NO. 1 (AGOSTO 2025) / FICCIÓN / 4,212 PALABRAS
Siddhartha V, la quinta y última eidolon de su camada genética, mejor conocida como Sid Vicious, observó su reflejo en el espejo de HD dentro del elevador que la condujo hasta la cabina de Casanova, el DJ inmortal del Silencio.
Casanova era como un negativo en azul, luminoso en energía orgónica, irradiando prana libidinoso como el sol negro de Zeus en frecuencias más allá del espectro electromagnético, que giraba discos de vinilo detrás de su consola privada, uno tras otro en procesión sin interrupción, su tercer ojo fijo en su invitada mientras sus dedos barajeaban a Fripp, Gilmour y Hendrix según su valor cabalístico. Una nebulosa de vapor psicodélico, como enjambre de cometas cuyas colas ionizadas chispeaban tras de sí, orbitaba con lujuria animal a su alrededor. Hasta el gas incandescente con olor a pachuli quería ser penetrado por Casanova y su pene divino. ¡El falo de Dios, la Verga de YHWH! Casanova era amor, Casanova era feromonas, Casanova era sexo.
La estación de radio, una pirámide truncada flotando a la deriva en alguna región del Silencio entre Júpiter y Saturno era un horizonte de eventos carnal, detrás de cuyo firmamento vaginal se encontraban todos los secretos. Un solitario faro de luz que apuntaba como una flecha al punto G de todo orgasmo. Casanova era pasión, Casanova era el Pecado Original. El universo mismo quería enlazarse cuánticamente con Casanova y tragar su erección divina. ¡Casanova era súper-semen!
Sid Vicious esperó a que terminara la canción.
Las melancólicas guitarras del final de “Dancing with the Moonlit Knight” llenaban la reducida cabina. Rodeado por un halo lechoso de humo psicotrópico, Casanova cabeceaba lentamente con el ritmo de la canción. Antes que Sid pudiera decir algo, Casanova levantó una mano, pesada con anillos, y cambió la canción a “Exiles” de King Crimson.
—Es usted muy puntual —dijo el DJ.
—Soy una profesional.
—¿Sabe quién soy yo?
—ADN divino, ¿correcto? Uno de los Exiliados. El primero, de hecho.
—Así es. ADN minado de mosquitos sepultados en ámbar en los montes de Judea hace más de veinticinco siglos.
—Entonces, para propósitos prácticos, usted es la reencarnación de Jesucristo. La Segunda Venida.
—Digamos que sí.
—Me siento honrada.
—Gracias, gracias. ¿Quiere un porro?
—No, gracias. Le aceptaría un ponche de ácido lisérgico, si tiene por ahí.
—Claro. Tome asiento, por favor.
Antes de prepararle el ponche, volvió a cambiar el disco.
—“…And did those feet in ancient time, Walk upon…”
—¿Le gusta William Blake? —preguntó Casanova.
—No.
—¿Lo conoce?
—¿Cómo se enteró de mi persona? —preguntó Sid—. ¿Algún cliente le dio referencias?
—El bufete legal de Azarath, Metrion, Zinthos habla maravillas sobre sus servicios.
—¿En qué puedo servirle?
—¿Ha escuchado del Cementerio de los Bufalotauros?
—¿Bufalotauros?
—Seguramente habrá visto imágenes documentales. Es una especie de organismos multicelulares que habitan en la órbita interior de Júpiter. Son como amibas gigantes.
—Algo he visto. Enormes parvadas peregrinando de un extremo al otro de Júpiter.
—Precisamente. Una especie muy peculiar, sus hábitos migratorios ocupan la totalidad de sus vidas. Siempre están migrando, desde que nacen hasta que mueren. Al mismo ritmo y velocidad todo el tiempo. Arribando a las coordenadas exactas, entran en un proceso de mitosis que dura cinco minutos, ni un segundo más ni un segundo menos, seguida de una interfase de duplicación de ADN. Una vez concluida, el Bufalotauro muere. Tardan en morir precisamente nueve minutos, que es el tiempo exacto que dura la citocinesis y la división celular. Acto seguido, los Bufalotauros recién nacidos inician su peregrinación alrededor de todo Júpiter a lo largo de su ecuador. Cuando su migración termina, el proceso se repite a la perfección. Una y otra vez, desde el principio de los tiempos hasta que nuestro Sol se vuelva supernova. En cierta forma, son como el reloj perfecto. Se les podría usar para calibrar un metrónomo cósmico.
