Yo en tu lugar me suicidaría a los veinte

Puse la soga alrededor de mi cuello y le di unos cuantos tirones. ¿Dolería mucho? Imaginaba cómo sería yo en el día de mi muerte, con mi cuello azul como un moño de gala y el porte esperado del rigor mortis. Si me robustecía, el peso de mi cuerpo haría sucumbir a la soga, matándome más rápido; si me colgaba antes de terminar mi crecimiento, se añadirían unos segundos a la espera de mi muerte.

Todo estaba en el equilibrio.

—No es una mala opción colgarse de una viga —me dijo mi padre con la ternura de siempre. Él acababa de entrar a mi habitación. Yo estaba frente al espejo—. ¿Has pensado bien cómo quieres morir?

Se acercó de prisa. Tomó la punta de la soga y comenzó a tirar.

—Si morir ahorcado no es lo tuyo, hay otras opciones —me dijo mientras su mano, que yo podía ver gracias al espejo, se alejaba de mí—. ¿Te he dicho cómo pienso morir?

Estaba bien que yo me matara, pero aún era muy joven. Yo debía morir a los cuarenta. El padre de mi padre había muerto a los cincuenta, aunque esos eran otros tiempos; cuarenta se había vuelto una buena edad para morir.

Trataba de decirle que era suficiente. Que él tenía razón. Que mamá podía vernos en cualquier momento, y eso sería lo peor de todo.

—¡¿Qué estás haciendo?! —le gritó mi madre, desde el otro lado del pasillo.

Ella se horrorizó como nunca, sin importar que ya se había horrorizado muchas veces.

A mi madre no le gustaban nuestras discusiones sobre el suicidio. Siempre nos callaba o se enfrascaba en sus libros hasta la noche, tomándolos al azar de la mesita de la sala, de su librero o de su habitación. Cuando yo aún era tan joven que no podía leer lo que estaba escrito en ellos, pensaba que los libros eran escudos que mi madre usaba para no tener que mirarme.

Mi madre a veces sentenciaba: «No comparto su fetiche por morir». Ella no debía juzgarme. Le pedía que parara. En respuesta, seguía con sus historias, diciendo cosas como: «Él vivió grandes aventuras, hizo de todo y es solo un personaje. ¿No te gustaría ser mejor que él?».

Yo me retorcí en la cama muchas veces; ponía mi mano sobre las páginas de sus libros, esperando romper el pacto que ella tenía con sus historias y estas ya no quisieran dejarse oír nunca más.

«Ay, hijo, ¿te alcanzará la vida? Mira ya cuántos años tienes y aún no has vivido nada. Si te mueres ahora, tu vida no sería más que un cuento».

En sus historias los viejos pasaban los días sentados, enmudecidos, esperando morir. Todos los días mi madre subía hasta mi habitación y me repetía su delirio.

«¿Por qué no me lees historias de verdad?», le pregunté una noche, cansado de ella. Si yo la hacía contarme una historia distinta, quizá dejaría los libros a un lado y me hablaría del mundo que llegaríamos a vivir juntos.

«Ya habrá tiempo para que mueran después», me dijo. «Siempre hay tiempo para morir».

La mañana en que nos encontró a mi padre y a mí con la cuerda, la habíamos obligado a vernos.

Yo vi sus ojos apenas un segundo, en la esquina del espejo: mi madre se perturbó tanto al encontrarnos que pensé que la habíamos roto, que mi padre y yo le habíamos hecho algo peor que morir y su cara ya no volvería a ser la misma. La culpa no sería de otro sino mía, y yo no podía darle eso a cambio de la vida que me había dado. Apreté con fuerza la cuerda, interponiéndome a la muerte.

—Estoy dándole una lección a tu hijo —le contestó mi padre con una sonrisa—. Él quiere morir con una cuerda, pero ya sabes cómo son los niños: a veces quieren una cosa y luego otra. Le estoy enseñando cómo sería morir así.

—¿Y te parece bien ahorcarlo? ¿No debería matarse solo, según tú?

Ella apretó el cuello de mi padre con sus manos.

Él la miró confundido y soltó la soga.

—¿Quieres hacerlo ahora? —le preguntó, dejando caer sus manos. Se rindió a mi madre.

Aproveché el momento, me quité la soga y la tiré al suelo. Me acerqué a mi padre. Intenté respirar hondo, aunque no pude. Evité tocarme el cuello. No quería que mi madre supiera que me faltaba el aire o me dolía la tráquea, así que me crucé de brazos como mi padre.

Yo estaba de lado de él.

—Tú no lo entiendes, mamá —le dije en un susurro.

Por el hilo de mi voz ella debió pensar que me avergonzaba. Si en ese momento me faltó el aire se debió al simulacro de mi suicidio, pero en sus pensamientos mis palabras pudieron significar cualquier cosa.

