Que los dioses vivan y se haga su voluntad

Mira a los sabios que han llegado a Su puerta.
Amontonados todos, juntos han venido.
Hoy es cada partícula una nueva puerta,
pues con cada partícula un camino hacia él se crea.
Tú que sabes qué camino hay que seguir
y qué camino lleva a aquella puerta

Farid Ud-Din Attar, La conferencia de los pájaros

Y del cerebro ya desocupado
los fantasmas huyeron
y como de vapor leve formado
en fácil humo, en viento convertida,
su forma resolvieron.

Sor Juana Inés de la Cruz, Primero Sueño

Estoy sentada en el borde del gran estanque en cuyas aguas son creados los dioses. Con los ojos cerrados medito. En mi trance percibo a la criatura nadar en las profundidades; veo en los pulsos de mis pensamientos la forma de sus alas en movimiento; alrededor de todo su cráneo los cientos de ojos hibridados de insectos y aves; más adentro, en su garganta, reside la combinación de los aparatos vocales de varias especies de mamíferos cantores; en la parte inferior de su cuerpo, donde están sus largas patas de reptil, sobresaliendo sobre los huesos, hay unas aletas de peces; en su piel se alternan escamas, pelos y piel multicolores; sobresalen también calcificaciones derivadas de las corazas de los cangrejos, moluscos y remanentes de corteza de los árboles. Soy por un momento parte de los procesos químicos en el interior de las células de la deidad; el metabolismo, la creación y consolidación de los tejidos; el cómo las proteínas interactúan entre sí. Si me concentro un poco más puedo sentir los impulsos eléctricos de los primeros pensamientos en sus jóvenes neuronas.

Abro los ojos y la luz del día me encandila. Las aguas del estanque están quietas, reflejando todo el firmamento en un enorme espejo. Me levanto, miro al cielo y luego hacia las montañas de la Sierra, donde está, entre las arboledas, el monasterio en que viven mis hermanos, a donde me dirijo. Atravieso los caminos, pasando escalinatas, grandes rocas de granito, árboles antiguos, hasta llegar a la vieja edificación labrada en piedra. Al acercarme veo los jardines de plantas quiméricas con sus grandes frondas, los símbolos de numerosas épocas tallados en la roca del edificio y veo también a las personas envueltas en sus túnicas azules, naranjas y rojas acercarse.

—Es el momento —les digo, jadeando por tanto caminar—. Ya está listo.

La multitud me escucha atentamente. Entre la multitud, surgen mis discípulos.

—¿Está segura, Soro Oymokayaxtlíi? —pregunta el hermano Yhgo- Oklankix, de rostro enjuto y ojos hundidos, quien me da una hogaza de pan por los días que he estado fuera meditando sobre la criatura.

—Sí —le respondo, convencida. Mis piernas tiemblan, al igual que mis manos, el frío del aire golpea mis mejillas y por momentos tirito—. Sus tejidos se han formado en su totalidad, al igual que sus órganos y sistemas. El cuerpo ha alcanzado su madurez fisiológica. Al meditar hacia las células, he sentido que la criatura ya es capaz de desplazarse de forma autónoma. Todo está en orden. Óptimo.

—Después de tanto tiempo —dice otra voz, esta vez de Soro Ymakitlií, la más joven de todas las personas reunidas—. ¡Hay que difundir la noticia! Que llegue a todos los pueblos de Mēxihco. Si esta criatura está en su estado óptimo, es urgente proceder con el ritual —su voz está exaltada, como la de todos los sacerdotes allí presentes. Sus mejillas se tornan rojas al hablar y sus ojos brillan en cada palabra.

—¿No es muy rápido? —interrumpe el hermano Yhgo-Oklankix, llevándose la mano a la cabeza—. Creo que deberíamos soltar a la criatura, que salga de las aguas algunos días y observar su estabilidad.

Yo escucho todas las sugerencias, mientras mastico la hogaza de pan. Por mi mente aún rondan trazas de las imágenes vistas tras la larga meditación con la criatura. Las palabras de los hermanos y hermanas se mezclan con estas visiones. Ambos, el hermano Yhgo-Oklankix y la hermana Soro Ymakitlií, son sabios y arquitectos de la vida, discuten los posibles destinos de la deidad y las consecuencias de liberarla. Noto en sus palabras la emergencia de mi hallazgo.

—Es una idea prudente —respondo al fin, tras escucharlos e ir saciando mi hambre tras devorar todo el resto del pan—. Nunca debemos confiarnos. Debemos vigilar a la criatura, cada uno de sus movimientos, incluso cuando duerme. Sobre todo observar si no se le desprenden secciones del cuerpo o su mente se vuelve un torbellino.

—Bueno, aunque hemos trabajado minuciosamente para que eso no ocurra —dice Soro Ymakitlií, en tono vivaz—. Cuidamos muy bien cada etapa de gestación.

—Lo sé. Pero nunca está demás tener precauciones. Hagamos esto por protocolo. Tengo la corazonada de que este será el intento definitivo. Nunca antes había tenido una sensación así. Es algo, ¿cómo decirlo? Distinto, completamente distinto a todo lo anterior —les respondo.

Las personas a mi alrededor me observan en silencio, luego se voltean entre sí. Se nota en sus rostros impresiones de sorpresa y un poco de miedo. ¿Será en verdad esta última la criatura que termine con nuestras penurias?

—Está bien —dice Frey Yhgo-Oklankix—. Será preciso soltarla en ese caso. Confiamos en tu corazonada.

Terminada la deliberación, caminamos los tres al pozo de piedras del estanque, recorriendo el camino que separa el monasterio de las aguas sagradas. Al llegar, cada uno de nosotros se planta frente a las aguas del estanque, pone su mano en el aire y dice en voz alta:

—Puedes salir.

Enseguida, el agua se agita y emerge la criatura, sacudiéndose de un lado a otro. Empieza a dar sus primeros indicios de su nado para después sacar hacia el aire sus manos, luego el resto de su cuerpo hasta estar completamente fuera. Nos arrodillamos para observarla con admiración y respeto.

—Por ahora nos obedece, pero todo esto terminará cuando su cráneo asimile las neuronas de las personas del sacrificio. Tendrá su propio criterio —digo—. Vigilemos cómo se comporta en su estado juvenil.

La criatura, cuya forma recuerda más a un alebrije, esos animales imaginarios del Mēxihco viejo, camina tímidamente sobre las rocas talladas, y después se va desplazando más rápido sobre las hierbas. Las olfatea con curiosidad para después inspeccionar cada cosa que se encuentra en su camino. Bate sus alas tratando de elevarse pero no lo logra.

—Será cosa de práctica para que pueda volar todo lo que quiera —dice el hermano Yhgo-Oklankix.

—Este dios es hasta ahora el más complejo que hemos creado —me dice en susurros Soro Oymokayaxtlíi—. Se comporta bien, por el momento; el tejido cutáneo no ha sufrido ningún daño al contacto con el aire o con la luz, y su actitud parece ser benevolente.

En ese momento la criatura posa sus garras sobre la corteza de un árbol y trata de subirlo. Después vuelve a caminar sobre las hierbas y termina en el borde del estanque, observando su reflejo largo rato.

La escena se prolonga horas y este hecho nos llama la atención.

—Su carácter es… contemplativo —susurra Frey Yhgo-Oklankix.

—Está observando su reflejo, no lo ataca —añade Soro Oymokayaxtlíi—. Sabe que esa imagen es un reflejo… Y también mira otras cosas reflejadas en el agua. Las estudia en silencio —susurra ella.

Yo suspiro mientras contemplo la escena junto a Frey Yhgo-Oklankix y Soro Oymokayaxtlíi. Ellos siguen haciendo observaciones, con tono entusiasta. El aire frío de la montaña sopla sobre nuestras caras, sacudiendo nuestras túnicas. La criatura al sentir la ráfaga tampoco se porta extraño, ni se altera.

—Tolera al aire —digo, tras la venida del soplo gélido—. Parece que en su forma basal tiene un alto potencial de serenidad y sabiduría. No arremete contra los elementos del clima.

Admiramos la anatomía de esta deidad al desplazarse, hasta que va entrando de nuevo a las aguas del estanque hasta desaparecer.

Detrás de nosotros, las montañas de la Sierra Madre Occidental, en el oeste de Mēxihco, se alzan en un enorme muro de bosques de pino. Hay nieve en lo más alto de las cumbres y el viento sopla gélido. El sol se pone muy a lo lejos y es devorado por la silueta de las montañas, tiñendo al cielo de rojo, después de naranja hasta volverse oscuro. Nosotros dormimos en la intemperie, meditando y rezando por la criatura: soñamos lo que sueña, lo que huele, lo que siente.

Al paso de los días nuestras observaciones de la deidad nos permiten presenciar resultados interesantes y prometedores. La criatura no se ha portado agresiva; mantiene mayor observación hacia el cielo, el agua, el suelo y las plantas; observa la caída de los granos de tierra por el viento, los trozos de madera flotando en el agua, el crecimiento lento de las plantas y el movimiento de las nubes al bajar la temperatura.

—¿Será posible? ¿En verdad lo será? —dice Frey Yhgo-Oklankix emocionado, con voz excitada—. Ningún comportamiento maligno.

Soro Oymokayaxtlíi, sentada en una gran piedra, a varios metros de nosotros, mantiene los ojos cerrados y su postura de rezo. Ella respira hondo y es parte de la conversación.

—Yo voto por dar a conocer al mundo la creación de la deidad.

Frey Yhgo-Oklankix me mira, con expresión serena, y asiente.

—Yo también voto a favor —dice él.

Respiro, mirando a la criatura, a las montañas y también asiento.

—Pues está decidido. Hay que dar la señal —digo.

Después de días de observación, nos levantamos y caminamos hacia el monasterio. Los demás sacerdotes nos reciben nerviosos, y al oírme decir que es momento de divulgar la noticia, estallan en júbilo. Hay festejo, hay clamores, serpentina y fuegos artificiales. Tras la celebración asistimos a una audiencia privada con otros arquitectos de la vida, nos interrogan mientras sostienen papel y tinta. Anotan cada palabra que les decimos y, tras terminar la entrevista, mandan a varios emisarios para salir corriendo al exterior, lejos del monasterio y muy lejos de las montañas.

—Tardarán varios meses en regresar —reflexiona Frey Yhgo-Oklankix, observando a los emisarios, en sus túnicas, correr por los sinuosos caminos de la montaña, hasta perderse entre los pinos del bosque.

—Sí, pero llegará el mensaje. Hay que prepararnos para la ceremonia —le respondo.

Pasan los meses. Nos alistamos para la ocasión. La criatura, mientras tanto, se ha alimentado de plantas y de troncos; ha nadado cada vez distancias más grandes, ha aprendido a volar y también ha empezado a imitar los sonidos de las cosas que lo rodean. También, con su cuerpo larguísimo de serpiente, ha logrado crear pequeños vórtices de viento en los que se desplaza; a veces esos torbellinos, por la diferencias de presión y temperatura que generan, se convierten en pequeñas nubes precipitándose en rocío.

