplidas de inmediato y cabalmente, su Excelencia. ¿Alguna otra cosa en que pueda serle útil, señor? —expresó Juan Miguel Hernández de la Cruz y Santiago.
—Lo dudo ampliamente. Puedes retirarte —ordenó Ortega Cano con un claro gesto de desdén en su rostro.
El alguacil se retiró del lugar, listo para hacer llegar las instrucciones del Inquisidor General a todos y cada uno de sus hombres, primero a los comisarios y estos a su vez a sus respectivos grupos de soldados y oficiales. La movilización de tropas revestidas con sus armaduras de coselete por toda la Ciudad de México-Tenochtitlán fue algo que no se hizo esperar. El ruido del hierro y el acero recorriendo las empedradas calles y las avenidas eran la sinfonía que les indicaba a los habitantes de que algo muy grande estaba por suceder.
***
El Palacio de la Inquisición se ubicaba frente a la Plaza de Santo Domingo, a un costado del monasterio y rodeado por el convento y el templo de Santo Domingo de Guzmán.
“La casa chueca”, como se le conocía de manera popular, estaba revestida por el exterior de piedra tezontle grisácea, con las ventanas y puertas enmarcadas en piedra chiluca, también en color gris. Su estilo barroco, tan característico de muchos de los edificios construidos en la Nueva España, le hacía ver como una auténtica fortaleza; en especial por su gran muro de piedra caliza que lo separaba de la calle y la enorme entrada principal, con el gran y pesado portón de madera de encino, capaz de resistir durante un buen rato el asedio y el ataque de algún ariete. Con dos pisos de alto, una sala de audiencias, una sala de juicios, una biblioteca, sus celdas y sus cuartos de tortura, era un edificio de apariencia austera que reflejaba la severidad y el poder del Santo Oficio, luciendo imponente en la esquina suroeste de la plaza.
Doce eran los guardias apostados en la entrada principal. Cuatro en el portón, dos en el techo del lado sur y dos desde el lado oeste. Dos más vigilaban desde el balcón y el par restante uno a cada lado del muro.
Escondidos en el interior de los muros del templo de Santo Domingo de Guzmán, disfrazados bajo unos hábitos de monjes dominicos que habían logrado conseguir gracias a los contactos de Fray Domingo de la Santa Fe, se encontraban los hebdomadarios. Necesitaban deshacerse de los guardias del techo, al menos los del lado oeste, y del guardia de la parte poniente del muro, para así escabullirse por la calle de la Perpetua y poder colarse al edificio del palacio por una de las entradas secretas.
—Muy bien, este es el momento. ¿Ya saben todos que hacer? —cuestionó Salomón Sábado a sus compañeros, intentando repasar el plan.
—El Capitán Tarántula y yo iremos hacia rumbo sur y cuando nos veáis entretenidos con los guardias, será entonces el turno de Mariano —comentó Fray Domingo.
—Ansina mesmo, entonces yo dispararé las flechas a los guardias de la azotea —intervino Mariano Viernes.
—Y una vejh que la brujería de la’ flecha’ haga efecto, pue’ crujhamos, pachi —dijo Marte Moreno en su peculiar forma de expresarse.
—Ya les he dicho antes que no es brujería, sino conocimientos místicos que se conectan con la naturaleza, que me han sido otorgados y heredados por vía de la palabra de un sagrado tetlajchihuani —explicó el indio, Mariano Viernes.
—Como sea. Una vez que las flechas hagan su magia, nosotros nos movemos por la Perpetua hasta llegar a la tercera ventana, ahí entre Lu Ness y yo movemos la losa que abre la entrada secreta —dijo Don Pedro Oñate, ante la aprobación silenciosa del japonés.
—Que al responderte, HaShem te conceda todo lo que desea tu corazón, y que haga prosperar todos tus planes —dijo Salomón Sábado a modo de plegaria—. ¡Echen a andar el plan, hebdomadarios!
Fray Domingo de la Santa Fe y Gonzalo Toribio Couoh Estrada y De Regil Lavalle, alias Capitán Tarántula o Tarántula Jueves, caminaron por la calle de La Piedad, con destino hacia el sur. Ambos iban encapuchados con la túnica negra que acompañaba al hábito dominico, yendo el fraile unos pasos por delante del filibustero.
—Una limosna, por caridad, para el bienestar de los que menos tienen —dijo uno de los dos monjes dominicos, dirigiéndose hacia los guardias apostados en la entrada del Palacio de la Inquisición.
—¡Ya dimos nuestro diezmo! —dijo uno de los guardias.
—Oh, pero esto es caridad. En la medida que vosotros deis a los desamparados, en esa misma medida el Señor bendito que está en los cielos no os desamparará —expresó Fray Domingo, bastante acostumbrado a ese tipo de conversaciones.
—Ya hacemos labor para el Santo Oficio arriesgando nuestra salud y nuestras vidas, ¿todavía Dios nos va a pedir oro? —cuestionó otro de los guardias.
—¡Ah, el oro! ¡Cuánta manía hay en el mundo por él! Pero los únicos que se muestran tan renuentes a otorgarlo a las obras de caridad son los judíos, no por nada Judas vendió a Jesús por unas monedas de plata. ¿Vos, eres judío? —preguntó Tarántula resguardado bajo el disfraz de monje dominico.
Ante la pregunta, el guardia recibió múltiples miradas de sospecha, por lo que no le quedó de otra que acercarse a los dos supuestos monjes y entregarles unos reales.
—¡Y ustedes no se queden ahí parados, vengan y cooperen con los más necesitados! —dijo aquel que ya había perdido su dinero.
El resto de los guardias se acercaron a cumplir la orden, cada uno entregando diferentes cantidades de dinero, solo para probar que ellos no eran judíos, pues se desprendían del dinero sin demasiados problemas.
—Ahora, Viernes —dijo la gruesa voz de Salomón Sábado, al darse cuenta de que el momento de actuar había llegado.
Mariano Xicoténcatl Coyote Teokuitlatik Xayacatl, alias Mariano Viernes o el Indio Mariano, sostuvo su arco con la mano izquierda, extendiéndolo para colocarse en posición de disparo; después sacó de su aljaba una de sus flechas con punta de obsidiana y, pronunciando unas palabras que nadie que no fuese versado en la magia de los nativos podía entender, tensó su arma para lanzar el proyectil por encima del edificio y alcanzar a caer justo en medio de la azotea del Palacio de la Inquisición.
—¿Qué es eso? —señaló uno de los centinelas del techo, alertando al resto de sus compañeros.
—No lo sé exactamente, Pedro, pero eso parece una flecha india —dijo uno de los hombres que se había acercado a cerciorarse qué era aquel objeto que había caído por los aires en forma solitaria.
No había terminado de decir la última palabra cuando, ante sus ojos, aquella flecha se transformó en una serpiente que atacó con velocidad y fiereza al guardia.