Yo no era un personaje en uno de sus libros. No iba a vivir muchos años solo para entretener su deseo morboso de descomponerme frente a ella. ¿Y qué quería ella?

Si quería hacerme vivir eternamente, mi madre no debió haberme concebido en primer lugar.

—Tú eres el que no entiende, hijo —me respondió, inescrutable igual que si cubriera su rostro con uno de sus libros.

Las historias me impedían ver el rostro desnudo de mi madre.

Ella nos miró con sus ojos que eran un lenguaje extranjero, algo para lo que necesitábamos traducción de la única intérprete posible. Pero no la comprendíamos, sin importar cuánto tratara de explicarse. No había territorio común entre nuestras lenguas.

¿Ella no se había ido cansando de leerme, también, poco a poco? Mi desgana debió volvérsele insoportable, al compartirme sus historias.

Lo que yo no entendía era por qué mi madre pensaba que la historia de mi vida le pertenecía. Que ella pudiera tomar los libros con sus manos, que pudiera interrumpirlos si quería, no le daba derecho sobre mí.

Su silencio podía deberse a eso; o quizá mi madre sentía, igual que yo, que alguien tiraba de su cuello con una soga. Me habría gustado decirle, en ese entonces, que todo habría sido más fácil de haberse rendido. A ella no debían faltarle muchos años, y yo no quería imaginar su sufrimiento.

Pensé en el futuro: ella también debía elegir cómo iba a suicidarse; entre más pronto lo hiciera, menos sufriría después. Debía estar lista antes que yo, porque los padres siempre mueren antes que los hijos.

Mi madre también iba a morirse.

***

Óscar era mi mejor amigo. Nos cortábamos los antebrazos y luego veíamos películas.

—Óscar, ¿y si mi mamá no se mata cuando deba hacerlo? —le pregunté. Los dos estábamos en el suelo, cubriéndonos las heridas de los antebrazos—. ¿Y si espera demasiado? Mi papá dice que deberíamos morirnos a los cuarenta. Él ya tiene treinta y ocho, ella treinta y seis. No quiero pensar en eso.

A mi madre le confundía mi relación con Óscar, igual que se confundía con todo lo relacionado a mi vida y mi muerte.

«¿Por qué le haces daño si es tu amigo?», me decía siempre que me acercaba a la puerta, feliz de que vería a Óscar. La locura de mi madre parecía añorar mi encierro, con tal de mantenerme vivo. «¿A él le gusta ver cómo intentas morir? ¿Qué clase de amigos tienes? Deberías conseguir mejores amigos. A mí no me gustaría que mis amigos murieran».

«Pero tú no tienes amigos», le respondía a mi madre, y cerraba la puerta tras de mí.

¿Cómo iba a tener amigos? Mi madre estaba loca.

—¿Para qué esperar? —preguntó Óscar, evaluando con esmero sus cortes—. Tu padre está tan loco como tu madre. Ambos se equivocan. Los cuarenta no son buena edad para morir. Para entonces ya no puedes correr ni saltar, te pones pesado, el color de tu pelo, si es que aún tienes, comienza a desaparecer, se vuelve fantasma. Es horrible. ¿Por qué quiere eso tu padre? ¿No estarás loco también?

Me ofendía que pensara eso de mí.

Levanté el brazo para que pudiera ver las heridas en mis muñecas. Estábamos dedicados a resolver si moriríamos así. Que mi madre estuviera loca no significaba que yo lo estuviera.

—Tienes razón —me dijo Óscar—. Perdón. Tú no eres como ellos.

Me palmeó la espalda y sonrió como siempre lo hacía cuando nos lastimábamos juntos.

—¿Qué hay de tu madre? —le pregunté—. ¿Ya planeó su suicidio? Se ve vieja.

Su madre yacía frente a la televisión con desánimo; no sé si le prestaba atención o nos escuchaba. Estiró las piernas en un sillón negro que cedió a su cansancio con la naturalidad de quien espera una caída con los brazos abiertos. Ella había esperado demasiado.

—¿Qué quieres que te diga de ella?

Óscar se pegó a mí y señaló hacia un cuarto cerrado al fondo de la casa.

—A veces dice que solo tiene que terminar una pintura, pero hace años que no pinta; supongo que cree que nos va a dejar a nuestra suerte si se muere, o quién sabe. ¿Pero no es eso normal? Mi padre sí sabía lo que hacía.

Óscar no conoció a su padre, cuya vejez impidió que estuviera ahí para presenciar su nacimiento.

—Esta es la única foto que tengo. —Se puso de pie y me enseñó una fotografía que manchó sin querer con un par de gotas de sangre de sus muñecas.

Su padre no debía de tener más de treinta en la fotografía. Estaba de pie junto a un abismo, con el océano detrás. Debía ser una foto de sus vacaciones. Parecía despedirse mientras le tomaban la fotografía.

