Clase uno

Como cada mañana, abre los ojos y permite que sus pupilas acunen los primeros rayos de un sol que, como ella, responde al llamado del deber. Ese instante, cuando abandona el sueño para entrar a la vigilia, marca el final de lo único suyo, por eso lo hace despacito, como si le diera tiempo al universo para existir, partícula por partícula.

Laísa es una MadreyTierra de clase cinco, la más baja. El lugar donde vive le exige trabajar desde que sale el sol y hasta que se oculta. Aunque, a decir verdad, referirse al sol, a la mañana, al atardecer, son formas de hablar heredadas de la prehistoria. Hábitos imposibles de erradicar. La manera correcta de nombrar los periodos de tiempo en el mundo de Laísa es más simple: ciclo productivo y no productivo, el segundo inicia cuando el sol disminuye su potencia lumínica.

A diferencia de sus compañeras, ella no se queja de nada. Se consuela con pequeños actos de rebeldía, “tan pequeños que no ponen en riesgo al sistema”, le dice a su amiga. Pues de la misma forma en que ha tomado para sí el momento de soñar, se permite usar la imaginación durante el baño. Mientras el chorro de esa agua fría, violenta, amarronada y de aroma peculiar, golpea su piel, se permite inventar historias sobre las manchas que lo abarcan. Tiene dos favoritas: en una, son los restos de los besos de su madre, cargados de tanto amor que se adhirieron a su piel; la otra, es la herencia de su sembrador de vida, quien, astuto, decidió marcar a su cría preferida para conocerla algún día.

Conocer sus raíces, por lo menos el rostro de aquella MadreyTierra que la llevó en su vientre, es el privilegio de otras clases; las más altas. Laísa quiere ese privilegio. Esa es la razón por la cual se entrega abnegadamente a su labor. Y es esta actitud la que provoca peleas constantes con sus compañeras, quienes le gritan que es una infeliz, agachada. Que les da pena porque no entiende que para el sistema no valen nada.

—¿No te das cuenta? Sólo producimos la materia prima para su beneficio, para los inclasificables porque son superiores, según ellos, desde el nacimiento.

Le dicen siempre, cada mañana, como si fuera el sermón que bendice el inicio de la jornada. Laísa así lo toma y responde:

—Amén, por eso estamos así, por ideas como las suyas. El sistema funciona, para Ellos, para nosotras, las MadreyTierra. Funciona porque creemos en él.

Esto desata una guerra de argumentos de ida y vuelta.

Alguna vez Nina, la única amiga de Laísa, trató de explicarle lo equivocada que estaba.

—¿No te das cuenta? No tienes posibilidad alguna de salir de este fango. Esto es un círculo vicioso. ¿No lo ves? Quieren mayor producción, que se logra si estamos bien alimentadas y descansadas. Pero elevar la producción nos exige más tiempo, más nutrientes, si le sumamos a eso la cuota bianual de crías sin variación en la cantidad diaria de comida, es imposible subir nuestros números para pasar a la siguiente clase. Nacimos en clase baja, con cero puntos como número de partida en la carrera de ascenso. Está hecho para mantenernos aquí. ¿Me entiendes?

Pero la respuesta fue la misma.

—El privilegio se gana. Ustedes todo quieren a su gusto, quieren puntos sólo por nacer. Ir de clase cinco a cuatro muestra nuestra fuerza, nuestro compromiso con el sistema. Llegar a clase tres es la prueba irrefutable del valor de nuestra sangre. Allí el sistema, te recuerdo, nos permite vivir con nuestra cría.

Nina recordará a Laísa cuando esté en el sector de la clase uno, su devoción hacia el sistema.

Las demás le muestran desprecio, recelan de su presencia en todo momento. Laísa no se queja de nada. Nunca ha atacado a los técnicos; morder o golpear a uno es como el rito de iniciación entre las MadreyTierra de clase cinco. Sin embargo, ella siempre es dócil y servicial cuando se le acercan para revisar el equipo extractor o saber si está en sus días fértiles.

No derramó una sola lágrima cuando se llevaron a su primera cría, como lo hace cada MadreyTierra al verse separada de ese trozo de sí. Siguió produciendo como si nada hubiese pasado. Algunas compañeras, incluso, juran haber visto una sonrisa en su cara.

—¡Eso es antinatural! —gritaron el día de la separación.