***

El día del ritual llega por fin. Me coloco en uno de los nichos del altar, mientras mis compañeros se reúnen también vestidos con sus prendas ceremoniales. Procuramos apaciguar el sonido de nuestros pasos y nuestras voces, incluso los ruidos del movimiento de la tela de la ropa para que lo único presente en aquella quietud sea el aliento de las montañas y la respiración del cielo. Soro Ymakitlií está a mi izquierda y el hermano Yhgo-Oklankix a la derecha, más otros sacerdotes distribuídos.

Al estar todos listos, van entrando, uno a uno, los miembros de la peregrinación, personas venidas por su voluntad. Gentes de alta cultura y conocidas en sus lugares por poseer un criterio de mente y alma mesurado. Lo que se conoce como sabios. Cada uno de los pueblos que participan ha mandado a sus más preciados eruditos en distintas materias de los saberes, no solo de ciencias, sino también en la moral, en el arte de la guerra, en la cautelosa observación y entendimiento de las pequeñas y grandes cosas de la naturaleza, en las maneras de conversar y calmar los ánimos de las personas cuando están tristes o de mal humor. Un dios es la culminación de la sabiduría de todos los pueblos que le adoran, pero, sobre todo, es el culmen de los elementos tanto vivos como inanimados que son parte del mundo en el que vive.

Desde lo alto del altar, puedo ver acercarse a un anciano perteneciente al lejano pueblo de los mayas, gran astrónomo y conocedor de los ciclos de la luna y las estrellas. Él es el primero en presentarse ante el altar del nuevo dios. Este sabio presenta las ofrendas, frutos, códices y ropajes de su tierra, así como una muestra de la sangre que corre por sus venas al tomar un cuchillo de oscura obsidiana y hacer un corte en la palma de su mano. En la sangre están los olores, los sabores y la memoria del sabio. Será esta la sangre que permitirá al nuevo dios vivir en los climas del mundo, pues su material genético se integrará con el de la deidad y formará parte de ésta.

La segunda personalidad es una sacerdotisa de las tierras costeras de la región de Xalisco, una de las pocas sobrevivientes de los pueblos wixárikas y que ha logrado rescatar en su memoria y en las arrugas de su cuerpo todo el conocimiento sobre el uso de las plantas, del suelo, del cielo, de la lluvia y sobre todo del mar, en donde hace miles de años se sabía de la existencia de una antigua diosa, hoy extinta, llamada Aramara. Esta sacerdotisa, prudente y dotada de una gran sensibilidad, presenta sus respetos y da la ofrenda de los elementos y señas más características de su pueblo. Pasa el filo del cuchillo por su mano y la sangre brota en un hilillo escarlata, emanando desde la palma y cayendo en un goteo denso hacia las aguas del estanque.

Luego se presentan los sabios de las pocas ciudades de la civilización industrial de la era del carbón, del metal, del petróleo y del plástico, venidos de las ruinas de las ciudades de Tepic, Guadalajara, Monterrey, Querétaro y Ciudad de Mēxihco. Entre los perfiles de estos eminentes sabios hay conocedores de los secretos de la vida, incluso los que han visto con sus propios ojos los intrincados misterios por los que la naturaleza gobierna la materia y la energía. Hay miembros de la estirpe de los físicos, de los biólogos, de los agricultores, de los artistas y de los filósofos, y todos ellos se inclinan en señal de sumisión y devoción ante el altar. Se parecen en cierta forma a mí, pues ellos también han estudiado largo tiempo los misterios dentro de los tejidos de la vida. La única diferencia es que mi destino no ha sido formar parte de un sacrificio. Ellos se han ofrecido, han clamado y han pedido ser partícipes.

Yo los miro desde la gran altura y rezo por ellos. Agradezco a los cielos por su venida.

La procesión tiene lugar en un absoluto silencio y mientras los sabios recorren los peldaños del altar, el viento mueve sus prendas y sus cabellos. Siento en la fuerza y en la permanencia de esta corriente de aire la impresión de que las montañas están listas para recibir sus tributos y asimilar las almas de los eruditos. Entonces, el sacerdote principal que resguarda el estanque de los dioses da la indicación para que los sabios se encaminen con sus ofrendas y con la sangre chorreando de sus manos hacia el vilo del altar. Así, uno a uno se van asomando en el borde del estanque y ven a la criatura emerger de las profundidades del agua. Lo que antes era la imitación perfecta de un espejo apaciguado, sin movimiento ni ruido, ahora se transforma en un burbujeo imponente.

Miro al dios saliendo lentamente del agua.

Aun con su piel, huesos y órganos traslúcidos aún vigentes por el desarrollo embrionario, el dios se acerca nadando hacia los eruditos.

De la bóveda craneal del dios emerge un protoplasma denso y brillante, el cual se afianza lentamente sobre la piel de los sabios. Un escozor se hace presente en sus brazos, pues los filamentos penetran poco a poco todas las capas de tejidos, músculos y órganos de los hombres y mujeres ahí reunidos. Un dolor intenso los domina, pero de ello solo se pueden ver ceños fruncidos en sus rostros, mas no gritos. Ver la imagen me causa una profunda impresión, sobre todo al meditar y ser consciente de las sensaciones por las que están pasando estas personas. Volteo a ver a Soro Ymakitlií y distingo en su rostro un rictus doloroso, al igual que el hermano Yhgo-Oklankix y los demás arquitectos de la vida. Todos sufrimos ahí. Mientras tanto, los filamentos del cráneo del dios van colonizando el cuerpo de los sabios hasta llegar a sus cerebros, consumidos y ahora formando una sola masa neuronal.

Compadezco su sufrimiento y el sacrificio.

Los sabios caen hacia el estanque divino, inconscientes, mientras el nuevo dios hace suyo cada elemento de sus cuerpos, así como también hace suya su consciencia.

Al conjugarse todas sus mentes, todos sus recuerdos, todo su conocimiento, todos sus dolores y alegrías, el dios que los internaliza va adoptando una conformación tanto femenina como masculina. Los humanos necesitamos de la otra mitad para formar una nueva vida. Pero este dios, como debe serlo, es perfecto; todo está en su carne y en su mente. Dios femenino y dios masculino, capaz de replicarse por su propia cuenta, multiplicar su viva imagen por todo el mundo y de esta forma ser omnipresente y omnisciente.

Los cuerpos de los sabios, ahora inertes, son envueltos por los filamentos de la criatura en un capullo hasta ser devorados por las fauces de la deidad. Las garras destazan la carne y reducen los huesos a ínfimas porciones calcificadas, hasta que todo rastro de humanidad es desintegrado, y el dios hermafrodita incorpora en su ser cada una de sus partículas.

Ahí es cuando los sacerdotes y sacerdotisas, guardianes de estas montañas, abandonamos el sagrado recinto y dejamos a solas al nuevo dios, con la esperanza de que la combinación de todas las grandes mentes humanas del mundo venidas desde tan lejos, y que se han formado durante tantos años en las más delicadas materias, se fusionen y en conjunto logren formar la consciencia de la criatura.

Sin decir palabra alguna comenzamos una larga peregrinación hasta el fin de la cordillera, atravesando las escarpadas pendientes y las afiladas rocas. Lo nuestro es una caminata cuya duración se dilata por varios meses y en cuyo desarrollo nos empeñamos a rezar e implorar a las fuerzas de la naturaleza y al azar mismo, para que todo pueda consolidarse. Rezamos a los cielos, a los aires, a las aguas, los minerales, a las células, a las moléculas, átomos y a los misterios de la realidad más profunda.

Es en esta época del año, donde los astros están más cerca de la Tierra y las nubes no se manifiestan en las alturas permitiendo la plena contemplación del cielo para conectar con las estrellas del universo. Deseamos que por fin, en este intento, la deidad nos guíe para reconstruir este.

Mientras rezo junto a mis compañeros, a la luz de la Luna y a la intemperie del gélido aire de las colinas, pienso en mis lejanos años de juventud, donde la humanidad aún buscaba la creación definitiva de un dios capaz de guiarnos al equilibrio del orden natural.

Con la muerte de gran parte de la vida antigua del mundo, la civilización humana sobreviviente heredó un planeta con mares, aires y luz hostiles cuyo estado hizo inferir a los más grandes pensadores que no quedaban más de cien años de vida antes de extinguirnos.

Yo solamente pude conocer el estado del mundo antiguo gracias a los viejos documentos sobrevivientes. Las antiguas fotografías y dibujos revelaban ante mí un ecosistema irreconocible. Hace muchas décadas, cuando me convertí en discípula de los sabios creadores de dioses, tuve acceso a enciclopedias, diarios impresos, fotografías y dibujos desperdigados en vastos archivos, donde eran retratadas incontables criaturas hoy desaparecidas. Al ver sus formas, sus contornos y el volumen de sus cuerpos, me sentía frente a una ventana de un mundo lejano, absolutamente irreconocible.

Me es familiar el aspecto erosionado de las montañas, la vacuidad de los desiertos omnipresentes, lo enfermizo de los árboles retorcidos y con las cortezas resecas y quebradizas. Pero al escuchar a mis Maestros, cuya edad rebasaba una centuria, me di cuenta de que en realidad yo habitaba más bien el cadáver de lo que llamábamos hogar.

Fue entonces que, al involucrarme mucho más en las evidencias de la fauna y la flora extinta, dominó en mí la angustia, la tristeza y el terror. Era un milagro, eso pensábamos, que la humanidad aún existiera a pesar de los cataclismos cuyas consecuencias sacudieron los cimientos de la vieja civilización industrial hoy borrada.

Vino la paulatina erosión de las montañas, de las ciudades, de los bosques, de los prados, de los ríos, de los lagos y de los océanos. Así, sobre los páramos yermos de cada esquina del mundo sobrevivieron muy pocas criaturas quiméricas, mientras las demás, las originales, desaparecieron.

¡Cuánto daríamos ahora por volver a tener a todas esas criaturas de la vida silvestre con nosotros! ¡Qué milagro y que dicha sería tocar con nuestras propias manos los tallos de las plantas de las selvas, el pelaje de los grandes mamíferos de las sábanas y los polos, y la arrugada textura de los musgos y los líquenes de las cortezas de los árboles!

Pienso en todo esto, en los esfuerzos a lo largo de toda mi vida, desde mis primeros años hasta mi vejez actual. Rememoro y es en esta meditación, en medio de las montañas, cuando se cruza ante mí el recuerdo de cuando todo dio inicio para mí.