—Deberíamos hacer como tu padre y morir a los treinta —le dije.

—Es demasiado —me contestó, muy serio. Se fijó en su madre, en la foto de su padre y luego dio un largo suspiro, resuelto en su conclusión—. Yo en tu lugar me suicidaría a los veinte.

***

Uno cree que es fácil conservar una amistad cuando se tiene doce años. Uno piensa que el suicidio y la muerte vienen después, cuando tu amigo elige el arma con la que se dará un tiro y puede comprar sus propias balas; cuando puede comprar un frasco de pastillas que vaciará en su boca como caramelos. Óscar, en cambio, se suicidó a los doce.

¿Quién se suicida a los doce años? Los doce no son una buena edad para morir. No se fabrican buenos ataúdes para los niños. Nadie puede estar seguro de cómo quiere morir siendo tan joven. Él me había dicho que se moriría a los veinte. «Los veinte son una buena edad para irse», eso fue lo que me dijo. ¿No fue eso lo que me dijo? ¿Por qué me mintió? ¿Por qué se fue así? Es una locura matarse sin hablarlo antes con tu mejor amigo. No podía creerlo. Su traición, ¿cómo iba a perdonarla? Mi amigo se había ido.

Tan solo hacía unos días me había dicho:

—Hace tiempo que no la veía tan bonita.

Su madre abandonó el sillón el lunes y comenzó a pintar otra vez. Había sacado de su habitación siempre cerrada unos lienzos y se había puesto a pintar con Óscar y conmigo.

El domingo por la mañana, luego del desayuno, la madre de Óscar subió al auto, dispuesta a todo.

—Sí, se veía vieja —me confesó Óscar, luego de la muerte de su madre—. Parecía que el tiempo se le había pasado, pero la vi morir. Amigo, yo estuve ahí mientras mi madre entraba al mar.

El sábado su madre me abrazó antes de que me fuera; esa fue la última vez que la vi. Ella sabía que era la última vez que iba a verme y no me lo dijo, pero al menos tuvo un gesto, algo que me hizo pensar que la muerte se acercaba. Sus ojos, como los de mi propia madre, jugaban conmigo, trasluciendo y ocultando el futuro para mí. Yo nunca pasé de saludarla y responderle siempre lo mismo: que mi madre estaba bien, aunque no lo estaba, que le daría sus saludos; y de pronto le decía adiós con un abrazo.

Óscar me describió el reflejo en el agua, el cielo rosa, como de postal, el viento calmo que parecía extender la despedida de su madre como si ella lo acariciara mientras se hundía.

—¿No intentó salir a la superficie para respirar? —le pregunté.

—Se llevó el overol con el que pintaba. Nos pintó, a la familia. —Señaló la pintura en la que había estado trabajando su madre, el retrato acabado—. Supongo que al final haber podido pintar otra vez le bastó para morirse. Se llenó los bolsillos del overol con piedras. Debiste haberla visto: fue como si mi madre hubiera puesto el rosa en el cielo mientras se metía al mar; como si hubiera quitado una membrana que escondía el verdadero color tras las nubes, con apenas la punta de un dedo.

Según Óscar, estuvieron en silencio frente al mar. Unos minutos antes se habían despedido en el mismo precipicio en que fotografiaron a su padre.

—Me dio las llaves de la casa y me dijo que nunca olvidara lo que ella haría por mí.

Luego de eso solo volví a ver a mi amigo otra tarde. No nos cortamos el antebrazo ni hicimos ningún otro experimento. Óscar estaba escribiendo cartas.

—Son mis cartas suicidas —me dijo.

—¿Estás practicando tu escritura? No se me había ocurrido —le dije. Me sentía tan tonto.

Todos saben que no puedes suicidarte sin dejar varias cartas suicidas.

—¿Tu madre te dejó una?

—Debe de andar por ahí. Luego te la enseño.

Esa era una promesa que Óscar no pensaba cumplir.

Llevé al funeral de mi amigo la carta que me dejó antes de su muerte, pero no pude leerla entonces.

—¿Por qué lo hizo? —le pregunté a mi padre, junto a mí en el funeral. Óscar se me había adelantado. Aún nos quedaba tanta vida para crecer juntos, pero él había decidido que el tiempo se acaba cuando sea.

Mi padre no supo qué responderme; no le encontraba lógica. Mi madre tampoco, pero ella me respondió, cuando volvimos a la casa:

—¿Qué diferencia hay en unos años si la decisión es inevitable?

Qué bueno que mi madre se suicidará antes que yo, pensé. No quería escribirle una carta.

Regresé del funeral de Óscar, pensando en qué caja usaría para mis cartas. Dejaría una carta para cada amigo, esa era mi intención. Luego pensé en los amigos que tenía… Quizá no necesitaba una caja grande.