—Y…
—Los segundos del tiempo, avanzando en su marcha lineal, por siempre y para siempre, sin desviarse ni un solo instante.
Ahora “Tyger” de Tangerine Dream se escuchó dentro de la cabina… Y a lo largo de toda la órbita transjoviana. Casanova dejó que la siguiente canción del álbum, “London”, se escuchara también.
—No estoy segura de entender.
—Es un buen mecanismo, muy sólido; simple pero confiable. Pero hasta el mecanismo más fino necesita de vez en cuando de un relojero.
Una nueva melodía reemplazó la anterior.
—“Rintrah roars & shakes his fires in the burden’d air…”
—Espero le guste el rock progresivo noruego del siglo XX.
—¿No cree que está exagerando con William Blake?
Casanova se detuvo y levantó una ceja. Finalmente sonrió.
Casanova se bajó el cierre de su pantalón y el cosmos entero intentó ahogar un gemido. Casanova era la enfermedad venérea de la Creación.
¡Casanova era el pene hinchado de Deus!
—Impresionante, supongo —dijo Sid V, no particularmente impresionada—. ¿Pero qué tiene que ver…?
—Le estoy intentando explicar, tan gráficamente como me es posible, por qué no puedo dejar mi cabina. Necesito que alguien como usted sea la relojera. Y como ya mencioné, usted viene muy bien recomendada. No me lo admita si no quiere, pero sé que usted fue la que mató a Blake Sabbath, usted la que asesinó al asesino Eddy Hokkaido.
—¿Qué hay con eso? ¿Eso qué tiene que ver con Bufalotauros y mecanismos delicados? ¿Acaso necesita una relojera homicida?
DJ Casanova sonrió, y su sonrisa era la alegría de Deus encarnado, riendo por nuestros pecados. Tomándose su tiempo, volvió a meter su pene dentro de sus pantalones.
—Es exactamente lo que necesito.
***
Sid Vicious tenía veinte años de edad, lo cual se podía deducir por el hecho que su famosa nave se llamaba Aden, Arabie. Sid odiaba tener veinte años, pero no se lo ocultaba a nadie. Sid odiaba al resto de las personas.
Sid programó los cálculos básicos para la trayectoria más corta hacia Júpiter, y mientras la Aden, Arabie hizo lo demás, ella se reclinó en su burbuja y se estiró con felina displicencia. Su uniforme, como hojas de otoño, se secó y descarapeló pieza por pieza hasta que quedó desnuda.
La Aden, Arabie extendió su tallo híspido hasta lograr la erección necesaria. Las hormonas de la graciosa astronave eran fototrópicas y tendían hacia el Sol, así que Sid inyectó agentes químicos para girar la orientación de la Aden, Arabie en dirección hacia Ganimedes y la región de Galileo Regio. Deslizándose en las corrientes de polen estelar y rayos UV, el girasol cyborg de Sid Vicious arribó a órbita joviana en tan solo cuatro horas. Los pétalos de la Aden, Arabie brillaban en la noche con tintes de mostaza y amarillo de cromo que el mismo Van Gogh habría envidiado en Arlés, mientras que caulinares con bordes aserrados se deslizaban alrededor de la cabina marrón de Sid Vicious, pues la lección de todo girasol es que la belleza es peligrosa, la belleza duele. Sid Vicious, la quinta y última eidolon de su camada genética, había escogido a su amada nave con mucho cuidado.
