Que los dioses vivan y se haga su voluntad
Estoy sentada en el borde del gran estanque en cuyas aguas son creados los dioses. Con los ojos cerrados medito. En mi trance percibo a la criatura nadar en las profundidades; veo en los pulsos de mis pensamientos la forma de sus alas en movimiento; alrededor de todo su cráneo los cientos de ojos hibridados de insectos y aves; más adentro, en su garganta, reside la combinación de los aparatos vocales de varias especies de mamíferos cantores; en la parte inferior de su cuerpo, donde están sus largas patas de reptil, sobresaliendo sobre los huesos, hay unas aletas de peces; en su piel se alternan escamas, pelos y piel multicolores; sobresalen también calcificaciones derivadas de las corazas de los cangrejos, moluscos y remanentes de corteza de los árboles. Soy por un momento parte de los procesos químicos en el interior de las células de la deidad; el metabolismo, la creación y consolidación de los tejidos; el cómo las proteínas interactúan entre sí. Si me concentro un poco más puedo sentir los impulsos eléctricos de los primeros pensamientos en sus jóvenes neuronas.