Los otros soldados lo vieron gritar y llevarse la mano al brazo pero no entendían qué era lo que estaba ocurriendo. Acto seguido, a dos de sus compañeros les pareció ver otro cambio más en aquel guardia: uno de ellos lo vio con los ojos en blanco y lanzando espuma por la boca, como si estuviese poseído, mientras que el otro observó cómo sus ojos se volvían rojos como el infierno y su lengua se transformaba en viperina como la de un reptil. El cuarto y último guardia ni siquiera sabía qué estaba pasando. Se había quedado paralizado, incapaz de hacer nada más allá de ver cómo el edificio parecía moverse de una manera ondulante y cómo la piedra caliza giraba en espiral intermitente e interminable, llena de diferentes colores que casi podían olerse, un aroma distinto por cada brillo del colorido espectro lumínico.
Aun detrás de la máscara de oro que portaba, la profunda vista del indio Mariano pudo percatarse de que la magia de la flecha había funcionado, por lo que dio una señal en silencio de que podían continuar con la siguiente parte del plan.
El grupo avanzó entonces pasando frente a la entrada principal y dejando de lado a los soldados que estaban bastante entretenidos dando limosna. Siguieron caminando, entrando por la calle de La Perpetua, encontrándose con el último guardia casi de frente.
—¡Eh, alto! ¿Qué asuntos os traen por este callejón? No pueden pasar por aquí —dijo el guardia desde una distancia de unos cincuenta, quizá sesenta metros.
—¡Pa’ su madre, ya nos chingaron, pachi! —chilló Marte Moreno, al ver como el guardia gritaba al tiempo que cargaba su mosquete.
—No, aún no —negó Salomón Sábado—. ¡Miércoles, es tuyo! —indicó.
Pedro Jorge Oñate Robledo De la Barranca, el Charro de la barranca, dueño de un rancho en el Reino de Nueva Galicia, preparó de inmediato su arma. Echó el fino polvo negro por la boca del cañón, colocó la munición y comenzó a empujar con la baqueta al tiempo que el guardia hacía lo propio. Mosquete y arcabuz estaban a punto de enfrentarse.
Ambas manos tiraron del gatillo casi al mismo tiempo. Los serpentines de ambas armas fueron entonces liberados, lanzando las mechas encendidas hacia las cazoletas haciendo que chocasen contra la pólvora. Dos tremendas explosiones se dejaron escuchar, escupiendo la munición de sus cañones.
La esfera de plomo de diez gramos voló a toda velocidad por los aires, mientras que la munición de piedra no tuvo la misma suerte. Las paredes del cañón se habían obstruido, haciendo que los gases soltados por la detonación golpearan la carga, dejándola atascada. El pobre hombre recibió entonces primero el impacto de la bala que golpeó su pecho, atravesando su armadura y de inmediato la explosión del arma en su cara.
Ken Lu Ness se apresuró en ese instante a desplazarse corriendo hasta alcanzar la tercera ventana, seguido unos cuantos pasos atrás por Marte Moreno. El primero actuando conforme al plan de los hebdomadarios, el segundo por pura conciencia.
Sabía a la perfección que el ruido de los disparos iba a hacer de aquello un hervidero y que en unos minutos la callejuela se iba a llenar de guardias; entendía que era mejor dejar que el ranchero Oñate volviera a cargar su arma por si había que hacer uso de una cobertura y que fuera él —acostumbrado a una vida en los campos de caña y arriando animales— quien tuviera que ayudar al japonés a remover la pesada losa de piedra, que cubría la entrada secreta marcada en el mapa conseguido gracias a Fray Domingo de la Santa Fe.
Uno a uno fueron cruzando, comenzando por Salomón Sábado, Mariano Viernes, Miércoles Oñate, mientras que el japonés y el jarocho eran los últimos, colocando de nuevo la baldosa para tapar la entrada, justo en el momento en el que arribaban varios guardias enfundados en sus armaduras de coselete. Al descubrir a su compañero con un pulmón atravesado, varias costillas rotas y la cara destrozada por la explosión del mosquete, uno de ellos gritó:
—¡Alerten al alguacil y a los guardias interiores! Esto tiene que saberlo el Gran Inquisidor.
***
El pasadizo se encontraba oscuro; era bastante estrecho, haciendo que los hombres tuviesen que caminar en fila, uno detrás de otro. Salomón Sábado iba a la cabeza, tocando la húmeda y sucia pared, intentando guiar a los demás a tientas hasta que alcanzaron un pasillo mucho más amplio, en donde pudieron estar a sus anchas los cinco; el camino los condujo hasta llegar a un cruce con un enorme corredor del cual colgaban dos antorchas apagadas, una en cada pared. El hombre oriundo del Reino de Nuevo León tomó uno de los hachones y lo encendió, utilizando una piedra de sílex y una pirita, junto a la yesca que sacó de un pequeño morral amarrado al cinturón que llevaba. El corredor se iluminó entonces, permitiendo a los hombres una mejor visión y mucho más clara.
—Parece ser que es por ahí —dijo Ken Lu Ness avanzando por el corredor de la derecha—, puedo ver hasta una celda.
Al tiempo que hablaba, el japonés extendió su mano y tomó uno de los oxidados y viejos barrotes jalándolo hacia sí mismo, haciendo que se abriese una puerta, la cual chilló resonando por todo el lugar; acto seguido unos gruñidos se dejaron escuchar, provenientes desde lo más profundo de la oscuridad de la mazmorra. La mano del oriental se dirigió de manera instintiva hacia la empuñadura de su espada mientras que daba un par de pasos hacia atrás, preparándose para enfrentar a cualquier yokai oni o demonio.
Varios pares de ojos brillaron cuando la luz de la antorcha sostenida por la mano de Salomón Sábado alcanzó a alumbrar lo que salía a través de la puerta de la celda.
Los hocicos se abrieron y un destello les permitió a todos ver sus prominentes colmillos, su negra y ancha nariz y un pelaje corto y grueso en un color negro atigrado.
—¡Perros de guerra! —se quejó Mariano Viernes, en cuanto identificó a las bestias, conociendo a la perfección por qué eran llamados entre su pueblo izcuintin ik Mictlán, los perros provenientes del inframundo.
Se trataba de alanos españoles, enormes perros de presa entrenados en la lucha, aunque tampoco era poco usual que la Inquisición los utilizara para las ejecuciones de esclavos negros que habían huido, hubieran realizado algún acto de brujería o mayombe, o en la ejecución de indígenas que renegaban del catolicismo.
Uno de los perros se lanzó sobre el objetivo que tenía más cerca, abriendo la mandíbula como si fuera una pinza. Tres más salieron furiosos en búsqueda de alguna presa, lanzando terribles y fieros ladridos.
