El filo y el acertijo

A la una de la tarde, alguien tocó por tercera vez la puerta de la oficina y yo empecé a sentir un gusto amargo en la boca, como si me fumara un cigarro encontrado en el bolsillo de un abrigo viejo después de quedarse en el ropero durante todo el verano. No reconocí el toquido, pero con certeza pertenecía a un señor. Eché una ojeada por la ventana, el sol hacía brillar la lámina de los carros y sacaba destellos de los parabrisas sucios.

—¡Adelante! —Utilicé mi voz de ejecutiva.

Por la puerta pasó un hombre recién bañado y con el pelo untado de gel. De su cuerpo emanaba un vapor de alcohol mezclado con jabón Nordiko y agua de colonia de base ácida. El traje de poliéster le quedaba chico, también la camisa, que usaba sin camiseta; en cualquier momento, perdería al menos el botón de arriba del ombligo. Tenía cara de vendedor deshonesto. Llevaba una carpeta de piel en la mano izquierda.

—Buenas tardes —su voz era de fumador, pero no de tabaco. Le hice un gesto para que se acercara al escritorio y le contesté el saludo con frialdad.

—Por favor, deje la puerta abierta.

No supo si sentarse o quedarse de pie, así que se paró junto a la silla, con un gesto de falsa sumisión. El amargor que yo tenía en la boca empezó a dar paso a la impaciencia. Prendí un cigarro para atenuar el tufo, mientras el vendedor acomodaba sus ideas y abría la carpeta.

—Eh, ¿la seño… señorita Teresa Alucarda Lapión Sarís?

Desde hacía unas décadas ese era mi nombre oficial: “Teresa Alucarda Lapión Sarís”, que nunca uso y que me hace pensar en monjas sádicas decimonónicas. Toda la gente que me conoce me dice Tes. Alguna vez una bartender guapa y rolliza quiso llamarme Teresita, aquello no prosperó.

—A sus órdenes —respondí. Cuando yo uso fórmulas como “a sus órdenes”, la gente cree que estoy siendo amable, por eso mi expresión seria los toma desprevenidos. En este caso, el vendedor, que se había bañado a toda prisa, ya empezaba a sudar por los nervios, pero en el sudor no sólo había alcohol, también una sustancia que no reconocí. Era un hombre torpe, aunque no parecía un simple mensajero. Después de confirmar que yo respondía a ese nombre, continuó con el mismo tono medio ceremonioso que pretendía ser formal.

—Sí, mire, vengo de parte de la “Compañía de Bienes y Servicios del Altiplano”, y el Director me manda a entregarle este sobre en propia mano.

Se podían escuchar las comillas en su tono de voz; también había enfatizado la reverencia al decir “director”, como si alguien estuviera viendo sobre su hombro y tomara nota de su inmenso respeto por la autoridad. Yo no me mostré impresionada ni interesada, y no abría la boca más que para inhalar el humo, que sacaba por la nariz; el mensajero, cada vez más ansioso, me extendió un sobre manila tamaño legal, que debía contener un fólder rígido y algún tipo de carta. El sobre venía sellado. Empecé a sentir cómo el asco me subía por el esófago.

Tomé el sobre y lo dejé en el escritorio, me quedé mirando al mensajero a través del humo. Sonreí con la boca, pero el resto de mi cara contradecía el gesto. Nunca ha sido una sonrisa amigable.

—Muchas gracias, señor…

—Ah, eh, Jiménez, Eleuterio Jiménez, para servirle a usted.

Yo había puesto el antebrazo izquierdo sobre el torso y tenía el codo derecho apoyado en la muñeca. Le di otra fumada al cigarro para dejarle claro a Eleuterio Jiménez, que ni siquiera llegaba a Licenciado Algo, que no tenía intención de estrecharle la mano. Siempre he sido de gestos elocuentes.

—Bueno, señorita…

—Sarís —acoté, antes de que me soltara el Lapión.

A él, todo esto debía confundirlo: tenía que llamarme por mi apellido materno y se veía forzado a decirme señorita, a pesar de mis evidentes cuarenta y varios años (ah, si tan sólo él supiera por cuántas centurias he tenido cuarenta y varios años). La verdad es que la situación me hacía gracia.

—Señorita Sarís. Ejem. Muchas gracias. Este… Buenas tardes. —Hizo una especie de media reverencia con toda la torpeza de su ser, se puso la carpeta bajo el sobaco y, como yo no respondía a su despedida, decidió encaminarse hacia la salida.

—Por favor, cierre la puerta.

Cuando al fin se disipó el tufo a cruda y a desayuno mal digerido, abrí el sobre con cuidado y saqué el fólder. Olía a la humedad de un cuarto mal ventilado, a pegamento reseco, a cinta de máquina de escribir, a perfume de Avon. El logotipo no me decía nada, pero el nombre de la compañía era demasiado genérico: “Compañía de Bienes y Servicios del Altiplano”; ¿qué hacían?, ¿cuáles eran esos bienes y esos servicios? Jiménez había dicho que iba de parte de un director, que firmaba la carta, pero el tal director y yo no nos conocíamos, así que ese envío era un primer movimiento de su parte. El asco se había disipado, pero crecía la desconfianza que estaba a punto de tornarse en incomodidad.

