Hey, mano, ¿qué llevas en ese costal?

Lo primero que nos advirtieron
es que uno tiene que ser ciego,
sordo y mudo para vivir tranquilo.

En la boca del lobo (testimonio),
Cuando los pájaros no cantaban

«Entre menos se sepa,
más vive uno», decía mi esposo.

Eso a uno no lo dejaba dormir (testimonio),
Cuando los pájaros no cantaban

A los 7 años, Rogelio aprendió que se vivía mejor callado. Lo entendió mientras miraba sus uñas rotas después de arrancar la yuca. Su patrón lo regañaba si se quejaba o le demoraba el pago intencionalmente. Si se cortaba la piel con alguna rama o piedra, se amarraba la herida con un chiro y seguía trabajando hasta terminar la jornada.

Como no podía manifestar su sentir, Rogelio prefirió silbar. Lo hacía juntando las manos y soplando a través de la boquilla que se formaba entre los pulgares. En aquella ocarina natural imitaba el sonido de una paloma o de una lechuza; a veces solo jugaba con las notas levantando y cerrando el índice.

Rogelio le encontró el gusto a sacar notas con las manos. Las aves le respondían y el viento le traía brisas suaves para refrescarle el sudor. Lo disfrutaba aún más cuando salía de la finca y sacaba, en esas notas improvisadas, todo el cansancio y la frustración acumulados en el día. Pero si había algo que amaba más que silbar era a su familia.

Amaba a su hermano mayor, Santiago. Le causaba gracia cuando se peleaba con su mamá porque a ella no le gustaba que usara su maquillaje y sus faldas, todo por ir a visitar a su novio, el que trabajaba en la pollería.

Doña María, su madre, no lo juzgaba, pese a todo lo que se decía de Santiago en el pueblo. Le daba igual si amaba a un hombre o a una mujer, mientras fuera feliz. Tampoco juzgaba a Rogelio, que solo respondía “bien” cuando ella le preguntaba cómo le había ido en el día. Era profesora, y cuando no estaba dando clases, se la pasaba preparando tamales para repartirles a los viejitos los domingos en la plaza. Aun así, siempre tenía tiempo para sus hijos y se los llevaba cada vez que podía.

Amaba a su padre, don Eustaquio, que era tan taciturno como Rogelio. De él aprendió el gusto por el trabajo como una forma de amor hacia la familia. Su padre era un trabajador incansable, de los que se exigían más de la cuenta para que en la casa no faltara la comida.

Esa misma devoción por el trabajo fue la que don Eustaquio trató de mantener cuando llegaron los nuevos hacendados a la zona, hombres del aguacate y del ganado que impusieron sus propios salarios y decidieron la hora de salida de las fincas. La madre de Rogelio se quejó en su momento, pero al final dejó que su esposo tomara la decisión. Rogelio y su padre trabajaron en silencio, por menos dinero, pues lo único que querían era vivir tranquilos.

De nada sirvió quedarse callados, los hacendados hacían lo que querían: dejaban el ganado para que se comieran los cultivos de los vecinos y se llevaban las gallinas si podían. Trajeron a su propia gente y recortaron el personal. Fue por esto que Rogelio y su papá se quedaron sin trabajo.

A don Eustaquio le tocó quedarse en la casa, recogiendo lo poco que les dejaba el ganado. Ya estaba muy viejo y no lo dejaban ni limpiar los apriscos.

Rogelio tuvo mejor suerte. Tenía quince años y toda la energía de la juventud. Juntó los ahorros de su trabajo y, con el dinero, les compró a sus vecinos elementos que ya no usaban, para luego revenderlos a los hacendados o a otros campesinos que sí sabían darles uso. Se recorría los terrenos con costal al hombro, silbando con las manos para anunciar que estaba cerca. La gente lo llamaba para ver qué útil traía esta vez.

Mantener la boca cerrada y dedicarse a recoger chécheres le dieron buenas ganancias. Se sentía bien de no tener que depender de un patrón: tenía su propio horario y podía descansar cuando quisiera. En las tardes se sentaba en un morro a revisar su mercancía y, desde ahí, escuchaba a la gente quejarse de su situación: que les bajaban el salario, que les tocaba trabajar el doble, que debían pagar si querían cultivar en su propia tierra. En esos momentos, Rogelio juntaba las manos y soplaba despacio, también era su forma de orar para que no le faltara el trabajo.