***

De niña ayudaba a mi padre a sembrar las semillas de maíz, hasta cosechar las mazorcas de elote cuando maduraban, así todos los años. En ocasiones encontraba animales muertos en los campos y en los caminos de mi pueblo que me gustaba enterrar. Sabía que las personas tenían huesos en su interior y yo quería conocer si también los animales tenían estructuras como las mías, pero, sobre todo, quería saber las formas de sus huesos. Al inicio enterré moscas y me di cuenta de que no tenían huesos. Luego tomé iguanas, las enterré y tras esperar meses para sacarlas de la tierra vi la forma de sus fémures largos, los dedos con sus garras filosas, los huesos con estrías que unidos formaban el cráneo, la afilada geometría de los dientes, ideales para masticar plantas. Enterré también a un pájaro que un día vi caer de un árbol, fulminado por un infarto, y tras obtener sus huesos me sorprendí al ver lo tan parecido que eran, en cierta manera, a los de la iguana.

En ambos casos, armaba los esqueletos sin saber nada realmente sobre anatomía de reptiles y de aves. Usaba un oxidado alambre de metal para darles soporte. Para mí era como armar un rompecabezas. Aunque, sinceramente, lo que más me emocionaba no era encontrar el lugar correcto de los huesos sino descubrir las semejanzas entre dos especies tan distintas. Donde la iguana tenía dientes, el pájaro tenía un pico; los brazos del ave tenían también dedos como el reptil, pero estaban deformados para volar; las patas eran más alargadas pero tenían en común la existencia de dedos y garras. Ambos animales tenían vértebras, coxis, columna y costillas. Entonces empecé a intercambiar los huesos de ambas criaturas entre sí para formar quimeras. El cráneo de la iguana lo trasladaba al cuerpo del pájaro; lo mismo con la cola, la cual ponía a la del pájaro, y me pregunté cómo luciría un ave con una cola larga de reptil y con la cabeza de una iguana. La imagen me generó mucha inquietud. También recuerdo haberle colocado los dientes de la iguana al pájaro y lo que terminé armando fue algo parecido a un dragón. Mi padre se dio cuenta de esto, cierto día en que él me descubrió acomodando los huesos en el jardín de mi casa, y me dijo que estaba jugando a ser arquitecta de la vida. No supe a qué se refería con eso, pero cuando estaba por preguntarle él se fue corriendo emocionado. Me dijo que no me moviera.

Cuando regresó, vino acompañado por uno de los sacerdotes del pueblo, quien al verme empezó a preguntarme sobre mi afición de manipular los huesos de animales. Era un hombre anciano de rostro bonachón con numerosas arrugas distribuídas en su piel, una barba tupida ya en canas y con una túnica azul y panza prominente. Parece que mi papá lo interrumpió en su merienda, pues tenía en una mano una taza con rompope y en la otra un pan dulce con algunos mordiscos.

—Una habilidad realmente interesante —dijo el sacerdote, inspeccionando cuidadosamente con la mirada los esqueletos de la iguana y la paloma—. Una tarea difícil, sin duda —añadió, mientras daba un mordisco al pan y bebía de su taza. Algunas migajas se le quedaron adheridas a su barba.

Mi padre me miraba en silencio, con los ojos brillando con el mismo aspecto del agua, esperando más disertaciones del sacerdote.

—Veo que tienes los huesos revueltos, ¿podrías armar el esqueleto del ave y de la iguana? —me preguntó, dando otro mordisco al pan.

Entonces junté los dos esqueletos a como mi mente me dio a entender. Una vez terminada la tarea, él me miró arqueando las cejas, sonriendo a mi padre y asintiendo levemente, como si hubiera respondido alguna respuesta, aunque no sabía cuál era la pregunta.

—Aquí, lo que colocaste en los brazos en realidad va en las piernas. Y algunas vértebras de la cola son del cuello. Pero es un gran comienzo. Y difícil. No todo el mundo puede montar un esqueleto de esta forma. Tienes intuición, pequeña. Muchos se rinden y lo abandonan, pero has persistido —me dijo el sacerdote de la túnica azul, quien se apresuró a terminar su pan, y dejó la taza apartada en el suelo.

Luego me enseñó cómo debían estar los huesos mal colocados, tomó el alambre para quitarlos y mostrarme cómo encajaban correctamente, así como sus articulaciones. Todo parecía tan intrincado y finalmente calculado, un verdadero dispositivo de relojería.

—¿Ves cómo ahora encajan? —dijo el sacerdote—. Los huesos de todos los animales son como andamios perfectamente encajados. De lo contrario, no podrían realizar sus funciones, moverse no sería posible para ellos. Has cometido algunos errores comunes, pero ahora seguramente serás capaz de ensamblar más esqueletos como estos y de otras muchas criaturas. Realmente, señor mío, esta niña tiene un gran potencial de ser arquitecta de la vida. Y eso no será posible en este pueblo donde casi todos se dedican al campo. Esta pequeña debe ir la ciudad, donde están las más grandes mentes de ciencia.

—¿Qué? ¿Irme? —exclamé, asustada, volteando a ver a mi papá.

—Todas las plantas y animales a tu alrededor son la creación de los arquitectos de la vida. Ya no hay muchas criaturas sin ser modificadas genéticamente. Solo de esta forma pueden sobrevivir al mundo heredado por nuestros ancestros. Es necesario que vengas —dijo el sacerdote, mirándome fijamente.

Yo escuchaba, tratando de entender, más no quería irme de mi pueblo, pero mi padre insistió y su palabra fue la que se impuso. Tuvimos discusiones que duraron días, semanas y meses. A veces no quería hablarle, hasta que un día llegó una comitiva de sacerdotes de la ciudad. Se quedaron un tiempo en mi casa, charlando con mi padre, sobre cómo sería mi vida allá, de los cuidados que tendría por parte de la congregación y de mi futuro.

—Es momento de irse —dijeron tras la larga espera.

—No sé cuándo nos veamos —dijo mi padre—. Pero siempre estarás en mis pensamientos deseando el mayor de los bienes en tu camino. No debes preocuparte por mí, yo seguiré donde siempre, sembrando la tierra, cosechando sus frutos. Quizás, algún día pueda tener entre mis manos una creación tuya, una planta nueva.

Me resigné entre lágrimas y acepté su deseo de irme a la ciudad para instruirme como arquitecta de la vida.

—Ojalá, padre —le dije, llorando—. Te visitaré y te escribiré.

Nos abrazamos y después nos despedimos.

Así es como una tarde de invierno fui a bordo de un carruaje mecánico de combustión de alcohol junto a los dos sacerdotes y el paisaje de mi pueblo se fue perdiendo entre el horizonte hasta desaparecer entre las grandes llanuras. El destino al que llegué tras varias semanas fue la ciudad de Cuernavaca, que aún conservaba su nombre heredado de la antigua nación de Mēxihco. Ahí, en las ruinas de la ciudad y en las nuevas construcciones, había huertas de árboles frutales muy altos con una sombra apacible y granjas de animales, enormes monasterios y otros niños como yo, traídos bajo circunstancias similares.

Admito que con el poco tiempo la tristeza y el enojo se fueron disipando al interactuar con mis nuevos compañeros con los que empecé a entenderme mejor. Es ahí donde conocí al hermano Yhgo-Oklankix, en ese entonces un chiquillo de tan solo ocho años, con un diente caído. Cuando lo conocí, llevaba en sus manos cinco grandes guayabas quiméricas que tomó de uno de los árboles del convento, se me acercó y me ofreció una. Así que comimos los frutos y hablamos de dónde éramos mientras nos dirigimos a conocer a nuestros maestros sacerdotes.

—Yo soy de Yucatán, la parte de Mēxihco más hacia el este, donde hay mucho mar —explicó él—. ¿Y tú, de dónde eres?

—Vengo de un pueblo llamado Rosamorada —respondí.

—¿Dónde queda eso? Nunca lo había escuchado.

—Está muy al oeste, cerca del mar. En donde antes existió una región nombrada como Nayarit.

—¿Nayarit? Tampoco me suena —contestó él, masticando la guayaba. A veces el hueco de su diente caído se asomaba mientras la mordía.

—Ni a mí, y eso que vivo ahí mismo —le dije, riendo.

—¿Qué cosas hay allá?

—Mmmmm, hay plantíos de maíz, de muchos colores, así se hacen tortillas coloridas y tamales —le expliqué, tomando otra guayaba; raspándola con mis uñas hasta irla descubriendo, ver las semillas y comer la pulpa—. También hay varios cerros alrededor del pueblo, casas viejas con techos de teja colorada, muchas de ellas rotas y una iglesia blanca donde suelen estar los sacerdotes dando consejo a la gente. La playa está a tres kilómetros de allí, aunque dice mi papá que, cuando mi abuelo vivía, el mar estaba mucho más lejos, pero que el agua fue subiendo, inundando más tierra. ¿Y qué hay de Yucatán?

—Bueno, soy de Mérida, así que no tengo playa como en tu pueblo. Antes había unos animales llamados jaguares, pero ya no hay. Dicen mis papás que todos los jaguares se murieron y yo les pregunté por qué no se volvían hacer con partes de otros animales, quimeras. Y es ahí que llamaron a un sacerdote y vieron que pensaba como un arquitecto de la vida, aunque no sé aún qué es eso. Pero bueno, en mi pueblo hace mucho calor, a veces llueve, pero muchas otras veces no cae nada de agua, así que solemos plantar unas hierbas muy grandes que antes creían en el mar, los adultos les dicen sargazos. Absorben mucha agua y de ahí comemos y bebemos. Nunca había comido otra cosa hasta ver estas frutas, y uno de los sacerdotes me dijo que se pueden comer, y aquí me ves. Están muy buenas —me dijo él.

—Sí, están ricas estas guayabas —dije, ya terminando de masticar.

—¿Así se llaman? —me preguntó, alzando las cejas, sorprendido.

—Creo que sí, se dan por mi pueblo. Aunque nunca he visto esos sargazos que dices. También por Rosamorada hace mucho calor, mucho aire y tierra. Todo se llena de tierra pero aquí no hay eso —respondí.

—Sí, eso es cierto. Aquí no hay tierra polvosa, ni hace calor. Hay muchos árboles, está fresco y está muy a gusto aquí.

Terminamos de comer las guayabas y seguimos el camino del convento. Cuando entramos a nuestras primeras lecciones, hablábamos de los esqueletos de animales, de las células y cosas que aún no lograba entender. Los maestros arquitectos fueron nuestros mentores en el entendimiento de la naturaleza y, aún más, de cómo manipularla. Las lecciones eran a pie; seguíamos a los maestros mientras nos hacían preguntas sobre el mundo, y en la marcha nos enseñaban algunas plantas de los jardines, también animales, y hablábamos de ellos.

Yhgo-Oklankix y yo siempre íbamos juntos, comentando la apariencia de tal o cual nueva planta para nosotros, sus colores, sus formas y nos preguntamos si se podía comer y a que sabría.

Al paso de los meses vino el momento de nuestro primer experimento para hacer una nueva planta. Fue simple y consistió en insertar la rama de una naranja en un árbol de limón. La lección nos fue dada por la madre Tlecampentilzií, una venerable anciana. Nos dio a cada uno una rama larga con unos frutos llamados limón y naranja.

—Huele muy rico —le dije.

