NO. 1 (AGOSTO 2025) / FICCIÓN / 2.711 PALABRAS
Grabando // Es la madrugada del 25 de abril de 2089.
He tenido la misma pesadilla desde que salimos de casa hace tres noches: el mar se eleva como una masa densa, negra de agua, como si un pedazo del cielo estrellado emergiera desde el fondo más oscuro del océano y no se desprendiera de esa oscuridad. El agua condensada, igual que una pared, tiene grietas y agujeros diminutos por donde se alcanzan a ver luminiscencias incandescentes. Por un momento las confundo con estrellas, pero después recuerdo que el mar está lleno de restos de animales, plantas y humanos intoxicados de Zerimbrosa que fulguran como si fueran bioluminiscentes, pero en realidad son fuegos fatuos que destellan radioactividad y quién sabe qué más. Yo miro la columna líquida desde el balcón de la casa de mis abuelos mientras riego las plantas, y siento que una lengua helada me lame entera desde los tobillos hasta la nuca. Entro a buscar a la abuela y la encuentro parada junto al sillón, apretándose el vientre, con la nariz y los ojos sangrándole, pero junto con la sangre le escurre el agua del mar, igual de negra con puntitos fluorescentes. Le grito al abuelo una y otra vez hasta que acude a mí arrastrándose, con las piernas enrolladas hacia arriba como el caparazón de un caracol; en cada mano trae una oreja y me dice “ya no necesitaré esto, puedo oírlo todo con el cuerpo pegado a la tierra”. La lengua helada vuelve a recorrerme, pero ahora desde el ombligo hacia los brazos y las piernas, y escucho el rugido del agua cada vez más cerca, un rugido como el de los leones que sólo conocí en la televisión. Ésa es la clave que me ayuda a darme cuenta de que estoy soñando: me pregunto cómo puedo escuchar a los leones si nunca vi uno en realidad. Eso me hizo despertar, pero no se me quitó la sensación de tristeza y angustia por haber perdido no sólo a los abuelos, sino a todas las personas y los lugares que conocía antes de iniciar el recorrido por refugios que habitamos semanas o un par de meses hasta instalarnos en esa pequeña pero funcional casa que, otra vez, dejamos atrás. Hace tiempo que no pensaba en eso. Será que el frío y la incomodidad hacen mi cuerpo más susceptible al dolor mientras duermo. Y el dolor, como explicaba la abuela Floren, es un imán para los entes que sufren y necesitan encarnarse en nidos de órganos y sangre caliente, sean humanos o no.
Intenté convencer a Sofía, mi madre, de que al menos trajéramos cobijas o una bolsa de dormir, pero ella aseguraba que era indispensable abandonarlo todo para librarnos por completo del mal. La verdad, yo siento que el mal, en sí, es ella: está habitada por el demonio en que se ha convertido la obsesión de encontrar El Vizcaíno, un lugar donde se supone que habitan especies con las que aún podemos convivir. Y esa obsesión se ha enraizado de tal forma en su cuerpo que sólo vive para alimentarla, olvidándose por completo de las otras cosas que la hacían levantarse cada día y esforzarse por aguantar para pasar una noche más; como si lo que hemos experimentado hasta ahora fuera sólo un ensayo de sobrevivencia y tuviéramos que ir a un lugar tan lejano para empezar a vivir, ahora sí, de verdad, pero nunca como antes.
La idea se la metió su amiga Amanda, quien llegó allá hace un año y encontró el modo de enviarle una copia de la grabación de su travesía. Parece que entre ella y otras personas del grupo con el que viajaba hackearon el sistema del Servidor Global, intervenido y controlado por YaSabemosQuién (cuyo nombre, como también sabemos, es de mala suerte siquiera murmurar) e instalaron servidores intermitentes para abrir vías seguras de comunicación; líneas-fantasma que funcionan sólo un par de horas y luego desaparecen sin dejar rastro. Su intención es que la mayor cantidad de desplazados se entere de que El Vizcaíno es una zona segura y biodiversa, pero para entrar es indispensable deshacerse de todo lo que ya no es necesario. Justo esa idea de lo que ya no es necesario ha trastornado a mi madre a tal punto de hacerme temer que quiera arrancarse o arrancarme partes del cuerpo durante el viaje. Supongo que por eso sueño a los abuelos convertidos en mutantes de esa tierra que Sofía imagina como el paraíso.
