Cuando ya sea en vano

Sentía una tristeza infinita
por toda aquella belleza fantástica y sin significado.

Ana Blandiana

La historia que voy a contar no me ocurrió a mí, aunque más tarde me preguntaría si hubiera sido mejor ser una víctima directa. Nació, eso sí, del equívoco y de la duda. Sucedió en esta calle, hace tantos años ya, cuando después de recobrarse el pueblo decidió bautizar al fenómeno como “la primera estación de la lluvia”, y tiene la única desgracia —que algunos llaman suerte— de ser verdadera.

Estación de la lluvia: nombre equívoco, quizá deliberadamente, pues opaca su fuerza y baja la guardia de los incautos. Con todo, aquí nos hemos vuelto más supersticiosos, eso sí, por no decir cobardes. Es lo que hay. Cedemos ante la fuerza de ciertas coincidencias, regidas bajo un orden supremo; nos amparamos en el seno de amuletos y nuestros labios pronuncian plegarias nunca antes dichas, aunque quién sabe si más eficaces; y todo porque a veces los milagros se desdicen, vuelven a un tiempo primitivo en que, sin ánimo de presagio o desbordamiento divino, se les concebía como demostraciones. ¿De qué?, suelen preguntar los más jóvenes, aquellos que todavía no viven amenazas de esta índole. Y yo contestaría: de una voluntad tan peligrosa como una tormenta en medio del océano.

Pero hablo de una tempestad desnuda, sin nubes grises que esparzan su espesura sobre nuestras cabezas. Incluso con la desmesura de cualquier diluvio, uno sube la vista y entiende por qué llueve. Pero cuando faltan las nubes, ¿de dónde viene el agua?

Ahora hemos instalado sirenas, protocolos de acción y a los jóvenes se les instruye sobre la verdad detrás de la primera estación de la lluvia. Aún nadie ha sabido precisar por qué a nosotros no nos pasa nada. Qué don nos permite caminar bajo esa lluvia, saborearla incluso, sin que corramos riesgos de exacerbada decrepitud en nuestra piel. Los rancheros con poder adquisitivo mandaron construir sótanos enormes donde resguardar sus cabezas de ganado. A quienes no les alcanza prefieren dejar que reses y cerdos se mojen y al día siguiente los sacrifican. Algunos de ellos se rehúsan incluso a comer esa carne, pero yo misma la he probado y no es deletérea, como la superstición de muchos les hace suponer.

Nada del otro mundo, no hay por qué temerle a la lluvia, suscriben docentes y padres en casa. Pero los granjeros se enclaustran en sus lejanías: sólo aplauden con las espigas más altas, las mazorcas que maduran a tal punto que la siembra parece una jungla intransitable, al borde de la pudrición. Pero tampoco niego que el pueblo se llena de un ruido de tala y astilla, que se ha recomendado trasplantar los robles y abetos viejos o, en su defecto, quitarlos para reemplazarlos con retoños. Lo mismo con las mascotas. Se aconseja tenerlas en todo momento adentro de casa. Si un poco de esta lluvia los salpica, uno puede irse despidiendo de sus animales domésticos.

Si recuerdo aquel episodio es por el plaf, plaf, plaf de ahora sobre el techo, porque mis hijos están en casa, de brazos cruzados, porque Chiqui, el mayor, ha de rondar mi edad, si no es que más, y me ha ayudado a tapiar bien las goteras, encaramado en la escalera de tijera que sostengo. Después se encierra en su habitación y ya no sale. Fabián apenas le habla. No lo culpo: ni siquiera yo he sabido penetrar en esa reserva que Chiqui se ha impuesto.

Cómo advertirle desde antes que esta es la edad en que todo duele, donde germina una vejez interior que acaba por florecer hacia afuera en forma de canas y fatiga en los huesos. Desde que volvió tras aquel primer temporal, Chiqui prefiere comunicarse con gestos. Es como si se hubiera mermado para siempre. Su voz ha de sonarle extraña, reseca, ausente de todos los matices con que reía y nos platicaba sus invenciones en el patio, sus logros en la escuela o cuando jugaba con Fabián. Leonardo viene y habla y dice cosas grandilocuentes y me hace creer que ese es mi hijo. Algunas horas me convence. Son las más felices de mi vida.

