Territorio

A Antoñito

Antoñito duerme entre vuestros brazos. Los deditos minúsculos en su manita minúscula tocan, a veces, un piano invisible. El bebé no se ha despertado con el rugido del animal que os acecha y os ha clavado en el sitio. Ni cuando lo habéis embadurnado, como a vosotras, con la pulpa del higo bermejo que camuflará vuestro olor. Fruta nueva que arrojan árboles nuevos como nuevo es todo lo que crece en este mundo que ahora es un valle, pero que antes ha sido muchas otras cosas. Y muchas más cosas será, ya emancipado de vosotras.

El depredador alza la cabeza por encima de los girasoles crepusculares, a pocos metros, y olisquea. Escucháis el aire llenando sus pulmones. El crujir de las acelgas campaneras y los cardillos de plata bajo sus garras inmensas y preciosas. Imagináis sus ojos oteando un mundo que dejó de ser paisaje para convertirse en territorio. Y los territorios no mienten.

Una de vosotras se ajusta bien la mochila que transporta vuestra preciada carga. Otra agarra con más fuerza a Antoñito. La tercera saca el puñal que clavará en la carne del depredador si no le queda otra; si el camuflaje de la fruta y el cobijo de las flores no son suficientes para salvar la vida y no hay más remedio que despojarle de la suya al animal. Antoñito se desvela un poco, pero no llega a despertarse. Cómo duerme este niño. Debe ser por él por lo que se inventó lo de «dormir como un bebé».

Avanzáis despacio entre las flores. Girasoles transformados y desatados que llegan mucho más lejos de lo que ningún girasol de antaño pudo jamás. Tallos largos como largo es vuestro camino; como largo es un día sin pan. El animal, más cerca, os busca con el olfato. Apretáis contra vuestros cuerpos el puñal. Apretáis contra vuestros cuerpos la mochila. Apretáis contra vuestros cuerpos a vuestro hijo como los girasoles que os camuflan aprietan contra sus cuerpos la tierra; raíces que atesoran el suelo que habitan. Un segundo rugido, más cercano, asusta a Antoñito. Ahora sí: el bebé despierta y rompe a llorar. Echáis a correr; el camuflaje del higo ya no sirve si es su llanto el que os delata.

Los girasoles se doblan y rompen a medida que el animal los atraviesa en dirección a vosotras. Si tan solo esta nueva naturaleza los hubiera hecho no solo más grandes y más altos, sino también capaces de enroscar sus tallos en sus patas. Frenarlo el tiempo justo para que podáis ganarle distancia. Y luego soltarlo sin hacerle ningún daño.

Corréis con todas vuestras fuerzas mientras Antoñito llora desconsolado. Por Dios, que no se os escurra entre los brazos. Ni él ni la mochila que cargáis. Ni él ni el cuchillo que apretáis y que esperáis no tener que clavar entre esos músculos que se extienden y contraen con el objetivo de alcanzaros, que os persiguen como si fuera añoranza y no hambre lo que los motiva; ternura y no carne lo que los alimenta.

Su sombra se hace cada vez más grande y definida entre los girasoles. Una figura con formas antiguas y nuevas al mismo tiempo. Una silueta hermosa que se elonga a través de un territorio también hermoso. Los girasoles, cada vez más escasos, comienzan a dejar al descubierto su lomo. Su pelaje ensortijado. Sus orejas diminutas y redondas que cuesta creer que pertenezcan a una criatura tan mortífera; a una madre que ha de matar para alimentar a las crías que ya veis engarzadas en su panza. Frutos que salieron de ella, como el higo que mancha vuestras pieles salió de su higuera. Y como el bebé que llora entre vuestros brazos salió de vuestros cuerpos. Fruto de un amor eterno, horizontal y multiplicado.