A veces maldigo el momento en que recibió, casi de milagro, el mensaje de su amiga, pero cuando la veo ansiosa, jugando con la prótesis de su pierna, entiendo que quiera reencontrarse con Amanda y volver a sentir que está con alguien de su especie. Entre ellas y otras amigas con las que habían construido un taller/laboratorio en nuestro traspatio, se decían “Las Tullidas”, porque todas habían nacido incompletas, sin alguna parte del cuerpo “normal”. Después de buscar, sin resultados, apoyos de centros médicos y seguridad social para conseguir las prótesis que necesitaban, decidieron hacerlas por su cuenta; algunas con materiales orgánicos de procedencia ancestral (como decía Amanda del barro con el que hizo su ojo) y algunas con puros cables, circuitos y otros materiales que fueron encontrando o compilando en los contenedores de dispositivos reciclados.
Cuando Sofía recibió el mensaje, se emocionó tanto que lloraba y reía al mismo tiempo. Ni siquiera me preguntó si quería verlo; sólo se plantó junto a mí, mientras yo separaba las hierbas comestibles de las purgantes, y le puso play. Recuerdo que yo estaba entre molesta y asombrada porque sabe que no me gusta que me interrumpa cuando estoy deshierbando las cornisas de los ventanales, pero sobre todo porque ya ni recordaba que era posible conectarse a la red. Creo que en el fondo me dio coraje que ella pudiera recibir noticias de su amiga y yo siga sin saber si alguno de ustedes está vivo; pero la vi tan feliz que me guardé mis comentarios agrios y le puse atención al video, larguísimo, por cierto.
Tardé en darme cuenta de que la grabación estaba hecha con el dispositivo que armaron para Amanda. Ella nació sin un ojo, pero no quería un sustituto biónico; tenía que estar hecho con las cenizas de sus familiares y barro de su jardín, como le había prometido a su abuela, me parece. El caso es que insistía en que sería mejor si pudiera usar la palma de la mano para ampliar su campo de visión, como si tuviera una cámara injertada lista para hacer tomas y videos en cualquier momento. Entre todas se pusieron a trabajar en un biochip que se sincronizaría con otro dentro de su ojo de cerámica: Amanda podría ver con ambos dispositivos y, además, tomar fotos o grabar con el de la mano. A veces me daba la impresión de que mientras más complicado fuera el mecanismo de sus inventos, disfrutaban más hacerlos. Yo les ayudaba a investigar y buscar tutoriales en internet y, la verdad, me impresionaba ver cómo lograban hacer que tanto cablerío funcionara. Cuando terminaron el de Amanda, propuso un viaje exprés a las lagunas del Nevado para probarlo, pero una semana después ocurrió el desastre y ya no supimos nada de ella.