—Sí, sí, huele muy bien; si los sargazos tuvieran ese olor, Mérida estaría con el aire perfumado —me dijo él, mientras se acercaba para sentir el aroma de las plantas.

—Eso sería una buena idea, plantas aromáticas para perfumar las ciudades, así tal vez el calor no sería tan feo, con todos oliendo a sudor.

Ambos nos reímos de la idea de una ciudad con bosques que perfuman a la gente cuando hace calor.

—Ahora, prueben los frutos, para que conozcan su sabor —dijo la anciana—. Deben quitar la cáscara.

Yhgo-Oklankix y yo quitamos la cáscara con nuestras uñas, abrimos los gajos y tentamos con nuestra lengua la parte húmeda del primer fruto, del limón.

—¡Ah, sabe muy ácido! —dije, riendo.

Yhgo-Oklankix chupó el limón e hizo una mueca con su cara. Yo me reí más, también contorneando mis labios por el cambio de sabor. Alrededor, los demás niños hacían cosas similares.

Después probamos la naranja y notamos que era muy distinta.

—Me gusta cómo sabe —dijo Yhgo-Oklankix—. Ojalá tuviéramos estas cosas en Yucatán.

—También quisiera lo mismo para Rosamorada —dije, mientras comía los gajos de naranja—. Tal vez no se dan allá, o se la comen las plagas y solo aquí pueden crecer. Quién sabe.

Ambos teníamos manchadas las bocas con jugo de naranja, el cual se hizo seco y pegajoso. Así que nos limpiamos con nuestras túnicas.

Entonces, la venerable anciana, de voz suave y manos llenas de arrugas y lunares, dijo:

—Ahora conocen a qué huelen y a que saben estos dos frutos diferentes. Será momento de combinar estas propiedades.

Nos enseñó a insertar las ramas de limón en los árboles de naranja, y las ramas de naranja en los árboles de limón. Así, sin saberlo, habíamos creado un injerto. Esperamos varias semanas hasta que del sitio donde pusimos la ramita empezaron a crecer raíces y tallos nuevos; y salió también un fruto esférico con un aroma muy agradable, entre dulzón y penetrante.

—Este es el primer paso para la creación de las especies —dijo la anciana sacerdotisa mientras nos mostraba las ramas injertadas en los árboles frutales—. El fruto de esta planta ya no es un limón ni una naranja, sino un naranjalimón. Un híbrido. Es lo básico en la agricultura. Nosotros iremos más allá.

Recuerdo que el sabor del fruto nuevo era como el de una naranja, pero más ácida. Con esta breve introducción habíamos creado nuestra primera especie artificial.

Yhgo-Oklankix y yo nos veíamos todos los días y fuimos haciéndonos amigos de otros niños. Nos gustaba jugar, sobre todo corretear entre los árboles de las huertas de plantas quiméricas y alcanzar los frutos más altos.

Entretanto, yo escribía a mi padre y mandaba gran cantidad de cartas, describiendo los avances en la arquitectura de la vida. Le conté sobre los árboles frutales, los injertos y las hibridaciones y las nuevas cosas que iba aprendiendo. Él me respondía contándome las cosas que ocurrían en el pueblo, de las fiestas y también me llegaban cartas de mis antiguos amigos de allá que deseaban saber mis andanzas.

Así transcurrieron años y décadas, hasta que me sentí plenamente parte del convento y fui adentrándome más en el entendimiento de la tecnología antigua con la cual era posible manipular la esencia de la vida de las criaturas. Partimos desde la comprensión del ADN de animales y plantas, hasta cómo extraer el genoma con simples detergentes. Después, con otras máquinas y procesos químicos más complejos fuimos capaces de aislar partes específicas del genoma de las especies.

Nuestras tareas fueron crear plantas híbridas con nuevos sabores, animales más grandes o con un pelaje más grueso; y los liberamos en parcelas destinadas a ver cómo se desarrollaban estas criaturas hasta determinar si eran aptas para repoblar el mundo.

Sin embargo, tal proceso era muy lento.

Visité varias veces a mi padre y en cada ocasión lo notaba más viejo. Las cosechas iban bien y yo le había traído personalmente una de mis quimeras, un maíz que podía crecer con menos agua de lo normal y con un nuevo sabor.

—¡Pero qué bárbara eres, hija! —Rio mi padre, cuando le mostré la planta de maíz en la maceta—. ¿Es tu creación?

Entonces me abrazó y le di una bolsa de semillas.

—Ya no puedo esperar a que crezca y hacer unas tortillas con esta planta. Tengo curiosidad por el sabor, ¿tiene algo más? —preguntó mi padre.

—Tiene algo sorpresa. —Sonreí—. Nos enseñaron a tomar genes del sabor, entonces hice un maíz con trazas de chocolate.

—¡Chocolate! —exclamó mi padre, examinando la planta en la maceta con gran devoción—. ¿Existe todavía el chocolate? ¿No se había extinto? A tus abuelos todavía les tocó comer chocolate.

—Sí, se extinguió; pero se logró reconstruir —le dije—. Uno de mis mentores es un gran creador de quimeras vegetales y nos contó que uno de sus más grandes descubrimientos fue un libro de la civilización antigua donde estaba escrito todo el genoma del cacao. Mi Maestro se pasó más de treinta años estudiando las plantas que compartían esa secuencia genética, buscó allí y allá hasta que logró hacer una combinación de varias especies y recrear una quimera muy parecida al chocolate. Fue todo un rompecabezas de moléculas esenciales. Y de ahí le pregunté si podía usarla para hacer maíz con ese sabor. Me tardé, pero aquí está el resultado.

Le conté a mi padre de cómo se me instruyó en el arte de la cromatografía, del aislamiento de los fragmentos de genes con aparatos que utilizan electricidad y cómo se me fue facilitando el estudio de los antiguos libros donde había genomas escritos. Las secuencias de letras ATCG, antes ilegibles para mí, tomaron mayor sentido, al punto de que cuando leía una secuencia de codones podía saber la forma en que los aminoácidos se entrelazan y tenía una idea intuitiva de la posible forma de las proteínas, su plegamiento, la interacción con enzimas y rutas metabólicas, me imaginaba el interior de las células de distintos tejidos, con millones de reacciones químicas ocurriendo al mismo tiempo a la vez. Veía también a las proteínas atravesar los poros de la membrana del núcleo de las células, hasta llegar donde los cromosomas y sus territorios, interactuando directamente con el material genético, activando tal o cual información y apagando aquella otra. Un vaivén innumerable de partículas atómicas, orbitales energéticos, flujos del campo elemental en un ritmo vertiginoso. No era raro que, durante estas meditaciones, llegara a mi mente el cansancio, un estado de éxtasis y, en algunas ocasiones, la sensación de no llegar a comprender la más mínima parte del misterio que gobierna a las cosas sintientes.

—¿Me creerás si te digo que a veces he soñado con ser una proteína viajando en el interior del citoplasma celular? —le dije, riendo.

Mi padre estaba henchido de alegría por mis avances y todo lo que le conté. Él prometió mandarme comidas hechas con el maíz sabor a chocolate. Yo debía volver a mis obligaciones, pues esta labor de ciencias demandaba mucho tiempo.

Tras regresar al convento, la próxima etapa de nuestra instrucción en el arte de la arquitectura de la vida fue la creación de dioses. Criaturas híbridas o quimeras, con un gran coeficiente intelectual, con la habilidad en el manejo de los elementos, de la materia y de la vida misma. Yhgo-Oklankix y yo nos hicimos muy cercanos colegas y trabajamos estrechamente en los experimentos. Él estudiaba los códices y libros antiguos donde se hablaba del jaguar, analizaba los documentos con su información zoológica y pasaba semanas enteras inmerso en la lectura de las secuencias genéticas de ese mamífero extinto.

—Necesito encontrar archivos sobre otros animales emparentados con el jaguar —me dijo cierto día Yhgo-Oklankix.

—¿Cómo dices? —le pregunté.

—Para volver a la vida al jaguar necesitaría genes similares a los que tuvo, por lo que necesito estudiar los genomas de los felinos actuales —añadió.

—Considera que los felinos actuales, al igual que los otros animales, son quimeras genéticas —le dije, algo indecisa pues yo no sabía mucho sobre jaguares y felinos, pero me parecía intrigante la idea de Yhgo-Oklankix.

—Lo sé, lo sé —explicó él, pensativo, mirando una ilustración de un jaguar—. El jaguar fue un felino grande, por lo que debo encontrar genes relacionados con la estatura; también tenía manchas en su pelaje, cosa que puedo encontrar incluso en algunas plantas que tienen genes que producen manchas, o incluso utilizar virus para interrumpir las señales de la pigmentación de la queratina del pelo, como con los tulipanes que tienen puntos de colores en sus sépalos… Sería interesante, sin duda, hibridar felinos con plantas, a ver qué pasa. O incluso colectar genes de otros animales, ratas, insectos.

—Tu jaguar parece más bien un rompecabezas de genes, Yhgo-Oklankix —reflexionó él, sin apartar la mirada del libro con el jaguar—. Ciertamente. Más sería algo grandioso poder ver un animal así. El mundo los necesita de vuelta. Aunque ya no es el mismo mundo. Tendrá que tener características genéticas que lo ayuden a adaptarse a esta Tierra.

—Me lo imagino —dije, acercándome a la ilustración del jaguar. Ví el gran felino con su mirada imponente, sus grandes garras, su pelaje lleno de manchas y el cuerpo elongado y la cola larga; el animal de la fotografía caminaba por una antigua selva de árboles tupidos—. Es un animal muy hermoso, y creo que por esta misma razón será un reto rehacerlo.

Yhgo-Oklankix hojeó el libro donde estaba la ilustración y empezó a leer en silencio un párrafo, hasta que me dijo, emocionado:

—Aquí dice que los antiguos mayas consideraban a los jaguares dioses. Si surgiera de nuevo, sería como el nacimiento de un dios, ¿no te parece?

—He oído decir que aquí las personas que llevan más años en la arquitectura de la vida se dedican a eso, a crear dioses —le dije, intrigada.

—Si lo ves de cierta forma, las quimeras que han poblado el mundo son una especie de dioses. Permiten que nos alimentemos y que vivamos —dijo él, reflexivo—. ¿No hacen eso las deidades?

—Pero en el sentido de los dioses antiguos, me refiero —le dije.

—¿Dioses antiguos? ¿Dioses que mandan designios y saben qué hacer para que las cosas sean mejores?

—Sí, a esa clase de dioses. Aunque en todo el tiempo que llevamos con vida nadie ha visto uno. Yo no he visto algo así.

—Podríamos iniciar con el jaguar y otros animales —dijo él—. Aunque no lo sé. Primero debemos crear criaturas más complejas para ir al siguiente nivel, supongo. Primero plantas, luego animales, después la combinación de ambos; seguir con los humanos y, al final, una criatura llena de sabiduría.