El primer can que lanzó la mordida se quedó con el hocico abierto antes de alcanzar su objetivo, ya que la afilada hoja de la espada del samurái rebanó de un tajo el chato rostro del animal. Con menos finura, pero no por ello con menor letalidad, Marte Moreno golpeó con su machete al perro que se le abalanzó amenazador, logrando que se echara hacia atrás hasta la segunda tajada lanzada por la mano del negro cimarrón; aquel crujido del golpe le había recordado sus tiempos cortando caña y cocos.
Tres flechas lanzadas por el arco de Mariano Viernes, que atravesaron pulmones y cuello, dejaron fuera de combate al segundo de los alanos españoles, que quedó yaciendo bajo los pies del indio, mientras que una bala disparada por el arcabuz en las manos del ranchero de la barranca acabó con la vida del último de los perros.
—¡Pa’ su mecha, Miércoles! ¡Con eje ruidajo no tardan en caerno’ los guardia’! —comentó Marte Moreno mientras limpiaba la sangre de su machete.
—Pos no es como que los perros no hicieran ningún ruido —señaló Pedro Oñate.
—Ambos llevan parte de razón, así que ahora tenemos que movernos rápido y buscar en dónde se encuentra la doncella —afirmó Salomón Sábado.
—Pos asté es el que tiene el mapa, asté indique por dónde mesmo es y nosotros lo seguimos —habló Mariano Viernes.
El mercader oriundo del Reino de Nuevo León sacó entonces el papel de entre sus cosas y echó una mirada rápida al mapa.
—Vayamos por allá —dijo señalando un corredor.
Los hombres caminaron entonces, dejando en la oscuridad los cuerpos de los perros muertos en el húmedo suelo, muy cerca de la celda de donde habían salido.
***
La habitación se encontraba a media luz, iluminada apenas por una tenue chispa que bailoteaba sobre el pabilo de una vela, la cual agotaba su vida sobre un candelabro de latón.
Un librero casi vacío que contenía solo un libro, un pequeño escritorio y un camastro eran todos los muebles que llenaban el lugar. Una diminuta y única ventana asegurada con sendos barrotes de hierro y plomo se encontraba en la pared del fondo, mientras que al frente de la misma se situaba la enorme puerta de madera de encino y pesados herrajes de metal. Una muchacha, de entre los quince y los dieciocho años, estaba sentada frente al escritorio con papel, tinta y pluma en mano, elaborando algún tipo de escrito que bien podría ser una misiva o quizá alguna nota de su diario personal, cuando escuchó cómo los cerrojos de la puerta comenzaban a girar, señal inequívoca de que alguien estaba por entrar. La chica se apresuró a ocultar lo que estaba escribiendo, tomó el único libro y se recostó sobre el camastro, simulando estar leyendo.
La pesada puerta se abrió despacio y una enorme y tenebrosa sombra se dibujó por toda la habitación, hasta alcanzar la pequeña ventana por donde parecía que iba a escurrirse.
—El alguacil me ha informado que tenemos intrusos —dijo una ronca voz intentando llamar la atención de la jovencita, quien dejó de pretender que leía para voltear a mirar al hombre vestido de hábitos en color escarlata, parado sobre el umbral de la puerta, el mismo que proyectaba aquella siniestra sombra y que ahora se dirigía a ella.
—¿Intrusos? —cuestionó la muchacha, llena de curiosidad.
—Así es. No sé con qué artimañas, trucos o hechicerías lo has logrado, pero están aquí varios hombres que seguramente pretendan rescatarte —afirmó el hombre de rojo.
—¡Pero por favor, Don Juan! —dijo la joven—. Ya le he dicho que se equivoca, no soy ninguna bruja o hechicera y que los libros que leía únicamente eran para adquirir uno de los bienes más grandes de la existencia, que es el saber mismo.
—¡No mientas, bruja, que eres una serpiente! —chilló el hombre—. ¿Acaso crees que no he visto cómo con tu actitud despreocupada, asegurando que solo buscas y amas el conocimiento, lanzas miradas en la corte para tener amoríos, ya sean con hombres casados o no, o lo que es peor aún, con otras mujeres?
—¿Dice todo eso sólo por despecho y porque lo rechacé? Mis intereses y mis pasiones no se encuentran entre la carne, sino en la mente, el alma y el espíritu, algo que debería saber y practicar muy bien, Monseñor Inquisidor —afirmó la chica.
Aquello provocó la ira en Don Juan de Ortega Cano Montañez y Patiño.
—¡Voy a matar a esos hombres que vienen por ti, voy a traerte sus cabezas y después voy a hacer que aprendas unas cuantas lecciones! —afirmó furioso el Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio, al tiempo que azotaba la pesada puerta de madera de encino y herrajes.
La adolescente volvió a escuchar cómo los cerrojos se movían para volver a dejarla encerrada en aquella celda, pero ahora sabía que había alguien dentro del palacio que había ido a intentar rescatarla. Una pregunta resonó en su cabeza: ¿quiénes eran aquellos hombres que estaban arriesgando sus vidas por salvarla?
***
—No pretendo incomodarle, Salomón, pero me da la impresión de que ya habíamos pasado por este corredor —dijo Ken Lu Ness, casi susurrando al oído del mercader criptojudío.
—Sinceramente, yo tengo la misma impresión, sólo que pensé que el mapa que nos dio Domingo no podía estar equivocado, a menos que… —El hombre originario del Reino de Nuevo León cayó en cuenta entonces de lo que era obvio para él—. ¡Es una trampa! —gritó alertando a sus compañeros.
—¿Qué pasa? —preguntó, casi al unísono, el resto del grupo.
—Hemos estado dando vueltas en círculos a pesar de haber seguido el mapa, y esto es debido a que hemos caído en una trampa —explicó Salomón Sábado.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Pedro Oñate con un gesto de incomprensión dibujado en su rostro.
—Quiero decir que el mapa nos trajo hasta un callejón sin salida —explicó Sábado.
—¡Noj carga la chingada! —se quejó Marte Moreno.
—¿Asté cree que el padrecito sabía o también lo enredaron a él? —preguntó Mariano Viernes.
—Si a Domingo lo engañaron, corre menos peligro debido al plan… —expresó Salomón Sábado.
—Pero si lo sabía, lo que corre peligro es toda la misión, incluyendo el propio Jueves —interrumpió Pedro Oñate, entendiéndolo todo.
***
La formidable estructura de madera oscura y metal oxidado surcaba las nubes ayudada de las enormes alas de cuero y palo impulsadas por un complejo sistema de engranajes, piñones, ruedas dentadas y relojes de agua. Un gran motor alimentado por carbón y aceite proporcionaba la fuerza necesaria para mantener aquel barco en el aire. Para defenderse, contaba con cañones de aire comprimido, tanto en babor como estribor, y catapultas en proa. Una enorme figura de un ave de bronce que llevaba el pico abierto adornaba la proa, con los ojos tan brillantes como las linternas de gas. El puente de mando se encontraba elevado, rodeado de una barandilla de latón, ahí se encontraba un autómata de madera consultando brújulas con ojos de vidrio aumentado y cerca de él, Tarántula Jueves, capitán de la aeronave bautizada como “La Chachalaca”, acompañado de Fray Domingo de la Santa Fe.
