NO. 2 (DICIEMBRE 2025) / FICCIÓN / 3,852 PALABRAS
Solo había llevado el teléfono pensando en que su jefe podría llamarla con alguna novedad, tal vez un dato de último minuto sobre el negocio tan importante que ella se disponía a cerrar. Si lograba concretar este cliente la comisión sería suficiente para pagar la deuda.
—Mamá, mami. —Es la voz de su pequeño hijo en el altavoz del teléfono—. Mamita, tengo hambre.
Ella se detiene, siente calambres en las pantorrillas y taquicardia. Las lágrimas se agolpan. Intenta ignorar los ruegos de su hijito, está temblando, quiere seguir su camino; no puede permitirse llegar tarde a esta cita de negocios.
—Mami por favor. —El ruego es seguido de un llanto estridente.
La mano que sostiene el teléfono le tiembla, siente el nacimiento de una lágrima. No, ella no se va a dejar ganar por sentimentalismos, no cuando está tan cerca de solucionarlo todo, ella es una mujer de éxito, no se deja amilanar. Inhala y se obliga a empezar a caminar otra vez, voltea la esquina. La llamada se pone en altavoz automáticamente.
—Mamá, ¿Cómo me puedes hacer esto? TENGO HAMBRE. —La voz de su hijito grita por comida.
Ella no sabe qué hacer con el celular, siente ganas de estrellarlo contra el suelo, sabe que igual no lo podría romper, las nuevas aleaciones transparentes no se degradan ni se rompen de ninguna forma. Un celular para cada quien, por toda la vida, la solución al problema de la contaminación tecnológica.
Tira el celular dentro del bolso, el llanto de su hijo es más estridente, ella lo ignora.
—Una papita, una papita nada más, mami.
Una pareja pasa por su lado y la mira con reprobación. Saca el celular y presiona el botón de apagado una y otra vez, con saña y dolor, pero la deuda le impide cortar la llamada. Camina más rápido, cuenta los segundos. La ley contra la crueldad hacia los morosos hace que la llamada se cuelgue a los tres minutos.
Un equilibrio, habían dicho: la empresa tenía derecho a cobrar, y la persona tenía derecho a su tranquilidad. Tres minutos, según los estudios que encargó La Ciudad, tres minutos era lo que el cerebro humano soportaba escuchar los llantos y ruegos de sus seres queridos sin secuelas permanentes. A cambio, las empresas ganaron el derecho de conectar las llamadas automáticamente y siempre en altavoz.
Se concentra en caminar, un pie delante de otro. Un día a la vez, una mañana cada día. Poco a poco logra serenarse, dejar de pensar en su tragedia, en su hijo hambriento. Le llega la imagen mental de Nahel, su bebé acurrucándose en la oscuridad, apretándose la barriguita vacía. En la puerta del edificio el celular vuelve a sonar, ella decide esperar antes de entrar, la llamada se conecta automáticamente.
—Mami, ¿tienes fruta? —Su voz infantil es tan dulce que hace que ella se mordisquee el labio inferior—. Un poco de cereal me vendría bien, mami, tú sabes que me gusta la mandarina, mami…
Ya no lo soporta más, saca el celular para colgar la llamada. Aprieta el botón con desespero, es una esperanza de que el sistema falle, de que algo le permita detener la tortura. Al sacar el aparato ve a su bebé en la pantalla: sus facciones delicadas, su cabellito siempre en hongo y que se le movía como la hierba. Las lágrimas se le apretujan. Su bebé había iluminado su vida seis años completos. Seis años y nueve meses si era exacta. Lo dejó de ver cinco segundos, solo cinco.
—Una rodaja de sandía, un gajo de naranja, una fresa, ¿qué tal un pedacito de melón? Sabes que me gusta la guayaba, me encanta el kiwi, todo está en cosecha mami, aprovecha ahora.
Ella recarga el peso de su cuerpo contra una matera de cemento, la siente fría, aprieta el dorso de su mano contra el cemento y puede sentir las rugosidades marcando su piel. Necesita calmarse, el cliente la espera.