El negocio mejoró cuando los campesinos dejaron el campo y revendieron sus pertenencias para irse más ligeros y con algo de dinero. Donde mejor le iba a Rogelio era cuando abandonaban alguna finca: los hacendados que las ocupaban casi regalaban lo que dejaban los antiguos dueños. Fue así como Rogelio expandió su negocio y empezó a viajar a otras veredas para vender su mercancía. Por el camino aprendió que no solo la gente necesitaba cosas, también los que vivían en el monte y en el río tenían sus necesidades: algunas razas ancestrales, como los coquena, se acercaban a él buscando herramientas para cuidar su ganado, y los curupira le cambiaban pieles por ropa de niño, que por su tamaño era la talla que más se ajustaba a ellos.

A los veinte años, el negocio de Rogelio iba tan bien que pudo permitirse que su papá y su mamá dejaran de trabajar. Con lo que él y su hermano ganaban ayudando en la pollería, era suficiente para que sus padres descansaran y se dedicaran al ocio. Y a tiempo tomaron esta decisión, porque el asunto en el campo era complicado.

A los campesinos no les gustó que los hacendados se quedaran con las fincas abandonadas. Se juntaron los más inconformes de varias veredas; incluso hicieron equipo con los coquena para recuperar sus tierras.

Pero se puso peor. Los hacendados se metían a las casas de los que conspiraban en contra de ellos, decomisaban el ganado de los coquena y, a quienes se negaban a irse, les quemaban la casa y los cultivos. Si seguían quejándose, los convocaban a una reunión y no se volvía a saber de ellos.

Con las casas quemadas, la gente sin dónde vivir y ganando poco, dejaron de comprarle a Rogelio. No pudo mantener su negocio, y antes de quedarse sin dinero, intentó dedicarse al reciclaje. Pero había más hambre que basura.

Algunos trataron de arreglar esta situación. Don Aurelio, el abuelo del pueblo, quien solía ser consultado cuando algo aparentaba no tener solución, tomó la vocería y se paró en la plaza a gritarles a los hacendados que respetaran la tierra y a sus dueños. Rogelio mantuvo la distancia y siguió hurgando en las bolsas, porque sabía cuál sería el desenlace. Los hacendados subieron hasta la finca y la quemaron con el abuelo adentro, se llevaron el ganado y confiscaron las tierras. A los días, los hijos bajaron por el río, medio comidos por los peces.

No fueron los únicos. El río empezó a traer campesinos, curupiras, coquenas, chullachaquis, de esos que habían sido convocados a reuniones. La pesca y el agua quedaron heridas: las redes salían llenas de muertos, incluso había días en que las canoas ni se podían mover de tantas manos blanquecinas que se aferraban a la madera.

Los peces dejaron de llegar, tal vez huyendo de tanta muerte. En las atarrayas ya no aparecía la sardina colirroja, la colinegra, el coporo, el saltador, la dorada, incluso el pirarucú. En su lugar, pescaban cuerpos sin nombre o retazos de ellos.

Rogelio encontró en ello una oportunidad de trabajo. Caminaba río arriba, viendo pasar a los finados recostados en las canoas. Esperaba a que se quedaran varados en la orilla y entonces se ponía a trabajar en esos restos que nadie reclamaba, que se acumulaban en la ribera, curvados como camarones dulces amontonados tras la lluvia.

El olor a muerto era insoportable, así que nadie más se acercaba a esas zonas, por miedo a que el hedor les jalara el alma. Rogelio no les hacía el feo: les quitaba la ropa, la remendaba y la vendía como nueva. A veces tenía más suerte y encontraba collares o anillos de buen valor. Nunca tuvo problemas con los hacendados por lo que hacía; no hablaba con nadie y eso lo mantenía alejado del chisme y sus consecuencias.

Lo mismo no se pudo decir de su hermano, Santiago. Su forma de vestir y hablar empezó a incomodar a los hacendados, a quienes no les gustaba verlo cerca. Le pidieron a don Eustaquio que controlara al hijo o que se lo llevara para otro lado. Pero, por más que la familia le rogó, Santiago no quiso hacer caso.

—¿Irme pa dónde, con quién o qué, y a hacer qué?

Entonces la muerte llegó a la casa de Rogelio.

