—¿Pero tú estás segura? Mira, no es ningún juego. Esa mierda se le mete por dentro a uno. ¿Después no se puede sacar?

—Coño, Pablo. Siempre has sido un llorón. Eso está recontraprobado. ¿O tú te crees que las farmacéuticas lo venden sin hacer pruebas de seguridad? Mira, aquí está el polvo para la castración química, en la capsulita esta, y ahí en ese papel está el manual. Todo el proceso viene detallado.

—Eso no es como ponerse un condón, María. Te repito, esa mierda se le mete a uno por dentro.

—Tú sabes que esto es, literalmente, lo mejor que hay.

El Octaceptivo era un método contraceptivo de lo más moderno que había salido en el mercado del más allá, del lado del enemigo traicionero y vil; pero qué buenos productos sacaban siempre.

Como todos los insumos del enemigo, este llegaba por vía submarina, lo pescaban en ensenadas ocultas de la vista del gobierno y lo sacaban al mercado negro a precio de riñón u otro órgano a medias prescindible.

En un país ordenado, dado a los designios mayores de la ley, hubiera sido en vano que tales cosas llegaran a ponerse en presencia del pueblo, pero era Cuba, y el estrato social que conformaban aquellos que se dedicaban a inventar, y de aquellos que laboraban en favor de los primeros, había crecido tanto, se había vuelto tan denso que lo empezaban a llamar burguesía, en broma, pero no en broma.

Pablo fue también, como casi todo el mundo, un doble cara; pero ya no más. Tenía un trabajo estatal que lo llenaba espiritual y profesionalmente: era maestro de primaria, y enseñar a las nuevas generaciones era su pasión; también tenía un trabajo particular, que le llenaba los bolsillos para poder subsistir: por las tardes y hasta las once de la noche más o menos, trabajaba en un quiosco vendiendo piezas de repuesto de vehículos automotores ligeros.

Cierto que ya no había buenos mecánicos, y cada vez los vehículos eran más modernos, se aerodeslizaban o usaban electromagnetismo, pero en Cuba todo daba trabajo, todo se rompía y, por supuesto, todo se remendaba. No había calle que aguantara una aeromoto: llenas de baches hondísimos y metales enterrados, volverían loco el sistema magnético de cualquier vehículo. Al final, nada como un buen Lada, con sus ruedas de tractor y motor de caña.

Aunque los apagones se habían recrudecido nuevamente, los fieles amigos de la Nueva URSS acababan de contribuir con más de un millón de baterías eléctricas que se cargaban con energía solar, claro, cuando el smog y las nubes negras cargadas de tóxicos le permitían asomarse, y eso le daba un filo al negocio.

Al final, había renunciado a su sueño de profesión, se había quedado en el taller, porque había que vivir, que luchar la yuca.

Así estaba él en el taller, inventando, como quien dice, lo que apareciera para tener a los clientes contentos y engañados, que a fin de cuentas es más o menos lo mismo. Todo por la paga, que no era tan buena, pero aliviaba bastante, daba al menos para comer decentemente, para alquilar el cuartico del doce planta, y para mantenerse al día con los caprichos de María, que era una niña de papi y mami, y solo tenía que abrir la boca para obtener lo que quisiera, cuando lo quisiera, y como lo quisiera.

En fin, la fe no faltaba, y el dinero sí, pero no tanto. Pablo estaba tranquilo por ese lado. Lo que siempre lo tenía nervioso era María.

María era la hija del dueño del quiosco. No eran novios de forma oficial, pero ella iba a menudo a su casa, salían juntos, se hacían regalos y, claro, tenían sexo recurrentemente. De alguna forma, Pablo creía que ella tenía miedo, por el estatus, por perder lo que tenía en ese momento, ya que si de repente se empataba con un chamaco, pues la niña de papi dejaría de ser la mimada, la que solo tenía que pedir por esa boca y se le daba.

María no quería eso, pero quería a Pablo, o al menos eso le parecía a él. Que la niña mimada siempre lo persiguiera, que se hubiera interesado por él e intentara que las cosas funcionaran, era bastante; tenía que serlo.

Por eso había conseguido esta cosa: el Octaceptivo, fuera lo que fuera eso.

Él tenía miedo, claro. Nunca había visto algo así, pero María era una niña de la calle, una muchacha que siempre andaba en la moda, en lo que estaba pegado y, claro, tenía total control sobre lo que pasaba en su relación.