Me detuve al darme cuenta de que aún no leía la carta de mi amigo. Lo había visto escribiéndola, aunque yo no sabía que era para mí: «No pude más», decía. Era apenas una nota.

—¿Qué estás leyendo? —preguntó mi madre, curiosa al verme leer.

—Me la dejó Óscar.

—¿Una carta suicida?

Quizá bastaba la caja de los tacones de mi madre: era pequeña y yo habría podido esconderla debajo de mi cama. Le pregunté a mi madre si podía prestármela y se rio como si estuviera cansada de reír.

—¿Estás pensando en matarte? ¿Vas a morirte a los doce como tu amigo?

—Mamá —le contesté—. Yo no estoy loco.

Le dije que sí iba a matarme, pero que todavía no. Con más calma, cuando crezca, insistí.

También le dije:

—Mamá, me mataré luego. No ahora. No bromees así. ¿No ves que me duele que Óscar se muriera? ¿No ves que mi amigo está muerto, mamá?

Ella no se decidía entre conmoverse por mis lágrimas o reírse de ellas, como si yo ya no fuera su hijo, sino una historia que había salido mal, uno de esos libros que no me leía porque no le había gustado lo suficiente. ¿Me desecharía así, mi madre? ¿Me haría lo mismo? ¿Dejaría de verme? Incluso si yo no entendía sus pensamientos, sus ojos me pertenecían más que a las palabras de los libros a los que se entregaba.

—Voy a morirme cuando crezca y esté listo para morir —insistí llorando—. Aún no, mamá. Aún no.

***

—¿Cómo vas con esa caja? —me preguntó mi madre, una semana luego del funeral de Óscar—. ¿Estás por llenarla? ¿Te quedan amigos o ya todos están muertos?

Mi madre me miró con sus ojos que parecían captar lo que había debajo de mi carne, como si en secreto pudiera seguir con su expresión envilecida el vertiginoso deterioro de mi ser. Quizá yo me envejecía por dentro, me iba pudriendo sobre mi cama, inmóvil porque había perdido a mi amigo. Quizá yo ya me había descompuesto y aún no lo sabía.

Pero mi madre conocía el final de antemano. Su atención estaba puesta en mí como si quisiera que le dijera que no, que jamás me mataría. Me hacía daño con sus ojos. Ella buscaba volverme un muñeco ventrílocuo de su locura y hacerme decir lo que pensaba, pero yo no sabía lo que ella estaba pensando.

—No la vas a llenar nunca. —Los ojos de mi madre volvieron a apartarse—. No tiene caso que intentes llenarla. Al final seguirá vacía.

Mi madre había estado leyendo, como siempre. Dejó la lectura por apenas un segundo; no valía la pena desatender sus historias por mí.

Su sonrisa era la de una mujer loca. Mi madre estaba loca, y aquello parecía no tener fin. Entrecerró el libro y me dijo, todavía risueña y cansada:

—Tú no vas a suicidarte. Te lo puedo asegurar, hijo. No lo voy a permitir.

***

Un año después, al hacer la limpieza de mi habitación, descubrí que la caja con mis cartas ya no estaba. Le pregunté a mi padre si sabía algo de mi pérdida y comenzó a regañarme.

—¿No estarás pensando en suicidarte ahora, verdad? Ni siquiera sabes en dónde dejas las cartas y así quieres matarte. Si mi padre me hubiera visto buscando sobres me habría matado él mismo.

Decía que sus padres fueron un matrimonio perfecto: le enseñaron a conducir, a trabajar, esperaron a que él terminara una carrera; soportaron todo lo que pudieron y se suicidaron juntos después. Mi padre pudo recibir una carta suicida escrita a cuatro manos.

«Eso es el amor», me decía.

Aun existiendo historias como la suya, una compañera de la escuela dijo que no quería casarse ni tener hijos. Estaba más loca que mi madre.

—¿Qué caso tiene ser mamá? —nos preguntó a todos—. No voy a tener hijos solo para que luego se maten.

Al oírla hablar así me la recordó tanto… Al oír a mi compañera, quise preguntarle a mamá si no se había arrepentido de que yo naciera.

Como mi compañera insistía en que el mundo era una locura, la maestra le ordenó que saliera del salón. Su madre había muerto recién hacía unas semanas. Nos enteramos luego de verla correr hacia el baño de niñas, llorando. Gritaba el nombre de su madre y lloraba sin dejar que nadie se le acercara. Al principio me reí de ella por negarse tan profundamente a la realidad; sin embargo, comprendía un poco su corazón. Óscar había muerto no hacía tanto y yo también quería gritar su nombre.