***
Un árbol de Dyson atravesó la ventana con lentitud casi majestuosa y Armon Gideon lo siguió con la mirada. El hábitat se deslizaba con toda la calma del universo en dirección a la Nube de Oort, más allá de la órbita de Neptuno. Para cuando atravesaran todo el cinturón de Kuiper, Armon llevaría años muerto. Aun en la distancia podía notar detalles de su exótica arquitectura, como la concha de un molusco diminuto, y Gideon lo encontró muy conmovedor.
Armon se encontraba en el eje central del Cabaret Voltaire, por lo que flotaba en gravedad cero con sus largos brazos envolviendo las rodillas contra su pecho. Detrás de él un delfín nadaba dentro de una burbuja de agua en la ausencia de gravedad.
Candy Warhol lo observó fijamente, ignorando la escena afuera del Cabaret Voltaire.
—Tenemos razones para creer que el Mesías ha contratado a un agente para interferir con nuestra misión —dijo mientras exhalaba aire de su hoyo dorsal.
Gideon esperó hasta que el árbol desapareció de su vista antes de contestar.
—No me diga que le cae de sorpresa.
—Entonces ya sabe lo que piensa hacer al respecto.
Gideon sonrió.
—Por supuesto —respondió—. Debemos volvernos jardineros bonsái. Tener la paciencia casi geológica de los que crearon ese árbol de Dyson.
Candy Warhol resopló un chorrito de agua por su hoyo dorsal, lo que técnicamente no era un gesto muy educado en público, pero Armon lo ignoró, acostumbrado a lidiar con clientes irrazonables.
—Por desgracia no tenemos tiempo —insistió el delfín—. Debemos interrumpir la migración antes de que se reproduzcan y el reloj empiece a contar de nuevo.
Armon por fin alejó la vista del árbol de Dyson y volteó sobre su hombro para sonreírle al delfín. Su sonrisa no era un gesto para reconfortar a nadie, ni pretendía serlo. El delfín y su burbuja dieron un paso atrás. Armon tenía una cara de rasgos afilados, casi hambrientos, facciones solo exageradas por sus enormes ojos, y sus colmillos de tiburón solo ponían nerviosos a cualquier ser pensante y no pensante, no solo a los delfines.
—Ya le dije que yo me encargo.
Flotando sobre ambos en posición de flor de loto, Ubu Roy escuchaba la discusión con los ojos cerrados. Ubu Roy tenía una barriga impresionante, con una espiral tatuada en ella.
—No dudo de sus capacidades —dijo el delfín, con voz más bajita—. Solo quería resaltar la urgencia de nuestro asunto. No solo se debe hacer esto, lo cual usted puede hacer, sino que además se debe hacer ya.
—Olvídese de las prisas —dijo Gideon con una mueca—. Pensé que eso es lo que predicábamos. El fin de las prisas.
—¡Dada no predica nada! —dijo Ubu Roy de repente—. Dada no es nada. Dada es nada. Estamos aquí para destruir el pasado. El presente no es del agrado de nadie. ¡Estamos aquí para abortar el futuro!
***
La pirámide truncada que era la estación de radio de Casanova el inmortal tenía la punta triangular flotando magnéticamente sobre su cima chata. En esta segunda pirámide había un enorme ojo. El Ojo de Horus transmitía la música de Casanova a cada rincón del Sistema Solar y nunca dormía. ¡El Ojo de Casanova que todo lo ve!
Una alarma de reloj prehistórico explotó entonces en el espacio, seguido de otro y luego otro más, hasta que los acordes de “Time” de Pink Floyd inundaron el Silencio.
Casanova acarició primero la punta de su pene, el falo divino, y luego empezó a masturbarse, dejando prendido su micrófono en cabina.
—“Ticking away the moments that make up a dull day…”
***
La gran manada de Bufalotauros avanzaba en formación a lo largo de la atmósfera de Júpiter, abriéndose camino pacientemente por entre los pincelazos de acuarela. Miles, decenas de miles marchaban ciegamente, apretados los unos contra los otros, los múltiples cilios móviles a lo largo de todo su epitelio dándoles un aspecto de cuerpos velludos, sus “cuernos” eucariotas siempre apuntando en la misma dirección. Justo encima de esta gran procesión flotaba la Aden, Arabie.