La carta resultó ser una presentación rimbombante y una oferta muy poco común en mi línea de trabajo: me solicitaba, muy atentamente, una reunión “de negocios, respetable y ventajosa”, para presentarme, con mucha ceremonia, dos opciones relativas al Circo. La redacción indicaba que la persona que me hacía esa propuesta no era alguien que tratara con empresas grandes, su lenguaje era inexacto y pobre, se movía en círculos y sólo hacía alusiones que resultaban en vaguedades. Me recargué en el respaldo de la silla giratoria, que crujía con el sonido característico de la madera demasiado reseca. Con el ceño fruncido, empecé a hacer medios giros lentamente, y tuve la certeza de que se había terminado nuestra temporada en Puebla.

Una hora después, volvieron a tocar, esta vez reconocí a don Pepe, el nevero viudo que era dueño de un pequeño negocio de dulces y chuchulucos que compartía con su familia. Sonreí, el olor a maíz tostado, azúcar, mantequilla y diversas frutas me ayudó a disipar el malestar del encuentro anterior. Le conté que nos iríamos dentro de muy poco y le agradecí que nos hubieran ayudado con las viandas para la troupe y las golosinas para las funciones. Don Pepe sólo había ido a llevarme una muestra de nieve de sandía, que añadiría a la oferta de nieve de limón, pero era un hombre muy perspicaz y me dijo, con la calma de siempre, que nos habíamos portado muy decentes con él, con sus hijos, y con su hermana, y que si en algún momento necesitábamos que nos echaran la mano en algo, se lo pidiéramos nomás. Era una persona casi incapaz de mentir, que hablaba muy poco y no lo hacía nunca sin pensar. Tenía los ojos chiquitos, serenos, y que empezaban a perder agudeza visual, pero me miró fijamente y extendió una mano recia que le estreché con afecto. Lo último que le dije fue “Voy a extrañar sus algodones de azúcar”. Él asintió brevemente y luego salió de la oficina, dejando a su paso una estela dulce y fresca. Yo me llevé el bote de nieve a la cocina para compartirla con quien anduviera por allí. Estaba excelente.

***

Así que el acertijo se había manifestado, como siempre, justo a tiempo. Casi al amanecer de ese día, en el primer tercio de un año que pintaba para ser anodino y simple, me había despertado un sonido que parecía provenir de algo que rascara. Me quedé quieta en la oscuridad, no había nada fuera de lugar, tampoco fuera de lo común. Sencillamente, un ras-ras que me había sacado del sueño, pero no volvió a aparecer. Para cumplir con mi parte del rito, pronuncié el acertijo en voz muy baja. What was the language that brought you here. What was the silence? A los dos minutos, Rop estaba tocando la puerta de mi vagón.

En ocasiones, el acertijo (que también es el riddle, porque proviene del inglés) funciona como una advertencia para la Compañía. Es una pregunta que se manifiesta cada cierto tiempo y que debemos plantear a la audiencia. La pregunta es siempre la misma y parece una adivinanza, pero no lo es y, visto con ojo crítico, rompe el ritmo del espectáculo; nadie entre el público ha dado nunca una buena respuesta y la mayoría de las veces los asistentes ni siquiera entienden lo que se les acaba de preguntar. Pero el cometido de esa pregunta no es el de encontrar una respuesta (no la tiene), y tampoco el de interpelar al público, que funciona como elemento homogéneo: el acertijo es un ritual, un hechizo que se ha conservado a lo largo de un tiempo desconocido, un acto que marca una transición, que se desencadena de manera autónoma sin que nadie sepa por qué y que se tiene que llevar a cabo hasta el final. Parece que tiene poder por sí mismo, y la única vez que lo desatendimos, un acto de negligencia que jamás se ha vuelto a repetir, el desastre fue tal que perdimos a dos miembros de la familia nuclear y la mitad de la troupe sufrió daños irreparables.

Así que antes de que el sol reventara el horizonte, el olor a ámbar y almizcle me llegó primero, después, Rop tocó la puerta suavemente con una de sus manos enormes. Le dije que pasara, empecé a ponerme la bata y encendí la lámpara del buró. Prendí un cigarro y mientras sentía, más que escuchar, sus pies descalzos contra el metal de los escalones, el vagón se inclinó y crujió bajo su peso. Me inundó el olor nocturno y sexual de las Gigantas, que Rop traía impregnado en todo el cuerpo, y si lo miré con sorpresa fue porque no estaba despierta del todo; no es que su relación fuera un secreto, era que a él todo le daba siempre mucho pudor, en especial sus enamoramientos, así que una revelación como esa lo ponía un poco incómodo. A pesar de que la luz de la lámpara no era muy intensa, me di perfecta cuenta de que su piel oscurísima enrojecía con un poco de vergüenza y sorpresa: no había pensado en nada, simplemente había ido a mi vagón de inmediato. Pasados otros dos o tres segundos nos quedamos mirando: era evidente que él también había sentido la manifestación del acertijo y, más que otra cosa, la urgencia con la que había ido a verme y la certeza con la que yo supe que vendría, nos indicaban que, en esta ocasión, el riddle marcaba un cambio brusco y, tal vez, algún peligro.