Si ella decía “Póntelo”, aunque él se quejara, al final iba a ceder. Porque Pablo también la quería, claro. Cómo si no iba a mantenerse tanto tiempo con una persona tan opuesta, que lo desangraba física, mental y económicamente.

Era difícil seguirle el juego todo el tiempo, a veces se cansaba y sentía que no podía más y pensaba en acabar con todo y mandarla, como se dice por ahí, para la pinga. Pero se quedaba, porque la quería y deseaba estar con ella pese a todo, y pese a todos. Pablo era de los que creen firmemente que si los caminos están destinados a cruzarse, es su trabajo mantener la dirección, luchar por mantenerse dentro de los límites.

Por eso, por todo, se tomó la pastilla que clamaba “Octaceptivo”, y más abajo, en un subtítulo diminuto: “Pulpo inoculado”. ¿Por qué hablaría de inoculación, si era una pastilla?

Sintió primero un escozor en el puerto de conexión de su cuello, y luego el mirror en su muñeca se volvió como loco, cambió la hora y todo.

—¿Qué pasa?

—Ah, eso es normal, tranquilo. Tiene algunas propiedades electromagnéticas, así que en su paso por el tracto digestivo afecta los dispositivos, pero cuando se emplaza en la uretra ya no hace nada, a menos que vayas a usar un baño moderno de esos que te lavan con microondas de sonido. No te lo recomiendo; por cierto, se dice por ahí que están causando tremendos efectos secundarios, a la gente se le rompen los huesos de la cadera, o cogen cáncer así de momento.

—Ya no me hables más de enfermedades, por favor, que bastante miedo me está dando esto.

—Pff. No hay que preocuparse por nada si te limitas a seguir las instrucciones. Mira, aquí lo dice clarísimo. Beber, esperar quince a veinte minutos, moler la otra pastilla y tomársela también.

—¿Para qué se muele?

—Y yo qué sé, chico. No soy médico ni farmacéutica. Haz lo que dice la mierda esa y ya.

Ahí estaba ella, con su forma desagradable de ser. ¿Sería que Pablo era en realidad un sumiso masoquista? ¿Le gustaba que le hablaran fuerte y lo mandaran en todo? A veces se lo preguntaba, pero se decía que le gustaban demasiado las mujeres, y esas cosas eran de maricones. Asunto cerrado, y punto.

Fue a tomar agua porque le ardía la garganta, después sintió cómo se le calentaba mucho el abdomen y, finalmente, una punción desagradable en el bajo vientre.

—Pinga. Esto duele como el carajo, María. Eso no me lo dijiste, cojone.

—Seguro que es normal. Nadie se muere por eso. ¿Tú también te andas quejando de todo así mismo en tu trabajo? Cualquier día te botan.

Pablo no era así, y le costaba un mundo adaptarse a esas formas, pero la quería. Cojone si la quería, que estaba rabiando en el piso por culpa del maldito pulpo ese, y cada vez le parecía más que el sexo no iba a ser nada placentero.

—Que sí. Que sí —le repetía ella—. Y óyeme bien, te lo tienes que poner, porque yo no quiero coger nada raro, y esto lo quiero probar. Dale, chico.

Aun resignado, Pablo se sintió sometido, chantajeado, como cuando ella le decía, casi nada en broma, que estaba con él porque así lo quería, y que podía estar con cualquier otro en cualquier momento, solo de chasquear los dedos.

María era bonita, bien bonita, y tenía las curvas bien puestas, y las que no tenía, las estaba forzando a estar a base de gimnasio y pastillas para ponerse buena.

La cosa es que se estaba poniendo cañón cañón, como quien dice, y Pablo, Pablito, se estaba llenando de inseguridades, y haría, casi literalmente, lo que fuera para tenerla contenta.

Se había fajado con una patrulla rusa, se había metido UnderMéxico pa dentro buscando una mierda ahí que ella quería, una crema para el pelo o algo así, y ese día casi lo revientan y ahora bien podría estar dentro de un tubo de embutido revendido; todo lo que ganaba se lo gastaba en ella, había dejado de contabilizar los gastos después de los quinientos mil pesos, algo así como mil rublos al cambio. Era mucho, mucho dinero, pero si no pensaba en él, lograba que no le afectara tanto.