Pasé varias tardes observando a mi padre y a mi madre, pensando en si yo estaría triste si morían entonces. ¿Quién se suicidaría primero? Mi padre, sin duda, haría lo que le correspondía en el momento oportuno. Apenas recordé el regaño que me dio, deseé que se tardara en morir, que viviera mucho; luego me arrepentí pensando que eso me obligaría a vivir también. En cambio, mamá… Ay, mi madre, sus ojos eran tan terribles al mirarme y tan terribles al no hacerlo; hiciera lo que hiciera, ella estaba condenándome al miedo de sus ojos.

Cuando mi padre estaba por cumplir cuarenta comenzó a arreglar los desperfectos de la casa. Era como la madre de Óscar, intercalando los momentos de cuidado y los de pura satisfacción: arreglaba una gotera por allá, un grifo descompuesto, una mano de pintura a su habitación; también se subía a una bicicleta vieja que yo no sabía que tenía, y salía a dar paseos en la calle.

—¡Mírame, hijo! ¡Sin manos!

Era como si él aprendiera a andar otra vez, volviendo a la infancia antes de irse. Y con los brazos extendidos, parecía que rasgaba el cielo con sus dedos y deshacía las nubes sin querer.

—Te compraré una para que puedas salir con tus amigos.

Después de que Óscar murió, yo me había alejado de todos. Aún nos juntábamos, pero los sentía lejos… Había perdido las cartas, pero quizá ya no las necesitaba. No quería que otro tomara la decisión de irse antes de tiempo.

Yo no sería capaz de tocar el cielo con libertad si antes me lo quitaban todo.

***

—Las mujeres viven más —me dijo mi padre una semana antes de suicidarse.

Lo había visto caer de la bicicleta y entrar a la casa, no para curarse la herida, sino para seguir dejando todo en orden. Fue mi madre quien al verlo le pidió en silencio que se detuviera y le puso una gasa, igual que las que usábamos Óscar y yo.

Mi madre había dejado de hablar con él. Leía por la mañana y terminaba hasta la noche. Aunque él se acercaba, sudoroso y feliz, ella se mantenía en otro mundo.

Le oí decir:

—¿No ves que estoy leyendo? Déjame tu carta por ahí, si quieres. La leeré luego, cuando termine con mis libros. —Pero ella nunca iba a terminar con sus libros; no dejaba de conseguir nuevos.

—Las mujeres soportan peores dolores en la vida que nosotros —me dijo mi padre.

Él no soportó sus últimos días con mi madre tan distanciada. La distancia comenzó con empujones y silencio… y acabó con la muerte. Ya ninguna distancia podría salvarse. Mi padre estaría en un ataúd y luego bajo la tierra, y mi madre solo podría tocar las flores sobre la tumba; ya siempre estarían distanciados. Quizá por eso mi padre murió triste: no era natural morir así. Mi madre había hecho algo imperdonable, y yo me aseguraría de ser ese que no le diera el perdón.

En la nota suicida que me dejó, mi padre insistió en que ojalá pudiera perdonarle no haber estado conmigo más tiempo. Escuché su voz, tan tierna como siempre, confesándome su vergüenza. Pero esa voz era distante también, aunque estuviera dentro de mí. Cuando mi padre murió, mi interior también se alejó, como si de pronto me quedara vacío. Yo sabía lo que le esperaba, sabía que él se suicidaría; pero saberlo, ensayarlo, haber perdido ya tanto, parecía que no era suficiente preparación.

A mi madre también le dejó una carta. Ella la puso sobre la mesita de noche, y cuando le pregunté si la leería, si no pensaba leerla ahora que papá se había ido, me respondió igual que a él:

—No voy a leer una carta de protocolo. ¿No la dejan por eso? Si me la dejó solo porque todos las dejan, no me interesa. Tengo mejores cosas que leer.

—No puedes hacerle eso —le dije—. Es su última voluntad.

—¿La misma que lo llevó a morirse? —me preguntó, relamiéndose los labios y abriendo los ojos más que nunca—. Que tu padre acepte desde donde esté que no me importa leer sus últimas palabras.

Había dolor en la voz de mi madre, que se paró de pronto como si se le hubiera cerrado la garganta. Ella no diría más del asunto; no pensaba ceder. No solo estaba loca. No solo estaba desubicada. En el fondo, yo estaba seguro, mi madre no lo amaba. Yo nunca había conocido a alguien tan cruel. Si a mi madre se le iba la voz porque alguien le apretaba el cuello con una soga… yo hubiera aceptado darle el último tirón en ese momento y hacerla marcharse.

—¿Necesitas ayuda? —le pregunté a mi madre, muy serio.

—Suenas igual que tu padre.

Sus ojos decían algo que ya no me interesaba entender.

—Si necesitas ayuda para hacerlo, mamá, para dar el paso —le dije—, yo puedo hacerlo. Eres mi madre. Yo haría lo que sea por ti… aunque tú no me quieras.