Asentí con la cabeza, agarré la cajetilla de cigarros con el encendedor Ronson, y nos fuimos al vagón de Doña Mari. Cuando Rop estaba a punto de tocar a su puerta, ella nos abrió. Era evidente que no había dormido (podía pasar meses sin dormir, si estaba entretenida con algo, o preocupada). Su cara anciana tenía un gesto de concentración, pero nos sonrió mientras entrábamos.

Nos preguntó lo de siempre, si habíamos notado algo, si algún sueño nos había traído un anuncio, si yo olía todo normal y Rop escuchaba todo normal. A ella, la manifestación también la había tomado desprevenida. De acuerdo con sus cálculos, la explicación más razonable era que alguien, en algún lado, había tomado inesperadamente una decisión que nos involucraba a nosotros y tendríamos que acatar el cambio de inmediato. Convinimos en que esa misma noche plantearíamos el riddle al público durante la función, y nos iríamos al día siguiente. Empezaba a clarear.

Yo era la encargada de darle la noticia a toda la Compañía, pero en vez de hacer algún anuncio grandilocuente o de convocar a una reunión, preferí quedarme en la cocina, alrededor del desayuno (que podía extenderse durante más de dos horas), y comunicarle a todos los miembros que debíamos empacar, para salir en la mañana. Todos dijeron que sí, nadie hizo preguntas, ni siquiera los miembros más recientes. Ya conocíamos bien la dinámica.

Antes de la función, nadie sabía nada de la reaparición del acertijo, mas que Rop, Doña Mari y yo, pero ya teníamos todo preparado y estábamos listos para salir. Nuestros espectáculos de esa época contaban con cierta parafernalia divertida; tras bambalinas, estudiábamos las gradas casi llenas (que era lo usual), concentrándonos en una cantidad desproporcionada de señores con ropa “de vestir” (eso no era nada usual) y acordábamos el orden de salida. Estaban allí el Viejo Mabú, cuya imitación de varias fieras salvajes sembraba temor y reverencia en los corazones de los asistentes; la bella Rita que se veía ligera y elástica, como siempre; el escurridizo As, cuyas dagas danzaban en el aire como aves de brillante plumaje. Estaban también las Gigantas, la Hija de la Araña, los Jinetes Siameses, la Mujer sin Cuello, los Enanos, el Ciego Vidente, las Gemelas Tomadas de las Manos, el Hombre sin Miembros, el Chico sin Orejas ni Nariz. El resto seguía empacando, escombrando el terreno y verificando los niveles de gasolina de toda la caravana. Necesitaríamos suficiente agua y, de acuerdo con los cálculos de Doña Mari, algunos víveres que duraran al menos una semana. Al principio, creí que era porque haríamos un viaje largo, pero dos días después me di cuenta de que era porque, antes de emprender el cambio, tendríamos que ajustar varios asuntos para que el acertijo tuviera la solución necesaria y pudiéramos encontrar el camino correcto para alejarnos de allí.

***

Antes de la función, fui a la cocina para avisarle a Doña Mari de la visita del vendedor. Ella miró el sobre y frunció el ceño. Sacó con las manos nudosas el fólder con la carta y movió la boca pronunciando algo inaudible. Le daba asco, claramente. Pero tampoco ella sabía qué quería el tal Roberto Fonseca, director de la Compañía de Bienes y Servicios del Altiplano, ni por qué me estaban citando a una reunión de supuestos negocios. No me gustó la expresión de sus ojos, ni a ella lo que la carta dejaba ver entre líneas.

—Esta no es una invitación, mija, es una orden velada. Quieren encandilarte y si no les sale, te van a presionar. Voy a averiguar si hay alguien que nos pueda dar razón para hoy en la noche. Si no encuentro nada, decimos el acertijo, dejamos que corra su curso, y salimos mañana temprano. Pero a ése ni te le acerques. Huele mal.

Yo sonreí, porque su “huele mal” no estaba relacionado con el moho invisible que se extendía sobre el papel de la carta ni con el perfume que usaba la secretaria que la había mecanografiado (perfume agradable, aunque demasiado dulce para mi gusto), era su forma de decir que ahí había algo chueco.

Tendría que lanzar el acertijo yo misma. En ocasiones lo hacía Rop, o algún otro integrante, dependiendo del ritmo de la función. Pero en esa noche en particular, que había perdido su condición de anodina, yo tenía que hacerme cargo.

***

El círculo de luz rebotaba contra las partículas de polvo que flotaban perezosas al centro de la arena. La audiencia se había ido quedando callada poco a poco. Le di una última calada al puro de tabaco negro, me ajusté el sombrero de copa que me cubría el chongo trenzado, y salí al escenario con mi mejor pose. En el aire se mezclaban los varios olores usuales de las personas asistentes, es una combinación que no me molesta y, en ocasiones, hasta resulta agradable, pero ahora también tenía un toque de adrenalina y de sudor poco familiar, con un dejo ácido y un poco repulsivo. Varios hombres en pequeños grupos de dos o tres, inquietos, enfundados en trajes que les quedaban mal ajustados, se inclinaban ligeramente hacia mí desde sus gradas; después de tanto llevar y traer nuestro espectáculo, sabía sopesar al público con una ojeada rápida. Decidí seguir con la función como si nada, pero me mantuve alerta.