—Se oye algo muy complicado. Los genes de especies diferentes tardan en ser asimilados. Otras veces son rechazados. Realmente es algo difícil —dije.

—Difícil, pero no imposible —respondió Yhgo-Oklankix.

Seguimos mirando el libro con las ilustraciones y fotografías de jaguares y la selva maya. Por un momento me sentí inmersa en el hábitat, perdida en un bosque eterno, rescatado por la ilustración, donde no existe el paso del tiempo y las criaturas viven eternamente.

Mientras tanto, le escribía a mi padre mi emoción y la consternación sobre esto. ¿Yo, una creadora de dioses? Le hice saber que, en el mundo, en base a mi experiencia, la gran mayoría de las criaturas vivas, por no decir que todas, eran en realidad quimeras genéticas diseñadas por mis antecesores. Estas criaturas fueron poblando al mundo, al ser más resistentes a los climas adversos y a las plagas:

«Temo fracasar en esta misión, papá. Cada vez que me adentro en la complejidad de esta ciencia me doy cuenta de que un pequeño error puede llevar al destino de la civilización a su total desaparición. Hay que tener mucho cuidado con las características que uno coloca en las quimeras, pues los fracasos son comunes y con ello el tiempo que pasa es cada vez mayor», escribí a mi padre en uno de los momentos donde la angustia dominó mi espíritu.

Recuerdo que uno de mis maestros me contó de los sueños por conquistar los mundos de las estrellas, para transformar esos lejanos astros en lo que no pudimos hacer con nuestro hogar, utilizando la ingeniería genética, mientras la Tierra empezaba a sufrir extinciones masivas.

Ambos hojeamos antiguos documentos sobre la exploración espacial.

—Antes, mucho antes de que nacieras y de que yo incluso fuera un pensamiento, nuestra especie exploró la posibilidad de llevar la vida de nuestro hogar a los desiertos rojos del mundo de Marte —me dijo, en tono melancólico.

—¿Cómo podrían haber hecho eso? ¿Formar a Marte con las mismas plantas y animales de la Tierra? —pregunté, incrédula.

—Había maneras plausibles de hacerlo. Tomar las bacterias, hongos y líquenes de la Tierra para ir cambiando la composición de la atmósfera. En algún momento sería posible vivir allí. Pero llevaría demasiado tiempo —dijo.

—¿Alguna vez se logró formar Marte como nuestro mundo? —pregunté—. Si es así, entonces podríamos volver al estudio de los vuelos espaciales e ir a Marte a vivir allá, o incluso usar los mismos métodos para revertir la Tierra a como era hace cientos de años.

—Suena razonable —me dijo—. Pero Marte nunca se pudo terraformar.

—Terraformar, así que así se llamaba a ese proceso… —susurré para mí, sorprendida por haber escuchado esa palabra, hasta entonces desconocida.

—Era muy costoso llevar los microorganismos a Marte. Además, murieron. Se volvieron a llevar después nuevas olas de bacterias y hongos, siendo el resultado idéntico. Marte siguió igual. Finalmente, nuestra Tierra iniciaría el proceso por el cual empezaba a parecerse cada vez más a Marte…

Seguimos hojeando los antiguos libros y yo me preguntaba si algún día, cuando lográramos dar vida a un dios perfecto, éste podría viajar hasta Marte para fertilizarlo y transformarlo en un pequeño mundo similar a la Tierra. Quizás también podría ir a otros mundos, como Venus, transformar sus tóxicas nubes de dióxido de carbono en vapor de agua y convertirlo en un mundo habitable.

También conocí la historia de cómo el mundo se volvió lo que es hoy. Hace muchos siglos había criaturas silvestres creadas por la fuerza natural de la evolución, pero poco a poco desaparecieron por la acción del ser humano. En aquellas épocas tan lejanas, la humanidad creó grandes cultivos devorados por insectos considerados plagas. Así se inventaron venenos para matarlos y procurar la supervivencia de las plantas deseadas. Pero eso provocó la muerte de muchas criaturas y su desaparición. Venenos, plaguicidas y pesticidas filtrándose por los suelos y el agua y llevándose miles de especies que se encargaban de mantener los componentes de la naturaleza. Los venenos eran cada vez más poderosos hasta llegar a matar a personas. Fueron creadas entonces plantas híbridas resistentes a estas sustancias y también se generaron modificaciones genéticas en las personas para que fueran capaces de comer plantas y carne infestadas de pesticidas. El resto de la vida fue desapareciendo.

—Debemos aprender de los antiguos —reflexionó mi Maestro—. Cometieron errores graves, pero también hicieron grandes descubrimientos que hoy nos pueden servir.

—Nosotros buscamos dioses, Maestro —le dije—. Más bien, nuestra misión es hacerlos realidad. Las antiguas civilizaciones adoraban a los elementos de la naturaleza como si estos mismos fueran deidades.

—Así es —respondió mi Maestro mientras iba por unos antiguos códices escritos por los mayas y los aztecas. Una vez en sus manos, abrió sus páginas y vimos sus ilustraciones.

—Lo que sabían estos pueblos era la importancia de las criaturas que vivían en sus selvas y bosques. Los dioses de estas civilizaciones eran la combinación de los animales y las plantas donde las ciudades se asentaron. Adoraban a la Luna porque de sus ciclos dependían las cosechas. Adoraban al Sol porque sabían cómo la Tierra era afectada por las estaciones, por la luz y todo ello repercutió en los ciclos de todas las criaturas vivas. Adoraban también a los jaguares, a los pumas, a los ocelotes, a los coyotes, a los peces y a todas las criaturas vivas, porque descubrieron en ellas una auténtica divinidad escondida. Cada organismo cumplía un papel en la vida misma del mundo y del universo. Todos eran parte de una sola cosa —explicó mi Maestro.

En los códices mayas se distinguían las deidades que influenciaron el orden del mundo, y alrededor de éstas había animales adornando las páginas. Cada animal y planta representados significaba algo más allá de su propia imagen.

Vimos los dibujos del sol, el maíz creciendo, el cacao germinando y los frijoles siendo sustento de la vida de la raza humana. También contemplamos al colibrí, al quetzal, al jaguar, al águila, al yaguarundi.

También tuve acceso a los bordados de los pueblos wixárikas. En los trazos de telas y chaquiras descubrí cómo los dioses de la lluvia fertilizaban la tierra y las cosechas; cómo los animales se combinaban con los hombres y formaban un nuevo orden de criaturas con la capacidad de sentir y ver donde ningún ser humano podría hacerlo con su limitado cuerpo y su mente.

—Ellos, nuestros lejanos ancestros, imaginaron a los dioses que daban forma al mundo —dijo mi Maestro—. Los dioses eran los animales y las plantas. Pero los matamos y exterminamos.

Quedé en silencio por tal aseveración.

Mirar los dibujos de las civilizaciones que nos precedieron produjo en mí un gran sentimiento de vértigo. Ahora estábamos en la situación donde éramos responsables de la muerte de los dioses, de toda la divinidad de la naturaleza. Quedaba poca de esa divinidad, tan poca que era imposible que por sí misma pudiera revertir el efecto de las extinciones.

—Maestro —hablé—. La vida y la muerte son parte del orden natural. La muerte inicia la vida, así como las extinciones dan apertura a más vida, ¿no es así?

Mi Maestro me miró y respondió:

—Sí, así lo parece —dijo—. Las especies nacen y mueren y otras ocupan su lugar. Pero todo esto ocurre en un perfecto equilibrio. Cuando ese equilibrio se rompe, son más las especies que mueren que las nuevas por nacer.

Mi Maestro entonces me habló sobre las extinciones que acabaron con gran parte de la vida en distintos momentos de la historia. Esqueletos parecidos a aquellos con los que jugaba de niña. Animales con huesos, aves, reptiles, peces y también conchas de invertebrados cuyas formas solo se pueden intuir por los rastros que han dejado.

—La vida ha pasado por numerosos episodios de mortalidad. Estos episodios no han ocurrido de forma abrupta, sino gradualmente; las extinciones son procesos que toman miles de años, a veces millones —dijo mi Maestro, al abrir un gran libro con ilustraciones de fósiles—. La gran primera extinción ocurrió hace cuatrocientos cincuenta millones de años, entre los periodos Ordovícico y Silúrico. Era el mundo de los artrópodos de los mares, sobre todo de los trilobites. Después, se extinguió más de la mitad de todas las formas de vida. ¿Cómo sabes que ha ocurrido eso? ¿Cómo puede alguien afirmar que ha desaparecido un grupo de organismos vivos? La respuesta es porque después ya no se han encontrado rastros de sus cuerpos en las capas geológicas. Después vino la extinción masiva del Devónico, la Edad de la Tierra donde proliferaron toda clase de peces y aparecieron los primeros bosques; después, el ochenta por ciento de toda las criaturas dejaron de existir.

Mi Maestro tomó otro gran volumen, donde había fotografías mostrando criaturas en las que pude distinguir en sus huesos remembranzas de los reptiles y mamíferos.

—Estas criaturas —observé, analizando el esqueleto—. Tienen caninos, un tipo de diente típico de los mamíferos, pero también poseen otros huesos que son más de reptiles. ¿Qué pasó aquí?

—Lo que ves aquí son los sinápsidos, los antecesores de los mamíferos. Convivieron con el otro gran grupo de animales, los saurópsidos. Nosotros, los humanos, y el resto de los mamíferos, junto a los reptiles y las aves, venimos de ahí, de esa época.

—Significa que el linaje de los mamíferos es muy antiguo, ¿no es así? ¿Por qué no apareció el ser humano, digamos, hace trescientos millones de años, cuando vivían estas criaturas? ¿Por qué aparecimos tan tarde?

Entonces mi Maestro me mostró un mapa del mundo de aquella Era, donde los continentes estaban todos fusionados en una sola masa de tierra.

—Por esto —dijo él, desplegando el mapa—. Al juntarse los continentes se formó la gran masa de tierra conocida como Pangea. Al chocar todas las placas tectónicas la actividad de los volcanes aumentó, sumiendo al mundo en cenizas y mucho calor. El aire y los océanos se envenenaron con desechos volcánicos, se liberó mucho dióxido de carbono y metano. La Tierra se convirtió en un verdadero infierno. En esta gran extinción, desaparecieron más del noventa por ciento de todas las formas de vida.

¡Noventa por ciento!, pensé, aterrada, al imaginar que, en algún punto la vida estuvo muy cerca de desaparecer.

—De esta extinción, o más bien, mortandad, sobrevivieron los reptiles y los primeros mamíferos. Los reptiles terminaron ocupando el lugar dejado por los sinápsidos, desarrollándose en los dinosaurios; y los mamíferos, del tamaño de pequeñas ratas y musarañas, vivieron durante ciento cincuenta millones de años a la sombra de los dinosaurios. Después, en el Triásico otra extinción, y en el Cretácico un asteroide impactó con la Tierra. Los dinosaurios desaparecieron, dejando sólo como sobrevivientes a las aves y a los mamíferos. Después, los mamíferos terminaron dominando la Tierra los siguientes sesenta y cuatro millones de años, hasta la actualidad. Podrás ver que hay un patrón. El clima ha jugado un papel importante en la desaparición de las especies a lo largo de la historia.