Me ha obligado a amar su rostro, aunque todavía no estaba preparada para hacerlo.

Como si de un ahogo se tratase, el agua lo ha acercado a la tumba.

Y nos piden que le digamos “milagro”.

Incluso una gotera puede tener efectos nefastos.

Por eso el gobierno ha ordenado la perfecta impermeabilización en todas las casas. Cuando vinieron a cubrir con sus líquidos ambarinos las tejas, vi cómo lo hacían también en aquella casa que ahora está abandonada. Me hubiera gustado impedírselo: con el árbol derribado sobre los gabletes, el agua se filtra pese a cualquier esfuerzo humano. Aun si un niño llegara a refugiarse en ella, basta con que la lluvia lo salpique para que… Claramente aquella iniciativa oficial no duró lo que un verano. El impermeabilizado se descascaró. Aparecieron las primeras grietas. La madera se enmoheció.

No hay más, quedémonos hasta que acabe el chubasco. Dejemos que el agua caiga en los recipientes para llenarse y después arrojaremos su contenido por la ventana. El agua ha vencido la cerca pintada a medias. Por ahora, no parece que la tormenta vaya a terminar pronto.

Aquel día cayó un diluvio como este. Era aquella estación suspendida, apenas con final, cuando la luz, el calor y las sombras adquieren matices infinitamente suaves, cuando en cualquier momento empieza a llover o a lloviznar —y más adelante la estación permitiría toda clase de inclemencias—; cuando el aire mantiene su calor y luminiscencia de otros días, como si el viento viniera cargado de partículas de ayeres más soleados, lo que hace que el cielo se tiña con inflexiones amarillas, las aristas se dulcifiquen, los ángulos se ablanden, la luz se pose como un polen tibio sobre toda superficie, dejándonos con el alma en suspenso, fascinados, incapaces de otra respuesta que no sea una boca bien abierta por donde pueda meterse aquel aire preñado de promesas de lluvia.

Lucía, mi vecina, debía de estar preparando la merienda. Algo tendría de suavizado su semblante, como si la humedad del ambiente también embotara el filo de su rostro y le diera una nueva serenidad. Yo descansaba en la tumbona del jardín. Serían las dos o tres de la tarde, porque el sol reverberaba sin obstáculos y el pavimento desprendía un fino vapor. Nos rodeaba la dócil vegetación de madreselva e incontables hiedras que me sería imposible catalogar. Y ocurrieron dos cosas simultáneas que, aunque parezcan inconexas (y de hecho en ese momento ni siquiera reparé en su profundidad), debieron causarme una impresión de cierta índole, pues recuerdo quitarme las gafas ante una nube solitaria que transitó de este a oeste y oler al mismo tiempo emanaciones condimentadas de pollo y verduras.

No voy a decir que hubo presagios, tampoco que mi yo de aquel momento sintiera una fuerte desazón. A secas, me encontraba fatigada por quién sabe qué motivos, aguardando a Chiqui y Fabián, aunque ya sabía que Chiqui seguramente se quedaría jugando futbol en alguno de los llanos pelados a unas cuadras de la primaria, mientras que Fabián, lo recordé en ese instante, había sido invitado a la casa de una amiga para un cumpleaños o una reunión, no me acuerdo. Tras quitarme los lentes, vi el cielo resplandeciente, seguí la trayectoria errante de esa nube que se deslizó como si tuviera vida propia. Sin embargo, estoy segura de que aquel movimiento casi teledirigido de la nube no me causó mayor sorpresa que la que me produciría una catarina sobre mi muñeca o una mantis religiosa posada sobre la hoja de un eucalipto. En cuanto al aroma, se había acentuado, podía casi reconocer cúrcuma, pimienta blanca y ajo, saber que Lucía mezclaba apio con zanahoria, que usaba un caldo de días atrás para sazonar. Tampoco me sorprendió esa capacidad de imaginar, con los ojos abiertos, a mi vecina maniobrando las cacerolas, cortando vegetales con su cuchillo, con la misma claridad que tendría un visitante ocasional que se asomara a la cocina desde la ventana.

Y mediante esa excitación olfativa yo ya sabía, o más intuía, que esa imaginación desbordada no duraría, es más, que si me encontraba exhausta era llanamente a causa del atroz aburrimiento de aquel verano en que me había abandonado a la deriva de mis propios pensamientos. Y recién me daba cuenta de que no había zancudos rondándome, que apenas se oía algún lejano batir de alas, el rumor de comadrejas y mapaches que hemos sorprendido encaramados a los botes de basura.