Los vecinos encontraron a Santiago con su novio en lo alto del monte. Sus cuerpos mostraban golpes y habían sido izados de una forma que no dejaba dudas: aquello era un castigo, una advertencia ondeando en el aire.

Los hacendados no dejaron que la gente los recogiera para enterrarlos en el pueblo. Al único que le permitieron acercarse fue a Rogelio, con la condición de que no hablara del asunto o le harían lo mismo.

Entre lágrimas, los bajó y limpió como pudo. No se atrevió a sacar lo que tenían en la boca ni a coser de vuelta aquello que les habían cortado. Así, se los llevó uno a uno para enterrarlos en la finca. No pudo ser el padrino de bodas, pero al menos dejaría que descansaran juntos. Oró por ellos y entonó una canción con las manos, para que sus espíritus se siguieran amando en ese último viaje.

Pasó días sin volver por su casa, sin hablar con su papá o acompañar a su mamá los domingos. Sentado en el monte, con el costal vacío, dejó que el tiempo pasara. El río, las calles, la gente, todo seguía allí: indiferente. Entonces juntó las manos y silbó. La tonada salió torcida, como si no supiera a dónde ir. Los pájaros no respondieron.

Su padre se aisló y no volvió a soltar una palabra. Su madre no compartió esa quietud. Retomó las clases, volvió a preparar tamales para los viejos y, por las tardes, se puso a construir viviendas para los que se quedaron sin hogar. En las noches se hacía en el patio a planchar sus faldas y las mantenía en un lugar visible, dobladas, como si Santiago fuera a necesitarlas. Prefirió estar fuera de la casa antes que ver cómo el silencio se acostaba con su esposo.

Eso tampoco les gustó a los hacendados, que para ese entonces tenían una larga lista de prohibiciones. Le dijeron a Rogelio que hablara con doña María, que dejara de meterse con las decisiones de ellos o le pasaría lo mismo que a su hijo.

—Pues de aquí me sacan es muerta, entonces.

Esa misma tarde la sacaron muerta de su casa.

A los veintiocho años, Rogelio sacó la cabeza de su madre de una de las fosas en las que solía trabajar. Cada vez que volvía a ese lugar encontraba una parte distinta. Tardó meses en recuperarla toda, pero al final pudo enterrarla y en la tierra también dejó las ganas de sonreír.

Siguió frecuentando las fosas. Removía el barro, alzando el recuerdo de algún campesino, y lo devolvía a su lugar. Le tomó tiempo entender que ya no estaba buscando a su madre. Tuvo que aprender a vivir con las manos vacías.

Don Eustaquio terminó cediendo sus terrenos a los hacendados para que no se desquitaran con él por la actitud de su esposa. Le dejaron conservar la casa, pero a cambio tenía que pagar un arriendo. A Rogelio le tocó trabajar para mantenerlos a los dos, aunque era como vivir solo.

Por fortuna, allá donde fuera siempre encontraba algo para revender. Los muertos siempre proveían. Cuando en las plantaciones ya no se distinguía un brazo de un tubérculo, los hacendados le pagaban a Rogelio para que se llevara esos restos. Tenía que bajarlos de los palos de mango o sacarlos de las matas de arroz. Era más fácil cuando los encontraba por partes: eran más ligeros para el costal, aunque traían menos cosas, porque ya no tenían ropa. Había algunos que parecían moverse solos: el que veía en el río luego aparecía en las plantaciones, en la misma posición.

Cuando Rogelio se ponía a silbar después de una jornada provechosa, la gente sabía que algún finado llevaba. Les empezó a incomodar aquel sonido. No les gustaba escucharlo cerca, porque pensaban que venía por ellos. Rogelio empezó a creer que en eso consistía vivir: ir y volver cargando lo que nadie quiere.

Como casi no se la pasaba en la casa, Rogelio no supo que su padre había recibido a un niño que pedía refugio y algo de comer. Se quedó allí poco tiempo, apenas para descansar, y luego siguió su camino.

Los hacendados llegaron preguntando por el curupira, al que don Eustaquio, senil por la edad, había confundido con un niño, creyendo que era Rogelio o Santiago. No los convenció con sus explicaciones y se lo llevaron. Rogelio encontró la casa sola. Nadie le dio razón de su padre. Los hacendados, en un gesto de compasión, le dejaron una bolsa con vísceras para que se preparara algo mientras le hacían llegar al papá.