—Mami, no te pido mucho, con un solo banano estaré bien. —La llamada se corta, han transcurrido los tres minutos.
Ella entra al edificio, aún siente el corazón entumecido, se revisa el maquillaje mientras el guardia la anuncia. Gracias a su buena costumbre de llegar temprano aún está a tiempo.
También llegó temprano ese día, había agendado cita con el doctor, los atendieron rápido. Nahel solo tenía un leve sarpullido debido a un ácaro, todo lo que debía hacer era lavar la ropa y plancharla, pero ella siempre prefería la seguridad. Fue a una tienda y rebosó la tarjeta adquiriendo todo nuevo: ropa, cobijas, sabanas, hasta las cortinas. Para subir las compras al baúl del carro tuvo que soltar a Nahel. Cinco segundos. Lo que tardó en agarrar las bolsas con las dos manos, meterlas al baúl y cerrarlo.
Cinco segundos.
Mientras sube en el ascensor hacia la oficina del cliente, recuerda todo junto: el chirrido de las llantas, el frenazo, el grito. Una Toyota contra un niño de seis años. La que perdió fue ella.
Espera frente a la puerta de la oficina, se palpa el pecho y se asegura que no se note su taquicardia. Inspira hondo y golpea.
—Siga —dice una voz desde el interior.
Ella entra sonriente, sonriendo le presenta el portafolio, sin perder la sonrisa se sobresalta cuando suena una llamada entrante en su teléfono; sonriendo, ruega mentalmente porque no se conecte, que no sea su niño.
—Mami, mamita, ¿puedes darme un banano? Es la fruta más económica del menú.
Sonriendo, suelta el portafolio sobre el escritorio del cliente que la mira aterrada; sonriendo, coge el teléfono, quiere apagarlo a como dé lugar, por los nervios deja caer el aparato.
—Mami, por favor, tengo hambre, aquí hace frío.
El llanto de Nahel logra borrarle su sonrisa profesional, se agacha a recoger el celular y solo espera que el cliente la eche. Ha sido poco profesional. Todo está arruinado. Su oportunidad de pagar la deuda acaba de esfumarse, y ella tendrá que soportar por siempre los lamentos y los ruegos de su hijo muerto.
—¿Usted también? —le dice el cliente.
Ella levanta la mirada, lo ve, él está apacible, con las manos entrelazadas sobre el portafolio sin darle importancia.
—Yo también caí en esa estafa —dice él—, porque es eso, una estafa. Se aprovechan del dolor, y uno solo quiere que regresen, ¿verdad? No importa nada, no interesa el costo, y ellos, claro, tienen todo un plan de financiamiento preparado, y uno acepta sin siquiera leer.
Ella no atina a decir nada. Todo el tiempo se ha sentido sola, miserablemente sola. En su unidad de vivienda no tenía familia, sus padres mayores estaban en las villas de retiro, y ella, como toda la población adentro de La Ciudad, era hija única.
Estaba convencida de que había sido la única tonta que había firmado el contrato de resurrección digital sin leer, y así había entrado en un círculo de pagos mensuales cada vez más altos e imposibles de cumplir.
—Los vemos, los oímos, podemos hablar con ellos. —El cliente se gira quedando de perfil, mirando a través de un ventanal pulcro.
Ella recuerda que todos los oficios de limpieza los realizan personas negras que trabajan de noche, para que se confundan con las sombras. Lo descubrió cuando quiso visitar a su hijo en el cementerio. Las visitas a los muertos solo eran una pérdida de tiempo de las personas productivas. Por eso, La Ciudad había prohibido las visitas a los cementerios fuera de los tiempos de la memoria, dos fines de semana al año. Pero ella necesita ver a Nahel, recostarse sobre la tierra que lo cubría, susurrarle que todo estaría bien, llevarle una manta para el frío. Por eso, varias noches a la semana, trotaba todo el camino desde su apartamento a la zona del cementerio, y en el trayecto veía a las personas que estaban hechas para no ser vistas.