—Es como lo que estamos pasando ahora mismo —dije.

Mi Maestro asintió.

—Se trata de la sexta extinción.

—Dijo usted que las extinciones tardan mucho tiempo en consolidarse. Que son procesos que toman millones de años. ¿Cuánto hace que ocurre la actual, la sexta?

—En realidad, lleva muy poco tiempo, demasiado poco. Apenas unos cientos de años. Los cambios en el clima son algo natural, pero no lo es que sean abruptos. Cuando eso pasa las especies no se pueden adaptar y vivir. Mueren. En menos de trescientos años se han extinto más de dos terceras partes de todas las formas de vida.

Me quedé callada. Empecé a sudar y a sentir palpitaciones en el pecho. Sentí mareos, como si estuviera a punto de desmayarme.

—Si no hacemos nada ahora, vamos a desaparecer junto a las criaturas que ya se han ido. La balanza está cargada hacia el lado de la muerte y las extinciones —dijo él.

***

Cuando pasaron varios años tras ese encuentro con mi Maestro, formé parte de una expedición cuyo propósito fue la búsqueda de la materia de la que están hechas todas las cosas poseedoras de vida.

Recorrimos las costas de todo Mēxihco estudiando las aves, los reptiles, los mamíferos y peces de los litorales. Después incursionamos en las llanuras, en los pocos bosques y en las escasas selvas.

Cuando encontrábamos a un animal o planta, tomábamos una muestra de su sangre, de su orina o de sus heces, y la conservábamos para utilizarla como material de construcción genético.

Nos convertimos en creadores de dioses e intentamos muchas veces replicar lo que la naturaleza había hecho con maestría durante millones de años de evolución. Pero la naturaleza ya no tenía fuerzas. Así que asumimos el riesgo de ser los artífices de este prodigio y aprender, con todos los errores que ello significaba.

Con mi Maestro y los demás sabios, entre los cuales estaba Yhgo- Oklankix, tomamos las alas de las aves, los pies de los reptiles, el corazón de los mamíferos, la resistencia a los climas impetuosos que tienen las bacterias y también recogimos la sabiduría de los humanos y las combinamos para dar nacimiento a un ser capaz de ver más allá de nuestra propia mente y nuestro propio conocimiento.

Descubrí, tras frustraciones y fracasos, que la naturaleza era una entidad prodigiosa que, tras millones de años de fracaso y error, desde los albores del tiempo, había perfeccionado su fuerza creativa al momento de manifestar nuevas criaturas sobre el mundo.

Nosotros, al tratar de replicar su divinidad, habíamos errado al dar nacimiento a nuestros intentos de deidades. No éramos la naturaleza y por lo tanto no teníamos la cantidad de tiempo que a ella le tomó formar la vida tal y como la conocemos. Debíamos hacer en menos de cien años lo que ocurrió en más de cuatro eones.

La presión era inmensa, al igual que nuestra fe, y los errores eran muy sencillos de cometer.

Quizás para suerte de nosotros, los peores errores de todos, los más aberrantes y terribles, aquellos que pusieron en duda la manipulación de la esencia genética de la vida, habían ocurrido ya hace mucho y su acontecimiento es ahora una cátedra que nos muestra por qué caminos no ir, bajo qué errores cayeron nuestros antepasados y las consecuencias inimaginables de sus decisiones inducidas por el más puro desconocimiento y la avaricia por la obtención del poder.

Mi Maestro nos contó la historia de los científicos que siglos atrás creyeron haber encontrado a un dios en las células de una mosca.

—La creación de los dioses es fácil encaminarla, por accidentes e imperfecciones, al camino a la invocación de un demonio —dijo mi Maestro, mientras recorríamos a pie la estancia del convento, acompañados del sol y de las plantas del exterior.

Entonces continuó:

—Hace siglos, muchos siglos atrás, en el embrión de mosca de la fruta Drosophila melanogaster se encontró una serie de mutaciones que producían moléculas bioluminiscentes junto a los genes homeobox, que, como se sabe, son genes que orquestan el desarrollo embrionario, determinando el orden de la formación de las extremidades y secciones corporales. Poco a poco, se iluminaron de manera espontánea zonas del dorso del embrión de la mosca, otras veces de la cola o de la cabeza, y en ocasiones se activaban diversos genes a la vez, formando un patrón de líneas coloridas a lo largo del cuerpo. Los científicos descubrieron un patrón luminiscente en números primos. Los números primos, claro está, no obedecen a un fenómeno del azar. Entonces, dedujeron, quizás muy pronto, que ahí había algo más que una mera mutación. Algo ahí era capaz de comunicarse y manifestar su consciencia a través del sistema vivo. Le llamaron Entidad. Esta cambió después sus pulsos de luz a código binario. Los científicos, a su vez, le respondieron con pulsos de luz. De esta forma pudieron tener una conversación.

Mi Maestro nos mostró una pantalla holográfica con las fotografías de la mosca, los pulsos de luz y, en seguida, apareció la conversación, la cual decía así:

«14 de marzo de 2056

Investigadores: ¿Qué eres?

Entidad: Lo que soy.

Investigadores: ¿De dónde provienes?

Entidad: De ningún sitio.

Investigadores: ¿El propósito de existir?

Entidad: Ninguno.

Investigadores: ¿Qué sentido tiene morir?

Entidad: No existe la muerte.

Entonces, al ver esta afirmación, los científicos se quedaron perplejos.

Investigadores: ¿Se puede evitar?

Entidad: Se puede evitar. Conozco cómo dar la vida eterna, suprimir las enfermedades, todos los males, todos los sufrimientos y penurias».

Mi Maestro, apagando la pantalla holográfica, reanudó su historia:

—Después de la conversación, la Entidad fue aislada e inyectada a un ratón con cáncer de cerebro, un glioblastoma. A los quince días el glioma desapareció por completo. Después la Entidad solicitó entrar en un humano, un elegido entre los científicos, para ser un dios, un salvador, el redentor mismo. El científico se inyectó a sí mismo a la Entidad y ésta se diseminó por todas las células y genes de su cuerpo. Meses después, el científico era capaz de leer el pensamiento de los demás, doblar cucharas con tan solo verlas, sabía incluso cómo curar cualquier enfermedad sin importar la especie animal perteneciente. Pero aquella Entidad tenía un origen incierto. Reveló cómo manipulaba la materia a la distancia. Les dijo cómo había interactuado con los impulsos eléctricos de la consciencia dentro de las proteínas de los microtúbulos, para sincronizarse con las partículas elementales a distancia, por el entrelazamiento cuántico; y así, con el solo pensamiento, la entidad podía enlazar los átomos de su cerebro con los átomos de un objeto y manipularlo. Podía entrar en los pensamientos al sincronizarse con los niveles de energía de los orbitales de las moléculas de las neuronas y otras células. El resultado de este pacto con la entidad… —dijo el Maestro— fue sencillamente catastrófico. Los peritos de la época encontraron a los científicos muertos y los describieron como masas de tejido con apariencia tumoral. Sus cromosomas presentaron alteraciones teloméricas desproporcionadamente largas, aneuploidías, múltiples deleciones, degradación del ADN y, sobre todo, modificaciones importantes en los genes hox. Años después, algunos líderes de ritos y sectas, quienes se hicieron de la Entidad por tráfico ilegal, encontraron que su manifestación estaba relacionada con la existencia de una secuencia tándem transcripcionalmente inactiva de doscientos dieciocho pares de bases.

Y tras decir esto, nuestro Maestro nos mostró un libro antiguo donde estaban escritas las letras de ADN de la Entidad:

T T T T T T T T T T T T T T T T T T T T T T A T T T T T T T T T T T T T T T A T T T T T T T T A T A T T A A T A T T T T T T A T A T A T T T G T T T T G T T T G T T G T T G G T G T G T G G G T G G G G G G G G T G G T T T G G G G G G G G G G G G G G G G G G T T G G G G G G G G G G G G G G G G G G G G G G G G G G T G G G G G T T G T G G T G G T G G G G G G G G G G G G G G T G T T G T G T T T T T T T T T T T T T T A T T A T T T G G

—Estas letras en el ADN alteran su estructura física de la doble hélice y la forma en que interactúan energéticamente las partículas subatómicas. Es una pequeña puerta mística molecular. Estas letras de ADN son un conjuro para invocar a un demonio. Antes se creía que el latín permitía invocar males, pero en realidad eso le corresponde al lenguaje de la química que nos compone.

Por fortuna para nosotros y para toda la humanidad, la Entidad fue frenada y destruida, y sus secretos fueron documentados para evitar cometer los mismos errores.

Otros descubrimientos posteriores de demonios genéticos arrojaron luz sobre cómo utilizar con cierta prudencia la manipulación de los genes y de las moléculas de la vida misma. Las fuerzas que se invocan, la energía que se maneja en la quimera creada y las consecuencias que ello conlleva. Así de delicada y peligrosa era mi labor, la creación de dioses. Encontrar un dios que fuera la imagen fidedigna de las deidades de la antigüedad se mostraba difícil. Pero estábamos convencidos de poder lograrlo.

***

Durante esos años de mi juventud le escribí muchas veces a mi padre sobre las angustias que tenía y él me calmaba diciendo que toda gran misión conlleva el enfrentamiento con grandes miedos. Él me había mandado por correspondencia postal las tortillas de maíz de chocolate y al probarlas me sentí en casa. Tenían una textura y una profundidad en sus sabores únicos. Me dijo que en mi pueblo natal yo era famosa, que esperaban con ansias mis nuevas creaciones. Le conté en mis cartas sobre la historia de la Tierra, cuando existían otras personas y cómo millones de criaturas desaparecieron hasta ser muy pocas. Él respondía, sereno, a veces sin saber mucho sobre el tema. Yo siempre agradecía recibir noticias de él y de los progresos en el pueblo y las cosechas.

Con el tiempo, mi incursión en esta ciencia terminó consumiendo gran parte de mi tiempo y de mi atención. Solamente interactuaba con mis colegas para hablar de cosas técnicas referentes a los procesos de creación de quimeras genéticas; la socialización no estaba en muy alta estima en mi calendario. Debo admitir que también mi alimentación no era del todo buena, pues gran parte del tiempo me la pasaba consultando el inventario de muestras químicas y de artefactos para realizar los ensamblajes genéticos.

