NO. 1 (AGOSTO 2025) / FICCIÓN / 1,409 PALABRAS
La carretera transoceánica evocaba a un dragón milenario, atemorizante, quizá inagotable, sinuoso sobre atolones y escollos, firme entre el cielo plomizo y las aguas oscuras. Moles de hormigón con acero trazaban aquella ruta que subía o bajaba a capricho, primero zambulléndose en segmentos submarinos, luego desplegando varios kilómetros sometidos al sol. Percebes y cristales salinos se hallaban acumulados alrededor de las gigantescas columnas que sostenían la magna estructura. Un oleaje embravecido golpeaba contra sus muros de protección, alcanzado a salpicar un poco de espuma hasta los carriles yermos. Las burbujas resplandecían en charcos y reventaban al paso de Babel y Arpa cabalgando.
Jineteaban parejos, pero no demasiado próximos entre sí. Guardaban una distancia prudente y, a cada trecho, intercambiaban una mirada de soslayo bajo sus sombreros. Él le jalaba las riendas a un mulo de seis patas, procedente de los páramos irradiados en que se crió. Ella tenía como montura una yegua biónica, que antes la trajo por las ciudades muertas de la costa. Ceñidos a sus arreos, ambos llevaban sendas pistolas de rieles, un atroz legado de la guerra que había consumido al planeta. Daban por sentado que ninguno jalaría el gatillo a menos que fuera pertinente ahuecar el pecho del otro. A mitad de una nueva edad salvaje, para los últimos sobrevivientes, el único aval era la sangre fría corriendo por sus venas.
Se habían conocido hacía poco en una playa anónima. Coincidieron por casualidad entre las dunas blancas donde nacía la carretera transoceánica. Las demás obras de la civilización pretérita caían hechas escombros, mientras esta perduraba protegida por el olvido, como un desafío secreto ante la devastación. Sus anuncios publicitarios, del tamaño de murales, guardaban escenas de una remota villa turística. Ante los ojos de Babel y Arpa, aquellas imágenes significaron la ilusión más cautivadora. Eran visiones de un pasado perdido revelándose a su alcance. Acordaron colarse juntos a través de una garita sin mediar palabra siquiera, movidos por la misma esperanza.
Poco valió para ellos la enésima baliza flotante, anunciando el recorrido que hacía falta para llegar a su destino. Interpretaban solo las flechas apuntando hacia adelante, más adelante, siempre adelante. Estaban dispuestos a marchar hasta una esquina del universo con tal de pisar el último edén prometido a la humanidad.
Oían el viento rechiflar entre los tensores metálicos y a las bandadas de gaviotas armar griteríos a menudo. Por su parte, seguían igual que como iniciaron, callados, cual si cumplieran un voto de silencio, seguidos por sombras no menos mudas. Se permitían solo un puñado de frases para hilvanar el recorrido.
—Eh, Arpa, ¿crees que hallemos un islote pasando esta curva?
—Puede ser…
—¿Allá habrá dónde llenar los guajes?
—A lo mejor, Babel, a lo mejor…
Sí hallaron agua dulce en el próximo islote. Las lluvias formaban amplias reservas al interior de bajíos y canaletas. También abundaban matojos entre las grietas del asfalto, a disposición de sus animales hambrientos. En tanto ellos saqueaban los autoservicios que aparecían regularmente al pie del camino. Probaron fideos deshidratados, huevos instantáneos, latas de vegetales y filetes en conserva; siendo estos últimos tan desagradables para Babel que le cedió todos a Arpa y prefirió comer los bichos que corrían bajo los muebles.
Al anochecer, siempre se refugiaban en las áreas para descanso, dispuestas a lo ancho de pequeños muelles. Las cerraduras saltaban al primer tiro acertado de lejos por cualquiera de los dos. Dentro de las acogedoras habitaciones, se echaban a dormir sucios y sudorosos sobre sábanas blancas, disfrutando la nunca antes sentida suavidad de unas camas sin estrenar. Escuchando el intraducible arrullo del mar, con sus pistolas bajo las almohadas, soñaban un paraíso verde y puro al final de la carretera. Cada mañana, muy temprano, despertaban reanimados a proseguir el periplo.
En varias ocasiones, desvalijaron los viejos automóviles que encontraban. Las puertas se les desprendían como la piel seca a una cebolla. Nunca consiguieron nada de valor, solo memorias de días que echaban de menos sin haberlos vivido: ropa andrajosa, juguetes rotos, papeles ilegibles, aparatos descompuestos o que no sabían utilizar. Una vez descubrieron también un cadáver en el asiento trasero. Su sonrisa descarnada fue un recordatorio de que otros tantos empeñaron la vida sobre el mismo camino. Le prendieron fuego al muerto dentro de su coche.