—Parece que siguieran con nosotros —continúa el cliente—, los últimos contratos incluyen su aroma, no me pregunte cómo lo logran, pero ahora podemos oler a los que… los que… los que…
—Han muerto —termina ella.
Él se gira y le sonríe a medias, ella recuerda su sonrisa profesional, pero no es capaz de pintársela de nuevo. El cliente agacha la cabeza, se revisa las uñas.
—Todavía no puedo decirlo.
A ella le había tomado años. Muerte. Una palabra desterrada de la vida diaria. Cuando los ancianos morían llegaba una carta desde las villas de retiro informando y eso era todo. A veces, algún tipo de flor negra de parte del empleador. Nadie moría de enfermedades, el sistema de salud era infalible. Los accidentes aún sucedían, y el entierro era un momento privado que solo concernía a los progenitores, ningún empleado comprometido iba a pedir un día de permiso para ir a un funeral. Como en el de su hijo, fue ella y nadie más.
Muerte.
Ella había decidido que no se dejaría abatir, sola había aprendido a escribir muerte: muerte, muerte, muerte. Escribió la palabra tantas veces que pudo pronunciarla, y luego gritarla, en su apartamento aséptico y deshabitado.
—Al principio todo es miel sobre hojuelas. —Él se levanta y va hacia el ventanal quedando de espaldas. Ella aprovecha para acomodarse en la silla, sabe que está dejando de ser profesional, pero está tan cansada.
—Uno les compra ropa, comida, muebles. —Él se mete las manos a los bolsillos, sigue de espaldas—. Yo le compré libros, todos los que le había leído antes de… —Saca la mano derecha y hace una voluta en el aire—. Todo es un engaño, no regresan, son solo ilusiones, juegos de espejos de este siglo, de esta… —dice mientras mira por la ventana, todos los edificios pulcros y brillantes, los del centro para trabajar, los de alrededor para descansar, aquí y allá cuadrados perfectos de un verde pasto, para el tiempo de ocio productivo—, de esta Ciudad.
El teléfono vuelve a sonar, después del tercer timbre la llamada se conecta. Cinco minutos entre llamadas. Eso era todo lo que había logrado la ley Nomejoda. Ese era su tiempo de paz, cinco minutos, luego tres de tortura y cinco de descanso. No entendía cómo no había más suicidios, o quejas, pero las cosas simplemente eran así. Compadecía a los que se habían instalado la SIM cerebral.
Ella ni siquiera intenta apagar el celular, saca un pañuelo del bolso y se seca la humedad que le nace en el borde del ojo. La llamada se conecta.
—Mamita, yo te amo, si tú me amas cómprame ropa nueva. Puede ser una manta, o un chaleco blanco de temporada…
La lista de ítems continua. Nadie le había dicho que programarían a su hijo virtual para pedir y pedir, para hacer pataleta cuando no obtuviera lo que quería, que las pantallas conectadas se activarían a la madrugada con su hijo llorando porque no tenía el juguete de moda. Nahel era un niño tan juicioso, tan bello, tan bien portado, que todas esas actitudes fueron haciendo mella, hasta que ella entendió que lo habían contaminado, que habían escaneado a su hijo hermoso y lo habían convertido en una IA insaciable.
—Mamita, ya va a llegar lo peor del invierno, ¿vas a dejar que pase frío?
En la oficina solo se escucha la voz del niño pidiendo una lista interminable de ropa. Ella sabía que al mismo tiempo, en la pantalla del celular estarían sucediéndose imágenes en alta definición de los productos con letras gigantes “OFERTA”, “ÚLTIMA TENDENCIA”, “QUEDAN DOS UNIDADES”. Y eso la llenaba con esa urgencia de hacer clic, conseguirle a su hijito lo mejor.
—Bueno —dice el cliente girándose para mirarla—, supongo que usted está endeudada y por eso la llaman constantemente.
Ella quiere responder, pero tiene atorada la indignación, la rabia, la soledad, el duelo. Todo junto. “Tonta, tonta, tonta”, se lo ha repetido tantas veces. Es una profesional, una mujer inteligente. ¿Cómo pudo caer en una estafa así?
