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Becoming Karabudjan

—¡Pero es que tú, de entre todas las personas del mundo, tendrías que ser la que mejor comprendiera por lo que estoy pasando, papá!
El portazo de Zahara hizo temblar la pared. El cuadro que adornaba el pasillo cayó y el cristal se partió por la mitad. Gabriel se cortó con los pedazos al recogerlos.
—¡Zahara! ¡Por favor! —Por más que intentaba sonar calmado, su voz parecía empeñada en gritar. Gabriel odiaba los gritos casi tanto como las discusiones—. ¡Estamos hablando como personas civilizadas!

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Las lágrimas binarias del micelio

El domo del zoológico irradiaba una luz espectral, un destello verde esmeralda, como si una nebulosa hubiera sido confinada en una pecera. Eira respiraba aire sintético mientras su prisión fractal la sumía en una constante sensación de mareo. En su mente resonaba una voz que le helaba el corazón:
—Espécimen E-9.

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El lenguaje de los hongos

Cuando las setas comenzaron a brotar y a invadir la ciudad, fue a nosotros a quienes acudieron en busca de ayuda: a los que callan, a los que mantienen sus palabras bajo la lengua o sumergidas en sus manos, a los que hemos sido ocultados por la existencia de nuestro silencio.

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Las estaciones del vacío

El cielo se volvió lento aquel día. No era un atardecer, ni una tormenta. Era algo más profundo: las constelaciones parecían resbalar unas sobre otras, como si el tejido del espacio estuviera comenzando a derretirse. Para Lyh-Tel, eso solo podía significar una cosa: el universo estaba mudando de estación.

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El primer viaje del Transamericano

Dicen que encendieron fuego en las montañas. Todavía no se sabe si fue un accidente humano, un acto de protesta o una casualidad. Después de tantos años de campaña para salvar el Darién, preservar esos kilómetros de tierra y cambiar el curso del Transamericano, después de todo eso, la selva está ardiendo y el humo desciende desde las montañas hasta el mar. A pesar de que tenemos prohibido abrir las ventanillas del tren desde que salimos de Medellín, el aire huele a quemado, como si estuviéramos saltando una hoguera. Los pasajeros no dejan de quejarse del dolor de cabeza, la resequedad de la garganta y el picor en los ojos. Solo podemos esperar a que pasen las cuatro horas del cruce marítimo y no llevamos ni la mitad.

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La carretera transoceánica

La carretera transoceánica evocaba a un dragón milenario, atemorizante, quizá inagotable, sinuoso sobre atolones y escollos, firme entre el cielo plomizo y las aguas oscuras. Moles de hormigón con acero trazaban aquella ruta que subía o bajaba a capricho, primero zambulléndose en segmentos submarinos, luego desplegando varios kilómetros sometidos al sol. Percebes y cristales salinos se hallaban acumulados alrededor de las gigantescas columnas que sostenían la magna estructura. Un oleaje embravecido golpeaba contra sus muros de protección, alcanzado a salpicar un poco de espuma hasta los carriles yermos. Las burbujas resplandecían en charcos y reventaban al paso de Babel y Arpa cabalgando.

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