Pablo había hecho todo lo posible, a cambio de un trato hosco y unas órdenes desagradables. Pero María lo quería, y él quería a María. No había nada más que hacer.

Como a la media hora el dolor comenzó finalmente a remitir. Pudo ponerse de pie y respiró hondo, y sintió un alivio en el bajo vientre, como si hubiera meado una piedra enorme tras un durísimo diagnóstico de cálculos.

—¿Ya? ¿Todo bien? —preguntó ella, que había estado sentada esperando; las piernas cruzadas, la mirada fija en su nuevo arreglo de uñas, pagado por Pablo. Al principio realmente parecía haberse preocupado un poco, pero al cabo de un rato él la vio tranquila, casi que indiferente.

—Sí. Sí. Ya todo está bien. Siento algo pesado allá abajo.

—¿Dónde?

—Pues en los huevos. No sabría explicártelo, es como si ahora me colgaran con más fuerza —dijo, poniéndose de pie, palpándose la entrepierna.

—Pues yo creo que podemos empezar. Dale, chico, que ya no aguanto más.

Y empezaron sin duda. Probaron varias posiciones, varias formas. Se sintieron bien, que era lo importante. El pulpo debía alimentarse de la eyaculación del hombre y extender los tentáculos, sin dolor, a través del uréter, y así extenderse por el interior de la vagina de la mujer, estimulándola a profundidad. Pero no había pasado nada, era solo buen sexo, como el que solían tener, hasta que Pablo sintió que se le removía algo en los testículos.

—Creo, creo que ya viene —dijo, casi que gimió en éxtasis.

—¿Ya te vas a venir? Pero, mijo. No, no, no, aguanta un poco más…

—No puedo. Se… Se sale. —Y apretó los dientes, primero con placer y después, tras sentir la presión, con ardor, rabia, desesperación—. ¡Pinga, pinga, cojone, cómo duele!

—¿Pero qué te pasa ahora?

Él no le hizo caso. Parecía que ni siquiera la podía escuchar, concentrado como estaba en el inmenso dolor que le subía por el tronco del pene.

—Sal. Salte —le gritó María, intentando separarse de Pablo, pero parecía que se hubieran quedado pegados por ambos sexos.

Incapaces de separarse, dieron vueltas en la cama, se empujaron mutuamente. Ella entre gritos roncos de asco; él, rabiando de dolor.

—Algo me sube, me sube por ahí, coño —gritó, apretándose los huevos, como si quisiera arrancárselos de cuajo. Seguro que no le habría parecido mala idea en ese momento.

—¿Qué cosa? ¿El pulpo?

—¡El maldito pulpo! ¡Te dije que no era seguro! ¡Ay, dios mío!

—No seas llorón, cojone. Y acaba de salirte de ahí. A mí también me duele dentro.

Pero Pablo ya no respondió. Había quedado como en shock, como desmayado, con los ojos en blanco y los labios resecos. Se desmadejó sobre María, que intentaba quitárselo de encima, sin éxito, sin parar de gritar.

***

—¿Y ahora qué te pasa, Pablo? ¡Pablo, repinga!

Fue entonces que lo sintió, al pulpo saliendo por el agujero de la uretra, en la punta del glande. Era entendible que su compañero se hubiese desmayado debido al dolor de semejante animal atravesando los cuerpos cavernosos, que no estaban en lo absoluto preparados para ello.

Algo había salido muy mal, pensó María, al sentir los tentáculos extendiéndose por el interior de su vagina. Habría sido placentero, sin duda, si ella no se hubiera sentido tan aterrada en ese momento.

En vez de una sensación agradable, sintió cómo le raspaba el interior. Seguía introduciéndose, cada vez más profundo, hasta que tocó la pared del útero.

«Pero… ¿a dónde va? No se supone que debería llegar hasta ahí».

En las instrucciones decía que solo se quedaba en las rugosidades de la pared vaginal, justo bajo el clítoris, y su labor era estimular el punto G. Nada más.

—No subas. No subas, no subas no subas —empezó a repetir ella, desesperada, finalmente logrando separarse de Pablo, pero ya era demasiado tarde.

El pulpo estaba dentro, se había abierto espacio en el útero y más arriba, rompiendo las trompas de falopio, comenzaba su incursión hacia el interior del cuerpo de María, que se golpeaba el abdomen intentando atajarlo, se agarraba las costillas, intentaba vomitarlo, lo que sea, y no paraba de chillar como una loca.