Todas lloraron el dolor de una vida arrancada de los brazos de la madre. Pero Laísa no miró el rostro de la criatura recién nacida, no la movió siquiera la curiosidad por saber si había heredado alguna de sus manchas o si había nacido con la pequeña protuberancia que automáticamente colocaba a la criatura en un oficio diferente al de la progenitora.

Siempre hace horas extra porque debe alcanzar la meta. Come sin renegar del aspecto ni lo frugal del alimento. Recibe a los sembradores de vida de buena gana, ya en posición para ser inseminada. A diferencia de sus compañeras, nunca ha tratado de escapar o buscar a sus crías.

—Nosotras somos la clave para preservar su especie —dice orgullosa cuando le echan en cara su comportamiento—, de nosotras brota vida, somos la madre y la tierra que los alimenta; somos quienes aseguran su trascendencia.

Pero no siempre está animada. Como hoy. Un día, por demás, oscuro. Porque el sol necesita mantenimiento. De no ser por Nina y las odiosas de sus compañeras se pondría a llorar. De hecho, solloza, bajito, ella misma apenas percibe el sonido que produce su garganta. Pero se detiene cuando tres técnicos se le acercan. Revisan sus ojos llorosos, los dientes que, cosa rara en una MadreyTierra de su clase, tiene completos, la piel, cada mancha. Uno de los técnicos prueba un poco de su leche y les dice a los otros que está rica.

—Tienen razón, esta MadreyTierra es candidata para clase cuatro.

Escucha estoica la noticia. Apenas se anima a mirar la reacción de sus compañeras. Continúa con su trabajo como si no se enterara de nada. Pone su mente en blanco. Teme que dar forma a cualquier idea en su cabeza desvanezca la posibilidad de subir de clase.

***

A diferencia de otras mañanas, abre los ojos sin pausas, sin transición alguna entre lo suyo y lo ajeno. En esta ocasión quiere que el universo se mantenga en el punto justo donde se convierte en clase cuatro. Los técnicos la desconectan con demasiada calma de la herramienta extractora. Aunque ella no muestra impaciencia. “Ahora soy clase cuatro, debo mostrar mi valor”, se dice para mantener la calma. Sin embargo, las ansias le estrujan la barriga.

—Suerte, esperamos que las cosas sean como imaginas —dice Nina a algún ser etéreo, a quien le lanzara un deseo, porque no mira a Laísa a los ojos.

—Por fin te vas a ser una imbécil a otra parte —grita alguien, desde el fondo del lugar.

—Ajá. Trabaja tan duro como yo. ¡Sí se puede! Lo estás viendo —responde Laisa, cada vez más dueña de su realidad.

Los técnicos no entienden nada. Ellos únicamente hablan el idioma supremo, no se interesan por los sonidos extraños con los que se comunican las MadreyTierra. Aunque alcanzan a percibir cierta alegría en la voz, no comprenden la razón.

Laísa camina por el pasillo central repartiendo adioses a los ojos que la quieren mirar; todos ellos llenos de odio. Ese paseo, el movimiento continuo de sus piernas, es un privilegio de la clase cuatro. Otro privilegio será el nuevo lugar para vivir: más amplio, iluminado, con menos MadreyTierra para compartir los ciclos productivos y no productivos. Cada paso la hunde en el lodo, también, cada paso le dice que esa será la última vez. La clase cinco es la única en esas condiciones, las demás disfrutan de los beneficios del pasto sintético. Al terminar el recorrido, piensa que el número de MadreyTierra es, en realidad, elevado en comparación con las dimensiones de ese lugar.

En el nuevo hogar conoce a Petra, de apariencia más robusta comparada con ella. La suerte la parió en ese nivel, le cuenta a Laísa en la primera oportunidad.

—Como a casi todas aquí —señala Laísa un poco molesta. No puede evitar pensar en Nina—. Soy la única de clase cinco.

Petra describe a los ascensos como una necesidad en el sistema.

—También otras clase cinco han ascendido, aunque ninguna viene de tu grupo. Cada tanto se sustituye a quienes se retiran en esta clase con algunas de la tuya, una verdadera pesquisa por las condiciones que tú ya conoces.

Además, le cuenta que las MadreyTierra clase cuatro, numéricamente, son menos que las de clase cinco. Y las clase tres son menos que las de clase cuatro.

—Somos una gran pirámide, las de abajo sostienen a las de arriba; hay poco espacio para trepar.

Las palabras de su compañera hacen hablar a Nina en su cabeza: “Círculo vicioso. ¡Estamos en un círculo vicioso, nadie sube de nivel!”