El monje jerónimo observó la cubierta y a la peculiar tripulación que el Capitán Tarántula solía llamar xiibo’ob che’, el pueblo de los hombres de madera, como si aquellos autómatas fueran en verdad capaces de formar algún tipo de comunidad.
—¿Entonces si todos esos seres sin alma, animados únicamente por palancas, varillas y demás dispositivos dejan de funcionar, el barco se caería abruptamente? —preguntó el hombre vestido de blanco y marrón.
—Mientras el motor siga siendo alimentado y alguien sostenga el timón, estamos a salvo —respondió Tarántula Jueves, sosteniendo el enorme volante de madera y metal, mientras sonreía de manera burlona—. Pero vos no te preocupes, en caso de que necesitemos abandonar el barco hay un par de ornitópteros que nos permitirían salir volando como pájaros, al menos eso dice la teoría.
—¿A qué os referís cuando decís eso dice la teoría? —preguntó Fray Domingo, temiendo la respuesta.
—Pues a que nunca los he probado en realidad porque nunca los he necesitado —dijo el Capitán Tarántula, encogiéndose de hombros.
—¡Qué el Señor nos ampare y nos socorra, tanto a nosotros como al resto del grupo! —expresó el religioso, santiguándose en seguida y sin ocultar su nerviosismo.
—Los demás van a estar bien, vos verás, después de todo tienen el mapa que vos mismo les diste. ¿Qué más podían necesitar? —comentó Jueves sin borrar la sonrisa de su rostro.
***
—No, el mapa no puede ser falso, más bien debe haber algo que no marca, como pasadizos secretos, puertas ocultas o cierres automáticos probablemente activados por movimiento o presión —comentó Salomón Sábado.
—¿Hay alguna forma de detectar las puertas ocultas o los mecanismos que activan estos cierres? —cuestionó Pedro Oñate.
—Solo buscando entre todos; paredes huecas, losas flojas, algo que nos pueda indicar que lo que está ahí en realidad está engañándonos —fue la respuesta del mercader criptojudío.
Todos se pusieron manos a la obra intentando dar con alguna trampa, maquinaria o artilugio. Después de varios minutos fue Mariano Viernes quien llamó su atención:
—¡Oigan, aquí encontré algo! Me parece que es una pared falsa.
Tras observar y revisar el lugar notaron que, en efecto, cada que pasaban por ahí se activaba un mecanismo que tapaba el camino que debían seguir, dando la ilusión de que debían dar la vuelta al toparse con un muro, muro que solo era una vieja manta de algodón acondicionada a modo de que pareciera pura roca llena de tierra y humedad, pero detrás del falso muro se encontraba un pasillo con unas escaleras que conducían hacia arriba.
Los hombres subieron por las escaleras procurando hacer el menor ruido posible hasta que alcanzaron lo que parecía ser una especie de patio.
Se trataba del conocido como “Patio de los Naranjos”, un lugar cuyas galerías laterales albergaban varios calabozos con prisioneros acusados de distintos delitos como herejía, idolatría, brujería y sacrificios. Los ojos de tirador que poseían Pedro Miércoles Oñate y Mariano Viernes por ser excelentes tiradores, uno con el arcabuz y el otro con el arco, recorrieron las celdas buscando la imagen de alguna joven mujer. Al encontrar respuesta negativa ambos lanzaron casi el mismo gesto silencioso que todos pudieron entender.
Ahí no se encontraba la doncella que buscaban.
Marte Moreno señaló con su oscuro dedo al fondo de una de las galerías del patio, en donde parecían estar localizadas unas escaleras con un barandal del mismo hierro forjado que adornaba todo el edificio. Sin embargo, aquello no iba a ser tan sencillo. Ken Lu Ness se percató de inmediato de un par de centinelas apostados en la galería justo al frente de las escaleras; estos se encontraban en cada esquina, armados con una alabarda y caminaban con ella al hombro hasta encontrarse de frente, saludarse según las formas militares y seguir hasta el lugar en el que se encontraba el otro, como si se tratase de dos muñecos de un reloj musical.
—Podemos intentar pasar sin que nos vean los guardias, pero va a ser imposible ocultarnos de todos los ojos de los prisioneros —susurró el japonés.
—Nosotro’ somo’ cinco, ello’ son do’. No creo que vaya a se’ un problema —habló Marte Moreno.
—Eh, no, compadre. No podemos liberar a todos y llevarlos con nosotros —habló Pedro Oñate.
—Ansina es, que no tenemos que llevarlos con nosotros, pero es nuestra obligación moral liberarlos e indicarles el camino por donde vinimos —comentó Mariano Viernes.
—Todos sabemos que los pobres diablos que tienen ahí encerrados son inocentes. Que Lunes y Marte se encarguen de los guardias y el resto de abrir las celdas y liberar a los prisioneros. Probablemente muchos ni siquiera hablen castellano, así que necesitaré de tu apoyo, Viernes. Miércoles, tú quédate vigilando alerta por si alguien viene —indicó Salomón Sábado.
A una señal del líder de los hebdomadarios, el japonés cargó hacia uno de los guardias, desenvainando la katana con un movimiento fluido. El acero de la espada del samurái chocó con la hoja de la alabarda, desviando el ataque hacia un lado.
Al mismo tiempo, el negro cimarrón se dirigió a atacar al segundo alabardero que lo recibió con un “molinillo”, moviendo su arma de asta en un círculo para crear una barrera defensiva.
—No sois más que un sucio y asqueroso negro cambujo —escupió el guardia a la vez que dejaba bajar su arma, lanzando tremendo ataque cuya intención era alcanzar la cabeza de su oponente.
El hombre oriundo de San Lorenzo de los Negros, Veracruz, esquivó el golpe como pudo, mientras llevaba su mano a un látigo que portaba. Con la sangre enardecida y una mirada que no ocultaba su odio, dijo:
—A mis enemigo’ lo’ enfrento con machete, pero el látigo e’ para apaciguar bestia’.
La hoja similar a un hacha, sostenida sobre el asta, intentó alcanzar los tobillos del jarocho, quien dio un salto en el momento necesario para evitar el golpe. Entonces se escucharon los chasquidos del látigo.
El guardia que peleaba con el japonés sacudió la alabarda con un movimiento sinuoso llamado “la serpiente”, para así poder atacar desde diferentes ángulos, pero el samurái utilizó su velocidad y agilidad, logrando de este modo esquivar todos y cada uno de los ataques de su oponente, contraatacando en el costado de su enemigo cuando encontró la guardia baja, y acto seguido lanzó un corte hacia la cabeza, terminando con la vida del centinela al instante.
El látigo de cuero grueso y nudoso silbó por los aires antes de impactar sobre el guardia. Las manos soltaron el arma al sentir el dolor e intentaron ir al rostro por reflejo.