Sid observó su reflejo en el espejo virtual de cuerpo completo. Llevaba un vestido ceñido de minifalda y sin mangas hecho de mercurio, que actuaba de espejo humano. Sus botas a go-go plateadas complementaban el atuendo.
Sid suspiró. No había de otra.
Sid Vicious era Quatre Cents Coups, por lo que no se amedrentaba por el trabajo sucio. La vida era brutal, todo Quatre Cents Coups lo sabía bien desde la infancia. La vida te odiaba, la vida no quería saber nada de ti ni de tus sueños e ilusiones. Los que sobrevivían el programa de Quatre Cents Coups podían sobrevivir a lo que fuera que la puta vida les pudiera arrojar.
La luz alrededor de la Aden, Arabie se volvió azul y sus sistemas motores quedaron paralizados. Sid revisó las pantallas y leyó los pulsos de telemetría de golpe. Abrió un panel virtual frente a ella y tecleó varias órdenes. No sirvió de nada. La luz en el exterior cambió a verde y toda la nave se sacudió violentamente.
—No tiene caso —dijo alguien atrás de ella.
Sid giró, pistola en mano, pero Armon disparó primero.
Una oleada de placer envolvió a Sid. Tuvo que hacer un esfuerzo para que un gemido no escapara de sus labios. En todo caso, ya no podía moverse.
Armon le inyectó una cápsula en el cuello. Las uñas negras de Sid V se extendieron hasta crecer cinco centímetros, como dagas de obsidiana en cada dedo.
—Tranquila —dijo Armon—. A partir de este momento yo voy a tomar todas las decisiones por ti. Estoy seguro que va a ser un alivio para ti. Ya no más incertidumbre.
Las uñas regresaron a sus fundas subcutáneas.
—Tú tranquilita —repitió Armon—. Agradece que fui yo el que te capturó y no Mr. Buda.
Sid quiso hablar pero ninguna palabra salió de sus labios.
—Puedes hablar —dijo Armon.
—¿Quién te contrató? ¿Quién es el responsable de todo esto?
—Delfines.
—Diablos. Es peor de lo que pensaba.
—Es peor de lo que pensabas.
—Los delfines quieren abolir el tiempo… ¿Para qué?
—No me lo explicaron, y no pregunté. Pero… supongo que tengo un par de teorías.
—¿Como cuáles? Ahora que soy tu esclava, me las puedes compartir, ¿no?
—No me lo vas a creer.
—Inténtalo.
—Dimensionautas.
—¿Disculpa?
—Agentes del quinto eje cardinal. Solo a ellos les puede interesar que los Bufalotauros no se reproduzcan.
—Ya veo. ¿Por qué no nos sentamos? Me parece que esta va a ser una larga historia.
***
—Una persona solo necesita estudiar diagramas de Feynman por un par de minutos para poder visualizar el Tiempo, en particular un viaje en el tiempo.
—¿Diagramas de Feynman? ¿Qué tiene que ver con esto?
—Ya sé que se suelen usar más bien para explicar gráficamente la interacción de partículas elementales, pero, cosa extraña, no hay diferencia alguna si lees el diagrama hacia adelante o hacia atrás. La progresión lineal es irrelevante. En cierta forma son como palíndromos. Palíndromos matemáticos.
—Había escuchado que los delfines se masturban pensando en el origen del espacio-tiempo. Pensé que era alguna especie de chiste racista.
—Más de un académico ha especulado en público que los delfines piensan en cuatro ejes cardinales y no tres como nosotros. Esos chistes, como todos, salen en parte de la verdad.
—He escuchado leyendas del Silencio, si a eso te refieres. Nada oficial. La trascendencia.
—Precisamente. Creemos que los delfines trascienden a un plano más elevado cuando sus cuerpos fallecen.
Sid rio.
Los delfines habían manufacturado su propio Cielo.