Mi padre me seguía escribiendo, pero llegó el punto en que ya no podía responderle a tiempo, pues mi carga de trabajo, sobre todo la investigación y los experimentos, demandaban mucho de mí. A eso se sumaban más viajes y expediciones hacia sitios desolados sin carretera alguna ni sistemas de comunicación. Estos viajes duraban semanas y meses y requerían de una gran concentración para capturar a los animales que queríamos utilizar como parte de las quimeras. Además, dentro de mi formación eran abundantes los fracasos en los métodos para llevar a cabo las combinaciones genéticas, y también eran muchas las frustraciones al corroborar que ciertas hipótesis mías, al ponerlas en práctica, no eran correctas. Ya no estaba haciendo procesos simples como hacer plantas, sino que me adentraba en algo más complejo. Mi mente y mi cabeza estaban solamente para la ciencia y poco podía dedicarme a otras cosas. Al final de las jornadas de trabajo terminaba exhausta y las cartas de mi padre iban acumulándose hasta formar una montaña en mi despacho.

Hasta que un día ya no recibí más y supuse que era porque mi padre se había cansado de mi falta de respuesta. Realmente no había leído las últimas decenas de misivas que recibí de él, así que pensé que podría esperar algo de tiempo, un espacio libre, para responder apropiadamente.

Mi mano estaba agotada de tantas notas que tomaba sobre mis observaciones y sobre las discusiones teóricas con maestros y colegas. Mi ropa estaba manchada de tinta y mi habitación era un desastre con miles de papeles apilados con diagramas anatómicos, libros donde estaban escritos códigos genéticos de variadas especies y pinturas de dioses antiguos. Así que cuando fui abriendo las cartas respondía en una sola hoja todo lo que debía ser dicho; mi mano cansada garabateaba trazos a veces irreconocibles. Añadía dibujos rápidos y los progresos en los experimentos en los que era partícipe. Una en una, me encargaba de responder las cartas, hasta que llegué a la última, y de ahí supe que mi padre estaba mal de salud y me pedía que fuera para verlo.

Y después…

Después, en la última misiva, que no era de él, sino de un párroco de mi pueblo, se informaba sobre su muerte. Cuando leí esta carta lo hice más de diez veces, entre temblores, vértigo y una derrota total en mi cuerpo.

Papá había muerto, lejos de mí.

Pensaba en las cosas que no fueron y en las visitas que había prometido y dentro de mí surgió un gran enojo con mi propia ciencia que me había recluido toda la vida en los monasterios con el fin de salvar a la humanidad creando quimeras divinas, sacrificando mi propia vida. Ya no había nada qué hacer. Él se había ido y todo pasó a través de mí, a través de los símbolos de las letras.

Fue así como pedí licencia para ausentarme e ir a Rosamorada, a varias semanas de distancia de camino. Al llegar me encontré con la tumba de mi padre y hablé con mis antiguos amigos, y con los párrocos y médicos. El pueblo de Rosamorada seguía casi igual a como lo recordaba. Extraño me pareció volver a ver los cerros, las milpas, la iglesia blanca de dos torres y las casas antiguas con las tejas rotas.

Hablamos también de lo que sería el destino de la casa y las siembras de mi padre. Supe que no podría dedicarme a lo que antes fue mi hogar, así que como heredera cedí todas esas propiedades a la comunidad y me regresé al monasterio para continuar mi formación como creadora de dioses. A mis allegados en el pueblo les dije que me encontraba en una encrucijada, que mis progresos estaban encaminados en una situación que ameritaba la más tajante urgencia y que un día perdido era inadmisible en mi congregación.

Durante el viaje de regreso al monasterio solo miraba en silencio el paso de las montañas y los valles desolados de los desiertos. Me volví taciturna y distante con las demás personas, y mi concentración empeoró hasta el punto de que mi mente y alma daban mil vueltas. Llegó así un momento donde ya no fui capaz de leer mis escritos ni comprender los complejos métodos experimentales de la ingeniería genética. Recuerdo incluso un día donde sentí miedo al ver mis cosas, mis instrumentos, mis libros, pues no las reconocí. Las letras súbitamente se transformaron en manchas ilegibles, las ilustraciones carecían de significado y yo misma no podía reconocerme. Me vi fuera de mí misma, distante, bajo la impresión de encontrarme en un sueño difuso donde todas las cosas se entremezclaban en una perpetua confusión. Salí del convento con el pecho palpitando frenéticamente y vagué varios días, asustada, sin saber quién era, en dónde vivía, hasta que Yhgo-Oklankix me encontró, tras buscarme por todos lados y regresarme con los míos.

—Necesitas descansar —me dijo él, al hallarme sentada en una gran piedra de basalto, en la inclinada pendiente de una loma erosionada.

—No —le respondí, tajante—. No hay tiempo para descansar. Esta misión no puede esperar nada. ¡Descansar es postergar el futuro!

Regresé al convento con la mente hecha jirones, para reiniciar mis labores. Los experimentos que de ahí surgieron fueron todo un fracaso y ahora puedo atribuirlos al duelo por el que pasé y a todas las emociones contradictorias que invadieron mi vigilia y mis sueños. Tuve recurrentes pesadillas donde veía a mi padre siendo devorado por los gusanos de la tierra, y todo su cadáver se descomponía, reintegrándose al suelo hasta desaparecer por completo.

La muerte era algo normal, lo sabía, parte del ciclo de la naturaleza, pero verlo en mi padre me llenó de horror.

También soñaba muy a menudo que visitaba la casa solitaria de mi padre, en mi pueblo. No había nadie en estas visiones y siempre veía cómo las cosechas se incineraban por el Sol y el cielo terminaba engullendo a la Tierra misma.

Recuerdo aún la primera deidad en la que trabajamos mi Maestro, mi amigo Yhgo-Oklankix, los demás sabios creadores de dioses y yo, en aquellas épocas. Me embarqué en ese trabajo tan delicado, pensando que sería capaz de hacerlo, pero estaba muy equivocada. Fueron largos meses de planeación y de minucioso diseño.

Mi primera deidad fue un pequeño pez en el que combinamos el genoma de un cocodrilo y unas cuantas aves. Nuestra intención era que de esta quimerización naciera un dios de los mares, con la capacidad de nadar en cualquier tipo de agua para fertilizarla y usar las alas que tenía por aletas para desplazarse sobre los continentes y producir lluvia.

Para llevar a cabo esta creación, fuimos a las cordilleras sagradas de la Sierra Madre Occidental, donde nunca había ido, pero mi calidad de discípula avanzada me permitió tener el privilegio de entrar. En el estanque, vertimos las células quiméricas, junto con varias sustancias nutritivas que ayudarían al desarrollo embrionario de la criatura. Nuestro dios de la lluvia y los mares emergió del estanque de los dioses y se alzó al cielo, pero en vez de producir lluvia y fecundar los páramos desérticos de la región, su cuerpo giró tan rápido como un huracán, absorbiendo una gran cantidad de aire y humedad de la atmósfera. Empezó a sofocarnos y después generó una terrible tormenta de granizo que hirió a miles de personas en la región. Imploramos al dios misericordia, pero la deidad siguió absorbiendo el agua de la atmósfera y atiborró al cielo de nubes negras. El frío dominó los lugares donde nunca se había sentido; y entonces al granizo se sumaron enormes tornados que destruyeron pueblos, y se generaron terribles huracanes que golpearon sin piedad las costas de Mēxihco. Creíamos que nuestro recién creado dios estaba iracundo, así que ofrecimos un sacrificio con animales y plantas de la región, tratando de calmar su furia, como habíamos aprendido del estudio de los antiguos códices.

Sin embargo, este sacrificio no surtió efecto.

Una a una, las extremidades de nuestro dios de los mares y de la lluvia fueron cayéndose a pedazos, y su abdomen se fue desfigurando hasta que el propio dios se desintegró delante de nuestros ojos. Con ello terminó también la violenta manifestación de su poder sobre el clima.

Este fue un intento cuyas consecuencias fueron terribles. Debíamos estudiar qué había salido mal, por qué nuestra deidad se comportó tan implacable y no escuchó nuestras plegarias. Seguíamos sin tener un dios que nos ayudase a restaurar el orden del mundo.

Recapacité en los experimentos previos que realicé junto a mis colegas sacerdotes, revisé todas mis notas y métodos y ya no entendía qué había salido mal. Me sentí responsable de que el dios de la lluvia se hubiera transformado en una completa abominación y provocara tantos males y sufrimientos sobre el mundo.

Más que un dios, sentía haber creado un demonio.

Y era mi culpa.

Recapitulé sobre mi estado anímico por el duelo y traté de encontrar serenidad recurriendo a procesos de meditación, cuando se hizo evidente que no me encontraba en condiciones de seguir el ritmo de vida tan estricto. A pesar de las peticiones de mis compañeros para tomar una licencia, especialmente las intervenciones de Yhgo-Oklankix, insistí en que era un asunto momentáneo, pasaría y en el próximo intento las cosas saldrían mejor.

Escépticos, aceptaron mi propuesta, y seguí dentro del equipo. Mi Maestro, el hermano Yhgo-Oklankix, mis otros colegas y yo volvimos a estudiar los antiguos códices y la flora y la fauna del pasado, tratando de mejorar nuestra técnica. Mezclamos componentes genéticos de personas fallecidas que en vida fueron consideradas sabias, y los incorporamos a nuevas quimeras divinas. El resultado de esta manipulación de los genes y las características morfológicas fue el nacimiento de una diosa mitad humana y mitad axolotl, más otras características de nuevas especies animales y vegetales.

La diosa tenía más tranquilidad en su carácter y era capaz de manipular el crecimiento de las plantas. Nuestro júbilo fue inmenso cuando la diosa mitad mujer y mitad axolotl hizo crecer plantas en un valle antes totalmente desértico. Notamos que de estas plantas empezaron a derivarse otras nuevas, que adquirieron un comportamiento parásito, formando enredaderas con zarcillos que ingresaban en los tallos hasta succionar toda la savia y matar a las plantas.

Se diría que nuestra diosa tenía la habilidad de manipular con su sabiduría los componentes de las células y moléculas de los organismos vegetales. Pero su efecto fue exagerado, y aunque imploramos a la diosa que cambiase el camino que estaba tomando, nos ignoró, al grado de crear con su fuerza una miríada de plantas parásitas cuyas lianas y zarcillos terminaron alimentándose de cultivos hasta matarlos. A los pocos días, las plantas parásitas se marchitaron.

Después, como un reflejo de su propio poder divino, de uno de los brazos de la diosa emergió una extremidad parecida a una enredadera, que empezó a parasitarla. La diosa se consumió a sí misma y terminó muriendo de inanición.

Ver tal escena solo pudo sembrar en mí y en los demás sabios una honda desesperanza y resignación. Vomité y lloré amargamente.

Pensábamos que habíamos encontrado un camino más certero y que esta deidad era la que nos salvaría del desastre, pero una vez más resultó en un rotundo fracaso. De alguna manera, me veía reflejada en la quimera divina. Algo que termina consumiendo su propio cuerpo y alma y explotando de forma catastrófica. Fui consciente de que quizás sí había algo en mí que contribuía al fracaso colectivo de mis colegas: mi ánimo, mis pensamientos desestructurados y la decadencia de mi salud.