—Bueno. Aquí desayunamos antes de que inicie productivo, comenzamos la producción cuando Ellos lo indican. Cuando el sol está mero arriba nos traen verdura, fruta y algo de fibra. La comida se sirve antes de iniciar el ciclo no productivo y dormimos cuando nos lo ordenan. Te resulta familiar, ¿no?

—Una comida más. ¡Qué emoción!

—Tranquila. Si no llegas a la meta de producción no te dan cena. No des por ganado ese tercer alimento —le advierte Petra preocupada.

—Sí lo doy por ganado. Me traje hasta aquí, ¿no? Soy mejor que muchas de ustedes, —dice a una interlocutora desencantada al descubrir los ideales de Laísa.

—Bueno, si tú lo dices. Eres un poco presumida, ¿no?

—Para nada, solo cumplo con mi tarea, así lo demanda el sistema. Las imaginaba más comprometidas. Pero claro, como nada les ha costado.

—Mira. Aquí todo nos cuesta. Nuestra cuota es excesiva comparada con el nivel cinco. La cantidad de alimento no es de mucha ayuda. No la vas a tener fácil.

Las peleas con Petra son similares a las riñas con Nina. Sin embargo, a diferencia de la antigua amiga, ella castiga las actitudes de Laísa con sus historias nocturnas.

—Eres una testaruda, pero no me caes tan mal. Por eso te voy a contar un cuento: había una vez… —comienza siempre a manera de susurro, con cierta melodía. Es el método para preparar la historia y a la oyente, quien siempre se queja, aunque después, escucha atenta.

Con el paso de los meses, quizá más por resignación, no tanto por el gusto de los cuentos, Laísa ha dejado de hacer rabietas. Casi todas las historias niegan la existencia eterna del sistema, a ellas como un canal tangible y parlante de la madre tierra, a Ellos como dueños únicos de la vida. Aun así, Laísa solamente ha perdido los estribos con una historia:

—Había una vez…

—Vamos, Petra, déjate de tonterías. ¡Quiero dormir!

—… un lugar llamado Tierra. Este era verde, con pasto real, árboles reales, con mucha vida en todos los rincones, incluida el agua. Sí, había agua, demasiada, le llamaban mar. Era inmenso. Profundo. La tierra mojada en su interior no se convertía en lodo. En la tierra, tierra muy firme, vivían múltiples especies. Había una llamada pájaro, aunque vivía en la tierra podía alcanzar el cielo. No me preguntes cómo. En los bosques, llenos de árboles, sí, árboles altos, muy altos, ¿ya dije reales?, merodeaban bestias de muchas formas. Ellos vagaban también, como lo hacían las demás bestias. El alimento que producíamos, porque nosotras vagábamos con Ellos, nos pertenecía, era nuestro, de nuestras crías. No existía el sistema. No existía una organización…

—Cállate, deja de decir estupideces. ¿Cómo puedes contar semejante tontería? ¿Quién te dijo eso? ¡Dime! —reclamó Laísa escupiendo saliva, con la sangre atropellándose en su mirada.

—No te enojes, es sólo un cuento que escuché por allí. Me gustó, por eso quería arrullarte con él.

—¡Arrullarme! Me molestan tus cuentos y tú insistes. Siempre lo haces, cada noche me molestas con tus historias. Que si no sé qué nuclear, que si entendemos el idioma supremo porque era nuestro también, que si antes teníamos otro nombre, que éramos igual a Ellos, que si había perros y gatos y gallinas, que si… ¿Por qué piensas que son cuentos para dormir? Nunca te he escuchado decir nada sobre este sistema bondadoso. Cómo se premia el trabajo duro. Sin el sistema moriríamos. Allá afuera, en ese mundo habitado por la muerte, donde nada crece, hace milenios que es así. Recuerda, fueron Ellos quienes nos salvaron de tener el mismo destino. Aquí hay poco espacio para la vida, nosotras debemos asegurarla, ceñirnos al gran plan para lograrlo. El control poblacional es necesario para reproducirse sin exceder el límite territorial apto para las MadreyTierra y Ellos. Vida digna, le llaman. Para el sistema, las fuertes y aptas viven más y, porque lo merecen, mejor. Las clase cinco, por ejemplo, son demasiadas, pero no merecen más espacio, además de que mueren pronto. El sistema evita el desperdicio.

—¿Ya olvidaste tu origen? —dijo Petra con la intención de callar a su compañera.

Pero Laísa no paró de hablar. La necesidad de convencer a quien fuera sobre lo bueno del sistema la impulsaba.