El espectáculo se desarrolló sin contratiempos, al menos superficialmente. Por ejemplo, en esa época volvimos a refugiar algunos caballos que habían tenido una fugaz incursión en el hipódromo, así que los Jinetes Siameses ejecutaron con mucha elegancia sus suertes y piruetas; mientras que las Gigantas caminaron la cuerda floja antes de pasar a la parte de la danza y las burbujas, para deleite general. Pese a todo, en segundo plano corría cierta inquietud en la troupe, una sensación de que algo, una pieza mínima, estaba fuera de lugar, como una pequeña mancha de aceite sobre seda que se detecta de reojo, pero no es lo bastante grave como para preocuparse por ella. El Ciego Vidente hizo un par de rondas, adivinó los sueños de dos personas y le indicó a otra dónde se hallaba el suéter que había perdido. El Chico sin Orejas ni Nariz cantó un aria particularmente conmovedora que le valió una ovación de pie, y la Hija de la Araña tejió con un poco de agua una red que semejaba un candelabro de Murano. Luego llegó mi turno.

La luz cenital iluminaba mi figura de frac de terciopelo índigo. El ruido se fue acallando hasta que toda la concurrencia guardó silencio. Enuncié el riddle, mi voz resonó por toda la carpa, como si estuviéramos en un teatro secreto con excelente acústica. Como siempre, la gente no supo qué era esa frase ni que era una pregunta. Al parecer, nadie la descifró ni trató de involucrarse. Sin embargo, como muy pocas veces, uno de los asistentes me interpeló. Y algo empezó a desencadenarse.

Escuché “¡¿Qué?!” y dirigí la mirada hacia la voz. Detrás de mí, Rop se asomó por la cortina, alerta. Uno de los hombres de traje, con la camisa muy abierta y el pelo aplastado con gel, me estaba respondiendo con otra pregunta. No mostraba interés, más bien irritación y desconcierto. Me llegó de golpe su olor agrio, metálico y oscuro, un olor que no conocía, y eso, más que el tono de impaciencia y la postura inconscientemente agresiva, me sacó de balance. Rop dio un paso fuera de la cortina, sin dejarse ver todavía. El ritual indicaba que yo debía repetir el acertijo, esta vez con la clara intención de hacerme entender. La función estaba a punto de terminar y la gente lo percibía; este tendría que pasar por el acto de cierre. Se iban a llevar una decepción.

Enuncié de nuevo, con voz clara, esta vez en español: “¿Cuál fue el lenguaje que te trajo hasta aquí…?”, pero el mismo hombre me interrumpió “¿Cuál lenguaje? ¿Es un juego?”. Pronuncié la segunda parte en voz baja, para que no quedara sin completar, mientras me quitaba el sombrero de copa para hacer una leve reverencia. Era la señal para que, detrás de mí, la troupe empezara a aplaudir: usábamos ese recurso cuando era necesario terminar la función de manera abrupta. Empezó a sonar la música y se encendieron las luces. El público se fue sumando, sin saber muy bien qué había pasado, y luego de un aplauso tibio y discordante la gente se encaminó hacia las salidas. Pero no el señor que había lanzado la pregunta (sin saberlo, de hecho, había afianzado el acertijo al enunciar un fragmento), tampoco los otros hombres que habían asistido vestidos de traje a una función de circo. Se quedaron en las gradas mientras el resto de la gente se iba y yo regresaba tras bambalinas. Tenía que decidir qué íbamos a hacer.

Después de cada función necesitamos descansar y, algo fundamental, comer algo para recomponernos; también aprovechamos para revisar y comentar los sucesos y minucias del espectáculo, por si es necesario un ajuste. Es parte de una dinámica que permite que todo funcione. En aquel momento, después de un instante en que ponderamos los hechos, As, servicial como siempre, se ofreció a preguntarles qué querían; parecía una buena solución, así que le dije que sí. Regresó con cara de disgusto. Querían hablar conmigo y no, no podían esperar hasta mañana, era urgente.

La urgencia consistió en cercarme para que accediera a ir a ver a su director, si no era mucha molestia, tendría que acudir a verlo para que habláramos de la propuesta “de negocios” que me había hecho por escrito. Me hubiera podido negar, nos hubiéramos podido escabullir en ese mismo momento, atrabancadamente, pero había dos factores a considerar: primero, era evidente que esos trajeados no nos iban a dejar en paz, al menos cuatro de ellos se quedarían rondando y yo sabía (todos sabíamos) que si nos íbamos, la cosa podía ponerse fea, aunque no teníamos claro fea cómo, ni teníamos idea de por qué nos querían allí con tanta insistencia. El segundo factor tenía más importancia y era la misma razón por la que As había ido a negociar con ellos: el riddle. La circunstancia era totalmente fuera de lo común, lo que indicaba que tendríamos que resolver la situación y, hasta que eso no sucediera, no seríamos libres de marcharnos.

***

A las doce del día llegamos a Clavijero. La cita era en un edificio chaparro y carcomido por la humedad que no parecía la sede de una compañía, sino más bien una construcción semiabandonada que estuvieran usando temporalmente. De nuevo el olor a adrenalina, pero también a fuego, a miedo impregnado en las paredes, a desesperación. Volví a detectar el mismo tufo agrio y metálico de la noche anterior. No habían sido tan ridículos como para pedirme que fuera sola, pero de todos modos Rop y As se quedaron esperando en la camioneta en vez de pasar conmigo. Doña Mari me había amarrado un listón para protegerme. La tirada de esa mañana se había visto ominosa: el siete de espadas, el As de pentáculos invertido y el Arcano XV. No sentía miedo, pero no estaba tranquila.