Con Lucía, su hijo Javier y Ernesto, su esposo, Leonardo y yo manteníamos la cordialidad de coincidir al sacar la basura o despedirnos desde las ventanillas de nuestros respectivos automóviles cuando partíamos a nuestras obligaciones. A veces veía a Javier trepado como mapache sobre el enorme roble de su patio, disparándoles guijarros a las mariposas con su resortera. Me puse a pensar en si alguna vez nuestros hijos habían interactuado. De ser así, ¿bajo qué condiciones? Después de todo, iban a la misma escuela, y con ese extraño don visionario que se me había conferido, traté de ir más lejos, hacia las aulas, de ver a Chiqui y a Javier en los pupitres, ignoro si también vecinos como sus padres y nosotros, o si irían en salones distintos. ¿Se hablarían? ¿Serían amigos? ¿O estarían enemistados? ¿Por qué? ¿Una chica de por medio?

Un ladrido agradable interrumpió mis divagaciones. Vi un solovino reducido, cuya agitación en la cola me indicó su juventud. Volvió a ladrarme efusivo y rodeó la cerca. Supuse que se acercaría más de lo que hizo, que pondría su cráneo marrón bajo mi palma, comprometiéndome a acariciarlo. Pero el perrito se distrajo con algún sonido imperceptible y caminó fuera de mi campo visual. Me quedé en suspenso, mirando con reserva el espacio recién ocupado por el can. Debía haberse escapado, porque era el primer perro sin correa que veía por aquí.

Moví la cabeza y me percaté de que, en la casa de Lucía, la ventana de la cocina estaba abierta y emanaba un finísimo vapor tornasolado. Habría una tarta, claro, un postre que coronara semejante festín. Sentí hueco el estómago y me levanté de la tumbona. Entré a mi cocina. Con la puerta del refrigerador abierta, me quedé absorta en la botella de leche. Una pereza pegajosa se había apoderado de mí. El cansancio hormigueaba en mis piernas y desde mi ventanuco sin batientes examiné la tumbona, el patio invadido de ortiga, la cerca a medio pintar que este verano, en cuanto acabaran clases, Chiqui y Fabián recubrirían de blanco. Y vi todo eso y bastó imaginarme construyendo de cero la madera, la hierba, la tumbona, para que un mareo repentino dirigiera mis pies hacia el sillón. Le di un trago enorme a la botella, la leche me supo tierna y no me repugnó, como habría ocurrido en otra ocasión.

Me dejé caer; casi al momento, empecé a dormitar. De un sueño vivido hace tantos años rara vez se conservan fragmentos. Ahora que por fin puedo contarme todo esto en el silencio de mi habitación, deseando que acabe esta lluvia, descubro que desde esa tarde he estado soñando en parte lo mismo, si bien hay notables distinciones, cambios en el clima y en la coloración de los objetos, ciertas luces irradiadas de los sitios menos esperados. Y no sé si ser testigo indirecto influyó en mi sueño o si leer meses más tarde un escueto reportaje sobre los sucesos acicateó mi imaginación, el caso es que, por fin me parece palpable, aquel sueño fue, junto a la nube y ese aumento en mi percepción visual y olfativa, una tercera discordancia, acaso consecuencia de las primeras dos.

En mi sueño estoy dentro de una casa vagamente parecida a la mía. No veo fotografías de mi familia, pero es bien sabido que ver tu imagen mientras sueñas, ya sea en un espejo o en una imagen fija, transforma la calma en una vorágine de hechos inconsecuentes y por tanto temibles. Hay una pesadez que acompaña los movimientos de esas siluetas que de pronto surgen en lo que sería la cocina. Una es más alta que la otra, y aunque hablan entre ellas, sus palabras me son ininteligibles; hacen la mímica de todos los cuerpos (desplantes en las piernas, giros en la cintura, torsiones de cuello, ademanes con brazos y manos), pero me es dado observar con precisión cada movimiento, como si estuviéramos sumergidos bajo el agua o dominados por un efecto de ralentización. Porque las siluetas de pronto se desprenden tras un largo abrazo y sus contornos parecen contaminarse entre sí, parecido a los hilos que vinculan a dos figuritas de cera que han sido dejadas juntas. Hay una sensación térmica en ese abrazo del que ambas se alejan, pues enseguida me parece que las aristas no van a recomponerse, que esos hilos de sombra se endurecerán cual plástico quemado sometido de pronto al hielo. Y enseguida la silueta más pequeña pasa junto a mí y comprendo que es un niño, aunque me sea imposible distinguir su sexo, su edad, el rostro un ovillo roto de sombras. Brinca, salta, corre, zigzaguea sin ningún eje adulto hacia la calle, salgo, no sé si atraída por su agilidad o si porque quiero advertirle algo de esa nube huérfana que comienza a seguirlo, tan arriba que ni parece tener importancia, mientras él se aleja y aquel pequeño cirro cruje y relampaguea cargado de electricidad.