Al día siguiente, llegaron a una cuesta dominada por una congregación de cangrejos, masiva y palpitante, que ocupaba casi por completo toda la superficie con sus innumerables ojos saltones y patas bulliciosas, cruzando de lado a lado muy lentamente. Lucía preocupante la talla de algunos de estos artrópodos. Debieron guiar con muchísima cautela a la yegua y el mulo a través de una jungla de tenazas que se abrían y cerraban al unísono. Un pisotón a un cangrejo les hubiera condenado a ser reducidos a huesos por una miríada de pellizcos.
—Creo que buscan donde protegerse —comentó Arpa viendo la estampida de cangrejos, ya superada su amenaza.
—¿Protegerse de qué?
Apenas transcurrieron unos minutos, la pregunta de Babel obtuvo respuesta. El cielo se oscureció en un parpadeo y sobrevino un fuerte temporal contra la carretera.
Cabalgaron bajo el azote del ventarrón y el aguacero sin lograr descubrir un dormitorio o una tienda que les ofreciera refugio. Se vieron obligados a resguardarse en un peñón durante el resto del vendaval. Ceñidos entre dos crestas rocosas, con sus cuerpos juntos y empapados, hablaron de todas las cosas que anhelaban encontrar al finalizar el viaje.
—Espero que hayan muchas flores, Arpa.
—Las habrá de todos los colores.
—Te haré un guirnalda para ir a bañarnos a la cascada, porque tendremos una cascada, ¿verdad?
—Sí, Babel, una cascada, también una ribera limpia y muchos árboles frutales.
Cuando el ojo de la tormenta pasó por encima de ellos, entendieron que estaban aún muy lejos de su meta, pero tan cerca uno del otro. Se entregaron a una pasión sincera y primordial, semejante a la de sus ancestros en el albor de los tiempos.
El final del mal clima fue igual de repentino que su arranque. No quedaron estragos que les impidieran el avance, salvo un sembradío de algas marinas haciendo bastante resbaladizo el suelo. Sin embargo, el chubasco no le sentó bien a la yegua biónica, que enfermó o sufrió una descompostura fatal. Entregaron sus restos a las llamas y tuvieron que acomodarse ambos encima del mulo a partir de entonces.
Al cabo de varias semanas, se adentraron en un segmento submarino que era mucho más extenso de lo habitual. Dentro del túnel se abrían unos ventanales panorámicos, que les permitieron admirar las profundidades. La vida proliferaba bajo el océano, ignorante de la desgracia humana, encarnándose como todo tipo imaginable de arrecifes, cardúmenes, tiburones y rayas. A mitad de aquel espectáculo, sin ofrecer el menor aviso, Arpa desenfundó su pistola y disparó una ráfaga chispeante.
Las municiones aceleradas magnéticamente consiguieron agrietar el vidrio reforzado y la presión del agua acabó por romperlo. Con un rabioso torrente rugiendo y precipitándose detrás, Babel tuvo que exigirle al mulo todas las fuerzas de sus patas en un rápido galope.
Escaparon un poco antes de que una compuerta automática sellara el segmento inundado.
—¡Te has vuelto loca! —protestó el hombre apenas saltaron del agotado mulo.
—Nadie podrá seguirnos jamás —dijo ella, serena, y procedió a encañonarlo—. Ahora falta resolver lo nuestro. Saca tu arma, tendremos un duelo.
—¿Qué? —Boquiabierto, él se alzó el sombrero para mirarla a los ojos.
—Al golpear la siguiente ola contra el muro, vamos a disparar.
—¿Hablas en serio, mujer? Yo no entiendo nada.
—¿Qué te hace falta saber? Pertenecemos a una especie fracasada, no hay futuro para nosotros juntos. Solo uno debe terminar el recorrido.
—A mí no me interesa finalizarlo a solas. Si la peregrinación se extendiera por siempre, estaría feliz de realizarla a tu lado.
—¡Saca la pistola!
—¿Por qué tiene qué ser ahora?
Dos gaviotas disputaban un pedazo de pescado, una nube se deslizaba por enfrente del sol, una ola acababa de embestir un muro.
—¡Estoy embarazada! —El grito de Arpa acompañó su disparo.
Un hilo de humo subió desde un agujero entre los pies de Babel. Este desenfundó por fin, manteniendo la entereza, y con el mismo movimiento soltó el arma al piso.
—Te amo —dijo.
Ella permitió que su pistola se le escapara de los dedos y contestó:
—Estúpido, yo te amo también.
El mundo recuperó el significado de tales palabras en ese momento.
Más tarde, una vez descansó el mulo, la pareja prosiguió el viaje por la carretera transoceánica.
Krsna Sánchez (México) es un escritor especulativo que radica en Guadalajara. Con el cuento “Sor Irinea y la nahuálida Zarpa Brava” ganó el XXXIX Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2023). Ha obtenido otros premios como el Bazar de Horrores de Fóbica Fest (2020) y Las Cuatro Esquinas del Universo (UNAM). Entre sus libros se encuentran Cómo jugar poker contra telépatas y Espejismos a prueba de rayaduras. Ha sido becario FONCA y PECDA, donde completó tres proyectos de cuentos e impartió la conferencia “Historia secreta de la ciencia ficción en México”.