—Mami, ¿ya te olvidaste de mí? Me siento mareado por el hambre.
Ella se muerde la lengua. No llora. Él camina al escritorio, se sienta y la observa.
—Mamita, tendré que comerme mis brazos, ¿eso quieres? Que me muerda mis deditos para sobrevivir, cuando tú me puedes comprar salchichas deliciosas, con salsa de tomate, mi favorita, ¿lo recuerdas? Por favor, mami, por favor, por favor…
Entre los dos se instalan los ruegos de un niño de seis años sometido a la hambruna. Los dos se observan. La posibilidad de verlo, de escucharlo una vez más. No lo podría abrazar, solo sería una imagen en la pantalla que instalarían en una pared completa de la habitación que ella escogiera, dos pantallas adicionales, la conexión al celular era gratis, porque entendían la necesidad de tenerlo al lado todo el tiempo.
—¿Tiene un plan para después? —la cuestiona el cliente.
La pregunta la desconcierta.
—¿Después?
—Sí, después de pagar la deuda, ¿tiene un plan?
Ella abre los ojos. ¿Después? Todo se reducía a salir de la deuda, dejar de recibir las llamadas que le hacían añicos el alma cada cinco minutos. ¿Luego? Luego lo de siempre: dar lo mejor de ella misma en el trabajo. Tal vez, con los años, volverse a inscribir en el programa de reproducción.
—Después es peor —dice él, ella lo mira sin entender—, tienen todos los datos guardados, los del familiar y los suyos. Entonces empiezan a llamar, contratan psicólogos para ese puesto, ellos llaman y hacen que uno hable. Se siente bien poder decir las cosas, que se extraña, que duele. Y de repente, lo ofrecen, verlo otra vez, escucharlo, un plan de un día, o de unas horas, solo unas horas. Y uno piensa, vale, solo unas horas, yo lo puedo manejar. Luego es un día, luego unos minutos cada tanto, tienen planes para todo: minutos al día, horas a la semana, horas el fin de semana. Te sientes en control, hay un psicólogo para hacer seguimiento, calculando cuanto tiempo se necesita para, a largo plazo, superarlo. Hasta ese día en que llega una factura impagable. Otra vez.
Él se calla y abre un cajón.
—Puede pagar mañana, pero lo más difícil viene después. —Él esculca buscando algo—. No hay ley para que dejen de llamarla y ofrecerle la resurrección digital por segunda, tercera o cuantas veces sea necesario. Créame, no hay voluntad que lo soporte.
Los dos se sobresaltan cuando el celular vuelve a sonar. La llamada se conecta, empieza un llanto estridente y continuo. Él saca algo del cajón, lo pone sobre el portafolio que ella iba a ofrecerle.
—Aquí hay un después —dice él, sobreponiendo su voz a los llantos infantiles.
Ella mira lo que le ofrece, es algo a medio tejer, las dos agujas cruzadas sobre una lana de color amarillo pollito. Un color tan fuerte que le hace doler los ojos. Ella no está acostumbrada a esos colores. En el trabajo solo se admiten tonos neutros, blanco y negro, y lo mejor era siempre estar lista para trabajar. Los mejores colores son los neutrales. Falda beige hasta la rodilla, tacones nude, medias de color piel, camisa blanca, chaqueta color perla. Ella no conoce ropa de un color tan estridente.
—Tejer, tejemos ropa para los de afuera de La Ciudad. —Él ignora los llantos del niño.
—¿Afuera?
La palabra solo le trae imágenes de suciedad, de tonos de café. Su imaginación enseguida la lleva al olor de basura y grasa. Afuera. Afuera solo están los sucios, los que no han trabajado suficiente para hacerse un lugar en La Ciudad, afuera están los que se rindieron y no supieron aprovechar sus oportunidades.
—Mamita, no queremos que pase lo mismo que la semana pasada, ¿verdad?
Ella cierra los ojos, los aprieta. No quiere recordarlo. La imagen de su pequeño Nahel, flaco, con las mejillas hundidas, mordiéndose el dedo meñique de la mano derecha, mordisqueando su propia carne. Fue tanta la desesperación que le compró raciones para una semana.