El impacto enrojeció la piel una, otra y otra vez, abriéndose y dejando marcas profundas y sangrientas. El castigo se repitió varias veces más y fue tal que hubo necesidad de detener al negro cimarrón que parecía estar fuera de sí mismo.
—¡Suficiente, Marte, ya recibió su castigo! —dijo Salomón Sábado, en ese tono firme que no esperaba réplica y que solía usar en ciertas ocasiones.
Tanto los prisioneros rescatados como los cinco hombres abandonaron un ensangrentado Patio de los Naranjos, los primeros bajando las oscuras escaleras rumbo a los túneles subterráneos, en búsqueda de su libertad, y los segundos subiendo las escaleras del barandal de hierro forjado, adentrándose en el segundo piso del Palacio de la Inquisición.
***
Las galerías de la planta alta del Palacio de la Inquisición contaban con varias habitaciones, incluyendo celdas a modo de claustros. Los pórticos y las arquerías descansando sobre las columnas lograban dar cierta cobertura, lo que permitió a los hombres alcanzar a evadir al alguacil y los guardias que le acompañaban.
—¡Buscad a los intrusos y a los fugitivos! ¡Apresadles! —dijo el alguacil, Juan Miguel Hernández de la Cruz y Santiago.
Los guardias marcharon entonces en dirección de las escaleras por donde habían subido los cinco hebdomadarios, pasando apenas a un lado de los hombres que se encontraban agachados e intentando cubrirse entre columnas y macetas con frondosas plantas en uno de los pasillos. Mariano Viernes tomó una de sus flechas de punta de obsidiana y se realizó una incisión en su palma izquierda con el filo de la negra piedra. Varias gotas de sangre escurrieron al piso mientras el indio entonaba unos extraños cánticos que solo los espíritus de los ancestros podían escuchar. Ya fuera gracias a la extraña magia nativa del príncipe heredero de Tizatlán, a la falta de visibilidad de las armaduras de los soldados, la gracia divina o simple suerte, los hombres permanecieron sin ser vistos. A sabiendas que aquello no iba a durar demasiado, Salomón Sábado les indicó en silencio que avanzaran, manteniendo la posición baja hasta que alcanzaron a colarse al interior de una habitación.
Se trataba nada más y nada menos que de la biblioteca. Tres enormes libreros que ocupaban casi toda la habitación se encontraban atestados de libros de diversos tamaños, colores y temas. Distintas biblias traducidas a varios idiomas, un Index Librorum Prohibitorum et Derogatorum en su edición de 1640, obras de Nicolás Maquiavelo, Tomasso Campanella, Erasmo de Rotterdam, la Clavícula de Salomón, el Picatrix, el Lemegeton, la Steganographia, el Libro de Abramelin, junto con muchos otros títulos y autores prohibidos por la Iglesia Católica y El Santo Oficio, llenaban las estanterías de madera. Pero de todos los textos acomodados en aquella biblioteca lo que llamó la atención a Salomón Sábado fue la colección de doce tomos de La Historia General de las Cosas de Nueva España, cuyo autor era el fraile franciscano Bernardino de Sahagún, acomodada justo entre el Pardes Rimonim, un texto cabalístico, y el Libro de la noche y el viento, conocido también como el Códice Yoalli Ehécatl en náhuatl.
Así que se acercó primero retirando el tomo I, lo hojeó para después devolverlo a su lugar, para enseguida extraer el tomo XII. El ruido de un mecanismo se activó de inmediato. Las poleas comenzaron a moverse y los libreros se deslizaron de tal forma que dejaron al descubierto una gran cámara secreta.
El brillo que desprendía aquella estancia oculta casi deja ciegos a los hombres. Monedas, gemas, joyas, artesanías y diversos objetos dorados se encontraban regados por todo el lugar. Al centro del cuarto un enorme cofre de madera lucía abierto de par en par, desbordándose de lingotes de oro, y al costado dos estatuas, hechas de madera, cuero y latón, de dos leones alados, como si estuviesen custodiando aquellas riquezas.
—¡Verga de mono saraguato! ¡Jamá’ había vijto tanto oro en toda mi vida! —exclamó Marte Moreno en su peculiar forma de expresarse.
—¿Ese es el Tesoro de Moctezuma? ¡Es impresionante! —dijo Pedro Miércoles Oñate, sin salir de su asombro.
—¡Y más que eso! ¡Es el oro que han robado de distintos pueblos desde que están aquí, no solo el reino que gobernó Motecuzoma! —habló el indio, Mariano Viernes, sin ocultar la emoción en el tono de su voz.
—Brilla tanto que hasta parece tener luz propia —comentó Salomón Sábado, tan extasiado ante la visión como el resto de sus compañeros.
—Si se les alumbra, las hojas de las espadas y las agujas también brillan —habló Ken Lu Ness con toda la seriedad que le caracterizaba.
Sus palabras fueron tan certeras como sus cortes de katana, penetrando en las conciencias del grupo, que recordó la razón principal por la que se encontraban ahí.
—A concentrarnos a lo que vinimos —comentó Salomón Sábado, al tiempo que iba saliendo de la cámara oculta—. Busquemos a la doncella.
—¿Qué hay del oro, pachi? —cuestionó Marte Moreno.
—Pueden tomar uno o dos lingotes con ustedes, pero nada que les impida demasiado el paso. No sabemos cuánto más tengamos que recorrer y todavía hay que trepar al barco —afirmó el criptojudío.
Los hombres le hicieron caso al que solía fungir como voz y líder, y tras volver a dejar los libreros de vuelta a su posición original salieron al pasillo con sumo cuidado.
Fue gracias a la perspicacia del Indio Mariano Viernes que logró detectar a un par de guardias apostados a la entrada de una celda. Cuando se los señaló al grupo fue que sospecharon que la doncella podría encontrarse ahí.
Ahora solo faltaba deshacerse de la vigilancia, entrar a la celda para rescatar a la dama y salir huyendo del Palacio de la Inquisición.
—¿Tiene asté un plan o quiere que le diga lo que se me acaba de ocurrir? —preguntó Mariano Viernes con una sonrisa en su rostro como pocas veces podía vérsele.
Lo que sea que le estuviera pasando por la mente, parecía divertirlo demasiado.
***
Ninguno de los presentes estaba muy seguro de que aquello fuera una gran idea, eso sin tener en cuenta de que era demasiado arriesgada, complicada y nada sutil; sin embargo, todos estuvieron de acuerdo en llevarla a cabo, pues de otra forma la misión iba a volverse imposible.