***
La nave aterrizó cerca de la llanura obscura de Galileo Regio, a mitad de un cráter relativamente joven, apenas un millón de años, con rayos de eyección extendiéndose en todas direcciones. Frente a ellos se extendía un anfiteatro natural. El cráter era tan ancho que su interior había sido acribillado por impactos menores a lo largo de las eras. Había diez fosos en su interior, en formación concéntrica. Por esto había sido bautizado con el nombre de Malebolge, igual que el Octavo Círculo del Inferno de Dante.
Había gran actividad en Malebolge esa noche.
Ubu Roy hizo los últimos ajustes en el acelerador lineal, su voluminoso cuerpo flotando de un lugar a otro del enorme cilindro que era el puente de control. El acelerador propiamente hablando era una enorme dona que se extendía a lo largo de la región obscura de Galileo Regio.
Armon entró en el área interior del cilindro, con Sid V siguiéndolo en silencio.
—Bienvenidos a la Puerta de Astarté —dijo Ubu Roy, su atención todavía fija en los circuitos que soldaba en ese momento.
—¿Todo bien por acá? —preguntó Armon.
—Por supuesto. ¿Todo bien de tu lado?
—Ningún problema.
—¿Se imagina su vida en cualquier hábitat que no tenga gravedad cero? —preguntó Sid al ver a Ubu Roy—. ¿Cuánto pesa usted? ¿Cuatrocientos kilos?
Ubu Roy giró como un gimnasta y maniobró su media tonelada hasta flotar frente a Sid.
—Pensé que había manera de tenerla calladita.
—Ya no hables —dijo Armon. Sid cerró la boca, con una sonrisa.
Ubu Roy se le quedó viendo fijamente. Sid mantuvo la sonrisa.
—Deja de sonreír —ordenó Armon.
Sid obedeció.
Ubu Roy le lanzó una última mirada, hizo una pirouette sobre una pierna que cualquier bailarina de ballet habría envidiado y se impulsó hacia las alturas del cilindro sin decir nada más.
—Ubu Roy no es una persona que quieras como enemiga —le advirtió Armon a Sid.
—Ubu Roy no es su verdadero nombre. ¿Sabías eso? Se llama Roy DeSoto. Una vez hicimos un trabajo juntos. No puedo creer que siga igual de sensible por su gordura.
—En realidad no me interesa. Los delfines dijeron que trabajáramos juntos, y eso hacemos.
—¿Pagan bien los delfines?
—Como no te imaginas. Mejor que Jesucristo.
—No es tanto como pensarías.
—Típico. Dios siempre decepciona.
—Ni siquiera tengo ganas de calcular cuánto les costó todo esto a los delfines. Por lo que vi cuando aterrizamos, esta instalación es enorme.
—Los delfines no tienen problemas de crédito.
—Eso he escuchado. Debe ser bonito.
—Debe serlo.
—Ya sé que la paga es maravillosa, pero ¿estás tú de acuerdo con esto?
—¿Y por qué no lo estaría? La completa y sistemática aniquilación del futuro. A partir de ahora solo habrá presente. Un eterno y perfecto presente. ¡A partir de ahora solo habrá ahora!
Armon sonrió.
—Y aun si no estuviera de acuerdo. ¿A quién le importa? Como dijiste, me van a pagar.
***
Candy Warhol venía ahora acompañado de un gran número de delfines, cada uno en su burbuja de agua estática. Al frente estaba un delfín con una mitra dorada, decorada con circuitos eléctricos y pedrería de varios colores. Dos ínfulas carmesí colgaban de sus costados.
—ARI’zal Hakadosh —dijo Armon, inclinando la cabeza. Ubu Roy hizo lo mismo.
El delfín con la mitra ni volteó a verlo y continuó su camino.
—Hic iacet Arthurus —dijo.
—El delfín es hoy y el hoy es eterno —cantaron los demás delfines.
—Rex quondam, rexque futurus —dijo ARI’zal Hakadosh—. El rey una vez y el rey que será… es el mismo Rey. No hay tiempo, el tiempo es uno.
—El delfín es hoy y el hoy es eterno.
Los delfines se formaron en dos columnas. El que llevaba la mitra marchó entre ambas.