—El sistema tiene recompensas y beneficios, aumentan con el nivel. Los ganamos. Somos quienes ocuparan el territorio por más tiempo. Es justo. Si somos débiles y no producimos calidad, no avanzamos. Recibimos lo dado. Una cosa más para reconocer la perfección de este sistema: a una clase cuatro no la bajan a clase cinco. ¿Dónde está tu gratitud?

Petra no dijo nada más. Sólo emitió un suspiro mientras dio las buenas noches.

***

Como Laísa ha decretado cada día, logra ascender a clase tres. De nuevo, un par de técnicos la despiertan muy de mañana, desconectan su equipo y la escoltan al nuevo hogar. No puede, o no quiere, despedirse de Petra, quien duerme profundamente en el habitáculo contiguo.

El técnico que la recibe le dice que en ese lugar será tratada como una reina.

—Ahora sí sabrás lo que es bueno. Serás muy feliz.

Camina con él por una serie de pasillos y espacios abiertos donde observa a otras, que, como ella, son privilegiadas.

—¿Puedes creerlo? No más molestas compañeras, no más ruido nocturno. ¿De qué hablan con ese idioma raro, tan suyo? Bueno, eso no me importa —reconoce el técnico, quien se muestra atento y animado con Laísa.

Le platica que tendrá diez horas de descanso. Que podrá salir a la pradera: un espacio abierto al centro de las habitaciones de las privilegiadas. Después tendrá su desayuno. Que la producción al día es únicamente de seis horas, que la comida es al terminar su producción y que tendrá tiempo de volver a la pradera hasta que se meta el sol. Después de un momento de silencio, le informa que el pasto es de verdad.

—¿Lo puedes creer?

Alguien le grita al técnico que parece idiota hablando con ella.

—Sabes que no te entiende.

Él responde que se calle, que mejor prepare el desayuno de Laísa porque ya amaneció, si el patrón los ve allí los va a regañar.

***

Laísa ha subido de peso, comienza a acostumbrarse al aumento de sus posesiones: el sueño, las horas de descanso y el pasto real; el verdadero privilegio. La vida en la línea de producción le parece tan remota. En este nivel puede tener una cría, disfrutarla tres años antes de su transferencia a un hogar de crianza.

Como las clases altas son especiales se requiere mayor inversión en su cuidado. El sistema reparte el costo con otras plantas MadreyTierra. Algunas se especializan en crecer a las crías y otras en cuidarlas cuando alcanzan la edad estipulada para ser llamadas MadreyTierra o ascienden de nivel, como Laísa.

***

Elo, así la nombró su técnico, nació con buen peso. Trajo consigo mayor cantidad de alimento, descanso y apapachos para Laísa. En los paseos matutinos, la toma de la mano, en cada oportunidad le besa un ojo, le dice que cuando sea más grande le va a salir una gran mancha.

—Así podrás acordarte de mí, que tanto te amo.

Cuando la conectan para producir, le cuenta historias para entretenerla. “Me creían enferma, con el tiempo se vio que sólo eran eso, unas manchas”. Otras veces le narra alguna de las historias que Petra le contaba para dormir. “Me contó una vez, en una de sus tantas historias, que había otras como yo, con manchas rosadas en la piel, antes del fin del mundo. Insistía en un mundo previo. Que ese mundo sobre el que flotamos era nuestro hogar. Que Ellos llegaban a tener manchas similares a la mía…”

—Ay, mi vida, ya estoy diciendo tonterías como Petra.

Su cría sonríe y con sus ojos muy abiertos suplica que siga contando su historia.

—Sí, estaba plagado de vida, hasta que ya no. Petra dice que un día, así nomás, el cielo se tornó oscuro, asfixió al mundo. Por eso huimos, forzadas a vivir en este sitio. Pero son puras mentiras, mi vida. Nuestro hogar siempre ha sido este.

Para no acostumbrarse tanto a la cría, duermen separadas. Conforme pasan los días, los besos y las caricias disminuyen.

***

Laísa dice adiós a su cría sin derramar una sola lágrima, le dice que debe estar orgullosa de quién es, comportarse como tal, así que ella tampoco debe llorar. Elo no llora. Entiende cada palabra que su MadreyTierra le dice, aunque sólo tiene tres años.

Elo es diferente. Es única. Recuerda cada momento con su madre, a secas. Cada abrazo, cada beso. Cada una de las historias que le contó resonarán en su cabeza. Por causa de Laísa es que querrá saber más sobre el enorme planeta que las mira allá afuera, como un gran ojo que nunca parpadea. Buscará algunas respuestas en el hogar de crianza y, más grande, tratará de unirse a Nina, quien, para entonces, habrá escapado de ser una MadreyTierra para convertirse en una idea peligrosa.