El propio Eleuterio Jiménez me dio los buenos días y me condujo a la supuesta oficina del tal director. Yo misma no tengo una oficina común y corriente para atender los asuntos de la Compañía, no me interesa ocultarlo: nunca nos quedamos demasiado tiempo en un mismo lugar porque esa es la consecuencia lógica de nuestro trabajo y nuestro modo de vida; pero esta era una fachada, no el resultado evidente de una vida nómada, sino una serie de piezas mal colocadas para hacerme creer (a mí y a cualquiera que llegara a entrar libremente) que era una oficina permanente de algo que ocultaba la verdadera naturaleza de ese negocio. La peste se volvió insoportable.

El traje de Roberto Fonseca tampoco le quedaba bien, era como si toda esa gente no se vistiera para sí misma, sino para demostrar algo. Tenía tres botones de la camisa abiertos, igual que sus esbirros, pero además portaba suficiente joyería como para transmitir que, sin lugar a dudas, era jefe de aquella caterva de hombres nerviosos y mal controlados. No lo quise tocar, me las arreglé para saludarlo girándome mientras le daba las gracias a Jiménez, todo con mucha amabilidad, mientras encendía un cigarro sin filtro. Le extendí la cajetilla a Roberto Fonseca con suficiente encanto como para sortear esos cinco segundos sin acentuar la confusión. Hasta ahora, todo estaba muy tenso, pero avanzaba.

—Señorita Sarís —me dijo, después de mirarme con fijeza mientras encendía el cigarro que me había aceptado—. Le pido una disculpa por haberla hecho venir con tanta premura, tengo que salir hacia Miami esta misma tarde y no quería perder la oportunidad, en el caso de que su circo fuera a cambiar de locación.

Eleuterio Jiménez debía haberle hecho un informe exacto de nuestro encuentro; no, no era un simple mensajero, aunque sí era naturalmente torpe. Fonseca hablaba con una voz meliflua que contrastaba con la dureza de sus ojos. Me daba desconfianza su vocabulario demasiado escogido y afectado, también su voz con un acento que no logré identificar, pero que no era local.

—Señor Fonseca —le respondí con suavidad impostada—. En su carta decía que quería hablar de negocios.

Fonseca sonrió con profesionalismo, una sonrisa seca.

—Me gustan las mujeres que van al grano. Así es, voy a hacerle una propuesta y usted puede elegir la opción que mejor le plazca. Pero primero, permítame hacerle una pregunta, ¿por qué no tienen animales?, en su circo no hay elefantes, ni leones, ni changos, es un show muy poco común. Y, por lo que me dicen, sólo tiene unos caballos viejos, además de un montón de freaks. Algo en mis ojos debe haber delatado el desprecio que sentí cuando pronunció la última palabra, porque vi el asombro en su expresión, que ajustó de inmediato. Fonseca olía a colonia cara, a ropa sintética recién planchada, a jugos gástricos, a humo acre, a hierro, a químicos que no reconocí, a furia y a grasa rancia. Le contesté con voz fría y deliberadamente cortés:

—No usamos animales desde hace un tiempo. Es… un nuevo tipo de espectáculo. Teníamos elefantes, pero se fueron muriendo. —No le hablé de nuestra consigna en contra de la explotación de otros seres, no la hubiera entendido. Tampoco mencioné nada acerca de su manera de englobar a la Compañía bajo el término de freaks, pero la forma en que hice un rodeo para no corregirlo fue bastante elocuente.

Fonseca me presentó dos opciones, para que eligiera una “a mi conveniencia”: opción a: comprarme el Circo. Opción b: asociarme con la Compañía de Bienes y Servicios del Altiplano y hacer franquicias, dos o tres al principio, luego ya veríamos. Ambas opciones estaban rodeadas por frases que aludían, sin ser específicas, a grandes ventajas económicas para mí. Y ese era parte del problema, la oferta era para mí, como si la Compañía no fuera un colectivo, como si yo estuviera sola.

—La Compañía no está en venta. —Fue mi respuesta escueta. Iba ya por el tercer cigarro.

—Excelente. —Fonseca puso las manos abiertas sobre el escritorio, como si todo estuviera saliendo de acuerdo con su plan—. Entonces hacemos las franquicias: su circo pasa a ser parte de mi compañía, abrimos otros dos circos, usted los administra y me reporta dividendos. Negocio redondo.

Entre todas las cosas que carecían de sentido en esta supuesta oferta, su impulso de adquirir el Circo era lo que más me desconcertaba. ¿A qué escala de ganancias podía aspirar con un grupo anómalo como nosotros? Sin contar con que los circos no son precisamente un ejemplo de cómo hacer dinero, es decir, ¿por qué insistía en que esto le convenía como “negocio”?

Mi idea, al principio, era escuchar su supuesta oferta, negarme con amabilidad, salir de allí y encabezar la marcha. La caravana estaba lista desde las cinco de la mañana. Pero luego de varios minutos de seudonegociación me quedó claro que Roberto Fonseca no me dejaría ir hasta que no hubiera accedido a hacer, por lo menos, una alianza.