—El tiempo se detiene, abolimos la tiranía lineal. El delfín es hoy y hoy es eterno.
—El delfín es hoy y el hoy es eterno —repitieron todos.
—El Delfín es uno con el Todo. El Delfín es el Aleph, el número infinito de números cardinales. El Delfín es el Adam Kadmon de la cábala luriana, el Purusha de los Upanishad sánscritos. El único, el Omnipresente. El reflejo encarnado del Ein Sof. El Pleroma hecho tangible. El delfín que se convirtió en Hashem, que es tan solo otro nombre del Shaddai.
—El Delfín es Hoy y el Hoy es Eterno.
Ubu Roy apuntó el acelerador lineal con dirección a un punto en el ecuador de Júpiter.
La idea, como se lo había explicado Armon en el vuelo hasta aquí, era irradiar a la manada durante la división celular en el cigoto, provocando que un cromosoma no se separara durante la anafase. El resultado sería que uno de los dos Bufalotauros recién nacidos tendría tres cromosomas que codificarían la misma información genética, mientras que su hermano solo tendría un cromosoma homólogo. Esencialmente la nueva generación de Bufalotauros sería aneuploide, cuya programación biológica contendría errores. El reloj se echaría a perder.
—El Delfín es Hoy y el Hoy es Eterno.
En una pantalla al lado de Ubu Roy se podía ver la manada de Bufalotauros, brochazos de acuarela en el fondo. El acercamiento era tan preciso que se apreciaban detalles magnificados de los animales. Las fauces externas de los Bufalotauros se abrieron. Los picos dieléctricos eran blancos como cerámica. Dos de las bestias se acercaron entre sí, como si a punto de darse un beso. Desde donde Sid observaba parecía que los dos Bufalotauros estaban unidos, pero la pantalla virtual demostraba lo contrario. Existía una distancia de cincuenta nanómetros entre ambos animales, una cifra que se reducía lentamente pero que nunca llegaba a cero, y que creaba un efecto Casimir en el vacío cuántico. Más y más Bufalotauros empezaron a juntarse, creando una densidad de energía negativa durante su apareamiento. Poco a poco, un limitado Mar de Dirac se formó alrededor de toda la manada.
Sid Vicious sonrió.
La Aden, Arabie, todavía en órbita, abrió sus pétalos tan anchos cual eran, hasta que eclipsaron el cráter entero.
Alarmas empezaron a sonar en el interior del puente de control, y una luz roja bañó a los delfines.
—¡Algo nos está bloqueando!
Ubu Roy hizo un plié y saltó al panel más cercano en las alturas del cilindro. Realizó algunos ajustes y saltó al siguiente. Pero eran demasiados. Un campo de fuerza se extendió a partir de los pétalos independientes de la Aden, Arabie, creando una especie de domo sobre el acelerador lineal.
La superficie afuera del domo estaba salpicada de manchas obscuras, como enormes sanguijuelas. Estrías raídas de colores girando alrededor de toda la luna de Ganimedes. Lo que alcanzaban a ver de Júpiter cambiaba frente a sus ojos. La dispersión de Rayleigh de la escasa luz solar disponible era refractada sobre el campo de fuerza, creando tonalidades diferentes dentro de los colores magenta y mostaza del gigante gaseoso, aun para el ojo desnudo, como crayolas azafrán y bermejo. De repente, las franjas pimienta y cúrcuma de Júpiter se volvieron monocromáticas.
Los delfines chillaban en su lenguaje natural y volteaban en todas direcciones. ARI’zal Hakadosh pataleó dentro de su burbuja hasta que se elevó por encima de todos.
—Ex nihilo —gritó—. Ex nihilo.
—¡No! —gritó Armon—. No salga del puente.
El delfín hizo caso omiso e impulsó su propia burbuja hasta que rompió el himen del cilindro y se alzó fuera del puente de control. El himen se cerró de inmediato tras de sí.
Mientras el delfín seguía elevándose, Sid golpeó a Armon por la espalda y le quitó su arma.