El animal ruge de nuevo. Un rugido que es ahora la voz del valle y que se extiende hasta alcanzar la cordillera de la que venís y la meseta a la que os dirigís. ¿Podrá escucharse ese sonido en la última aldea que habéis visitado? ¿Podrá escucharse también en la siguiente? La súplica desconsolada de Antoñito se armoniza con la del animal. Ambas se guardan, complementan y revelan apetencias. El bebé consigue ver, por primera vez en su vida, el rostro de la criatura que os persigue. ¿Qué estará pensando? ¿Qué peligros y virtudes estará procesando su cerebro en desarrollo? ¿Qué cosas será capaz de ver él que vosotras, con vuestros ojos adultos, no?

Apenas se interpone ya nada entre el animal, con sus crías bien sujetas a su vientre, y vosotras. Una de vuestras manos alza el cuchillo preparada para dejar huérfanas a esas crías, preparada para enarbolar ese dolor y llevarlo consigo para siempre. Teñir con esa sangre los verdes de este territorio. Porque solo un territorio admite estas pasiones; solo un territorio habla verdad siempre.

Si tan solo pudierais hacerle entender el valor de lo que cargáis en la mochila. Si tan solo pudierais contarle que el amor que sentís por Antoñito es el mismo que ella siente por sus crías y así, sin necesidad de más razones, os dejara marchar. Pero eso, intuís, esta madre ya lo sabe. Y ningún matiz añadiría vuestro lenguaje burdo e incompleto. Y no por entender ese amor que os atraviesa es que deba el animal despojarse del suyo. Y sus patas lo aceleran. Y sus crías han de sujetarse con más fuerza a su pelaje. Y sus fauces abiertas parecen pedir carne y clemencia al mismo tiempo. ¿Será que esto es también amor, después de todo?

El sonido de los tambores os sorprende tanto como al animal. Los últimos girasoles son testigos de una música a la que se incorpora el sonido de cornetas y guitarras; de bombos y maracas. La criatura, desconcertada, se aleja de esas melodías que combinan poderes y tradiciones, culturas y mitologías que quedaron, como las fronteras que las separaban, desdibujadas. Canciones que alguna vez fueron de flamenco o de salsa o de vals o de Semana Santa, pero que ahora son de otro género distinto que no necesita catalogarse. La madre se pierde de nuevo entre los girasoles llevándose a sus crías consigo. Dais gracias por su vida y por la vuestra mientras las flores gigantes y mutantes que ocultan su huida bailan como si nada hubiese ni haya habido nunca por lo que preocuparse. Vuestras pisadas y las de la gente que os da el encuentro tumban tonos de verde que mañana volverán a erguirse, lenta y silenciosamente, como si nadie nunca los hubiera pisado. La música os protege y os recoge y os pone al fin a salvo.

***

Os acompañan a la aldea que tanto esperaba vuestra llegada; que con tanta ilusión lee por fin los textos que veníais cargando desde aldeas cercanas. Cartas de amores y recetas, de poemas y relatos. Descubrimientos sobre esta naturaleza nueva que tan bien florece y tan rápido cambia. Investigaciones que, con una ciencia también nueva, os enseña qué frutas usar para comer y cuáles para camuflarse. Qué cualidades y potencias esconden los nuevos verdes que cubren este mundo. Rutas seguras. Recetas de acelgas y cardillos. Cuentos que se transforman y completan un poco más en cada aldea antes de viajar, en vuestra mochila, a la siguiente.

Descansáis echadas en un prado entre vacas salvajes que ningún ser humano ha de matar para comer. Las voces y músicas de la fiesta de bienvenida que aún dura nacen, se reproducen, mueren y vuelven a nacer. Un rugido saciado y victorioso os alcanza desde el valle, pero no logra despertar a Antoñito; el bebé duerme entre vuestros brazos con la paz de quien habita un territorio.

Daniel Cervantes (España) escribe ficción rara y especulativa, con un especial interés en cómo nos relacionados con el resto de especies, y en el impacto vital y social que tiene el escenario, ya apocalíptico, que nos presenta la crisis climática. Su primera novela, La Unión (Libros.com), se publicó en 2023. Su segunda, La Nueva Costa (Ediciones El Transbordador), se publicó el año pasado. Actualmente está completando el manuscrito de su tercera novela, un wéstern especulativo, extraño y compasivo.

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