Yo me seguí negando. Al principio vinieron ofertas económicas que fueron subiendo hasta llegar a ser ridículas, para dar paso a una irritación cada vez más visible de su parte. Fui entendiendo varias cosas. La primera, que Fonseca había pensado, erróneamente, que yo era la “dueña” del Circo y que lo veía, desde mi torpeza, como un negocio, o quizá como un medio para visitar distintos lugares, como si yo fuera una señora excéntrica dedicada a un capricho entretenido. La segunda, él también estaba seguro de que sería fácil convencerme (Doña Mari había dicho “encandilarme”, pero si no, como también había vaticinado, me iban a intimidar) para que yo siguiera viajando y ganara mucho más dinero “del que jamás había imaginado”, bajo la supuesta protección de su empresa; es decir, estaba convencido de que sería fácil manipularme. Y la tercera, Fonseca lo que quería era no esforzarse sino simplemente comprar algo: soltar dinero, adquirir una mínima infraestructura ya montada (un circo) que le permitiera moverse de un lado al otro, y usar el pretexto de la dinámica ambulante para llevar de un sitio a otro algo que no era ni de lejos legal o abiertamente comercializable. Podían ser armas, podían ser sustancias prohibidas, incluso podía estar involucrado el lavado de dinero. Pero no le interesaba hacerlo por sí mismo, porque eso hubiera requerido un esfuerzo que no estaba en su naturaleza emprender. Si yo le vendía la Compañía, lo único que él haría sería poner a unos cuantos de sus achichincles de traje en la caravana, llevar y traer lo que fuera que quisiera llevar y traer, y asegurarse de que nosotros fuéramos su tapadera.

Era increíblemente absurdo, pero visto dentro de su esquema mínimo, era un plan que parecía factible. Las carreteras entre ciudades y poblados nunca estaban vigiladas, en esos años todavía eran raros los retenes militares y aún estaba lejos de popularizarse la tecnología del GPS. En cierto modo, un circo a pequeña escala era la fachada perfecta: viajaba desordenadamente con un número siempre cambiante de integrantes, con distintos animales (al menos los tradicionales), vagones llenos de triques y de quién sabe qué tanta porquería; se quedaba en un mismo lugar por tiempo indeterminado, a nadie le llamaba la atención su ir y venir y tampoco había por qué fijarse en sus miembros, porque lo importante era el espectáculo. Sin saberlo, Roberto Fonseca estaba apuntando al corazón de la Compañía: las mismas razones por las que habíamos elegido este oficio tanto tiempo antes eran las que lo impulsaban a querer usarnos para sus propios fines, que aún no me quedaban claros.

Sólo que no contaba con que éramos y seguimos siendo el tipo de freaks (una palabra de la que hacía tiempo nos habíamos apropiado, pero que a mí no me gusta escuchar en boca de nadie más) con autonomía y con más recursos de los que parece a simple vista.

Terminamos la reunión por cansancio, más que nada. Él se hartó de presionarme, y yo, de resistirme sin confrontarlo abiertamente. Salí después de comprometerme a “conversar su oferta con mis asociados”, porque las decisiones no dependían sólo de mí, y le haría saber nuestra resolución en cuanto él volviera de Miami. Cuando salí, agradecida por respirar un aire que no fuera el de ese lugar nefasto, Rop estaba recargado en la camioneta, con cara de preocupación, y As caminaba a lo largo de la calle, supuse que había dado varias vueltas, para paliar la inquietud. Por supuesto que mi plan era dejar plantado a Fonseca, y por supuesto que él podía preverlo. Cuando regresamos a la caravana, nos seguía discretamente un coche de vidrios polarizados con cinco individuos, todos de traje.

***

Primero, comimos. La asamblea de la sobremesa estuvo cargada de expectación y, como sabíamos que nos estaban vigilando, de cierta irritación. La primera votación arrojó un resultado predecible: debíamos partir cuanto antes. En la segunda, luego de que argumenté que si emprendíamos la marcha, probablemente nos seguirían o hasta podía darse un encontronazo (algo que siempre evitábamos a toda costa), acordamos esperar.

***

El lenguaje que había llevado a Fonseca hasta nosotros era oscuro, lleno de aristas y rebabas, y se basaba en la explotación de una vulnerabilidad que me era totalmente desconocida. Y no es que nunca nos hubiéramos encontrado con grupos vinculados con algún tipo de sustancias adictivas. Yo había conocido fumaderos de opio, había visto los primeros frascos de heroína, de los laboratorios Bayer, que se vendía en las farmacias “porque era menos adictiva que la morfina”, y la debacle subsecuente. Había visto todas las fases de la cocaína, que también había empezado como un fármaco de uso médico y, menos de diez años antes, había empezado un boom en Estados Unidos, que todavía no terminaba. Su tránsito y comercialización había afectado a varios países, incluyendo México. Pero este derivado era nuevo, mucho más rápido y, por lo que se veía, mucho más peligroso. Cuando escuché el nombre por primera vez, me sonó a rotura, a golpe, a una grieta irreparable.