Por primera vez me pareció que sus ojos se volvían transparentes; como si habiéndome visto en ese momento ya no le quedara nada qué ocultarme, ni amor ni miedo. Mi madre se había ido de sus ojos porque no podía seguir viéndome.

—¿No te quiero, dices?

Ella ya no me veía. Ella ya no iba a verme. Ni siquiera haría eso por mí.

***

Una tarde intenté obligar a mi madre a que supiera lo que mi padre le había escrito. Habían pasado ya varios años desde que ella debió morirse; pero ahí seguía, viva, leyendo, pudriéndose en su sillón. Quién sabe qué color tuvo alguna vez el sillón, pero yo lo recuerdo tan gris como la piel de mi madre.

Tomé la carta, y antes de que pudiera abrirla mi madre extendió su mano y la hizo pedazos frente a mí. Todo ocurrió en silencio. Ni siquiera emitió un gruñido. Tampoco me dedicó una mirada suya, ni siquiera entonces. Siempre encontraba el modo de ver más allá de mí, de observar sus manos, el techo o el librero cuando yo trataba de obligarla a mirarme. Pero si no se puede obligar a alguien a morir, tampoco a mirar donde no quiere.

—¿Ni siquiera ahora? —le dije, apuntando a la carta de mi padre, sus trozos regados en el suelo. El cuerpo de mi padre debía haberse alejado en iguales direcciones, caóticas, en la boca de los gusanos.

No solo mi madre ya no podría leer las palabras de mi padre. Yo tampoco. De algún modo, ella me lo arrebataba de un modo más definitivo que la muerte.

—Se supone que eres mi madre, pero mírate. Mira en lo que te has convertido, mamá. Eres esta cosa muerta, que no me dice nada. ¿Qué dirían tus historias de ti? ¿Cómo crees que va a ser tu final?

Mi madre comenzó a llorar, pero ni siquiera eso logró hacer que sus ojos recordaran que era su hijo el que hablaba.

—¡Háblame! —le dije.

Entonces lo hizo. Habló.

—Te dije que no la leería ahora, ¡y ahora no voy a leerla nunca, por ti! ¿Estás feliz ahora? ¿Te alegra saber que tu padre no completó su suicidio perfecto? ¿Quieres que te pida perdón, hijo? ¿Eso quieres? Perdón. Perdón por traerte al mundo.

Desde entonces comenzó a romper todas las cartas que llevaban a casa. Las cartas que yo había hecho, cuando era niño, las descubrí en pedazos sobre mi cama.

—Mira qué fácil se rompen las palabras, igual que tú cuando te mueras, hijo.

Ya no lograba hacerla callar. Ella dejaba sus libros a medias. Se apretaba los ojos, como si las lágrimas permanecieran esperando a su muerte para al fin seguir su camino.

—¿Cuándo te vas a morir? —me preguntaba—. ¿No te urgía morir?

—Era un niño —le reclamé—. Sabía que debía morirme algún día y yo trataba de entenderlo. ¿Por qué tú no lo entiendes? ¿Por qué tengo que explicártelo? Quizá esas cartas son para mí —le decía cada vez que hacía pedazos el correo.

Yo debía ir a las oficinas de servicios y tiendas donde compraba para pedir los recibos que de otro modo no podía ver, porque ella se deshacía de todos.

Eventualmente, mi madre dejó de leer sus libros. Parecía temer encontrar reminiscencias de lo que sea que le haya escrito mi padre, aunque nunca leyó su carta. Yo no dejo de pensar que, sin importar lo que mi padre haya escrito en el papel, mi madre ya conocía el interior de su carne; vio las palabras en él. El rostro de mi padre se transparentaba en palabras. Quizá por eso al final no soportaba mirarlo: veía la muerte en él, todas las cosas que no iban a decirse porque la muerte estaba por interrumpirlos. Mi madre se negaba a la muerte como la más loca, así que se le adelantó, alejándose de mi padre antes de que él se fuera.

Mi madre se moría de tristeza, aunque es más preciso decir que la tristeza la estaba matando.

***

Luego de unos meses de abandonar sus libros, comenzó a leer mis ojos con su expresión terrible. Me había convertido en su última historia, quizá esperando encontrar a mi padre en mis ojos. Quizá solo me veía porque el resto de la casa se había quedado muda y gris y solo yo me resistía a la inmovilidad.

Sin importar los años, uno nunca tiene el tiempo para entender a las madres.

El deseo de mi muerte era para ella una carta tan indeseada como la propia carta de mi padre. Cuando yo le reclamaba por lo que había hecho, ella no apartaba la vista o fingía no escucharme. Me miraba atentamente, pero en el fondo sé que yo era una figura muda; un dolor visto desde lejos, entre muchos otros dolores. Eso me decían sus ojos ocultos al dormir.