—Nos reunimos a tejer —le dice él ahogando la voz del niño resucitado, ella abre los ojos, ha sido muy descortés con el cliente—, y luego llevamos la ropa para los de afuera. Eso nos ayuda a resistir las llamadas.
Nosotros. ¿Quiénes eran? ¿Qué clase de grupo? ¿Era legal eso? No es que estuviera prohibido salir de La Ciudad, ni siquiera visitar esos sitios llenos de basura, barro y gente comiendo en la calle, pero quién querría ir a la suciedad, quién abandonaría por su propia voluntad el orden y la limpieza. Afuera no había nada para los triunfadores. La voz de su bebé resuena dentro de su dolor de madre huérfana. Afuera. Se sentía tan lejos, en realidad para salir de La Ciudad solo era un viaje corto, cruzar un par de check points y la barrera de frontera.
—Lléveselas —le dice él. Agarra las agujas y las saca del tejido, ella ve caer los puntos abiertos de la lana como heridas siempre expuestas.
—Mami, mira que las raciones están de promoción.
Él toma las agujas por la punta fina y se las pasa, ella duda. El llanto de su hijo cesa cuando la llamada se desconecta. Recuerda su profesionalidad, el objetivo de la visita. Las recibe por no incomodarlo, no puede contrariar a un cliente tan poderoso. Ella musita un gracias. Él sonríe. Ella llama la atención al portafolio que aún reposa sobre el escritorio. Él lo examina con rostro serio. Se ha restablecido el orden.
Tiene que aguantar cinco llamadas más hasta lograr concretar el trato. Por fin será libre. Ella lo ha logrado, y logrará cualquier cosa porque así se lo propone. Al final, ella se levanta y cierran la visita de negocios con un apretón de manos.
—Recuérdelo —dice él despidiéndola y señalándole las agujas.
Ella asiente, sonríe profesionalmente y sale.
Afuera toma el ascensor, aprieta las agujas en una mano, el maletín en la otra y el portafolio bajo el brazo. Qué idea absurda, piensa, salir de La Ciudad, del éxito, del progreso, para ir a buscar lo atrasado. Sale del ascensor, antes de cruzar los torniquetes de la empresa se dirige a la caneca de la basura y tira las agujas. Ella no va a ser de las que se rinde, ella sabe lograr sus objetivos por sí misma. Claro que no le seguirá el juego, ya ha concretado el negocio, la comisión será suficiente para pagar la deuda. Después de que las llamadas cesen todo será como antes. Todo será como antes.
Pasando los torniquetes suena su celular, ella se coge el portafolio de debajo del brazo para tener algo que apretar. La llamada se conecta. El llanto es automático. Su pequeño llora sin medida.
—Mami, voy a tener que hacerlo de nuevo. Mami, no quiero lastimarme…
Se le destroza la entereza profesional, ella quisiera poder acariciar a su bebé, alzarlo y apretarlo. Olerlo.
Recuerda lo que le dijo él: “Ahora podemos olerlos”. ¿Cómo lo habían logrado?
—Mami, mami, mírame, me duele…
Queda paralizada en el lobby del gran edificio.
—Mami, es mi dedito, ay, mi dedito, solo una ración, mami…
Mientras su hijito llora y le pide a gritos un poco de harina para pan, ella se fija: pantallas, cámaras, dispensadores de olor, controles de movimientos, seguridad que escanea pieles. En cada esquina, en el techo, en las paredes. Ojos electrónicos, narices automatizadas, oídos computarizados. ¿Cómo lo habían logrado?
Simple. Disponían del mundo para escanearlos.
El llanto de su hijo es tan estridente que el celador se mueve de su puesto y camina hacia ella. Ella lo ve con horror. Ella ha cumplido, cada segundo, cada minuto de su vida, ha cumplido las reglas. Ha hecho todo para ser exitosa. Ha logrado escalar posiciones. Ser la mejor versión de sí misma. Lleva un diario aspiracional. Una agenda para ser productiva. Se levanta todos los días para hacer ejercicio y mantener su cuerpo sano. Solo consume comida saludable. Medita con una vela cada jueves rojo del mes, para una mente limpia. Jamás ha olvidado la visita anual a sus padres. Paga su cuota de pensión, para que cuando tenga que vivir en las villas de descanso no sea una carga para otros.