En la Compañía hemos conocido distintos tipos de oscuridad y de silencio. En ocasiones, no es terrenal, sino que viene de otros tiempos y, posiblemente, de otras capas de realidad. Pero algunas de esas oscuridades provienen de lo más profundo de los seres humanos, y hay quienes se dedican a alimentarlas para mantenerlas y hacerlas crecer. Nosotros no tenemos siquiera la pretensión de eliminarlas, ni las interpelamos, ni nos oponemos a ellas: no es ese nuestro cometido. Pero sí tenemos la responsabilidad de mantenernos fuera de su alcance y de no contribuir con su propagación. Y si alguien busca refugio para huir de esa negrura, lo encontrará en la Compañía, aceptando la misma responsabilidad. No aspiramos a modificar los mecanismos del mundo, pero sí a que el minúsculo engranaje que nosotros mantenemos en marcha no contribuya con aquella oscuridad que se revela como inmensa cuando se le mira de cerca, pero desde la distancia parece pequeña e insignificante. Y es que olvidar su verdadera dimensión es el mayor de los peligros.

***

Para no levantar sospechas, porque ya había caído la tarde, decidimos encaminarnos a la madrugada, eso implicaba dar una función más. La llevamos a cabo sin contratiempos, aunque había mucha más tensión entre la troupe y, predeciblemente, más señores de traje, camisas brillosas y anillos pesados en los dedos hinchados por quién sabe qué hidropesías. El público fue escaso y, en general, fue una función desangelada. Pero lo preocupante no era eso, sino los cinco carros y camionetas de vidrios oscurecidos que cercaban la caravana y la carpa. Tendríamos que dejarla montada y abandonarla. No sería la primera vez.

A las cuatro y media de la mañana, Rop tamborileó levemente la puerta de mi vagón y entró para decirme que todo estaba listo. No teníamos muy claro cómo íbamos a atravesar el cerco de esbirros que, sin duda, habrían ido armados. Doña Mari nos esperaba en un hueco junto a la caravana, con el pelo suelto que brillaba un poco bajo el parcial alumbrado público. La luna era media esfera desvaneciente, más gris que blanca.

Se escuchó el sonido de todos los motores encendiéndose al unísono. De uno de los vehículos que nos rodeaban salieron dos sujetos de traje con aspecto contrariado. Uno se dirigió a la vagoneta de las Gigantas, que encabezaba la caravana, y el otro se quedó parado, con las piernas muy separadas y una mano apoyada en la cadera. De pronto me llegó un olor a maíz reventado y a azúcar quemada, de la noche se empezaron a materializar don Pepe y Chucho, su hijo mayor, cada uno llevaba un carrito de palomitas recién hechas, saladas y acarameladas. Se me cerró la garganta de repente y tuve miedo por mis amigos. Una de las Gigantas, Alicia, se bajó de la camioneta y el hombre que se estaba acercando no supo muy bien qué hacer. De uno de los vagones se bajó As, llevaba tres hojas afiladas en cada mano.

Desde el lado opuesto se acercó Rop, y cuando otro coche expulsaba a otros dos trajeados, se escuchó la voz de Doña Mari: “Tenemos que irnos, por favor”. Ninguno de los hombres de pelo relamido supo cómo reaccionar: una viejita que parecía la abuela más proverbial hablaba con una voz tersa y tranquila que, sin embargo, resonaba con muchísima claridad. Nadie gritaba ni daba signos de miedo. Empezaron a llegar carritos de nieve, de papas fritas, de algodón de azúcar, de salchichas.

Nunca sabré exactamente qué órdenes había dejado Fonseca, pero tengo la certeza de que nos había subestimado. De otro carro, un modelo achaparrado y deportivo, se bajó Eleuterio Jiménez con cara de querer parlamentar. No eran horas de andar en mangas de camisa, sin embargo, él no parecía percatarse de la hora, ni del frío, ni de la penumbra.

—Señorita Sarís. —Tenía la mandíbula muy tensa, apestaba a humo y a oscuridad—. Queremos que este negocio se lleve en paz.

Yo no tenía nada que discutir con él, nada que demostrar, nada que indagar. Sólo tenía que hacer que la Compañía saliera de esa ciudad sin contratiempos.

—Señor Jiménez, por favor, déjennos pasar. Ya terminó nuestro tiempo en estos parajes.

Toda la escena era una combinación de figuras que no encajaban entre sí. Alicia, enorme y robusta; As, delgado como un reptil a punto de saltar sobre su presa. Cinco hombres muy similares entre sí que no sabían si avanzar, amenazarnos, violentarnos o quedarse quietos. Doña Mari seguía de pie, su figura de anciana parecía más sólida que los automóviles y que la lona de colores medio desvaídos, iluminada sólo en algunas partes por los faroles que echaban una luz débil y amarillenta. Y entre el cerco de unos cuantos coches y los vagones de la caravana, se iba formando un semicírculo de dulceros que llevaban comida, fuego, hielo, cuchillos afilados, picahielos agudos; nadie decía nada ni hacía ningún ademán, se iban acercando parsimoniosamente, como si fueran las seis de la tarde y estuvieran a punto de iniciar la verbena previa a una función. Nos envolvía un silencio espeso y azul.