Tan plácida y dócil, me sorprendía no poder imaginarla muerta, con la maldición muda de sus ojos. No podía imaginar muerta a mi madre aunque sabía que ese era su destino. Lo intenté desde tan joven, porque creía que nunca era demasiado pronto para hacerse a la idea de la muerte de los padres. ¿Y no se había demorado ella? A lo mejor, como la madre de Óscar, esperaba hacer un último cuadro, pintar el cielo de rosa mientras se iba, leer un último libro antes de hundirse en el mar. Pero sin importar cuánto pasó, yo la seguía imaginando viva en el futuro, para siempre, con sus ojos leyendo mi alma y rechazándola a la vez.

Al verla recostada en su cama, a oscuras, yo quería que sus ojos no volverían a poseerme jamás porque ya no soportaba estar expuesto a su extraña desesperación. Sabía, sin embargo, que no podría vivir sin sus ojos. ¿Por qué me había hecho eso?

Me consolé muchas noches pensando que eso pasaría en cualquier momento. Mi madre moriría, incluso si no lo quería. Quizá mañana, pensaba; mañana la veré tomar un libro otra vez y luego de eso será todo.

***

Mi madre vivió muchos años luego de esas noches. Siguió viviendo cuando todos mis amigos murieron y cuando el amor de mi vida se fue sin mí porque no soportaba esperar que yo me suicidara con ella. Todos habían conocido a mi madre, aquel viejo sillón que se esforzaba en mirarlos como dictándoles sentencia. Pero solo yo tenía que soportarla.

Conocí a mi novia cuando los dos cumplimos veinte años. Ella soportó cuanto pudo. A los treinta estaba tan cansada de mí que me advirtió que si no se moría mi madre, ella me daría una lección.

—Te digo que estoy harta. Tienes que hacer algo, lo que sea. Tu madre está entre tú y yo, siempre. Tú eres un hijo de mamá. No estás viviendo tu vida.

Siguió diciendo esas cosas mientras peleábamos y acabó diciendo lo mismo al morir:

«¿Por qué siempre antepones a tu madre?», escribió en su carta suicida para mí.

Nuestros amigos dijeron que no era digno de verla luego de morirse. Ellos se habían distanciado tanto, pero mi madre prevalecía en mi historia, así que me preguntaron si aún estaba viva. Les colgué sin responder. Me avergonzaba decir que sí.

Mi madre seguía viva, castigándome por una carta que jamás leyó; porque yo la había apresurado, porque debí darle tiempo para que la tomara cuando quisiera. Si lo hubiera hecho, mi madre habría estado en paz, muriendo como debía, o eso decía ella. ¿Por qué debía creerle? Estaba viva, horriblemente viva en el sillón de la casa, siempre observando.

¿Quién quiere verse así?, pensaba. ¿Quién quiere sufrir tanto? Los achaques, los dolores. Mi madre temblaba algunas mañanas; tenía temporadas donde le temblaba el cuerpo como si se desintegrara por dentro y yo creía que al fin iba a morir. ¡Pero sobrevivía a todo! Alargaba su muerte más que nadie que conociera.

Perdí la cuenta de los años.

Las arrugas fueron apareciendo en mi rostro también. Todos me dejaban, incluso los que no pude conocer.

Pero mi madre estaba ahí. Ella sonreía incluso en ese estado. ¿Cómo se puede sonreír así? Ya no podría levantar sus brazos, como lo había hecho mi padre en sus últimos días. ¿Qué haría mi madre cuando estuviera por morirse, si ya no podía moverse?

—¿Cuándo piensas morirte? —le pregunté un día.

Desde entonces, leí todos sus libros; trataba de entenderla. Cuando terminaba uno, lo lanzaba al suelo y volvía a preguntarle:

—¿Cuándo piensas morirte?

Le arranqué algunas hojas a sus libros y ella hizo flores de papel con ellas.

Qué cansada resultaba la vida y qué rápido pasaba entre sus libros, que nunca terminaría de leer. Aunque su biblioteca estaba ahí, las historias se habían alejado poco a poco. No se me había ocurrido pensar que, así como a mí ya solo me quedaba ella, a ella solo le quedaba yo.

Ella pareció no escucharme, pareció no querer haberme oído. Jamás pude entenderla. Jamás supe qué pensaba. Ahí estaba yo, lanzando sus historias al suelo, esperando verla hundirse en el peso de su tristeza. Pero era yo el que me hundía.

Comencé a leerle, esperando que oír un libro fuera como leerlo por sí misma y eso le bastara para irse. Ella prestaba atención por breves momentos, sonreía nostálgica y volvía a su ensimismamiento; solo entonces descubrí que al verme lo veía todo. No era a mí a quien veía, realmente, era toda la vida: de algún modo, toda mi vida se hallaba en sus ojos inabarcables.