En la noche regresaron sin don Eustaquio, y cuando vieron a Rogelio comiendo el sudado con lo que le habían dado, se empezaron a reír:

—Yo les dije que el chino se las iba a comer.

—¡Uy, no!, qué asco, la verdad.

—Ole, chino, ¿sí sabe lo que se está comiendo, no?

—¿Qué tal sabe su papito?

Rogelio no protestó. Tampoco lo vomitó. Allí en la mesa, con las manos untadas de grasa, se puso a silbar.

—Se tostó este hijueputa —dijo uno.

Rogelio no dijo nada. Tomó su costal y salió para hacer lo único que sabía: buscar muertos. No preguntó por el paradero del papá. Ya lo encontraría, como a su madre. Pero de nada sirvió hacerse el desentendido. Los hacendados lo detuvieron a medio camino y lo bajaron al pueblo.

Lo amarraron a un palo en medio de la plaza, donde solían juzgar a la gente. Lo empezaron a azotar. La gente gritaba. Los azotes sonaban como ramas quebradas. Los hacendados gritaban los crímenes: Rogelio, el último de una familia enferma, con un idiota como padre, un hermano marica y una mamá chismosa. El peor era el azotado, por supuesto, porque le empezó a coger gusto a comer lo que no debía, por andar metido en tanto muerto. Pedían más castigo con cada sentencia.

Solo quedaron satisfechos cuando le vieron las costillas asomándose entre la piel. Rogelio apenas resoplaba, pero al final pudo sacar unas notas de sus labios. Le habían quitado todo, menos las ganas de silbar.

El sonido salió quebrado. No era una tonada conocida, tampoco pretendía serlo. Entre lágrimas y mocos siguió soplando notas desafinadas durante la noche. Cuando el silencio ya no era una forma de protesta, solo le quedaba silbar. En la mañana lo echaron al monte, para que se lo llevaran los animales.

A los treinta y tres años, Rogelio no se dio cuenta de cuándo murió. Para él fue como quedarse dormido después de un largo día de trabajo. El deseo de buscar a su padre fue lo que lo despertó. Tenía que dejarlo junto a su madre y su hermano. Solo después de eso, le permitiría a su espíritu un descanso.

Se quedó en ese cuerpo dañado y se obligó a levantar el costal.

Desde entonces, Rogelio se lleva a los muertos. Enteros o en partes, todos terminan allí. Cuando se da cuenta de que no es su padre, lo deja en la puerta del familiar más cercano. Luego regresa al monte, a los ríos, a las fosas que nadie quiere tapar.

Va y viene. Escarba. Carga. Silba. Da descanso.

Siempre regresa sin su padre.

A los de a pie les llega un sonido irregular. A veces claro, a veces roto. No se sabe qué nota va a sostener. Baja con el río y se pierde bosque adentro. Aparece en los caminos o entre los árboles, breve, insistente. No es canto de ave ni viento. Es un sonido que no espera respuesta.

Los hacendados, cuando lo escuchan lejos, se encierran y rezan. Saben que ese silbido distante significa que anda cerca y no quieren que sea su nombre el que ande buscando. El pueblo, en cambio, ora para que el silbón les traiga al familiar perdido. Esperan a que el sonido se oiga fuerte para salir a ver a quién dejó, porque cuando suena cerca, Rogelio ya se ha ido.

Cuando el monte calla, se escucha un silbido. Uno que no espanta a los animales. El río también hace silencio, para que los muertos lo oigan. Es Rogelio que silba para ellos, no para los vivos. El sonido acompaña a los muertos: a los que nadie busca, a los que no tuvieron quién los llorara, a los que quedaron a medias en la tierra y tratan de enterrarse solos.

Ilustración: Kabir Rojas (IG: @kabir.rojas)

Ignis Vitae (Colombia). Escritor, magíster en Lingüística del Instituto Caro y Cuervo y docente de Literatura y Escritura desde hace más de diez años. Sus historias exploran la fantasía suramericana a partir de sus mitos, dialectos, gastronomía y cosmovisiones indígenas. Ha publicado la antología de cuentos Tierra, sangre y fe. Herencia de sangre (2023), la novela Kapak Raymi (2025) y el cómic Herencia de sangre (2026) junto al artista Mike Camelo. Sus cuentos han sido publicados en revistas literarias como Crisopeya (2023), Dragón Verde (2025) y Weird Review (2025).

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