Un relámpago me despertó. La luz gris apenas delataba la intensa lluvia que oía correr sobre canaletas y tejas, un estruendo ensordecedor capaz de desarmar la casa. Al asomarme una especie de polvillo solar se repartía sobre las gotas. El cielo era un vidrio inmenso cuyos añicos caían. Me limpié los ojos, como si los residuos de mi sueño acalambraran las retinas. Pero seguía ese tacto del sol que, sólo saliendo de la casa, pude comprobar que tenía su razón. El astro estaba aún en lo alto, aunque opacado por el temporal que se cernía sobre las casas. Los árboles sudaban, por las grietas de todo lo que veía escurrían chorros de agua. Desvié la mirada hacia la tumbona empapada. Me bajé del pórtico y descalza como estaba procedí a arrastrarla bajo techo. Era de pino, fabricada en una ebanistería de lujo, no podía dejar que se hinchara.

Mientras cargaba sus patas delanteras, el sonido de unas pisadas en la calle me distrajo. Por alguna razón, pude discernir el golpeteo de los pies de ese temporal que me había empapado en cuestión de segundos. Había detectado que corrían, pero ahora parecían haberse perdido en la inmensidad del agua. Giré mi cabeza en todas direcciones, tratando de ver algo que no fuera agua. Pero era tal su espesura que apenas podía ver dos palmos frente a mí. Como una niebla. Sólo entonces me percaté de la violencia con que cada gota caía sobre mi piel. Eran como dagas afiladísimas. El patio se anegaba, mis empeines estaban enlodados y al ver en la calle, a unos metros de mí, una sombra detenida, no recuerdo haber experimentado miedo. Era más rumor que presencia humana. Su liviandad casi lo emparentaba con un fantasma. Es más, debió haberme parecido insensato que alguien estuviese casi desnudo bajo la lluvia. Yo también lo estaba, pero en cualquier momento podía desistir de resguardar la tumbona para ir a secarme en mi casa. ¿Pero un caminante con este clima? Correría, en todo caso, de vuelta a casa. Como la de Lucía y la mía son las únicas en kilómetros a la redonda, juzgué que debía ser ella. ¿Qué estaría haciendo afuera?

—¡Lucía! ¡Lucía! ¡¿Eres tú?! ¡Métete a la casa, por Dios, o ven para acá!

La sombra mantuvo su postura por unos segundos que me parecieron eternos. Como no obtuve respuesta, juzgué que me había equivocado. ¿Quién más podía ser? ¿Su marido? ¿Acaso Javier? Lo llamé, repitiéndole la invitación, pero mis palabras pasaron inadvertidas debido a otro relámpago que ahuyentó a la sombra. Pero llamarlo relámpago sería un error: a lo mucho, fue como un trueno distante, a pesar de que tuviera la certeza de que había caído en mi campo visual, puede que chamuscando una de las acequias más próximas. La lluvia ahogaba todo alcance de mi visión. Pensé en mis hijos, traté de verlos jugando bajo esta lluvia recrudecida, pero no pude. Un hondo desasosiego había clavado sus colmillos en mi plexo solar. Me repetí hasta convertirlo en un rezo hueco, que ellos estaban bien, que nada iba a pasarles. Era lluvia, después de todo. Oí de nuevo, distantes, las pisadas. Después nada.