Dobló las rodillas en un plié idéntico al que había hecho Ubu Roy y saltó hasta donde el ingeniero seguía trabajando.
—Oye, niño genio —dijo Sid. Cuando Ubu Roy volteó para verla, Sid le disparó en el pecho. Ubu Roy y su media tonelada cayó de espaldas contra la pared de controles. Con cara de sorpresa, levantó los brazos.
—Mr. Buda —dijo Sid con una sonrisa cruel—, hora de su Parinirvana.
Ubu Roy miró la punta del arma con tristeza.
—Siento como que no pertenezco en el lugar donde vivo, en el cuerpo que habito. ¿Nunca te has sentido así?
Sid mantuvo la pistola firme.
—No —dijo y disparó.
Sid regresó al nivel del suelo, donde los delfines huían en sus burbujas de agua de vuelta a su nave. Sid volteó, por pura curiosidad, hacia arriba, pero no vio ni rastro del delfín con la mitra. Era como si hubiera sido tragado por el vacío espacio-tiempo que tanto había deseado crear.
Armon se levantó lentamente.
—Pero, ¿cómo?
Sid se plantó frente a él, abriendo las piernas. Algo brillante salió volando entonces de debajo de su falda. Un objeto diminuto con alas de colibrí que empezó a flotar justo enfrente de la cara de Armon.
—Te presento a cunnilingus —dijo Sid con una sonrisa traviesa—. Ella se encargó de emascular a todos esos nanos que me inyectaste en mi sistema.
—¿Desde cuándo?
—Ay, Armon, eres tan tierno. Desde el principio. Cuando me atacaste llevaba horas esperándote. A alguien como tú, en todo caso.
—¿Por qué no te resististe, entonces?
—Teníamos objetivos similares. De hecho, me hiciste un gran servicio, Armon, trayéndome aquí. Creo que hasta debería hacer algo para recompensarte.
Todavía apuntándole con la pistola, Sid lo besó en la boca. Armon dio un paso atrás.
—¿Piensas que ganaste? Yo no pierdo.
—¿Eso es un reto, Armon?
—Tómalo como prefieras.
—Ay, Armon. Estoy tan feliz de no haberle ordenado a cunnilingus que te matara. Esto promete. Tú y yo nos vamos a hacer los mejores enemigos.
—Te vas a arrepentir de no matarme.
—Por supuesto, Armon.
***
La pirámide trunca de Casanova, el DJ inmortal del Silencio, flotaba a la deriva entre Júpiter y Saturno al ritmo de “Roundabout”. Más allá del horizonte de eventos la velocidad del orgasmo superaba la velocidad de la luz, y una vez que lo cruzabas no había vuelta atrás. Con Casanova ya no podías escapar el agujero negro de placer.
—“Mountains come out of the sky and they stay there…”
Casanova se vio en el espejo y acabó de maquillar su rostro. Un poco de contorno ultravioleta para disimular sus pómulos, algo de corrector fluorescente con las yemas de sus dedos estigmatizados para fijar las sombras de los ojos; rímel de luz negra para volver sus ojos los de un gato.
—“The sailor sees the rim of the land…”
El universo seguía moviéndose, segundo tras segundo, a lo largo del tiempo lineal. Una eyaculación seguía a otra, como debía ser. Los días sin fin se extendían como fila de dominós frente a sus ojos drogados. Su propia erección divina se extendía hasta el mero final.
Casanova era amor.
Casanova era sexo.
Casanova cambió el vinilo.
Armando Saldaña Salinas (México). Licenciado de economía, empezó a escribir y publicar narrativa desde hace veinte años. Tiene más de diez libros publicados, entre novelas y colecciones de cuentos, en inglés y español. Ganador del Premio de Primera Novela Sergio Galindo 2017 por Leyendas del Café Habana. Mención honorifica Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila 2018 por la colección La canción de Durandal. Autor de las colecciones de cuentos Un jardín de planetas (2023) y Érase una vez en México (2024), así como de las novelas El nombre de la ciudad (2020) y El tango del planeta rojo (2022)
