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El primer viaje del Transamericano

Dicen que encendieron fuego en las montañas. Todavía no se sabe si fue un accidente humano, un acto de protesta o una casualidad. Después de tantos años de campaña para salvar el Darién, preservar esos kilómetros de tierra y cambiar el curso del Transamericano, después de todo eso, la selva está ardiendo y el humo desciende desde las montañas hasta el mar. A pesar de que tenemos prohibido abrir las ventanillas del tren desde que salimos de Medellín, el aire huele a quemado, como si estuviéramos saltando una hoguera. Los pasajeros no dejan de quejarse del dolor de cabeza, la resequedad de la garganta y el picor en los ojos. Solo podemos esperar a que pasen las cuatro horas del cruce marítimo y no llevamos ni la mitad.

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La carretera transoceánica

La carretera transoceánica evocaba a un dragón milenario, atemorizante, quizá inagotable, sinuoso sobre atolones y escollos, firme entre el cielo plomizo y las aguas oscuras. Moles de hormigón con acero trazaban aquella ruta que subía o bajaba a capricho, primero zambulléndose en segmentos submarinos, luego desplegando varios kilómetros sometidos al sol. Percebes y cristales salinos se hallaban acumulados alrededor de las gigantescas columnas que sostenían la magna estructura. Un oleaje embravecido golpeaba contra sus muros de protección, alcanzado a salpicar un poco de espuma hasta los carriles yermos. Las burbujas resplandecían en charcos y reventaban al paso de Babel y Arpa cabalgando.

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