Las manos expertas del indio Mariano introdujeron el oscuro polvo, mezcla de salitre, azufre y carbón, en el interior de una punta de sus flechas, añadiendo una fina cuerda de lino, remojada en aceite de pescado. El príncipe heredero de Tlaxcala tensó entonces su arco y, a una señal suya, Salomón Sábado se acercó haciendo chocar la pirita y el sílex, logrando que una chispa encendiera fuego sobre la cuerda. Con un movimiento minucioso y una rapidez que sorprendió a todos, el hombre de la máscara de oro disparó en dirección a la puerta del claustro. La flecha voló directa mientras que el lino continuaba ardiendo, resistiendo al viento gracias al baño de aceite. Para cuando la punta de acero impactó sobre la pesada puerta, la llama encendió el oscuro y fino polvo, causando una explosión ensordecedora, destrozando la madera y enviando astillas en todas direcciones. Los dos guardias, sorprendidos y confundidos, cayeron inconscientes en el suelo, mientras que detrás del umbral de la ahora inexistente puerta y el polvo expulsado ante la detonación se asomó con cierto temor una joven muchacha de entre los quince y los dieciocho años.
—¿Señorita? Venimos de parte de Fray Domingo de la Contemplación y el Rosario —comentó casi gritando Salomón Sábado.
—Estamos aquí para rescatarla —afirmó Miércoles Oñate.
La muchacha les lanzó una mirada a ambos hombres que se habían dirigido hacia ella y después observó desde su lugar al negro cimarrón, al japonés y al indio con la máscara dorada.
—¿Por qué habría de confiar en vosotros si lucen como criminales, gente de baja calaña y prófugos de las leyes de lo decente, la moral y las buenas costumbres? —preguntó la joven doncella.
—¡Vaya, parece que ya nos conoce! Ahora, acompáñenos o quédese hasta que esto se llene de guardias e inquisidores —comentó el ranchero del Reino de Nueva Galicia.
La muchacha ya no tuvo tiempo de decir más nada, pues justo en ese momento comenzaron a arribar al patio varios guardias armados con picas y mosquetes, vistiendo el uniforme de los tercios españoles.
—¡Por el pasillo, síganme! —indicó Salomón Sábado al tiempo que comenzaba a correr.
***
La explosión en la planta alta del Palacio de la Inquisición fue escuchada a varios metros a la redonda. Todo el edificio se había cimbrado ante el estallido. Por todas partes y varias cuadras alrededor, hubo gritos, caos y confusión. Varios de los guardias tuvieron que lidiar entre calmar a una turba aterrorizada que pensaba que había llegado el fin del mundo, deteniendo a los bandidos que estaban haciendo saqueos, aprovechándose del desorden, y otros intentando capturar a los reos recién prófugos de las prisiones de la Inquisición.
Pero también en el cielo se había escuchado el estruendo, que llegó hasta a los oídos de Fray Domingo de la Santa Fe y del Capitán Tarántula Jueves. A bordo de “La Chachalaca”, su barco aerostático, y con los xiibo’ob che’, los autómatas de madera, como tripulación, los dos hombres dedujeron de inmediato que aquel sonido provenía del Palacio de la Inquisición y que tenía que ver con sus compañeros hebdomadarios.
—¡Más carbón y aceite! ¡Y prepárense para hacer un vuelo mosca por encima del edificio! —ordenó el pirata.
Dos monigotes hechos de bronce y leños, uno con una pala y otro con una cubeta, obedecieron de inmediato la orden. El que tenía la pala, metiendo todo el carbón que podía con la velocidad que sus engranajes le dejaban; y el otro vertiendo aceite con la mayor precisión y cuidado que la propia cubeta, el movimiento del vehículo en el aire y sus ruedas dentadas le permitían. Mientras, el autómata navegante revisaba unos mapas con un compás y ajustaba muy bien sus ojos de vidrio aumentado como si estuviera haciendo cálculos.
—Domingo, vos prepara cuerdas y estate preparado. Al parecer vos tendrás la suerte de ser el primero en usar el ornitóptero —señaló optimista Gonzalo Toribio Couoh Estrada y De Regil Lavalle, mejor conocido como el Capitán Tarántula.
—¿Yo? ¿Por qué yo? —preguntó nervioso el fraile.
—Vos, porque a menos que vos sepas aeronavegación de barcos voladores, alguien debe llevar el timón de “La Chachalaca” y casi siempre es la mano firme y confiable del capitán, o sea yo —respondió Jueves Tarántula.
—¡Ay, Dios santo se apiade de mí y me proteja! —fue lo único que se atrevió a decir el monje al tiempo que se santiguaba y comenzaba a orar en silencio.
***
Los cinco hombres y la joven corrían por uno de los pasillos de la planta alta del Palacio de la Inquisición cuando a medio camino se encontraron con una cuadrilla de guardias autómatas, forjados en hierro y madera. Los ojos de bronce parecían brillar con un destello maligno y cada uno de ellos iba armado con una espada o, en su defecto, una lanza, mientras que su armadura de placas metálicas les daba una apariencia de ser casi invencibles.
Una hoja larga y estrecha, empuñada por un brazo mecánico, intentó atravesar el corazón de Salomón Sábado. Con una velocidad sorprendente y unos reflejos felinos, Ken Lu Ness detuvo el ataque con una parada de su katana, desviando el rapier lejos de la piel del mercader criptojudío; acto seguido, y con un movimiento espectacular, el samurái hizo girar su espada, lanzando tremendo ataque que cortó el brazo del autómata.
Marte Moreno apoyó de inmediato a su compañero, desenvainando el machete y atacando a los guardias. Los recuerdos inundaron la mente del negro cimarrón, transportándolo hasta aquel momento de su vida en donde, a pleno sol cayendo a plomo, en la plantación de caña de azúcar, obtuvo su libertad yendo hacia el frente, machete en mano, cortando caña primero y después a quien sea que se puso enfrente. Las chispas brincaron ante el choque del acero y el hierro. La madera crujió, partiéndose una y otra vez, demostrando que aquellas máquinas no eran indestructibles.
Uno de los guardias mecánicos logró esquivar tanto al japonés como al jarocho, que continuaron trabados en la escaramuza, alcanzando a llegar hasta la joven doncella.
Con una precisión mortífera, intentó dar una estocada sobre el desprotegido cuerpo de la muchacha. El afilado acero del rapier novohispano quedó a escasos centímetros de la blanca piel, luego vino una fuerte detonación, después un grito y la munición del arcabuz de Pedro Miércoles Oñate que hizo añicos al hombre de madera y hierro forjado.
Mariano Viernes apuntó preciso con arco y flecha a su objetivo. Sabía que aquella máquina no iba a sangrar. Que el impacto de la flecha no iba siquiera a dolerle. Lo que buscaba era deshacerse de los enemigos, por lo que soltó la cuerda y disparó el proyectil que salió silbando hasta impactar en la cabeza de uno de los autómatas que, estando cercano al barandal del pasillo, cayó desde arriba hasta el Patio de los Naranjos, destrozándose en la caída, pero alertando a algunos de los soldados tras el impacto, los cuales se dirigieron de inmediato hacia el segundo piso.
Salomón Sábado se tomó un instante para hurgar entre sus cosas hasta que encontró lo que buscaba: un pequeño tubo de vidrio en forma cilíndrica con alguna sustancia extraña y fulgurante.
