NO. 1 (AGOSTO 2025) / FICCIÓN / 1,694 PALABRAS
La nave estaba hecha de cartón.
No eran más que retazos de cajas que había encontrado en la basura. Sabía que necesitaba de las más fuertes, aquellas que pudieran resistir la fuerza centrífuga que se requería para elevarse por los aires, para moverse con velocidad inaudita, para traspasar los límites del tiempo y el espacio. Recorrió el basurero y tocó en las puertas de los vecinos habituales para preguntar “¿No tiene basura?”, y de paso ganarse unos pesos mientras pepenaba los materiales que pudiera necesitar. Se las ingeniaba para siempre llevar consigo ese viejo Walkman y la cinta llena de canciones de rock urbano que sonaba sin parar. Soy un perro negro y callejero, sin hogar, sin hembra y sin dinero.
El chico sucio observó todo el cartón que llevaba acumulando por semanas. Unas tijeras rotas, pero que sí cortaban. Sobras de cinta adhesiva. Botecitos con Resistol. Cualquier cosa que pudiera ayudar para la construcción del artefacto fue llevada hasta aquella área húmeda y oscura debajo del puente, donde decidió establecer su “base de operaciones”.
Primero armó el esqueleto de la nave con cajas de huevo, de las grises. Las apiló como podía, reforzando los dobleces con las varillas de dos abanicos rotos que encontró junto al basurero del Oxxo. Cortó los cartones con paciencia, como si fueran placas blindadas. Tenía las manos pegajosas de Resistol y la frente negra de tizne, pero en su cabeza ya había gravedad cero. El asiento de piloto era la cubeta partida donde una vez se vendían tamales. Era un gran rancho electrónico, con nopales automáticos. Le colocó el respaldo de un monitor viejo, cubierto con una camiseta del Atlante para hacerlo más ergonómico. El tablero de controles lo improvisó con botones arrancados de radios descompuestos y tapas de botellas de plástico, que ordenó como si fueran switches de ignición y válvulas de oxígeno. El parabrisas era un pedazo de acrílico quebrado que rescató de un anuncio publicitario caído. Lo lijó con papel de lija mojado para que “se viera más espacial”. A los costados le pegó unos tubos de PVC que simulaban propulsores, aunque por dentro sólo tuvieran polvo y cucarachas secas.
En las paredes del puente escribió con plumón: BAZE ESPAZIAL “CARNAL 7”.
Ahí adentro la humedad olía a orines de perro y a tiempo viejo. Pero cuando él se metía y cerraba el domo con una lona de una campaña del PRI, el universo se callaba.
Despegaba.
Desde ahí orbitaba el drenaje, los puestos de quesadillas, las patrullas que a veces lo corrían de la banqueta. Viajaba entre galaxias de papel quemado, estrellas de foquitos navideños que alguien tiró en marzo. Descubría planetas con calles enteras hechas de tierra y lágrimas secas, con civilizaciones de niños que también sabían hacer cohetes con basura y esperanza. El chico sucio lo sabía: nadie más lo veía volar. Pero eso no le importaba. Llevaba semanas preparando la misión.
Y el universo, aunque invisible, lo estaba esperando. Tan pequeña es. Tan frágil es.
Había puesto atención a las voces. A veces, cuando todos dormían, veía las luces por encima de los techos de lámina. Le gustaba jugar en esa zona a campo abierto, donde a la distancia las máquinas apenas empezaban a excavar el camino por el que vendrían los obreros, los materiales, más armatostes y en cuestión de meses nuevos edificios en aquella zona olvidada de la ciudad. Las voces sonaban por encima de la noche. Por encima de los sueños. Por encima de todo lo que sus ojos y su cuerpo le dictaban que no era posible.
Primero fueron unos siseos en la madrugada, junto a su oído. Apenas zumbidos que vibraban en el cráneo como cuando uno se pone una botella vacía en la oreja. Luego se volvieron sílabas. Después, palabras. Lo llamaban por su nombre, aunque nadie lo usaba ya. Lo había olvidado un poco, como se olvida una canción vieja. Todo iba saliendo de maravilla, para ser la primera vez no estaba tan mal.
“Ya casi, hijo. Pronto iremos por ti”.
Las luces no eran de la calle, ni de los carros. Eran otras, como de feria, pero más lentas, como si vinieran de muy lejos arrastrando galaxias. Eran verdes a veces, otras azul fosforescente. Nunca lo iluminaban completo, sólo le tocaban las puntas de los dedos, el filo de la nariz, la suela de los tenis rotos.
Él no decía nada a los otros niños. Ni al Chino, ni al Chaparro, ni al Flaco. A veces lo molestaban por quedarse dormido bajo el puente abrazado a su nave y su Walkman, murmurando palabras raras. Le decían que estaba loco, que ya se le había fundido la azotea de tanto Resistol. Pero él sabía que no eran alucinaciones. Cada que las máquinas escarbaban un poco más cerca del terreno baldío, él regresaba al sitio como si fuera su templo. Extendía las manos. Se acostaba en el lodo. Esperaba. Las voces decían que venían de donde las cosas no se rompen, donde los niños no son invisibles. Decían que allá arriba no hay hambre, ni perros callejeros, ni patrullas que patean tus cosas para que no “ensucies el panorama”.
Un día, le dijeron, vendrían por él.
“Prepárate”, dijeron una noche en que la luna parecía colgarse más baja que de costumbre. “Cuando el canal se seque, cuando la tierra tiemble justo una vez, ahí iremos por ti”. Desde entonces, durmió con los tenis puestos. Y la nave lista.