Volví a deslomarme con la tumbona, pero al meterla bajo el pórtico vi que la madera estaba roja, como sangrando. Si no la secaba a tiempo, corría el riesgo de que se llenara de hinchazones, como lepra. Arrodillada, empecé a estornudar. ¡Lo que faltaba, un resfriado! Me alcé y sólo entonces me intrigaron los contornos de las cosas.

Ya he dicho que no podía ver más que el fino trazo de la realidad recortada contra la lluvia, como si me encontrara ante el torpe boceto de un dibujante y la blancura acuosa fuera su lienzo. Sin embargo, no necesitaba más para darme cuenta de que los contornos de ciertos árboles sencillamente estaban desajustados. Sí, usé esa palabra para explicármelo, en lugar de “rotos” o “fuera de lugar”. Los abetos que crecen en el solar vecino estaban un poco más altos y frondosos. Vi que la vegetación estaba ligeramente más crecida. ¿Cuánto hacía que Leonardo no podaba el pasto? Aquella mañana, cuando puse la tumbona para recostarme, no me había parecido que el césped necesitara un recorte. Lo mismo con el roble de la casa de Lucía. Un entretejido de líneas y bordes había crecido por encima de la casa vecina. Entrecerré los ojos, y si bien la lluvia no había hecho más que fortalecerse, había alturas que no correspondían a las que estaba acostumbrada.

Me encerré en la casa, buscando una toalla con la cual secarme. Me desnudé. Me puse ropa tibia. Algunas ventanas estaban abiertas, así que el estudio y la recámara de Chiqui se habían encharcado; el cuarto de Fabián estaba a salvo; maldije mi suerte mientras bajaba a la cocina por una jerga. Pero en cuanto me disponía a salir de la cocina, el estrépito de vidrios rotos y un sonido vocalizado, casi humano, me petrificó. Mis músculos se habían tensado, un escalofrío absoluto vibró en mis huesos; mi piel y mi vello sabían, o más bien adivinaban, aquello que mi cabeza todavía no procesaba. El ventanuco de la cocina ofrecía una visión limitada: a primera vista, no había nada de malo, salvo el pasto humedecido que ahora lucía más alto. Y la cerca había sido prácticamente engullida por un verdor inaudito de hojas, carrizo y hierba que se amontonaba con una sed de ocuparlo todo. Bajé las escaleras.

Desde el pórtico pude ver que el gran roble de mi vecina se había caído sobre el techo de la casa. Y me pareció ver una silueta caminar sobre el techo, saltar de una rama a otra con una agilidad simiesca. Entonces asocié la sombra que acababa de ver con la indeterminación de un intruso, la cara de un desconocido que sólo podía conjurar los aspectos más atroces.

Corrí al teléfono, pero al descolgarlo noté que no había línea. Lo intenté varias veces, maldije en voz alta. ¿Era cierto lo que había visto? ¿Qué le diría a la operadora del 911? “Hay una sombra sobre el techo de mi vecina, el árbol se ha caído, llamen a quien quiera, a los bomberos, la policía, pero que alguien venga”. El aislamiento residencial es el mayor enemigo que podríamos tener. Una vez Chiqui se intoxicó con bayas. Tendría unos cinco años. Mientras la carita se le ponía púrpura, Leonardo manejó como poseso hasta la clínica más cercana, a casi veinte kilómetros de distancia, a lo largo de un campo tan silencioso como vacío de casas. Y ni siquiera después de eso consideramos mudarnos. Estábamos tan enraizados que partir sería doloroso y letal como arrancar un árbol de años, como el gobierno nos ha obligado a hacer.

Salí para averiguar qué pasaba detrás del agua. En las inmediaciones de la calle advertí corrientes barrosas donde se acumulaban hojas, ramitas, cadáveres de insectos. Seguía encima el sol mortecino y sólo en ese momento, con mi paraguas abierto, me cuestioné cómo funciona una lluvia sin nubes. De pronto, me encontré acechada por cumbres vegetativas donde antes hubiera árboles de domesticadas alturas, que ponían en duda mi propio tamaño. Avancé como avergonzada, mientras esa desmesura de las copas exacerbaba mis nervios.

El árbol… ¿Y si Lucía y su hijo estaban atrapados? La lluvia hería, pero reingresé a mi casa, abrí un cajón, tomé un mazo para carne y salí con un paraguas. En caso de que el árbol hubiera apachurrado la puerta, quizá no tendrían cómo escapar. Las ventanas rotas, quizá una cañería de gas también, cosa que representaría un peligro mayor al que había imaginado… Ya que estaba en la calle oí un gimoteo parecido al de un animal lastimado. Me volví en varias direcciones, pero continué mi carrera a la casa de mis vecinos.