—Ahhhggggg, Ahgggggggg, mmmmmmmmmmmmami…
Está aterrada mientras el guarda se acerca a cada paso. El ruido de los gimoteos de su hijo llena el techo abovedado del lobby. ¿Por qué ese hombre se siente con derecho de caminar hacia ella? ¿Por qué todos la juzgan cuando escuchan la llamada? ¿Por qué nadie, nadie, se ha ofrecido a ayudarla?
Ella abre los ojos.
Sí, alguien se ofreció.
Ella se da la vuelta, cruza los torniquetes otra vez, a toda prisa. Sin importarle lo que piense el celador que la mira fijo; ella deja caer el portafolio, quita la tapa de cromo pulido de la basura.
—Me duele. —Sabe que si mira a la pantalla verá un cadáver con piel que se supone es su hijo Nahel, lo verá con su boquita llena de sangre y carne, y le mostrará su dedito en el que se verá en hueso descarnado.
Ella no necesita esculcar, están ahí, prístinas, se distinguen porque son esencia del pasado. Ella coge las agujas. Ahora su hijito grita, ella podría comprarle una ración con la tarjeta de crédito, o al menos un banano.
—Mami, ayúdame, ¡mami! ¡MAMITA!
Su bebé pide auxilio desde la pantalla, ella deja caer el bolso para alejar el celular, aprieta las agujas contra su pecho, apoya la cabeza contra los soportes de plástico de uno de los extremos. Ahora entiende, esos simples elementos son remos de salvación.
La voz de su hijo mengua, los llantos, los ruegos, la carne faltante…, entiende que todo es pixeles, información condensada para que el cerebro humano la transforme en imagen. Abrazando las agujas comprende que su hijo murió, y decir muerte no es suficiente, que la ausencia es lo que le clavetea el corazón a la tecnología.
“Nos reunimos los jueves de velas rojas, en nuestras casas, la próxima vez estaremos en la mía; si quiere ir, tenga, aquí está la dirección”, le había dicho él, y le había extendido un papel, ella lo saca de uno de sus bolsillos, ahí está la dirección del cliente: en pleno centro de la ciudad, en la calle más prestigiosa, con vistas al bosque citadino. Él también había cumplido con las normas, con la agenda de productividad; él era exitoso, aun así, teje.
—Mamá, tendré que comerme otro dedo, por favor, no me aguanto el hambre, y aquí está oscuro, tengo miedo, ¿me compras un abrazo?
Su hijo, su niñito de pestañas largas, pestañotas, como le gustaba decir a ella, llora encerrado entre bytes.
Ella decide que irá a esa reunión, quiere aprender a tejer. Por primera vez se confiesa que le duele, que le gustaría tener un día, varios días, para llorar; que quiere alguien que le explique por qué, por qué a ella; admite que tiene miedo, a estar sola, a su apartamento que huele a óbito, a lo que puede encontrar afuera de La Ciudad, no sabe si será capaz de salir. Por primera vez reconoce que no puede con todo. Por lo menos usará las agujas. Por lo menos lo intentará.
La llamada se corta.
Karonlains Alarcón Forero (Colombia). Estudió antropología en la Universidad Nacional, especialización en árabe y ciencias islámicas en Alejandría (Egipto), y Maestría en Escrituras Creativas. Finalista en el concurso “Si a la paz” de la fundación Lidera (Colombia), del concurso de Narrativa Manuel Díaz Vargas con la novela: Viajeros (2018) y del premio ABREU 2023 y 2024. Ha publicado la novela ANJATAMÚN, Viajeros, novela de fantasía, y Preocupaciones de una madre de familia, libro de cuentos. Cuentos en las revistas Neutrina 1, 2 y 3, y en la antología de autoras fantásticas Las Ciclistas, además de en revistas y paginas literarias.