Decidí aceptar la licencia de descanso insistida por mis colegas y los demás maestros, para alejarme de los ajetreados entornos de la ciencia, y dedicarme a apaciguar los tormentos en mi alma.

Estuve recorriendo los paisajes de Mēxihco, en soledad, por cuatro años.

Durante ese tiempo pude enfrentarme con mis temores y las tantas sensaciones desagradables que hacían de mi vida un infierno. Me vi atrapada en tormentas tropicales y monzones de arena; experimenté la ausencia de comida durante días y lo milagroso de encontrarme con un árbol y animales sanos. Aprecié la corriente del agua bajando de las montañas, el viento llevando el polen a todas las plantas, y también aprecié los días en que las nubes se interponían frente al sol para dar sombra a la tierra.

Aquellos ínfimos detalles que durante tanto tiempo me habían sido ajenos por mi ensimismamiento y reclusión en los monasterios ahora se convertían en toda una revelación.

Fui recorriendo montañas aquí y allá, aprendiendo de primera mano la conducta de los pájaros y las plantas, y sentía en mi interior un desahogo que no había encontrado con ningún método humano. Si bien había aprendido de la sabiduría de las civilizaciones desaparecidas, me había distanciado del conocimiento que uno podía obtener generosamente observando a las criaturas en su entorno silvestre.

Si había una divinidad y una revelación sagrada, venía de estos lugares no humanos. Al menos así lo sentí. Pues ya no tenía mis libros ni mis manuales donde estaban escritas las letras de los códigos genéticos. Ya no veía en las criaturas meros ingredientes para crear una deidad que cumpliera con nuestros ideales.

En las regiones desérticas, escarbé entre los estratos para descubrir yacimientos de fósiles ocultos tras las eras y me encontré con formas de vida antiguas. Reflexioné sobre sus posibles adaptaciones a los climas pasados, y cómo al desarrollarse e interactuar con su realidad formaron los ecosistemas y los biomas de sus propias eras. Los estratos, delgados y muy delicados, me develaron la dinámica de los mundos distantes, atrapados en una marea de millones de años, bajo la presión de las rocas y las montañas. Aprendí a leer las marcas de las señas geológicas, de los huesos mineralizados y la forma anatómica de cada extremidad conjugada en los cuerpos que darían paso a gran parte de las criaturas hoy vivas.

Tras adentrarme en los páramos de los bosques, de los desiertos, de las altas montañas, del margen de las playas, de las riberas y de los ríos, fui conociendo también las costumbres de los pueblos aledaños.

Nunca me había puesto a la idea de interactuar con las personas; como en el caso del conocimiento que tenía sobre los animales y plantas, la mayor parte de mis años de juventud fueron solamente dedicados a la erudición, ignorando el mundo exterior.

De pueblo en pueblo, las culturas se me fueron presentando con la sabiduría que guardaban desde hace miles de años, tras sobrevivir a tantas épocas, cada una con sus dichas y desdichas. Había lugares donde existían pocas plantas, pero los lugareños se las arreglaban para sacar el máximo provecho y no morir de hambre.

Fue ahí, en mis visitas a las ciudades, a las aldeas y a las villas de Mēxihco, que utilicé mis conocimientos en la creación de quimeras para dar a los habitantes del mundo nuevas criaturas y purificar los ríos repletos de metales pesados de siglos anteriores. Le pedía a cada poblador una muestra de su sangre, para tejer las letras genéticas de sus mentes, de su alma y de sus pensamientos, e incorporarlas a los embriones de las nuevas criaturas.

Con la resistencia al calor de un reptil y la habilidad de cierto liquen para retener el agua y crecer, proliferando de forma prodigiosa, instruí a varias personas en la creación de una planta de maíz resiliente y de crecimiento rápido con poca agua. Di consejos para que los cactus de cierta zona del desierto de Sonora, por medio de la hibridación con hongos, plantas trepadoras y aves, se convirtieran en quimeras genéticas que al crecer extendieran frondas amplias, similares a grandes estrellas, y así captaran toda la humedad posible.

Iban a verme niños, mujeres, adultos y ancianos. Quienes lograban entender estos conocimientos, que siempre traté de hacer llegar de la forma más amena posible, se interesaron cada vez más en la ciencia de la creación artificial de las quimeras. Entonces, como me fue instruida la ciencia de los genes, yo instruí también a los pobladores interesados, ayudándoles a hacer primero injertos y después a desarrollar las habilidades y técnicas para extraer el ADN de las células de las criaturas y personas.

Fue algo arduo, pero al final fue satisfactorio propagar lo que había aprendido durante tantas décadas. Sentía que todo lo que había almacenado en mi cabeza no se quedaría desperdiciado en la privacidad de mis pensamientos.

Por aquel otro poblado ayudé a los habitantes a formar un bosque denso con árboles resistentes al calor y enormes cactus hibridados. Y así, las temperaturas poco a poco bajaban, y de los animales quiméricos se formaban remembranzas de los alebrijes.

Con esta acción, sin siquiera sospecharlo, fue aumentando el número de personas de todas las edades y sexos que querían contribuir a la creación del dios que ayudaría a llevar al mundo a su renacimiento de entre las cenizas. Entre quienes se unieron a mi misión conocí a Soro Ymakitlií, en ese entonces una niña de seis años. Ella era muy curiosa, hacía preguntas todo el tiempo, leía todo documento que llegaba a sus manos y participaba mucho en los experimentos. Sentí verme a mí misma a través de su infancia, como cuando yo fui igual de joven que ella.

Así experimenté una serenidad que no tenía desde hace mucho tiempo, hasta que me sentí poco a poco liberada de la pesadumbre de la que había sido esclava y surgió en mí la urgencia de volver con los míos para seguir creando nuevas quimeras. Junto a mí, había cientos de personas deseosas de aprender la ciencia de la hibridación, entre ellas la pequeña Ymakitlií, a quien terminé convirtiendo en mi discípula.

Junto a ella llegamos a los monasterios donde se enseñaban las ciencias de la vida y cientos de nuevas personas demostraron tener las habilidades para ser instruidas por los maestros. Mis colegas me miraban con sorpresa, tras haberme visto irme sola a mi retiro y terminar volviendo rodeada de nuevos prospectos de sabios sacerdotes y una discípula.

Así, volví a mi tarea de colaborar con la creación del dios.

Creamos deidades que, si bien resultaban inestables, ya no contaban con la agresividad de las anteriores. Era evidente que poco a poco progresábamos y que estábamos seguramente más cerca de alcanzar nuestro objetivo.

Ymakitlií fue aprendiendo el arte de los genes y al paso de los años se convirtió en Soro Ymakitlií, una de las más destacadas arquitectas de la vida.

Pensaba que a mi padre le hubiera gustado verme así, entusiasmada por lo que hacía y lo cerca que estaba de ser parte del resurgir del mundo.

Nunca había pensado en que podría haber llegado a ser Maestra, pero fue algo que, sin pedirlo, se cumplió y terminó haciendo que miles de personas contribuyeran activamente en la búsqueda del nuevo dios. Ya no éramos tan pocos los sabios, sino muchos.

Pasaron diez, quince, veinte años, que se convirtieron en treinta y luego en cuarenta. Es así es como después de sesenta años desde estos acontecimientos, mis colegas sacerdotes y yo estamos convencidos de que muy posiblemente este dios que hemos formado sea el que cumplirá nuestras expectativas. Hay algo en nuestro interior que nos dice esta corazonada, con la misma seguridad de que el Sol se sobrepondrá a la oscuridad de la noche tras el amanecer.

***

Durante este largo retiro a las montañas, junto a un manso río de aguas cristalinas, miro al firmamento, enfocándome en las estrellas, y permitiendo el surgimiento de formas aleatorias compuestas por ellas. Es ahí cuando aparecen, dibujados entre los lejanos puntos, cuadrados, cubos, y triángulos; y poco después, sobre la negrura del espacio, afloran los contornos resplandecientes de animales y personas. Vi mis propias constelaciones, las que mi mente instituía y por un momento me sentí rodeado por ellas. Me gusta pensar en que todas las criaturas vivas, al morir, se las lleva el agua del río de las montañas, hasta borrar todo rastro de su cuerpo y pasan a convertirse en estrellas; cada animal, cada planta y cada persona que ha existido sigue vivo. Sus imágenes cobran vida gracias al flujo del agua.

Primero veo el cuerpo de una serpiente de perlas claras arrastrarse lentamente entre las ondulaciones del río, hasta que luego aparece un puma y después un cocodrilo. Veo también el contorno de las hojas de plantas y la forma de animales que jamás he imaginado haber visto; algunos son similares a peces, aunque de aspecto primitivo y muy extraño; otros me recuerdan a lagartos y roedores; y, finalmente, reconozco las formas de aves que algún día cantaban posadas en los árboles y entre los bosques. Su cuerpo, hecho de miles de puntos celestiales, ondea sobre el río. Incluso me parece contemplar sus alas extenderse y volar dentro del agua.

Vuelvo a encontrarme con estas criaturas después de siglos desde su desaparición. Nos observan silenciosos desde el reflejo del agua y desde la distancia de las estrellas. Pienso también en mi padre e imagino que en algún rincón del firmamento me estaba contemplando.

Así transcurre nuestro retiro durante los meses entre las cumbres de la cordillera, rezando para acceder a los secretos del firmamento, tratando de que los espíritus de las criaturas vivas en las constelaciones se alineen con la deidad.

Cuando los humanos eran sus propios dioses, jugaban con las letras de la vida, encapsuladas secretamente en el interior de las células, para crear seres que sirvieran a sus propósitos. Ahora, entre las faldas de estas montañas, rezo con gran fuerza, implorando que del estanque nazca por fin la deidad que podrá decirnos qué hacer para rescatar al mundo.

¡Por favor, por favor, por favor; imploro que nuestro dios se forme al fin!

Que este dios al que hemos reconstruido con nuestra tan humana e imperfecta ciencia encarne el espíritu de Quetzalcóatl, de Tlaloc, de Coatlicue o Tonatiuh, emprenda su vuelo y se alce imponente hacia todos los cielos.

Que de su boca el aliento exhalado de su espíritu le otorgue vida a los rincones inhóspitos y yermos, convirtiendo los desiertos en bosques y selvas.

Que los dioses vivan y se haga su voluntad.

A la memoria de mi abuela
Abadesa Mayorquín
(1933-2023)

Víctor Parra Avellaneda (México). Biólogo. Escribe ciencia ficción. Ha publicado en Axxón, Colectivero, Cósmica Calavera, Sci:fdI (UCM), Zur (UFRO), Piker Press, Spillwords (E.E.U.U.), The Temz Review (Canadá), The Pink Hydra (Sudáfrica), entre otras revistas. Autor de Más allá del horizonte (Ediciones del Olvido, 2022) y Cuando las nubes salen a cazar (Fondo Editorial Universidad de Sonora, 2025). Miembro de la ALCIFF y la IASFA. Ganador del Premio Nacional de Literatura Fantástica Universidad de Sonora 2024. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.

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