La sombra parada sobre el camino de piedra se convirtió en Lucía. La ancha copa del roble se derramaba sobre los fragmentos de la casa. El tronco había colapsado sobre el tejado, ahora partido en dos; una ventana había sido reducida a esquirlas y noté una pedacería brillante sobre el pasto igual de crecido que el mío y la piedra. Un reguero de trapos húmedos indicaba que alguien se había desvestido. Entre el trébol y la gramilla noté un bulto que, al principio, me pareció un ciervo. De pronto fui presa de otra de esas claridades con que me había entretenido hacía un rato: acosado por la lluvia, tal vez el ciervo erró su marcha y terminó en la casa de Lucía. Y la caída del roble sólo había crispado los nervios de Lucía, en cuya mano derecha observé un cuchillo —como el que imaginé que usaba para guisar— con la punta apenas entintada.

Pero aquel hombre —porque ya me había dado cuenta de que no se trataba de ciervo alguno— aún respiraba. El bulto empezaba a ser un torso, a tener piernas, brazos, cabeza, barba y cabello enmarañados, como de vagabundo. Un cuerpo descoyuntado con un tajo delgadísimo cerca de las vértebras. Los pies estaban deshechos, como si hubiera corrido sobre lascas y espinas. Bocabajo, no pude verle el rostro. Sollozaba tenue, parecido a como haría un niño mordiéndose la tristeza. Estaba desnudo.

Lucía estaba inmóvil. Apenas podía reconocer sus gestos bajo esta lluvia que ya escampaba. O es que ya nos habíamos acostumbrado tanto a su fragor que ya ni siquiera sentíamos la molestia de esas gotas afiladas sobre nuestras espaldas. No sabría decirlo, porque si bien su ceño permanecía inmutable, Lucía se acercó un solo paso, uno solo, aún con la plena convicción de que todo —y me refiero a lo que después se comentó en el pueblo, lo que Leonardo me contó mientras declaraba que sí, ése era Chiqui, nuestro hijo, y lo que le había pasado era lo mismo que había padecido Javier, el hijo de Lucía— no había sido más que un accidente, que ella había actuado en legítima defensa.

El tronco, envejecido, podrido, hendió aún más la debilitada estructura de la casa y sólo entonces, como si se tratara de una indicación, el crujido del roble agónico contra la casa hizo que Lucía estallara en lágrimas, pronto engullidas bajo las cascadas que nos rociaban desde ese cielo limpio de nubes. Lucía berreaba y dijo, con la mirada fija en la piel blanca donde había un ligero corte:

—¡Trató de entrar! Yo-yo, le abrí la pue-puerta. Dijo que era Javier.

Con el cuchillo señaló aquel reguero de trapos. Viéndolos bien, aprecié las curvas del escudo de la escuela. A la que también iban mis hijos. Soltó el cuchillo, su filo tintineó sobre las baldosas. Giró la cabeza, enterrando sus ojos en los míos:

—¡Algo debió haberle hecho! ¡¿Dónde está mi hijo?!

Y sólo entonces pensé en los míos, en las señales vagas que parecían anunciar un cambio bajo esta lluvia. Todo estaba crecido, se inclinaba sobre nosotras una desbordante desobediencia en los tamaños de las plantas. Aquel cuerpo que hasta ahora se había arrastrado escasos centímetros —como si tratara de huir de nosotras— dejó de moverse. Y no supe si debía abrazar a Lucía.

Me quedé tan inmóvil como ahora, que estoy ante la ventana, observando cómo aminora la primera estación de la lluvia. La calle inundada disminuye su nivel de agua, las plantas han vuelto a envejecer en cuestión de horas. El profuso verdor que esta lluvia sin nubes causa sólo puede ser presidido por la violencia de lo que se marchita. Tanta vida en un solo día acaba por pudrirse en la noche, cuando ya no hay agua, cuando la sed ha sido saciada y comienza el ahogo.