Me dio gusto que su ojo haya funcionado como esperaba, aunque creo que pasó algo raro con algún circuito. De tanto que lo vimos, casi me sé de memoria el video: empieza “normal”, con Amanda junto a Julio, su pareja, y una toma larga de la casa, como despidiéndose de ella en medio de la penumbra rojiza de la madrugada. Más adelante enfoca a otras personas que hablan y ríen mientras avanzan nerviosas y emocionadas tratando de adecuarse al camino, partido en algunos tramos por grietas muy anchas y, en otros, desnivelado a causa de las huellas irregulares de ríos de lava seca o dunas enormes de ceniza. La oscuridad se va aclarando poco a poco y el paisaje da escalofríos de lo bello y raro que es: hay plantas que no había visto antes, cuyas formas y colores me recuerdan a las imágenes del fondo marino poco explorado; no sé si brillan así de forma natural o si hay algo en la luz que causa un efecto curioso, como si estuvieran rociadas de azúcar o sal. La tierra parece un tapiz de franjas verdes, naranjas y amarillas en distintos tonos, y en algunos puntos se alcanzan a distinguir espirales de vapor que emanan de ellas. Al costado del sendero se asoman distintas formaciones de roca negra, seguramente volcánica, que parecen insectos gigantes, columnas irregulares de espuma congelada, arcos o bocas de piedra, humanoides vegetales… De pronto se oye un sonido que irrumpe como trueno y Amanda desvía la mano hacia el cielo, como si fuera un radar en busca del objeto de donde proviene esa cascada de ecos que suenan a ríos de lengüetazos metálicos, gruñigorjeos y palabras sueltas, algunas de ellas indescifrables, pero entre las que logro distinguir ojo, sueño, mapa, nocuerpo y niebla. La mano-radar no encuentra nada, pero el sonido persiste un buen rato y se va diluyendo hasta que sólo se oyen las pisadas sobre la tierra y Julio le dice que habría que detenerse a preparar algo de comer. Las escenas continúan sin pausa; no sé si Amanda no sabía cómo detener la grabación, si simplemente lo olvidaba, o si sentía que era importante registrarlo todo. Nosotras le adelantábamos hasta encontrar algo nuevo. Lo más raro llegó dos días después, cuando ese todo implicaba también algo que evocaba fragmentos de sueños. “¿Cómo es posible eso, ma’?”, le pregunté a Sofía mientras las imágenes seguían apareciendo cuando, minutos antes, todos se habían dado las buenas noches para dormir e incluso se veía cómo Amanda metía la mano bajo la cobija para cubrirse. Mi madre estaba igual de extrañada que yo y lo único que se le ocurrió decirme, en tono de broma, fue que eso era a lo que la abuela se refería cuando cabeceaba en la silla del comedor y alegaba que no estaba dormida, sino viendo para dentro. Al principio me dio risa, pero sucedió varias veces, incluso cuando Amanda no dormía; era como si de alguna forma el chip o el ojo de cerámica pudieran percibir y grabar el inconsciente, las visiones internas, esas voces que llegaron a ser perturbadoras. Por si fuera poco, más adelante, casi al final, empezó lo que para mí fue un delirio colectivo, pero que para mi madre se convirtió en una especie de verdad única en la cual creer.
Eso sí lo transcribí porque es muy largo como para memorizarlo; lo traigo aquí en la libretita que me regaló Ronni:
Han pasado dos días desde que perdimos de vista a Nuria y Orlando. Rita insiste en que no es que se hayan perdido, sino que transmigraron a su verdadera esencia de planta. ¿No viste que dejaron caer los ojos y las orejas noches atrás? Es porque no las necesitan para ser el nuevo cuerpo que son. Yo también me estoy desprendiendo de lo que no ocuparé más. Y entonces escupe la lengua y los dientes al tiempo que sacude los brazos para dejar caer los dedos.
Julio duerme con los ojos abiertos. Hago un zoom a su mirada en blanco. No sé exactamente cómo, pero a través de mi ojo/injerto veo lo que sueña. Él también percibe una voz que no es la misma que la que me habita, pero que le da señales para que encontremos el atracadero donde nos esperan. Las otras caravanas ya están ahí; sólo faltamos nosotros. Hay una bruma carmesí que envuelve al ferry, y sin embargo alcanzo a ver que ellos también han dejado de ser del todo humanos: a algunos les brotan corales del pecho; otros se sostienen con estalagmitas de las que cuelgan hiedras purpúreas; unos más tienen el rostro lleno de ventosas transparentes. Despierto escuchándome a mí misma decir que hemos de abandonar el peso muerto de la piel, los órganos y huesos que no evolucionarán más, que son inservibles para sobrevivir en el hábitat que la tierra ha reconstruido con nuevas reglas a seguir, donde el humano no es indispensable, porque nunca lo ha sido y nunca lo será. Siento una opresión en la garganta y de ella nace, cual flama, la voz que sé que me conecta con alguien en otro tiempo y espacio. ¿En verdad estoy despierta?