***

Laísa es clasificada como nivel dos poco tiempo después de la partida de Elo. En ese nivel, el alimento se distribuye en los mismos horarios, con una fruta preferida extra. Produce cada tercer día, únicamente por las mañanas.

En las tardes, mientras pasea por el campo, piensa en Petra, en sus cuentos dementes, en su negativa a tener crías. La vio pelear con más fuerza que algunas compañeras de clase cinco para evitar ser inseminada. “Ay, esa Petra. ¿Cómo me podría negar a tener crías? ¿Cómo aseguraremos la especie, a ver? La pobre no alcanza a imaginar lo fundamental de la labor de los sembradores de vida, la nuestra propia. Debemos evitar la extinción, asegurar el alimento básico. Somos tan valiosas.

“Como MadreyTierra, requerimos cuidados, control, selección. En clase cinco son muchas, siempre al borde de la muerte. No quieren salir de allí, tampoco. Se niegan a la inseminación, reniegan de la leche producida. Deberían estar agradecidas, antes soportábamos el miembro reproductor de un sembrador dentro de nosotras. Los métodos de ahora son sencillos, sin tanta violencia. ¿Qué habrá sido de Petra? ¿O de Nina? La testaruda esa que dudó de mí, de este bendito sistema. Seguro disfrutan lo que merecen”. Inevitablemente, después de pensar en sus únicas amigas, piensa en Elo y el privilegio que le heredó: “tú, tu cría y la de ella heredarán mi privilegio, me lo gané para ustedes. Ahora yo tengo un futuro y ustedes un pasado”.

***

Esta mañana le parece más hermosa, no alcanza a identificar por qué, pero aprovecha la sensación de plenitud y sale a caminar al campo: ese espacio iluminado con luz artificial, de una extensión aproximada de 200 metros cuadrados, con pasto real; su paraíso personal.

Al volver al dormitorio ve que el técnico de siempre la espera.

—Lo lamento tanto, pero ha llegado el momento. Los buenos cuidados y el descanso han dado resultado. Estás en tu mejor punto, eres clase uno —dice mientras la conduce hacia un edificio blanco, más allá del campo.

Laísa no cabe en sí de la emoción.

—¡Lo logré, lo logré! Soy nivel uno. Ojalá le avisen a mi Elo. Seguramente se pondrá muy contenta —le dice al técnico. Aunque no tiene sentido porque él no entiende nada.

Mientras ella camina, dichosa, su técnico llora, pero no se da cuenta. Como si llevara anteojeras, su mirada se clava al frente. El técnico piensa: “siempre es lo mismo conmigo, debo dejar de ser tan sensible”.

Laísa disfruta del pasto, de su hermoso color verde, de la forma en que besa sus pies. Su acompañante la deja frente a un pasillo bordeado de barrotes e indica con la mano que siga por allí. “El nivel uno debe estar en otro lugar, más hermoso, más grande. Deseo ver cosas nuevas”. Piensa esto mientras se acerca a una puerta de cristal de doble hoja, coronada por un cartel que anuncia el ingreso a la sala de sacrificios; para ella meros garabatos.

Laísa ya no camina. Ahora una banda transportadora la lleva a su destino, sin embargo, es tanta la emoción que ella no se da cuenta, sólo desea llegar al final del pasillo para iniciar una nueva etapa. Entonces, la banda transportadora se detiene. Un disparo seco en la nuca termina con su vida. Un segundo después, alguien grita que avisen al patrón y preparen la etiqueta, el pedido está listo.

De la granja a tu mesa
Te presentamos a Laísa, así se llama esta MadreyTierra
Su crianza y alimento es excepcional
Así como su leche, su carne es de calidad premium
Al alcance de unos cuantos

Carol Sanjuan (México). Socióloga por parte de la UAM. Integrante del Gran Colisionador de Textos Especulativos desde 2020. Tomó algunos cursos de escritura creativa en La Casa de la Primera Imprenta, organizados por la UAM. En 2023 obtuvo el primer lugar del Imaginarias: Premio Nacional para Mujeres Cuentistas de Ciencia Ficción. Ha publicado los cuentos: “Zombi” en Especulativas, “La danza de mi cuerpo” en Palabrijes de la UACM, “Y durante el día pienso en ti” en Anapoyesis, todos en 2025.

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