Le prometí a Lucía que buscaría ayuda. Caminé hacia mi casa, aún sin saber cómo reaccionar. Escampaba, ahora podía ver el final de la calle, los árboles repentinamente engordados y esa hierba que parecía pertenecer a terrenos más fértiles. Sobre el fango de los prados vi otra cosa arrastrándose. Al principio me pareció que era un montón de pelusa con hierbajos. Pero al agacharme descubrí que se trataba de un perro. Poseía una musculatura más bien ósea, apagada, con una textura casi revulsiva, producto de esos ladridos espasmódicos. Su pelo larguísimo negreaba ante mi vista; el cuerpo languidecía con aullidos exánimes, resuellos de un pecho que expira. El perro me miró y se congestionó en una cola contracción; luego vi que movía la cola, como si me reconociera. Un viento helado sacudió mi espina dorsal y continué mi camino hacia casa, con la esperanza de encontrar el teléfono con línea.

Pero a partir de ahí todo fue en vano.

Cuando vino la ambulancia, ya era demasiado tarde. Ernesto apareció en su auto y tomó a Lucía de la mano. Ambos se pusieron a llorar mientras uno de los paramédicos hablaba y sus labios decían la misma sarta de incoherencias que salió de la boca de Leonardo cuando, al anochecer, tras largas horas de incomunicación sólo explicables con esta lluvia, vino con Fabián, quien corrió a abrazarme.

Vi las mejillas encendidas de mi hijo menor, aún tibios los lagrimales. Y como en mi sueño, vi bajar a Leonardo con una lentitud casi ridícula, lívido, que lo convertía más en una silueta indistinguible que en mi marido; mientras tanto, se abría la compuerta trasera y salía un hombre de su estatura, con una barba no muy diferente a la que había visto en el hombre que, según entendí más tarde, había tratado de encaramarse por el árbol para acceder a la recámara. A su recámara, escribió el redactor de la nota periodística que apareció semanas más tarde, en un memorial titulado “Víctimas de la estación de la lluvia”, donde hablaba de casos parecidos al de Lucía, de quien después ya no supe mucho porque la encerraron en algún psiquiátrico y de Ernesto ya no hay ni rastro. También el redactor incluía los innumerables casos de cabezas de ganado, mascotas y pájaros que habían envejecido, algunos hasta morir. Pero en su prosa no encontré ningún ánimo de presagio. Supongo que él debió verlo como un caso aislado. Aún no sabíamos que iba a ser la primera estación. En cuanto al caso de Lucía, anotó con precisión de cronista que el peso del hombre había terminado por hacer que todo el tronco cediera y se encajara en el techo de la casa y, como consecuencia, el hombre cayó casi tres metros hacia el suelo. Pero, ¿por qué seguimos diciéndoles hombres y mujeres cuando sabemos que, en el fondo, todavía no lo son? O más bien, todavía no lo eran… Creo que Lucía se repitió esa misma pregunta, armada con el cuchillo. Quizá lo hundió ligeramente, como para cerciorarse de que no estaba soñando, que aquel hombre que se había accidentado era tan real como las súplicas que le lanzó afuera, en el pórtico de su casa, tiritando, casi desnudo, cubriéndose con el uniforme escolar empapado y hecho jirones de Javier.

Y ahora veo como en mi sueño donde un barro invisible afecta a todos, que se está bajando ese hombre apenas vestido, con una ropa tan ajustada que apenas distingo se trata del uniforme escolar de Chiqui, mientras lo acompaña Leonardo, ¿por qué lo trata con esa diligencia?, ¿quién es ese señor que se me acerca y levanta la cabeza cubierta de un cabello asqueroso y sus facciones arrugadas, de edad indefinida, se contraen para decirme: “Mamá, soy yo”?

Me levanto yo también. Alguien toca la puerta. Cierro los ojos y sólo ahí, en la penumbra que se adensa entre mis sienes, encuentro a mi Chiqui, a los diez años verdaderos, con ese rostro suyo que sí puedo amar.

Miroslava Palacios (México). Estudió la licenciatura en Bellas Artes en la Universidad Autónoma de Querétaro. Se encuentra estudiando la maestría en Artes Visuales dentro de la misma institución. Ha publicado poesía, cuento y ensayo en el fanzine Mitote Literaria, en Revista Encuentro, Enchiridion y en Casapaís. Fue becaria del PECDA 2022-2023 en la categoría de Literatura.

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