—Sácamelo, sácamelo, Pablo, por Dios. Alguien. Alguien que me lo saque.

En el desenfreno, corrió hasta el refrigerador y bajó completo uno, dos pomos de agua, que solo provocaron un dolor intenso en su interior, y le pareció que el monstruo nadaba, nadaba en sus jugos, flotaba camino arriba, más arriba. ¿Hasta dónde quería llegar?

En el desenfreno, se halló buscando algo, punzante, cortante. Si era necesario, haría lo que fuera para sacarse aquella cosa. Lo abriría en dos y lo expulsaría de sí. Encontró el cuchillo y se lanzó sobre él.

***

Cuando Pablo abrió los ojos, una baba sanguinolenta le bajaba por la barbilla. Se limpió con el dorso de la mano e intentó levantarse, pero un dolor muy fuerte le aquejaba la cadera: le dolía tanto que, cuando trató de mover las piernas, sintió que se las desgarraban del cuerpo.

Tenía la pelvis rota, abierta en dos, y los muslos le colgaban flácidos a los costados. De su interior, a través del conducto del pene, se derramaba una baba azulosa mezclada con muchísima sangre. Él no podía doblarse para mirar bien, pero le pareció notar que algo, cientos de algos se movían en el líquido, como renacuajos de muchas colas.

Entonces recordó el pulpo. Le subió el vómito garganta arriba, pero consiguió retenerlo. No era el momento para eso, sino para buscar a María, para hacer algo.

—María. ¿Dónde estás? —gritó con todas sus fuerzas, que no eran demasiadas. No recibió ninguna respuesta, así que continuó llamando a su pareja.

No podía ser que hubiese huido sin él, que lo hubiera abandonado allí con aquella cosa. Ella, que lo había obligado a tomarse la maldita pastilla, que había provocado todo el problema en el que ahora estaba.

Debía haber ido a buscar ayuda. Sí. Eso debía ser.

Pero Pablo siguió gritando María María, hasta quedar afónico.

Se arrastró, centímetro a centímetro, hasta la pared más cercana para poder recostar la espalda dolorida. A su paso iba dejando, cuál babosa, un rastro de líquido en el que nadaban los miles de diminutos pulpos que, ahora lo intuía, eran las crías de aquel que había tenido dentro.

¿Pero dónde estaba el grande, entonces?

Él lo había expulsado, recordó. Todo el proceso, cómo se había quedado pegado a su pareja, cómo el pulpo se había abierto paso a través de su cuerpo. Entonces se había desmayado. Lo último que recordaba eran los gritos estridentes de María, que no paraba ni a respirar.

Era cierto. Lo había eyaculado dentro de ella.

¿Y si seguía dentro?

Fue entonces cuando finalmente reparó en María, que había estado siempre ahí, siempre pegada al techo, ventosas sobresaliendo de su entrepierna, arraigadas a la pared.

—Es verdad —dijo Pablo en un murmuro apenas—. ¿Me tomé la cápsula de castración?

Lo había hecho, pero sin advertir que la pastilla estaba vencida. Los traficantes se desentendían de cualquier desperfecto de fábrica o problema ulterior, que mucho que se habían esforzado para traer la mercancía hasta aquí, para estar metidos en esa mierda de la garantía. No había con quién quejarse de efectos secundarios ni nada.

Pablo esperó que María, al menos al final, se hubiese sentido complacida con él. ¿Era feliz ahora?

Y el monstruo se abalanzó sobre él.

Eric Michel Villavicencio Reyes (Cuba). Ingeniero Informático. Finalista del II Premio De Abreu 2022. Mención del Premio Calendario de Ciencia Ficción 2024. Mención en el concurso Juventud Técnica de Ciencia Ficción 2024. Primera Mención del Premio Aldabón 2024 de Ciencia Ficción. XIV Premio TerBi de Relato Temático Fantástico. Cuentos suyos aparecen en las antologías Premio De Abreu 2022 (Ediciones Ubikness, Venezuela, 2024), Angustiante llamado de la naturaleza Vol. 1 (Editorial Meperson, México, 2025), Jíbaros (Iliada Ediciones, Alemania, 2025), así como en internet y en revistas de factura nacional e internacional como Juventud Técnica, Korad, Colectivero, TerBi, Anapoyesis, El Axioma y Espejo Humeante.

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