Así como ella misma no sabía si estaba despierta, Sofía y yo pensamos que quizá esas tomas donde se les caen pedazos del cuerpo y siguen avanzando como en trance, pero super conscientes de lo que pasa, eran fragmentos de las partes que parecen ser sueños, pero regresamos el video varias veces y nunca hubo un momento como en los anteriores, donde se despedían para dormir. Al principio, mi madre también estaba extrañada, tratando de entender la relación entre esas mutaciones y los bancos de neblina que brotaban de las fisuras en el suelo; de pronto me decía “las consecuencias de la catástrofe no fueron igual en todos lados, a nosotras sólo nos cambió el color de la piel, las uñas y el cabello, y algo pasó con nuestro estómago que podemos alimentarnos casi de lo que sea… Quizá es lo mismo con ellos, pero más salvaje”. Luego se quedaba callada un buen rato, viendo el paisaje a través de la ventana junto a la sala, como buscando una respuesta en la muralla vegetal del pasto altísimo y las enredaderas violáceas que entrelazaban los troncos y las ramas de los árboles. Y luego me miraba y me preguntaba “¿vamos a vivir así por siempre?”. Obvio yo no tenía idea; ya me parecía demasiada buena suerte haber encontrado este lugar deshabitado en medio de la llanura y, aunque alimentarnos no era mucho problema, teníamos que cuidarnos de no ingerir agua o comida con más tóxicos de los que podríamos tolerar con todo y nuestro nuevo estómago, que más bien funciona así gracias a algún nuevo bicho dentro del estómago que nos ayuda a procesar lo que le damos de comer. A mí me hubiera gustado decirle que no, que en algún momento podríamos regresar a casa y quedarnos toda la tarde viendo películas, pero la ciudad ya no existía y salir de nuevo a explorar sin saber qué íbamos o no a encontrar en el camino, no me parecía una buena opción. Sin embargo, a ella sí: lo supe cuando empezó a revisar el estado de las mochilas y a separar la ropa buena de la que ya estaba muy gastada. Luego empezó a dibujar mapas a partir del que Amanda había dejado junto con el video en el mensaje; al menos tenía claro dónde estábamos y a dónde tendríamos que dirigirnos para llegar hasta allá. Sus días y noches dejaron de existir aquí y parecían haberse instalado en ese lugar al que, según sus cálculos, llegaremos en diez días: siete a pie y tres en ferry, suponiendo que en verdad haya un pequeño embarcadero de donde diario sale uno.
El video de Amanda termina con una toma desde el mar, enfocando la costa y luego haciendo zoom a la playa de arena rosácea y, más atrás, filas de algo parecido a árboles que, en lugar de troncos, se sostienen por gruesos trozos de carne frutal; sus ramas son semillas alargadas, como huesos de mango o de mamey. “Hemos llegado al Vizcaíno… Sofía, tienen que venir aquí”, dice con la voz quebrada, y manda un beso con la mano.
Y pues allá vamos. Al menos convencí a mi madre de traer la casa de campaña que nos sirvió tantas veces de refugio improvisado desde que empezó el destierro. Hasta ahora no se me ha caído ninguna parte del cuerpo que, de por sí, ya me hace sentir mutante con los cambios que he experimentado desde la maldita catástrofe. Espero que ustedes no hayan sufrido consecuencias así o peores, pero, sobre todo, que sigan vivos. La pila del celular me alcanzará para hacer otra grabación del viaje en el ferry y, si todavía funcionan las líneas-fantasma cuando lleguemos al famoso Vizcaíno, les enviaré éste y todos los mensajes que les tengo guardados. Les quiero, amigos. Cuídense mucho, donde quiera que estén.
Iliana Vargas (México). Es egresada de la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha formado parte del Seminario de Literatura Fantástica Hispanoamericana en la misma institución y del Seminario de Estéticas de Ciencia Ficción del CENIDIAP-INBA. Narradora, autora de Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma, Magnetofónica, Habitantes del aire caníbal y Yo no voy a salvarte. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés y portugués.