—¿Ya llenaste la caja? —me preguntó una noche, luego de miles en que debió estar muerta. No dejaba de tallarse los ojos con sus manos temblorosas.

Por un momento no supe si era ella quien me hablaba o si lo hacía la muerte. A veces fantaseaba pensando que quizá siempre estuve muerto; lo que veía en sus ojos no era sino el repaso de mis días, detrás de nosotros hace mucho.

No recordaba su voz. Se oía cansada.

—Ya no tengo a quién dejarle cartas, mamá.

Llorar habría sido un desperdicio.

—Lo siento —me dijo—. Tenías razón, ¿verdad? Debí irme hace mucho. Debí dejarte hacer tu vida y morir.

—Ya basta.

—Hijo, no, déjame hablar —me dijo—. Debí dejarte vivir. Tu madre si está loca, ¿verdad?

Mi madre comenzaba a recobrar la cordura cuando yo ya lo había perdido todo. Mi historia estaba por concluirse y ella apenas comprendía. ¿Pero era realmente mi historia la que terminaba, la que yo había vivido hasta entonces?

En realidad era la suya.

Comencé a llorar. No valía la pena, pero tampoco la vida y yo seguía vivo.

—Mamá, basta.

—Lo siento.

Ya había sido mucho sufrir por nada.

Me miró con sus ojos tristes, con los que escrutaba cada movimiento de mis propios ojos; luego sonrió, no sé cómo, no sé con qué alegría salida de la nada.

—Ayúdame —me dijo—. Tú dijiste que lo harías. Que me amabas mucho. ¿Te acuerdas de eso? Esas fueron tus palabras, hijo. Dijiste que harías lo que fuera por tu madre.

—Debes ser tú —le dije a mi madre. Era el colmo de su locura.

Yo no iba a matar a mi madre.

—Ayúdame como debí ayudar a tu padre —repitió—. Yo nunca supe cómo. Estoy acostumbrada a malvivir. No sé morirme.

Seguí negando con la cabeza. No le bastaba haberme hecho vivir todos esos años, cuando no debía vivir tanto. Lo que más odiaba de todo es que no había vivido nada. La vida, para mí, había sido la larga historia de su sufrimiento; la historia de la locura de mi madre.

—¿No es esto lo que siempre quisiste? —me preguntó.

Entonces creí comprender por qué me miraba de ese modo.

—¿Harías esto por mí? —Fue lo último que dijo.

Mi madre deslizó mis dedos sobre sus muñecas.

Yo ya lo había hecho. Óscar y yo habíamos jugado a eso muchas veces. ¿Por qué de pronto me costaba tanto, siendo un hombre? Había sido un juego de niños… tan sencillo como montar la bicicleta. Recordé a mi padre deslizando sus dedos en el cielo mientras pedaleaba; así toqué yo el rostro de mi madre y luego sus muñecas con una navaja: como si me despidiera del mundo.

Nada de eso había sido mi decisión, y aun así, el mundo se caería sobre mí y las nubes se pintarían con sangre.

***

Mi madre había sobrepasado ya los ochenta años, casi noventa; eso supe al revisar su acta de nacimiento. La creían un fantasma. Mi madre era el fantasma de esa casa y yo pude librarme de él yéndome.

Pero no lo hice.

No recogieron su cuerpo cuando murió porque no me creían que apenas hubiera muerto. Los de la morgue creían que su cuerpo se había ido hacía mucho tiempo ya, que se pudría en un lugar desconocido.

Pero ahí estaba ella.

Podía sentir su mirada atravesando los párpados, atravesando la muerte misma esperando a que su final fuera como uno de sus historias.

La historia era simple: vivir es un castigo compartido.

Puse una flor encima de sus huesos. En los pétalos podían verse palabras que ya no significaban nada. Yo quería sentir cerca a mi madre un momento más y quería acercarla a eso que ella estaba perdiendo para siempre. Supongo que en eso me parezco a los personajes de sus historias. No iba a dejar que la tierra la olvidara.

Yo odiaba tanto a mi madre. Le había deseado tanto la muerte. Pero cuando al fin se murió por mi mano, me di cuenta de que al morir mi madre se me había acabado la vida.

Daniel Centeno (México). Escribe cuentos de death fiction. Autor de los libros de cuento Extinguirnos fue tan fácil (UAEM, 2025), Los robots contarán nuestras historias (Ocelote, 2024), Rara vez elegimos morir (Trazos de Aves, 2024) y No hablaremos de muerte a los fantasmas (Casa Futura Ediciones, 2021). Ganador del XXXV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción con el cuento “Noturo”. Mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola. Becario del FONCA (2017-2018 y 2022-2023) y del PECDA Jalisco (2020-2021) en la categoría de Cuento.

0
0
Carrito
Tu carrito está vacíoRegresar a la Tienda
Scroll al inicio