—¡Háganse a un lado! —gritó el hombre a sus compañeros, sosteniendo el tubo en su mano derecha.
El frasco de cristal salió volando por los aires, arrojado por la propia mano del hombre conocido como Rabí Shlomo Ben Maimón Zaquén, entre los círculos cabalísticos y logias de alquimistas, pero que sus amigos, los hebdomadarios, llamaban Salomón Sábado.
Los ojos de los presentes no podían creer lo que observaron. Cuando el frágil vidrio golpeó el pecho metálico del guardia y la sustancia fue finalmente liberada, aquel brillo fúlgido resplandeció aún más, disolviendo en segundos al autómata y causando el mismo efecto en cada uno de los que lo tocaran o entraran en contacto de alguna forma con aquel extraño componente. Poco a poco, entre ese extraño efecto alquímico, los cortes de machete, katana, algunas flechas y disparos de arcabuz, los cinco hombres y la joven doncella se abrieron paso hasta alcanzar unas escaleras de caracol que conducían hacia la azotea del edificio. Una lluvia de lanzas cayó detrás del grupo que iba subiendo, por fortuna sin dañar a nadie pero demostrando que aún no terminaba el peligro.
***
La nave, ayudada por sus enormes alas de cuero y palo, voló con la rapidez de un ave que busca a su presa. El barco volador se sacudía un poco mientras iba perdiendo altura.
Desde la cubierta, el Capitán Tarántula Jueves observaba a la distancia pero en forma decidida el edificio del Palacio de la Inquisición. El rugido de los motores y el crepitar del calor inundaban la aeronave.
Los xiibo’ob che’ trabajaban con eficiencia mecánica, ajustando las velas y las poleas mientras el barco se posicionaba en el aire. El autómata navegante, con su compás en mano, realizaba cálculos finales para asegurar la trayectoria del descenso.
Fray Domingo de la Santa Fe, aún nervioso, se aferraba en alguna parte de estribor a las cuerdas que había preparado. Su rostro palideció cuando comenzó a ver cómo se acercaba más y más la azotea del edificio, atravesando las nubes del cielo.
Con el ruido del aleteo cortando el aire y una sacudida que logró que Fray Domingo se tambaleara, La Chachalaca se colocó por encima del Palacio de la Inquisición, casi en el justo momento en el que los hebdomadarios y la joven doncella arribaban a la azotea.
En el interior del palacio, la situación seguía siendo crítica. A medida que los hebdomadarios alcanzaban a llegar a la parte más alta, los guardias inquisitoriales y soldados comenzaron a rodear el edificio. Sus pasos resonaban por los pasillos mientras se acercaban a toda marcha, armados y decididos a atrapar a los fugitivos.
Desde la cubierta de la aeronave descendieron varias cuerdas, lo suficientemente robustas y firmes para que sirvieran como un medio de ascenso a los hombres y a la joven. Los cabos se movían con el viento, deslizándose por las almenas del inmueble, como si se agitaran para llamar la atención de los presentes.
—¡Marte, la muchacha! —gritó Salomón Sábado.
El hombre proveniente de San Lorenzo de los Negros, Veracruz, entendió de inmediato lo que el mercader estaba pidiendo. Así que, sin decir agua va, tomó de la cintura a la joven y, agarrando una de las cuerdas con la mano libre, comenzó a trepar en un despliegue que demostraba la gran fuerza y terminación del negro cimarrón.
La joven iba a hacer un respingo, pero lo ahogó de inmediato al percatarse que terminaría haciendo más difícil la labor de aquel pobre jarocho, que ya estaba pasando las de Caín intentando alcanzar la cubierta del barco volador.
—¡Suba asté, Sábado! —dijo Mariano Viernes, tomando su arco para tensarlo con una flecha y apuntar en la dirección en la que comenzaron a arribar los guardias.
El mercader del Reino de Nuevo León dudó por unos instantes, pero al final terminó haciendo caso a lo dicho por el indio en cuanto vio que era lo más adecuado para la situación en la que se encontraban. Estiró ambas manos para alcanzar una de las gruesas cuerdas por el extremo y con muchísimo esfuerzo comenzó a subir.
Pedro Miércoles Oñate y Mariano Viernes dispararon pólvora y flechas, intentando hacer retroceder a los soldados y guardias que empezaban a amontonarse en la azotea en la salida de las escaleras de caracol. Por su parte, Ken Lu Ness, con una velocidad y agilidad digna de un gato de bengala, comenzó a subir a través de una de las cuerdas con dirección a La Chachalaca.
Un puñado de soldados lograron colarse hasta el techo, arrojando sus lanzas justo cuando el indio Mariano Viernes iba a media altura escalando la soga. Las armas volaron por los aires, pasando muy lejos del príncipe heredero de Tizatlán. El único que permanecía aún con ambos pies sobre el piso de la azotea del palacio era el ranchero Oñate, el cual se había quedado a cubrir el ascenso de su compañero.
Fray Domingo de la Santa Fe ayudó a subir tanto a la doncella como a Marte Moreno, cuyo rostro se encontraba empapado en sudor debido al tremendo esfuerzo realizado.
—Gracias por salvar mi vida —dijo con sinceridad la joven, dirigiéndose al negro cimarrón—. Y gracias también por acudir a mi auxilio, padre Domingo —expresó, enviando una mirada hacia el fraile que trataba de lucir tranquilo.
—Agradece a Jesucristo bendito, a estos hombres que están arriesgando sus vidas y a vuestros benefactores que confiaron en mí para esta encomienda que, primeramente Dios, está por acabar, Señorita Ramírez —expresó el religioso.
Por su parte, Ken Lu Ness alcanzaba la cubierta para de inmediato extender su mano y apoyar a Salomón Sábado, auxiliándole muy de cerca para que el mercader criptojudío lograra alcanzar la orilla.
—¡Tenemos que salir de aquí pronto, antes de que envíen barcos patrulla a por nosotros! —gritó el Capitán Tarántula Jueves al ver que iban abordando sus compañeros.
Los dos autómatas, tanto el de la pala como el de la cubeta, comenzaron a moverse a mayor velocidad con eficiencia mecánica, alimentando el motor de la aeronave. Las poleas, varillas, cilindros, engranajes y mecanismos fueron activados por la tripulación de xiibo’ob che’ con el objetivo de que las gigantescas alas de cuero y madera comenzaran a batirse a mayor velocidad.
Un retumbar metálico y un gran rugido que resonó en la azotea del Palacio de la Inquisición llamó la atención de todos. Se trataba de un par de leones alados, monstruos mecánicos, forjados en madera robusta, cuero y latón, los mismos que los hebdomadarios habían encontrado en el cuarto del Tesoro perdido de Moctezuma como estatuas, solo que ahora habían sido activados y se movían amenazantes.