Los dulceros estaban poniendo el cuerpo. Y yo no había llamado a Don Pepe. Si Doña Mari tampoco lo había hecho, quizá era que él sencillamente había decidido qué hacer como resultado de combinar instinto y deducción. Ese despliegue de solidaridad me conmovió hasta los huesos, era un acto que reconocí hondamente, un acto importante. El olor de Rop me llegaba de muy cerca y dirigí la mirada hacia donde lo había detectado entre las sombras, un segundo antes. Justo en ese instante, pasó casi rozándome a toda velocidad. Cuando me giré para mirar hacia dónde se dirigía vi que uno de los hombres de traje llevaba una mano hacia la sobaquera.

Rop es parsimonioso, gentil, y asombrosamente fuerte. Nunca hace ningún movimiento innecesario y lo he visto correr muy pocas veces, pero cuando lo hace es imposible detenerlo o hacer que cambie de dirección. Al final de esa noche, cuando uno de los empleados de Fonseca apenas empezaba a moverse para alcanzar el arma, el cuerpo de Rop lo embistió con toda su fuerza. Lo tiró al suelo, dejándolo sin aire y le quitó lo que parecía una metralleta recortada de un manotazo ágil y decidido.

Doña Mari volvió a hablar, esta vez con una voz que ya no sonaba a abuela, sino a fuerza primordial: “Tenemos que irnos. Ustedes nos van a dejar pasar. Nadie va a hacer nada más”. No era una orden para la Compañía, ni siquiera servía para informar de algo obvio: era una forma de conjuro para evitar que los trajeados se movieran o siguieran entorpeciendo nuestra marcha. Sin embargo, lo que sucedió me dejó helada. Los achichincles se siguieron moviendo, aunque ya no parecían querer atacarnos. Pero yo había visto antes el poder de esa orden y siempre había funcionado del mismo modo: la gente se quedaba como encapsulada, no se movía y tampoco eran muy conscientes de lo que estaba sucediendo, porque al parecer no les quedaba rastro en la memoria.

Pero en ese momento, todos esos hombres tan similares entre sí, enjoyados, portando trajes baratos, camisas desabotonadas y el pelo tieso, no se detuvieron del todo. El conjuro de Doña Mari no estaba surtiendo efecto. Los hombres se fueron llenando de sorpresa porque no lograban completar los movimientos que habían iniciado, algunos empezaron a lanzar exclamaciones de enojo e, inmediatamente, de terror. Algo les impedía actuar, pero no sabían qué. Doña Mari se veía preocupada, un gesto que le he visto muy pocas veces a lo largo de los siglos y que me inquieta demasiado. Tuvo que formar otro conjuro, en ese mismo instante, mucho más contundente. No sé si era nuevo, porque sonó muy diferente a los que le había escuchado antes, pero las palabras emergieron de su boca, en una lengua que desconozco, y el mundo común y corriente se paralizó por completo. Logró su objetivo: de inmediato detuvo el reguero de miedo, ira mal colocada y desconcierto. También los hijos de don Pepe y don Pepe mismo se quedaron suspendidos; yo no lo lamenté, porque no les iba a pasar nada, pero sí me dio tristeza no poderme despedir. Rop se sacudía el polvo de los pantalones y As y Alicia regresaban a sus vehículos. Le pedí a As una de las dagas y la dejé sobre el saco de limones del nevero. Tenía el cuerpo tenso, pero los ojos limpios; como siempre, olía a dulce, a agua que corre, a lo que sigue estando bien con la humanidad. Le puse una mano sobre los nudillos blancos que apretaban el manillar del carrito con demasiada fuerza, sabiendo que la daga era apenas un gesto mínimo de agradecimiento; me consolaba saber que se iría dando cuenta de que era un cuchillo que no perdería el filo jamás, y le serviría para cortar su preciada fruta fresca.

Nos subimos a la camioneta y Rop abrió la marcha.

***

Un par de horas después, rompí el silencio para preguntarle a Doña Mari qué había fallado. Tardó mucho en contestarme. “No estoy segura, mija. Creo que esa cosa que venden y que querían que les repartiéramos les bloquea algo en la mente o más adentro. Estaban como entumidos del alma”.

No mucho después, en las noticias empezaron a aparecer reportajes sobre la droga que causaba ese entumecimiento. Era una nueva variante de una sustancia relativamente reciente, pero mucho más peligrosa.

Una vez que nos hubimos establecido en otra ciudad, lejos ya de ese roce extraño y desafortunado, hice un ritual de tres días para agradecer a las potestades que nos habían asistido para salir sin daño de un posible lío muy gordo. En el ritual empleé también limones y sandías, y dediqué una pieza de protección para aquella pequeña comunidad de trabajadores que había ido a encarar un peligro oculto, junto a una carpa de lona desvaída, durante aquella madrugada.

Libia Brenda (México). Es escritora, editora y traductora. Autora del libro De qué silencio vienes (BUAP, 2023), coautora de Mis pies tienen raíz (Océano, 2022) y de “Cosmic Fire” en Climate Imagination. Dispatches from Hopeful Futures (The MIT Press, 2025). Su obra se ha traducido al inglés, italiano y portugués, y se ha publicado en varias antologías nacionales e internacionales. Hizo la selección, introducción y traducción de Los huesos de la Tierra y otros cuentos, de Ursula K. Le Guin (UNAM, 2024). Tiene dos nominaciones al Premio Hugo. Desde 2021 coordina Odo Ediciones, un proyecto editorial autogestivo, anarca y especulativo. “El filo y el acertijo” se escribió gracias al apoyo del PECDA Puebla (2024).

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