El chico sucio siguió construyendo.
Añadió alerones con tapas de bote de tamarindo, un radar hecho con pedazos de espejo roto y un panel de control con botones arrancados de controles de tele viejos. Todo lo acomodaba con una precisión de científico loco, como si en verdad supiera qué hacía, como si alguien —o algo— le dictara los planos a través del aire caliente que subía desde el canal.
Sus amigos lo miraban a veces con burla, otras con miedo. El Chino decía que hablaba solo. El Chaparro afirmaba haberlo visto levitar en la madrugada, pero nadie le creyó. El Flaco aseguraba que su nave de cartón zumbaba, que hacía un ruidito, un mmmmmmm bajito, como el de las lámparas de mercurio de la secundaria vieja.
Pero ellos no sabían. No entendían.
Nadie les dijo nada.
Las noticias nunca llegaban a esa parte de la ciudad. No había Wi-Fi. No había noticieros. Nadie tenía tele. Sólo sabían que algo raro pasaba porque los helicópteros dejaron de volar, porque en las noches se escuchaban explosiones lejanas, como tormentas que no traían lluvia. Porque los adultos empezaron a desaparecer, uno por uno, y nadie lo mencionaba.
Hasta que una noche, el cielo se abrió.
No como un trueno. No como un relámpago. Se abrió despacito, como una cortina arrastrada por el viento. El chico sucio estaba dormido en su base, abrazado a su nave, cuando la luz lo despertó. Una luz blanca, dulce, que no dolía los ojos ni quemaba la piel. Y las voces —las de siempre— ahora cantaban un rock urbano que reconoció. Él se levantó, sacudió la tierra de sus codos, se subió a la nave como si fuera una bicicleta, y sin pensar, sin pedir permiso, empezó a flotar. Aferrado a la nave y a su Walkman, flotó entre las sombras del puente, entre los grafitis viejos, entre las costras de orines secos, entre los ruidos de la ciudad que aún no moría. El Chino lo vio desde su caja de cartón y gritó. El Chaparro despertó justo a tiempo para ver cómo la nave de su amigo se elevaba despacio, envuelta en un halo de luz. El Flaco se santiguó y lloró bajito.
Pero lo más extraño fue lo que vino después.
Desde los techos de lámina, desde las azoteas rajadas, desde los tiraderos y las calles oscuras, otras naves empezaron a despegar. Naves de papel aluminio, de cajas de huevo, de cacerolas pegadas con clavos, de botellas aplastadas. Naves con nombres pintados con crayón. Naves sin lógica, sin ingeniería. Naves imposibles.
Y todas subían.
Desde todos los barrios donde los niños jugaban a la guerra con palos y ladrillos. Desde cada esquina donde alguien dormía con hambre. Desde cada puente donde alguien soñaba con otra vida.
Subían.
“Unidad orgánica viable. Iniciar segmentación”.
La voz no era una voz. Era una pulsación en la médula, un zumbido que hacía temblar los dientes. El chico sucio yacía inmóvil sobre una camilla flotante hecha de luz sólida, con los brazos extendidos y el torso descubierto. El aire estaba frío, sin olor, sin tiempo. Encima de él, criaturas de formas ambiguas —ni del todo sólidas ni del todo líquidas— se desplazaban entre haces geométricos que servían como bisturís, sensores y sondas. No tenían ojos. Su lenguaje eran vibraciones moduladas, ráfagas de sonido que doblaban la percepción y empujaban pensamientos ajenos dentro de su cráneo. Una garra de hueso y luz ámbar bajó lentamente. Trazó una línea invisible sobre su pecho. Una esfera flotante zumbó al compás de su respiración, capturando ritmos, pulsos, recuerdos. Las herramientas no cortaban: disolvían. Primero la piel, luego el tejido, separando con precisión brutal la materia viva de su origen.
“Extraer núcleos afectivos. Analizar persistencia de vínculo simbólico con objeto no orgánico: reproductor de cintas de audio”.
Otra herramienta se acercó con extremidades múltiples, como una estrella de mar afilada, vibraba en frecuencias que hicieron llorar al niño sin lágrimas. Muy dentro de él, algo empezó a apagarse. En la esquina de la sala, flotando dentro de una cápsula traslúcida, estaba su nave de cartón, aún entera. Pero no brillaba más. Sólo observaba. El chico sucio miró hacia abajo, por el suelo cristalino de aquel transporte, una vez más. Vio a sus amigos pequeños, diminutos, gritándole algo que ya no podía oír. Y en el reflejo de la luz, por primera vez, se vio a sí mismo completo. No estaba roto. No estaba sucio. Era él, pero mejor. Y ya no tenía miedo.
Entonces, el cielo se cerró.
Y la ciudad siguió igual, como si nada.
Porque nadie preguntó.
Y nadie entendió.
Te vas a acordar de mí, sé muy bien que me extrañarás,
cuando la luna ilumine tus ojos en su oscuridad.
Efraím Blanco (México). Egresado de la Escuela de Escritores “Ricardo Garibay” del estado de Morelos. Licenciado en Lengua y Literatura. Ha obtenido el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola, el Premio Bellas Artes de cuento infantil Juan de la Cabada y el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción. En 2023 publica La balada de los niños muertos, ilustrado por Daniele Serra, en la colección “Resonancias” del Fondo de Cultura Económica (FCE). Su libro La máquina de sueños perfectos fue ganador de la primera convocatoria nacional Máquina de futuros de la UAEM.