Mariano Viernes alcanzó la orilla, justo cuando aquellas bestias se lanzaron por el cielo agitando sus alas. Con movimientos tan ágiles como los de cualquier depredador, se dirigieron directo sobre la cubierta del barco volador, atacando con velocidad aterradora.
Las garras de latón cortaban el aire y sus fauces se abrían con precisión letal, mostrando una fiereza única.
Uno de los leones se lanzó sobre la cabeza de Fray Domingo de la Santa Fe mientras que el otro tenía como objetivo a la joven doncella.
Con una agilidad felina inesperada, y como si fuese un fantasma, apareció de la nada Ken Lu Ness para defender a la muchacha, dando un salto hacia arriba y adelante, girando con la katana en el aire en un movimiento espectacular.
Con ese despliegue de habilidades y destreza, el samurái logró derribar al león mecánico, cortando una de sus alas y enviándolo de manera estrepitosa de regreso a la azotea del palacio, en donde se estrelló de forma irremediable.
Tarántula Jueves, como buen capitán que era, estaba siempre atento a todo lo que ocurría sobre su barco. Soltó el timón un instante, sacó su dragón —un trabuco recortado al tamaño de una pistola— e introdujo la negra pólvora al tiempo que la compactaba con una baqueta, metiendo una bala de plomo y haciendo girar la llave de rueda, activando de esta forma la chispa. El disparo no dio en el objetivo, pero al menos logró hacer que la bestia mecánica fallara, pues Fray Domingo se había lanzado al suelo al escuchar la explosión escupida por la boca del dragón, obligando al león autómata a dar una vuelta en el aire para intentar atacar de nuevo, ya fuera al mismo o a otro objetivo.
La bestia se hizo añicos casi ante los pies de Pedro Miércoles Oñate. El ranchero levantó la vista al cielo y pudo ver a la segunda bestia alada dando el giro en el aire con la intención de arremeter de nuevo sobre la cubierta del barco. Entonces, se acomodó su sombrero y se preparó para una maniobra audaz. Con un rápido movimiento, el Charro de La Barranca desenfundó la reata que llevaba siempre consigo, una herramienta de su vida en el Reino de Nueva Galicia y sus habilidades en el rancho.
Observó al león con su figura de madera, metal y alas de cuero destacándose contra el cielo. Con una precisión impresionante, Pedro lanzó la reata con un lazo más que calculado, logrando enredar las patas delanteras del león autómata, que giró en el aire batiendo furiosamente las alas intentando liberarse. Con mano firme, el hombre dio un tirón con gran fuerza, aprovechando un poco su peso y la fuerza de gravedad, haciendo que así la bestia mecánica bajara un tanto su altura.
El animal de madera, latón y cuero dio entonces varios giros intentando subir, lo que entonces Miércoles utilizó a su favor. Se sostuvo con una mano mientras que se deshizo de su pesada arma el arcabuz, luego comenzó a correr hasta que se le terminó la azotea y quedó sosteniéndose de la reata. Con un movimiento digno de un espectáculo de circo, el hombre fue capaz de conducir y guiar al león en dirección de La Chachalaca, mientras colgaba por el aire.
—¡Voy a necesitar un poco de ayuda, por acá! —gritó Pedro Oñate cuando vio que estaba próximo a la cubierta y a distancia de ser escuchado por alguno de sus compañeros.
La criatura mecánica continuó girando, pasando muy cerca de la madera oscura y el metal oxidado de la enorme aeronave. Parecía que, si no lograba zafarse de aquel amarre, pretendía estrellar su carga contra el casco de La Chachalaca.
El Charro de La Barranca alcanzó a ver muy de cerca —quizá demasiado para su opinión— el óxido de la nave perteneciente a su orgulloso capitán. De un movimiento similar al de una serpiente que ataca, Pedro movió su reata, zafándose del león autómata únicamente para girarla varias veces y alcanzar a lazarse a un bolardo del barco.
Una detonación, disparada de nuevo por el dragón del Capitán Tarántula Jueves, logró impactar en la cabeza del león autómata, haciéndola pedazos. Al mismo tiempo, entre Salomón Sábado y Marte Moreno auxiliaron a Pedro Oñate a terminar de subir a la aeronave.
Al percatarse de que todos estaban a bordo, el pirata de Can Pech activó una palanca que permitió soltar las anclas de peso y hacer que La Chachalaca saliera volando, tomando mayor altura y alejándose lo más pronto que podían.
***
La enorme fortaleza lucía impresionante con sus dos torres protegidas en las esquinas por artillería, escasas ventanas y las troneras para fusilería. La fachada principal tenía portales con arcos de cantera que enmarcaban tres pesadas puertas de madera. Al centro del frontis, había un remate coronado con almenas que mostraba un hermoso reloj. Contaba con dos niveles y cuatro patios, además de dos puertas laterales en las fachadas sur y norte. Se trataba nada más y nada menos que del Palacio Virreinal, símbolo del poder político y burocrático de la Nueva España.
Un hombre vestido con los hábitos de monje jerónimo acompañó a la joven dama hasta una de las puertas, en donde un par de guardias parecían aguardar.
—Hasta aquí puedo acompañaros, Juana. A partir de ahora quedarás bajo la protección de Doña María Leonor de Carreto —afirmó el monje.
—Muchas gracias, Fray Domingo. Por favor agradezca también, de parte mía, a sus compañeros por su intervención y ayuda. No tengo cómo pagaros lo que han hecho por mi persona —afirmó la joven en forma sincera.
—Basta con que viváis vuestra vida feliz y plena, sin dejar de aprender ni escribir. Tenéis un gran don, Juana Ramírez de Asbaje, aprovechadlo ahora que estaréis entre la aristocracia —comentó el fraile.
La joven doncella no dijo más, se dio la vuelta y comenzó a avanzar en el interior del palacio. La puerta de madera se cerró entonces, casi en las narices de Fray Domingo de la Santa Fe. El monje jerónimo se retiró del lugar, dirigiéndose hacia su propio convento para las labores del día a día que le correspondían conforme a sus obligaciones como religioso.
Ahí quedaría a la espera de que transcurrieran siete largas semanas, para entonces asistir al Mercado de la Plaza Mayor a una nueva reunión y por lo tanto a una nueva y peligrosa encomienda junto a sus compañeros los hebdomadarios.
Paulo César Ramírez Villaseñor (México) es un escritor pionero en géneros como el Steampunk, Weird West, distintos Retrofuturismos y el Ancestrofuturismo prehispánico, en México, entre otros. Desde 2013, ha publicado más de treinta relatos, novelas y ensayos en diversas editoriales de México, España y Escocia. Su obra fusiona elementos de la historia y cultura mexicana con la ciencia ficción y la fantasía. También ha sido antólogo de ocho libros internacionales, como las series Ácronos, Planes B Steampunk y Steampunk Writers Around The World Vol. I. Con una década de trayectoria, su trabajo destaca por su compromiso independiente, sin becas ni apoyos institucionales.
