Percipi
—Tendremos que amputarte la mano. Cuanto antes mejor —te dice el médico con tal frialdad que sus filosas palabras ya parecen cortar el aire de la habitación.
Arreglarte.
Esa fue la palabra que la doctora usó conmigo. Vamos a arreglarte, dijo ella al inicio de la consulta, cuando mi diagnóstico fue claro y ya sabían cuál era la avería; y por tanto, cómo podían arreglarme.
El cuentista se sube con evidente esfuerzo a una de las siete rocas de la Plaza de las historias. Se sienta y observa algún punto más allá de los que estamos aquí para escucharlo.
Como cada mañana, abre los ojos y permite que sus pupilas acunen los primeros rayos de un sol que, como ella, responde al llamado del deber. Ese instante, cuando abandona el sueño para entrar a la vigilia, marca el final de lo único suyo, por eso lo hace despacito, como si le diera tiempo al universo para existir, partícula por partícula.
—¿Te duele mucho, mamá? —La voz llega como una burbuja desde el margen del río. Es Ikal, quien se limita a remojar los pies en la ribera. El niño mira a su madre con terror; por la ansiedad que le provoca no saber en qué ocupar las manos, las mantiene juntas. Juega con sus dedos en movimientos erráticos y nerviosos. Acaba de descubrir un enemigo en su cuerpo de ocho años. Se siente vulnerable y teme porque sabe que su edad y tamaño juegan en su contra. Además, apenas ha dormido y sus entrañas están vacías.
Así empezó.
Con un sueño.
Mi óptico derecho parpadea y se apaga en el instante en que dejo de correr.
No me persiguen… ¿Para qué iban a hacerlo? El 88 lleva fallando desde el último asalto a Palm Grove, y ahora el chip sirve tanto como seguir huyendo. Lo arranco del puerto genco con un giro seco. Mejor así.
Quedan cuatro larvas con vida.
Las restantes, incapaces de perfeccionar el proceso de adaptación, yacen rígidas e inmóviles en la inmensa profundidad del valle enclaustrado entre montañas, con sus abdómenes segmentados y su doble hilera de patitas erectas apuntando al cielo.
A la una de la tarde, alguien tocó por tercera vez la puerta de la oficina y yo empecé a sentir un gusto amargo en la boca, como si me fumara un cigarro encontrado en el bolsillo de un abrigo viejo después de quedarse en el ropero durante todo el verano. No reconocí el toquido, pero con certeza pertenecía a un señor. Eché una ojeada por la ventana, el sol hacía brillar la lámina de los carros y sacaba destellos de los parabrisas sucios.
—¿Pero tú estás segura? Mira, no es ningún juego. Esa mierda se le mete por dentro a uno. ¿Después no se puede sacar?
—Coño, Pablo. Siempre has sido un llorón. Eso está recontraprobado. ¿O tú te crees que las farmacéuticas lo venden sin hacer pruebas de seguridad? Mira, aquí está el polvo para la castración química, en la capsulita esta, y ahí en ese papel está el manual. Todo el proceso viene detallado.
Amigas, es neta: esta nueva generación de juguetes sexuales llegó para cambiar el mundo. Hace un tiempo les dejé por aquí la reseña del primer satisfyer, un dildo con una ventosa que se pegaba al clítoris y ronroneaba como un gatito. Luego les hablé del satisfyer pro 6, que cambiaba de color según la fase del ciclo menstrual. Estaban chidos, no les voy a mentir (y creo que desde que me aficioné a ellos dejé de necesitar a Augusto), pero seguían siendo falos robóticos. Lo de ahora es totalmente distinto. Con el nuevo bio-satisfyer no siento que me esté masturbando con un apéndice de mi ex, sino con algo más. Algo que no es de este mundo.